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Querido Odio – Por Hugo Asch

Por qué odio. Por qué me gusta sentirlo y por qué me enorgullece ese odio mío.

Por Hugo Asch*

(para La [email protected] Eñe)

El odio suele tener mala prensa. Se identifica a los odiadores como seres irracionales, incapaces de pensar o cuestionarse nada, fanáticos de ideas sencillas que apuntan solo a la eliminación del otro, gente fácil para ser manipulada.

Lo que no es falso, al contrario.

El odio inculcado artesanalmente por sistemas políticos, educativos o familiares, por razones raciales, de clase o por enfrentamientos regionales crean individuos despreciables. Los hemos visto en los últimos años, defendiendo teorías inverosímiles solo porque fueron repetidas infinitamente por la televisión.

Pero yo quiero hablar sobre otra clase de odio. También podría llamarlo desprecio, profunda antipatía, repulsión o encono, pero no. Me gusta más odio. Porque ese odio incluye un sentimiento profundo, no una reacción física o una rivalidad casi deportiva. Este odio es la cara opuesta del amor, la otra cara de esa moneda que nos califica pasionalmente.

La política suele ser un juego de poderes y la democracia, el sistema menos injusto que tenemos a mano. Borges, con su ironía de bisturí, la definió alguna vez como “Un abuso de la estadística”. Uno se ríe, claro, y después siente cierta incomodidad al pensarlo bien y estar más de acuerdo que en desacuerdo. “Eshloqueai”, dirían en Madrid.

En los años ’90, Mariano Grondona se separó de Bernardo Neustadt y, un poco por vicio de viejo liberal tranquilo porque Menem había impuesto en el país la teoría del libre mercado ‒a lo bestia, lo cual era un detalle menor‒ y otro mucho para diferenciarse en busca de rating, comenzó a hablar de los pobres, a citarlos en su programa, a criticar al presidente por su insensibilidad social.

Neustadt, absorto, creía que se había vuelto comunista.

La mezcla de Adam Smith y su catolicismo cursillista, o de la Obra, no sé bien pero da lo mismo, lo llevó a tener ideas que, lo confieso, me hicieron tener ataques de furia frente a la tele. De ésos de gritar, o tirarle cosas a la pantalla.

Un día quiso reunir en la misma mesa a las dos Hebes. Hebe de Bonafini y Hebe de Berdina, la madre del primer oficial muerto en el Operativo Independencia de Tucumán. No quiso ni la una ni la otra. Lógico.

Poco después murió el almirante Rojas, el héroe de la Libertadora. Ni, Lonardi ni Aramburu: el Mick Jagger del alto gorilaje era ese petiso oscuro de sonrisa torva y gorra medio ladeada. Isaac Rojas Superstar. El presidente peronista Carlos Menem fue al entierro a presentar sus condolencias por el fallecimiento del líder de la Marina que bombardeó la Plaza de Mayo, dejando un tendal de cadáveres.  

Durante el trayecto del cortejo fúnebre, una viejecita vestida de negro caminó lentamente hacia el féretro que pasaba a paso de hombre y le lanzó un escupitajo descomunal, blanco, vivoreante en su largo recorrido, de medalla olímpica. Se dio media vuelta y se fue, satisfecha.

En su programa, catedrático, el doctor Grondona se dedicó a comparar “el peronismo viejo” de esa ancianita resentida que se quedó en el 45 y el “peronismo nuevo” del moderno y superador presidente riojano.

Estallé. De pronto empecé a gritarle al televisor. Sentí un calor intenso en el estómago ‒el mismo síntoma que me alejó de ‘Tiempo Nuevo’ del amigo Bernardo‒ y una sensación de furia que no se iba tan fácil. Por mi salud física y psíquica, a la merde ‘Hora clave’ también.

Yo comprendía ese odio infinito de la viejita, y la sabia decisión de las Hebes ‒de Bonafini seguro, a la otra no la conocía‒ de no juntarse. No creo que a Simón Wiesenthal le hubiese entusiasmado una invitación para sentarse en la misma mesa con la familia Menguele. Ni amables tertulias con turcos y armenios comentando el genocidio y sus circunstancias.

Como Nietzsche, detesto esa idea cristiana del perdón, tan políticamente correcta como inaplicable cuando el grado de enfrentamiento sale de la órbita de un sistema previamente acordado ‒político, social, educativo‒ y se convierte en declaración de guerra.

Reivindico otros odios, entonces. Odios perfectamente racionales, sostenidos por la fuerza de los hechos y la historia. Odios que pueden explicarse con datos, números, actos atroces para aniquilar al que debería ser el adversario político, pero no. Es enemigo.

Solo se aniquila al despersonalizado, al sujeto desprovisto de subjetividad, a una rata apestosa que merece morir. Así funcionó Auschwitz. Y así funcionaba el Ejército en 1976 describiendo la lucha contra “los piratas de rojas banderas”, mientras morían miles y no aparecían nunca más.

Foto: Archivo.

Es hora de reconocerlo: odio a todo aquel que haya participado o sostenido desde los medios con fervor al, digamos, gobierno de Mauricio Macri. No me gustaban nada Menem ni Cavallo, pero no me ganó el odio hacia uno ni otro, dos vivillos de la política que querían poder facturar. Creo que merecían ese mismo odio. Tal vez fui débil, o era muy joven, o estaba ocupado ganando dinero uno a uno y viajando a hacer notas en regiones o países  inverosímiles. Me debo esa autocrítica.

Un día de junio de 1996, en pleno centro de Tucumán, cambié en el BBVA de la calle San Martín 500 bonos tucumanos firmados por Ramón Ortega por 500 dólares norteamericanos de curso legal y pensé: “alguien, alguna vez va a tener que pagar esta locura”. Cuatro años después volaba a Madrid huyendo como balsero laosiano. Lo pagué yo con suerte. Lo pagaron todos. Muchos, con la vida.

El macrismo fue diferente. Poco tuvo que ver con la política. Mauricio Macri directamente inició un plan de aniquilación; de destrucción de la industria, de la producción y del consumo, para favorecer a sectores sociales en los que tenía intereses personales o testaferros. El campo, la energía, la minería, el sistema financiero.

Mauricio Macri no fue un neoliberal. Ese invento que Hayek y Milton Friedman desarrollaron primero en el Chile de Pinochet con Hernán Büchi y luego se convirtió en la bandera de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Se trataba de una variante brutal del liberalismo, idea que Alsogaray intentó sin éxito difundir en los medios durante 30 años, conformándose con ser ministro de gobiernos militares. Brutal, pero también clásica. El ABC de la teoría: asegurar la renta con menos gasto público, salarios a la baja, más plusvalía a la caja.

No fue resuelto el caso de Macri, quien sólo tuvo entre ceja y ceja el capital financiero. Si era por él, se podía parar la producción de medio país que nada ni nadie lo iba a mover de la reposera.

Lo suyo fue un curioso capitalismo de agujero negro. Un capitalismo de nada, sin producción ni nadie que consuma. El objetivo estaba claro: llevar a cabo la más obscena acumulación de capital en unas pocas manos de la historia.

Lo de Macri no fue un simple plan para joder a la clase media y hacer más pobre a los pobres. Fue bastante más perverso que eso.

Lo de Macri no fue un plan económico. Lo de Macri fue una declaración de guerra. Fue algo personal. Ese país imaginario que describía su discurso podría cerrar, aún con injusticias y desigualdad, para 15, 20 millones de habitantes. Pero resulta que Argentina tiene 45, o más. ¿Entonces? Meritocracia, chicos. Que el más apto sobreviva,

No está mal odiar a gente así. Lo puedo justificar. Puedo dar muchos números, citar muchas mentiras que convirtieron a mi profesión, eso que antes se conocía como ‘periodismo’, en una mezcla de publicidad (venta de un producto) y show (entertainment). Lo puedo hacer, claro. Es fácil.

Macri destruyó la economía de este país y el país ya no pudo pagar su festival de deuda tomada y defaulteada en tiempo récord, con sistemática fuga de capitales y negociados de rentabilidad monstruosa.

Los radicales, aun los que rodeaban a Alfonsín, apoyaron esta bestialidad con la ridícula excusa de «la defensa de la República», como si el peronismo, aún con CFK, fuese ‘el comunismo’. Alguna vez deberán explicarlo, o hacerse un Harakiri para salvar el poco honor que les queda.

Cuando los argentinos notan que la cosa es blanco o negro y que está en riesgo el pan en la mesa, salen a la calle. Esto es histórico, al menos hasta hoy. Fernández, desde que asumió, parece un presidente escandinavo, por las formas. Es hora de ponerse más duro, porque los que se llevaron todo no quieren largar ni siquiera el amabilísimo 2 por ciento en un impuesto colaboración  “por única vez”.

Foto: Archivo.

El coronavirus provocará una crisis similar a las dos posguerras del siglo XX.

En Alemania de la post guerra el impuesto a la riqueza llegó al 50% sin excepciones, porque tenían que pagar la deuda de la reconstrucción. Los japoneses, siempre más intensos, llegaron a cobrar un 80%. Cada año, ojo. Eran tiempos en los que la gente pensaba en un proyecto de país, no en cantar el himno cuando juega la Selección.

En el siglo XIX no existía ninguna expectativa de movilidad social. El que nacía rico moría rico y el que nacía pobre moría pobre. En el siglo XX, después de la revolución del 17 y a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, el gran capital, para preservarse, decide crear un ‘Estado de Bienestar’ para que la gente viva razonablemente bien y no se tiente con los cantos de sirena de la ‘amenaza comunista’.

Esto se terminó con la caída el muro de Berlín.

Sin ese peligro político, la idea de la inversión en las capas medias fue desapareciendo y el excedente fue a parar a los bolsillos del 1, el 3, el 5% de la población. Semejante escenario convirtió al mundo en una caldera a punto de explotar. A pura desigualdad, injusticia, hambre, enfermedad.

De todos modos, en medio de esta tragedia económica, con covid y sus variantes, los medios buscan un tema nuevo cada día para que los lobotomizados, los odiadores que balbucean su odio mantengan su espacio. Una consigna, media consigna, diez insultos.

Yo, al menos, defiendo a mi amado odio con palabras. Me gusta, ese odio mío.

Porque yo discrimino, compatriotas; no me da lo mismo cualquier cosa. Y tengo la maldita memoria de un periodista, que es lo que he sido desde los 18 años. Llegué al peronismo tarde, Viví más de medio siglo sin votarlos, hasta 2011. No soy un puro y no tengo por qué serlo.

Entonces no me vengan con “nosotros” y “ustedes”. No es tan sencillo. No siempre la política de este país imitó el pensamiento binario elemental que alentaba el corazón de Maradona. Nosotros acá, ellos allá.

Si alguien me va a odiar, bárbaro. Que lo justifique con cifras, así yo puedo responder, ¿sí? Nada de ciencia ficción. Nada de bóvedas escondidas en la estepa patagónica o comandos de moscas transparentes que atraviesan muros para asesinar a Nisman, sin dejar huella.

Facts. Data, por favor. Y no jodan con rezos laicos que incluyan un coro de canto gregoriano que repite Institucionalidaaaaaad, Repúúúúúblicaaaaa, Justiiiiiciaaa, libertaaaad, todas esas palabras huecas que se han usado como escudo, sin el menor pudor. Seamos serios.

Es un respeto que, creo, merece esta clase de odio mío.

Buenos Aires, 11 de enero de 2022.

*Periodista.

9 Comments

  1. Alejandro Cueto dice:

    Exelente,pocas veces me ví reflejado en esta nota como hoy. Puso en palabras todo lo que no puedo vervalizar por falta de talento,cosa que se ve a Hugo le sobra por los cuatro costados. Muchas gracias por tu reflexión tan cierta

  2. Ariel Crespo dice:

    Brillante cómo siempre Asch !!!….está mal odiar ???

  3. Alejandra CEBRELLI dice:

    No me parece realizar un elogio del odio. Los discursos de odio son violentos y son una de las estrategias del neoliberalismo. Me parece muy bien no acordar, no estar de acuerdo, luchar por la verdad, desenmascarar los juegos inhumanos del poder. Hasta ahí. El resto es una actitud muy individualista que se autojustifica en supuestos valores colectivos. Pedir justicia. Exigirla. Buscar y proponer estrategias para una mayor equidad y para quienes hayan violentado a la sociedad ya sea violentamente, económicamente o simbólicamente sean sancionados me parece genial. El odio individual le da la razón a lo que dice odiar. Lamento disentir. Pero, realmente, es como el perro que se come la cola.

  4. Santiago Varela dice:

    Me gustó la nota. Creo que odiar puede ayudar a no olvidar, pero también me consta que el odio da acidez. Necesitamos también hacer cosas a partir del amor al otra/o/e. Está comprobado que tiene un Ph alcalino.

  5. Juan Salinas dice:

    Rojas no participó del bombardeo del 16 de junio de 1955. Tenía la medalla de la Lealtad Peronista y se mantuvo aparentemente leal, como Pinochet 18 años después. Otra cosa: nadie piensa en cantar el himno cuando juega la selección: solo en berrear o o o. Y una tercera: no edulcoremos al canalla de Menem.

  6. La [email protected] Eñe dice:

    Creo que mi idea es clara. Si alguien cree que reivindico al odio como la otra cara de la moneda, es su visión. Es fácil confundirse y a veces dependerá de cuán simpático le caigo al lector. Y un agradecimiento a todos por leer. Y pensar. Hugo Asch.

  7. Hugo dice:

    Gracias a todos por leer!
    Y por oensar
    Hugo Asch

  8. Sebastián dice:

    No hay que aclararlo pero no esta más decir que no se habla en la nota de odio a secas, de un odio isla, de un odio que toma nuestra subjetividad y nos maneja con su joystick. La nota me hizo pensar en un odio racional, que permita, que llame a la reflexión. Pensar bajo el burbujeo de un volcán. Para estos tiempos viene bien.

  9. apico dice:

    No pude haber rebeldía sin odio. No puede haber cambios profundo, sin odio. La reflexión sirve para cada lado de la grieta. Entiendo que los políticos y periodistas hablen de «amor», porque tiene mejor prensa y mas votos, pero «una cosa es hablar de morir, e otra morire» decía C Pavesse, antes de su suicidio.