

La experiencia de la Comuna de París impactó tanto en reaccionarios como revolucionarios e incluso reformistas. En la defensa de la Comuna se destacan el heroísmo de las clases medias bajas y de la clase obrera parisinas, que levantaron barricadas allí donde fuera posible. El rol relevante del Comité Central de las Mujeres de la Comuna: estar en las ambulancias, en las cocinas y en las barricadas.
Por Eric Calcagno*
(para La Tecl@ Eñe)
En la madrugada del 18 de marzo de 1871, soldados franceses al mando de los generales Lecomte y Thomas llegan a la cima de Montmarte, en pleno París. La misión consiste en tomar los más de 160 cañones emplazados allí y transportarlos a un lugar seguro. El bollo no está para hornos.
Es que de junio de 1870 a enero de 1871 se desarrolló la guerra franco-prusiana. En apenas seis meses, el Canciller alemán Otto Von Bismarck logró reunir los dispersos estados y principados para producir el Segundo Reich alemán. Precisaba un enemigo externo más serio que los daneses, que había derrotado en 1864, y más convocante que Austria, despachada en 1866. La figura perfecta era el segundo imperio francés, conducido por Napoleón III, que luego de casi veinte años de poder se encontraba en un fin de ciclo político, económico y social. Con la sagacidad propia del hombre de Estado, Bismarck logró que Francia le declare la guerra a Prusia acerca de un asunto menor. Más motivados y mejor comandados, los prusianos infringieron a los franceses derrota tras derrota, incluido el aniquilamiento del ejército en la batalla de Sedan a principios de septiembre de 1870 y el horrible sitio de París a fin de ese mes, que impuso hambruna a la Ciudad Luz. Entretanto, Francia proclamó la República. ¿Pero qué República?

Bismarck exige elecciones para que una autoridad legítima consienta la debacle. ¿Será la República dominada por monarquistas que desean restablecer los borbones en Francia? ¿La de conservadores que quieren arreglar con los prusianos, aunque implique pérdidas territoriales (Alsacia y Lorena), con tal de mantener los privilegios adquiridos? ¿La de algunos patriotas que quieren continuar la guerra? ¿La del sentimiento popular que quiere defender a la Patria humillada y también transformar la sociedad? En ese contexto la tropa toma los cañones, cuando al despuntar el día aparecen los primeros vecinos y vecinas del barrio. Es que esos cañones fueron financiados por los propios habitantes de París, en contribución a la Defensa Nacional. Los cañones son propiedad del pueblo. ¡Por eso había que sacarlos de ahí! Quién sabe qué puede hacer la negrada si está armada, pensaba Thiers, el jefe del partido “conciliador”. Para el mediodía del 18 de marzo la situación estaba desmadrada. Mujeres y niños se agolpan frente a los cañones, los defienden, espetan a los soldados que la artillería es de ellos, y que sólo serán usados contra los prusianos. Es el momento en que llega la orden de disparar contra los civiles para despejar el terreno. Los soldados ponen la culata de los fusiles para arriba. Eso es rebelión. Luego proceden a fusilar a los generales Lecomte y Thomas que dieron la orden. Los oficiales son liberados. Eso es revolución. Consumada la fraternización de la tropa con el pueblo, los pibes de Montmarte cantan “El señor Thiers esta jodido, nuestros cañones no ha tenido”. En francés suena mejor.
Adolphe Thiers había esperado toda la vida para llegar al poder pleno, y no iba a dejar que nadie le saque el protagonismo. Aunque el precio sea la sumisión a una potencia extranjera que ocupa el territorio nacional, anexa parte del país y exige pagos anuales, como Prusia. Sabe que la división de las fuerzas armadas es lo que hace a las guerras civiles, como en Montmarte. De inmediato sale de París y establece el gobierno en la ciudad de Versalles, con lo que queda del Estado, que no es poco. Antes que nada, son recursos económicos y financieros. No menos importante es contar con la lealtad de lo que queda del ejército francés. Hay oficiales derrotados que toman venganza sobre la propia población civil, en imposible redención de la incompetencia en el campo de batalla contra un ejército extranjero. Bismarck libera soldados franceses prisioneros, que una cosa es vencer mit eleganz a un imperio y otra es aplastar a la clase obrera. La burguesía es la única clase internacional, diría alguien. Como ahora, pero digital.
Murallas adentro de París, la Comuna es un gran descubrimiento. Las viudas de los caídos en combate descubren que tienen derecho a una pensión, los inquilinos son protegidos, obligan al alquiler de casas desocupadas (con resguardos a la propiedad de los propietarios), se recuperan las fábricas que abandonaron los patrones desertores. Es declarada la separación entre la Iglesia y el Estado. En nombre de la laicidad en la enseñanza, las maestras cobran lo mismo que los maestros. Los hijos naturales son reconocidos en igualdad de derechos, la prostitución es prohibida, ya que, reconocida como una forma de esclavitud, los extranjeros obtienen los mismos derechos que los franceses y hasta tienen mando de tropa. Quedan abolidas las casas de empeño. A los compañeros se les pasa tomar el Banco Central, porque representaba a toda Francia y no a una ciudad. Demasiado formalistas, puesto que los fondos servirán al ejército que Thiers prepara en Versalles para aplastar Paris. Los mandatos electorales son imperativos, algo sólo posible a nivel municipal, con duda, pero el sufragio femenino no tuvo tiempo de florecer. Y tantas reformas de fondo.
Murallas adentro de París, la Comuna es una gran confusión. Frente al vacío dejado por la caída del imperio de Napoleón III y la huida de los poderes públicos a Versalles con Thiers, la construcción de un poder popular implicaba tanto promesas como riesgos. Estaban los que reivindicaban la tradición de la Gran Revolución de 1789 y los que exigían estar a la altura de los tiempos; los que consideraban inviolable la representación y otros que propugnaban la participación directa; los que confiaban en un levantamiento general del proletariado francés y los que intuían que París estaba sola…, pero más grave, los que consideraban que el pueblo de París en una movilización en masa podía vencer a las tropas de Versalles, mientras otros apostaban por la organización y la disciplina. Así es como la acción en el terreno fue confusa, contradictoria y contraproducente. Pero como señala Carlos Schmerkin: «Karl Marx escribió apenas unos días después de la represión de la insurrección que la importancia de la Comuna de París no deriva de sus ideas ni de sus logros, sino de su simple ‘existencia en la acción’. De la misma manera, Friedrich Engels sostuvo que, si bien el movimiento ‘no tenía un proyecto predefinido, la Comuna estableció una filosofía de libertad superior a la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos o la Declaración de los Derechos humanos… porque era concreta’.».

“El entusiasmo es hermoso, pero la disciplina decide la jornada”, decía Stonewall Jackson. Es así como las tropas de Versalles entraron en Paris el 21 de mayo de 1871, en una zona que no estaba protegida. Comienza “la semana sangrienta”. Pese a los esfuerzos desplegados por los militares profesionales que pelearon por la Comuna, empeñados en aplicar una estrategia eficaz ante la embestida reaccionaria, la defensa se realizó barrio por barrio, lo que permitió a los versalleses derrotarlos de a uno en vez de enfrentar el todo, más complicado. Eso nada quita al heroísmo de las clases medias bajas y de la clase obrera parisinas que levantaron barricadas allí donde fuera posible, las más veces sin esperanza de éxito. El París que admiran hoy los turistas conchetos es una ciudad con amplias avenidas y bulevares, tan lindos, imaginados por el Barón Haussmann en los años 1860 para poder cañonear las barricadas desde lejos. La arquitectura es poder. ¿No lo sabían? Casa por casa, calle por calle, los combatientes de la Comuna se replegaron de los quaretiers ricos del oeste parisino hacia los barrios populares del este. La artillería de Versalles quemó viviendas y palacios, para acusar luego a las mujeres que pelearon de incendiarias. Así, las fantasías fascistas les atribuían a las compañeras ser incendiarias, en la habitual acusación que los asesinos hacen de las víctimas para justificar los propios crímenes. Como hoy.
Frente al peligro inminente, el Comité Central de las Mujeres de la Comuna fijó las necesidades: estar en las ambulancias, en las cocinas y en las barricadas. Así es como serán ellas las que defiendan la zona del Panteón, la calle Mouffetard, la calle Racine… Y será un batallón femenino el que pelea en la barricada de la Place Blanche, que no se rindieron. Pues parece que quien da de mamar y maneja la aguja también puede tener buena puntería. La mejor. Entre todas ellas sobresale Louise Michel. Educadora y poeta, fue simple soldada en los combates de mayo. «Cuando la orden es infame”, decía, “desobedecer es un deber”.
Juzgada varias veces por tribunales militares después de la derrota, ella exigió la parte de plomo que debía compartir con las compañeras caídas. Jamás se retractó ni pidió clemencia. Al final la desterraron. Machirulos y cobardes. Como hoy. Distinta suerte corrió Louis Rossel, brillante oficial del ejército francés que peleó del lado de la Comuna. Fue de los pocos, si no el único, que propuso una defensa activa capaz de derrotar a Versalles. Luego de ser condenado a muerte, le propusieron el exilio. «A pesar de todas las vergüenzas de la Comuna, prefiero estar con los vencidos que con los vencedores“. Fue fusilado con apenas 27 años. Hay algo del General Juan José Valle en Louis Rossel. Como siempre, pagan los leales.
La experiencia de la Comuna de París impactó en todos los sectores, tanto reaccionarios como revolucionarios, e incluso reformistas. Marx analizó ese intento de “tomar el cielo por asalto”. La represión de las tropas de Versalles apunta a 30.000 muertos. Son 30.000. Otros estudiaron los alcances y los límites de la Comuna, en la perspectiva de un saber insurreccional acumulativo. Mientas, la Iglesia Católica construyó el Sacré Coeur en la cima de Montmarte, quizás para mostrar quien manda. Pero ya es hora de concluir.
André Malraux refiere una anécdota. Después de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, León Trotsky entra al Instituto Smolny – sede de los bolcheviques- y encuentra a Lenin en el patio, mientras baila y arroja nieve al aire. “Sonamos”, pensó, “el jefe se volvió loco”. Lenin lo agarro de las solapas, algo que acostumbraba a hacer con todos, y le gritó: “¡hoy duramos un día más que la Comuna de París”! Casi una primavera.
Viernes, 20 de marzo de 2026.
*Sociólogo. Ex Senador de la Nación, Diputado y Embajador en Francia.

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