
Otro folletín: Igualdad II – Por Rocco Carbone
19 octubre, 2026
Un país puede exportar mucho y distribuir poco. Y ningún modelo de desarrollo puede considerarse exitoso si produce cada vez más para el mundo, pero obliga a sus trabajadores a irse para poder vivir.
Por Matías Jauregui*
(para La Tecl@ Eñe)
Iñaki y Nico Williams tienen una historia muy linda. Sus padres emigraron desde Ghana en los años noventa, cruzaron el Sahara y llegaron a Melilla, ciudad española en el norte de África. Iñaki nació en Bilbao en 1994 y Nico en Pamplona en 2002. Crecieron en el País Vasco, llegaron al Athletic de Bilbao y tomaron caminos distintos en este mundial de futbol: Iñaki represento a Ghana, la tierra de sus padres; Nico, a España, donde nació y se crio.
La semana pasada, Víctor Hugo Morales en su programa entrevistó a un trabajador misionero cuyo hijo juega al fútbol. Una historia que, como la de los hermanos Williams, nos recuerda que detrás de cada migración hay una familia, sacrificios y la esperanza de un futuro mejor.
Son historias con final feliz, pero pocas. Millones de personas también cruzan fronteras, aunque no para convertirse en futbolistas, sino para cosechar alimentos y sobrevivir.
Los países que endurecen sus fronteras necesitan a los inmigrantes para producir sus alimentos.
En Estados Unidos, mientras Donald Trump endurece las políticas migratorias, el campo depende de trabajadores extranjeros, principalmente mexicanos, que cosechan frutas, verduras y cítricos, trabajan en tambos y realizan otras tareas intensivas.
El programa de visas agrícolas temporarias H-2A pasó de unas 48.000 en 2005 a aproximadamente 385.000 en 2024, un aumento del 702%. El 70% de los trabajadores rurales estadounidenses son inmigrantes, sólo el 10% obtuvo la ciudadanía, el 20% tiene otra autorización migratoria y la mayoría, el 40% restante, carece de autorización laboral.
Europa vive una contradicción similar. España y otros países necesitan trabajadores marroquíes, rumanos y de otras nacionalidades para cosechar frutas y hortalizas, mientras crecen los discursos contra la inmigración. Ciudades conservadoras como Madrid no escapan a este fenómeno económico y migratorio.
En España, el 25% de los trabajadores agrícolas son extranjeros, alrededor de 200.000 personas. En 2025 se incorporaron más de 25.000 trabajadores mediante programas de contratación en origen; el 80% procedía de Marruecos y el 90% eran mujeres, contratadas mayoritariamente para cosechar frutillas y otros frutos rojos.
Pero no podemos separar la inmigración de la historia colonial. Durante siglos, las potencias europeas extrajeron recursos de África, impusieron fronteras y condicionaron sus economías. El saqueo, los conflictos, la pobreza y la falta de oportunidades forman parte de la historia que empuja a millones de africanos a buscar una vida mejor en Europa. Europa no puede tratar esa migración como un fenómeno ajeno a su propio pasado.
¿Y qué pasa en la Argentina?
Alrededor del 30% de los trabajadores agrícolas registrados, unos 115.000, se desplazó entre provincias por motivos laborales. Las familias siguen el calendario de las cosechas: entre diciembre y abril, manzanas y peras en Río Negro y Neuquén; entre enero y marzo, vendimia en Mendoza y San Juan; entre marzo y agosto, limón en Tucumán; durante buena parte del otoño y el invierno, tabaco en Salta y Jujuy; y en distintas etapas del año, yerba mate en Misiones y Corrientes. La horticultura bonaerense demanda trabajadores todo el año, con picos estacionales.
Son los trabajadores golondrina, terminan una cosecha, viajan a otra provincia y siguen viviendo de su trabajo.
Pero el circuito empieza a invertirse. En medio de la crisis de las economías regionales durante el gobierno de Javier Milei, trabajadores argentinos cruzan a Brasil para buscar empleo. Los tareferos misioneros, que cosechan yerba mate, viajan a Río Grande do Sul para trabajar en la vendimia. También buscan trabajo en cosechas de uvas, manzanas y otros cultivos; algunos terminan radicándose del otro lado de la frontera.
Hay un dato contundente, los trámites anuales de identificación fiscal brasileña vinculados con personas que ingresaron a trabajar en ese país pasaron de unos 8.000 en 2015 (gobierno de Cristina Kirchner) a 40.000 en 2025 (gobierno de Milei). Cinco veces más.
Y hay otra contradicción, mientras crecía esa migración, las exportaciones argentinas de yerba mate aumentaron un 32% en 2025, hasta alcanzar un récord de casi 58 millones de kilos.
Es decir, una actividad puede exportar más mientras empeora la situación de sus trabajadores.
Desde los hermanos Williams hasta los tareferos misioneros, la búsqueda de oportunidades atraviesa todas estas historias.
La Argentina necesita exportar y generar divisas, pero también trabajo digno. No alcanza con medir el éxito de una economía por sus récords de exportación y producción o los dólares que entran al país, hay que mirar quién trabaja, cuánto cobra y si puede construir su futuro en su lugar de nacimiento.
Un país puede exportar mucho y distribuir poco. Y ningún modelo de desarrollo puede considerarse exitoso si produce cada vez más para el mundo, pero obliga a sus trabajadores a irse para poder vivir.
20 de octubre de 2026.

*Ingeniero agrónomo y productor agropecuario.

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