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Corriendo a la deriva: Del Indio a CFK y el feminismo – Por Eduardo Medina

En este artículo el politólogo Eduardo Medina realiza una articulación de tres experiencias culturales y políticas diversas transformadas en movimientos que se apropiaron de espacios haciéndolos territorios, como lo son el “ricoterismo”, el kirchnerismo y el feminismo;  movimientos que se superponen en ciertas franjas, y que expresan sujetos atravesados por las tres experiencias; movimientos ligados por su trabajo con la cultura, su inserción en ella, su modo de escarbar en momentos o procesos culturales definidos.

Por Eduardo Medina*

(para La Tecl@ Eñe)

 

En Tandil es la medianoche del sábado 12 de marzo del año 2016. El concierto termina. El público aún conserva muy alto la adrenalina de lo que acaba de pasar. Terminó JIJIJI pero todavía resuenan algunos acordes, algunos ritmos y el griterío infernal de quizás más de doscientas mil personas. El Indio Solari toma la palabra y lanza un cierre distinto a otros. Se despide con cierto azoramiento, con un meditado asombro, impresionado por algo que está viendo frente a sus ojos y no termina de comprender. Entonces dice, “Imposible abarcar esto eh. No sé de qué se trata. No me quiero hacer cargo”.

De extensa y fornida trayectoria en esto del rock, Solari sabe que lo que está viendo trasciende por mucho su producción musical y va más allá del universo ricotero, místico o ritualista. Incluso ya no tiene tanto que ver con la contención que generó en los ´90 a toda una camada de jóvenes. En su movida, la Misa India, se están mezclando otros universos, otras esferas de la praxis, otros sujetos que acarrean, desde luego, otras subjetividades, pasiones, trayectorias. Todos esos cuerpos frente a él extasiados por lo que acaban de vivir, sacuden consigo un plus, un algo más, una especie de energía cultural que trajeron al recital para descargar allí, o tal vez para re-significar allí. O para reafirmarla, quizás.

Es, de nuevo, marzo de 2016. El macrismo, erigido gobierno unos meses atrás, empieza a influir fuertemente en el universo político, económico y social del país. Se festeja la liberación del dólar. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual ya fue dada de baja. Se convalida que dos jueces de la Corte Suprema sean elegidos por el dedo del Presidente. Hay acuerdo con los fondos buitre y las amistades con los capitales depredadores se hacen más estrechas. En Jujuy, sin razón alguna, Milagro Sala lleva más de dos meses presa.

El 8 de marzo fue un día de activismo y reflexión, con movilizaciones callejeras intensas y efusivas, pero de no muchas personas. Los periódicos, en papel y digitales, registran el evento en algunas reseñas, en pequeñas notas al margen. El “Día de la Mujer” ha dejado de ser una fecha para frases melosas, posteos alusivos o envío de flores. “Violencia de género” empieza a ser un término que  aparece repetido en la sección de policiales. En distintas partes del país se van formando colectivos feministas, que engrosarán sus filas rápidamente.

El kirchnerismo ya se ve como un recuerdo borroso, oscuro, impensable en las representaciones que generó o pudo generar. Los que adherían, lo miran con una angustiosa nostalgia y exclaman como un mantra vamos a volver. Sus detractores, empiezan a cargar su nominación con todos los males posibles. El periodismo hegemónico muestra los rostros de los referentes kirchneristas y las causas que el tejido judicial va enredando sobre ellos. Cristina Fernández permanece en silencio en el sur argentino. En las redes sociales se produce una carnicería virtual a donde prevalece un posteo por sobre el resto: no vuelven más.

 

El Indio Solari, contra el gobierno de Macri: “Se tienen que ir, si no me tengo que ir yo”

 

En esa noche tandilense, el Indio largará una señal a las 21.30 que permanecerá escondida en el submundo que él mismo genera, y que provocará una especie de debate masónico al interior de sus más politizados seguidores. Arranca el show con Nuestro amo juega al esclavo. El mismo Indio Solari que en 2013, a través de Aníbal Fernández, le había enviado un mensaje a la entonces jefa de Estado que decía: “Toda mi vida acepté, a regañadientes, que la valentía era un recurso temporario de los jóvenes. Acercale a la Sra. Presidenta, si no implica molestarla, mi respeto por su templanza y su firme determinación juvenil”.

El espacio vacío del Hipódromo de Tandil ha sido apropiado frente al mítico cantante y es ahora un territorio. Ha pasado a ser un territorio tal como lo describe Rita Segato. Está frente a un lugar compuesto de cuerpos, marcas, lenguajes, experiencias. Hay allí una fuerte disputa por los sentidos. El que casualmente pasa por el lugar sabe que una comunidad se ha hecho de un territorio, se apropió de él, lo representó. Es suyo, momentáneamente, pero suyo. Es la Misa India. Pero esa experiencia de apropiación momentánea de espacios en torno a un liderazgo o a una consigna era también algo que el kirchnerismo había generado durante su famosa “década ganada”. Digamos que tanto el ricoterísmo como el kirchnerismo fueron a la par durante muchos años. Y ahora, en ese 2016, también sumaban al feminismo como compañero de ruta. Pero hay algo más que nos interesa marcar, y es que no son movimientos adyacentes o paralelos, sino que se superponen en ciertas partes, tienen sujetos en común, o mejor, hay sujetos atravesados por las tres experiencias, de una u otra forma.

Es claro que durante los últimos veinte años no son los únicos movimientos que se apropiaron de espacios haciéndolos territorios. También la derecha tuvo sus picos, sus momentos. Marchas por la inseguridad, “Conflicto del campo”, muerte de Nisman, etc.  Pero lo que puede lograr aunar en un mismo marco al kirchnerismo, el ricoterismo y el feminismo es su trabajo con la cultura, su inserción en ella, su modo de escarbar en momentos o procesos culturales definidos. Esa cultura que los circunda o les da base es aquella definida en su momento por Horacio González como la que piensa “el terror, las esperanzas perdidas y la posibilidad de que un débil hilo reconstructivo pueda aún recorrerla”.

Hay valores en común, frases que son remeras en un movimiento y en otro, artefactos culturales que se desplazan de uno a otro lado. “La Patria es el Otro, dijo y  me conquistó”; el mural con el beso lésbico entre Cristina y Eva Perón; el Indio Solari sosteniendo el pañuelo verde.

 

No podrán tapar las consecuencias de un plan económico que sólo distribuye pobreza”

 

Cuando Cristina dice sus últimas palabras como Presidenta el 9 de diciembre de 2015, “Gracias por tanta felicidad, gracias por tanta alegría, gracias por tanto amor, los quiero, los llevo siempre en mi corazón y sepan que siempre voy a estar junto a ustedes. Gracias a todos”, suena a continuación Juguetes perdidos y estallan los fuegos artificiales y los papeles picados.

Tres meses después, frente al Indio Solari estaba gestándose lo nuevo, lo que se compone de lo que muere y de lo que nace. O bien, lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer. Había dos tiempos que se cruzaban frente a sus ojos y él era el testigo más privilegiado de todos. Él era el espectador principal y a la vez la excusa para reunirse, para chocarse, para estremecerse unos a otros. No había allí causas o consignas, tampoco formas o límites. ¿Cuánto público había a ciencia cierta? No se sabe. ¿Quiénes eran? Tampoco. ¿Fueron solamente a escuchar música o a ver al cantante? Es posible, pero no solamente eso. Había una experiencia de comunidad presente allí que se ve en “El que no salta es militar”, los silbidos a Macri, algunos grupos que aisladamente cantaban el “Vamos a volver”.

Una experiencia generacional que sabe que en aquel lugar, en esa fecha precisa, en la hora indicada, va a suceder algo que los trasciende por completo. Esa experiencia, que es de comunidad, es ni más ni menos que la política misma obrando a toda máquina sobre las corrientes profundas, en las concepciones populares, en las conciencias plebeyas que han perdido su representación en el Estado, en un gobierno, pero no entre ellos mismos. La política trabaja con la cultura, se nutre de ella, se persuaden mutuamente. Como dirá González, “la cultura, si tal concepto puede esgrimirse unívocamente, es escape pero también un paciente escarbar en lo que el ánimo colectivo formula como inconcluso y no cicatrizado”.

El 11 de marzo de 2017, en el predio La Colmena de Olavarría, el Indio Solari dará su último concierto. En las horas previas al show, Abuelas de Plaza de Mayo emitían su habitual mensaje en la búsqueda de nietos apropiados por la dictadura cívico-militar a través de las pantallas gigantes del escenario. Los grupos que en la previa gritaban “Vamos a volver” eran muchos más que el año anterior. La imagen de la cárcel a donde permanece detenida Milagro Sala en Jujuy aparece como telón de fondo en Todo preso es político. Esa noche murieron asfixiados por la muchedumbre dos personas, Javier León y Juan Bulacio. Pasados tres años de aquel concierto aún no se sabe cuánta gente participó del mismo. Se habla de trescientas mil personas en un país de cuarenta y cuatro millones. Al terminar el concierto, y antes de entonar JIJIJI y que se despliegue “el pogo más grande del mundo”, el Indio admitió que lo que veía en ese momento no tenía nombre, no sabía cómo llamarlo y que era algo único. Irrepetible, agregaríamos nosotros.

 

Indio Solari despidió a Micaela cantando "Juguetes perdidos" - YouTube

 

Entre esas trescientas mil personas se encontraba Micaela García, militante de la causa Ni una menos y del Movimiento Evita durante el kirchnerismo; asesinada semanas después en Gualeguay, Entre Ríos, por el femicida Sebastián Wagner. En el velatorio de Micaela, el Indio Solari, a pedido de los padres, entonó por teléfono y para todos los presentes Juguetes Perdidos, el tema que la joven había querido escuchar en la noche de Olavarría y la banda no tocó.

El femicidio de Micaela García será un punto de inflexión definitivo en las luchas por la igualdad, la legislación sobre género y la concientización evidente y obligada de gran parte de la sociedad sobre la emergencia que suponen estos brutales hechos. El rostro de Micaela se hará bandera. Los movimientos de mujeres tomarán la calle masivamente en reclamo de este y otros tantos casos más, invisibilizados por los grandes medios y por las sociedades conservadoras que los rodean.

El movimiento feminista llegará a una intensidad social abrumadora a partir de marzo de 2018, cuando comience a tratarse en la Cámara de Diputados la ley sobre la interrupción legal del embarazo. Innumerables jornadas de lucha, ganando ampliamente las calles y plazas de distintos puntos del país. En ese marco, el kirchnerismo, hasta ahora endeble y titubeante frente a ese movimiento y ante la ley en cuestión, encabezados por Cristina Fernández, se volcará de lleno al respaldo del proyecto y se integrará casi por completo a dicho movimiento.

 

8M: Cristina Fernández de Kirchner celebró el movimiento feminista argentino

 

Como a veces se dice, la historia posterior es bien conocida. Alberto Fernández y Cristina Fernández encabezarían en 2019 una fórmula que destronaría a Cambiemos del poder. En el discurso de asunción, frente a una Plaza de Mayo desbordada, Alberto dijo, “Han pasado cuatro años difíciles, han sido difíciles para todos. Para algunos, como Cristina, mucho más difíciles que para otros. Cuatro años escuchamos decir que nosotros no volvíamos más, pero esta noche volvimos y vamos a ser mujeres… mejores…”. Y acto seguido sonaría bajo fuegos artificiales JIJIJI. En el medio, las cámaras registraban una bandera colgada de un mangrullo con los rostros de Cristina, el Indio y Maradona. Tres íconos de distintas esferas (la política, la cultura y el deporte) unidos por las muchedumbres populares a las que de una forma u otra le dan representación.

En esa noche de Tandil, el Indio se enfrentaba cauteloso a una sacralidad que era su público y su público desafiaba la sacralidad del Indio. Él y su Misa le daban una organización verbal, sonora, a toda una experiencia completa, y en ese asombro que expresaba frente al acontecimiento habilitaba a que el juego continúe. Un lenguaje común se gestaba entre esferas de distintas procedencias, rompiendo definitivamente la idea de autonomía entre las mismas, tal como anticipara Josefina Ludmer en Aquí América Latina, allá por 2010.

Hay campos de experiencia que se saben campos y otros que lo ignoran. El desconocimiento a veces ayuda a liberarse de los retenes. Esos dos últimos recitales ricoteros permitieron la confluencia de sujetos que hicieron estallar los límites de sus propias posiciones y le transfirieron la carga representativa de todo aquello a una sola figura, el Indio Solari, a sus letras y a sus melodías. JIJIJI es ya un himno político de una juventud que busca con ánimo festivo la significación precisa de su épica social.

Acostumbrados a ver funcionar la política en actos solemnes, entre rígidas instituciones y palacios sepulcrales, que todo suceda allí, en un recital, en una fiesta, en un “descontrol”, nos puede parecer extraño. Pero podemos familiarizarnos con la idea si pensamos que en los ´80, Charly García, Sumo o los Abuelos de la Nada acompañaron fenómenos de ese estilo. Se trata de una sedimentación social que no tiene principio ni fin, que nunca empieza y nunca termina; que no tiene lenguaje que la exprese y que solo a través de la identificación de algunos elementos puede nominarse de modo singular y provisoriamente. Las nuevas fuerzas que emergen en un tejido social carecen de intérpretes e interpretantes. Por eso nunca es bueno dar por cerrado un ciclo así porque sí. Cuando Mario Pergolini, en las horas previas al show de ese Tandil de 2016, le preguntó al Indio si acaso éste sería el último concierto, el cantante le respondió: “No, no. Vas a ver mañana”.

 

Paraná, 30 de agosto de 2020

*Politólogo (FTS-UNER)

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