
Libros. Contra lo obvio – Por Ana Ojeda
13 septiembre, 2026El autor de la nota realiza una lectura crítica sobre la relación entre las encuestas de opinión y el universo de la experiencia popular. Alabarces sostiene que la escucha, así como el trabajo de campo etnográfico, son mucho más atinadas que las encuestas para analizar cómo se procesa esa experiencia en la vida cotidiana.
Por Pablo Alabarces*
(para La Tecl@ Eñe)
1.
Nunca me convencieron las encuestas. Aunque las hice.
Entre los tantos trabajos que tuve de joven fui encuestador callejero, dos años, entre muchas otras changas. No era un trabajo estable sino estrictamente a destajo: cuando había, había. Era una empresa cuyo nombre no recuerdo y que estoy casi seguro de que escondía a la SIDE. Todas sus encuestas eran de opinión pública (alguna vez hice otra changa de encuestador de productos de limpieza, pero era más ocasional), registrando clima social: «¿qué opina de cómo van las cosas, señora?». A finales de 1982, dieron paso a las primeras encuestas electorales. Se hacían generalmente por timbreo: nos largaban en un barrio, nos repartíamos las veredas con los otros pibes y pibas (todos veinteañeros corredores de coneja), y luego cubríamos los cupos: me falta un joven, me sobra una mujer, te la cambio. Allí aprendí, también, cómo trucharlas: alguna encuesta callejera sin supervisión («parate en esa esquina y preguntale a los que pasan») la hice en la cocina de la casa de mis viejos, contestando lo que quería –en todas ganaba Alfonsín: recién a comienzos de 1983 me hice peronista–.
Eso no significa que por mi deshonestidad juvenil desconfié de ellas. Lo ignoro todo sobre ese mundo. Entiendo que ya nada se hace por timbreo, sino telefónicamente, automatizadas, por internet; que hay grupos focales y muchas otras metodologías. Descuento que los que se dedican a ellas saben de su trabajo, y suelen merecer mi respeto –esto no es universal, claro: chantas hay en todos los rubros–. No tengo la menor idea de cómo se arma una muestra adecuada o fiable. Mi sociología siempre fue entre blanda y atorranta, mucho más dedicada a analizar textos o a leer los datos (y las etnografías) que producen los que saben hacerlo.
Pero siempre hay algo que no me termina de convencer. Básicamente, las disparidades: nunca coinciden todos los resultados. En principio, técnicas fiables y chequeables deberían conducir a resultados similares. Si una encuesta te dice que gana fulano por tres campos, y tres te dicen que ese pierde por paliza, porque el que gana es mengano, sólo sé que no sé nada.
2.
Eso mismo me ocurre en este momento: sea con las encuestas de aprobación o desaprobación, sea con las que intentan ponderar el clima social, sea con las que miden imagen y anti-imagen de les posibles candidates. Paradójicamente, no dejo de creerles porque disientan, sino porque en su enorme mayoría coinciden. Mi incredulidad pasa por algún reproche o incerteza metodológica, primero, y por la distancia que hay entre esas impresiones, sugerencias, intuiciones y los modos en que se transforman en prácticas –sean ellas votos, movilizaciones, revueltas o simplemente indiferencias–.
La incerteza: tiendo a creer que las disparidades tienen que ver con los métodos, los muestreos, las geografías. Que, entre la ciudad de Buenos Aires, el conurbano bonaerense, las grandes ciudades, los conurbanos de esas grandes ciudades, las zonas rurales, las zonas petroleras o los pueblos pequeños hay diferencias tan groseras como entre géneros, clases, edades, trayectorias y biografías. Que los accesos por celular son hoy universales –ya no ocurre que las encuestas telefónicas no fueran confiables por el simple hecho de que no todos teníamos teléfono–, pero no ocurre lo mismo con los accesos a redes o las conexiones confiables. Y nunca encuentro una encuesta que me responda mis dudas: “la hicimos así, quedate tranquilo que encuestamos en Vaca Muerta, en Perico y en Isidro Casanova, con las proporciones adecuadas”.
La distancia, y aquí mi incredulidad se vuelve afirmación: una encuesta no significa nada más que una impresión vaga sobre un estado de la opinión pública, y a veces ni siquiera eso. Por supuesto, una impresión vaga es mucho mejor que las burbujas en las que solemos movernos: romper con la comodidad de esa burbuja –los míos, los cercanos, los amigos, los colegas, los vecinos, los que leo en las redes, los y las periodistas en los que confío– no se consigue simplemente saliendo a la calle y tomando el bondi o el subte. (Aunque esto ayuda. Siempre me hizo mucha gracia el uso, por parte de periodistas y políticos, de la expresión «la gente me dice que»: estoy seguro de que ninguno resiste la prueba de «mostrame la SUBE». Yo tengo la SUBE, y la uso, pero eso tampoco me transforma en un analista político al paso). Nuestros desplazamientos suelen ser previsibles y repetitivos: claro, eso me permite ver todos los días a los que duermen en el cine Atlas de Flores, pero no me permite sacar conclusiones sobre el aumento de la cantidad de gente que duerme en la calle.
3.
Creo en los datos, sí: el país anda peor que mal, la distribución del ingreso empeora cada segundo, la concentración de la riqueza aumenta escandalosamente, crecen la desocupación y el endeudamiento, la industria está desapareciendo, el consumo se desploma. (La cantidad de población que puede seguir consumiendo, según esos mismos datos, alcanza para llenar todos los teatros, todos los restaurantes, todos los estadios de Qatar y EE. UU. y todos los aviones, y sin embargo eso no significa que aumente el consumo, sino que se concentra: una obviedad que no está de más recordar). Y, sin embargo, el punto de debate no debe pasar por esos datos, sino por los modos en que distintos grupos sociales, de género, etarios y territoriales procesan esas experiencias cotidianas. El dato no significa nada por sí solo, como tampoco lo hace el relato que lo interpreta o lo vuelve narrativa política –la oposición dato-relato es una tontería del pensamiento veloz–; hay datos, hay relatos, hay experiencias cotidianas y hay modos de procesar esas experiencias y colocarlas en nuevas interpretaciones, más o menos populares.
Quiero decir: hay que conocer todo eso para hacer política, o para interpretarla. Los datos, los relatos, las experiencias. No es poco, porque la experiencia popular cotidiana no se comprende sino en terreno; no se explica con mediaciones periodísticas o espectaculares. Fue uno de los grandes errores del kirchnerismo, que no vio (más allá de su ombligo) cómo se había transformado esa experiencia popular y cuán insatisfecha estaba con sus condiciones cotidianas reales, no con las imaginadas por sus presuntos voceros. Pero el dato que sigue faltando es cómo se procesa esa experiencia.
En un brillante y reciente artículo de Mariana Gené, Gabriel Kessler y Gabriel Vommaro para la revista Anfibia («Endeudados pero fieles»), los colegas revelan que la experiencia del endeudamiento, ente los votantes de Milei, puede interpretarse tanto negativamente («me engañaron, me defraudaron») como resignadamente («fue mi culpa, voy a salir por las mías»). Y ambas interpretaciones son «correctas», porque no hay un juicio superior que pueda descalificar a unas u otras. Simplemente, la experiencia cotidiana se procesa con lo que hay a mano. Con lo que tiene a mano el que procesa esa experiencia: no con lo que nosotres, conscientes y seguros de tener la verdad, creemos saber (convicciones que, de paso, no estaría mal que debatamos un poco). La cuestión es que el trabajo de los colegas no es una encuesta, sino una escucha: trabajan con lo que sus informantes les dicen, no con lo que ellos imaginan que les dicen (apunte metodológico: ese tipo de técnicas, así como el trabajo de campo etnográfico, son mucho más atinadas que las encuestas de quien prefieran nombrar aquí).
El éxito electoral de las ultraderechas debe ser leído en ese contexto. La experiencia popular es (no puede ser de otra manera) de dificultades, de males, de carencias, de contrariedades, de opresión y de explotación. Pero eso no significa, inmediatamente, la revuelta, la insurrección o el voto «progresista» o «populista». A veces, eso significa confiar en un relato paradójicamente «resistente», «impugnador» y profundamente reaccionario, todo al mismo tiempo. Y no se trata de ignorancia o insensatez («los oprimidos votan a sus opresores»): se trata de hacer encajar la experiencia en los marcos que permitan interpretarla. El problema es que esos marcos ya no parecen provenir de procesamientos colectivos o de la mediación de organizaciones sociales y políticas, sino de lo que proveen las burbujas populares – que también existen-. Romper con ese aislamiento, proponiendo programas concretos y soluciones factibles, es para lo que sirve la política. Esto no es una receta, claro, sino apenas la intuición de un diagnóstico.
4.
Para todo eso, obviamente, las encuestas me importan un pito. La militancia y el debate son mucho mejores.
23 de septiembre de 2026.
*Sociólogo y ensayista. Investigador Superior del CONICET. Profesor Titular Plenario de la UBA. Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales-UBA.

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