
El discurso del rey desnudo – Por Carmen Coiro
11 julio, 2026Violeta Percia, retomando la tesis de Fanon sobre la importancia vital de la tierra para los pueblos colonizados, afirma que para pensar en profundidad el problema del colonialismo urge reflexionar sobre la tierra como la conciencia más humana que podamos tener de lo que significa estar con vida, de lo que vale la vida y lo que cuesta.
Por Violeta Percia*
(para La Tecl@ Eñe)
En «Los condenados de la tierra», Fanon escribía que «la burguesía colonialista, cuando advierte la imposibilidad de mantener su dominio sobre los países coloniales, decide entablar un combate en la retaguardia, en el terreno de la cultura, de los valores, de las técnicas, etc. Pero lo que no hay que perder nunca de vista es que la inmensa mayoría de los pueblos colonizados es impermeable a esos problemas. Para el pueblo colonizado, el valor más esencial, por ser el más concreto, es primordialmente la tierra: la tierra que debe asegurar el pan y, por supuesto, la dignidad».
Cuando el déspota exacerbe su dominio colonial sobre la tierra, cuando para los pueblos colonizados ya no haya tierra, el terreno de la cultura, de los valores, de las técnicas estará perdido.
¿Sabrá el colonizado que esa tierra no le pertenece al déspota, que nadie puede comprarla y que tienen derecho los pueblos a habitarla en comunidades? Quizá, sólo si el colonizado se reconoce parte de la tierra podrá ver «la actitud déspota del colono, y así quebrantar su violencia desplegada, en una palabra, expulsarlo definitivamente del panorama».
El colonialismo, advierte Sartre en el prólogo al libro de Fanon, «ha fomentado las divisiones, las oposiciones, ha forjado clases y racismos, ha intentado por todos los medios provocar y aumentar la estratificación de las sociedades colonizadas». El capitalismo ha fabricado de una sola pieza una burguesía de colonizados (y cuenta con una cantera inagotable de burócratas y especialistas del poder, colonizados), que están dispuestos a entregar la tierra, el agua, los mares, los ríos, los caminos, a cambio de una casa en Miami, una cascada artificial y unas cuantas bolsas de basura de marcas de lujo.
La lucidez de la tesis de Fanon consiste en entender que el colonialismo constituye un sistema total de deshumanización material, política y psíquica, por lo que la descolonización no es una mera transferencia de poder (o redistribución de capitales), sino una transformación radical de las relaciones sociales y de la subjetividad capaz de producir un nuevo humanismo.
¿Cuál será la posición en la que deberíamos alinearnos? ¿Tenemos algo en común? ¿Una cultura? ¿Una nación? ¿Una tierra?
El poeta ácoma Simon Ortiz dice que la razón por la que somos un pueblo reside en la tierra. Una(o) recibe la vida, la vida le es dada, y una(o) la recibe con agradecimiento. La tierra es la fuente de la vida y hay que entenderla como vida.
En innu-aimun, la Tundra se llama Mushuau-Assi. La poeta innu Joséphine Bacon escribe que: Si un día vas a la Tundra, sentirás que la tierra te sostiene (te carga, te soporta, te lleva en andas), no hay paredes, como si una(o) estuviera en el espacio, suspendida(o) en el tiempo. En la poesía de Joséphine Bacon la subjetividad poética sabe que pertenece a la tierra, pero la tierra no le pertenece.
La posesión – para este grado colonial de la gubernamentalidad neoliberal en el que estamos – significa alienación y desposesión de la vida. No sólo un modelo privatista e individualista, sino extractivista de la vida como bien y como valor. La gubernamentalidad neoliberal como categoría política opone dos modos políticos de poblar: uno extractivista, individualista y privatista de la tierra – basado en relaciones sociales de explotación y lucro privado. Otro que implica relaciones de reciprocidad, y se pregunta sobre cómo vivir juntos. Una concepción colectiva de la tierra, que comprende el agua no como un recurso, sino como la vida que irriga desiertos y crea beneficios mutuos. Que busca leyes que garanticen y permitan reestablecer los equilibrios y el bien común. Son principios comunitarios contra principios individualistas, ególatras y narcisistas. Solo, soy realmente insalvable.
La tierra no es un recurso, tampoco es sólo un bien (natural), es también una conciencia, quizá la conciencia más humana que podamos tener de lo que significa estar con vida, de lo que vale la vida y lo que cuesta.
No es para esta nota entender por qué en Argentina nunca se planteó seriamente una reforma agraria, ni por qué no están en la agenda pública los miles de desalojos mafiosos que el sistema judicial corrupto y neofeudal de las provincias ejecuta ininterrumpidamente a lo largo de los años desplazando de sus casas y territorios a miles de familias pobres, indígenas y campesinas; pero sí decir que para pensar en profundidad el problema del colonialismo hay que pensar el problema de la tierra. Y urge pensar un nuevo humanismo que tenga a la tierra en un lugar central. Los pueblos tenemos que estar en contra de la privatización de la tierra. Y mucho más, de la aclamada inviolabilidad de un dispositivo de desposesión y privación del derecho a la tierra, que se acelera. A la imposición por ley de la «inviolabilidad de la propiedad privada» hay que responderle con un proyecto de inviolabilidad del derecho a la vida entendido como derecho comunitario a la tierra.
Buscando un modo de pensar un nosotros, cerrando el prólogo, Sartre imaginaba que «nuestra especie, cuando un día llegue a ser [si es que algún día llega a ser], no se definirá como la suma de los habitantes del globo sino como la unidad infinita de sus reciprocidades».
Domingo, 12 de julio de 2026.
*Doctora en Letras, escritora e investigadora. Trabaja como profesora en la Universidad de Buenos Aires.

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