Pandemia, la disyuntiva entre cuarentena y derechos – Por Rodolfo Yanzón

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Pandemia, la disyuntiva entre cuarentena y derechos – Por Rodolfo Yanzón

Rodolfo Yanzón sostiene en este artículo que la verdadera disyuntiva que la pandemia presenta es la de derechos-cuarentena, y afirma que la salud, el trabajo y la justicia son derechos esenciales.

Por Rodolfo Yanzón*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Buena parte de la población mundial está atravesada por una situación extraordinaria. El coronavirus ha generado miles de contagiados y muertos y, de acuerdo con la información difundida, los resultados indican que la cuarentena -el encierro- ha sido un método eficaz para evitar su propagación.

Cuando hablo con mis amigos alemanes escucho que las medidas dispuestas por su gobierno apuntan a reducir sensiblemente la circulación de gente, pero pueden salir a trabajar -con las reducciones horarias y diarias que cada rama dispone-, y también, encontrarse con amigos y compañeros -respetando las distancias aconsejadas-. Alguno puede decir que en Alemania la población respeta las normas en mayor medida que en los países latinoamericanos. Puede ser. Pero algo más certero es que en Alemania -a pesar de que el Estado de bienestar se ha ido retirando poco a poco a partir de la caída del muro de Berlin- la red de contención no es tan frágil como en nuestros países y no existen las barriadas pobres como en la periferia de nuestras grandes ciudades, que, a su vez, replican la situación en las cárceles.

Cuando les cuento sobre las medidas del gobierno, les digo también que en la Ciudad de Buenos Aires hay, por ejemplo, gente que despotrica contra los comedores porque no quiere que se junte la gente que necesita su plato de comida diario, quiere ver a los pobres bien lejos, un anhelo permanente que aparece en su plenitud; que hay gente a punto de tapiar las puertas de quienes viven con el riesgo del virus y la pobreza. (Baby Etchecopar tiene audiencia). Luego comento mi propia experiencia: hace más de dos meses que no salgo de mi casa, no veo amigos ni compañeros, mis contactos se reducen a dos hijos y mi mujer, apenas salgo a comprar cosas imprescindibles; pero agrego que puedo trabajar desde mi casa -obviamente con grandes limitaciones, pero puedo-, no me falta el dinero, vivo en una casa cómoda, tengo todos los servicios, claro, a ellos no les sorprende mi situación, pero me preguntan por qué yo decido encerrarme. Y les digo que a mí, de algún modo -y probablemente porque soy hipertenso- el miedo también me transforma. Lo que trajo esta pandemia es EL MIEDO, contraproducente para cualquier sociedad que aspire a vivir con plenitud de derechos. Ahí acordamos con los alemanes, el miedo fue, es y será un motor potente para cincelar nuestras sociedades, para dotarlas de la peor de las formas. El miedo al virus, al extraño, a lo desconocido, y el miedo muta fácilmente como este virus: miedo al futuro, al pensamiento crítico, a tomar decisiones, a crecer, a la libertad.

Mientras escribo desde un escritorio confortable, en distintos barrios de la ciudad hay hacinamiento, donde mantener distancia es una quimera y miles de personas carecen o se les dificulta llegar a servicios básicos, sobre todo agua, que necesita salir para no morir de hambre, mientras sus dirigentes denuncian en vano, y mueren sin haber sido escuchados.

Ante la falta de agua en esos barrios, el jefe de gobierno porteño y sus funcionarios responsabilizan a la empresa que la suministra. El agua es un derecho esencial, un derecho humano que el Estado debe preservar, está obligado. Y cuando digo Estado es tanto el de la ciudad como el Nacional. En situaciones extremas como la que estamos viviendo, causa estupor escuchar esas justificaciones. Como lo causa escuchar a Rodríguez Larreta en conferencia hablando sólo a un sector de la sociedad, a quienes pueden ir a los grandes centros comerciales, o salir de paseo por plazas y calles.

Pero también causa preocupación que el Estado esté ausente o llegue tarde. O tal vez no sea tan así, si observamos que en esos barrios -tanto en la ciudad como en el conurbano bonaerense- se están erigiendo especies de retenes y vallados policiales para evitar que la gente salga. Una vez más, la respuesta estatal es con su brazo represivo. Difícil no inquietarse al ver esas imágenes y escuchar el padecimiento de la gente que vive en esos barrios, y pensar que el anunciado impuesto a las grandes fortunas duerme el sueño de los justos, o que el Estado subsidia a grandes empresas, o que hay acaparamiento de productos esenciales y que los precios suben diariamente. Sacar provecho de la necesidad del conjunto es un acto miserable, afecta a los más vulnerables y se multiplica si no se imponen controles.

La pandemia generó el debate mediático sobre el conflicto economía-cuarentena. El Presidente dice que la disyuntiva no es válida, que levantar la cuarentena no significa mejorar la economía. Probablemente sea así, sobre todo por el desastre en el que el macrismo nos sumió, pero es indudable que cuando efectivamente se levante nos encontraremos con algo semejante a un páramo, con miles de puestos de trabajo perdidos. Aunque los grandes medios no lo traten, la verdadera disyuntiva que la pandemia presenta es la de derechos-cuarentena. La salud es uno de ellos, esencial. Pero sí se observa -reitero- la presencia policial en los barrios pobres, la falta de trabajo; lo que está sucediendo con la población carcelaria, las distintas restricciones, por ejemplo, no contar con administración de justicia -los tribunales están paralizados, no hay juicios, lo que implica libertad, salud, reparación y propiedad suspendidas. Cierto que es difícil contar con atención sanitaria y educación, y cierto es que toda solución es y será difícil y traerá conflictos. Pero ¿por qué circunscribir el debate que nos propone el sector que posee los medios económicos, mediáticos y productivos?

Cuando se defienden los derechos esenciales de las personas se aspira a una sociedad democrática, abierta, inclusiva, a hacer algo menos lejano el principio de igualdad ante la ley de nuestra Constitución Nacional. Porque defendiendo los derechos se defiende, sobre todo, el derecho de los que menos tienen. La pandemia nos muestra el verdadero rostro del capitalismo, y que la riqueza la producen los trabajadores, que son, paradójicamente, los más castigados. Debemos aceptar que lo que muchos llaman normalidad es lo que estamos dejando definitivamente atrás. El desafío está planteado. Que el miedo no nos paralice a la hora de proteger los derechos.

 

Buenos Aires, 28 de mayo de 2020

*Abogado DD.HH.

1 Comment

  1. Sara Berlfein dice:

    Alemania respeta a todos los individuos por igual Como me dice mi hija que vive en Berlín el estado asume sus responsabilidades

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