Algo de lo que nos dejó González – Por Daniel Rosso

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Algo de lo que nos dejó González – Por Daniel Rosso

Foto: Erich Salomon

Foto: Erich Salomon

El sociólogo Daniel Rosso afirma que el neoliberalismo intenta apropiarse de los conceptos de producción y trabajo diseminando una moral propia al interior del intercambio mercantil: según esta moral, el campo nacional y popular es el defensor de la improductividad del trabajo; por ello, sostiene Rosso, es imprescindible construir otra historia desde los intereses de los sectores nacionales y populares.  

Por Daniel Rosso*

(para La [email protected] Eñe)

Los intercambios de trabajo ficcional

El neoliberalismo se ha apropiado del discurso moral. Pero, además, lo ha relocalizado: lo ha ubicado en el interior de la teoría del valor. Simplificando mucho, según esta última, el valor de un bien o de un servicio depende de la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirlo. Por eso, en el capitalismo intercambiamos cantidades de trabajo. ¿Qué denuncia la moral neoliberal? La sustitución, en una parte de los intercambios, del trabajo productivo por su representación imaginaria o ficcional.

Los ñoquis, los vagos, los trabajadores estatales, los funcionarios políticos, los docentes, los “planeros”, entre otros, participarían de transacciones donde en lugar de “trabajo” lo que en realidad ofrecerían es la negación del mismo. Se trataría de una cuestión de bautismos alterados: lo nombrado, el trabajo, irrumpiría como lo inverso de lo que ese nombre designa. De allí que en  lugar de la crítica de la plusvalía, lo que se generaliza es la crítica del intercambio ficcional: el cuestionamiento a transacciones en las que el Estado distribuye ingresos a cambio de cantidades de trabajos insuficientes o inexistentes por parte de diversos actores sociales.

Es decir, en los procesos de producción, donde el capital se apropia de parte del valor, el neoliberalismo insiste con otra sustracción: la realizada por el trabajo. En estos casos, en lugar de plusvalía habría subvalía. Dicho de otro modo: lo que se denuncia es la inmoralidad de un “trabajo” que aparece en el intercambio como la representación de lo que no es trabajo.

¿Cómo funciona, entonces, esa denuncia moral? Como la impugnación de intercambios ficcionalizados o improductivos. Dicen: un sector de la sociedad participa del intercambio pero a través de la representación imaginaria del trabajo que intercambia. El trabajo del ñoqui es el del día que pasa a cobrar su “trabajo”. El trabajo del “planero” es el del que se moviliza para demandar una mejora en la condición de beneficiario de un plan. El “trabajo” del funcionario “corrupto” es el de organizar los actos de corrupción. Hay una reducción del trabajo a la organización de los actos por los cuales no se trabaja.

De ese modo, la moral neoliberal elabora e impulsa sus denuncias desde el interior de procesos definidos como improductivos. Es la gran paradoja del populismo: ser impugnado por el capitalismo financiero por desestimular la productividad de la economía. Emerge, de ese modo, el fantasma de un progresismo vacío y a la defensiva.

La moral rota, entonces, no es sólo la consecuencia de actos individuales sino del modo general de funcionamiento del Estado: este adquiere dinero de los contribuyentes y lo transfiere a sectores de la sociedad que en lugar de trabajo ofrecen su representación falsificada. Por contraste, el neoliberalismo propone una idea de “justicia” que consiste en que todos los trabajadores y trabajadoras participen con la misma autoexigencia en el campo de la producción. Finalmente, la teoría del valor y su funcionamiento efectivo, tiende a quedar del lado de Javier Milei, José Luis Espert y Juntos por el Cambio quienes expresan un consenso en torno a la productividad. Es el capitalismo financiero apropiándose de lo que destruye. Además, desplazan el problema: desde la desocupación y el trabajo mal pago, hacia los trabajadores que “no trabajan”. Las víctimas son los culpables.

Carrió: la jefa de personal de todos los argentinos y las argentinas

En un libro reciente de entrevistas con Horacio González titulado “Gonzalianas –  Conversaciones sin apuro”, el entrevistado, en diálogo con Gisela Catanzaro, dice refiriéndose a Elisa Carrió: “es la que divide todas las acciones políticas en aprobadas y desaprobadas, como una Corte Suprema de la Nación, pero que la imparte una persona (…) en Carrió y en su cuerpo está el castigo moral y el látigo, pero en su mirada astuta que mira para todos lados para ver el efecto de la frase en lo inmediato, está la elección o los votos”.

Carrió se presenta, en su circunloquio narcisista, además de como paladín contra la corrupción, como la jefa de personal de todos los argentinos y las argentinas. Por eso, no mira a otros: se mira ella en la mirada que despliega sobre sus interlocutores. No suelta las palabras: las vigila mientras hacen su trabajo de inoculación moral. Está claro: esos deslizamientos ópticos de Carrió hacia todos los lugares son el movimiento silencioso de una hegemonía. Eso es lo que capturó González: el desplazamiento visual en el que se percibe la intención de fundar “la verdad” única y definitiva. Es el momento exacto en el que el discurso de la república se transforma en un relato donde se extinguen todos los diferimientos lingüísticos y todos los nombres llegan a su formulación última. La república es un campo santo de palabras sepultadas.

Todos los nombres

En la misma publicación, en diálogo con Diego Sztulwark, González rememora la famosa frase de John William Cooke: “los comunistas somos los peronistas en la Argentina”. La política es definida por su capacidad de inestabilizar significados. Allí donde decía peronismo dice comunismo y allí donde decía comunismo ya no dice nada. La transferencia del sentido de una palabra a otra deja detrás un vacío. En este caso, el peronismo lleva hacia la política la arbitrariedad del signo. Nombrar es cambiar los nombres.

Más adelante, en diálogo con Javier Trimboli, González recuerda que en el caso del Facundo lo que no se sabe bien es si “es una apología o una crítica. Porque en realidad lo que utiliza como sistema es la hipálage. Es decir, una figura que sustituye a otra de modo tal que produce una cierta comodidad nombrar a una en otra. Rosas es la hipálage de Facundo. Y el mariscal Carlos Antonio López es la hipálage de Rosas, de modo que hay una triada: Facundo, Rosas, López. Y el uso de esa figura también hace del Facundo un libro cuyo nombre abarca a otros nombres. Y Alberdi, que es el primer más agudo lector, indica que siendo así, todas las descripciones que hace de Facundo le corresponden a él (…) Usted es Facundo. Por eso, el libro hubiera sido mejor que se llame Faustino (…) Facundo es usted, Rosas es usted”.

Nombrar en la historia argentina es designar lo mismo con distintos nombres. Por eso, a diferencia del diálogo alrededor de la frase de Cooke, donde nombrar es cambiar los nombres, en la conversación sobre Facundo nombrar es, además, multiplicarlos: de una a otra charla, nos desplazamos de designar una cosa con el nombre de otra, al uso de numerosos nombres para nombrar lo mismo. Por lo cual, estamos ante lo específico del lenguaje: una acumulación de bautismos que nunca alcanzan. La política, entre otros campos, extrae su movimiento de esa falta: un nombrar incesante siempre condenado a volver a nombrar. Es, justamente, en ese desajuste entre el nombre y lo que el nombre no logra designar donde se produce el movimiento de la hegemonía.

Volver a nombrar

De la crisis del 2001 salimos, entre otras cosas, con el discurso de la producción y del trabajo. Desde entonces, hubo un activismo incesante del neoliberalismo por apropiarse de esos conceptos. Lo ha intentado y lo intenta diseminando una moral propia en el interior del intercambio mercantil: según esta moral, el campo nacional y popular es el defensor de la improductividad del trabajo.

Frente a esa búsqueda  por clausurar de ese modo lo nombrado urge volver a nombrar, volver a nombrarse, volver a recrear las propias políticas y los propios discursos.

Algo de esto nos dejó González como gesto póstumo: ante la languidez mórbida del activismo neoliberal, que intenta cerrar moralmente las palabras y las identidades, lo que nos queda es la vocación de vincularnos con la falta propia y, por lo tanto, con la reinvención de nuevas políticas y de nuevos discursos. Repetir el nombre es repetir lo que al nombre le falta.

Si hay una historia neoliberal emergente de la producción y del trabajo, es imprescindible construir otra historia desde los intereses de los sectores nacionales y populares.  

Los mejores nombres son los que aún no han sido pronunciados, nos diría probablemente González en nuevas conversaciones que seguimos y seguiremos necesitando. 

Buenos Aires, 24 de enero de 2022.

*Sociólogo, docente y especialista en Comunicación. Ex Subsecretario de Medios de la Nación.

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