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La política erige ficciones desde algunas de sus voces, a falta de una verdad, y las pone a circular en la sociedad a través de los medios de comunicación. Elisa Carrió denunció al presidente Alberto Fernández por el intento de envenenar a la población argentina con la inoculación de la vacuna Sputnik V. Otra denuncia más que caerá, desestimada, ahí donde la justicia insista con ese obstinado requisito tan suyo: el de probar lo que se afirma.

Por Martín Kohan*

(para La [email protected] Eñe)

 

Se diría que funciona como aquel relato de Ricardo Piglia (el octavo del volumen Prisión perpetua). La posibilidad de hallar sentido en el sinsentido aparente. O la posibilidad de dar sentido al sinsentido cabal. Un asunto de palabras, palabras y figuraciones, en ese punto en el que se han ya desprendido por completo de las cosas, de las cosas y su realidad, de la realidad y su principio; para ponerse a girar sobre sí mismas en un vértigo descalabrado de colores y zumbidos. Visión de signos en las sombras. Escucha de voces.

En ese punto las ficciones parecen olvidar que lo son y traspasan a la política hasta llegar a descomponer engranajes. Porque el planteo general se suele formular en términos de “ficción y política”, asignando a la política el estatuto de las cosas reales; pero a menudo es la propia política la que se ocupa de producir ficciones, la que las pone a circular en la sociedad, la que recurre a la eficacia de sus efectos de verdad. Pero es distinto cuando la ficción se cree a sí misma verdad. Y pretende que las cosas, las cosas y su realidad, la realidad y su principio, encajan de veras en la deriva sin parpadeos de sus fabulaciones.

Entiendo que no prosperará en sede judicial la denuncia formulada por la doctora Elisa Carrió al presidente Alberto Fernández por el intento de envenenar a casi toda la población argentina (a todos menos a los antivacunas, por precavidos). Un delito de bastante gravedad, a tono con la gravedad de la voz que por televisión anunció semejante denuncia. Otra denuncia terrible más que caerá, desestimada, ahí donde la justicia insista con ese obstinado requisito tan suyo: el de probar lo que se afirma. Los abogados defensores habrían aguardado seguramente el turno para pronunciar su alegato con el último número de la revista The Lancet apretada en uno de esos cartapacios severos que gustan de llevar bajo el brazo los profesionales de la ley.

Yo no creo que Alberto Fernández traiga el comunismo a la Argentina; de hecho, no lo voté. Sabemos, en cualquier caso, que esa clase de conjunción o de combinación supuso en nuestra historia el anhelo de algunos y la entrada en pánico de otros; un sueño o una pesadilla según de quien se tratara, John William Cooke o López Rega. Pero, ¿qué puede significar todo eso hoy en día, más allá de las sonrisitas de encanto intercambiadas por Cristina y por Putin, con esa clase de especial entendimiento que puede darse entre dos que no cuentan con ningún idioma en común? ¿Y qué queda, más allá de eso, de la revolución comunista en Rusia, después de la caída del muro o después del ascenso de Stalin?

Queda un imaginario fuerte de películas de guerra fría, de novelas de John Le Carré. Y un pasado de KGB intuido en la sonrisa helada y en la mirada más helada aún de quien, mal o bien, no deja de llamarse Vladimir. En una calle de Londres, un día, hay un roce casual con un paraguas; pero el roce no fue casual y el rozado, más pinchado que rozado, cae al piso, se retuerce, amarillea, morirá poco después: envenenado. ¿Y qué es un paraguas, después de todo, sino una especie de jeringa grandota? ¿Y cómo no temblar de miedo, o hacer temblar de miedo a la población, cuando la jeringa camuflada del espía surgido del frío se convierte en jeringa real y se multiplica por varios millones para entrar una por una en los brazos argentinos e inocularle a cada uno de ellos el veneno comunista en la sangre (lo único rojo que tenemos)?

Los medios de comunicación se ocupan, cada vez más, de contar lo que no pasó, como si hubiese pasado, o de especular con lo que va a pasar, aunque al final nunca pasa. No se trata de posverdad, sino apenas de mentiras; o ficciones que la política erige desde algunas de sus voces, a falta de una verdad. ¿Tendrá algo que ver todo esto con el hecho de que las novelas de César Aira, incluso las más delirantes, quieran leerse como realistas? La política y la televisión de hecho ocupan, en varias novelas de Aira, un lugar fundamental.

 

Buenos Aires, 5 de febrero de 2021.

*Escritor. Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.

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