En el nombre de… Cristina (2), capítulo dieciocho del folletín “LA CARRIÓ – Retrato de una Oportunista” – Por Carlos Caramello

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En el nombre de… Cristina (2), capítulo dieciocho del folletín “LA CARRIÓ – Retrato de una Oportunista” – Por Carlos Caramello

Llegamos al decimoctavo capítulo de «LA CARRIÓ – Retrato de una Oportunista», para poner un broche a la obsesión de Lilita con Cristina Kirchner. «En el nombre de… Cristina (2)» recoge retazos del odio verborrágico que la chaqueña ejerce contra la Vicepresidenta y que, como queda demostrado en este título, la llevan a perder la chaveta (cosa, por otra parte, nada difícil). En síntesis, las aristas de un desamor que tiene origen, precisamente, en el amor del Pueblo por Cristina. Ese que Avelina nunca conseguirá. 

Por Carlos Caramello*

(para La [email protected] Eñe)

“Ser capaz de olvidar es la base de la cordura. Recordar incesantemente

conduce a la obsesión y a la locura”

Jack London


Corría noviembre de 2016. Hacía un casi un año que gobernaba Macri. Había intentado nombrar jueces de la Corte Suprema por decreto. Le había ofrecido a los fondos buitres pagarles más de lo que reclamaban. Había avalado el despido masivo de trabajadores del Estado y privados. Había aumentado brutalmente las tarifas. Había acumulado una inflación del 40%. Había aumentado la pobreza en un millón y medio más de personas. Había devaluado el peso en un 45%. Había mentido, estafado, destruido… pero Carrió seguía con Cristina. Y dale con Cristina.

“No es nadie. El problema es creerse y ella se sigue creyendo. Siempre hay un dejo fascista en la sociedad y ella lo expresa” decía Lilita mientras usaba y abusaba (cada vez más) de un saludo con el brazo derecho extendido que en mucho se parecía al que utilizaban los hombres del Tercer Reich para saludar a su Führer. «La condena social es una justicia restaurativa; que estos tipos no puedan entrar a un café es una justicia restaurativa (ver al tilingo del fiscal Diego Luciani haciendo pucheritos en Mar del Plata). No hablo del escrache, hablo de la condena social, del silencio. Que no puedas caminar porque no puedas ver a la cara». Nahhhh, qué vas a hablar de escrache, Lila…

Nada nuevo bajo el sol. Si en algo ha sido coherente y consecuente Carrió es en sus críticas a Cristina. Allá por octubre de 2012 ya decía cosas similares. “La Presidenta va casi con desesperación a la dictadura. Me decían que era exagerada cuando hablaba de la corrupción y cuando decía que iba a controlar los medios, los hechos fueron más fuertes de lo que yo anunciaba. Las instituciones en la Argentina están flaqueando”. Y al toque, apenas un mes después, remataba: “Cristina Kirchner está pedaleando en el aire, enojada como una niña, pero pedaleando ya fuera de la realidad argentina. Es innecesario ocuparse de Cristina, es inútil: ella se está ocupando de ella misma”.

Raro. Demasiado tiempo y espacio para la “innecesaria” tarea de ocuparse de alguien que se ocupa de sí mismo. Como si hubiese otra cuestión, algún estigma ideológico-obsesivo. Acaso algo parecido a lo que define Juan Tomás Albornoz en su paper “Sobre giros y carreras: la trayectoria política de Elisa Carrió” en el que echa luz sobre las desmedidas ofuscaciones de la elite conservadora respecto de los gobiernos populares.

Dice Albornoz: “La sospecha propia del conservador respecto de los grandes proyectos ideológicos de transformación de la realidad social se muestra presente en el discurso de Carrió, para quien los habitantes del pueblo argentino <<nos enamoramos de la mentira, de los mundos maravillosos>> que, no casualmente, coincide con <<presidentes de mal gusto>> (es decir, presidentes populistas) cuya forma de gobernar ensalza la <<viveza criolla>> (más explícitamente, un modo de dirigir tendiente a pasar por encima de las reglas establecidas)”.

El cientista político agrega que Carrió admite “que ella y su partido <<no inventamos nada>>, sino que la propuesta política, la causa establecida como objetivo no es más que <<la vuelta a algo más clásico>> en una referencia a los valores que rigen como leyes morales en la sociedad, en un repetido movimiento retórico de moralización de la política que la coloca como representante de una ética desvalorizada por las prácticas corruptas de su antagonista: Cristina Fernández de Kirchner”. 

Hete aquí la madre del borrego. Lilita considera que Cristina es su “antagonista” lo que, en términos cinematográficos, la convertiría a ella en protagonista. Pero, la verdad es que, a la luz de la política ( y en orden a nuestro guión) esos roles vienen cambiados. Entonces Carrió, que es muchas cosas pero no tonta, avanza buscando que la succión de la actual vicepresidenta, la arrastre.

A veces, esa desesperación ha ido demasiado lejos. Como cuando Cristina fue operada en 2013 por un hematoma subdural, producto de un golpe en la cabeza. “No sabemos si vamos a tener Presidenta; hoy Cristina no está, no sabemos si vuelve, no sabemos cuál es el papel de Boudou”, descerrajó para dejar constancia del nivel de bajeza en el que es capaz de caer cuando, el odio que la mueve, brota como un manantial… envenenado. Momentos de desenfreno que la exhiben en toda su malevolencia y en toda su enajenación: “Lo más importante para construir el futuro es estar en el presente (…) lo que viene son enormes dificultades para toda la Nación: económicas, sociales, políticas. Faltan dos años de gobierno y no sabemos si vamos a tener presidente, quién va a ser el vicepresidente”. Así van Elisa… y su tirria contra Cristina.

Y esa ojeriza la obnubila. La hace caer en los lugares comunes de la difamación. Esos que no la merecen. Porque hay que reconocer que Elisa Carrió maneja cierto grado de sofisticación en sus imputaciones. Conoce el metier de envolver de verosímiles sus embustes. Sabe enredar sus acusaciones. Será por eso que Macri cree que sólo sirve para “denunciar”.

Por eso fue raro que allá por 2012, en torno a la recuperación de YPF, dijese que Cristina era “un nuevo cuento chino: expropia lo vaciado que seguramente será pagado con el dinero de los jubilados y el respaldo de los ahorros de los argentinos”. O que en 2013, luego de que, una vez más la entonces presidenta chicaneara a la Justicia con la idea de ser juez después de 2015, Lilita saltara: Puede ser juez, pero el problema es que va tener que presentar el título de abogada, que no lo presentó en diez años (…) Va a ser una buena oportunidad para que los argentinos sepamos si efectivamente se recibió de abogada o no”. Es de suponer que avanza sobre estas acusaciones de plastilina, estas infamias de baja estofa, obligada por sus compromisos con los poderes fácticos, aunque sin ninguna convicción. Sin gozo. Sin disfrute. Sabiendo que, además de ella, habrá decenas de voceros de mala calidad diciendo lo mismo.

Distinto es cuando la que organiza la construcción acusatoria es ella. “Cristina está bailando sobre el cadáver de Nisman -arrancaba en febrero de 2015 cuando, junto a unos pocos más, encabezaba el inicio de la campaña de destrucción del kirchnerismo con vías a la elecciones de octubre de ese año-.

“La señora Presidenta nos está humillando frente al mundo, el escándalo internacional de esto es terrible, la Argentina se ha vuelto dictatorial, se ha vuelto vergonzosa con este gobierno”, agregaba. Y luego arengaba: “… no hay que estar cuando la Presidenta vaya a hablar al Congreso (en la inauguración del período de sesiones ordinarias) porque va a ser una gran trampa y un espectáculo de Cristina, que no se victimice más, la víctima no es ella, la víctima es Alberto Nisman que está muerto”.

La estrategia se confirmaba días después. “¿Qué es lo que viene? Un golpe de Estado. ¿De quién? De Cristina Kirchner . A mí no me van a meter en un golpe, quiero que ella termine” y reiteraba que “El 1° de marzo yo no voy, por razones de seguridad. Ustedes saben cómo me gritan. No quiero que me maten (…) No voy a estar, como señal de que no le voy a permitir el golpe a nadie y a usted tampoco señora Presidenta” . Su remate era para un final a toda orquesta, cargado de metamensajes: “Estoy loca porque sé que estoy demasiado cuerda y sé que me pueden matar». La muerte, la amenaza, las medias palabras, las calumnias… Toda la construcción retórica del Carrió Style, puesta al servicio de una campaña que llevó a Macri a la presidencia en 2015. Sin embargo, Lilita no consiguió su fin último, su deseo más íntimo, su desquite: Cristina no sólo transitó amada y defendida por su pueblo los 4 años de gobierno de Cambiemos sino que, con un “gambito de Dama” desparramó la estructura de lawfare que habían armado para meterla presa y en 2019 le ganó a Juntos por el Cambio desalojándolos del gobierno. El amor… vence al odio, Lila.

Buenos Aires, 17 de diciembre de 2022.

*Licenciado en Letras, escritor, periodista y analista político.

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