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Diferencias – Por Noé Jitrik

El concepto de “diferencia” está en todas partes. Pero ¿qué es la “diferencia? ¿Lo sabemos? ¿Será posible pensar un mundo sin diferencias?

Por Noé Jitrik*

(para La [email protected] Eñe)

Comparaciones: dos cumpleaños llamaron la atención en los últimos tiempos, el de La Primera Dama en Olivos el año pasado y exhumado recientemente, y el de otra dama, Elisa Carrió, en su residencia de Exaltación de la Cruz, ambas en medio de restricciones por la pandemia. El primero reunió a 13 personas, desconocidas para la mayor parte del público, el segundo 70, conocidísimas, la plana mayor de los cambiemitas. Gran escándalo cuando se publicó la fotografía de la de Olivos, no mucho cuando la de Exaltación. Diferencia no sólo en eso sino en las respuestas de los responsables: Alberto Fernández admitió el error, pidió perdón varias veces, Carrió se expresó por medio de algunas lágrimas, mintió acerca de la autorización –que nadie le dio- y prometió irse del país, tremenda amenaza que gracias a la Virgen de los Desamparados no cumplió. Muchos escépticos pensaron que ambos mintieron en sus respuestas pero en el caso de Fernández es difícil afirmarlo porque nunca se lo había acusado de esa felonía, en el de Carrió no, porque miente todos los días y cuando no tiene algo que envidiarle a su mortal enemiga, se miente a sí misma. En el primer caso aullaron indómitos periodistas en diarios y canales y durante unos cuantos días, en el segundo soslayaron e ignoraron. ¡Vaya con las diferencias!

Para algunos analistas políticos el episodio de la noche de Olivos perjudica a Fernández, sostienen que perdió credibilidad, vaya uno a saber; el de Exaltación de la Cruz no les hace mella, con lo que le pasa a Carrió hay quien le cree, imitando a Olinda Bozán o los cocodrilos la asistan, o se ríen de sus chistes, de modo que habrá que ver pero eso no importa, el episodio se borrará pronto, hay cosas más importantes que ese chismerío; lo que queda como importante es, precisamente, la diferencia, es complicado vivir si no se consideran las diferencias.

Eso me lleva a detenerme en esa palabra y en su concepto puesto que por poco que uno lo considere se advierte que atraviesa la existencia entera, en primer lugar determina las especies, no es lo mismo las plantas, y en ellas cada una respecto de la otra, luego de los animales, no es lo mismo un loro que un hipopótamo, los minerales y, por último, lo más interesante, los seres humanos, no es lo mismo un macho que un hembra: ése dotado de genitales hacia afuera, ésa de genitales hacia adentro, importante diferencia, para gran parte de la humanidad muy estimada aunque haya también muchos que no lo admiten de modo que unos quieren ser como son las otras, muchas como los otros: a veces apelan a supresiones, dolorosas pero relativamente fáciles, más difíciles son las adquisiciones, quién sabe, no siendo médico ni ortopedista, cómo se podrían ejecutar. En esos casos la diferencia, si bien se la combate, no desaparece pero languidece y casi casi pierde la partida respecto de la transferencia. A otros, siempre hay un tercero en discordia, ese movimiento tampoco les gusta y no quieren ser ni una cosa ni la otra. No es sencillo el tema pero lo que queda es, justamente, el concepto que se pone en cuestión.

Muchos, que no llegan a ese punto en lo físico pero sí en lo psicológico, lo resuelven en el lenguaje, con sólo aplicar en los finales de ciertas palabras que implicarían nociones de género la letra E, que consideran más incluyente, genéricamente hablando, que otras vocales, a las que acusan de excluyentes, las horribles O y A. Dejan fuera, tal vez porque las consideran inocentes, a la I y a la U, tranquilas en sus respectivos nichos, todavía no les han encontrado culpas mayores ni han advertido que entre la O y la U hay una especie de pacto, se pone diligentemente la  U cuando la palabra cercana empieza con la O, y entre la I y la E pasa lo mismo.

No faltarán encontronazos respecto de estos elementales apuntes, quizás no valga la pena tenerlos en cuenta pero no es cuestión de sacarlos de la mesa como si el festín hubiera concluido. Algo queda y es el concepto mismo de “diferencia” que no me parece eliminable y que, como señalaba inicialmente, está en todas partes. Pero ¿qué es la “diferencia? ¿Lo sabemos? Como toda palabra tiene su historia, el lenguaje no es natural, fue creado lentamente y de algunas palabras se sabe cómo.

La palabra viene del verbo latino “ferre” que quiere decir “llevar” y que pide varios prefijos; el que nos importa es el “di”, que da origen a “diferencia” e indica, con una potencia creadora, “ir a otra parte”, o sea separar, y alejar. Ha producido numerosas variantes, “diferir”, “disentir”, “dividir”, “distinguir”, “disolver”, etcétera, emparentadas todas por la idea de lo lejano y “otro”. En el uso se ven sus alcances: el que me importa ahora es el relativo a la “diferencia” que, como lo señalé posee una fuerza significante muy grande en todos los órdenes a los que se refiere, otra palabra hija de la misma madre, “ferre”. ¿Cómo abordar esta cuestión?

Por de pronto es evidente que hay varios tipos de diferencias: las naturales, las indispensables y buenas y las malas.

De las primeras en general se ocupan las ciencias para determinar en qué se fundan, por ejemplo entre salud y enfermedad, entre crecimiento y parálisis, entre día y noche, entre verano e invierno, etcétera. No me detengo en ello, son aceptadas, no hay más remedio.

Las otras son igualmente interesantes, porque no son “naturales”, pero más complejas, por ejemplo entre leer y escribir, entre conocimiento e intuición, entre egoísmo y altruismo, entre atención y distracción, entre cuidado y descuido, infinitas e incesantes: lo que tienen de bueno es que permiten u obligan a elegir en relación con aspectos corrientes de la vida y generan juicios de valor porque, qué duda cabe, si no se distingue entre cuidado y descuido, por elegir una opción de entre todas ellas, las consecuencias son tan previsibles como inevitables ,si cuido mis pasos no me caigo, si los descuido puedo caerme.

En cuanto a las malas, dan lugar a acciones de un alcance que podría llamar histórico y constituyen gran parte de la gesta humana: la diferencia entre ricos y pobres, entre poderosos y sometidos, entre tramposos y honestos, da origen a enfrentamientos tales como la lucha de clases, las opciones políticas y las instituciones y los códigos respectivamente porque invitan a hacerla desaparecer. ¿Cómo habría tomado forma la idea de “igualdad”, que, a su vez, fue uno de los sustentos de la revolución francesa y, sucesivamente, fue un ingrediente de la modernidad, si no se estimara la diferencia que existe entre explotadores y explotados o entre opresores y oprimidos y no hubiera habido quienes querían eliminarla, los pobres por supuesto, cortando las cabezas de quienes intentaban conservarla, gritando de dolor, los ricos? Por supuesto, no es que esa diferencia haya sido suprimida, muy por el contrario sigue alimentando toda política, así sea enunciativamente, y da lugar a nuevas diferencias, por ejemplo entre cumplimiento de la promesa y la traición.

Pero tampoco esto es una novedad. Quiero creer que toda literatura se alimenta de la diferencia, que consideraría felizmente buena, en primer lugar porque es lo diferente de otros modos de existencia, de lo “real”, término preferido del psicoanálisis que lo llaman “el real”, pero porque casi toda construcción imaginaria retoma los términos antagónicos y los potencia. ¿No lo vio, acaso, Shakespeare, que vio casi todo, cuando emitió por boca de un personaje esa sentencia que se hizo famosa, “Si nos pincháis, ¿no sangramos?” y que sería no sólo una postulación de igualdad sino de anclaje y fundamento de la ley?

Para todo este razonamiento, plagado de saberes y lugares comunes, partí de una diferenciación que en principio parece sólo de comportamientos pero que adquirió dimensiones de significación política. Se diría que toda política tiene ese fondo y es poco probable que desaparezca; ni siquiera es deseable que desaparezca; lo deseable es que los términos enfrentados, o sea las concepciones y acciones concretas lo reconozcan y haciendo que mejoren la convivencia que ya existe entre ellas, es lo único que puede modificar sus respectivas limitaciones; por ejemplo si los ricos no van a desaparecer que sean menos ricos y si, como dicen los escépticos, siempre habrá pobres, que sean menos.

¿Será posible pensar un mundo sin diferencias? Lo es: se llama “utopía” y a veces se ha intentado pero se vuelve al redil y lo único que queda por delante es que, en algunos casos, la literatura sin ir más lejos, es bueno que las diferencias subsistan y se acentúen, dónde quedaría la originalidad si no ocurriera y es malo que subsistan si no hay posibilidades de cambio en la sociedad, si la enfermedad y la miseria prosiguieran indefinidamente en su espantosa diferencia.

Cristina y Carrió: ¡qué diferencia!

Buenos Aires, 29 de agosto de 2021.

*Crítico literario, ensayista, poeta y narrador.

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