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¿Perecerán las naciones? (apuntes al caer la tarde) – Por Horacio González

Horacio González se sumerge en este ensayo en un tema fundamental de esta época donde los fondos de inversión no son solamente entidades que se ausentan de los marcos institucionales visibles sino que también tienen porciones territoriales, yacimientos de litio y seguramente otras inversiones de ese tipo. ¿Sustituyen “los fondos” a las naciones? ¿Ponen en riesgo la noción de Estados o del Estado-nación? González escribe estas líneas como un llamado a defender la idea de Nación con un nuevo llamado a la justicia social profunda sobre la base de las nuevas condiciones que nos pongan en un mundo turbado y abismal pero de un modo valeroso y autonomista.

Por Horacio González*

(para La Tecl@ Eñe)

 

ILa teoría de la Nación de Renan

 

No es imaginable que la República Argentina, una vez cumplidas ciertas vicisitudes que no atinamos a imaginar -convulsiones económicas provenientes con suma brusquedad de los belicosos mandos mundiales -, comience a llamarse de otro modo. Ese otro modo implicaría su extinción en el nombre que la conocemos, y su territorio se conocería por la máxima explotación económica que la sustentaría. Por ejemplo, República de Vaca Muerta, si la explotación petrolífera por fraking finalmente fuera lucrativa en términos de los que definan las grandes corporaciones que manejan la energía planetaria. ¿República del Litio quedaría bien? Ahí se dibujaría otro mapa con la simultánea desaparición de Bolivia, unificada por un lazo vinculada a la explotación de este mineral -rico en ambos países- que pasarían a depender de esta exportación, vital para las múltiples agencias que usan ese insumo para consumar finalmente un mundo organizado en términos de los grandes “conteiners” de datos, las nuevas “casa de gobierno digitales” del mundo.

No puedo creer que esto ocurra, pues hay de por medio un conjunto de leyendas, tradiciones, enclaves trágicos que han creado identidades, las han fisurado y han dejado astillas de odio por doquier -hay que reconocerlo-, pero también indicios reconstituyentes nada desdeñables. Pero todo esto, la disgregación de las instituciones del Estado-nación como de la vida popular, actualmente, se expresa en ámbitos nacionales, pero que se siguen sosteniendo sobre bases culturales y lingüísticas comunes, aún resistentes. Aunque estos no alcanzan enteramente para definirlas. Hace más de un siglo, Ernest Renan, en un perdurable trabajo -luego de escapar de la amargura que le produjo la derrota de Francia por Alemania en 1871, lo que lo llevó a pedir una reorganización de Saint Cyr, el colegio militar de la nación-, apacigua su francofilia monárquica y militarista para dar, una década después, una idea perdurable de “qué es una nación”. La separa de lo que llama “la razón etnográfica”, sea raza, religión o lengua, y presenta un vivir común con memoria actual. Pero esto último, sin que la sacudan vengativamente los expertos de la historia, pues es por los historiadores que reviven los enfrentamientos del pasado. Lo que oyeron. Por lo tanto, todo pasado debe transitar por un cedazo de olvido y gris temperancia. Y concluye defendiendo un vivir común entendido como “plebiscito cotidiano”. Los Capetos y los Luises ya pasan a un segundo plano, junto a la definición del alma nacional solo por las idiosincracias lingüísticas, culturales, raciales o religiosas. Las derechas francesas harían bien hoy en releerlo. Pero leámoslo nosotros ahora, a ver cómo redefinimos nuestro concepto de nación, y cómo en la propia Francia -incluso al margen de la herencia terrible de De Maistre, del propio Barres y de Maurras-, crece un nacionalismo de gasolinería y con miedo al turbante arábigo.

La Argentina no puede ser pensada así, no tendría sentido un llamado al vivir en común si no se aclarara primero quién da las órdenes, quién pone los muertos, quién ofrece mejores garantías para la soberanía y la libertad. Estas inquisiciones remiten directamente a una búsqueda histórica. La definición de Argentina como nación suele poner en un plano de privilegio la razón historiográfica. Se descubre entonces que su siglo XIX se parece bastante a la guerra entre güelfos y gibelinos, que en el siglo XII y XIII disputaron los restos del Imperio Romano Germánico, lucha entre emperadores alemanes, ciudades italianas, el papa y los distintos feudos de ambas regiones. Ni Alemania ni Italia fueron Naciones sino siete siglos después, una gracias al triunfo de Bismarck sobre Francia -que tanto preocupó a Renan-, y la otra gracias a empeños diversos y en diversas épocas, donde los reinados de Piamonte y Cerdeña, los estados papales, las intervenciones napoleónicas, austríacas y borbónicas dejaban un rastro de segmentaciones territoriales, culturales religiosas e idiomáticas, que hacen del Rissorgimento italiano una obra maestra -ni imaginada por Maquiavelo-, para nutrirse de los impulsos de Cavour en el Norte y Garibaldi en el Sur, ambos rivales entre sí. (Todo esto será luego el gran tema de Gramsci.)

 

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II. El problema de Garibaldi

 

Antes, Mazzini había fundado la Joven Italia, apuntando a un romanticismo nacional aglutinante, que tiene su eco en Buenos Aires en la misma década de 1830 con Echeverría -la Joven Argentina-, que con sus Palabras Simbólicas busca también una superación -una “abdicación”- de los partidos anteriores, federales y unitarios. Fue una generación de utopistas castigados luego por la historia real, que salvo a Echeverría, que muere antes, los convierte luego en políticos con un peso material en las luchas que sobrevendrían. En esa atmósfera, la presencia de Garibaldi como jefe de la flota de Montevideo -contra la Confederación Argentina- y también en el proceso separatista del sur de Brasil respecto al Imperio de las Braganza, así como tres décadas después, en tiempos de la unidad italiana, presentándose como diputado republicano de la Comuna de París en 1871, revela cómo la idea de nación era, o un republicanismo radical que funcionaba de modo diverso según las localizaciones históricas, adquiriendo, a veces tintes románticos, o una utopía carbonaría masónica que fallaba en su universalismo hueco, o de este lado del Atlántico, una lucha de caudillos regionales adversos al iluminismo de Jeremy Bentham, amigo de Rivadavia, que imagina una unidad panóptica para el país, mucho más irreal que la de Garibaldi.

Lo que era mucho decir. Pero todo estaba ocurriendo a la misma altura absurda de esta evocación, siete siglos antes, de Güelfos y Gibelinos, en una apretada geografía argentina. Quizás, en verdad, casi de la misma extensión donde se desarrollaban aquellas luchas del siglo XII en Italia y Alemania, aunque en aquel entonces los nombres eran otros (eran graciosas deformaciones de las denominaciones de las catas nobiliarias alemanas, transformadas en gritos de guerra). Ni unitarios ni federales desenvolvían -sangrientamente-, solo una lucha por formas de gobierno -como lo creyó Dorrego, fusilado paradójicamente por así creerlo-, sino que eran disputas heráldico-honoríficas, con un rango un tanto feudal -ya que desde Ernesto Quesada hasta José Luis Romero muchos historiadores lo creyeron así-, pero no es que las guerras tuvieran solo “causas económicas” -la minería en las regiones de la cordillera, la vacas en las del centro pampeano, el trabajo servil en el norte-, sino que en sí mismas eran una forma “fantasma” de la economía. No hay economía en estado puro, como una abstracción de las fuerzas sociales y al margen de la voluntad errática, o no, de los colectivos humanos. El “factor económico” no cubre todos los lenguajes e intereses de una guerra. Giussepe Garibaldi, en su juventud, quiso fundar repúblicas en el borde oriental del Paraná, tanto en Brasil como en Uruguay. Su voluntarismo universalista y aventurero, cuestionable como un raro injerto en nuestros países, daría resultado en el sur de Italia muchas décadas después. No se hace una nación de cualquier modo, ni estas desaparecen también de un soplido de los papeles financieros.

 

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III. El nombre poético y económico de la Argentina

 

El nombre de Argentina ya está bien estudiado por Ángel Rosenblat, gran lingüista polaco-argentino-venezolano. (Un solo hombre puede demostrar que ninguna nacionalidad es mejor a la otra.) El nombre argentino, es claro, proviene de la economía de la plata –argentinorum-, pero debió pasar por la poesía, Centenera, Lavardén, Vicente López y Planes, etc.-, así que también no es un nombre sin economía, sino un nombre que surge de una avidez e inspira un gentilicio que de economía, tiene solo la “economía del nombre”, pero su expansión futura -que es económica-, no necesita conocer su verdadero origen en la explotación del mineral de plata. La palabra ésta vaya si quedó, el sinónimo oculto de la historia de los argentinos. Igual que Brasil, nombre originado en la explotación de la madera del árbol de ese nombre.

Pero no Bolivia, cuyo primer presidente es Bolívar. Y además se reclama y se acepta, que dé su nombre al nuevo país. Bolívar agradece aparentemente sorprendido. En la equívoca interpretación argentina, que encarna mejor Alberdi que Mitre, la fundación de Bolivia se debería a la irresponsabilidad de San Martín, que abandona el Frente Norte del combate contra los españoles, y decide cruzar la Cordillera, una hazaña en sí misma, pero de altos costos en cuanto a la segmentación del Virreinato del Rio de la Plata. Bolívar se mete allí como una cuña, señala al Mariscal Sucre, vencedor de Ayacucho como el Libertador del Perú y se interesa por meter baza en el Paraguay, donde reina el doctor Francia. Había allí una tradición comunera autonomista. Cualquier sueño americanista con visos ampulosos, “monomanías” como las llama Mitre, podía cometer cálculos equivocados. Belgrano ya había tropezado en Paraguay. Léanse sus memorias. Esclarecen una espinosa cuestión.

Recién con la guerra contra Paraguay llevada por tres naciones, se devela en qué consistía el sueño de “no cerramiento” de regiones, que pasan a considerarse mercados, con el librecambio “como bandera”, como también dice Mitre, en tanto gallardete de justificación para que mueran millares de hombres en ciénagas y pantanos en aquellos esteros y humedales, como se dice ahora.

Se puede tener o no conciencia de que hay voluntad economicista en un conflicto por el honor nacional. No siempre es así ni siempre es necesario ver las “causas económicas ocultas” que los protagonistas no saben que existen –lo hacen, pero no lo saben-, como si esta frase guiara el razonamiento como el del historiador Juan Álvarez.

Este jurista y economista rosarino, que se especializó en el sustrato económico de las luchas civiles argentinas en el siglo XIX, tomó una medicina contraindicada en 1945, pues señalado por el presidente Farrel para formar un gabinete, le entrega la hipotética lista un día de ese año donde la historia se torcería por razones “no necesariamente economicistas”, pues fue justo el momento en que se expresaba la gran manifestación de la Plaza de Mayo reclamando la libertad del hasta entonces medianamente conocido Coronel, y que aún no había dado su nombre a un completo ciclo político argentino que todavía perdura, el del peronismo.

Alberdi no tenía razón, es evidente, en su tirria contra San Martín, fundada en su antimilitarismo abstracto -inspirado en Grocio-, y en su tendencia a la generalización del pueblo-mundo (es su mejor concepto), creía que la unidad nacional argentina ocurriría gracias a la unidad comercial del universo. Ignoraba dónde iría a parar todo eso. Pero al igual que su enemigo Sarmiento, estaba obsesionado por la cuestión territorial -ya sea de un modo económico rentístico-, en cuanto a que el nombre de Argentina no pudiera heredar la totalidad de la extensión de lo que había sido el Virreinato español en todas estas comarcas. El mismo Rosas, a través del gobernador Heredia -protector de Alberdi- se empeñó en una corta guerra contra la naciente Bolivia para recuperar Tarija. La existencia de la Argentina era una presencia totalmente historizada. No gozaba de eternidad ni de integridad garantizada en abstracto. El modo en que se amasaban sus fronteras simbolizaba de qué modo se comportaba su cuerpo nacional sometido a toda clase de inclemencias de los factores externos y sus aliados internos.

 

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IV. La esquiva unión latinoamericana

 

Una suma impertérrita de guerras entrecruzadas durante un siglo terminó trazando las fronteras sudamericanas. Mientras, México perdía Texas y California, Bolivia el territorio del Acre en manos de Brasil, Perú vio su Biblioteca Nacional saqueada por las tropas de Chile -en esta guerra hay un héroe desconocido, no por los peruanos, el que luego fuera presidente argentino, Roque Sáenz Peña, héroe del ejército peruano en la defensa de Arica, batalla trágica donde muere el jefe de las tropas peruanas, el Coronel Bolognesi. Son San Martín, Sáenz Peña y Bolognesi -un hijo de italianos-, héroes militares peruanos. Este episodio, décadas después tuvo desenlaces no menos trágicos, en el asesinato del escritor Edwin Elmore, hijo de uno de los ingenieros del ejército de Bolognesi, acusado de traidor por parte de Santos Chocano, otro escritor, interesante poeta, amigo de Lugones (ya el vate argentino lucía espada al cinto), así como Elmore se carteaba con José Ingenieros y era amigo de Mariátegui. El asesinato referido ocurre en 1924 en medio de episodios políticos literarios, que sería largo contar aquí, pero derivados de aquella sangrienta batalla de Arica que había ocurrido cuatro décadas antes. Chocano, que había sido secretario de Pancho Villa, fue defendido por Lugones mientras Ingenieros se inclinó por la visión socialista de la revolución mexicana, apoyando a Carrillo Puerto, el líder “socialista maya”, a cuya asunción como gobernador del estado de Yucatán asiste un delegado de Lenin. Carrillo fue fusilado casi de inmediato.

 

Las cien caras (y cruces) de Bolívar | Cultura | EL PAÍS

 

V. Fracaso del sueño de Bolívar

 

Con estos hechos vinculados a las luchas nacionales que forjaron ciclos extensos en la construcción de elites gobernantes, con sus rebordes socialistas, democráticos, indigenistas, nos estamos refiriendo en rápidos plumazos, a la relatividad y resistencia de la idea de nación ¿Era posible el sueño de Bolívar?

Deja este hombre que se había juramentado en el “Monte Sacro”, Italia – episodio sobre el que siempre hubo ciertas dudas-, interesantísimos documentos, como la Carta de Jamaica, el discurso del Congreso de Angostura, y la convocatoria y fracaso de la Liga Anfictiónica (su “Istmo de Corintio”).

Quedan así sus grandes textos, donde analiza la cuestión colonial y la ambigüedad del nativo latinoamericano, el criollo, que es un oprimido que a la vez puede tronarse opresor. Escribió Bolívar: “Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano, y éste se ha mezclado con el indio y con el europeo.” Esto en Angostura. Y antes, en la Carta de Jamaica: “Yo considero el estado actual de la América, como cuando desplomado el imperio romano, cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses y situación, o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias, o corporaciones; con esta notable diferencia que aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían las cosas o los sucesos; más nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte, no somos indios, ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país, y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimientos, y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país, y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; y así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado”.

¿Qué vemos en estos extraordinarios escritos? La vigencia cruel de un drama sudamericano, analizado con honda finura por Bolívar. Sarmiento y Lugones simplificaron después esta cuestión al considerarnos “último eslabón de Roma y Grecia”. Hernández, en el Martín Fierro, mencionó a los persas. Nada como estas paradojas, que aún vemos, que retrata Bolívar con tanta angustia.

 

VI. Tierra, mar y aire

 

Carl Schmitt definió como el nomos de la tierra el sentido de orientación situada y remarcable que une toda experiencia política a la ley territorial, habitacional y trazable en términos de fronteras y apropiación política. Se pueden dar caminos a la tierra y es lo conquistable por naturaleza, en ella ocurre el sentido primigenio de la lucha. Pero en el mar, su ley es una menor capacidad de trazado, no hay líneas demarcatorias firmes, las hay pero imprecisas. Pero son más imprecisas las normas del aire, pero allí terminan imperando las demarcaciones simbólicas de los medios de comunicación y de las grandes empresas “tecnotrónicas” y algorítmicas de la información, lo cual es parte esencial de lo que hoy se domina “guerra comercial o guerra por la vacunas”. En la idea de Alberdi había comercio o había guerra.

Equivocación. Ahora hay comercio bajo la forma de guerra y guerra bajo la forma de comercio. La mercancía por la que se lucha no la produce el industrial, sino es un símbolo de dominio en relación a una fuerza que controla y se controla según flujos que circulan en forma semejante, negociando tiempo como mercancía económica suprema, pues siempre están en un futuro, sea en dinero, sea en deudas, sea en imágenes o textos, cuyos soportes son hoy empresas del “self”. Facebook, Google, Amazon, todas ellas hijas de una nueva fábrica de individuación consumida y “comunicacionada”.

Todas ellas fusionadas con las empresas de finanzas, que ya han superado incluido el nomos del mar, del fuego y quizás del aire. Es así que las naciones son entidades arcaicas, resistentes, parte de algo que se retiene, pues las grandes corporaciones no se han animado, aun hoy, a hacerse enteramente cargo de ellas, pues es mejor vivir de sus deudas. La entrega por concurso de la dirección de la Reserva Federal Norteamericana al dueño del fondo financiero BlackRock en un indicio respecto a que está ocurriendo algo parecido a lo que Schmitt llamaba “katechon”, lo que retiene la venida del mal, el obstáculo superado por la no-historia que se introduce en la historia.

En Hamlet o Hécuba, Schmitt dice que el destino marítimo, no continental de Inglaterra, está anunciado en el texto de esta obra de Shakespeare. Es la originalidad de Schmitt, este discutible personaje, por momentos inaprensible. Una obra de teatro anuncia el destino de una nación-imperio. Hacia el mar.

Aun hoy el Brexit lo confirma, en su faz decadentista. Un imperio marítimo -tal como lo fue Constantinopla para impedir el avance de los musulmanes hace un milenio-, puede caer luego de siglos. Los ejemplos sobran. En realidad, no hay ningún imperio que sobrevivía en la historia, lo que los actuales Estados Unidos están confirmando más que desmintiendo. La forma imperial es paradojal, pues forja grandes unidades territoriales y trasatlánticas, siempre teniendo que declarar si la conquista se hace de modo bélico, comercial o tecnológico. Los ingleses respecto al Rio de la Plata, son el ejemplo cabal. Primero una invasión militar con las banderas del libre comercio e intimidando con loas al Almirante Nelson. Luego la libertad de religión, después la diplomacia que surge de las escribanías tortuosas de los empréstitos. Estos últimos abren un ciclo parecido a lo que Marx denominó Dinero-Mercancía-Dinero (DMD). Acá sería M-E-M. Invasión Militar-Empréstito- invasión Militar. Esta última, por cobro de deudas nacionales. Así ocurrió con el cerco de varias potencias europeas a Venezuela, (origen de la doctrina Drago en 1903) y antes, la invasión francesa a México para imponer un príncipe austríaco, célebre historia terminada con el fusilamiento de Maximiliano en Puebla en 1863, episodio retratado en el célebre cuadro de Manet.

 

 

La importancia de las inversiones externas, por Raúl Scalabrini Ortiz

 

VII. Mutaciones del nacionalismo

El nacionalismo argentino tiene varias vetas. Siendo la primera la resistencia a la inmigración (Gálvez, lo ejemplifica en el Diario de Gabriel Quiroga; Miguel Cané, antiinmigratorio, no era nacionalista), luego el antiimperialismo que condena las políticas mundiales de Gran Bretaña (los hermanos Irazusta y buena parte de los intelectuales del peronismo) y más tarde las diversas oposiciones al Imperialismo Yankee. Las “empresas transnacionales”, los préstamos de FMI desde 1955, los símbolos como la Coca-Cola como índice de la cotidianización del consumo de productos surgidos de las trastiendas de jarabes secretos de las farmacias norteamericanas con la visión del “mercado universal”, con resonancias idiomáticas evidentes y de imágenes de goce cumpleañero y virtud en la diversión juvenil. Scalabrini Ortiz escribió sobre el tema antibritánico como un momento de pasaje de gran interés entre un imperialismo y otro. Pueden examinarse atentamente sus artículos en la revista frondicista Qué, de la cual, durante algunos números fue su director. Digno hombre, escritor de firmes convicciones, mudó de joven desde su primera literatura sobre las ciudades con decadentistas multitudes anónimas, hacia una Buenos Aires multitudinaria, amistosa y metafísica. Síntesis de las determinaciones y esperanzas Nacionales, los hombres en soledad, esperaban. Luego dio los más rigurosos estudios de los tentáculos financieros de Inglaterra (ferrocarriles, préstamos, influencias de los gerentes ingleses radicados en el país sobre los gobiernos argentinos).

Frente a los contratos petrolíferos de 1958, Scalabrini aconsejaba rechazar los delas compañías inglesas antes que las norteamericanas, pues las primeras eran de un  imperialismo aun activo, y las segundas de un nuevo imperialismo en ciernes. Podríamos decir que no era así. Scalabrini plasmaba su fervorosa lucha por la autonomía nacional según ciertos rangos de conveniencias de momento para el país. Su pasión nación, una pasión intacta, lo llevaba a febriles cálculos de eficacia en un momento histórico dado.

 

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VIII. Potencia y fragilidad de las naciones latinoamericanas

 

Un intelectual que fue presidente de su país, Brasil, que primero se declaraba de centro izquierda y luego de derecha conservadora -Fernando Henrique Cardoso, que prueba así la relatividad de estos rótulos-, dijo alguna vez que, por haber sido un Imperio, Brasil -a diferencia de los Virreinatos españoles-, pudo conservar su unidad territorial. En algún momento el Mariscal de la dictadura militar de los 60, Couto e Silva, defendió las necesidades de proyectos y cálculos estratégicos comparados entre Brasil, China y a India, favorecidos por el tamaño territorial, poblacional y probables economías complementarias. Un pensamiento bismarckiano anacrónico. No fue él quien luego hizo el BRIC. Lula alguna vez proclamó el “Brasil potencia”, la misma frase que le fue tan criticada a Perón en 1973. Expresiones evidentes que más allá de su tamaño y las potencialidades de su mercado interno, las naciones latinoamericanas buscan sus “posiciones” -con o sin ese nombre, como el que Perón escogió de “tercera posición”-, en un mundo que ya no es bipolar ni multipolar, sino lo que Carl Schmitt llamó el mundo del katechon, palabra bíblica que significa lo que se retiene o debe Retenerse, pero si fracasa el retén, puede convertirse en la llegada de un remezón trágico para todo el planeta.

Creo que con este mismo sentido la he leído en un artículo reciente de Jorge Alemán. Efectivamente, el mundo atravesado por un dislocamiento fatal de la relación de la naturaleza, con la sociedad y la historia, está colocado en una disyuntiva, cual es seguir con la producción financiera que adultera todas las relaciones primeras o genuinas (llamadas ahora “presenciales”) que es calcular dos maneras de acumular muertes. Proseguir con la vida productiva bajo los términos cómodos o dedicar los Estados a subvencionar el no trabajo de los que aún trabajan, a modo de preservar más vidas. Hoy, las naciones son territorios donde se ejercen las estadísticas de un modo específico, la medición no solo del producto bruto interno sino del producido en materia de muertes por acción del virus, que inspira tanto nuevas teologías como ingenios gubernamentales. El del gobierno argentino, aunque debió ceder terreno ante la “economía” -entiéndase también la economía del hartazgo- y el de Bolsonaro, que demuestra que la mezcla de instituciones de gobierno con el mesianismo fanatizado e idólatra, ni siquiera es querido por los grandes banqueros, empresarios y financistas. O los grandes medios de comunicación, que estarían en el último cordón umbilical que los unen tímidamente a las antiguas virtudes, pero que exhiben una y otra vez, sus técnicas de infamación, aunque perduran como fantasmagoría moralista. Bolsonaro es un mesías dañino, a la inversa de Antonio Conselheiro. Este último era un profeta visionario que buscó a fines del siglo XIX crear una comunidad teológica con los condenados de la tierra en el nordeste brasileño. Un profeta armado. En cuanto a Bolsonaro, es un mesías, también armado, pero que encarna una catástrofe que es resistente a su estudio detallado: fue votado, cuando no querido, por una porción mayoritaria del pueblo brasilero. No es fácil detectar los orígenes de esta auto punición, por lo menos desde el punto de vista de una visión política que dé una coherente percepción de la vida popular y evaluaciones sensatas sobre las instituciones representativas que fueron creadas a finales del siglo XVIII, hoy frecuentemente vaciadas.

Los fondos de inversión no son solamente entidades que se ausentan de los marcos institucionales visibles para actuar en el mundo; sus circuitos de la multiplicación de intereses de deuda y finanzas destructivas de naciones, es persistente y golpea de modo inflexible. También tienen porciones territoriales, yacimiento de litio y seguramente otras inversiones de ese tipo. ¿Sustituyen a las naciones? No, pero sí sustituyen los Estados o al Estado-nación con sus torniquetes de endeudamientos negociados con una escala creciente de dificultades hacia el futuro. Esto es porque los estados nacionales son “imposibles” pero “necesarios. Ante la tendencia escatológica del mundo financiero, siempre hay quien alerte respecto a que en los Estados, hay leyendas nacionales, mitos que sobreviven, comunidades inconfesables, narraciones que perduran, como la de la comunidad organizada, movimientos sociales. ¿Esto garantiza su subsistencia plena, soberana? Es una discusión y una lucha. Hay también sindicalismos diversos (incluso el que ya se confunde con los intereses empresariales de manera profunda, pero aun precisa nombrarse como sindicalista para pagar un precio nominal con su propia quimera atribuida a sí mismo.) Sería, por fin, una absurda, pero ojo, no descartable utopía que una corporación jerárquica, un Fondo, construyera una pirámide disciplinaria con poblaciones endeudadas. Pero les faltaría el Deudor Trascendental, los Estados mismos, que se toman el trabajo de tener escuelas, hospitales y ejércitos golpistas o no, de los que hay que extraer plusvalías que las llamaríamos “plusvalías del Estado nación”. Prefieren arruinarlos para siempre pero dejarlos como un basural de edificios llenos de hombres y mujeres desesperanzados. No hay que permitirlo.

Porque si no, el nomos del mar, de la tierra y del aire sería reemplazado por el Nomos de la Deuda, en el sentido financiero y teológico. José Ingenieros quiso una nación de “raza blanca”. No vale suponer que toda la vida pensó eso, su sensibilidad no era la de un racista, pero dejó en 1915 páginas muy cuestionables sobre una nación con gente que se baña todos los días, con vacunas -también Lugones puso a la vacuna como indicio de ciudadanía-, y dejando de lado su torpe idea de los “pueblos inferiores”. Releer estos capítulos de la cultura argentina es indispensable para que nuestros balances se basen menos en condenas banalizadas, que en críticas que surgen del propio nervio interno de las acciones que en cada época se toleraron.

 

Sudamérica, unida otra vez | Crónica | Firme junto al pueblo

 

IX. No somos pueblos inferiores

 

En verdad, es para BlackRock que somos pueblos inferiores, la piedra negra bien podría decir que no le importa ser racista si funciona el suicida circuito de acumulación mágica de pulsos con los cuales nos endeudamos, incluso cuando hacemos una inocente llamada telefónica, hoy considerada un gasto de celular, el uso de una “aplicación”. Pero los países son un debate por su historia y un uso disputado sobre la lengua. Solo resolviendo esos problemas se podrá acompañar adecuadamente la comprensión de enigmas autodestructivos -como el de la Deuda-, que sin duda forman un núcleo decisivo que es el katechón -ya que antes dijimos esa palabra-, que retiene, ahora con sentido irreversiblemente dilemático, la posibilidad de que haya naciones que puedan replantearse en términos de una autonomía que se encuentre luego en todos los escalones y rincones de su vida en común. Lo que decía Renan es válido -el sentido plebiscitario democrático del vivir en común, excepto por su llamado a los historiadores a no agotar el pasado, convirtiéndose así en factores de discordia. Casi cae este gran hombre conservador en la obtusa palabra grieta, inventada por los locutores de la televisión global para controlar e inmovilizar el ser de lo político. Un siglo después, un libro de Benedict Anderson trató el mismo tema con mucha banalidad, cotejándose favorablemente con Renan, cuando lo único que lo distinguía es la sustracción del tejido sedimentario de la nación y sustituirlo por una reflexión sobre su “invención” a partir de pensar los museos, los mapas y dos o tres citas de Walter Benjamín, cuya lectura de sus tesis sobre la historia es mucho más significativa de la que hizo de las naciones este especialista de estudios asiáticos.

Los amigos del barrio pueden desaparecer. Las naciones también, aunque queden sus membranas exteriores que aun permitan vociferar en las cámaras de representantes, incluso a los que desde ya son sus contactos políticos subordinados a otra cadena superior de subordinados. No hay que ignorar que políticos que fueron cincelados en los círculos íntimos de Jacques Chirac o Hillary Clinton, son ejecutivos principales de BlackRock. Sea o no sea cierto que ya tienen “territorios propios”, su verdadero territorio es el mundo etéreo de las finanzas controlando bancos y fondos de pensión. Como se lo ha definido, es un “banco en las sombras” y sus ideólogos estudian el cambio climático para ver cómo influirá en las futuras inversiones. No al revés.

En estas meditaciones de un domingo al atardecer, cierro estas líneas preguntando si las nuestras van a ser naciones en las sombras, con sus mástiles haciendo flamear sus viejas banderas, pero sus tejidos internos enteramente penetrados por estas visiones de un control planetario con sus intrincadas tecnologías y sus novedosas “ciencias políticas”, y softwares para tomar exámenes en las universidades “sin copiarse”. Las naciones latinoamericanas no solo no hicieron posible la propuesta bolivariana, de por sí utópica, señal que desde ya daban los nombres griegos que elegía para sus congresos. También se quiere decir que esa suerte de cesarismo democrático y poético de Bolívar estaba destinado al fracaso, pese a que refloreció en la época en que Lula, Chávez, Evo y Kirchner se estrechaban las manos. Ahora, la noticia de que el Banco Interamericano puede ser entregado a un cubano de Miami por decisión de Trump -en momentos en que pocos países hay a nuestro alrededor que puedan resistir dicha medida arbitraria y oracular de un hombre que es un presidente brutal -, nos pone en una nueva encrucijada. Esa hay que pelearla.

Trump también es un producto de la decadencia del imperio, por lo menos Reagan había sido inventado por las películas de cowboys y los Clinton por los films de enredos matrimoniales de Hollywood. Escribimos estas líneas como un llamado a defender la idea de nación con un nuevo llamado a la justicia social profunda, sin los artificios de una historia ya escrita ni de reivindicaciones que alguna vez ya memorizamos, sino sobre la base de las nuevas condiciones que nos pongan en un mundo turbado y abismal -siempre lo supimos-, pero de un modo valeroso y autonomista.

 

Buenos Aires, 12 de agosto de 2020

*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional. 

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