La mujer quemada – Por Horacio González

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La mujer quemada – Por Horacio González

Imagen: Bernardino Avila

Imagen: Bernardino Avila

Por Horacio González*

(para La Tecl@ Eñe)

 

No sé si lo escuché decir, o ahora que estoy muerta lo estoy soñando. Siempre se deja una huella en la vida. Pero mis huellas, aunque no me avergüenzan, son muy extrañas. ¿Quién podrá descifrarlas? Soy apenas una sombra de hollín en una pared, bajo un viaducto. Permaneceré unos días, difusa e informe. Si ese manchón que yo fui tiene suerte, se prolongará todo lo que la prisa de los empleados de limpieza disponga. No me sorprende mi muerte porque si algo puedo recordar, con el esfuerzo que eso significa, es una precaria casa de chapas en un barrio lejano. Por lo menos, muy lejano de este viaducto que ahora me acoge. No es lo mejor, pues si se entiende una casa como protección del viento, del frío, de la lluvia o del fuego, solo un pobre puñado de esas cosas me tocó en suerte. Bajo el viaducto no llueve, pero hay mucho viento. El frío está contenido por algunas frazadas, y cuando pasa el camioncito de la Asamblea, hay un plato de comida y me preguntan si preciso algún abrigo. ¿Ir a un Albergue? Estuve, pero me recordaba a una cárcel.

Alguien como yo recuerda cárceles, encierros. Cierta vez tuve una ráfaga de inspiración, y sin saber si hacía bien o mal, me fui. Qué bueno sería si la ciudad fuera una vivienda. Puentes, plazas, zaguanes. Pero hay que acostumbrarse al paso de los automóviles, uno tras otro, que producen un pequeño temblor acompasado en el puente de hormigón. Me sirven de reloj, es mi minutero, mi vida pasa al compás del tiempo que marcan los neumáticos sobre la raya alquitranada. El tiempo es diferente siempre. Recuerdo una escuela y alguna vez que canté una canción, y siempre que pienso en ello me siento feliz. Febo asoma decía. Solo eso me ha quedado, y también saber que Febo es otra manera de llamar al Sol. Acá, bajo el viaducto, no veo ningún sol, solo me consuela Febo, que es mi amigo y si tuviera un perrito, como tienen en general los que ahora están recostados como yo sobre la vereda, entre unos tarritos, uno platos y una olla renegrida, le pondría como nombre Febo, Febo vení para acá, anda para allá, no duermas encima de mí. Pero aquí el sol no asoma y yo no puedo explicar porque llegué hasta aquí.

Todas las imágenes de mi pasado están borrosas, la villa, los pequeños negocios, los golpes que recibía en cualquier lugar en que intentaba ponerme. Abandoné y me abandonaron, recibí la ofrenda de cachetazos que no podían ser desviados. Era habitual ver tanto la solidaridad como el grito destemplado, la ayuda mutua como la orden de riesgo. “Y si no, andate a dormir al Viaducto, hay muchos en la Ciudad”. Hice más que ir a dormir, conocí el fuego sobre mí.  Se proyectó mi cuerpo ya desvaído sobre esa pared, quedó una mancha que parece de alquitrán, pero fue mi contorno, mi perrito ilusorio y el propio Febo lo que quedó en ese frío cemento, rociado por lo que yo fui. A veces los cuerpos tienen un contorno que cuando desaparecen, siempre se respeta, aunque sea en forma tosca, dibujado sobre un cartón, lo que le da mayor dramatismo. Brazos abiertos, piernas distanciadas, una cruz los brazos y un ángulo las piernas. Pero el mío fue puro carbón; eso sí que no sabía. Que una vida se carbonice, es sorprendente.

Al principio se siente mucho calor, es insoportable pero dura poco, luego el fuego hace tranquilamente su trabajo hasta que alguien llama a los bomberos y limpian todo menos mi conciencia de hollín debajo de la ruta donde pasan muy rápido los autos. Lo que no me explico, ya que fui expulsada de un villorrio, alguna vez de una escuela y muy pocas veces recibida como persona, es por qué razón alguien eligió no solo expulsarme otra vez, sino disolverme usando el fuego. ¿Es que mi cuerpo precisaba esa gasolina, que primero la sentí fría y con el olor de riesgo que se siente en las estaciones de servicio? Sentí los pasos del que se acercaba con un bidón, luego un encendedor con su seco chasquido, como el de quien enciende un sigiloso cigarrillo. Y luego, les aseguro, un intenso dolor, pero muy breve. No me impidió escuchar los pasos de alguien que salía corriendo. ¿Quién decidió quemarme viva? Ahora que soy solo unas gotas de cenizas que ennegrecen la pared puedo hacerme las preguntas de mi destino. ¿Quién podía odiarme hasta ese punto si yo no tenía nombre y sigo sin tenerlo? ¿A quién insultaba mi cobija raída? Los que me dijeron andá al Viaducto, querían denigrarme, pero no me hicieron pensar que allí había sesiones de quema de cuerpos, que personajes nocturnos veían en los pobres una herejía y en los humillados una falta de fe.

No sé rezar, pero a alguien tengo que preguntarle por qué me mandaron a la hoguera en mi dormitorio, recorrido por el viento gélido de un barrio porteño. ¿Fue una persona en representación de otras personas, que en una noche de maldición deciden cuántos cuerpos se deben desechar? Si me dicen que la fue la Ciudad entera que llamó por mi suplicio, no lo creo. Desde estas paredes desde las que hablo, donde me mandó transitoriamente el combustible, me quedo pensando quién fui antes de ser humo oscurecido. Si no les molesta, les dejo mi habitación al aire libre. Pero intuyo con mi última partícula incendiada, que esta Ciudad se va hundiendo en su pandemonio del odio. Toda ciudad contiene partes que abrigan un deseo criminal. Algunos ven sus tanques de nafta, y les pasa por la cabeza una ráfaga de limpieza racial. Deliciosa manera de vivir con imágenes inusuales que en general consiguen apartar de la acción, pero no de sus conversaciones desatinadas.

Pero hay alguien que se anima, que se sintió turbiamente inspirado por el olor a crematorio y pobreza. Por mí, no se preocupen, duraré un par de días más extendida como polvillo sufriente sobre un muro inexpresivo. Aprendí aquí mismo que no se sabe entender del todo a una ciudad si no se desciende al último escalón, el más sórdido del alma humana. El humo pegajoso que ahora me lastima sobre la pared anónima que me aloja, aquí donde ahora yazgo, hace que los diarios digan que soy la anónima mujer quemada, un alma abolida por una simple llama que incendió mi cuerpo odiado. ¡Viandante, observe la pared! Quizás ya no hay partículas de mí, pero yo ya soy otra, ya estoy envuelta en una interrogación que sale de la sangre que ya no tengo. ¿Quién sabe lo que puede un Odio? ¿Quién se anima en nombre de esas tinieblas del corazón a hacer brasas de una vida? Parece un deporte gratuito de señoritos o la necedad de abominables alfeñiques. Pero allí están, caminan subrepticios, con el bidón en las manos y la muerte en el corazón.

 

Buenos Aires, 10 de julio de 2020

*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional. 

33 Comments

  1. Pepe dice:

    Una maravilla pocas veces escrita. Gracias Horacio y Conrado.

  2. Martina dice:

    Gracias por animarte a poner palabras dónde solo suena el aullido.

  3. Delia dice:

    Ojalá que despierte una reflexión y acción para no suceda más tamaña violencia . Horrible violencia . Gracias Horacio

  4. Silvia dice:

    Gracias Horacio. Vos vas hacer que este texto fluya de mi (soy narradora oral), si es que me lo permitís. Vos la has nombrado, le diste lo que ella no tuvo jamás. Otra vez, gracias, muchas gracias.

  5. Mirta Benitez dice:

    Infinitas gracias por este texto. Es un soporte de palabras para exorcizar el horror sin retorno.

  6. Marta Debussy dice:

    Maravilloso texto que le permitió a esta mujer anónima y olvidada tener identidad y recordarla, después de haber sido asesinada de una forma tan vil y cobarde.
    Gracias Horacio.

  7. Adriana Briff dice:

    Es un excelente escrito y un abrazo fraterno y solidario para todos los que vemos el odio tomar las calles y el mundo. Hoy que las manifestaciones populares han tomado las impensadas voces que otrora veíamos en las pantallas de los cines, pensando «cómo pudo pasar». Gracias.

  8. Roberto dice:

    Gracias Horacio por tu noble trabajo.

  9. Fogatas de Odio como los energúmenos que vimos amenazando ayer nomas deambulan buscando crear nuevas manchas de carne carbón y hollin. Están peligrosamente sueltos y danzan, sobre las ruinas ellos danzan.

  10. nora merlin dice:

    Nadie sabe lo que puede un cuerpo
    Nadie sabe lo que puede un Odio
    Excelente Horacio

  11. Andrea dice:

    Me conmovió la lectura. Ahora ella tiene voz..
    Gracias Horacio y La tecla Ñ
    Andrea

  12. Vicente Muleiro dice:

    Una dolorosa inmersión en un cuerpo que ahora es más político de lo que ya desgraciadamente era. Una ciudad cuya enjanación crece y parece querer expulsarnos.Inmensa posesión de recursos, de buena fe y de sensibilidad para un Vía Crucis del que somos parte.
    Gracias Horacio

  13. Ernesto dice:

    Gracias Horacio y LA TECL@ EÑE por involucrarse. Creo que ha llegado la hora de dejar de ser corderos que mueren en silencio para pasar a levantarnos y arrasar a los canallas. Tenemos que responder a los agravios con una terrible justicia, cada vez más violenta.

  14. Isabel dice:

    Gracias por tu homenaje a todos los sin nombre destruidos ,masacrados, excluidos del sistema. Muy triste y conmovedor tu relato pro una maravilla de expresión.

  15. Alfredo Montenegro dice:

    Conmovedor artículo que retrata en toda su dimensión esta tragedia que simboliza mucho más que esta muerte brutal. El artículo de Horacio González se transforma en un documento histórico que describe los peores síntomas de nuestra sociedad. Y es un inmenso acto ético al reconocer la humanidad de la mujer atacada. Nos corresponde difundir. Gracias por la publicación.

  16. Maria Cristina Rosales dice:

    Un relato conmovedor, el de la miseria y el dolor sin soluciones, sin solidaridad y con el espanto de los excluidos en la ciudad.

  17. Maria dice:

    Wowww me paseó por cada lugar del relato, con dolor real¡

  18. Adriana dice:

    La Gran Tragedia Humana.
    Ella fue transformada en cenizas y la especie humana en qué se está transformando ?
    Doloroso e impecable relato.

  19. Clara Schor Landman dice:

    Una escritura dolorosa y brillante!!!
    Impacto ineludible de principio a final
    Muy bueno Horacio!!
    Gracias Conrado

  20. Leandro Boero dice:

    Parecía este un domingo más, pero estas palabras de Horacio colmadas de belleza expresiva lo hicieron mucho más llevadero. Gracias maestro por su sensibilidad.

  21. Jorge dice:

    Gracias maestro, por describir con palabras,cada momento de una realidad dolorosa. La de aquellos que no tienen voz, pero si las viven más de cerca que nadie. Gracias nuevamente.

    • Horacio González dice:

      Queridos amigos y amigas, espero que llegue este comentario de agradecimiento por sus notas, a las que no estoy acostumbrado. Somos testigos apesadumbrados de nuestro tiempo. Ojalá dar testimonio sea también un disponerse a actuar con nuevos sentidos. Este episodio recuerda uno que se lee en El juguete rabioso de Arlt, allí Silvio Astie desesperado, trata de quemar a un mendigo que se levanta y lo amenaza con un puño. El acto de expiar algo por un crimen, tem de Arlt, se convierte en una redención del hombre que estaba humillado y sale a defenderse. Horacio González

  22. Horacio González dice:

    Querido amigos y amigas, soy un viejo colaborador de La tecla Ñ, un invento de Conrado que señala una forma sensible y apasionada de que el periodismo sea a la vez una aventura cultural y de reflexión sobre las vidas colectivas. En este momento en que cada uno hace el provisorio y melancólico balance de sus vidas, agradezco los comentarios que han enviado para esta nota, que por un momento nos hace pensar que hay cosas más importantes que se van hundiendo ante nuestros ojos, sin que le prestemos debida atención o sigamos hablando siempre de lo mismo. Eso debemos hacerlo, porque de tanta insistencia alguna saldrá el anhelado sueño de liberación, pero mientras tanto hay desesperados que van cayendo a nuestro lado. En el Juguete Rabioso Roberto Arlt hay una escena donde Silvio Astier intenta incendiar a un mendiga, que se levanta con el puño en alto. La recomiendo. Era el desesperado Silvio que lo que logra, es hacer revivir a un hombre tumbado, que recupera por un momento su dignidad. Gracias. Horacio González.

  23. Susana dice:

    Muchas gracias por la traducción de un dolor sumatorio de tantos dolores y de luchas pérdidas. Seguramente fue así, era una MUJER
    En el muro vemos una huella de lo que fue y algo más inquietante, desconozco qué es…
    Admiro la metamorfosis del horror en un relato sumamente bello
    Qué bueno empezar el día leyendote
    Abrazo!

  24. Vera dice:

    Tristeza infinita. Yo no voy a olvidarla nunca. ¿Quién sabe lo que puede una memoria? Gracias Horacio.

  25. Laura dice:

    Gracias por la mirada, las palabras y el corazón humano. Abrazo Horacio!

  26. Gracias Horacio, por el relato conmovedor y de una enseñanza atroz. Lo difundire si ud lo permite. Un abrazo a la distancia.

  27. Marcelo dice:

    Conmovedor relato. Por suerte a este subhumano que llevó a cabo esta monstruosidad se le opone la pluma y la sensibilidad de Horacio. Debería gestionarse la colocación de una placa en el sitio con un texto que haga reflexionar.

  28. Ana LIa Portalet dice:

    Hoy salí un rato de esa tristeza infinita al encontrar tu mirada en este relato. Agradezco tus letras para esta mujer en tiempos donde la pandemia de los feminicidios, esa pandemia que está instalada en este mundo patriarcal donde muy pocos hombres intentan deconstruirse.

  29. Patricia dice:

    Emocionante texto pudiendo a través de él darle identidad y dignidad a ella, una vecina más en esta ciudad cada vez más hostil y egoísta. Si bien produjo en mí tristeza, te agradezco haberla reconocido.
    GRACIAS!!!!!!

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