SILBIDOS DE UN VAGO 16: La dolorosa soledad de la Puna y la tentación argentina de crear diarios – Por Noé Jitrik

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SILBIDOS DE UN VAGO 16: La dolorosa soledad de la Puna y la tentación argentina de crear diarios – Por Noé Jitrik

Arturo Frondizi con John Kenedy, Estados Unidos 1961.

Arturo Frondizi con John Kenedy, Estados Unidos 1961.

De Milagro Sala a Frondizi y la prensa escrita. La Nación, La Prensa, Crítica y Página/12. Los Silbidos, las aguafuertes de Noé Jitrik.

Por Noé Jitrik*

(para La [email protected] Eñe)

Anotación de hace unos meses: Ayer, 6 de julio de 2021, comenzó a realizarse en Plaza de Mayo un acampe de organizaciones de diverso tipo, unas cuantas venidas de Jujuy, por la libertad de Milagro Sala, presa durante 2000 días, fuera de toda justificación jurídica, política y moral. Me habría gustado ir ahí –finalmente fui- y ver a toda esa gente, sus caras rudas y firmes, sentir sus decisiones, enfrentando con pocas palabras pero con firmeza una causa justísima, pero no pude, la pandemia por supuesto pero también otros impedimentos que no vale la pena señalar pero que no me gusta sentir, la idea de que hay cosas en las que uno debería estar y ya no lo puede hacer no es agradable, puedo rebelarme con ello pero ni modo, debo aceptarlo. Pero, en el caso, no me impide evocar el momento en que estuve cerca de esa mujer y tuve incluso que hablar en público junto a ella que, impasible, escuchaba lo que venía de un profano, así me sentí. Se trataba de un libro de fotografías de la obra que había realizado la Tupac Amaru, obra suya, creadora y animadora, espíritu vigilante, mezcla de voluntad y de sabiduría. Me sentí pequeño junto a ella, la sentí historia, me conmovió pero no disipó la diferencia, es muy probable que yo no pudiera jugar mi vida hasta ese punto, ella sí, admirarla no me redime, no me transporta a las dolorosas soledades de la Puna, me reduce a una vida urbana que transcurre pero no mucho más.

Un amigo, que acompañó a Arturo Frondizi cuando estaba retirado y seguramente enfermo, me hizo llegar el texto de una conferencia que impartió en 1989 en la Academia Nacional de Historia, sobre John F. Kennedy, de quien había sido, según reza el texto, amigo cercano, si los políticos de ese tamaño tienen amigos cercanos. Hacía tiempo que no había pensado en él y cuando me sucedía venía acompañado de un ligero sentimiento de culpa, no fui a verlo a Martin García, como lo había hecho mi entrañable Falucho Luna ni después, tampoco me acerqué a él cuando lo vi conversar animadamente con un obispo o algo semejante. Pese a que había trabajado junto a él y con él los dos años previos a la Presidencia me había dejado de lado cuando llegó a la Rosada, nunca supe por qué, nunca se me ocurrió que pudiera haber despreciado mis cualidades y méritos. Pero todo eso, como habría dicho el mencionado Luna, es historia y no importa frente a la visión que trata de ofrecernos respecto de Kennedy y su relación con él. Es curioso pero me parece que cuando refracta ciertos comportamientos de Kennedy parece borrar por completo los suyos, navega por aguas tranquilas mientras su Presidencia fue un torbellino de contradicciones, ideas inconclusas, compromisos asumidos y decisiones antagónicas de todo lo que parecía haberle sido propio antes de ser presidente. Da para un volumen de carácter contrastivo, entre cómo se presenta en ese discurso y lo que fue su presidencia y cómo fue su pasado. No mencionemos el tema del petróleo, ya muy trasegado, lo que va de Petróleo y política y la oposición a los proyectos del agonizante peronismo a sus concesiones a los tigres del petróleo internacional; pero podemos mencionar, cosa que él no hace, la designación de Alsogaray como Ministro de Economía y su olvido total del golpe militar que cortó ese proclamado sueño industrialista o industrializante que se llamó “desarrollismo”, el pacto con Perón, el plan Conintes y varias agachadas más. No hay rencores en su historia y por eso todo respira bondad, militares, curas, empresarios, los Estados Unidos pero no Cuba. ¿Sabiduría? ¿O aceptación? Debe ser por eso que el “modus” macreoideo lo menciona de cuando en cuando, como no tiene dioses adopta un santo. ¿Debía ir a visitarlo?

El hecho de que La Prensa y La Nación hubieron visto la luz cuando el periodismo, tal como lo conocemos ahora, más o menos, estaba dejando muy atrás a los periódicos casi unipersonales del siglo XIX, les aseguró una posición imbatible. La Nación era el diario de las grandes subastas de tierras y ganados y la información de los fallecidos, La Prensa, lo era de los avisos de trabajo. Tal era su imperio que por un lado imprimían modos de pensar, uno en las clases “decentes”, el otro en las clases medias, y gravitaban sobre procesos políticos; consideraban, también, cuestiones culturales, leer uno u otro demandaba tiempo, pero no se podía prescindir de ellos si se contaba, naturalmente, con los centavos que costaban, la “Biblioteca La Nación” no es para nada de despreciar, tengo algunos volúmenes que irrumpían en la modestia literaria de fines del XIX y comienzos del XX. Entrado el Siglo XX hubo uno o dos intentos de romper esa hegemonía: Crítica, escándalos atractivos, plumas vanguardistas, Noticias Gráficas y La Razón. Todos relacionados con un público o buscando público o creyendo que había un público. El público al que se dirigían, les era fiel y todo ese idilio empezó a fracturarse con la llegada del peronismo a la escena política y social. Al peronismo no le gustaba ninguno de ellos y, a medida que consolidaba su poder, los empezó a ver como problema, les redujo público, les quitó audiencia, un modo de pensar diferente empezaba a rechazar su pedagogía y su influencia y los obligó a reformular su estrategia comunicativa; ninguno de ellos fue favorable y en un proceso no muy largo algunos fueron perdiendo presencia y desaparecieron, los más fuertes, La Nación y La Prensa subsistieron, el primero cuidaba su lengua, el segundo se indignaba y enfrentaba al ya gobierno y éste, en una decisión tal vez arrebatada, lo cerró y lo convirtió en oficialista dando comienzo a su lenta desaparición aun cuando en 1955 los antiguos dueños pudieron recuperarlo.

Otras tentativas para contar con diarios propios, como La Época, no prosperaron, no hay nada más efímero que un diario oficialista, y no lo es porque no se dirige a nadie en particular sino a proclamar virtudes propias y vicios ajenos y eso no funciona ni siquiera con los santos cuando explican lo que quieren hacer. En ese panorama a alguien, Roberto Noble, un político de origen demoprogresista, se le ocurrió que había una vacancia y creó un diario, Clarín, que no iba para un lado ni para el opuesto, que ponderaba y no definía y que, navegando en ese mar, subsistía y crecía hasta, lo estamos viendo en estos tiempos, convertirse en una potencia, con un poder absoluto en la prensa escrita y supongo que en otras y negocios millonarios y un poder de decisión que es la fuente de casi todas las desgracias políticas nacionales. Y, con eso, le va bien, ha capeado temporales, con sólo proponerse destruir a Cristina como objetivo supremo es un rector de la vida nacional, no afloja ni un centímetro, es poder y negocios y eso, al parecer, determina creencias y convicciones, o se negocia con él o la guerra. Es lo que está pasando.

La tentación de crear diarios es permanente en la Argentina; siempre hay alguien que no acepta la hegemonía de los dos grandes; así fue con Crítica, con Democracia, con La Época y con numerosas publicaciones menores, además de semanarios, algunos con mucha fortuna, otros menos y de diferente tipo. Pero el intento más logrado hasta ahora fue, creo, el de Página/12, fundado en 1987 y vigente todavía. Explícitamente diferente de los otros dos, en estilo como en pensamiento y en exigencias formales, implícitamente dirigido a un público urbano y más o menos ilustrado, con exigencia de lectura, de espíritu crítico y susceptible al humor, sin desdeñar sino al contrario, un trasfondo literario en el tono ensayístico de las presentaciones, no ha logrado superar la modestia de su formato ni la orfandad de apoyos publicitarios que lo sostienen, o contribuyen a su sostenimiento. El hecho de que la propiedad del diario es desde hace unos cinco o seis años del llamado “Grupo Octubre”, cuyo directivo es Víctor Santa María que al mismo tiempo es un dirigente importante del peronismo de la Capital, incide de alguna manera en la atención que el diario presta al material que presenta; pareciera que su carácter crítico, que está en su filosofía inicial, se centra en lo que importa al peronismo en general y al de la Capital en particular sin que ceda su apoyo al gobierno. De hecho, sería casi el único órgano de prensa que sin ser obsesivamente oficialista muestra lo que los otros medios ocultan o tergiversan pero, al mismo tiempo, no concede mucho espacio a registros que importarían a públicos parciales. Esa distribución es significativa y por momentos parece suplir aquello a que no presta atención apelando a material extra local, como si su público estuviera esperando información sobre lo que pasa en el mundo, en particular en el mundo de la cultura, el cine sobre todo, el rock, la sexualidad, la moda. No hay otra forma de escapar de las estrategias opositoras que niegan paladinamente lo que es más que evidente, así fue y sigue siendo el tema de la pandemia y la vacunación, que acudir a Página/12 y apoyarla pero también extraña que excluya de su atención lo que importa a sectores de la sociedad argentina para los que el cine norteamericano, el rock, la moda, el lenguaje inclusivo, las sexualidades, son mucho menos interesantes que lo que pasa en el interior del país o en el corazón de la pobreza o en los rigores de la ciencia y la cultura. 

Buenos Aires, 13 de octubre de 2021.

*Crítico literario, ensayista, poeta y narrador.

1 Comment

  1. Claudio Javier Castelli dice:

    ¡Excelente!

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