¿Podemos, por medio de la ficción, ser los testigos perfectos del mal sin llegar nunca a ser sus víctimas.?
Por David Sibio*
(para La Tecl@ Eñe)
La novela corta Het gouden ei (El huevo dorado) del neerlandés Tim Krabbé, que en castellano fue editada con el título La desaparición, narra una perturbadora historia que podría concebirse como una ficción en torno al problema del mal. Podríamos decir que la novela de Krabbé funciona como un testimonio. El mal es algo de lo que puede hablar quien lo ha experimentado: un testigo… Solo el testigo perfecto puede saber qué es eso. “Testigo perfecto” es cómo el filósofo italiano Giorgio Agamben llama a Primo Levi, el superviviente del campo de exterminio de Auschwitz.
En La desaparición, una pareja de neerlandeses, Rex y Saskia, viajan por vacaciones desde Ámsterdam hacia Francia. El medidor del tanque de combustible no funciona y el auto se queda sin nafta en un túnel oscuro porque Rex no prestó atención al cuenta kilómetros con el que controlaba el consumo del vehículo. Esto conduce a una discusión de la pareja y Rex deja el auto, bidón en mano, en busca de combustible. Luego retoman el viaje y se detienen en una estación de servicio para llenar el tanque y disipar la tensión que quedó entre ambos. Saskia, que hasta ese momento hacía de copiloto, se dispone a conducir. Pero antes, va a la cafetería de la estación de servicio en busca de unas bebidas. Rex se queda en el auto y Saskia nunca regresa. Desaparece, como si se la hubiera tragado la tierra. Tres años más tarde, Rex continúa la búsqueda. Recorre caminos y carreteras, y deja carteles con la foto de Saskia. Rex necesita saber qué pasó con ella. Sale en los medios de comunicación con la esperanza de encontrar una pista, o de que el responsable de la desaparición de Saskia brinde alguna información sobre su destino. En un programa de televisión, Rex interpela, mirando a cámara, a la persona responsable de la desaparición de Saskia…
Lo que sucede a continuación, sin entrar en mucho detalle, es que el responsable de la desaparición de Saskia decide contactarlo. El nombre del responsable de la desaparición de Saskia es Raymond Lemorne, un ciudadano francés, profesor de química, un hombre común y corriente como cualquier otro hombre común y corriente, a quien conocemos desde el principio de la historia; un hombre de clase media, con esposa e hijas, e insospechado de haber cometido crimen alguno. Pero Raymond Lemorne es un asesino despiadado que se oculta a la vista de todos: es un hombre de familia y profesor de instituto al que nadie sería capaz de adjudicarle siquiera una falta leve.
Sin embargo, cuando Raymond Lemorne tenía dieciséis años —nos cuenta Tim Krabbé en su novela— “había ido con su madre a la casa de sus tíos en Dijon” y una mañana de domingo los adultos salieron y él quedó solo en la casa. “Estaba en la segunda planta del edificio. Había llevado una silla de la cocina al balcón y leía un libro. Al cabo de un rato dejó la lectura y fue a apoyarse en la barandilla. Debajo había un jardín pequeño con el césped recién cortado […] Se preguntó qué pasaría si saltaba. Sopesó detenidamente los pros y los contras, albergando en su interior el oscuro convencimiento de que acabaría saltando. Aquello le pareció extraño: ¿cómo podía estar tan seguro, si saltar era a todas luces un disparate?” Saltar era la única forma de mostrar que podría hacerlo. Estuvo sentado media hora en la barandilla y de pronto saltó. Eso le costó seis semanas en el hospital, con una pierna rota y una fractura doble en el brazo. Saltar lo hizo experimentar una libertad sin límites.
Veintiún años más tarde, Lemorne tuvo una experiencia parecida. Durante un paseo, en unas vacaciones con su familia, volvió a saltar, pero esta vez lo hizo para salvar a una niña pequeña que se ahogaba en el canal de un río. Luego de salvarla, mientras paseaba nuevamente con su familia, Lemorne se preguntó si sería igualmente capaz de cometer un crimen.
“Se imaginó el acto más cruel que pudo concebir.” Y durante tres años, todos los días pensó en eso. Al igual que la vez que saltó desde el balcón, el solo hecho de tener un pensamiento, aunque este sea un pensamiento criminal, venía acompañado de una obligación: debía pasar al acto, transformar el pensamiento en una acción. Raymond Lemorne no se quedaba fantaseando, ejecutaba el pensamiento.
La novela de Krabbé fue llevada al cine y estrenada en 1988 con el título Spoorloos (que significa “sin dejar rastro”). Allí, como en la novela, Lemorne ensaya la forma de secuestrar a una mujer y cometer el acto más cruel que alguien pueda concebir. Saskia es la víctima que Lemorne logra atrapar y adormecer con cloroformo. Cuando, años más tarde, Lemorne se contacta con Rex, le ofrece conocer qué fue lo que le hizo a Saskia. Pero no le cuenta qué le pasó, le ofrece experimentar exactamente lo mismo que le pasó a Saskia. Para eso, Rex debe beber un café que tiene un somnífero. Si no lo hace, Lemorne nunca hablará, ni podrá ser atrapado porque no hay pruebas que lo incriminen. Y si Rex decide matarlo, tampoco sabrá qué fue lo que pasó con Saskia. Así que Rex decide asumir el riesgo y toma el café. Necesita saber qué fue lo que le pasó a Saskia. El somnífero hace efecto y luego de un sueño se despierta encerrado en una caja estrecha, en posición horizontal, en la oscuridad total y sin posibilidad de escapar porque Raymond Lemorne lo ha enterrado vivo. Exactamente como hizo, tres años antes, con Saskia. Lemorne convierte a Rex en un “testigo perfecto” del mal, del acto más cruel que pudo concebir. Un testigo que paradójicamente no podrá dar testimonio.
La novela de Tim Krabbé fue adaptada dos veces a la gran pantalla. La versión de 1988 es fiel al texto original, y termina con Rex enterrado vivo y con Lemorne, como encarnación del mal, impune. Años más tarde, en 1993, se estrenó la versión norteamericana de la película, un remake titulado The Vanishing, también dirigido por George Sluizer, el mismo director de la versión de 1988, aunque esta versión contaba un final distinto. En la segunda versión, a diferencia de la primera, Lemorne no se sale con la suya y Rex es rescatado del espantoso destino. Por eso puede volver para dar su testimonio sobre el mal.
Creo que el “final feliz” del remake no debe leerse simplemente como un final “hecho en Hollywood” en el que todo termina bien cuando el mal es derrotado. La versión de 1993 debe ser pensada como otra cosa: se trata de un sueño de Rex cuando está enterrado dentro de la caja, allí sueña que es norteamericano y que se parece al actor Kiefer Sutherland. Sueña cómo deberían haber sido las cosas si todo fuera como Hollywood lo cuenta: luego de haber sido rescatado de su tumba, Rex (que en la versión norteamericana se llama Jeff) se hace escritor y lo primero que publica es una historia que nos permite, por medio de la ficción, ser los testigos perfectos del mal sin llegar nunca a ser sus víctimas. Esa es la suerte que tenemos lxs espectadores, y el precio que deben pagar siempre lxs protagonistas.
Buenos Aires, 4 de abril de 2025.
*Docente de filosofía en Universidad Nacional de General Sarmiento.