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La retórica de la pandemia – Por Fernando Alfón

Todo está en peligro, pero nosotros nos mantenemos erguidos replegándonos en la intimidad. La situación mundial, esta vez, nos concede ese punto de vista: todo colapsa, pero si uno narra ese colapso es porque aún no nos alcanza.

 Por Fernando Alfón*

(para La Tecla Eñe)

 

La pandemia me agarró leyendo la Retórica de Aristóteles, para qué negarlo. No lo aclaro porque me avergüence esa predilección, sino porque todo lo que no fuera el virus, los infectados y China, todo lo que no remitiera al aquí y ahora del mundo parecía lujo o indolencia. Luego vino la cuarentena, la parálisis, la suba del dólar. Aferrado a la idea de que todo eso acabaría en algún momento, no quise soltar a Aristóteles y aún me fui más atrás, a la vida de Gorgias, de Tisias, de Córax. Toda la doctrina clásica sobre la retórica descansa en el principio de lograr ser natural. Un buen orador, un buen texto, no tiene que ser afectado. Qué extraña coincidencia, porque la pandemia nos puso en un lugar extraordinario. Todos actuamos de manera desacostumbrada. Usar barbijo antes de marzo era una exageración, una sobreactuación del riesgo; ahora es un lugar común. Hay gente que sale con carpetas transparentes abrochadas en la frente, con envases de Coca-Cola recortados a la cara, con corpiños en la boca. ¿Cómo ser natural en un mundo que se ha vuelto extravagante? Saludamos con los codos, esperamos ansiosos las cifras mortuorias, miramos de a ratos por la ventana, para no ver nada. ¿Cómo parecer más reales? Hay quienes creen lograrlo haciendo como si no sucediera nada. Otros, en cambio, acentúan el desconcierto, representan el papel de recienvenidos y dicen que todo es una gran pregunta, que el mundo es todo fugaz, etcétera. Simular ingenuidad: qué forma tan enfática de la afectación. Lo cierto es que no nos sentimos absolutamente desconcertados. Nuestra robusta conciencia no nos permite que la desdeñemos, justo ahora. Ya imaginamos el mundo que está por venir y en esa imagen que nos llega del futuro estamos contemplados. Tendemos a proyectarnos como sobrevivientes.

Si ese futuro irrumpiera ahora mismo, a mí me cogería —como dicen en España— estudiando la retórica clásica. Isócrates, Cicerón, Quintiliano. ¿Hay algún saber más lejano e inaplicable que ese, para atravesar esta pandemia? No obstante, la peste es un ligero corrimiento de lo natural. Qué curioso, especialmente de eso versa la retórica.

Nos hemos desplazado. El tema más evidente, cuya obviedad nos exime de nombrar, es la anomalía repentina de todos nuestros comportamientos, también los retóricos. He notado que muchos recurrimos a la primera persona para dar testimonio de la pandemia. Este que ahora estás leyendo, lector, recurre a esa persona. Como si ante semejante desconcierto fuéramos al lugar donde nos sentimos más seguros. Todo está en peligro, pero nosotros nos mantenemos erguidos replegándonos en la intimidad. La situación mundial, esta vez, nos concede ese punto de vista: todo colapsa, pero si uno narra ese colapso es porque aún no nos alcanza. La primera persona es más verosímil durante una cuarentena, pero también es más patética. Y a menudo la creemos más verosímil, simplemente porque es más patética. ¿Quién no tiene un amigo eminente, o un conocido muy respetado que aparezca filmándose, en gym, comiéndose un kilo de tortas fritas? El punto de vista personal nos resulta oportuno para contar una catástrofe mundial. Es más frágil, también, pero sin cuya fragilidad se desintegra.

Imaginemos que el mundo comienza a temblar, y vemos derrumbarse los edificios, y escuchamos que las montañas se desmiembran, y todo al compás de un ruido atronador de fondo, que son los vientos arrasando lo último que queda. Imaginemos, también, que nosotros estamos en una isla que, por alguna extraña razón, no es alcanzada por esa catástrofe. En esa situación, describir en tercera persona lo que vemos podría resultar literario. Alguien podría pensar que no es real, que no estamos en el lugar de los hechos. Si describimos lo que nos pasa, en cambio, contando que nuestra isla está a salvo, aunque sentimos que la tierra se mueve un poco, y tenemos amigos muy queridos que quedaron del otro lado, el relato de la catástrofe se materializa. Lo podemos ver y hasta tocar. Todo eso requiere de un yo, de alguien que soporte en su propio cuerpo las señales del desastre.

Pues bien, en mi caso, cuando les doy un respiro a los sofistas griegos y me abandono a la lectura de las crónicas contemporáneas, noto una preeminencia del yo. Podría decir también, «una vuelta del yo», porque en algún momento se creyó que ya no era necesario. En las ciencias sociales, por ejemplo, está proscripto. Alguna vez creíamos que éramos más objetivos escondiéndonos detrás de la impersonalidad; luego se nos hizo costumbre.

El aislamiento nos quitó la sociabilidad, pero nos devolvió la voz de la intimidad. Ahora solo somos creíbles si contamos lo que pasa en nuestro barrio, en nuestra propia casa. Es inevitable, por otro lado; sabemos que aquellos que testimonian la pandemia están en sus casas. Todos esos testimonios suelen comenzar diciendo: «Estoy aquí, en mi cuarto, donde paso largas horas…». La cuarentena creó una escena de enunciación muy similar en muchas partes del mundo. Ese hogar —como a algunos le dicen para hacerlo más acogedor—, puede ser un infierno. He aquí otro de los imprevistos del virus: matar por efectos colaterales. El tema del yo es inmediatamente la casa. No ignoro los que, de todos modos, siguen viajando, los que trabajan afuera todo el día, o los que directamente duermen a la intemperie. Hasta ahora, los que están narrando la pandemia, están en una casa. Podemos deducir, incluso, las condiciones que tiene esa casa, a partir de las comodidades básicas como para tener ganas de testimoniar.

Recurrimos al yo, pero ahora más despojado. Nos dejamos de bibliografías específicas, de citas extensas o de autoridad y vamos directamente a las cosas, a lo que nos está pasando, porque entendemos que aquel que nos escucha quiere saber solo eso. Lo deduce del contexto, pero quiere escucharlo o leerlo desde nuestro yo. Tan indispensables como los barbijos, resultan los testimonios personales del aislamiento. Todos encerrados, necesitamos saber cómo es el encerramiento del otro. Mientras tanto, aguardamos la primavera o la vacuna que nos devuelva a la normalidad. Digamos, ahora, a la otra normalidad, a la que ya habíamos juzgado de excepcional, pero visto que se puede vivir una situación aún más excepcional que la anterior, anhelamos alguna que nos permita, al menos, salir a caminar.

Todos estamos confesándonos. Principalmente por video llamadas, y lo más común es decir que todo esto es como el canto del cisne: el último testimonio de una humanidad ante la cornisa. De todas las formas que la intimidad encontró para expresarse, esta que evoca el Apocalipsis —para la izquierda, el fin del capitalismo— quizá sea la peor y la menos auténtica. Decir que la humanidad avizoró su límite no es más que la revelación de una absoluta falta de imaginación. ¿Hace falta enumerar el historial de pandemias pasadas? No es necesario impostar desconcierto para que nuestro testimonio sea creíble; basta con contar lo que realmente estamos viviendo. En mi caso, como ya dije, paso los días leyendo el tema que la humanidad decretó obsoleto. Sé que la pandemia pasará, como lo presiente usted, lector, cuya certeza de ese porvenir le permite estos pasatiempos. Escribir o hablar, en estos días, es como decir «aquí estoy», «sigo vivo». Mientras tanto, mientras dure la conmoción, dar testimonio es un signo de vida.

 

Buenos Aires, 18 de abril de 2020

*Ensayista

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