Libros: El revisionismo como una bella arte y la literatura del “aguante” – Por Hernán Sassi

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Libros: El revisionismo como una bella arte y la literatura del “aguante” – Por Hernán Sassi

Cuadro San Martín, Rosas y Perón, de Alfredo Bettanin.

Cuadro San Martín, Rosas y Perón, de Alfredo Bettanin.

Acaba de publicarse Fuera de serie (Hasta Trilce, 2021) de Gabriel Lerman, una novela que se propone una lectura de la Historia no menos que intervenir con desespero en el presente.

Por Hernán Sassi*

(para La [email protected] Eñe)

I.

“Alfredo compartía con Jauretche la idea de que era perentorio construir una trama cultural amplia que involucrara a las clases medias, a los comerciantes y a los pequeños y medianos propietarios en una perspectiva nacional”.

Gabriel Lerman, Fuera de serie.

Un día nos despertamos y teníamos en frente a “la” novela de los noventa, Vivir afuera (1998) de Fogwill, registro de una pesadilla de la que aún no salimos. Otro día, sin que nos diéramos cuenta, pasó sin pena ni gloria la novela “del macrismo”, Ciudad amarilla (2018) de S. Martínez Cartier. En el medio, con pluma nostálgica, hubo autores que se aferraron a un pasado mítico a fin de probar que el peronismo podía no ser neoliberal, y acaso, luego de caído un muro, cuando ya nadie lucha “contra el Capital” como reza una marchita, se animaría al menos a jugar una ficha por la felicidad del pueblo. Entre otros escritores, eso creyó J. D. Incardona, también Gabriel Lerman que, igualmente nostálgico, da un paso más y escribe la novela que faltaba, “la novela kirchnerista”.

Ubicada en pleno macrismo, cuando el pueblo movilizado advirtió que el desatino de la Corte Suprema al aunar crímenes de lesa humanidad con delitos comunes tiene un límite, el que pone el pueblo precisamente, Fuera de serie aporta una mirada retrospectiva sobre la década del 70 –aunque va más allá como se verá–, momento en que Alfredo Bettanin pinta el tríptico San Martín, Rosas, Perón, obra que funciona de pivote en la novela y también de excusa para el verdadero fin narrativo: echar una mirada revisionista de la Historia y, como tal, intervenir en el presente.

El relato acompaña a Atilio Diez, un profesor presto a convalidar su cargo mediante un concurso público que le permitirá pasar a planta, ese “paraíso” en el Estado al que, dado el triunfo del neoliberalismo, pocos acceden, incluso bajo gobiernos Nac & Pop. Seguimos sus días y, por su intermedio, nos trasladamos a un “minué montonero”, a los años de FORJA y De frente, al tiempo en el que aún existía la bohemia y se moría por una idea con fusil en mano y pastilla de cianuro en el bolsillo.

Según se cuenta en la novela, tras un itinerario tortuoso que supuso el fusilamiento del pintor y el suicidio de su hija (si algo prueba la novela, es que el “Viva el cáncer” y “Muerte a la yegua” no caen en saco roto), el tríptico, antes de ser arrumbado en un desván durante el macrismo, fue exhibido en el Museo del Bicentenario, uno de los tantos enclaves desde los cuales el kirchnerismo exhibía su lectura de la historia argentina. Esta es la verdadera motivación de la novela: ubicarse como relato en lo que se llamó en estos años “batalla cultural”, una batalla perdida –mal que le pese a B. Sarlo, quien daba por cierto hasta hace poco el triunfo del “discurso K”–, pero con guerra en curso, de ahí la importancia de un texto como este.

En Política nacional y revisionismo histórico (1959), Jauretche sostenía que, después de Caseros, el discurso histórico, consolidado desde las universidades y escuelas, pero también desde diarios, revistas, la radio –y hoy agreguemos las redes–, no era más que una falsificación para que el pueblo ignore cómo se conduce una nación y, sobre todo, en beneficio de quiénes. Según el autor del Medio Pelo y las Zonceras, un modo de contrarrestar ese discurso oficial –el discurso del “poder real”, diríamos hoy– era consolidar otra narrativa, menos una contracara boba (típico modo de “bajarle el precio” al revisionismo) que una sólida lectura de la historia que esté al servicio de una política verdaderamente nacional, esto es, una política en beneficio de la Nación y no de un partido.

Con reacomodamiento de feriados nacionales y monumentos, con celebraciones de fiestas patrias –algunas, pantagruélicas como la del Bicentenario– y discursos henchidos de guiños y menciones a la historia de este país y a sus referentes populares, frente al “Fin de la Historia” planteado por correveidiles del Capital en su fase más feroz, el kirchnerismo apostó por una fuerte lectura de la Historia, una que restituyera la voz de los vencidos.

II.

“Esta historia ha sido para que los argentinos tuviesen una idea irreal del país y de sí mismos. Se logró crear la idea del país como de una cosa abstracta, o de algo ubicado en la estratósfera, ajeno por completo al juego de los intereses sociales y económicos internos, y desde luego, a los externos.”

Arturo Jauretche, Política nacional y revisionismo histórico.

Como Maradona, C. Menem es recordado por hechos y dichos, unos más hilarantes y esperpénticos que otros, pero todos en sintonía; después de todo, actuamos como hablamos, no viceversa.

En la memoria popular aún queda el recuerdo del día en que aquel presidente celebró la posibilidad de llegar a la estratósfera “y desde ahí elegirán el lugar donde quieran ir”, dijo visiblemente entusiasmado. Por entonces, Menem era hablado por el discurso neoliberal, lo cual era evidente en una política económica que enviaba a la “estratósfera” a cualquier alternativa en beneficio del pueblo; era hablado en ese rubro mucho más que en lo referido a la relectura de la historia, que incluyó la repatriación de restos de Rosas y una previa iconografía caudillesca que le dio semblante de líder de las clases populares. Dicho de otro modo, cuando no había triunfado el neoliberalismo del todo como hoy, aún era posible que un resquicio del discurso revisionista estuviera presente en la cultura en plena farandulización de la política y extranjerización de la economía.

Ahora bien, frente al neoliberalismo que nos toca, ese que borra la Historia de los billetes y repone desfiles militares (dos caras de una misma y feroz lectura del pasado y del presente), Fuera de serie repone la Historia. Lo hace bajo el prisma de una novela de tesis revisionista con un afán didáctico en las antípodas de la propuesta estética del tríptico que le sirve de núcleo sensible.

Como reverso de Salvatierra (2008) de P. Mairal, novela imantada también por una pintura –ésta ficcional–, pero entregada a la pequeña historia en plena “batalla contra el campo”, Fuera de serie elige menos la Historia que un modo militante de leerla. La novela apunta a “Los hombres que hicieron grande a la patria”, los “fuera de serie”. Haciendo a un lado el orden pesadillesco que rige el tríptico de Bettanin –un orden que, de la mano de Goya, Delacroix y Velázquez, rescata E. Rinesi en el posfacio de la novela-, olvidando incluso la lección estético-política que dejó ese panel onírico de L. Favio que fue Sinfonía de un sentimiento (1999), todo un friso revisionista en pleno peronismo neoliberal precisamente, a Lerman lo gana un afán didáctico (y es razonable: lee el pasado para intervenir en el presente) desplegado en páginas y páginas en las que se explican las escenas del tríptico, y es así que la novela por tramos no asume que el arte, incluso el realista y “de batalla” como en este caso –como los cuentos de Scalabrini, Moyano y Rozenmacher, para mencionar algún ejemplo–, está más cerca del Bosco que de Billiken.

La revista Billiken supo ser un instrumento pedagógico que no tenía nada que envidiarle a los textos de primaria del primer peronismo por medio de los cuales se aprendía tanto a leer y a escribir cuanto a honrar a Perón y a Evita. Billiken era apéndice kiosqueril de la versión liberal que había primado en la escuela desde la Generación del 80 al presente, incluido el primer peronismo, aunque no se crea. Por el contrario, Zamba, el mítico dibujo animado de un tiempo ido en que niños y niñas tenían hambre de relatos y de experiencia (no como hoy, que miran absortos cómo otros/as jueguen por ellos/as en las pantallas o abran juguetes que ellos/as nunca abrirán), ese dibujo animado revisionista, no fue solo una necesaria contracara en tiempos en que del liberalismo de Sarmiento y Alberdi ya no queda nada. En Zamba hubo algo más.

Además de reverso revisionista, Zamba es una pieza artística. En más de uno de sus capítulos se le tomaba el pelo no sólo a Mitre y Sarmiento, lo cual es esperable en un friso de esta índole para las nuevas generaciones, sino al mismísimo Rosas, que aparece, amén de como un defensor de los intereses nacionales, también como un narcisista insoportable, un personaje salido (que lo era) de Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina de J. M. Ramos Mejía. Dicho de otro modo,como en la obra de Marechal, de L. Lamborghini, de Santoro, en Zamba hay algo que se escapa de la corrección política propia del clisé revisionista.

La paleta de Lerman es muy otra, una que, sin un ápice de humor, se enfoca en la crueldad de una batalla que no es solamente discursiva. Su novela, un texto escrito con fervor argumentativo y hasta documental –a propósito, no son pocos los pasajes en los que se palpa un estudio denso y honesto, y no solo militante, de fuentes soterradas adrede por la historia oficial–, es una novela de trinchera, una suerte de ensayo literario que hilvana escenas a fin de restituir la historia de las clases populares en tiempos en que, ya bajo la lógica de la sociedad de las pantallas, ya por arbitrio de los políticos que encabezan la revolución de derecha triunfante, impera el puro presente.

II.

“Me ata un fuego y mi sueño duerme aquí”.

Patricio Rey y sus redonditos de ricota, “Perdiendo el tiempo”.

Pero Fuera de serie es un texto de batalla no sólo frente al neoliberalismo. De T. Abraham a L. Rozichner, de V. H. Morales a R. Caballero, hace más de una década que, bien desde una raigambre filosófica o bien periodística, esas embestidas son ya moneda corriente. El texto de Lerman, y más leído hoy, al promediar el gobierno de A. Fernández, da un paso más.

Cuando la voz de orden –ahora sólo del progresismo, pues la derecha ha dejado hace rato los “buenos modales” de la pretérita democracia burgueesa– es el “diálogo, consenso (y coso, como suele agregarse últimamente)”, y cuando el peronismo “de Puerto Madero” no es otra cosa que un espantoso retorno de lo reprimido de los 90, la novela de Lerman actúa como literatura del “aguante” kirchnerista, una “678 literaria”, una “tanqueta” que funciona como bocanada de aire fresco.

Si T. Eloy Martínez en su Santa Evita siguió las pistas de una “muerta que vive”, con igual vena periodística Lerman trató de oír los ecos de un tríptico, pero no de cualquiera, sino de uno que recuerda emblemas de un partido que hoy está más cerca del sello de goma que del sólido movimiento de masas que supo ser. En un tiempo en el que el peronismo olvidó banderas y principios éticos que están en la base de un ideario y un puñado de transformaciones que son su orgulloso paraíso perdido, ese óleo, que sirviera de ilustración para una enciclopedia de la historia argentina, hoy es solo una pintura rupestre.

Queda a las nuevas generaciones hacer de este ícono –y de otros como el Nestornauta o la leyenda que señala a una “Yegua, puta y montonera”, agregará Lerman– un santo grial que renueve la llama de una necesaria rebeldía tanto frente al este desierto de lo Real neoliberal como frente a su sostén más firme, el progresismo blanco y moralista, según nos advierten –y no escuchamos– A. Erriguel, M. Arenas, C. Quiroga y G. Orellano, entre otros.

En este marco, Fuera de serie contribuye a renovar la llama. No es poco mérito.

Lomas de Zamora, 23 de diciembre de 2021.

*Docente de Historia Social Argentina (UNDAV), de cine (FLACSO) y de distintas materias del profesorado de lengua en instituciones del Conurbano. Autor de «Cambiemos o la banalidad del bien» (Red Editorial) y de «La invención de la literatura. Una historia del cine», entre otros libros.

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