

La Oficina de Respuesta Oficial, que no es una oficina, es apenas una cuenta de X, anunció que ofrecería datos en vez de relatos, y ya con eso empezó a falsear. Pero si en algún lugar resulta difícil señalar esa falsía y ponerla en discusión, es precisamente en X, ese espacio tan especialmente habitado por el ruido del aturdimiento que es tan propio de esta época.
Por Martín Kohan*
(para La Tecl@ Eñe)
El bajtiniano que hay en mí se ilusionó con la creación de una Oficina de Respuesta. Y es que esa concepción del discurso, la que propone que la palabra como tal se piense siempre como respuesta a una palabra precedente y que quede, en razón de eso mismo, abierta siempre a la posibilidad de que una palabra ulterior le responda a su vez, es lo opuesto exactamente a la palabra monológica, a la palabra autoritaria, la que se cierra a la diversidad de las visiones del mundo y se anquilosa en la rigidez de una perspectiva que no admite alternativas ni siquiera para refutarlas.
El bajtiniano que hay en mí se ilusionó. Su ilusión fue de cristal, se rompió apenas vio (y se vio inmediatamente, y se vio muy claramente) que una de las cualidades más notorias de la Oficina de Respuesta Oficial consiste en que no responde. Si se le dirigen preguntas, no las responde. Y si se le dirigen réplicas puntuales a alguna de sus afirmaciones, otro tanto. Los textos que esa Oficina publica, aunque se designan como respuesta, no se abren verdaderamente a la interacción con la palabra ajena. No están hechos para responder al otro, están hechos para hacerlo callar. Van en la línea del exvocero Adorni, que esgrime la palabra “Fin” (esto es: asunto terminado, esto es: no se digas más) en cada mensajito que expide.
La Oficina no es una oficina, es apenas una cuenta de X. No bien se enteró, el bajtiniano que hay en mí empezó a entender que se había redondamente ensartado al hacerse sus ilusiones. Porque en X ocurre con especial frecuencia que el que dice algo, lo escribe y lo publica, se ofusca si se le responde, ya sea por lo que se le responde o por el hecho mismo de que se le responda, y reacciona bloqueando, insultando desencajado o soltando vacuos diagnósticos psicológicos forjados sin ton ni son.
El propósito de despejar el espacio de la verdad, desmalezándolo cuidadosamente de las mentiras y los amañamientos que hoy circulan en escala viral, ilusionó al materialista histórico que hay en mí. El mundo existe objetivamente y puede ser conocido objetivamente. Aunque, claro: esa verdad, que también existe objetivamente, no deja por eso de ser objeto de disputa (más bien, en todo caso, al revés: es objeto de disputa por eso mismo, sin la apaciguada laxitud que es propia de los relativismos, donde cada cual dice lo suyo sin trabarse en relación con lo que digan los otros).
La Oficina no es una oficina con un grupo de especialistas que se ocupa de dirimir verdades, exponerlas con fundamento y sostenerlas ante otras versiones, sino apenas una cuenta de X con un twittero o un puñado de twitteros que deambulan chapuceramente en las redes. ¡En las redes, precisamente, que es donde la verdad se ha visto dañada hasta el punto de dejar de importar! ¡En las redes, precisamente, donde los videos falsificados o las declaraciones distorsionadas campean a sus anchas y promueven arteramente el engaño metódico (que Lospennato se bajaba de su candidatura, que Recalde no leyó el proyecto de ley que se trataba, que los molinetes de cierta cancha se liberaron para completar lugares, y un etcétera kilométrico de incontable extensión)!
Que la Oficina de Respuesta no responde se advirtió inmediatamente, y se advirtió inmediatamente que es muy proclive a decir cosas falsas (o posturas controvertidas que presenta como verdades manifiestas, lo que es una forma de falsedad también). ¿Por qué aseguró, por ejemplo, que es mentira que en el Hospital Garrahan se hayan abierto sumarios contra aquellos que se ocupan de cuidar la salud de nuestros niños, alegando que en realidad se abrieron contra aquellos que sostuvieron un plan de lucha, cuando es perfectamente posible considerar (yo mismo, por ejemplo, sin ir más lejos, así lo considero) que quienes sostuvieron y sostienen un plan de lucha no hicieron sino cuidar la salud de nuestros niños, defendiendo ese hospital de excelencia del embate de vaciamiento del gobierno nacional? ¿Por qué sostuvieron, con el tono altanero de la desmentida displicente, que la edad de imputabilidad en el Uruguay no era ésta sino aquella otra, y esa otra que declaraban estaba en verdad equivocada? ¿Por qué exhibieron tan sin pudor severos errores de comprensión en la lectura de un texto que rebatieron, pero haciéndole decir cosas que en realidad no decía? ¿Lo hicieron de mala fe o porque es cierto que una proporción significativa de argentinos hoy no consigue comprender lo que lee? ¿Lo hicieron con mala intención o por lo común que es que, en las redes, se lea con ligereza y se entienda mal lo leído?
Al anunciarse la creación de esta Oficina de Respuesta se apeló a una formulita labrada durante el macrismo: la que opone dato vs. relato. Es decir, la que pretende que los datos conllevan verdad intrínsecamente, y que esa verdad está dada y habla por sí misma; como si no existieran, no solamente los datos falseados, sino ante todo la necesidad de adoptar criterios para el establecimiento de esos datos (¡ni más ni menos que lo que en estos días se discute en relación al INDEC!) y luego la necesidad de adoptar un criterio para su correcta interpretación: como si los datos no precisaran ser pensados ni analizados. Y a continuación, como si “relato” implicara por sí mismo “mentira”, como si narrar implicara necesariamente mentir; como si no existieran relatos falsos pero también relatos verdaderos. Hasta lograr la implementación de este mecanismo de engaño, rudimentario pero eficaz: que haya quienes creen en todo enunciado que abunde en números, y malicien que hay un engaño ante cualquier enunciado que dispone secuencias de relación en el tiempo, algunas tramas de sentido en la historia.
La Oficina de Respuesta anunció que ofrecería datos en vez de relatos, y ya con eso empezó a falsear. Pero si en algún lugar resulta difícil señalar esa falsía y ponerla en discusión, es precisamente en X: ese espacio tan especialmente habitado por falsías y violencias verbales, por el ruido de aturdimiento que es tan propio de esta época. Abrir ahí, ni más ni menos que ahí, esta supuesta oficina fue un acierto, pero no en los términos éticos de la valoración de la verdad, sino en los términos pragmáticos de la pura eficacia política (esa que tan bien vio y definió aquel autor: Nicolás Maquiavelo)
Domingo, 15 de febrero de 2026.
*Escritor y docente universitario. Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.

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