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Organizarnos a través del deseo – Por Roque Farrán

El deseo se evalúa en función de poder habitar justamente en el borde de saberes y poderes para excederlos; allí es donde se encuentra la verdadera potencia de inventar y cambiar las relaciones poder-saber imperantes, y el deseo es nuestro único índice y guía.

Por Roque Farrán*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Escribo por fragmentos, que adelanto y reelaboro a menudo, a través de reflexiones teóricas y anécdotas entrelazadas; ese es mi modo singular de hacerlo. No creo en la originalidad ni en la creatio ex nihilo: siempre partimos de algo, por insignificante que sea, y luego lo componemos, desarrollamos, ampliamos, compartimos, etc. Así concibo también un modo posible de organización, un régimen liberado de circulación, un modo de relajar la autoexigencia constante de producción, de homogeneización, de originalidad. En fin, un modo de apaciguar las demandas y abrir la posibilidad de otra cosa, que insiste siempre en la escena cotidiana.

¿Qué cosa nos moviliza? ¿Qué nos lleva a organizarnos? Quisiera comentar una anécdota personal para aproximar una idea material al respecto. Una mañana, no hace mucho, pese a que el frío extremo me acobardaba, me levanté bien temprano y fui al Dojo donde practico Karate, porque ya había quedado con el Sensei y no podía fallarle. En el camino iba pensando cuántas veces en mi vida había recorrido ese mismo camino, bajo distintos estados de ánimo e imaginando posibles enfrentamientos; y mientras caminaba noté algo muy significativo: ya no tenía temor. Antes, en cambio, -¡pero lo notaba recién ahora de manera clara y distinta!- me sobrevolaba siempre una sensación difusa de temor que de repente se había disipado. Y no era porque fuese mejor o más fuerte que antes, o estuviese más entrenado siquiera, sino por otra cosa que entendí en el acto: no sentía la tensión habitual hacia un fin o finalidad, ni la precaución autodefensiva. Estaba en condiciones de formular una pregunta clave: ¿Qué cosas nos separan habitualmente de nuestra verdadera potencia de actuar, de pensar, de decir, de amar? Fantasmas. La posición materialista emerge de una inversión, claramente. Entiendo ahora la dificultad de transmitir lo más simple, la potencia inherente que nos constituye, cuando hay por doquier quienes temen sin razón aparente alguna: temor al pensamiento, temor al acto, temor al buen gobierno, temor a la decisión, temor al enfrentamiento, etc. Temor, en última instancia, al temor mismo. Y correlativamente: envidia, odio, comparación, reactividad, etc. Lo único que nos orienta y salva del temor generalizado es el deseo.

¿Se puede evaluar el deseo? No digo, claramente, en términos cuantitativos, sino en términos ontológicos constitutivos; lo que se resume simplemente en el “hay o no hay”. ¿Pasa por ahí, en efecto, por donde se interroga y produce, el deseo? Generalmente, se evalúa en función del saber o del poder: alguien puede o no puede, sabe o no sabe tal cosa; y en todo caso, como suplemento, se suele dejar el aspecto ético a la intuición: me cae bien o no, parece una persona honesta o amable, tiene carisma e iniciativa, etc. Pero cada vez estoy más convencido que el aspecto ético -el deseo en cuestión- resulta clave para una evaluación materialista, que evita tanto la meritocracia individualista, como el amiguismo o favoritismo siempre convenientes. El deseo se evalúa en función de que alguien pueda, además de saber, no saber; además de poder, no poder; lo cual no remite a la simple ignorancia o a la mera impotencia, sino a poder habitar justamente en el borde de saberes y poderes para excederlos; allí es donde se encuentra la verdadera potencia de inventar y cambiar las relaciones poder-saber imperantes, y el deseo es nuestro único índice y guía.

Otra anécdota que ejemplifica lo anterior. La otra noche me quedé viendo hasta última hora un video sobre Ceratti, donde casi todos los entrevistados enfatizaban con admiración su perfeccionismo obsesivo: el ensayar todos los días de la semana con Soda Stereo –¡incluidos los domingos!– hasta llegar a hartarse de la banda, el quedarse la madrugada entera en la sala de grabación hasta encontrar el sonido que quería, agotando a todos los presentes, etc. También, como estamos en época de entrega de informes de Conicet, me llamaba la atención la importancia trascendental que algunos le daban a esa instancia de evaluación, quedándose hasta las últimas horas para consignar datos de actividades, tratando de achicar la letra y expandir los márgenes para mostrar todo lo que habían hecho y, así, dar cuenta de sí mismos neoliberalmente, etc. Sin dudas la autoevaluación técnica o la suposición fantasmática de algún Otro evaluador (que la mayoría de las veces somos nosotros mismos) y el perfeccionismo estético, no son lo mismo pero se aproximan bastante; y las consecuencias son terribles en ambos casos. Al día siguiente leí un post de un amigo que decía: “Paradójicamente, el mejor alumno y promedio de mi comisión de pensamiento científico en el CBC es un terraplanista acérrimo.” Y mientras leía proyectos de ingreso a Conicet que trataban de ser rigurosos pero también darle otra dimensión y espesor al sujeto en cuestión, no podía dejar de sentirme responsable por ello; entonces comenté el post: “todos sabemos del aplanamiento de los sistemas de evaluación, el terraplanismo es solo un síntoma de nuestra propia incapacidad de pensar y evaluar materialmente.”

Desde una perspectiva materialista consecuente, investigar, militar, enseñar, evaluar implican en cada caso operar respecto a la causa del deseo: operar sobre la mirada misma, sobre el modo de leer, imaginar, pensar; cuestiones que exigen aprender la noción de uso para inventar conceptos y reformular problemáticas. (El uso de los saberes, he escrito). Si no podemos anudar esas actividades básicas en función de los tópicos señalados, por más críticos, marxistas, izquierdistas o populistas que nos digamos estaremos reproduciendo lo peor del sistema meritocrático o caudillesco en el cual se insertan habitualmente nuestras prácticas. Estaremos trabajando para el enemigo, incluso con las mejores intenciones (que, decía Lacan, son las peores).

Necesitamos, por ende, una teoría materialista de la organización política que tome en cuenta muy seriamente todas las instancias de la práctica en cuestión: evaluación y admisión, permanencia y alternancia, distribución de tareas, modos de comunicación y sostenimiento mutuo, modos de intervención y liderazgo, formación continua, etc. Donde los modos de ejercer el poder, los modos de incorporar saberes, y los modos de cuidar de sí y de los otros sean tematizados, problematizados y entrecruzados continuamente. Pensar seriamente cada una de las instancias y su modo de imbricación conjunta, para tener en cuenta las singularidades irreductibles y potenciar el común. Necesitamos relajar y distender las exigencias continuas que se producen en todos los niveles. No puede ser que cada vez que nos sumemos u organicemos un espacio de militancia, por ejemplo, sigamos repitiendo de manera automática la clásica división por comisiones, atiborrándonos de tareas, jerarquizándonos en mesas chicas y mesas grandes, junto al añadido virtual de la creación de infinitos grupos de whatsapp.

Mientras imaginamos en cada caso cómo serían esas formas de organización y diagramamos, donde nos toca, modos concretos de resistencia y subjetivación, podemos invocar a través de la misma escritura lo que pensamos sería un verdadero Bien:

El verdadero Bien no es un ente, ni supremo ni nada, que se interrogue o aproxime al ser indefinidamente. El verdadero Bien no es un lente para mirar mejor, de cerca o de lejos, extra(cti)vismo o miopía del alma que se corrige crítica o técnicamente. El verdadero Bien no es excelente ni espurio, según la evaluación de ocasión, visión de alcantarilla o cosmovisión, ni arrancarse los ojos ni pulverizar la mirada para matarse romántica o poéticamente. El verdadero Bien es aprender apenas el uso afectivo y material de cada cosa, palabra o imagen, con la alegría de ser uno el que lo hace y comparte, como la primera vez, sin esperar que los otros lo entiendan de una, aunque deseando mucho que lo hagan alguna vez a su tiempo. Y que multipliquemos los bienes, así, materialmente.

 

Córdoba, 29 de junio de 2019

*Investigador Adjunto (CONICET). Miembro del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-UNC-CONICET)

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