
Galperin: el empresario que creció con el Estado y luego descubrió la libertad de mercado – Por Matías Jauregui
12 octubre, 2026Esta entrevista fue realizada en el año 2002 en el sótano del Bar Mirador Cultural, en San Telmo, donde Syms estableció la última trinchera de la redacción de Cerdos & Peces y publicada en el primer sitio de La Tecl@ Eñe. La recuperamos para una lectura actual que quizás arroje algunas claves para interpretar las relaciones que pueden establecerse entre rock, poder y cultura.
Por Conrado Yasenza*
(para La Tecl@ Eñe)
Enrique Symns nació el 2 de enero de 1946 en Lanús, Provincia de Buenos Aires. Cultor de un periodismo inteligente y ácido a la vez, trabajó en diferentes medios: fue redactor del diario La voz en el año 1982, de Clarín en 1983 y en 1988 del diario Sur. Siempre dentro del campo del periodismo gráfico su presencia aportó una cuota innovadora en revistas como Eroticón, Fin de siglo, revista dirigida por Vicente Zito Lema en la cual tuvo origen – primero en forma de suplemento – la ya mítica y desaparecida revista Cerdos & Peces, que luego cobró una autonomía propia dejando hasta el presente una impronta difícil de superar en cuanto al desarrollo de un estilo marginal, despojado de máscaras y convencionalismos. También se desempeñó como prosecretario de redacción de Satiricón, jefe de redacción de El Porteño y redactor del diario Sur.
Fugaz vida tuvo la revista El Cazador – sólo existen dos números, difíciles de hallar -, también fundada y dirigida por Symns. Finalmente, utilizó su corrosiva pluma en La Maga durante los años noventa. Luego partió hacia Chile, donde creó la revista The Clinic.
Syms ofició de presentador y monologuista en los recitales de Los Redonditos de Ricota y La Bersuit Vergarabat, y presentador en los shows de Los Caballeros de la Quema y Los Piojos
Enrique Symns también editó libros como «Ñan Fri Fruli Fali Fru – Los Redondos», junto a Horacio Gonzáles, Luis Chitarroni, Carlos Polimeni y otros autores (1992), «Invitación al abismo», selección y prólogo de Fito Páez, «La vida es un bar», editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile (2000), un libro que reúne cien poemas de Charles Bukowsky.
Sus últimos libros fueron publicados por la editorial El cuenco de plata: «El señor de los venenos» (dos ediciones, en 2004 y 2005) y «Big Bad City» (2006)
Syms falleció en marzo de 2023.
-Conrado Yasenza: ¿Existe algún tipo de vínculo entre poder y rock, entendiendo el rock como una expresión, además de musical, sociocultural?
– Enrique Syms: Aunque parezca una obviedad, en el caso del Rock and Roll ligado a la palabra Poder, debe establecerse una diferenciación epistemológica, porque poder tiene dos acepciones: como verbo y como sustantivo. Podemos, entonces, hablar de impotencia o de no poder.
– CY: ¿Cómo describiría esa diferenciación epistemológica?
– ES: El poder como verbo tiene mucho que ver con el rock. El rock es un resucitamiento de la violencia, que viene de los negros y que penetra en nosotros, en Occidente, a través de, por ejemplo, Elvis Presley; se mueve, entonces, todo el culo del mundo, todo Occidente se contornea con ese bamboleo. Hay que recordar las cláusulas morales que regían en Estados Unidos de Norteamérica, que dictaban la ley moral de todo el mundo, y que esos bamboleos eran violencia y poder, le quitaba la impotencia a la gente. Luego vinieron los Beatles y desaletargaron a la gente de otra manera: pusieron el poder en verbo. Así la palabra poder se transforma en poder en sí, en poder que luchaba contra el Poder como sustantivo.
Ahora bien, existe un dato muy curioso: durante la segunda guerra mundial, los aliados, por un decreto instaurado, tenían la obligación de confesar las bajas mientras que los alemanes no debían hacerlo, no tenían decreto alguno que los obligase a ello. Entonces, los grandes sesudos estos se dedicaron a leer todos los diarios del país, prestando atención a todos los muertos de determinada edad, lo cual arrojaba una muestra de los muertos de la guerra. En base a esto se elaboró un sistema que analizaba la manera, o el método, de cómo detenerlos o modificarlos. En relación con esto y para volver al tema del rock, cuando se mezcló el verbo poder con el Poder, es decir, cuando el Poder comenzó a mirarlo y lo captó, y se equivocó, y dijo no al rock, volvió a mirar y dijo no a lo otro, y no a lo otro también, empezó a repetir una capacidad de congelamiento. Para decirlo de alguna manera, la cultura sobre el arte. El arte está en movimiento mientras, pareciese, la cultura convierte en historia cada vez más rápidamente las cosas.

-CY: Es decir, la cultura corre el riesgo de convertirse en un museo en el cual se exhiben meras cosas ya despojadas de movimiento…
-ES: Pregunto: cómo se llega a un Museo del Rock treinta años después del fenómeno; cómo poner un museo; será que el universo se ha vuelto más veloz. ¡Ya existe un museo del rock! En la velocidad de los fenómenos, un pibe de catorce años ya no sabe qué es el poder de la acción, no sabe si su cuerpo se mueve o no. Él ya va al disco, va al hecho concreto, y esto es lo terrible del poder. No sé por qué yo lo comparo, y trato de imaginarlo, con el nacimiento de un sacerdote, o, mejor dicho, lo comparo con cómo nace la hipnosis sacerdotal, que logra atrapar un movimiento y decir algo sobre él. La responsabilidad mayor de este acontecimiento la tienen la mayoría de los intelectuales de todas las épocas, los filósofos, los teólogos y los científicos, que trataron rápidamente de captar un fenómeno en movimiento y congelarlo. Los científicos, por ejemplo, tienen el atrevimiento de decir que las cosas caen por la Ley de Newton, tratan de explicar algo que el lenguaje no sabe de qué se trata.
– CY: ¿Podría, entonces, hablarse de una sacralización del rock?
– ES: Salvo raras excepciones, al observar un evento de rock, uno puede descubrir allí el nacimiento de la Iglesia Católica del Rock and Roll. Para llamarlo de alguna manera, nunca he visto nada tan parecido a un rito bestial, tan similar al rito de una secta muy antigua, en el hecho de ver a un tipo, allá arriba de un escenario, cantando lo que una multitud le pide que cante, repitiendo canciones, ofreciendo su producto vil de consumo. Todo muy bien producido.
Se supuso que el rock era lo más parecido al poder que habían perdido los poetas y los actores, y que misteriosamente habían recuperado los músicos, los cantantes. El primero que sospechó esto fue Eric Clapton, que dijo una frase que siempre recuerdo: «La culpa de toda esta porquería la tienen John Lennon y Bob Dylan, porque le hicieron creer a la gente que nosotros somos alguien que podemos hablar de algo». He seguido las giras de Fito Páez. He estado en el recital de los Rolling Stones, y siempre he visto y oído lo mismo: «¡ahhh!», «¡ahhh! «, «¡ahhh!». Aliento. Pero sin modificación sustancial alguna de la energía. Quiero decir: en una época, ir a un recital de rock era, en realidad, como en las películas: la música era un elemento, pero en el recital ocurrían – se daban, pasaban – modificaciones. Uno estaba dentro del recital y le ocurrían cosas; el cambio se ejercía en uno. Hoy, ahora, en los eventos de rock, todos tienen que decir lo mismo, oír lo mismo, y el peor de los cantos que se escucha es ése terrible que dice «es un sentimiento, no puedo parar». Detengámoslo epistemológicamente: es un sentimiento, que significa miento, es decir, un sentir fingido. Sigamos: no lo puedo parar, porque es paralítico. Este canto se puede aplicar, para poner un ejemplo, en un mitin de Menem, o en un recital de Ludovica Squirru. ¿Por qué no? Esa uniformización es nazi.
– CY: ¿Cómo se manifiesta esa uniformización nazi?
– ES: Creo yo que cada persona es como huellas digitales diferentes. Somos tan distintos, tan completamente diferentes, que para poder asimilarnos tendríamos que hacer, no sé, una revolución. Nadie se suicida por lo mismo, nadie escribe, ni hace o canta por lo mismo. Parecía que en el rock esto se notaba, digo parecía. Trasladémonos al underground. A mí siempre me gustó lo chico, los recitales pequeños. Pero hoy, ya en lo chico o pequeño se nota, por la disposición de los músicos en el escenario, que apuntan hacia allá arriba, apuntan rápidamente al poder que congela un evento y lo trasforma en objeto de consumo. Cambiemos, ahora, la palabra. En lugar de underground hablemos de upground, que expresa el sentido o la idea de «levántate». Subsiste siempre un error en el hecho de discutir si el margen o el centro. Pero ¿el margen o centro de qué? En un árbol, por ejemplo, el centro permanece más inmutable. Los cambios que se van a producir se dan a través de las membranas externas. Bueno, yo llamo el underground a lo más estándar en un cuerpo vivo, suponiendo que exista un cuerpo vivo. Es aquello que, curiosamente, antes se componía de los locos, los poetas, los guerreros que surgían de esa zona. Toda la porquería surgía de esa zona, desde lo mejor a lo peor surgía de ahí. Por otra parte, todo lo que surgía del centro era siempre lo mismo. No importa quién es Napoleón, o quién Stalin, siempre surgían del centro mismo del poder. Nacían siempre de una continuidad sacerdotal.

– CY: Volviendo al tema de la articulación entre poder y rock, ¿queda algo de contestatario, de rebeldía, en el rock?
– ES: Una anécdota: le estaba haciendo un reportaje a Baglietto durante la dictadura de Viola. Le pregunto sobre el régimen y un chiquito de anteojos viene corriendo desde lejos y dice: permiso, puedo decir algo. Yo no sabía quién era y le dije que sí. Entonces empezó a putear a los militares. Aquel muchacho era Fito Páez. Él nunca cambió. Es el único tipo que siempre puteó contra los militares, y contra Menem y toda la casta política. Yo digo que hoy esta actitud se ha vuelto un ejercicio más fácil de realizar. El rock es cobarde. Los músicos de rock son seres tan insensatos y egocéntricos. La música aquí está tan dispersa que una de las discusiones que tuvo lugar dentro del underground fue si alguna vez no había que comprar siete mil guitarras y repartirlas entre la gente. Wagner discutió esto con Bakunin. Wagner dijo: «Yo estoy destruyendo la música», y cuando se planteó esto argumentó que las construcciones que él estaba elaborando las realizaba para que la gente no tocase más música. Entonces, esto es lo más grave, porque las cosas deben ser devueltas, la música debe ser devuelta a la gente. Cualquier lenguaje en poder de pocos es temiblemente peligroso. Esto es lo que quiso decir Wagner cuando maldijo la música.
– CY: ¿Cómo se manifiesta el poder dentro del rock?
– ES: El rock es Hitler. Una situación cualquiera: Estoy ahí, recital de los Rolling Stones, un millón de personas. Si yo digo «mátense», ¡se matan! Ese es el poder que ellos saben que existe. Otra anécdota útil para el análisis: Hay músicos recontra revulsivos. Existen actualmente unas 500 o 600 bandas de abajo, del pueblo, que las conozco, que tocan mal. Agarran los instrumentos, como cuando un ignorante toma un libro, y nada importa, cantan. ¿Y qué cantan? Bueno, una muestra: «hijo de puta, me mataste la vida», «policía hija de puta, mataste a Miguel Brú». No importa si es bueno o malo. Yo estoy cansado de creer que existe el arte. ¿Qué es el arte? Qué es lo que llaman arte sino ese circuito exclusivo y frívolo donde nos juntamos, algún taller de escritura en el que nos reunimos a escribir poesía cuando a la vuelta están matando a tu abuela. Para qué sirve la poesía, los libros escritos. ¿Para qué sirven? No sirven. Por eso Artaud escribe esa maravillosa frase, desde el sufrimiento que lo desgarra, que lo sacude: «El deber / del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto (…) sino al contrario salir afuera / para sacudir / para atacar / a la conciencia pública».
Finalmente, volviendo a la diferencia entre rock y poder, creo que el rock nunca intentó ser revolucionario. Lo creímos en un momento. Había muchas revoluciones para hacer. Yo creo que sigue habiendo una revolución a desarrollar en la pareja, en la vida cotidiana. Si uno no es capaz de alterar su casa, no puede alterar su cuadra. Si uno es un punk y después va al banco a trabajar, la palabra va adelante pero no es acompañada por la acción. Si el verbo no va ligado al hecho, me parece que todo es una gran decepción, una gran mentira brutal. Y como las palabras se han alejado tanto de la acción, ya el mundo es una cosa que ha quedado acartonada y entonces ahí se unifica todo. Así el rock va en camino de extinguirse, si no se ha extinguido ya. Ojalá nos llevemos una sorpresa. Tal vez la única sorpresa que nos puede ofrecer es que los chicos de las villas en lugar de tomar una ametralladora agarren una guitarra. Quizás sea mejor que en lugar de salir a robar hayan usurpado las guitarras. Los ignorantes saben hablar, pero no leer. El lenguaje de la música, al igual que todos los lenguajes criptográficos – llamémoslos sacramentales, que están en poder de pocos – son tremendamente peligrosos y por ello sería bueno que existiese algo así como la imprenta de la música, entonces, de esta manera, se acabaría el poder actual que detentan los grandes monopolios del negocio musical.

– CY: ¿Cómo transformar en acción, en hecho, la metáfora «imprenta de la música» para poder crear un nuevo lenguaje musical?
– ES: Todos tenemos que tocar y cantar. Las computadoras nos van a acercar al poder tocar o cantar. Existen aparatos por medio de los cuales uno puede programar y emitir la voz que quiera. No sé cómo hablaremos de aquí en más, pero la música es el rock, la canción popular, todas las formas de canción popular. Hablo en este caso del rock porque es la forma de la canción hegemónica en el mundo. No hay que olvidar que lo que hacen los sajones, que tienen sistemas de lenguaje poderosos, desde la lengua y la tecnología, ha aportado al enriquecimiento musical, como por ejemplo con el surgimiento de los Beatles, quienes han sido una genial bendición, pero detrás de lo cual viene la escupida salvaje. Es decir, atrás de ellos viene la invasión; ellos depredan. Vienen a depredar nuestro medio interno. No vienen a hacer nada más que llevarse grandes cantidades de dinero con esos brutales mega shows. De todas maneras, el rock como poder-verbo no tiene demostraciones actuales. Las últimas que quedaban, como las de Negú Gorriak y Mano Negra, ya extinguidas, produjeron la muerte de todo un movimiento latino que se perfilaba como un poder y un lenguaje musical alternativo. Espero que interfiera un fenómeno que modifique esta situación. Cuando pierde poder el teatro y la poesía, la leyenda que provenía de ellos se transfiere a la música. Pero ésta posee una estructura que reproduce el esquema del andamiaje que sostiene el poder. Existe el África Corps, compuesto por el bajista y el baterista, los cuales son productos, no participan; ellos son el África, son el fondo verdadero. Luego se encuentra adelante, avanzando, el Imperio. Viene la guitarra – que es una voz – y finalmente el cantante, que es, digamos, como el cura. No importa lo que diga ni lo que haga. Por otra parte, el público es dictador, quiere que sea todo como ayer. Es ahí cuando éste se convierte en un forrito.
– CY: ¿Cuál es el escenario actual que dota de sentido al rock?
– ES: Hoy en día es el escenario de la Iglesia Católica, y el mejor escenario del poder mundial. Es la droga más anestesiante que existe en este momento, porque toda expresión posible de violencia se halla sedada, tranquilizada y uniformizada. De todas formas, en este momento el rock no molesta ni a los porteros de Suiza. El arte en general va a tener que plantearse si va a sobrevivir el siglo que viene. El arte es en donde, en realidad, está escondida la fórmula «magia transformadora». Si nos damos cuenta de que los artistas tenemos el mismo poder que los políticos, bueno, tal vez le transmitimos algo a la gente, y tal vez la gente escuche y obre de alguna forma. La magia también se encuentra oculta en la música: Si los Beatles dijeran «abandonen a sus familias» yo saldría corriendo. Quiero decir que existe un poder oculto en esto de la palabra y la canción. Ahora, nadie lo sabe usar o no pueden usarlo. El poder es una concepción abstracta. Se supone que existió una famosa charla entre Trotsky y un anarquista en la cual se dijo lo siguiente: Trotsky dijo: «tenemos que decidir qué vamos a hacer con los ferrocarriles», y el anarquista contestó: «pero cómo, si vamos a hacer la revolución es para que no existan más los trenes». ¿Para qué queremos derrumbar al poder? ¿Para no hacer nada más? ¿O alguien va a tener que trabajar?
Pero hay algo más fuerte: yo creo en la tormenta, creo en la tempestad. Todo este fenómeno que el hombre ha creado es porque le han dado una certera y terrible paliza a la mentira. Me gusta mucho la leyenda de ese hombre que tuvo que hacerse tigre para poder vengarse. Convertirse en algo que mata, en un ser que te va a quitar la vida en nombre de sus hermanos, como la encantadora idea de Santucho. La Mentira mintió tanto que le va a ir mal, y es necesario que así sea. Sí, es necesario.
14 de octubre de 2026.

*Periodista. Director/Editor de La Tecl@ Eñe. Docente en la Universidad Nacional de Avellaneda.

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