TANTEOS EN LA SOMBRA 4 – Historia, superestructura y balanceos – Por Noé Jitrik

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TANTEOS EN LA SOMBRA 4 – Historia, superestructura y balanceos – Por Noé Jitrik

Alberto Fernández, la trampa de la deuda y la rusofobia. La historia se repite y los balanceos se suceden como posibilidad de retorno del macrismo.

Por Noé Jitrik*

(para La [email protected] Eñe)

Con aspecto compungido, Fernández había declarado que estaba lejos de sentirse feliz por el acuerdo para el pago de la deuda que contrajo el gobierno de Macri con el FMI. En su discurso del 1ª de marzo lo ratificó. Hay quien dice que faltan los hechos y, además, falta poco para revertir las posibilidades de que el macrismo, con su cohorte de fantoches, regrese al poder. Comparto ese sentimiento; es más, simpatizo con la actitud casi de duelo que exhibió cuando se anunció que habría arreglo, pero no deseo especular sobre esa compleja situación y voy por el lado del duelo. ¿Será que nos espera algo semejante a lo que sigue a un duelo por la muerte de un ser querido? ¿La deuda, o el pago, como ser querido cuya muerte nos entristece pero ni modo, no hay nada que hacer? La analogía no es trivial, los dólares que habrá que entregar, sin que nadie pueda decir de dónde saldrán, crearán una “falta” tan fuerte que se necesitaría un batallón de Lacanes para comprenderla, asimilarla y seguir viviendo. Creo que parte de la aflicción de Fernández es el estallido de entusiasmo que expresaron algunos representantes de la oposición, algo han de traerse con el acuerdo, les encanta que paguemos incluso con lo que no tenemos, acaso se están preparando para revivir a Menem con la idea de que, acogotado, el país vuelva a privatizar YPF, Aerolíneas y algunas empresas más y, obviamente, se resigne a no recuperar lo que debe el Correo ni a seguir con la cantinela de que Macri contrajo la deuda y no hay forma de saber adónde mandó los milloncejos que el FMI le entregó, con inusual amplitud de espíritu. ¿Qué decir? Necesidad, dicen los cercanos al Gobierno, lo cual parece indiscutible, nos falta petróleo, trastabilla la provisión de energía, el FMI no afloja, quiere cobrar, es lector de Shakespeare: la libra de carne. ¿Por qué va a regalar un dinero que prestó? ¿Espera, por haberle pasado una suma espectacular al gobierno macrista, ganar el Premio Nobel de la Generosidad? ¿Podrá este Gobierno no estrangular al país para pagar esa deuda infecta? Ojalá, es lo más y lo menos que se puede decir. Quizás lo digan en el Congreso y Fernández se sienta acompañado, no basta que los cercanos lo acompañen, los lejanos es muy difícil que lo hagan.

En estos días, comienzos de marzo del desdichado año 2022, es imposible ignorar lo que está pasando en Ucrania. Para algunos, de corta memoria, hacer declaraciones es sencillo, total rusos y ucranianos están muy lejos pero, en realidad no tanto porque lo que pase en ese territorio proyecta sus consecuencias sobre el mundo entero. ¿También sobre nosotros? Tanto preguntarse sobre si las cosas cambiarán cuando termine la pandemia y ahora, como un vendaval, viene este enfrentamiento que amenaza con llegar a un nivel estremecedor. Que yo sepa, o presuma, nadie es feliz con bombardeos y cañonazos pero de ahí a hacer declaraciones hay un paso y largo. Ucrania como suave paraíso de bondadosos campesinos atropellado por brutales rusos es una imagen por lo menos inexplicablemente maniquea porque rusos y ucranianos son la misma etnia, con algún matiz: si bien ambos comen borsch todos los días, beben vodka hasta las confesiones más íntimas, los rusos echaron a patadas a los nazis, incluso de Ucrania, y los ucranianos (muchos) recuerdan a los nazis con nostalgia, los celebran y les dan cargos en el gobierno. Entonces ¿por qué se produce este embrollo? Los rusos argumentan que están amenazados por la NATO, que sería algo así como lo que los Estados Unidos pretenden de Europa, los ucranianos, olvidando los lazos establecidos con Rusia desde siempre, que quieren desprenderse de los rusos y europeizarse por lo cual aspiran a ser miembros de la NATO: un divorcio con todo pero, tal como están las cosas, me parece que ninguna de las partes gana nada. Personalmente, soy partidario de la negociación entre países y enemigo de las soluciones militares, recuérdese no más el 2 de abril de 1982 y el (a)salto a las Malvinas, por no hablar de Vietnam, o de Bolivia hace dos años. Pero no sé si unos y otros admiten realmente esta posibilidad y calculan las pérdidas. Los rusos han obtenido hasta ahora una rusofobia impensable (acaban de impedir en Italia un curso sobre Dostoievsky y quizás tengamos que ocultar los discos de Prokofiev) y los ucranianos unas centenas de muertos y unas cuantas ruinas, sin contar con que todo parece presentarse como un duelo: Putin vs. Zelenski, de quienes se está hablando intensamente estos días. El primero, rudo, decidido, firme –se le recuerda su pasado de KGB y sus declaraciones homofóbicas así como que no emplea el lenguaje inclusivo-, el segundo, un ex actor de televisión, parece haber desencadenado una imitación del macrismo argentino en varios aspectos, o sea una adhesión derechofílica de grandes masas, una especie de Milei sin mechón a quien apoyan con un fervor semejante al que ponían cuando gritaban “Todos somos Nisman”. En estos términos no habría, por lo tanto, que dramatizar pero por varias traducciones y cambios de plano, el choque es dramático sin que surja una explicación de por qué, ya que lo que se dice es inconvincente. Me sorprende que Rusia parezca más peligrosa ahora, cuando hace rato que volvió a los viejos valores del capitalismo, que en la época estalinista y siguiente. ¿Será la competencia por el petróleo, el gas y todo lo que está en juego en las grandes empresas, más que la incompetencia de los personajes que parecen enfrentados? Si, como pensamos muchos, el irresuelto conflicto, permanente, de Medio Oriente no termina de solucionarse y condiciona la existencia de millones de personas, ¿por qué éste sería tan radical como para que lo ruso, in toto, provoque tanto rechazo, boicots por todas partes, sanciones, porvenires ominosos, como pluraliza Borges, que nos pueden arrastrar a todos? No lo entiendo, sería tanto más tranquilizante adherir a uno u otro y quedarse en casa leyendo un buen libro, viendo la televisión, hablando de encantadores bueyes perdidos.

En diversos escritos, sobre todo emanados del Gobierno –nunca de las diversas oposiciones- aparece la palabra “consenso”. Mi primera interpretación es que responde a una estrategia política, no sólo el deseo de obtener apoyo en asuntos peliagudos –sobre todo de quienes no están dispuestos a darlo- sino igualmente de mostrar una voluntad, democrática podríamos decir. Pero por algo me molesta un poco, es como un ruego o, como se decía antiguamente, campana de palo. Y me molesta porque le confiere a aquellos de quienes se espera conformidad la facultad de conceder una aquiescencia, es como si se les adjudicara una cualidad aprobatoria que se sabe que carece de fundamentos. Realmente, esperar que un melenudo –pelo es lo único que tiene o pone en su cabeza- como Milei o un pelado como Espert apoyen lo que sea, es completamente ilusorio, son simplemente pelafustanes y como enemigos poca cosa de modo que sería inútil esperar de ellos alguna expresión de buena fe; y de los “prosistas” más o menos lo mismo: ¿se tratará de que Macri y sus acólitos tengan otra mira de que el Gobierno fracase y que, por lo tanto, presten apoyo a iniciativas que moderen la codicia de los ricos? Interpreto que el uso de esta palabra expresa, indirecta pero fuertemente, ese viejo sentimiento de poner la otra mejilla. Sugiero, en consecuencia, dos cosas: una, que no se emplee esta palabra; dos, que tome impulso y velocidad lo que ha quedado en el arcón de los malos recuerdos, el Río Paraná, Vicentin, el Correo, el uso de los fondos entregados por el FMI, el desenfreno cambiario, el costo de la vida y otras cositas más.

Hace unos años, fines del 2000, se llevó a cabo en Guadalajara, México, una de las tantas sesiones de la “Cátedra Julio Cortázar”, que se había creado con fondos provenientes de las becas de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Además de los integrantes de los cuerpos académicos, entre los que me contaba, entre los invitados especiales estaba Felipe González, ex Presidente de España, que disertó para un público reservado sobre el panorama político y económico mundial con la energía y la elegancia con que se había manejado cuando dio vuelta a la ruinosa situación en la que había quedado España después de la muerte de Franco y lo que siguió, la débil recuperación democrática dirigida por un fugaz Adolfo Suárez. Vehemente, seductor, derrochando simpatía, era todavía el González que había suscitado mucho fervor, nueva camada de políticos, brillantes y decididos, socialistas. No recuerdo los términos en los que se manejó pero sí que había puesto énfasis en los aspectos económicos y empresariales a los que su gestión le había dado mucha importancia. España era otra con Felipe pero de nada valió a la hora de las siguientes elecciones: el llamado Partido Popular ganó y se encontró con muchos problemas resueltos, una situación favorable, España se había puesto al día. Felipe, al tiempo, después de ese encuentro, tomó otro camino, se convirtió en un lobbysta de inversores o algo semejante, otro esquema. Pero cuando lo escuché tomé valor y le pedí que hablara con Fernando de la Rúa para que resolviera la huelga de hambre que estaban llevando a cabo los sobrevivientes de La Tablada, empresa en la que me había metido poco tiempo antes; me escuchó, me prometió ocuparse y me dijo que me conocía, eso que dicen siempre los políticos. Pero hablé con él, ya en público, y le dije que cuando las derechas arruinan un país, llegan las izquierdas, sean cuales fueren, y limpian el terreno: es como si fueran las escobas que se ocupan de lo que no sirve o no tiene arreglo y lo desechan; cuando terminan la tarea son alejados, derrotados o lo que sea, algo así como una lógica del sistema. No creo que le hubiera gustado el razonamiento, no sé si me respondió o si lo hizo para dejarlo de lado, no lo recuerdo pero la imagen me vuelve obstinadamente y pienso en la Argentina: ¿no será que Fernández es Presidente porque lo autorizan, el sistema, a arreglar algunos mecanismos que el macrismo arruinó, ya sabemos cómo y por qué, y, cuando termine la tarea, el macrismo vuelva denunciando delitos imaginarios, así como lo hizo con Cristina? Soy fatalista, la historia se repite y los balanceos se suceden: si las izquierdas ganan no necesariamente es porque el pueblo comprendió quiénes son sus amigos, sino porque se les permite componer un poco las finanzas, el consumo, la producción y la convivencia pero, a la postre, concluida la tarea, el sistema vuelve a las andadas, ese otro enigma que nos tiene de cabeza porque, además de los privilegios que constituyen su meta y su destino, no llegamos a comprender qué es, qué significa y adónde va.

Buenos Aires, 6 de marzo de 2022.

*Crítico literario, ensayista, poeta y narrador.

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