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Mitologías. O lo-s que Sirve-n a La Nación (la Patria es otra cosa) – Por Sebastián Russo

El sociólogo y docente universitario Sebastián Russo, responde en este artículo a la nota de Pablo Sirvén, Venezuela ya llegó y vive en el conurbano, publicada en el diario La Nación.

Por Sebastian Russo*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Alguien dice, titula: «Venezuela ya llegó y vive en el conurbano»1. Arribando a un grado sumo, casi inaudito, no solo de antiperiodismo (si se leyó antiperonismo, no se rectifique lector/a), sino de ignorancia y prejuicio. La nota de opinión periodística es un género, en tal caso una retórica, de una larga y refinada tradición en las letras argentinas. Y digo «letras» porque es el momento en el que la lectura de un periódico se ralentiza, disfruta, penetra. Donde se detiene la máquina de tirar noticias y adviene un otro vínculo con las palabras, las ideas. De hecho es ésta escritura la que me decidió en mi carrera universitaria: ni estrictamente periodística, ni literaria, ni de cientificismo social, o todo eso junto («sociólogos», firmaban Christian Ferrer, Horacio González, en el suplemento Zona del Clarín noventezco, y allí fui) Dentro de un diario, lejos de la fácil conmoción de fotos o títulos, la nota de opinión es la pausa, el respiro; únicas formas en las que advenga algo que perdure y no pase, o no tan rápido. Es decir, la nota de opinión, tanto se lee sin tanto apuro, como se escribe con alguito más de acaricie de barbilla, pitada de cigarro, mirada evocativa. Posiblemente esto también haya ocurrido en el caso de Pablo Sirvén (con su nota de opinión dominical en el diario La Nación). No estamos diciendo necesariamente que escribió a las apuradas. Precisamente allí la desolación, el daño povocado(r). Y no es que uno esperara alguna otra cosa, aunque sí. De los que asumen la condensación reflexiva de eso que entienden que flota de modo disperso y «alguien tiene que decirlo», se espera, se debe esperar como mínimo asuman su rol. ¿Qué rol? El de no ser (tan) tribunero e incluso hacer pensar a los propios. Aún más, hacer pensar a los otros, intentando darle hondura a temáticas que incluso son las que arman tal «nosotros y los otros», el campo de disputas que configura aquello que llamamos sociedad. Y allí, del desconsuelo en forma de pregunta (¿en serio Sirvén?) al daño, a la ruptura de toda capacidad de dialogo. Algo allí se desgarra (de más), tal como ocurrió (aquí sin la gravedad institucional pero sí intelectual) ante el documento firmado por líderes de la oposición acusando de crimen de estado ante el asesinato de Fabián Gutiérrez (sin pruebas, sin nada, solo con intento de daño) Cuando la intención es dañar, se hace imposible la convivencia democrática. Distinto es la contraposición de argumentos. Ya que en esta última anida la posibilidad de una construcción en el disenso, en la primera solo destrucción. Aunque se arrepienta (y no es el caso) con el que intenta dañar (como con el que traiciona) es muy difícil reengendrar una conversación. Incluso perdonar. La matriz cristiana del diario en el que escribe Sirvén podría ser sustrato y motorizador de este tipo de actitudes (tampoco viene siendo el caso)

Alguien sostiene: El conurbano «ya» es (dice, con alerta y elocuencia, del que ve lo que no se está viendo) Venezuela. Venimos trabajando con estudiantes de universidades de José C. Paz y San Miguel (dos de las localidades «analizadas» por Sirvén) sobre los mitos que a veces solapadamente, a veces un poco más grosera, se enuncian sobre el conurbano, y de repente esto. Una cristalización mítica que redunda ya no solo en universos irreconciliables (esos que una Universidad Nacional, aunque cueste, e íntimamente se sepa del quiebre estructural entre ellos, debe así todo instar a entrelazar) sino en alertar quien es ese mitólogo que está del otro lado, qué capacidad de raciocinio, de empatización y por tanto de daño tiene. El mito no es una mentira, es una construcción discursiva en la que se cree. Que incluso en nuestras tierras (en trance) forjaron y forjan tramas comunitarias de saberes y empatías colectivas que fueron (son) formas de resistencia popular ante la mitología, asumida como anti mítica, del capitalismo ilustrado («ya» Nietzsche, los frankfurtianos, Barthes y Jauretche, por caso, informaron) Pero que no asumido como tal, en tanto discurso, y no como verdad de Perogrullo, deviene precisamente una evidencia indestructible y destructora de todo matiz, de todo contra-discurso al que se impone. Es de hecho el discurso mítico occidental capitalista el que menos se cuestiona y asume como mítico (he allí su mentada asunción transparentista). Algo que no ocurre, claro está ni con el occidente pre capitalista (griegos, romanos claman) ni en las formas populares de culturas de los “orientes» del mundo (de chinos, mayas y gauchitos gil)

Alguien dice: El conurbano devino Venezuela. Y otro, por caso yo, me vi en la necesidad de decir, escribir, pensar algo sobre esto, menos sobre el «argumento» que sobre lo pre argumental, el pre juicio que subyace en estas ideas (previas), desde una tribuna histórica como La Nación que supo tener a José Martí en sus filas (léase a Matías Farías en Desierto y Nación II sobre tales «notas de opinión» del viajero latinoamericanista) Decir algo, ante la supina imbecilidad del (sí) argumento, «insultado en mi inteligencia», como se dice; agredido por años de trabajo en «la Venezuela argentina»; sintiendo la necesidad de compartirlo con mis estudiantes. Pero no, por qué agredirlos con esto, bastante agredidxs ya han estado por parágrafos similares, en tal caso, desde una gobernadora que desestimó sus capacidades condenándolos al inmovilismo que nunca tuvieron, ni tienen, gracias precisamente (también) a las Universidades que ella misma calumnió. Decir algo que supere y emerja de la desazón de trabajar cultural, simbólicamente, ante esta «contraparte»: la de los «locutores de los dueños de la tierra» que cierran todo vínculo conversacional. Así todo, y siendo tan estereotipado y hueco (vacío y cheto), de tal arrogancia y desconocimiento (por tanto, malicioso) su argumento, que se hace vano intentar contra-argumentar. Sobre todo porque las que se utilizan son las armas del francotirador. Cómo discutir siquiera con alguien que apunta y tira sin pensar. Hay allí sin duda un poderío, y es la de la lengua liberada. La de los que en histórica posición de privilegio sienten que su garganta está llena de (comunes) verdades. Como los que escupen libertad ante la cara de otro. «Gola amartillada» se le dijo (el gran Alorsa y su Guardia Hereje) que tenía a Maradona. Pero claro, diciendo lo incómodo para los poderes, y no lo sumiso al sentido común que emerge de comunicadores/bravucones, que luego se repite en la cola de espera en la carnicería y así. Sentido común que por otra parte hay que interrogar: tomar e interrogar. Poner en tensión, no desecharlo, por el contrario. Partir de allí, para decir algo que haga al mundo un poco mejor. No replicarlo para el aplauso troll de comentaristas que desde el universo imaginario que tienen de/por «La Nación», se apresuren a decir, eso mismo, bien dicho: a los negros balas; encontrando lo que siempre deseó en su sueño de pequeño propietario con anhelos de individualidad empresarial, ahora editorializado. Principio de tautología mítica o profecía autocumplida. He allí una responsabilidad enorme que no se asume, o si se asume, lo que se hace es pre-disponer los cañones para el asalto, y ya no de supermercadito alguno en «plan saqueo», como parece no advertir sino azuzar esta nota, sino aquello por lo cual el presidente que ese diario promovió y defendió (Macri) entiende ahora es el momento de decir, salir, azuzar. “Desobediencia civil» llamó otro intelectual de «la nación», a desconocer una medida que a ellos oprime/aburre y a otros (los otros, la patria) salva.

Digamos (algo más): El conurbano no es Venezuela. Porque Venezuela no es lo que Sirvén cree que es. Porque el conurbano no es lo que Sirvén (-los que sirven a- La Nación) cree que es. Humilla a uno y otro. Y no por lo que son Venezuela y el conurbano. Sino por la simplificación insultante. Por el insulto que intenta promoverse diciéndolo. Sos Venezuela, sos conurbano, dicen, queriendo decir: sos la mierda, sos la barbarie. Y he allí la clave. La Nación busca (siempre buscó/construyó) bárbaros. Necesita poner afuera la herrumbre putrefacta de sus adentros. Necesita crear un afuera, para seguir siendo lo que siempre fueron. La élite pretendidamente civilizada de una nación negra, mapuche, clandestina, plural. Que intentó siempre emblanquecer desde sus páginas pro dictatoriales y anti derechos. En ese sentido, somos el conurbano, somos Venezuela. Porque somos los pueblos que los Ceos del mundo intentan volver carne de cañón de sus empréstitos. De sus empresas fantasmas, que hacen trabajar cada vez a menos, para fugar en su propia concepción de paraíso y libertad, aquellos lugares donde su renta quede intocada, y ningún impuesto exprese la necesidad y deber de ser ellos también parte del pueblo.

 

Buenos Aires, 12 de julio de 2020

*Sociólogo UBA. Docente UNPAZ/UNGS/UBA

1 https://www.lanacion.com.ar/opinion/venezuela-llego-vive-conurbano-nid2395482

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