
El miércoles 20 de mayo durante la presentación del libro «La gobernación de Eduardo Duhalde 1991-1999» en la Universidad Nacional de Lanús, el expresidente vivió un episodio tenso cuando familiares de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, asesinados el 26 de junio de 2002, lo increpó con cánticos vinculados a la Masacre de Puente Pueyrredón.
Por Sebastián Lalaurette*
(para La Tecl@ Eñe)
Escribo estas líneas mientras se va cumpliendo un aniversario de la salida del poder de Eduardo Duhalde y la inauguración del kirchnerismo. Y todavía con una especie de arcada que persiste desde hace un par de días. Los hechos que la motivan ocurrieron en Lanús, con el propio Duhalde como protagonista. Pero no es Duhalde todo el problema.
Para los no enterados: el miércoles 20 de mayo el expresidente fue el invitado estrella a la presentación de un libro que habla de los ocho años a lo largo de los cuales gobernó la provincia de Buenos Aires. Fue en el cine Tita Merello, de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa). En el auditorio estaban el autor del libro, Aritz Recalde; el rector de la universidad, Daniel Bozzani; el moderador del evento, Mauro Guevara, y el propio Duhalde, hoy con 84 años, en su primera aparición pública en varios meses, en la que entre otras cosas anunció que lanzó un partido político a nivel provincial (Movimiento Productivo).
La presentación del libro se desarrollaba normalmente hasta que en cierto momento un grupo de asistentes interrumpieron la exposición para entonar un cántico que pronto permitió saber quiénes eran: familiares y amigos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, los jóvenes asesinados el 26 de junio de 2002, durante la presidencia de Duhalde, por efectivos policiales, durante la represión de una protesta multitudinaria, en lo que se conoció como la “Masacre de Avellaneda”.
“A Darío y Maxi los vamos a vengar con la lucha popular”, exclamaron los manifestantes, y también entonaron aquella estrofa que termina anunciando: “¡Adonde vayan los iremos a buscar!”, lo que resultó estrictamente cierto al menos en el caso del cine Tita Merello. Porque a Duhalde los allegados a Darío y Maxi, así como un crecido número de militantes de organizaciones sociales, analistas, periodistas y dirigentes lo consideran el máximo responsable político del doble asesinato. Y arguyen que, al condenar a los ahora expolicías, la Justicia omitió ir por los verdaderos artífices de lo ocurrido.
No se trata de un tema menor. La estación de la línea Roca de Avellaneda cambió su nombre a “Darío y Maxi”, según el cartel colocado en el andén; o más largamente, “Darío Santillán y Maximiliano Kosteki”, como lo informa el sistema de audio instalado en las formaciones cada vez que el tren se acerca a esa estación y luego, cuando se detiene en ella.
A Duhalde, al parecer, no le resultó tan seria la cosa, porque reaccionó a la interrupción con una sonrisa ancha y persistente, que se le quedó pegada como a cualquier versión del Guasón. Se diría que, tras los instantes iniciales de desconcierto, disfrutaba del momento.
A un expresidente empujado a la irrelevancia por las fuerzas de la Historia se lo puede despreciar por esa sonrisa y por otras cosas; esa sonrisa resulta, sin embargo, más patética que irritante. La causa principal de esta reacción visceral que me empuja a escribir es otra cosa. Es la reacción de buena parte de las personas de la sala.
Al repudio de los allegados a Darío y Maxi otros asistentes al evento procuraron acallarlo cantando la Marcha Peronista.
Es un hecho verificable (está grabado en video) y profundamente perturbador: ¿qué significado puede tener la utilización del himno que identifica a todos los peronistas para enterrar la protesta por la larga impunidad tras un hecho de violencia institucional harto conocido, que ocurrió durante un gobierno peronista, que derivó en la finalización anticipada de ese gobierno, cuyo máximo líder es señalado como responsable, y que estaba en ese momento en el lugar, siendo objeto de homenaje?
Imagino que los que estuvieron presentes en el acto y eligieron entonar la marchita tendrán sus explicaciones para lo que ocurrió. Lo que hay que señalar es que se trató de una reacción mayormente espontánea ante la sorpresiva interrupción. En algún momento uno se habrá puesto a entonar la inmortal obra de Hugo del Carril y el resto habrán creído apropiado prenderse. ¿Alguno habrá dudado? Quién lo sabe. Las intenciones y justificaciones no se transmiten a través de la señal de video y la interpretación más sencilla y directa del mensaje es: Protesten todo lo que quieran. Somos peronistas y tenemos razón. Duhalde es uno de nosotros.
La aparición de la Marcha Peronista como respuesta y repudio al repudio es preocupante por perversa. Un himno muy expresivo, fértil en matices, heredero en su música y letra de obras nacidas de la pasión popular (la melodía de una murga y dos marchas futbolísticas), un himno maleable, adaptado muchas veces por diferentes líneas del movimiento que le dieron nuevas letras, se convierte en un instrumento de represión y reafirmación extemporánea de la peor faceta del peronismo.
Porque el peronismo, valga subrayarlo, tiene esta faceta detestable: cuando está en el poder, se deja poseer por una soberbia infinita. Formula discursos útiles a la coyuntura, pero los eleva a la categoría de dogmas eternos. Establece un mapa de relaciones endogámicas que delinea una fosa a su alrededor y cubre de reproches a todos los que están afuera. Enarbola un orgulloso verticalismo que por todas partes hace surgir compañías de aprobadores y entierra las críticas perfectamente justificadas surgidas muchas veces de los propios dirigentes o militantes del movimiento. Se abroquela por demás en una mitología. (Todo esto no significa que en las demás constelaciones políticas no se hagan también cosas parecidas. Pero si todos se tiran al río, etc.)
Es esta prepotencia la que apareció en escena el miércoles. Esta celebración de la absoluta primacía del bando ganador más allá de la justicia o la razón.
La entonación de la Marcha Peronista en tono triunfal para acallar el reproche a Duhalde sonó como un festejo de la impunidad. También como una reafirmación, repito, extemporánea. Porque esta soberbia del peronismo cuando es gobierno no debería subsistir cuando no es gobierno. Éste parece más bien un tiempo para la autocrítica.
Las personas que canturrearon aquellas poderosas líneas el miércoles en el cine de la UNLa deberían preguntarse si ese propio texto, quizás no tanto en su letra como en su fructífera historia, no es una invitación a revisar el porqué de la posibilidad de reaparición de Duhalde para un elogio público a más de veinte años de aquella mancha imborrable y a escasos kilómetros del hecho. Y a pensar si el pueblo que quieren representar no son esos familiares, amigos y militantes que no pueden perdonar la ceguera de las instituciones que deberían haber procurado el castigo. Y si, en vez de alzar la voz contra esa protesta que arde sin fin, no sería hora de sentir un poco de vergüenza y ponerse a combatir al capital.
Jueves, 28 de mayo de 2026.
*Periodista.

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