
¿Por quién va a votar, señora? – Por Pablo Alabarces
23 septiembre, 2026Saturar, distorsionar, agredir, aturdir, al punto de que ya no importa saber bien qué es lo que el otro dijo, menos cómo y porqué. Martín Kohan sostiene que el mileísmo ha captado muy bien esa lógica y ha sabido aprovecharla con especial eficacia. Kohan afirma que el antimileísmo procede de igual forma, con lo cual, si es ésa la batalla, hoy por hoy la estamos perdiendo.
Por Martín Kohan*
(para La Tecl@ Eñe)
Los magos tienen razón: la mano es más rápida que la vista. Y por extensión, podría decirse: el dedo es más rápido que el ojo. Por eso cobra una importancia evidente el cambio general en las prácticas de la lectura, en lo que al soporte material se refiere, a lo largo de este tiempo. En la vieja modalidad, la de leer e ir pasando las páginas, el ojo iba primero y el dedo iba detrás (cuando el ojo completaba su recorrido, el dedo pasaba la página); en las nuevas, en cambio, las de la pantallita del celular, es el dedo el que impone el ritmo, en general a la velocidad de vértigo propia de su compulsión hiperkinética, y el ojo va detrás, como puede, rezagado.
El e-book aún conservaba, así fuera virtualmente, la cadencia del ir pasando las páginas, y en la pantalla de las computadoras más grandes las palabras pasan a velocidad crucero. Pero en los cuadraditos de los celulares, de eso ya no queda nada: el dedo frenético hace correr y correr los textos, y el ojo, que por cierto no es tan rápido como el dedo, va a la zaga y hace lo que puede. Eso que hace, eso que puede, a menudo está más cerca del pispear que del leer, del leer en sentido estricto. El vistazo de sobrevuelo ya existía, por supuesto, no es ninguna novedad, como de hecho también existía la ojeadita en diagonal. Pero eso, cuando se hacía, se hacía con los textos a los que alguien quería solamente asomarse, no con los que quería leer. Ahora ese recurso ha dejado de ser un recurso, aplicado a lo que no interesa tanto, y se convirtió en dificultad, si es que no en imposibilidad: dificultad, o imposibilidad, de leer atentamente, de leer detenidamente, ese texto que sí interesa. El ojo, para eso, debería desplazarse y reposar. Pero el dedo se lo impide.
Se ha vuelto así cada vez más difícil establecer qué es lo que alguien dijo, en qué términos lo planteó, de qué modo lo respaldó, en relación con qué o en respuesta a qué lo dijo, qué postura en definitiva ha asumido (si lo dijo en una entrevista, no se verán más que los reels; si lo puso por escrito, el dedo no lo dejará leer, sólo pispear de a cachos). Muchos veíamos a David Viñas en el bar de la librería Gandhi (luego Losada), birome en mano, leyendo (leyendo y marcando) el diario La Nación. ¿Qué hacía? Discutía. Leía y discutía. Con el texto sobre la mesa. Discutía con los textos y con quienes los habían escrito, e incluso con el propio Mitre. Luego en clase o en Página/12.
Poner los textos sobre la mesa (o bien sentar al interlocutor enfrente): era la puesta en escena para una discusión. Sin textos y sin mesa, lo que parece discusión ya no lo es: es un matete de atribuciones falsas o tergiversadas, ya sea por mala fe o por puro desconocimiento, de etiquetamientos presurosos y endebles, pero eficaces para alentar el linchamiento virtual en masa (o bien la cancelación del interlocutor, para que no pueda sentarse enfrente y contestar a lo que se le diga). No es discusión, no puede serlo, porque lo palabra del otro no está. Es sólo aplastamiento, represalia, ensañamiento, encono, ataques necios de pirañas de teclado, defenestración. El mismo dedo incontinente que dejó pispear pero no dejó leer, pulsa ahora, no menos incontinente, las teclitas del insulto o de la difamación.
La tan declamada batalla cultural tal vez no pase, en lo sustancial, por las tonteras proferidas acerca de la libertad, los disparates sobre homosexualidad y pedofilia, las sandeces sobre la baja de la natalidad y los genocidios en relación con la despenalización del aborto o el revoleo paranoico de comunismos al acecho. Todo eso es bastante vacuo, se lo puede replicar. Pero algo así como una batalla cultural puede que se esté librando en torno a la manera en la que las palabras circulan, cómo llegan o no llegan, si cobran o no cobran sentido, y qué margen queda de hecho para, por ejemplo, replicar.
Nada de esto lo inventó el mileísmo: es más bien lo que, en parte, lo hizo y lo hace posible (por supuesto que hay otros factores: ya lo sé, ya lo sé). Pero el mileísmo (Cerimedo, Caputo, el Gordo Dan, etc.) ha captado muy bien su lógica específica y ha sabido aprovecharla con especial eficacia. Saturar, distorsionar, agredir, aturdir, al punto de que ya no importa saber bien qué es lo que el otro dijo, no hace falta detenerse a leerlo (o escucharlo). Al revés: hace falta no detenerse a leerlo (o escucharlo), para poder tanto mejor hostigarlo y lapidarlo de a muchos.
Esas prácticas, en perfecta sintonía con las tendencias de época, son acordes con proyectos políticos como el del mileísmo. Pero hay otros que no son mileístas, o que son antimileístas, y lo cierto es que proceden igual. Proceden igual: maniobran con violencia sobre los jirones deformados de lo que alguien se supone que dijo, aunque no se sabe bien si lo dijo, o por qué lo dijo, o si lo dijo así, o qué más dijo cuando dijo eso, porque ya no hay textos sobre la mesa para dar la discusión, ni encuentros reales para entablar un debate real. Hay a cambio presurosas atribuciones de pispeo sin lectura, o tachaduras y cancelaciones destinados a suprimir al otro, y descargas de rencor en estado de obnubilación colectiva.
No son mileístas, no. Son incluso antimileístas. Pero proceden de esa misma manera. Con lo cual, si es ésa la batalla, hoy por hoy la estamos perdiendo.
24 de septiembre de 2026.

*Escritor y docente universitario. Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.

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