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SILBIDOS DE UN VAGO 13 – Declaracionismo y descontento – Por Noé Jitrik

Pedro Castillo ante los desafíos de gobernar frente a una derecha primitiva, el declaracionismo de izquierda y el descontento de las clases medias.

Por Noé Jitrik*

(para La [email protected] Eñe)

 

Increíble la imagen de Pedro Castillo, elegido presidente del Perú. Arduo camino le espera por otra situación igualmente increíble, la cantidad de votos que consiguió la Fujimori: ¿qué les pasa a sus votantes? Ella va a patalear un tiempito pero pronto comprenderá que el único camino que le queda es actuar en adelante como Patricia Bullrich, no porque sea mujer, como ella, aunque ninguna de las dos lo parecen; Bullrich tiene como meta impedir, corroer, destruir, lo demás no importa, para la Fujimori será lo mismo, peor porque no podrá sacar de la cárcel a su papá y porque, si Castillo no afloja, ella misma puede ir a acompañar a su progenitor en la lóbrega soledad de una mazmorra peruana.

Pero esa perspectiva desencadena una pregunta más importante: ¿cómo hará Castillo para enfrentar, y derrotar, a esa derecha primitiva y salvaje y numéricamente importante, eso que calificaba como increíble? Si un “esclarecido” Vargas Llosa, que ya no puede pensar, apoyó a la Keiko ¿qué se puede esperar de los que no piensan pero actúan cuando apunta un político popular, salido de la gleba, impoluto e instruido? No es difícil imaginar que la oligarquía peruana empiece a prepararse para socavar su escaso poder, otro presidente sustituido o suicidado mucho no le afecta, semejante a lo que hacen todas las oligarquías, la que hizo la alemana cuando el payaso de Hitler apuntaba y la débil socialdemocracia intentaba sobrevivir. Terrible amenaza que, ciertamente, Castillo tendrá que enfrentar. ¿Podrá solo? ¿Quiénes lo están respaldando, apoyando, ayudando? Lo veremos, pero si algo se puede desearle es que se cuide, que mida cada paso y, sobre todo, que se cuide del mal que aqueja a los políticos que se atreven, o sea, las excesivas declaraciones.

No es decir algo en el aire: no hay que esforzarse demasiado para considerar que el declaracionismo ha sido una constante en América Latina, no sé desde cuándo: Yrigoyen casi no hablaba, irrumpía, Vargas era contenido, Perón contundente, pero otra cosa inauguró Fidel Castro, sus tres o cuatro horas de micrófono casi todos los días al principio eran sorprendentes y hasta seductoras, sobre todo porque explicaba, era docente, pero luego volvía sobre sí mismo y ya no era lo mismo, sus enemigos aprovechaban la facundia para hacer olvidar la revolución. Chávez siguió por ese sendero pero era diferente, el poder de la palabra desaparecía en la sobreabundancia, el desafío y la presencia, para quienes lo odiaban era ruido, sólo oían eso y no que hacia girar la estructura. El hecho es que cada político de izquierda que gana un espacio, cuanto más importante es, más notorio es el deseo de declarar, propósitos, intenciones, propuestas, desafiantes los tonos o lo que venga. López Obrador declara la “Cuarta transformación” y como lo hace constantemente la derecha mexicana se agrupa, no se convence y quienes lo escuchan ya estaban convencidos, no necesitaban que se les repitiera tantas veces. Morales no era ni es lo mismo, su parquedad es ejemplar y si lo voltearon no fue porque hablara demasiado sino porque hacía mucho. Y por casa ¿cómo andamos? Los voceros de la izquierda, fuera del poder, invocan infatigablemente a los “trabajadores” que, quizás rumiando el futuro del socialismo, callan. Fernández, por su lado, es tranquilo, no promete sangre, sudor y lágrimas, como lo hacía el mitológico, y bombardeado, Churchill, sino algo razonable, se detiene al borde del precipicio de la exasperación y vaya si tiene motivos para estar exasperado, yo lo estoy y agradezco que él no. Quisiera que se apreciara esa economía discursiva, para los enemigos es letal mientras que el declaracionismo es pasto para las fieras.

La derecha no es declaracionista, es simplemente gruñona, in–argumentativa, repetitiva y criticona, no sabe lo que es la crítica en ninguno de sus aspectos, sobre todo respecto de sí misma y en eso reside en ocasiones su éxito: ser de derecha es devolver en el espejo del discurso ese no-lenguaje, muchos lo compran como quien adquiere dos televisores al precio de uno en Miami; no le dura demasiado ese éxito pero el fracaso no la destruye, regresa, se asemeja, pero al revés, al eterno regreso del lenguaje poético. Ni siquiera necesita creer en sus sonsonetes, le basta con excretarlos y tan felices y contentos cuando verifican que hay quienes los reproducen, desde legisladores hasta filósofos pasando por abundantes mediócratas. Pero no producen reacciones como las que producen las de los declaracionistas de izquierda o más o menos: es como si se aceptara que la vaciedad es un requisito para tener un lugar en el mundo y un elemento componente de lo humano. ¿Qué hacer con eso?

Encontrábame, como se dice en las novelas, hace unos años en un banco esperando meter mi tarjeta de débito en la ranura –no como González Tuñón que escribió que si uno ponía una moneda en una ranura/ vería la vida color de rosa- cuando un señor algo mayor, no sé si que yo, pero mucho mejor vestido, empezó a emitir ardientes invectivas contra Cristina Fernández de Kirchner, a la sazón presidente de este país. Le parecía una burla el aumento que había percibido en su jubilación, que no parecía, por su pinta, que fuera tan magra: le parecía poco. Pensé, en ese momento, que no pensaba en sus compañeros de infortunio, millones de jubilados a quienes ese aumento, algo inesperado, les venía bien, era un respiro. Pensé que el ser humano es un insatisfecho, no sabe recibir, nunca es suficiente lo que le toca y, por consecuencia, siempre está con bronca; si hasta el amor de que es objeto le parece poco, como le va a parecer bastante lo que venga del gobierno, en  el caso de la Presidente. Pensé que se me estaba ocurriendo algo original, una explicación de vastos comportamientos políticos: en el Brasil Lula logró mediante algunas leyes sacar de la pobreza a cuarenta millones de personas. ¿No era algo? ¿Cómo reconocieron este cambio de situación, de indigencia a pobreza quizás o de pobreza a algo más? No hice la cuenta pero la respuesta ahí está, votando a Bolsonaro y abandonando a Lula a su suerte.

Vaya con la naturaleza humana, nunca es suficiente lo que me dan. Descubro, verificando que todo está ya pensado y escrito, que Kant, el mismísimo Kant, se refirió a este asunto: “El hombre (¡pobre! no sabía que debía haber dicho, y la mujer) no está nunca contento con lo que posee, y ambiciona siempre otra cosa”, le contó a un remoto Nikolai Karamsian, en junio de 1789 (tampoco se imaginó que un mes después, ese descontento cambiaría muchísimas cosas en el mundo, la revolución llamada francesa, de los puros descontentos, con justa razón). Añado: esa “otra cosa”, nadie que aspira a ella sabe qué es, burros que persiguen ilusorias zanahorias, siempre falta, nadie puede decir que está satisfecho con lo que le toca porque a muchos no les toca casi nada. “El descontento y la promesa” escribió Pedro Henriquez Ureña refiriéndose a la literatura del continente: sigue resonando la expresión, ese descontento, que es malestar en los bien alimentados de las clases medias y altas, produce, en literatura. ¿No producirá igualmente en lo político y lo social? ¿No será que el descontento es el punto de partida de la idea de la lucha de clases?   

 

Buenos Aires, 24 de julio de 2021.

*Crítico literario, ensayista, poeta y narrador.

2 Comments

  1. juan chaneton dice:

    Sí, Noé, Varguitas está senil y ya no puede pensar. O tal vez la tía Julia lo engañó con el escribidor. Apoyó a la Fujimori, corrupta como su padre, pero el escritor no repara en nimiedades. Todo vale con tal de que no venga el indio Castillo. Pero peor Fernando Henrique, que apoyó a Bolsonaro. Todo vale con tal de que no venga Lula. Y más peor lo de Fernando Henrique. No sólo porque Bolsonaro está a la derecha de la Keiko, sino porque Vargas Llosa es un hombre de la literatura pero el otro es un doctor en ciencias políticas. El tropiezo de aquél es menos peor y se explica solo: es un analfabeto político. El de éste, no es un tropiezo: es la confesión de que la burguesía, para defender sus privilegios, no le hace asco a nada, ni a la tortura en un sótano de San Pablo, como le pasó a Dilma, ni al bombardeo de una plaza pública en Buenos Aires, como aquel del ’55, son sólo dos ejemplos …
    Y excelente eso del declaracionismo. Se declara mucho y se hace menos de lo que se declara y se declara al divino botón, tal vez porque si no se declara no queda nada pues no hay nada como programa. Salvo a Evo -yo agregaría a Cristina-, ese sayo a unos cuantos les cabe. Morales no era ni es lo mismo, su parquedad es ejemplar y si lo voltearon no fue porque hablara demasiado sino porque hacía mucho. Perfecto, maestro Jitrik.
    Alberto Fernández y la razonabilidad discursiva es otro hallazgo del autor de la nota. No es posible soslayar ese párrafo porque dice mucho, sobre todo en lo que no dice. La razonabilidad no excluye la lucha de clases; y, a veces, puede ser su antesala, sólo la lucidez de alguien fructuosamente parado en el punto de cruce entre política y literatura puede revelarnos esa reflexión. Y ojo aquí, que la lucha de clases se expresa, también, en el glamoroso charme de seductores amaneramientos y no siempre como sangre en las calles; en el breve placer de una reunión en la Casa Blanca, como en un comicio de medio término en la Argentina.
    Después viene un párrafo que tampoco es soslayable pero como no podemos consistir en repetidores puntuales de lo que queremos celebrar, señalamos que ese párrafo que comienza diciendo que la derecha no es declaracionista contiene una radiografía perfecta de lo que es el lenguaje de la derecha y de su buena salud para cumplir su cometido de clase. Se puede ser inculto e igualmente saber muy bien cómo proferir sintaxis efectistas para afianzar presencia, consolidar engaños y permanecer en las conciencias como opción política y, a veces también, como solución. Eso hace la derecha usando de un lenguaje que está vivo y fecundo para ser usado en un sentido o en otro, pero para saber esto hay que ser Noé Jitrik o alguien parecido.
    Tal vez podría agregarse que, en el caso de Kant, ese hombre suyo que siempre quiere otra cosa termina queriendo conocer más, mientras que el insatisfecho de hoy termina tratando de derrocar gobiernos, sobre todo cuando estos gobiernos son como los de Evo, Cristina o Lula. Y fíjese, Maestro, que a Ji Jinping y antecesores, que se cargaron a ochocientos millones sobre los hombros para ponerlos fuera de la pobreza, no los derrocó nadie, en cambio a Lula, que en proporción hizo lo mismo, lo echaron del gobierno. Eso se debe a que la democracia china no es declaracionista, en tanto la de estas comarcas les garantiza la «libertad de expresión» a los que habría que quitarles la expresión e, incluso -si obstinados en el delito- la libertad. Es el sabio apotegma de ese gran filósofo de cuyo nombre no quiero ni debo acordarme: no hay tortilla para nadie sin romper algunos huevos.
    Y por eso mismo, colorín colorado, el colofón muy bien podría ser no la lucha de clases -pues en ésta estamos inmersos hasta el tuétano y desde el fondo de la historia- sino una lucha de clases triunfante a la inversa, como si dijéramos que ha sonado un tiro para el lado de la justicia, amén, y lo razonable cede, empieza a ceder, ante las ásperas efusiones de los invisibles y con las bastas formas de los que cuando hablan para la historia suelen sobrepasar los límites justos para corregir el error, eso lo dijo, así, Mao, que tal vez por eso este Ji jinping de hoy lo tiene en tan alta estima.
    Un lujo lo suyo, maestro Jitrik, tal vez una especie de Horacio in memoriam, no …?

  2. Roberto scordato dice:

    Lindo acusar de declaracionismo….mediante el ejemplo de Fidel: interesante pero kilométrico