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Ernesto Sabato le entrega las carpetas con el informe de la CONADEP a Raúl Alfonsín.

El reciente estreno de la película «Argentina 1985» motiva al autor de esta nota a poner en contexto epocal el juicio a las juntas militares recordando las posiciones frente a lo actuado por la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Ciudad de Buenos Aires y el gobierno radical de entonces; el papel fundamental de las Madres de Plaza de Mayo y la valorización del gobierno de Alfonsín que, como dice el autor, constituyó un «inequívoco bálsamo garantista” comparado con “el infame retroceso que significó el menemismo en todos los órdenes de la gestión de los asuntos de interés nacional para la sociedad argentina».

Por Juan Chaneton*

(para La [email protected] Eñe)

La capacidad técnica y política de proyectar una fuerza militar propia a grandes distancias es el hecho puro y duro que permite a un Estado-Nación desempeñarse como actor global de la política internacional. La Argentina hace mucho que renunció a pretensión tan alejada de sus posibilidades pero sigue completamente vigente el aserto de que, en el conflictivo y complejo marco de la globalización actual, ningún país puede aspirar a ser tenido en cuenta en el escenario global, y, por ende, a cumplir con eficacia el fin que legitima su existencia como Estado con derecho a tal existencia, si no cuenta con unas fuerzas armadas aptas para la elemental defensa de lo elemental: sus costas, sus fronteras, su espacio aéreo y, con ello, las condiciones de una integración virtuosa con sus vecinos del mapa geopolítico.

La degradación de los ejércitos a policías parroquiales perseguidoras de narcomulas y rateros de menor cuantía es el primer paso en el sentido apuntado de envilecer y destruir la fuerza militar nacional que es el único activo con que se puede aspirar a que una eventual «soberanización» de la Argentina (la ajustada expresión es de Mempo Giardinelli) se mantenga en el tiempo como política de Estado. Se trata del primer paso que propone Patricia Bullrich para dar inicio al proceso de revolcar a las fuerzas armadas por el barro de un descrédito que el pasado dictatorial cívico-militar-empresarial-confesional del período 1976-1983, justificó sobradamente en su momento histórico pero que ya hoy, y como dijo Hebe de Bonafini en la penúltima Marcha de la Resistencia (diciembre 2020), debería dejar de ser la vara con la que se mide y se exige de esas fuerzas un compromiso activo con el pueblo trabajador de la Nación en la perspectiva de un proyecto de país autónomo, industrial, popular y no atado a ningún hegemonismo global, pues, se infiere que esa debería ser la opción cuando se trata de un país, como la Argentina, con un 50 % de pobreza e indigencia.

Con premura digna de mejor causa y sin mirar un poco más lejos que el límite que marca la punta de su nariz, mascaritas varias se suman, a estas horas, al tren fantasma de la oportunidad progresista, celebrando, en línea con lo anterior, lo mismo que Marc Stanley, el embajador estadounidense, siempre que los militares vituperados no sean los «marines» con que los Estados Unidos derrocan y desestabilizan gobiernos a escala global.

Por lo demás, hay que decir que aquel juicio a los criminales de aire, mar y tierra (que no podrían haber hecho nada de lo que hicieron sin la inicial luz verde estadounidense), fue rechazado y repudiado por las Madres de Plaza de Mayo que, hay que decirlo también, tuvieron siempre una pobre opinión de la política de derechos humanos del presidente Alfonsín. Y ello se debía, básicamente, al hecho, persistentemente denunciado por ellas, de que tal «juicio a las juntas» fue selectivo de cabo a rabo, con lo cual se dejaba fuera de la punición a muchos torturadores y asesinos del período dictatorial. En este sentido y con el natural sesgo técnico, se expresó, por aquella época, el jurista, Marcelo Sancinetti (autor de «Derechos Humanos en la Argentina post dictatotial) quien fulminaba el criterio del tribunal de punir en base a la responsabilidad por arma y no por juntas, con lo cual se presumía iuris et de iure, es decir, sin admitir prueba en contrario, que cada comandante conocía sólo lo que había acontecido en su arma, lo cual era como decir que Videla o Galtieri no sabían que en la Esma se torturaba, pues el arma de ellos era el Ejército y no la Marina.

Es una pena que estos debates estén ausentes en la película Argentina 1985, pues si de debates  formativos y bienvenidos se tratara, éste debería ser, sin duda, uno de ellos. Y en la base de esos debates habita un núcleo incandescente y duro. Era el clima de época, expresado por las Madres, que venían luchando, en soledad, contra el terrorismo de Estado desde mucho tiempo antes. En términos muy generales, la crítica de la ideología y la ideología de la crítica, permite inferir, como señalamiento fundamental de las Madres de Plaza de Mayo, que el proceso de desmilitarización de la sociedad argentina no era encarado por Alfonsín ni con la convicción ni con la energía que eran imprescindibles para consolidar la convivencia democrática, y ello se debía, sedicentemente, a que, en última instancia, el interés y la función de clase del Estado, bajo una forma dictatorial, no difiere sustantivamente de ese interés bajo una forma de Estado parlamentaria. No obstante lo cual el balance histórico exhibe hoy, con las ventajas que proporciona el transcurso del tiempo, la evidencia de que Alfonsín fue un inequívoco bálsamo garantista, sobre todo si se proyecta su gobierno contra el infame retroceso que significó el menemismo en todos los órdenes de la gestión de los asuntos de interés nacional para la sociedad argentina.

Adolfo Pèrez Esquivel y las Madres en la primera marcha de la resistencia el 10 de diciembre de 1981. (Foto: Télam)

Tal posición de las Madres, queda de manifiesto en el discurso de Hebe de febrero de 1989 («Queremos saber qué pasó»; mensuario «Madres, Año V, N° 50, Ed. especial, p. 7), en el que analiza el estado de cosas y posibles causas del ataque armado cometido contra el regimiento militar de La Tablada el mes anterior. Dijo Hebe, allí: «Son hechos que les sirven perfecto para que los milicos se reivindiquen, que les sirven a los políticos corruptos y comprometidos en la época de la dictadura y en la actual. Entonces, ¿para qué se hizo?, y ¿por qué se hizo? … Siempre dijimos que hay que buscar nuevas formas de lucha. Las Madres las hemos encontrado: caminar en silencio durante 12 años. Hemos conseguido que el mundo nos conozca, que la gente sepa que decimos la verdad y no somos violentas…». Por la misma época, los periodistas holandeses Eis Wiegant y Arthur Maandag, del diario Haarlems Dagblad, decían, entrevistados por Herman Schiller (activista precursor en la Argentina en la lucha por la defensa y promoción de los derechos humanos y que, también en aquellos años, denunció la presencia en el país, del genocida nazi Abraham Kipp: «En nuestro país, las Madres de Plaza de Mayo son valoradas como un hecho histórico. Compartimos con admiración la dignidad y la entereza con la que exigen saber qué pasó con sus hijos. También admiramos su lucha para que se castigue a todos los criminales que actuaron durante el período militar». (Ib., p 5).

Y así las cosas, sospecho que en las escuelas de periodismo públicas y privadas de la Argentina, tampoco se les está contando nada de esto a jóvenes de poco menos o poco más de veinte años, a los que, queriendo o sin querer se los desinforma acerca de los detalles más recónditos de una tragedia cuyas consecuencias ellos/as van a tener que afrontar en soledad cuando la edad adulta sea su realidad y su verdad.

Viva la democracia y muera la dictadura, entonces, pero si ésta va a ser la conclusión final de los actuales arrestos «democráticos» de unos entusiastas de ocasión, tenemos que advertir que Perogullo no se especializa en estos temas y no debe ser consultado aquí. Es mucho más lo que está en juego cuando se habla de democracia y de dictadura. Está en juego, por ejemplo, el capítulo de la teoría del Estado y el derecho atingente a forma y contenido del primero.

Cuando la realidad cotidiana viene en modo extremadamente complicado es preciso aferrarse muy fuerte a la teoría pues es ésta la que nos permitirá no naufragar en la mar gruesa de la confusión. Por caso, el fascismo es la forma política que asumen las formaciones sociales capitalistas cuando les empieza a llegar la hora de la crisis sistémica. Lejos de toda perspectiva catastrofista, hay que estar atentos al diversionismo ideológico fascista, pues el fascismo también ha sabido ejercer (y lo hace todavía) la crítica de la democracia liberal. Pero es una crítica fascista a la democracia y, por fascista, es una crítica mentirosa.

Y el fascismo ha tenido teóricos. Carl Scmitt, uno de ellos. La existencia de la «Entidad Política Unitaria» (EPU) se mide en relación a la guerra -dice el jurista alemán-. Si la EPU (el Estado) puede impedir una guerra en su contra pero no tiene fuerza para desatar la guerra que lo afirme como una EPU, esto significa que la EPU no existe. Es la típica situación -dice Schmitt- de las democracias liberales, fragmentadas en partidos y atadas a componendas. De modo que aquí hay una crítica de Carl Schmitt a esas democracias: impiden arribar al punto más alto de la politicidad, es decir, impiden la EPU, y la EPU es el desiderátum último de la política y sólo se puede «hacer política» si hay EPU. Reemplácese EPU por Estado nacionalsocialista y todo cobra el sentido en que hablaba el autor citado (C. S., «El concepto de lo político»).

Pues quien quiere democracia, ha de saber que en democracia hay que discutir, pues el debate en el espacio público es de la esencia de «la democracia». Y para debatir hay que argumentar. Y para argumentar hay que buscar los argumentos en la propia formación. Y ésta sólo se parecerá a algo aceptable y eficaz en términos políticos cuando el estudio haya hecho su parte en el magín de los supuestos polemistas al servicio del pueblo. La molicie y la pereza son enemigas de lo bueno si su resultado es la inopia conceptual.

La cabeza colectiva de una institución sufrió, cuando el siglo pasado se inclinaba hacia su mediodía, el embate de una prensa que del mismo modo arremetió contra conciencias subjetivas ahora, cuando otro siglo no se inclina hacia ningún cuadrante sino que pugna por arribar a su mediodía. Aquella cabeza colectiva a la que los monopolios mediáticos le enseñaron que Dante Caputo era un hombre de izquierda aleccionado por «la cuarta internacional» y que Alfonsín era un caballo de Troya comunista implantado en la prístina y sana sociedad argentina para ponerla de rodillas frente al siempre vivo totalitarismo liberticida mundial, aquella cabeza colectiva fue la cabeza de una institución, las fuerzas armadas, que se enteraban de lo que creían que estaba sucediendo por lo que les decía el grupo Clarín y el diario La Nación en sus diferentes modalidades y repetidoras. Este veneno mediático, que ayer alienó a una conciencia colectiva, hoy hace lo propio con una conciencia subjetiva, la de un hombre que vive, así dice, de fabricar objetos de madera y que alucina, frente a su espejo, en la misma onda extraviada que ayer curtían los asesinos de uniforme, es maravilloso el poder de la palabra mediática proferida por un alguien escondido que nunca rinde cuentas, y eso que es la manzana podrida que tiene podrida de odio y violencia a toda la sociedad argentina.

Y no sólo las Madres tenían una visión de las cosas que aguaba la copa con que, en aquellos años de vino y rosas democráticos, unos entusiasmados celebraban el regreso de la vida y el derecho. Un jurista argentino, laureado summa cum laude en Europa, decía, en la facultad de Derecho de la UBA, cosas como éstas: «Cuando llegó la democracia, presenciamos que los escogidos para tallar el cáliz democrático eran todos, o predominantemente, funcionarios que lo habían sido de la dictadura. Aquellos que habían jurado por los estatutos del gobierno militar eran encargados de levantar las banderas de la libertad, de los derechos fundamentales. Bien pronto pasó, igualmente, la primavera libertaria, y esos mismos que muy poco antes habían dicho que los delitos cometidos durante la dictadura, ya por su propio contenido, eran inamnistiables, convalidaron luego, cuando el poder requirió lo contrario, las llamadas leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Los hombres de Derecho no reaccionaron casi en absoluto; yo solicité entre los profesores de Derecho Penal que hiciéramos una declaración, pero no tuve éxito. Era el año ’87. Muchos cargos personales de entonces dependían de que uno no dijera nada en contra. En los años ’90, incluso, nuestro claustro eligió como Decano, en anterior administración, a uno de esos funcionarios que lo habían sido durante la dictadura, que luego les tocó juzgar y condenar a los ex – comandantes, y más tarde, en cambio, convalidar aquellas leyes; es decir, todo siempre coincidiendo, en cada caso, con las pretensiones del poder político. Podrá ser coincidencia, pero no afortunada. (Marcelo A. Sancinetti: http://www.derecho.uba.ar/derechoaldia/colacion/discurso-pronunciado-por-el-dr-marcelo-a-sancinetti/+1502).

Lo que extraña es que, después de una tirada como esa, el doctor Sancinetti haya asumido defensas inexplicables y no haya entendido que, si «la democracia no obraba así, es decir, selectivamente como en Nürenberg, el Estado argentino se quedaba sin fuerzas armadas y un Estado sin brazo represivo es un Estado que no existe, y un Estado inexistente es un Estado que no puede cumplir el cometido de clase para el cual irrumpió en la dramática humana cuando la tribu de homínidos hacía poco tiempo que había dejado atrás a su ancestro animal.

Tal vez todo se deba a que «… algunos creen que la justicia es una religión, y se creen sacerdotes y vestales de dicha religión. Entonces, lo que deben ser principios jurídicos y de justicia devienen en dogma, que es lo que caracteriza a la fe religiosa…” (senadora Cristina Fernández de Kirchner, sesión sobre destitución juez de la Corte Suprema Antonio Boggiano/ 2005). Aire fresco, ahí.

Buenos Aires, 21 de octubre de 2022.

*Abogado, periodista y escritor.

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1 Comment

  1. Excelente nota, en la misma se deja constancia el lado B de la historia, la cual siempre, o casi siempre es contada por aquellos que tienen el monopolio de la palabra.