De aplaudir o cacerolear – Por Oscar Steimberg

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De aplaudir o cacerolear – Por Oscar Steimberg

¿Qué diferencia el acto de aplaudir al de cacerolear? Oscar Steimberg lo aclara en esta nota. Con el aplauso se comunica la vigencia de algún tipo de producción de sentido que podría crecer o cambiar; con el cacerolazo se reitera un rechazo o, más genéricamente, una manifestación de indignación.

Por Oscar Steimberg*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Estar frente a pantalla, en diálogo televisual, y encontrarse con la imagen de la silla sola del interlocutor, que acaba de avisar que va a buscar café. Y descubrir otra vez que hay sillas, sobre todo las ergonómicas, que en ausencia del usuario asumen características exitosamente homoicónicas: el respaldo remite cada vez más al torso, los soportes laterales a los brazos y, sobre todo, el soporte superior a la cabeza… ¿Como si en la silla llegara a verse también un rostro? No. Pero esa cumbre de silla recuerda a una cabeza no solo por su emplazamiento sino también por su tamaño, por su conformación general…  o por ese afinamiento de la parte inferior en relación con la superior. O por la curvatura de los bordes, o por la de los ángulos… El parecido se logra, claro, con la sencillez de la repetición. Y si en la conversación se había estado hablando precisamente de frases hechas, de reiteraciones conceptuales con altos grados de formalización…, puede que el mueble-máquina empiece a aparecer como representación, deliberadamente dejada por el ausente, de proposiciones o comparaciones presentes en la conversación.

Se podría haber estado hablando precisamente de eso, del descubrimiento en algún discurso de la frecuencia de sus reiteraciones. De la insistencia de las comparaciones, a las que podría haberse apelado también en simples minimizaciones o ampliaciones elegidas para que no cambien nada… O de otras reiteraciones, por ejemplo en la elección de temas, como el de los delitos económicos en las denuncias del debate político, o en la de las frases conocidas en las tomas de posición  para el debate (de ataque, o de defensa, o de propuesta inicial o final de discusión).

Después del retorno a su silla del interlocutor, claro, podrán irrumpir otra vez las novedades: cada uno de los sujetos de la conversación tratará de apurar e intensificar los efectos retóricos de su decir, desaparecerá la previsibilidad del silencio adosado al esquema de sujeto sentado convocado por la silla ergonómica cuando quedó sola. ¿En todos los casos? No. Hay previsibilidades, en primer lugar determinadas por estilos discursivos compartidos, y en ciertos universos del intercambio verbal en mayor medida que en otros; y en algunos, de manera poco soportable para los ajenos a la conversación. Suele haber niveles elevados de repetición en las conversaciones entre gente cercana cuando se habla de deportes, de política… A veces parece ocurrir que los conversadores estén tratando de que las repeticiones aparezcan como eso, como reiteraciones convocadas para que el otro esté seguro de que se quiere facilitar el retorno de un intercambio habitual.

Pero las reiteraciones amigables, bienvenidas por los allegados habituales a la charla, pueden ser, por supuesto, todo lo contrario para el resto de la gente. Con el deporte eso ocurre con un alto nivel de intensidad, y con la política también. Los estallidos de violencia pueden parecerse, y a veces podría pensarse, por ejemplo en finales de fútbol, que la violencias de cancha no llegan a las de la confrontación política apenas por carencias circunstanciales de poder de los involucrados.

Sólo que las diferencias enunciativas, entre ambos estallidos, pueden ser también importantes. En el fútbol, la pertenencia a una hinchada puede relacionarse con cualquier fundamentación de la adhesión, que puede abandonarse (el tipo de fundamentación elegido) apenas ocurra algo que complique la continuidad de algún tipo de argumentación o de énfasis. Puede haberse sostenido –siempre- que en los desempeños de un equipo se cultiva un estilo de juego cuidadoso e inteligente, sin que eso dificulte la defensa eventual de un comportamiento de brutal violencia en alguna circunstancia de confrontación; y viceversa. Mientras que en la política esos sacudimientos de límites están siempre hasta cierto punto dificultados por la necesidad de una continuidad de discurso; no puede no defenderse una nueva variante en la concesión o limitación de poderes o derechos, cuando afecta las anteriores, permanentes asunciones y políticas del enunciador. Aunque siempre haya modos de manejar o actualizar los modos de esa obligación: el discurso político tiene siempre modos y recursos múltiples, que a veces hasta pueden bordear la palabra o reiterarla o adornarla hasta llegar a las instancias de una producción artística, en todas las maneras del arte, como las de la danza o la música.

Sabemos que en el discurso político siempre se incluye la repetición, aunque se reconozca la importancia de la novedad. Pero también que hay diferentes tipos de repetición, como hay diferentes proyectos políticos y diferentes modos de plantarlos frente a los que se quiere convocar. Y tal vez podríamos coincidir también en que en las corrientes o momentos internos a cada partido político en los que se promueva un compartir la palabra entre tendencias y corrientes internas, debe acompañar a ese reconocimiento el de la legitimidad de las propuestas para su continuidad o reformulación. Y más: que en los modos de esos planteos puede advertirse la presencia o ausencia de esas aceptaciones o negaciones. En modos que pueden manifestarse hasta en el tipo de las expresiones de apoyo o rechazo empleadas por los adherentes a cada tendencia.

Las diferencias pueden desplegarse a través de distintas señales; por ejemplo, en el modo de cada corriente de hacerse ver. De hacerse ver u oír en las manifestaciones o los actos públicos. Últimamente fue notable, para los habitantes de distintos barrios de la capital, una diferencia ¿instrumental? entre modos de hacerse oír de manifestantes en tanto defensores o enemigos de actuales políticas o ejercicios de funciones de Estado en el país. Se sabe: durante un período extenso, los que en esas manifestaciones expresaban su apoyo a lo que enfermeros y médicos estaban haciendo contra la pandemia aplaudían, insistentemente a determinada hora de la noche temprana, mientras los del lado contrario arrancaban en otra hora también cercana al comienzo de la noche, pero con una diferencia notable en el modo o el recurso de la manifestación: los que querían comunicar su apoyo aplaudían, mientras que los que rechazaban toda política oficial del momento (esa u otras) reiteraban cada noche un cacerolazo.

Creo que es útil comentar la diferencia: el aplauso muestra apoyo a las particularidades de aquello por lo que se está tomando partido; se está señalando especialmente un hecho que puede aprobarse más o aprobarse menos como ocurre en los diferentes niveles de aplauso a conciertos o conferencias; mientras que el cacerolazo repite una manifestación de apoyo o repudio (principalmente repudio) ya cerrada, ya última. La cacerola te remite, como en las socialidades organizadas en torno a los rituales de comidas, a lo ya elegido, que se quiere ya definido y aceptado; las manos que aplauden, en cambio, hablan de una realización que se está en ese preciso momento definiendo y comentando; que puede tener algo de nuevo a aprobar o discutir. Las cacerolas pueden ser algo querible y entrañable, pero solas no traen novedad; sólo insisten, persisten, repiten lo que para tener algún sentido específico debió haberse ya terminado de definir en otro lado. Mientras que los que aplauden muestran que están asumiendo también un rol de calificadores, y no únicamente de partidarios; con los caceroleros suele ocurrir más bien que sólo aporten a una escenificación del repudio o el rechazo. Podría no importar, por ejemplo, que junto a la expresión de rechazo no aparezca ninguna propuesta sustituyente.

¿Resumiendo?: con el aplauso se comunica la vigencia de algún tipo de producción de sentido que podría crecer o cambiar; con el cacerolazo se reitera un rechazo o, más genéricamente, una manifestación de indignación; no necesariamente, en cambio, una proposición alternativa… Podría pensarse también que si en una instancia política triunfa un discurso en que los cacerolazos invisten una condición de palabra central o mayor, un cambio de poder que continúe o represente a los sujetos del ruido podría parecérseles por su condición de manifestación simple, genérica, oscura y absoluta.

 

Buenos Aires, 6 de agosto de 2020

*Semiólogo y poeta.

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