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La ética de la sororidad – Por Angelina Uzín Olleros

La “sororidad” es el lazo de unas con otras que edifica un entramado de nuevos lazos que van más allá de las diferencias entre hombres y mujeres, pero que acentúa la advertencia sobre el peligro de la humanidad lesionada de las niñas y mujeres acosadas, abusadas o violadas.

Por Angelina Uzín Olleros*

(para la Tecla Eñe)

 

…ven canta sueña cantando vive soñando el nuevo sol 
en que las mujeres volverán a ser hermanas… 

Uno de los problemas más complejos es sin duda el de la constitución del sujeto ético, en principio porque en el largo debate sobre el tema están quienes sostienen que el êthos es esa morada interior que desde el fuero interno hace posible que llevemos en nuestra propia naturaleza la posibilidad de autodelimitar nuestros impulsos y deseos; otros en cambio proponen que esos límites sean impuestos por la moral exterior de la comunidad, a través del derecho y la ley que enseñan a los seres humanos la diferencia entre el bien y el mal e imponen castigos para quienes optan por seguir el peor camino.

La manera en que se construye una comunidad, en este caso de hombres y mujeres, que deciden libremente poner el acento en las garantías y derechos o por el contrario el énfasis en el castigo y el uso de la fuerza sobre los que son presentados como individuos peligrosos para esa sociedad o esas instituciones, ese modo de construcción deja huellas profundas en las culturas: una cultura de la confianza y la ternura, otra cultura de la desconfianza y el miedo, pero esos límites que trazamos teóricamente están mezclados en la práctica cotidiana.

Hoy el cuerpo de las mujeres se muestra una y otra vez siendo objeto de la violencia real que lo lastima brutalmente, siendo objeto también de la violencia simbólica del insulto y la subestimación por su edad, su aspecto, su condición social. El cuerpo de las niñas arrojado a la basura, golpeado, lastimado, mutilado, desaparecido… Esas imágenes de la crueldad se reiteran tanto que las violencias se naturalizan, a veces hasta se niegan o son puestas en la balanza de la “sociedad normal” que las desconocen para poner sobre la palestra las imágenes de protestas de mujeres que aparecen como autoras de una agresividad que guarda relación más con las formas que con el fondo del problema.

La ética debe fundarse en el amor, nunca en el odio. En las diferentes clases de amor, el amor que se expresa en la philía hace alusión a la conformación de la “familia humana”, a la familiarización entre los seres humanos que deviene en el principio de “fraternidad” de la Revolución francesa, en la concepción de “lazo” social que se diferencia de la categoría de “tejido” social. Hermanados, enlazados, solidarios unos con otros, tejiendo una trama simbólica que define las relaciones entre nosotros desde y hacia lo mejor de la condición humana. En todo instante de peligro, como afirma Walter Benjamin, hay un muro que se quiebra y deja ver las miserias de la “barbarie del progreso” porque nunca el progreso tecnológico trae aparejado el progreso moral; poder iluminar esta zona de oscuridad es el desafío de los que estamos advertidos de las nuevas formas de violencia y percibimos los rostros de las víctimas que se renuevan en la lógica del patriarcado.

La “sororidad” es hija de la philía, es el lazo de unas con otras, que suma poco a poco a los otros, edifica un entramado de nuevos lazos que van más allá de las diferencias entre hombres y mujeres, pero que acentúa la advertencia sobre el peligro de la humanidad lesionada de las niñas y mujeres acosadas, abusadas o violadas. Hay una humanidad fuertemente lesionada en esas mujeres que hoy pueden hacer el reclamo en el espacio público, que hoy se hermanan para hacer visible la violencia y para hacer  tornar consciente a una sociedad de los peligros del machismo y las consecuencias abusivas del patriarcado.

Estamos comenzando a transitar una ética de la sororidad, de la hermandad que propone el lado femenino de la historia humana, hay un êthos que la habita y hay una moral que la sostiene. Todos y todas podemos aprender de este tiempo el gesto de la solidaridad perdida, y ése gesto debe superar viejos enconos con mujeres crueles o violentas, con mujeres injustas o arbitrarias; porque el problema es de los seres humanos, como género y especie. Hay padres abusivos y madres castradoras. Estamos frente a una decisión profundamente ética de la cultura de la sororidad para evitar el abuso y la castración en la clave del presente histórico, pero como bien enseña esta nueva expresión del feminismo: no salimos en soledad de este atolladero, salimos unidas, unidos, de esta larga historia de la violencia ante la vulnerabilidad.

 

Entre Ríos, 12 de diciembre de 2018

*Dra en Ciencias Sociales . Máster en Filosofía. Docente en UADER y UNR. Escritora.

@AngelinaUzinO

angelinauzinolleros.com

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