A Lucas también lo mató la comunicación – Por Daniel Rosso

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A Lucas también lo mató la comunicación – Por Daniel Rosso

El asesinato de Lucas González cometido por efectivos de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires revela, según sostiene el sociólogo Daniel Rosso en esta nota, que en el mundo de las apariencias y de las extorsiones, cualquier integrante de los sectores populares puede recibir dos tiros en la cabeza porque la elección del blanco es contingente y mediada por encuadres controlados y repetidos, en buena medida, por el poder económico, político y comunicacional.

Por Daniel Rosso*

(para La [email protected] Eñe)

La identidad instantánea del delito

Julián, uno de los amigos de Lucas, el joven asesinado por efectivos de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, cuenta que mientras eran perseguidos por los policías vestidos de civil a los que no reconocían como tales, él y sus compañeros que volvían a Florencio Varela en un Volkswagen Surán, intentaban encontrar desesperadamente policías que los ayudaran.

En la escena trágica se producía una doble confusión de identidades. Por un lado, los jóvenes percibían a sus perseguidores como asaltantes, pero esos agresores no identificados que los perseguían eran policías. Por el otro, esos agentes yuxtaponían, en una operación automática y habitual, las apariencias de “pibes del conurbano o de la villa” con el accionar delictivo y, en ese devenir, intentaban situar a Lucas y a sus amigos como objetivos de extorsión y, en segunda instancia al no detenerse, como blancos mortales de sus armas de fuego.

El Estado, representado por estos tres efectivos policiales, leía el campo de fuerzas donde operaba según la añeja distribución de significados clasistas y racistas, activados por intensos discursos políticos y mediáticos de odio. Según estas lecturas, los que están fuera de la ley son jóvenes, morochos y villeros.

Por eso, para los dos protagonistas del hecho, policías y pibes, en el vocabulario de esta secuencia sólo había delincuentes: para unos lo eran los perseguidos, para los otros lo eran los perseguidores. Los policías de civil y los chicos que volvían a Florencio Varela eran lo mismo: delincuentes que atacaban y delincuentes que escapaban. Por supuesto, la disonancia perceptiva o el déficit de lecturas no resultan equiparables. La “confusión” policial era la consecuencia de un prejuicio. En cambio, la confusión de los jóvenes era el producto de una irregularidad: personal  policial que circulaba sin ninguna identificación.

En un caso, lo que producía la falta de reconocimiento era la ausencia de componentes claves de la identidad institucional: por ejemplo, los uniformes y el patrullero; en otro, en los chicos, lejos de la falta de identificación, lo que se imponía era la estandarización de elementos identitarios: “los rasgos del conurbano o de la villa” funcionando peligrosamente como la identidad instantánea del delito.

Julián, el amigo de Lucas, cuenta que «nos trataron de villeros y nos dijeron que nos iban a pegar un tiro en la cabeza a cada uno». También dijo que les preguntaban «dónde tenían la falopa” y que los trataban “de delincuentes cuando teníamos un equipo de mate, ropa de entrenamiento y galletitas”.

Lo que interviene en estos casos no es sólo el prejuicio. Además, junto a él, operan mecanismos institucionalizados del delito. «Esos tres (por los policías detenidos) vivían frenando motos y autos que salían de la villa», cuenta un vecino al diario Clarín. «Les ven pinta de pibitos y creen que es muy probable que salgan de comprar drogas. Los apuntan, les piden documentos y cuando ven que no son de la villa, los revisan. Si les encuentran drogas, les piden plata a cambio de no llevarlos a la comisaría».

Fáciles de matar.

En la frontera que separa lo legal de lo ilegal, como lo muestran los testimonios, lo que circulan son apariencias. Supuestos delincuentes que, en este caso, son pibes que vuelven a sus casas luego de jugar al futbol y policías no identificados que actúan como delincuentes.  

Meter bala, agujerear un cuerpo “como un queso gruyere”, supone elegir individuos desechables y extorsionables a los que se los puede detener, perseguir o abrir fuego según golpes de vista y miradas panorámicas mediadas siempre por  apariencias, es decir, por imágenes o interpretaciones construidas por la cultura y la comunicación dominante. Se persigue, se detiene, se golpea y se mata a quien porta el verosímil de los que se puede  perseguir, detener, golpear o matar. Poseer determinada fisonomía es estar en el ángulo de tiro.

Es obvio: la policía en ningún caso está autorizada a asesinar de dos disparos en la cabeza a ningún argentino ni argentina aun cuando esté delinquiendo. Nadie que delinque está sometido a un instantáneo pabellón de fusilamiento.  Pero lo que aquí intentamos decir es igual de grave: estamos sosteniendo que, en el mundo de las apariencias y de las extorsiones, cualquier integrante de los sectores populares puede recibir dos tiros en la cabeza porque la elección del blanco es contingente y mediada por encuadres controlados y repetidos, en buena medida, por el poder económico, político y comunicacional.

Muchos policías salen de patrulla llevando armas, balas y una imagen mental de los cuerpos a los que un sector de la política y de la comunicación les propone agujerear. Ellos disparan, pero, en buena medida, es el aparato político, cultural y comunicacional quien les fija los blancos. Los relatos del odio terminan siendo prácticas de eliminación.

¿Porque es relevante esta reflexión? Porque lo que estamos diciendo es que la percepción es un producto de las relaciones de fuerzas culturales, ideológicas y comunicacionales. El modo como miramos y como nos miran es una consecuencia de operaciones contrapuestas entre sectores sociales en pugna. La mirada es un lugar de disputa política. Por lo cual, hay una lucha constante por construir identidades en un campo de fuerzas donde los recursos están distribuidos de modo estructuralmente desigual.

Es decir: tener una política de comunicación no es sólo adquirir la capacidad de distribuir información. Es más que eso: es también tener una estrategia de construcción de identidades. Al revés: la carencia de una política cultural y comunicación activa significa dejar la construcción de las identidades políticas, sociales y sindicales en manos del mercado y de sus operadores comunicacionales. 

La construcción de las identidades populares

¿Cómo construyen las identidades populares los agitadores de la cultura y la comunicación neoliberal?

En un artículo titulado “¿Cuándo, dónde, quiénes? Tres preguntas para volver a pensar los sentidos políticos del 2001”, escrito por Gabriel Vommaro y aparecido en el libro “La grieta. Política, economía y cultura después de 2001” de Sebastián Pereyra, Gabriel Vommaro y Germán J. Pérez, el autor afirmaba: “Desde entonces, (desde 2001) la presencia de las clases populares en manifestaciones públicas sería cada vez más asociada al clientelismo y la manipulación, en tanto que las apariciones de las clases medias a las formas espontáneas de la política”.  

Desde la perspectiva dominante, la libertad no es sólo el núcleo constitutivo de la identidad de las diversas fuerzas neoliberales – las distintas variantes de Juntos por el Cambio más los libertarios – sino que la presencia o la ausencia de ese término define la legitimidad de la acción colectiva y, por lo tanto, la diferencia entre la pertenencia a un campo autoritario o a otro democrático.

Una parte de la movilización social es presentada como una acción sin conciencia, manipulada o producida desde arriba y, por ello, no clasificable en el territorio de la democracia. No hay, en estos casos, individuos libres. Sus conciencias son el campo de operación de líderes autoritarios. Lo mismo sucede con el clientelismo: son votos inducidos por un aparato que interviene sobre las conciencias y las manipula. El autoritarismo y el clientelismo, desde este punto de vista, crean una zona no democrática dentro de la democracia. De allí que, la palabra libertad funcione como una articuladora transversal del discurso neoliberal.

Neoliberales, liberales y libertarios son, en buena medida, un producto de la apropiación monopólica del término libertad. Por eso, el populismo es definido por lo contrario: como la ausencia de libertad. Es presentado como una modalidad de la política que obliga a sus partidarios a repetir un discurso que viene desde arriba: el populismo es una nueva teología.

En este escenario, hay una especie de teoría del valor de las identidades sociales en el campo discursivo neoliberal: los sujetos que lideran el desplazamiento del Estado hacia la economía, por un lado, y los que protagonizan el movimiento de los sectores populares y sus demandas hacia el Estado, tienden a ser los más sometidos a operaciones de sustracción de valor. Ese doble movimiento de intervención es presentado como agresivo y violento porque les quita libertad al resto de los actores económicos y sociales.

Además, en la intervención del Estado rige un doble régimen de visibilidad: cuando esa intervención se vincula a la distribución progresiva de los ingresos y a la ampliación de derechos, es hipervisibilizada para cuestionarla; en cambio, cuando esa intervención se relaciona con la distribución regresiva de los ingresos y la reducción de derechos es invisibilizada. Por eso, la intervención populista, tiende a ocupar el lugar de la totalidad de la intervención.

“Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros” dijo alguna vez Jean-Paul Sartre. Es decir: somos lo que hacemos con lo que los medios concentrados intentan hacer de nosotros.

Buenos Aires, 23 de noviembre de 2021.

*Sociólogo, docente y especialista en Comunicación. Ex Subsecretario de Medios de la Nación.

4 Comments

  1. Gran artículo.
    Deja importante material de enseñanza.

  2. Grisel dice:

    Coincido plenamente con el contenido del artículo. Pero en lo específico de Lucas me pregunto si esto no es sólo una hipótesis habitual (portación de rostro y gatillo fácil) que nos vela otros aspectos de la situación: estos policías no parecen haber actuado por cuenta propia, sino más bien ser «perejiles» de algo más denso. En el caso de Lucas y sus amigxs, «se equivocaron», pero ¿a quiénes estaban buscando? ¿en qué situación no se hubieran «equivocado»? ¿es una guerra entre bandas por el control de algo de la que no tenemos ni idea, y esta es la línea del frente de batalla? No nos olvidemos de que también los policías provienen en buena parte de los sectores populares: tal vez confundieron a los pibes con otros policías sin identificación? Muchas preguntas que me hago a partir de asesinos visibles, que confiesan equivocarse y reciben la sanción de la justicia… y una mirada no tan optimista.

  3. Enrique Masllorens dice:

    Excelente Daniel Rosso. Como siempre

  4. Noé Jitrik dice:

    Muy buena la reflexión sobre la mirada y cómo se construye: pienso que podría desarrollarse más porque explica, en sus diferencias, las diferencias que actúan en su conformación y qeu se traducen en las conductas. .

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