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Sin eufemismos – Por Hugo Presman

Terminó el siglo XX. Somos testigos, protagonistas y víctimas de uno de los acontecimientos que marcarán una divisoria de aguas en la historia de la humanidad. Se están barajando de nuevo las cartas. La rapidez de la crisis sanitaria es correlativa al desplome económico planetario. La normalidad que conocimos en buena medida es posible que sólo sea un recuerdo. Tal vez sería importante considerar que no volveremos a la misma normalidad, porque esa normalidad era el problema.   

Por Hugo Presman*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Somos testigos, protagonistas y víctimas de uno de los acontecimientos que marcarán una divisoria de aguas en la historia de la humanidad. No es la primera vez, ni será la última que el mundo sufre cataclismos, pandemias, crisis económicas, terremotos, guerras mundiales,  tsunamis….

Pero nunca, una pandemia paralizó a un planeta globalizado e interconectado, lo sometió a una cuarentena global, paralizó casi totalmente a la economía, y como una de las pocas consecuencias positivas dejó de torturar a la naturaleza. Emergen como protagonistas fundamentales los que habitualmente son reducidos a actores secundarios, con ingresos de subsistencia: médicos, enfermeras, especialistas, científicos, y todos aquellos que garantizan el funcionamiento mínimo de la subsistencia en condiciones extremadamente adversas. Y también la reivindicación de la mejor política, de los mejores políticos y de lo público: el papel fundamental del estado, y por supuesto la salud y la educación pública.

La historia recordable ha tenido siempre como teatro el escenario público. Hoy, vaya paradoja, la sobrevivencia, se hace en el territorio privado de la reclusión. La pandemia pasará, la vida cotidiana tendrá cambios de profundidad variable, pero cuando se haga la evaluación de la crisis económica y social en el país y en el mundo, se visualizará un panorama desolador. El día después da lugar a todo tipo de especulaciones. Desde un cambio fundamental a un reforzamiento de las políticas que han conducido al planeta al borde del abismo. El futuro, como siempre, es un espacio que los sobrevivientes transitarán, y está abierto a todo tipo de pronósticos. El presente, en cambio, permite hacer una aseveración, que evitando todo tipo de eufemismos, es un corte, una bisagra histórica, de alcances superlativos

 

UN ESCENARIO DE CIENCIA FICCIÓN        

Un paisaje insólito. Ciudades desiertas, multitudes con barbijos, colas donde sus integrantes se separan entre un metro y medio y dos metros, ciudadanos que se cruzan en las veredas tratando de apartarse, negocios que permiten el ingreso de sólo dos clientes por vez. Un estornudo o una tos de alguien cercano produce un terror similar al aviso de la detección de una bomba a punto de estallar. El otro no es meramente un humano prójimo y preocupado, sino tal vez el envase donde pululan millones de coronavirus versión COVID 19. El virus es invisible pero el que lo puede transportar es visible y adopta imaginariamente la forma de un explosivo. La crueldad de la situación que origina el virus es que al ser altamente contagioso, en alrededor del 3 al 5% mortal, el enfermo muere en soledad, sin la caricia de una madre o de su compañera/compañero, sin el beso final de un hijo. El destino final es la incineración.

En la vida cotidiana, el virus nos separa de hijos y nietos y todas las expresiones con que los humanos expresamos el amor, el cariño, los besos, los abrazos, que han sido proscriptos.

Hasta ha alterado el significado de algunas frases que son lugares comunes: antes de la aparición del virus, decir que Juan es alguien que le esquiva al compromiso social, o los compromisos a secas, se traducía despectivamente como que “se lavaba las manos”. En cambio ahora, si Juan se lava muchas veces las manos, cada vez que corresponda, pasa a ser alguien muy solidario porque se cuida a sí mismo y a los otros.      

El virus se manifestó primero en China y en tres meses arrodilló al planeta. Es paradójico: ni los números de los infectados planetarios, neto de los recuperados hasta ahora, ni el número de muertos, con su trágica carga, en un primer análisis no se compadece con que más de la mitad de la población mundial esté en cuarentena de diferentes intensidades. Lo que es una bomba de tiempo es la rapidez de su propagación y su capacidad de contagio. Y sobre todo que no hay tratamientos. Más que lo dificultoso del presente asusta la proyección geométrica de lo que puede venir.

La globalización ayuda a su meteórica extensión. El desarrollo de los medios de comunicación hace que la pandemia permanezca informada en cada domicilio de manera superlativa, alcanzando un grado de saturación. La diaria lista de contaminados y muertos, mucho más divulgada que la de los que superaron el trance, es un parte médico diario que convierte a cada oyente o televidente en algo así como el receptor de los informes de que muchos de ellos padecieron cuando tuvieron un familiar, en otro contexto, en terapia intensiva. 

Es un virus menos letal que muchos otros que se han neutralizado o abatido y el grado de mortalidad depende de los avances sociales de cada país. Y hasta que se descubra la vacuna, o en su defecto antivirales que lo neutralicen, cada sociedad estará más o menos protegida conforme a la fortaleza que haya conservado su Estado, en medio del arrasamiento neoliberal que desde la hegemonía de la dupla Reagan-Thatcher colocó al mercado como distribuidor desigual de la riqueza y al Estado como garante de esa distribución. La denominada Dama de Hierro sostenía: “No existe la sociedad, sólo existen los individuos, hombres y mujeres individuales”

En épocas consideradas normales, se estima lógico una considerable concentración de la riqueza en crecientes minorías y como contracara una expansión de la pobreza. Sociedades en la que los menos nacen con un plus de beneficios y grandes posibilidades de futuro y mayorías que acceden a la vida hipotecados.

Manuel Trajtenberg, un economista argentino nacido en Córdoba que vive en Israel desde 1969, liberal, sostiene: “La desigualdad de hoy está al mismo nivel que en los años 20 del siglo pasado” 

En épocas de pandemia, se extrema la posibilidad de vivir o de morir. En Alemania que aún conserva el esqueleto de un estado de bienestar el porcentaje de muertos no llega al medio por ciento. En cambio en Francia alcanza al 3,97%, España al 6,55% e Italia al 9,2%.

Los franceses en cuarentena deberían recordar los recortes al estado francés que hoy sanitariamente padecen en el largo período de 25 años que van desde Jacques Chirac a Emmanuel Macron, pasando por Nicolás Sarkozy, con el tenue interregno del socialista   Francois Hollande. Los españoles deben la desarticulación del Estado a su derecha, heredera del franquismo, y su centro izquierda funcional al establishment, consumado durante 22 años que van de José María Aznar a Mariano Rajoy, pasando por José Luis Rodriguez Zapatero. Y finalmente Italia con el grotesco Silvio Berlusconi y sus sucesores. Detrás de todos ellos el poder económico de sus respectivos países, y es de Perogrullo que en las leyes de mercado la ganancia está por encima de la salud de la población.

La disyuntiva actual, que es planetaria, radica en si hay que privilegiar la salud asumiendo los enormes costos de parar la economía o continuar la actividad con la hipótesis de que en caso contrario el remedio es peor que la enfermedad. Esto tiene una respuesta pragmática: el crecimiento de los enfermos y muertos que se potencia por la falta de cuarentena termina desembocando en pánico y concluye con una cuarentena espontánea sin reducir los costos económicos, sólo postergados algunas semanas. Los que han seguido este último criterio, están, entre los más importantes,  Donald Trump en EE.UU, que le puede costar la reelección en noviembre; en Gran Bretaña, retrocediendo apurado de su inicial postura su primer ministro Boris Johnson, quien ha terminado también contagiado del virus; Andrés Manuel López Obrador en Méjico, ordenando al virus a detenerse y el incalificable Jair Bolsonaro cuya ignorancia criminal le costará posiblemente la presidencia en forma anticipada.

Paradoja de un mundo irracional: EE.UU, la mayor potencia mundial, está más preparado para responder a un ataque nuclear con su inmenso presupuesto militar que para hacer frente a una pandemia. El mismo país que tiene una población como la Argentina fuera del sistema de salud y alimenta en las escuelas a 30 millones de niños. El presidente norteamericano más preocupado por las empresas que por sus habitantes habla desaprensivamente de 50.000 a 100.000 muertos. Envió al Congreso un paquete de rescate de 2,2 billones de dólares que es el triple de lo aplicado en la crisis del 2008.

 

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EDADES EN LA HISTORIA

Por razones metodológicas, en el colegio secundario del siglo pasado, se determinaban las etapas históricas de la siguiente manera:

Prehistoria: desde el origen de la humanidad aproximadamente entre dos y tres millones de años antes de Cristo, hasta que se inventó la escritura, 4000 años antes de Cristo.

Edad Antigua: comienza con la aparición de la escritura y termina con la caída del Imperio Romano en el siglo V después de Cristo.

Edad Media: desde el siglo V hasta que los españoles llegan a América en el siglo XV

Edad Moderna: desde el siglo XV hasta el inicio de la Revolución Francesa

Edad Contemporánea: desde el siglo XIX hasta la actualidad.

Más recientemente el historiador inglés Eric Hobsbawm, denominó al siglo XX, como el siglo corto que empezó con la primera guerra mundial en 1914 y concluyó con la caída del Muro de Berlín en 1989, es decir que sólo sumaba. 76 años.

Posiblemente si viviera (murió en el 2012) recién daría terminado el siglo XX con la actual “Corona-crisis”, por lo que el siglo sería largo, de 116 años.

Personalmente, me inclino por esta alternativa, ya que la crisis sanitaria y económica, sin precedentes, será un tajo en la historia humana.

 

CRISIS ECONÓMICA INTERNACIONAL

El desmoronamiento de la economía mundial tiene una velocidad que nada tiene que envidiarle a la capacidad de contagio del coronavirus COVID-19. En menos de un mes 11.000.000 de nuevos desocupados en los EE.UU y a noviembre puede superar largamente el 20%. La caída del PBI norteamericano puede rondar, en el segundo trimestre entre el 12 y el 20%. La muy flexible legislación laboral puede llevar los desocupados cuando termine abril a 40 millones. El PBI Chino cayó el 13,5% anual en el primer bimestre, la tasa de inversión cayó un 24,5% contra un incremento del 5,4% anual en el cuarto trimestre del 2019. Y esto datos catastróficos se repiten con diferente intensidad en países de la Comunidad Económica Europea. Cae a pique el comercio internacional, el mundo marcha hacia una recesión generalizada y el valor de las empresas caen estrepitosamente. Según el FMI, de los mercados emergentes se han retirado en los últimos días más de 83.000 millones de dólares, mientras ya son 80 los países que han pedido asistencia. La velocidad de la caída queda reflejada en la estrepitosa caída bursátil. Ahora sucede en tres semanas, lo que en la crisis de 1929 sucedió en tres años. Era un mundo, antes de la doble crisis, al borde del abismo: la deuda global, como escribió el periodista Alfredo Zaiat, era “322 % superior a los bienes y servicios que produce el mundo”.

Fronteras y aeropuertos cerrados, los hangares y las pistas con los aviones estacionados, pasajeros sorprendidos lejos de sus países en un mundo que se cierra al extremo, viviendo lo que los africanos padecen desde hace décadas cuando se le niega su ingreso a territorio europeo, es un capítulo avizorado en una novela o película de ciencia ficción que sin embargo no es realismo mágico, sino realismo catástrofe.       

La mezcla explosiva de crisis económica planetaria y sanitaria simultánea con ritmo vertiginoso, abre un nuevo panorama: el neoliberalismo y el librecambio retroceden silenciosamente y aprueban lo que hasta ayer era un crimen de lesa economía: subsidios directos a la población, nacionalizaciones, fortalecimiento del estado y su intervención directa. Ya no se critica la emisión monetaria sino que se la alienta y el equilibrio fiscal es un objetivo que se desecha con entusiasmo. Los commodities caen a precios de hace mucho tiempo, siendo el petróleo un ejemplo quedando el barril por debajo de los 25 dólares. Con este precio Vaca Muerta tiene el nombre correcto: es absolutamente inviable.

 

CRISIS ECONÓMICA NACIONAL

El macrismo dejó al país en terapia intensiva y en esa situación de extrema debilidad es asolada por el coronavirus, con la paralización de la economía que implica la cuarentena. Al borde del default, con la capacidad productiva al 50%, la extrema situación social que heredada del macrismo queda reflejada dramáticamente en dos indicadores que en medio de la incertidumbre actual conviene no olvidar: la producción de leche del 2019 quedó por debajo de la del 2015 en un 22% y las ventas un 16%. El consumo de carne del 2019 fue la menor desde el 2009. Sobre este escenario se despliega el coronavirus y la corona crisis.    

 

CRISIS SANITARIA NACIONAL

El aislamiento social que los sectores mejor pertrechados de la sociedad pueden sobrellevar con inconvenientes menores, se vuelve de casi imposible cumplimiento en los márgenes de los grandes conglomerados urbanos, donde el hacinamiento en hábitats carentes de las mínimas comodidades o prestaciones constituyen el punto débil de una política efectiva.

El ingreso del virus en esos territorios es una bomba de tiempo. La idea que el aislamiento se efectúe por barrio y no por casas, tal vez sea una alternativa más plausible y efectiva.

La pandemia permite visualizar sin subterfugios los distintos guetos: los enormes conglomerados carenciados y los barrios cerrados.

El otro punto a considerar es la cantidad de camas de internación por cada mil habitantes. La Argentina está en un punto medio: tiene 4,5 camas de internación por cada mil habitantes. La mayor cantidad están en la Capital Federal (7,1 por mil) y las provincias de Córdoba (5,9) y Buenos Aires (5). Menos que las 8 o 10 por habitante que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Estos datos son previos a la cantidad de camas que se están sumando con el gigante despliegue de las últimas semanas.   

 

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EL DÍA DESPUÉS

Los intelectuales, fundamentalmente residentes en Europa, polemizan sobre las consecuencias de las crisis económica y sanitaria. Mientras que el filósofo esloveno Slavoj Zizek sostiene que “el virus ha asestado un golpe mortal al capitalismo”, el coreano Byung- Chul Han, muy promocionado, le respondió: “El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. No podemos dejar la revolución en manos del virus”       Tempranamente, en febrero, el italiano Giorgio Agamben, relativizó los efectos de la pandemia, considerando que “estando el terrorismo como causa ya agotada de medidas excepcionales, la invención de una epidemia ofrece el pretexto ideal para ampliarlas más allá de cualquier límite”

Me meto modestamente en la polémica tomando una inteligente aseveración del empresario Samuel Goldwyn Mayer, de la Metro: “Nunca conviene hacer pronósticos, sobre todo hacia el futuro”. Un hecho conmocionante que implica una bisagra histórica puede disparar un cambio fundamental o una consolidación del orden existente. De las vísceras de la primera guerra mundial emergió la Revolución Rusa, e inmediatamente a posteriori de la segunda guerra mundial triunfó la Revolución China. En cambio a los pocos años de la Revolución francesa se produjo la restauración conservadora. Algunos historiadores sostienen que después de la peste negra del siglo XIV que exterminó un tercio de la población europea, emergió el Renacimiento con el florecimiento de las artes y las ciencias.

Sólo me atrevo a pronosticar que la revalorización del papel del estado parece inevitable. Cierto retorno, tal vez, al estado de bienestar.

El establishment económico mundial se prepara para embestir contra esta posibilidad, reduciéndola a que sólo se justifica ante situaciones excepcionales

 

FALSAS DEDUCCIONES

La idea que se ha superado la fractura en la sociedad argentina conocida como grieta ante la presencia de la pandemia, resulta una deducción devenida de una situación coyuntural y transitoria. Si así fuera,  la existencia de dos modelos que vienen del fondo de la historia ha sido un conflicto superficial y epidérmico.

Incluso la unidad nacional ante una situación inédita privilegiando la vida antes que la economía, es falsa. La columna de los viernes del diario Clarín, escrita por Marcelo Bonelli que expresa en muchas ocasiones los pensamientos del establishment y de los acreedores internacionales, sostuvo el 27 de marzo : “Hay influyentes voces que insisten en que el freno productivo será mayúsculo y que la estrategia al final causará más daño que beneficios a la sociedad. En la UIA y la Asociación de Bancos se escucha ese diagnóstico. Por prudencia no hablan en público.”

Otra aseveración generalizada es que estamos en guerra contra un enemigo invisible. La suma del coronavirus y el corona-crisis supera incluso a la guerra. En la misma, la población tiene un enemigo visible, puede salir a la calle, sigue trabajando y tiene refugios a los que corre durante los bombardeos. No están desestimadas las muestras de cariño. Incluso la guerra puede intensificar la actividad económica, al punto que EE.UU termina la crisis de 1929 con su ingreso a la segunda guerra mundial. En las guerras mundiales hubo países neutrales. Ahora eso no es posible. El virus no entiende de neutralidad. Para nada esta explicación intenta subestimar el horror de las guerras, es solo una argumentación contra una deducción que estimo equivocada.       

 

SIN EUFEMISMOS

Estamos en un clivaje económico mundial y en el horizonte es difícil encontrar una luz que nos de alguna seguridad sobre el presente. Si no fuera por lo dramático del contexto, arrancaría una sonrisa, tal vez una carcajada, la propuesta del Ministro de Educación del macrismo Esteban Bullrich de “disfrutar la incertidumbre”.   

Todas las certezas de los últimos cincuenta años están pulverizadas. Estamos en las puertas de una crisis económica sin precedentes. Convivimos en un planeta en cuarentena y en una crisis económica que no puede achatar su propia curva por la velocidad de la caída de la producción, de la demanda, de la inversión, con sus exteriorizaciones altamente probables: innumerables empresas cerradas, millones de desocupados. La corona-crisis tiene una profundidad impredecible y deja pequeñas todas las crisis conocidas. Los estados, con mayor o menor intensidad, adoptan el keynesianismo y sepultan la idea que el mercado y su mano invisible, que cuando se visibilizó, fue el brazo del carterista.

 

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Algunas de las consecuencias tétricas de la corona crisis son funcionales al neoliberalismo: mata a los viejos aliviando uno de los caballitos permanente de ajuste que es el sistema previsional y descenderá de las clases alta y media hacia los sectores pobres cuya disminución es otro de los objetivos deseados.

Cuando la pandemia se supere, dejará más pobres que muertos.      

Una serie de circunstancias planeadas y fortuitas ha puesto al frente de la Argentina a un presidente como Alberto Fernández, que hasta ahora actúa, dice la socióloga Paula Canelo, como un médico de familia: contenedor y comprensivo. “De la economía se vuelve, de las muertes no” ha reiterado.

En un mundo donde Dios nunca existió, tal vez sea cierto que es argentino.

En una sociedad surcada por el miedo y los resultados, por neutralización o irrupción de conflictos sociales extremos, Alberto Fernández ha consolidado un liderazgo y tiene una aprobación de alrededor del 90%. Pero todo es provisorio y circunstancial. La evaluación final de beneficios y daños determinará si mantiene o se debilita su fortaleza actual.  

Es importante aclarar que si bien las medidas hasta ahora adoptadas contra la pandemia dan resultados mejores de los previstos, porque ha iniciado la cuarentena a 12 días de conocerse el primer caso, cuando China lo estableció en el día 24, Italia en el día 35, España en el 42 y Francia en el 43, falta mucho para la superación de la situación. Eso hace razonable que despierte un moderado optimismo, pero hay que evitar caer en un triunfalismo mediático similar al de la guerra de Malvinas: “Vamos ganando”

En definitiva: Terminó el siglo XX. Se están barajando de nuevo las cartas. Ningún resultado está escrito. Tal vez sería importante considerar que no volveremos a la misma normalidad, porque esa normalidad era el problema.   

 

Buenos Aires, 3 de abril de 2020

*Coconductor del programa radial EL TREN, con más de 16 años en el aire. Contador Público recibido en UBA. Fue profesor de Economía Política en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma Universidad. Es Periodista. Sus trabajos son publicados en diversos medios nacionales e internacionales. Es autor del trabajo de investigación “25 años de ausencia” y participó con trabajos en los libros “Damián Carlos Álvarez Pasión por el libro” e “Insignificancia y autonomía”. Debates a partir de Cornelius Castoriadis.

Además es coautor del libro “Bicentenario de la Revolución de Mayo y de la Emancipación Americana».

1 Comment

  1. Irma dice:

    Excelente nota de Hugo Presman.Esa sensación que lo que expresa tan claramente, es lo que sentimos pero no podemos relatarlo así. Le pone nombre,dibuja, grafica lo que esta y nos esta pasando .

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