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5 noviembre, 2026El teorema formulado hace cuarenta años por el diputado radical Raúl Baglini es utilizado hoy, sin nombrarlo, para justificar la falta de programas y propuestas concretas por gran parte de la oposición a Milei y desacreditar a los pocos que las hacen. «Hablan así porque es imposible que lleguen al gobierno», se escucha decir desde sectores del campo popular. Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa se reunieron con André Janones para analizar la estrategia de redes sociales, análisis electoral y producción audiovisual que contribuyó a la victoria del líder del PT, y estudiar las posibilidades de aplicarla en la campaña del peronismo en las elecciones presidenciales del 2027. Un encuentro que parece arrojar como lección que la forma es más atractiva que el fondo de la estrategia.
Por Daniel Cecchini*
(para La Tecl@ Eñe)
Corría 1986 y la democracia recuperada estaba todavía en pañales cuando en una sesión de la Cámara de diputados, donde se trataba el tema de la deuda externa, el diputado radical Raúl Baglini pronunció una frase asertiva que se pretendía teorema. «Considero que puede enunciarse un teorema sobre la deuda externa, tal como nos enseñaban en la escuela. Ella indica que la ligereza de las posturas sobre la deuda externa es inversamente proporcional a las posibilidades de acceso al gobierno de un partido político determinado. Es decir, que a menor posibilidad electoral de ser gobierno, más ligereza en el planteamiento», pontificó con tono doctoral. Se trataba, en realidad, de un discurso coyuntural cuyos objetivos eran defender la postura del gobierno de Raúl Alfonsín sobre el tema y desacreditar los cuestionamientos de la oposición.
Con el tiempo, el «Teorema de Baglini», como lo bautizó un periodista, dio lugar a una serie de interpretaciones, algunas de las cuales se cristalizaron como si fueran verdades reveladas de una biblia política a las que solo queda aceptar. Formuladas de manera diferente, todas expresan casi lo mismo: que la audacia de las propuestas de los políticos son inversamente proporcionales a su cercanía al poder y que cuanto más cerca del poder están, más conservadores se vuelven.
Por estos días la formulación de Baglini reaparece, sin nombrar a su autor, en algunas discusiones políticas – entre militantes del campo popular, no entre los dirigentes – para, por un lado, justificar la ausencia de propuestas de gobierno por parte de amplios sectores de la oposición y, a la vez, restarle peso a las posibilidades de concretarlas que tienen aquellos que sí las hacen. En este último sentido, los principales blancos de las críticas son Myriam Bregman, como referente de izquierda y posible candidata, y Juan Grabois, como representante de un sector casi marginal del peronismo.
Bregman ha enunciado con claridad un programa de gobierno que incluye, entre otras cosas, el no pago de la deuda con el FMI, el aumento inmediato de ingresos para que ningún salario o jubilación esté por debajo del costo de la canasta básica familiar, con indexación mensual automática según la inflación, y la prohibición por ley de los despidos y suspensiones junto con la reincorporación de despedidos. Grabois, por su parte, propone la renegociación o la cancelación del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, la nacionalización de recursos estratégicos como el litio, la regulación de los alquileres, la recuperación de los planes de vivienda y la prohibición de las apuestas on line, por citar sólo algunas.
«Hablan así porque es imposible que lleguen al gobierno», se dice de ellos, adoptando tácitamente el teorema de Baglini, cuando se mencionan sus propuestas. El problema – y eso no se dice – es que aquellos miembros de la oposición que sí pretenden gobernar y tienen posibilidades de llegar a hacerlo no hablan. O, mejor dicho, hablan mucho pero no proponen nada mientras se refugian en fórmulas gaseosas como la de ganarle a Milei para recuperar el país y mejorar la vida de los argentinos, pero cuidándose mucho de decir mediante qué políticas concretas.
Las últimas novedades políticas en el plano internacional, como la victoria de Lula en Brasil, la estrepitosa derrota del partido de Trump en Estados Unidos o que Netanyahu haya quedado pedaleando en el aire luego de las últimas elecciones parlamentarias en Israel, parecen tener un efecto de reforzamiento negativo en el sentido del problema que se viene planteando en estas líneas.
Los aliados y los patrones de Milei se están cayendo, sólo queda esperar que esa ola llegue también a la Argentina y voltee a Milei, que cada día está más desgastado; esta parece ser la lectura que se pretende hacer de esos hechos.
Es interesante ver cuál fue la primera movida de dos de los principales dirigentes del peronismo, como Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa, su más posible carta electoral si, como es casi seguro, sigue injustamente proscripta. Se reunieron con André Janones, el “general digital de Lula”, y los estrategas de la campaña virtual Chico Kertész y Rafael Marroquim para analizar con ellos la estrategia de redes sociales, análisis electoral y producción audiovisual que contribuyó a la victoria del líder del PT, y estudiar las posibilidades de aplicarla en la campaña del peronismo en las elecciones presidenciales del 2027.
Si esa es la única lección que se busca aprender de la espectacular victoria de Lula en el balotaje, después de haber quedado detrás de Jair Bolsonaro en la primera vuelta, es como quedarse con la forma y no con el fondo de la estrategia. Porque la campaña para el balotaje se basó fundamentalmente en una fuerte movilización de la militancia y en acciones de gobierno contundentes, como la prohibición de las apuestas virtuales y la reducción de la jornada laboral. Se dirá, claro, que Lula pudo hacerlo en su condición de presidente, no como opositor. Es cierto, pero eso no justifica el silencio atronador que reina en gran parte de la oposición argentina cuando se trata de hacer propuestas, de presentar un programa concreto de gobierno.
La estrategia parece reducirse a esperar sentados el momento de las elecciones y que Milei caiga por el desgaste cada vez mayor que le produce su gestión hambreadora, y estar ahí como la única fuerza con la potencia electoral necesaria para reemplazarlo. Mientras tanto, mejor guardar silencio y mantener a la tropa desmovilizada, no vaya a ser que se incomode a algún sector del poder.
Además de éticamente cuestionable, esa estrategia corre el riesgo de fracasar, porque la sociedad argentina está claramente desilusionada de la corporación política que ha sabido producir y exige, por lo menos, definiciones claras y acciones concretas. Cuarenta años después de su formulación, y frente a una realidad completamente diferente, la eficacia del teorema de Baglini bien puede haber quedado obsoleta.
5 de noviembre de 2026.

*Periodista.

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