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	<title>Martín Kohan archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>Martín Kohan archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>Calles &#8211; Por Horacio González</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 Jun 2018 23:45:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[Calles]]></category>
		<category><![CDATA[George canning]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[revista La barraca]]></category>
		<category><![CDATA[Scalabrini Ortíz]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A partir de la nota “Los nombres de la ciudad” escrita por Martín Kohan y publicada en la revista La/barraca, Horacio González responde con este texto que inicia una amistosa discusión sobre la relación entre nombres, política e historia.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/calles-horacio-gonzalez/">Calles &#8211; Por Horacio González</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;"><strong><em>A partir de la nota </em>“Los nombres de la ciudad”<em> escrita por Martín Kohan y publicada en la revista La/barraca, Horacio González responde con este texto que inicia una amistosa discusión sobre la relación entre nombres, política e historia.</em></strong></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><strong>Por Horacio González*</strong></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una ruda confusión una vez amenazó amablemente a los habitantes de la Capital. Había dos estaciones de subte con el nombre de Canning. Creo que solo los muy despistados podían bajarse en la “Canning” que se cruzaba con la calle Corrientes si querían ir a la “Canning” que se cruzaba con Avenida Santa Fe. Todos sabían sin preocuparse demasiado por el origen de ese saber -era una ciudad con menos habitantes, o quizás se tenía más tolerancia hacia los nombres redundantes y como ahora dice Wikipedia, se “desambiguaba” con más facilidad-, y un significante Canning significaba bajarse y subir en “Villa Crespo” y el otro, a no dudarlo, nos dirigía hacia el significado de “Barrio Norte”. Pero es comprensible que los ediles -se los podía llar así entonces, aunque eran concejales-, quedaran preocupados por el ciudadano desorientado que podía protestar por una ineficaz nomenclatura urbana ante los órganos competentes. Las vicisitudes de la historia nacional permitieron finalmente el acto legítimo de desambiguar. Se llamó Malabia a la Canning de Corrientes, pues aquella era la segunda calle más cercana, decisión fundada en un hecho incontrastable, que alcanza notablemente para refutar el cuento de Cortázar sobre el Subte A, donde su aniñada y bien humorada sentimentalidad ligeramente patafísica, declaraba que el conteo de ciudadanos que entraba por la boca de la cabecera de la estación Plaza de Mayo no arrojaba los mismos resultados respecto a los que iban bajando en el transcurso, hasta llegar a Primera Junta. Una falla cósmica habitaba las entrañas de la ciudad y cobraba viajeros para una misteriosa disipación de viajantes, sin razón manifiesta para que los tragara la tierra. Esto desmiente la absoluta correlación cielo-tierra en que habían pensado las legiones de ediles que desde 1914 dieron nombres a las estaciones del Subte, que incluso tuvieron la precaución de no llamarlo “Metro”. Homenajeaban a un orden simétrico que no existía en otras áreas. Entonces, esas estaciones llevaban abajo el nombre de la calle que estaba arriba, sin que ningún pasajero sobrara o se disipara. Todo iba coincidiendo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El acto mimético fue reproducido casi un siglo después con la ficción de las estaciones de Metrobús. Reapareció el nombre que había desplazado la deliciosa abreviatura subte -que quedó como palabra completa, como si el feo aditivo de “rráneo” nunca hubiera existido-, y las estaciones de metrobús de la Avenida 9 de Julio, por ejemplo, se tornaron simulacros de estaciones de tren, pero sin la compleja tecnología de señales, boleterías, quioscos, túneles, un ámbito de espera que tiene una singularidad que le es solo inherente a ella. Las estaciones sobre la calle se llaman como lo indica, en cortés mimetismo, la perpendicular en que se sitúan. De ahí que hay una estación de Metrobús Perón, que tiene la misma inocencia que ya tiene la calle del mismo nombre que le es transversal. Pero volviendo a los nombres del Subterráneo, ya sabemos que muestran que hay más nombres posibles que puntos de localización dispuestos a distinguirse con ellos. Así Malabia-Pugliese, o Entre Ríos-Walsh. La cuestión ahora es que el mundo de arriba está historizado, por decirlo así, y episodios que ocurrieron sobre las baldosas que techan el canal que metros abajo permite circular los trenes, son agregados como severa señal recordatoria. El caso de Rodolfo Walsh impide abundar en detalles, pues todos lo conocen. Lo cierto que ahora está unido al terminante nombre de Entre Ríos, que por un lado es una provincia, y en lo que hace a un rol de avenida urbana, en un punto trágico de esas veredas fue muerto Walsh. Esta extraña conjunción ya pone al subterráneo y sus nombres en una encrucijada importante. Registra sucesos dramáticos ocurridos allí arriba, mientras pasan los apáticos trenes, y ahora el pasajero tiene que aceptar interpretar la supuesta ambigüedad con un pequeño relato: he aquí la estación Entre Ríos, que se nombra con el indicio del nomenclador en relación a lo que sucedió a unos metros encima, pero justo en los metros cuadrados donde una partida militar inmoló con certeros balazos al escritor de Operación Masacre. Todo esto recuerda que proceder de un modo complementario con los emblemas toponímicos de la ciudad, no se corresponde con otros procedimientos. Como el de la calle Scalabrini Ortiz y el nombre anterior que sustituye: Canning. O continuidad de los parques, o un nombre borrando el anterior. ¿Qué sucede?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Un artículo de <a href="https://www.revistalabarraca.com.ar/los-nombres-de-la-ciudad/">Martín Kohan en <em>La/barraca</em></a>, -autor y revista digital que leo con gran placer, al primero desde hace mucho, a la revista desde hace poco, pues es de salida reciente y festejable ,hace interesantes observaciones sobre las motivaciones del cambio y el modo en que, a la manera de un retorno de los reprimido, el viejo nombre de Canning -con la natural expansividad que ciertas palabras de enigmática fuerza irradian en su redor-, prestaba nombres a locales de electricidad o mercería que hoy subsisten con esa denominación que ha perdido su sujeto. (O su sostén, o su soporte, si nos expresamos en términos informáticos).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El subsuelo en apariencia “sublevado” de Scalabrini sería Canning, ya vimos, pero el método empleado con Cangallo fue distinto. Como ocurrió con muchos episodios de la toponimia peronista, quiso la fatalidad que se sustituyera con ese infinito álbum un nombre de aroma incaico. Ya había sucedido antes, con La Pampa y el Chaco, cuyos cambios de identidad en los años del primer peronismo merecieron el reproche de Arturo Jauretche. Según cuenta él mismo, le habría dicho a Perón por esta voracidad de absorber todos los nombres en un nombre: “usted por esto puede llegar a caer”. Pero sin entrar en este delicado problema, no ausente de una caprichosa verosimilitud, la solución encontrada en el caso de Perón, que figura con grado militar, en paralelo a Bartolomé Mitre, es que las dos últimas cuadras de la ex Cangallo se siguen llamando Cangallo. Chistosos que nunca faltan, llegaron a prefabricar el sintagma -si es que así se dice-, Juan Domingo Cangallo, para expresar quizás un descontento o una forma intrincada de adhesión. Con Mitre, de esto hace mucho tiempo, hubo que suplantarse una calle de nombre colonial, cuanto menos: La Piedad. La iglesia de La piedad, de la cual es probable que la calle tomara su nombre, y las tiendas La Piedad, que subsistieron hasta los años 70 mientras la arteria ya se llamaba Mitre desde comienzos del siglo XX, nombre puesto incluso en vida de en aquel momento el octogenario general. De modo que el cambio de nombre por una decisión del Estado, por un lado, deja descolocados a los ingenuos san juanes bautistas de los comercios de todo tipo de ramo, que aprovechan el supuesto prestigio de un nombre municipal para inspirar allí el de su comercio, sea zapatería o menudeo de chucherías. ¿Por qué deberíamos ocuparnos de estas cosas? ¿Vale la pena conjeturar que el nombre de un General poco adicto a las cuestiones religiosas se emplaza allí donde yacía uno de los máximos nombres de la actitud teologal? ¿O señalar al Otro General octogenario como alguien destinado a erigirse en lugar donde antes había monolitos con otros nombres del pasado de prosapia indigenista o colonial? Este último era el caso de la estación Retiro, en los años 50 rebautizada Estación Presidente Perón. Soy un hombre viejo. Recuerdo que en los pocos viajes que hacía de chico al centro, desde una remota estación barrial me veo pidiendo un boleto hasta la estación “Presidente Perón”. Con el paso de las décadas, se podrá decir que uno ha cambiado por golpes mutantes difíciles de explicar, pero las palabras que había que pronunciar para la bagatela de un traslado en tren también han cambiado y vuelto a cambiar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Habría mucho para decir respecto a la correlación entre historia política y la mudanza de los nombres, que acaban como chapas oxidadas que a veces caen, a veces se sustraen para decorar una pared domiciliaria, o a veces el diligente preboste municipal pinta con pintura fosforescente para revelar que le preocupa la comodidad visual de los automovilistas ensimismados. Kohan intenta con Scalabrini Ortiz ir revelando el modo en que un cambio de insignias de una calle, deja como quien dice pataleando en el aire a los comercios que adoptan ese mismo nombre con algo de oportunismo. Agrego a sus evocaciones, el de la Sedería Canning 444, o Canning 555, no recuerdo bien, que a la resonancia british del nombre le añadía la feliz consonancia numérica. Por lo que creo, esa Sedería estuvo muchos años más, enhiesta, luego del cambio de nombre, confiante en que tenía como sostenerlo, pues el terso Canning, el ministro pre-victoriano, era más aceptable para un comercio de ese tipo, que su enemigo Scalabrini Ortiz, más urgente que sedoso. El nombre fue puesto durante el gobierno de Cámpora -tengo que seguir confiando en mis recuerdos-, y el cambio del primer ministro inglés acompañó el cambio del presidente norteamericano Monroe, calle que pasó a llamarse Juan Manuel de Rosas. Esta calle es muy larga, desde el Bajo Belgrano hasta Villa Pueyrredón o Villa Urquiza. Quiso el infortunio histórico que el golpe del 76 cambiara ambos nombres, y que solo volviera, con el alfonsinismo, el del autor de <em>El Hombre que está solo y espera</em>, pero no el del Señor de los Cerrillos. Aunque este tuvo su tajada. En los años 90, la estación de subterráneo que llega hasta Villa Urquiza y desemboca en Monroe -el que proclamó sin ventaja nada más que para él mismo, que américa era para los americanos-, se llamará Juan Manuel de Rosas. Como si desde los sótanos de la ciudad, el derrotado de Caseros aun le proporcionara picazones al habitante monroísta del altillo, que sigue recibiendo la brisa acogedora de demasiados políticos argentinos. ¿Qué conclusiones podemos sacar de estas nostalgias y empecinamientos? Kohan traza una sucinta hipótesis respecto a que estamos ante una larga referencialidad o recaída de la historia argentina en el factor inglés. Recuerda que San Martín y Alvear llegaron de Londres en el barco Canning. Lo que no puede dejar de verse revelado en el futuro por este pase de manos de las placas con que nombran plazas y avenidas. Basta que resurja un cartel apolillado de una cerrajería que recuerde cómo se llamaba antes ese locus urbano, para que se rompa una ilusión, la de un país orgulloso de como anuló interferencias exógenas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://pbs.twimg.com/media/DVcVXXGX0AE4NMM.jpg" alt="Resultado de imagen para estación subte canning scalabrini ortiz" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Claro que existe ese britanismo de gran volumen, una gruesa cuerda que atraviesa buena parte de la historia nacional. La prudencia de Moreno con el tema, Rivadavia en Londres, Alvear y Lord Strangford en Brasil -fuerte referencia de los políticos porteños- y Lord Ponsonby, en Buenos Aires, que no era menos fundamental en la cuestión de la Banda Oriental. Por su parte, Rosas nunca desmintió su aprecio por Lord Palmerston, en cuanto sus antiguos cañones de Obligado hacían fuerte mella en los barcos de Su Majestad. En un sentido más amplio, al que le damos el carácter de un drástico resumen, la diplomacia inglesa sobre las tierras sudamericanas y su proyecto de independencia, tienen una fuerte manifestación en la relación de Francisco Miranda y Míster William Pitt, cuyo probable eco son las invasiones de 1806 y todo lo que refleja el diario inglés publicado en Montevideo, <em>The Southtern Star</em>, que está escrito por independentistas criollos que aceptan una regencia inglesa. La literatura argentina sobrelleva una señal inglesa durante todo el siglo XIX, cuya cúspide es Hudson “el escritor argentino en lengua inglesa”, expresión de anchas consecuencias posteriores. No obstante, Echeverría, que por muchos motivos es más importante de lo que suele pensarse, trae porciones culturales de fuente francesa o italiana, aunque no descarta al bien ostensible Byron. Pero si el primer Alvear piensa en una suerte de protectorado inglés, Belgrano se inclina por un descendiente del incario, y pasando un siglo o más, un descendiente del general Roca, su hijo del mismo nombre y Míster Runciman firman el gravoso acuerdo sobre carnes, que en su momento mereció el repudio de Lisandro de la Torre, de Rodolfo Irazusta y de Scalabrini Ortiz, que es el que conecta más decididamente este protocolo con el empréstito Baring, tomado por Rivadavia en 1822. Este es el antecedente del pseudo empréstito inglés de más de un siglo después, que a cambio de una implorada cuota de exportación de carnes, cerraba estrepitosamente todo el esquema ferroviario y financiero que sostenía el poder inglés en el país. Tomamos nota de esto que sucedió, pero a la distancia. Nada nos impide el derecho a condenar esos acontecimientos, que tienen condición repetitiva hasta hoy, pero no hay porqué tolerar que se presenten con su capa de fantasma fondomonetarista, crédulo de que nunca dejaría de visitarnos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Quizás la tónica antimperialista en el mundo intelectual latinoamericano dio enfático comienzo con la guerra entre Estados Unidos y España, a fin del siglo XIX. La onda antinorteamericana se hace fuerte en la Argentina recién en 1945, debido a la intervención del embajador Braden en los conflictos de la época del surgimiento del peronismo, ocasión en que pueden leerse también las memorias del embajador inglés en ese mismo tiempo, Sir Kelly, hombre práctico que no dramatizó el 1945 peronista, a diferencia del gobierno norteamericano. No por esto, sino por una serie de sinuosidades pertenecientes a los meandros conspirativos de la historia, Julio Irazusta, mucho después de estos célebres acontecimientos, y como parte del derrocamiento de Perón, acusó a éste de “agente inglés”. Julio era más “escritor” que su hermano Rodolfo, pero sus exaltadas reflexiones no tenían ni un mísero respaldo en hechos que pudieran ser comprobables. Pero Scalabrini Ortiz, mucho más coherente, aunque también con perseverancias tan incólumes que hubieran exigido más atención a como la historia desviaba las intenciones primigenias de hombres y partidos, sostuvo hasta el fin que el problema era el imperialismo inglés y no el norteamericano, que aun estaba en su naciente. George Canning, tal como todos saben, fue un primer ministro -sucesor de Pitt-, dedicado entre otras especialidades a resguardar las independencias sudamericanas del intento español de recuperar sus posesiones. Para esto llega a enfrentarse al mismísimo primer ministro Metternich, que desde la Santa Alianza -condenada por Marx en su famoso manifiesto- apoyaba al retorno latinoamericano al regazo español. Canning vivía cuando San Martín y Alvear desembarcan en el “Canning” en 1812 en la lejana Buenos Aires. San Martín, con un pasaporte falso que le consiguiera Lord Macduff. Pero habrá que averiguar bien si el nombre del barco, dado que es apellido común, pertenecía al del primer ministro o al de un armador naviero del mismo apellido. Si fuera así, el britanismo infalible y velado que se desearía ver en la historia nacional, pierde una ficha importante. ¿Había un reglamento británico que impidiera poner nombres de hombres públicos en instituciones o barcos de vela? ¿O estamos antedatando veleidades de nuestros debates más prescindibles?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Canning firma con Rivadavia el primer tratado comercial de estas tierras con Inglaterra, y esta relación es un hilo conductor que de ninguna manera debe desdeñarse en el modo en cómo se fueron conduciendo los sucesivos gobiernos argentinos, más o menos convencidos de que la economía del país debía configurarse con un intercambio primario que justificaba los suministros de manufacturas inglesas, con la carga político-cultural que eso significaba. Rosas, el amigo de Palmerston, fue un largo paréntesis a este esquema, que al mismo tiempo se exponía a la crítica de los “modernizadores”, incluso de otro saladerista como él, Urquiza, que sin embargo tenía un ojo diferente para considerar las relaciones diplomáticas y comerciales con Europa, tal como tantas veces lo explicó su embajador Alberdi. Ciertamente, el nombre de una calle, de mero poste topográfico en la voz del diarero que orienta nuestro paso extraviado o del taxista que no conoce donde queda la escondida calle Emile Zola, tiene una dupla valía. La que dijimos: meros grafos de orientación como en una selva lo son las ramas quebradas o las huellas de un animal que precedió nuestro paso en varios días o en minutos. O llevarnos desde los modos conmemorativos de la historia, una melancolía erigida a cal y canto desde los ladrillos de las paredes de confiterías, casas de deporte o las viejas y pocas ferreterías que quedan en los barrios, hasta la querella sobre la idea de nación, “Renan dixit”. En este último caso podemos asistir con gusto real, no fingido, a las ironías de Kohan. Desde lo que revela una calle, que cuando desaparece su nombre semánticamente insinuante, no puede evitar que queden restos arqueológicos que agitan oscuramente la memoria, hasta la interpretación de la historia argentina como una sustancia legendaria, moldeada en los nombres pétreos de la ciudad, que nos engañan sobre nuestra real condición de ser una hoja en la tormenta sin la más mínima conciencia hegeliana de sí. En vano Scalabrini. Rehaciéndose desde su pintura desvaída resurgiría Canning.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Los ingleses fueron extraños aliado e invasores, esa paradoja es la misma del tejido histórico, su minucia y su espantajo. Scalabrini se acerca a pensarlo sin abandonar su anterior impregnación literaria, no digo sus cuentos algo decadentistas de los años 20, sino su metafísica macedoniana de los 30. Por eso el “hombre colectivo” hace fuerza para alojarse en los poros de la teoría del imperialismo de Lenin. Su escribir delata una circunstancia, la del intelectual que carga sobre sus espaldas una tarea redentora a costa de denunciar las inagotables falsedades mundanas. Este arquetipo lo vemos hoy desfalleciente. Su indicio contrapuesto es precisamente, entre tantos otros, el del propio Martín Kohan. Debo confesar, individuo gustoso de lo reversible que soy, que me interesa por eso. Aunque no solo por eso, porque permite seguir pensado el acaecer que llamamos historia en el filo de la crítica a un esencialismo que nos lleve al vacío de creernos repletos. Pero también a un barrido irónico que, si apunta mal su flechazo cáustico y elegante, nos deja solo con una sonrisa mordaz en que se escurren escenas que resultan constantemente adversas a todo compromiso. No digo con lo histórico consabido, sino con los sagaces enredos de un burlón pasado que a pesar de todo nos permite la rareza de ser argentinuchos. Este delicado juego no es inocente; cierto que podría no tener una sola pieza hecha de briznas despojadas de encanto, si lo dejamos a cargo de los “ideologues” de una persistente integralidad comunitaria. Nos darían como único consuelo para la fruición historiográfica, un origen mítico que para Kohan resulta siempre pobremente redactado, insignificante estuco apto para el gran ironista. ¿Y si no fuera así? Cuando en una calle que no se llama más Canning, una pizzería se sigue llamando Canning, es claro que vemos una resistencia de todo nombre a desaparecer por completo. Interesa como síntoma de lo incoloro que sin embargo nos persigue con su letrero despintado. ¿Pero será eso el colorete del Canning que navega sarcástico por los ríos subterráneos del país?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por más que Scalabrini no recibe de Kohan ningún maltrato en el artículo que comentamos, no puede escapar del ciego destino de una obturación, desde la que se permitiría la sospecha de que todo este vértigo habría algo de malvinoide, de nacionalistacho. ¿Quién no sabe que al escribir una historia la debe escribir otra vez, aunque sea por su reverso? Además, en los letreros de la calle, Scalabrini Ortiz tiene la desdicha de ser un nombre largo, dos apellidos, uno italiano y otro español. Su padre coleccionaba huesos en el Paraná, y era amigo de Ameghino, que le puso scalabriniteriun a un mastodonte de miles de años, sus huesos hundidos en la llanura. Cuando se construyen subterráneos suelen surgir esas osaturas. Ahora bien, caminando por esa avenida he podido consignar que el munícipe, optando por lógicas abreviaturas, decidió escribir “S. Ortiz”. Y así es probable que se lo vaya recordando, con esas sinopsis que, por obra de comprensibles molicies, lo deje convertido en Ortiz, a secas. Como el “Coronel Díaz”. ¿Quién es? ¿Alguien lo sabe? Hay decenas de coroneles díaz en el discurrir de la historia argentina, sea o no una abstracción. Dada su condición de representar a todos los Coroneles y a todos los Díaz, es difícil que alguna vez este significante vacío, permítaseme decirlo, cambie de nombre. Hay que poner allí las tintorerías; tienen garantía que jamás quedarán huérfanas de amparo patente en las placas de una eterna señalética, con perdón de la palabra. Todavía es lindo caminar por la ciudad y pensar en cosas muy variadas. Pero si uno piensa en la historia, hay que tenerle menos miedo que cuando cruzamos distraídos una calle.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 18 de junio de 2018</span></p>
<p><em><span style="color: #000000;">*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional</span></em></p>
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		<title>Un tiempo para las preguntas &#8211; Por Martín Kohan</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 03 Aug 2019 14:41:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[derecha]]></category>
		<category><![CDATA[filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[izquierda]]></category>
		<category><![CDATA[UBA]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Martín Kohan sostiene que en la facultad de filosofía y letras de la UBA se suele dar por sentado que allí se es de izquierda. El problema sobreviene cuando hay  que enfrentar argumentos de derecha que son, por cierto, los que bajo toda evidencia prevalecen en eso que podríamos llamar la sociedad en general.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/un-tiempo-para-las-preguntas-por-martin-kohan/">Un tiempo para las preguntas &#8211; Por Martín Kohan</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Martín Kohan sostiene que en la facultad de filosofía y letras de la UBA se suele dar por sentado que allí se es de izquierda. El problema sobreviene cuando hay  que enfrentar argumentos de derecha que son, por cierto, los que bajo toda evidencia prevalecen en eso que podríamos llamar la sociedad en general.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Martín Kohan*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Uno de los problemas que, a mi entender, afrontamos habitualmente en la facultad de filosofía y letras de la UBA es que solemos dar por sentado que ahí somos todos, de una u otra forma, de izquierda. De una u otra forma, pero de izquierda, siempre de izquierda, todos de izquierda.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A menudo, probablemente, puede que en efecto sea así, que lo seamos; pero no es una eventual comprobación empírica lo que me interesa, sino las condiciones discursivas que tal premisa (justificada o no) establece de hecho (aunque de todos modos, basta con que uno solo de los presentes asuma otra perspectiva ideológica, para que dicha premisa se torne, no sólo falsa, sino también prepotente y mortificante).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las condiciones generales de nuestros intercambios nos entrenan pues hasta la experticia para debatir cuestiones de izquierda en todas sus variantes y en todos sus matices (izquierda y peronismo, desde ya; pero también proletariado y campesinado, vanguardia y revolución, redefiniciones de la noción de trabajo, foquismo y obrerismo, etc., etc., etc.).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ahora bien, somos también, y por las mismas razones, bastante ineptos, o enteramente ineptos, para enfrentar argumentos de derecha. Que son, por cierto, los que, fuera de la facultad y su notorio microclima, bajo toda evidencia prevalecen en eso que podríamos llamar la sociedad en general. Ante posturas netamente reaccionarias, las que en ese afuera abundan, no sabemos discutir tan bien, no estamos tan bien preparados para hacerlo, por la sencilla razón de que no forma parte de nuestros hábitos de polémica.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por eso me resultó más que significativo un hecho que aconteció el otro día, en una de las sesiones de unas jornadas sobre cuerpo y violencia. En una de las aulas de la facultad, y en el tramo dedicado a preguntas y comentarios al cabo de una de las mesas de ponencias, una de las asistentes desplegó con marcado énfasis varios de los criterios que se reconocen como propios de la derecha: la percepción de que la inseguridad cunde sin control, la plena justificación de un estado de miedo respecto del delito, el reclamo de mano dura, la protesta porque los delincuentes son liberados de inmediato, la defensa de la justicia por mano propia y la suspensión de las garantías constitucionales. Algo hubo de Blumberg en su planteo, algo de Patricia Bullrich y algo de Eduardo Feinmann. La intervención casi no recibió objeciones. Me pareció incluso que se la daba por buena. Pienso que habría que preguntarse por qué.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 3 de agosto de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Escritor.  Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires</em></span></p>
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		<title>El desacuerdo &#8211; Por Martín Kohan</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 06 Mar 2020 14:12:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[Aborto]]></category>
		<category><![CDATA[desacuerdo]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Rudy y Paz]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A partir de un chiste de Rudy y Paz, Martín Kohan plantea el dilema del desacuerdo político entre el decir y el hacer. </p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/el-desacuerdo-por-martin-kohan/">El desacuerdo &#8211; Por Martín Kohan</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>A partir de un chiste de Rudy y Paz, Martín Kohan plantea el dilema del desacuerdo político entre el decir y el hacer. </em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Martín Kohan*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Los chistes de Rudy y Paz, en la portada de <em>Página 12</em>, equivalen para mí, a menudo, a un editorial; hasta tal punto aprecio en ellos el mérito de la precisión, de la agudeza, del espesor conceptual. Y les basta para eso apenas con el dibujo de una escena y un breve intercambio de palabras. El del martes 3 de marzo me dejó, sin embargo, con dudas. Se ve en el recuadro a dos personas que, frente a frente, sentadas en sendos sillones, conversan. De un lado, una mujer de pelo corto y anteojos; del otro, un hombre de barba. Ella luce resolutiva; él, apocado. El diálogo que mantienen es el siguiente: “Alberto anunció un proyecto para legalizar el aborto” (ella) / “Nuestro proyecto es mucho mejor” (él) / “¿Y qué planean hacer?” (ella) / “En cuanto sea presidente, lo pongo en marcha” (él). De haber un cuadrito más (no lo hay), tal vez veríamos a la mujer cayendo de espaldas, con la consabida onomatopeya: “¡Plop!”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Certero para los estereotipos y su iconicidad, Paz nos deja reconocer, en el hombre de barba, al izquierdista de rigor (entiendo el recurso visual; pero, dado el tema, y aunque la cuestión de la legalización del aborto nos convoca y nos interpela a todos, me pregunto por qué razón se repartieron así las posturas: entre una mujer y un varón). La palabra decisiva en el intercambio es, a mi criterio, “hacer”. Los planes y los proyectos son del orden del hacer; y el poder ejecutivo (“Alberto”, “presidente”) es poder precisamente por eso, es poder de ejecución. En tanto que Alberto dice (anuncia) y hace, el hombre de barba dice (planea) pero no hará, ya que no es presidente (hará en cuanto lo sea, pero nada en el dibujo anuncia en él semejante destino).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Se trata, entonces, de una oposición entre decir y hacer? Resulta ineludible en este punto la recurrida cita de Perón de que “mejor que decir es hacer”; pero adosándole este razonable desconcierto: ¿quién más que Perón, y quién mejor que Perón, evidencia en la política argentina que el decir es también un hacer, que se hacen cosas con palabras? (Por ejemplo: él dijo “imberbes”, y en ese momento la historia argentina cambió). En el chiste de Rudy y Paz se inscribe entonces ese conflicto, un conflicto entre hacer y decir (entre un decir que conlleva un hacer y un decir que es solamente un decir); y a la vez, por eso mismo, el conflicto entre un decir y el otro. ¿Qué lugar se le concede a ese decir, el decir de un proyecto mejor, aunque sin poder ejecutivo? ¿Qué lugar se le concede a ese desacuerdo, planteado al interior de un acuerdo de fondo? ¿Se lo anula, si no tiene un hacer? ¿Inexiste, hasta que lo tenga? ¿De lo que no se puede hacer, y no ya de lo que no se puede hablar, hay que callar? O en verdad: ¿de lo que <em>no se va a hacer</em>, incluso si es mejor, hay que callar?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Sabemos en qué términos precisos define Jacques Ranciere el desacuerdo político (el carácter político del desacuerdo): en la distribución capital de quienes pueden tomar la palabra y quienes no, en la distribución de poder de las palabras con validez y las palabras que no valen nada. Porque tomar la palabra es un acto político en sí mismo. Y decir es entonces también hacer, incluso si no se es presidente, incluso si no se tiene ese poder: el ejecutivo. Permite plantear alternativas, pensar mejor lo que se “hace”, calibrar alcances y límites, preguntarse si hay gato encerrado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Aclaro que, de todas formas, me reí con el chiste del martes (sé reírme de mí mismo: soy judío).</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires. 6 de marzo de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Escritor.  Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires</em></span></p>
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		<title>Gol hecho &#8211; Por Martín Kohan</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 02 May 2020 20:57:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[cuarentena]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[pandemia]]></category>
		<category><![CDATA[virtualidad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En tiempos de pandemia y cuarentena, de la vida virtual reemplazando a la empírica, Martín Kohan se pregunta en este artículo, ¿cómo seremos nosotros, los reales, de vuelta en el mundo real, después de haber atravesado esta experiencia de virtualidad radical?</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/gol-hecho-por-martin-kohan/">Gol hecho &#8211; Por Martín Kohan</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>En tiempos de pandemia y cuarentena, de la vida virtual reemplazando a la empírica, Martín Kohan se pregunta en este artículo, ¿cómo seremos nosotros, los reales, de vuelta en el mundo real, después de haber atravesado esta experiencia de virtualidad radical?</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Martín Kohan*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una de las escenas para mí más significativas, y acaso definitoria, de la experiencia de la cuarentena (no de la cuarentena en sí, como medida sanitaria y política, sino de la situación específica de tener que estar todos por tantos días aislados y encerrados) fue la del Kun Agüero perdiéndose un gol hecho en el partido de Play Station que estaba jugando en su casa (¿dónde, si no?). Porque el mundo existente lleva ya un largo tiempo escindido en al menos dos versiones: la empírica y la virtual. La empírica, vale decir, la de las calles y los cuerpos y los encuentros y los contactos, la de los espacios verdaderos con sus causas y sus consecuencias; y la virtual, esa que las nuevas tecnologías no han ni pretenden haber fundado, pero que han sin dudas expandido y acentuado en proporciones enteramente inéditas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Cada cual sabrá cómo se las compone en cada caso con esas dos dimensiones del mundo. Cada cual sabrá, si es que maneja, qué es lo que mira cuando se desorienta: si la ciudad o el GPS; cada cual sabrá qué es lo que hace cuando siente que extraña a alguien, si lo llama para encontrarse o lo mensajea nomás desde el celu; cada cual sabrá qué sexo elige un día u otro, si el carnal o si el virtual; o qué clase de solitario practica, si el de los naipes o el de la pantalla; o las cuentas cómo las paga, si haciendo fila en alguna vereda o pulsando teclas sin salir de la cama.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ahora bien, una cosa que la cuarentena alteró, entre las tantas que tanto ha alterado, es esa relación: la que entablamos, cada cual en su estilo, entre lo real y lo virtual. Porque son ni más ni menos que esos espacios asignados habitualmente al mundo real lo que ahora fue quedando atenuado, reducido o directamente abolido. Y la virtualidad la que fue ganando terreno en la misma proporción. Hay quienes se valen del espacio virtual para la vanidad del darse a ver, y de paso, también un poco mirarse; hay quienes lo usan para crear, mediante un alias, otro yo, y aprovechar la impunidad del anonimato para darse el gusto de ser miserables; hay quienes se consuelan de su nulidad personal usurpando la vida (el nombre) de otros, para cobrar la existencia que no tienen, aunque sea de manera parasitaria.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero están también los famosos, los famosos de verdad; cuya condición traspasa fluidamente de un plano al otro, esos que en el mundo real algo tienen de un carácter virtual (por eso cuando nos encontramos en persona con un famoso, podemos tener la sensación de que lo conocíamos desde antes, e incluso la sensación, más extraña aun, de que él podría, de alguna forma, ya conocernos, reconocernos), esos que en el mundo virtual ven duplicarse su carácter real (es la continuación de ellos mismos por otros medios: la red no está ahí para representar sus vidas, sino para extenderlas).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Así es que pasa lo que tantas veces pasa: que por ejemplo un jugador de fútbol puede jugar consigo mismo en un partido en la Play, que pueda elegirse e incluirse en el equipo, que pueda mover, botonera mediante, su figura virtual desde su existencia real. Y eso estaba haciendo el otro día el Kun Agüero en su casa. ¿Cómo lo sabemos? Porque a la vez lo transmitía en directo en Twitch. Lo real y lo virtual delineaban pues su cinta de Moebius: el Agüero real traspasado al juego virtual, el Agüero virtual maniobrado por el Agüero real, la escena entera traspasada a la comunicación virtual, y desde la comunicación virtual contemplada por varios miles en sus miles de casas. Y entonces sucedió: Agüero se perdió un gol hecho, y al perdérselo se agarró la cabeza. ¿Agüero o Agüero, cuál de los dos? Los dos. Y el gesto de llevar las manos a los lados de la cabeza fue idéntico y fue simultáneo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ya sabemos, puro Oscar Wilde: la realidad imita a la Play. El gesto en la Play, copiado del Agüero real, retornó al Agüero real desde la Play, convirtiéndolo en un imitador de sí mismo. Borges lo pensó recurriendo al ajedrez, pero en el ajedrez la representación es más simbólica que mimética. Aquí vemos a los dos Agüeros, igualitos el uno y el otro, volviendo por un instante indecidible cuál es el orden de precedencia de lo real y lo virtual. Lo que cobra una importancia singular para el después de la pandemia, tan incierto y tan difuso como es ese después. ¿Cómo seremos nosotros, los reales, de vuelta en el mundo real, después de haber atravesado esta experiencia de virtualidad radical? ¿Cómo serán las relaciones con los otros, en la realidad, después de haber trasplantado esas relaciones tan por entero a la esfera de la virtualidad? ¿Qué nos pasará con las aulas, con los pagos, con el sexo, con las reuniones, cuando reintegren a sus lugares previos a ese adjetivo, “virtual”, que hoy por hoy los ha cooptado de manera indefectible?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Agüero se embarulló en el armado de su equipo en la Play, se confundió con los mellizos Funes Mori; en su entrevero virtual de Ramiro y de Rogelio, eligió a uno pero puso al otro. Estaba protestando por eso, y justo entonces le entró un whatsapp. ¿Quién era? Era Funes Mori, que lo estaba viendo desde la casa. ¿Funes Mori? ¿Pero cuál de los dos Funes Mori? Ramiro. ¿Ramiro? Ramiro, sí, Ramiro. ¿Pero cuál de los dos Ramiros?</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 2 de mayo de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Escritor.  Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires</em></span></p>
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		<title>Un acierto de Macri &#8211; Por Martín Kohan</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Aug 2020 22:54:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Martín Kohan sostiene en este artículo que el viaje de Mauricio Macri a París afianza su liderazgo como cabeza visible de Juntos por el Cambio, y confirma un modo de hacer política; el más suyo, el de quien gobernó con el aire ausente de un bon vivant distendido que no parecía enterarse de nada, a la espera de que las cosas se fueran arreglando sin saber muy bien cómo, con su propia vida arreglada y las de los otros estropeadas.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/un-acierto-de-macri-por-martin-kohan/">Un acierto de Macri &#8211; Por Martín Kohan</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Martín Kohan sostiene en este artículo que el viaje de Mauricio Macri a París afianza su liderazgo como cabeza visible de Juntos por el Cambio, y confirma un modo de hacer política; el más suyo, el de quien gobernó con el aire ausente de un bon vivant distendido que no parecía enterarse de nada, a la espera de que las cosas se fueran arreglando sin saber muy bien cómo, con su propia vida arreglada y las de los otros estropeadas.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Martín Kohan*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hay macristas en desacuerdo con el viaje de Macri a Europa, en desacuerdo con lo que haga en circunstancias como las actuales. Lo expresaron en las redes y, por lo que vi, recibieron entre las respuestas una andanada recriminatoria de maltratos varios (incluso la asignación de esa letra que tienen como la más oprobiosa, la más insultante, la más agraviante, la letra de la que no se vuelve). Da la impresión de que, entre los declamados defensores del respeto al que piensa distinto, hay unos cuantos que sólo admiten al que pienso distinto si piensa distinto <em>igual que ellos</em>. Pero si aparece alguno que piensa distinto <em>distinto que ellos</em>, se alteran, se ofuscan, se violentan, se ofenden y ofenden, pasan pronto a la agresión.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Yo por mi parte considero en cambio que la gestión de Mauricio Macri fue más bien calamitosa, y discrepo con su ideología política diría que en todos sus puntos. No obstante, encuentro inobjetable este viajecito a Europa que hace: inobjetable el hotel saladito que eligió para pasar un par de días en París, inobjetables las playas que eligió para poner en práctica ese oxímoron colosal que se llama “cuarentena libre”, inobjetable el momento que eligió para subirse a ese avión de Air France que ni sabíamos que existía, inobjetable la justificación laboral (aunque con esta palabra dudo) de esos apremiantes asuntos de la FIFA que es preciso abordar en Zurich.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Los macristas que criticaron a Macri lo hicieron porque cuentan con él, porque lo quieren activamente al frente de la oposición al actual gobierno. Y sienten que con este viaje, por inoportuno, expresa una negligencia tal, una tan desafectada deserción, que no pueden sino sentirse defraudados. Yo pienso, por el contrario, que al irse así sin más, a París y después a la playa, Macri está afianzando su liderazgo como cabeza visible (no sé si la palabra es cabeza, tampoco sé si es visible) de Juntos por el Cambio. No lo veo como un desistimiento, sino como un modo de hacer política; el más suyo, por otra parte, el más reconocible, el que más la sienta. ¿No gobernó acaso así? Gobernó a lo Isidorito Cañones, con un optimismo obtuso de necio cabeza fresca, con el aire ausente de un <em>bon vivant</em> distendido que no parecía enterarse de nada, un poco lejos y un poco en babia, un poco vago y un poco difuso, a la espera de que las cosas se fueran arreglando sin saberse muy bien cómo, con su propia vida arreglada y las de los otros en veremos o estropeadas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Esa imagen de frivolidad y despilfarro (gastando el dinero que otro ganó) seduce a muchos macristas, les parece un ideal de vida (por eso están seguros de que las críticas no se deben sino a un sentimiento de envidia) y confían en que esa misma felicidad, por el hecho mismo de existir, va a poner las cosas en su lugar (las va a mantener en su lugar: las va a <em>conservar</em>). La despreocupación existencial de Macri durante su gobierno fue sentida por sus seguidores como una prueba fehaciente de que no había que preocuparse. Pues bien, se trata ahora de eso mismo. Y el <em>dolce far niente</em> tan propio de Macri en gestión (mostración continua de su necesidad de descansar, pero descansar de un esfuerzo que, en cambio, nunca se veía) era asimismo sentido como una invitación a la distensión. Pues bien, se trata ahora de eso mismo. El gesto suyo de desentenderse les transmitía esa confianza, y funcionaba sin más requisito que el de no enterarse demasiado de lo que estaba pasando. Él se iba a La Angostura, o a ver a Kiss, o a jugar al golf; así también ahora se va a París, se va a la playa. A los retiros espirituales que practicaba periódicamente el PRO, les agregaba su especialidad en retiros <em>materiales</em>. Supo hacer de esa inacción una forma de acción política (¿no fue acaso por entonces que el verbo “descansar” adquirió una rara acepción activa: descansar <em>a alguien</em>?). Su viaje a Europa corresponde a esa misma línea; por eso, cuanto más lánguido se muestre, mejor funcionará para sus seguidores. Que entienden más que bien el propósito de su viaje y hablan por eso de “su libertad”, de “su derecho”, de “su plata”; las coartadas habituales para sostener el requisito fundamental de esa política: que los demás sencillamente no importen.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 3 de agosto de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Escritor.  Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires</em></span></p>
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		<title>Las palabras y las cosas &#8211; Por Martín Kohan</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 26 Sep 2020 22:52:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[Aislamiento]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[confinamiento]]></category>
		<category><![CDATA[cuarentena]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[oficialismo]]></category>
		<category><![CDATA[oposición]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Martín Kohan se pregunta en esta nota sobre la insistencia en definir las circunstancias sociales con relación a la pandemia, que son notoriamente distintas de las que atravesamos entre marzo y abril, bajo un mismo término: “cuarentena”.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/las-palabras-y-las-cosas-por-martin-kohan/">Las palabras y las cosas &#8211; Por Martín Kohan</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Martín Kohan se pregunta en esta nota sobre la insistencia en definir las circunstancias sociales con relación a la pandemia, que son notoriamente distintas de las que atravesamos entre marzo y abril, bajo un mismo término: “cuarentena”. </em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Martín Kohan*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;"><em>                                                                                                          Agradezco a Graciela Charpin, a Santiago García, a Juan Schmukler y a Mariano, la motivación para escribir este artículo.</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las circunstancias en las que nos encontramos hoy, respecto de la pandemia, son notoriamente distintas de las que atravesamos entre marzo y abril, cuando todo empezó. Lo suficientemente distintas, según creo, como para preguntarnos por qué razón habríamos de definirlas bajo un mismo término: “cuarentena”. No me propongo discernir criterios epidemiológicos, pues no es mi asunto; pero sí considerar la forma en que se relacionan las palabras y las cosas. La palabra “cuarentena”, con todas sus resonancias específicas, señaló en su oportunidad una situación por demás efectiva: el aislamiento social, la reclusión de cada cual en sus lugares privados, el vaciamiento consiguiente de los espacios urbanos, la virtual suspensión de la ciudad y sus dinámicas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El estado de situación es hoy con toda evidencia muy otro. Entre otros factores, porque hay cosas que ahora se saben y por entonces no se sabían; desde la utilidad preventiva del uso de barbijos, hasta la evidencia de que el riesgo de contagio en espacios abiertos es más bajo que en espacios cerrados (esta reformulación fue decisiva incluso en términos de los imaginarios sociales, pues revirtió la clásica premisa ideológica que establece que las casas son los espacios seguros y las calles los del peligro). Ya no vivimos bajo aquel repliegue impuesto, las calles desde hace mucho dejaron de estar vacías. Son otras las restricciones y las regulaciones imperantes, que pueden a su vez respaldarse o cuestionarse; lo que pasó entre marzo y abril, y a lo sumo hasta parte de mayo, no es lo que empezó a pasar después ni lo que está pasando ahora.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Por qué mantener entonces esa denominación puntual, la de “cuarentena”, desglosada en todo caso en fases de numeración incierta? ¿Por qué insistir con el concepto de “aislamiento” o con el de “confinamiento”, que cesaron como imposición acatada y viraron desde hace bastante hacia una interacción social a distancia y con cautelas? Lo que se alarga no es tanto la cuarentena, como la denominación. Y esto por parte de algunos sectores del oficialismo, no menos que por parte de algunos sectores de la oposición (unos la encomian y otros la deploran, pero ambos se obstinan en usar esa misma palabra. Al igual que en una cinchada, que es como a menudo funcionan: tirando para un lado unos, tirando para el otro los otros, pero agarrados todos de una misma soga, sosteniéndose mutuamente aunque parezca lo contrario).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las palabras no determinan las cosas, ya lo sabemos; pero sí predisponen, y también lo sabemos, las maneras de pensarlas. La idea de un tiempo quieto, suspendido, estancado, uniforme, o la vivencia en principio frustrante de estar metidos siempre en lo mismo, sin variación ni progreso, se agravaban, al menos en parte, por efecto de la denominación. A ese factor se agrega otro, igualmente perjudicial: el de un desfasaje alarmante, por lo amplio y por lo notable, entre aquello que el discurso político declara y aquello que en la realidad de los hechos acontece. Si es que no se trata, en definitiva, intencionalmente de eso: de aferrarse a la palabra cuarentena para poder reivindicar lo actuado, si al final resulta bien, o de sostenerla a rajatabla para poder recriminársela al gobierno, si las cosas al final resultan mal. Mientras tanto, en las calles, en los parques, en las plazas, en las veredas, pasa otra cosa: mucha gente sale e interactúa; y no siempre parece estar claro cuánto es más o menos un metro, qué es lo que pasa con el fumar, qué es lo que hay que hacer con la nariz y sus agujeros, cómo es que la voz humana traspasa las telas y no es preciso bajarse el barbijo se si habla por teléfono. Cosas así: concretas, sencillas, pero vitales para los cuidados; cosas que quedan negligentemente desatendidas con la porfiada presunción de que la cuarentena es eterna, que luce firme, que sigue ahí.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 26 de septiembre de 2020.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Escritor.  Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.</em></span></p>
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		<title>Condiciones atmosféricas &#8211; Por Martín Kohan</title>
		<link>https://lateclaenerevista.com/condiciones-atmosfericas-por-martin-kohan/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 18 Oct 2020 21:00:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Mentiras]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Martín Kohan reflexiona en este artículo sobre cómo se puede asistir a la escena de formación de una mentira, no a su imperio de patas largas o a su difusión impune, sino al modo en que una mentira se produce antes incluso de descargarse sobre nuestras cabezas.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/condiciones-atmosfericas-por-martin-kohan/">Condiciones atmosféricas &#8211; Por Martín Kohan</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Martín Kohan reflexiona en este artículo sobre cómo se puede asistir a la escena de formación de una mentira, no a su imperio de patas largas o a su difusión impune, sino al modo en que una mentira se produce antes incluso de descargarse sobre nuestras cabezas.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Martín Kohan*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El verano pasado vi, o creo que vi, un hecho para mí singular: la formación de una tormenta. El aire estaba quieto, la tarde apacible, el cielo igual a sí mismo, y yo todo lo contemplaba tranquilo en un balcón de la montaña que daba al valle. De pronto brotó un revuelo de viento que progresó hasta poner a girar remolinos; siguió un desarreglo de polvo en el aire, chocando consigo mismo, revolviéndose; luego un fuerte olor a lluvia, pero sin lluvia, que apareció quién sabe de dónde (probablemente, desde el futuro). Alcé los ojos y las vi: las nubes espesas, oscuras, cargadas. ¿De cuál de todos los horizontes habían venido? ¿Cómo fue que no las divisé a lo lejos? Pero es que no habían venido de ninguna parte, se habían formado ahí. Ahí mismo, en ese rato, habían fabricado, de la nada al parecer, su promesa de tormenta.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Tal vez sea comparable. Uno puede asistir también a la escena de formación de una mentira. No a su imperio de patas largas, tampoco a su difusión impune, sino al instante de su formación, al modo en que una mentira se produce antes incluso de ensombrecer el cielo o descargarse sobre nuestras cabezas. Un ejemplo, entre tantos otros posibles: dice alguien (un funcionario), acerca de un grupo de manifestantes, que no son “la” gente, que no son “el” pueblo, sino una parte de un conjunto diverso, que encuentra su lugar y su legitimidad en razón de esa misma diversidad. La frase no tarda en verse adulterada mediante el simple procedimiento de quitarle sus artículos; falseada, ahora dice esto otro: que los manifestantes “no son gente”, que “no son pueblo”. La inclusión en la diversidad vira fraudulentamente hacia la exclusión intolerante. La mentira ya está hecha. Sólo queda echarla a rodar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El otro día, en una de esas sesiones de bullyng que ocurren con frecuencia en las redes, una integrante de la patotita virtual se quejaba con fastidio de lo que denominó “caracoleos”. La palabra fue empleada con sentido despectivo. ¿A qué se refería? A las argumentaciones. Esas vueltas le resultaban, no solamente incomprensibles, sino también innecesarias; irritantes complicaciones para una marcada inclinación al sencillo esquema binario de “sí” o “no”, de “X” y “antiX”, de “tache lo que no corresponda”. Las argumentaciones la incordiaban hasta la exasperación. Lo menciono porque las tormentas, aunque pueda parecerlo, no se forman de la nada. Dependen de ciertas condiciones atmosféricas, que son las que las hacen posibles.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 18 de octubre de 2020.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Escritor.  Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.</em></span></p>
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		<title>Fútbol y política &#8211; Por Martín Kohan</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 07 Nov 2020 21:14:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[fútbol y política]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El fútbol moldea toda una manera de hablar y, por ende, toda una manera de pensar, que puede que influya preferentemente en aquellos que no se interesan en profundidad por el juego. Cabe acaso preguntarse entonces qué es lo que puede estar indicando todo esto, más allá del fútbol y sus vicisitudes.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/futbol-y-politica-por-martin-kohan/">Fútbol y política &#8211; Por Martín Kohan</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>El fútbol moldea toda una manera de hablar y, por ende, toda una manera de pensar, que puede que influya preferentemente en aquellos que no se interesan en profundidad por el juego. Cabe acaso preguntarse entonces qué es lo que puede estar indicando todo esto, más allá del fútbol y sus vicisitudes</em></strong>.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Martín Kohan*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">            </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hasta hace un tiempo, hasta hace poco, cuando en un partido de fútbol la pelota se iba por la línea de fondo de manera dudosa (¿en quién pegó?, ¿quién la tocó?), surgía al instante una misma disputa bajo la forma automática de los gestos convencionales (brazos levantados, dedos apuntando acá o allá): el equipo atacante pedía córner, el equipo defensor pedía saque de arco. El córner significaba la prolongación de la situación de ataque. El saque de arco, la conclusión de la situación de ataque, pasar a contar con la posesión del balón.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ahora bien, esa clase de situación está cambiando en el juego de manera por demás acelerada. Se ha ido dejando progresivamente de lado la opción de ejecutar los córners lanzando un centro al área contraria, en procura directa del gol, para preferir en su lugar una cautelosa salida hacia atrás; a veces hasta la mitad de cancha o incluso al propio campo, si es que no hasta el propio arquero. A cambio, los saques de arco, meras salidas desde la propia área, han pasado a jugarse con sucesivos pases cortos, todos ellos muy cerca del arco, a veces incluso a centímetros de la línea de gol, hasta el límite de la angustia autoinfligida.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Estamos llegando a un punto inaudito: los saques de arco, jugados por el propio equipo, empiezan a resultar más peligrosos, más temibles, más de zozobra que los córners ejecutados en favor del equipo contrario. En los córners la pelota se aleja, cada vez más inofensiva, por más que la tengan los rivales. En los saques de arco, en cambio, la pelota va y viene riesgosamente cerca, desesperantemente cerca, en una clara inminencia de gol, aunque la tengan los propios, pues se la pasan unos a otros sin alejarla. Llegará el día en que, ante la duda, se reclamará un saque de arco en vez de un córner (el bando atacante) o un córner en vez de un saque de arco (el bando defensor), en una inversión total de las cosas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El fútbol moldea toda una manera de hablar (de allí provienen, por ejemplo, “tirar un centro”, “el diario del lunes”, “quedar en off side”, “pedir la hora”, etc.) y, por ende, toda una manera de pensar. Que puede que influya preferentemente en aquellos que no se interesan en profundidad por el juego, ya que en ese caso la recepción de la influencia es más pasiva. Cabe acaso preguntarse entonces qué es lo que puede estar indicando todo esto, más allá del fútbol y sus vicisitudes: que el motivo de preocupación mayor provenga de aquello que hacen los propios, más que de aquello que puedan hacer los contrarios.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 7 de noviembre de 2020.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Escritor.  Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.</em></span></p>
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		<title>MENEM &#8211; Por Martín Kohan</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Dec 2020 22:08:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Menem]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Dos veces negado, en el nombre y en el voto, creador junto a Cavallo de una de las más potentes ficciones de Estado de la historia política argentina: el uno a uno, persiste como presente y a la vez ausente en su burbuja de irrealidad que alguna vez abarcó el país entero. Martín Kohan interroga ese acontecimiento que nos pasó pero como pueden pasarnos tantas cosas que suceden y se van: ¿Qué hará la muerte con él, cuando le llegue? ¿Lo devolverá, para nosotros, a la nitidez tangible de la realidad del mundo o profundizará la irrealidad y la asentará en él para siempre?</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Dos veces negado, en el nombre y en el voto, creador junto a Cavallo de una de las más potentes ficciones de Estado de la historia política argentina: el uno a uno, persiste como presente y a la vez ausente en su burbuja de irrealidad que alguna vez abarcó el país entero. Martín Kohan interroga ese acontecimiento que nos pasó pero como pueden pasarnos tantas cosas que suceden y se van: ¿Qué hará la muerte con él, cuando le llegue? ¿Lo devolverá, para nosotros, a la nitidez tangible de la realidad del mundo o profundizará</em></strong> <strong><em>la irrealidad y la asentará en él para siempre?</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Martín Kohan*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Dos veces lo negaban: en el nombre y en el voto. En el nombre, porque le decían “Méndez”, evitando ese capicúa real al que temían por ominoso. Y en el voto, no porque no lo votaran, sino porque luego pretendían no haberlo votado. Dos veces lo negaban, pero tres veces lo afirmaron. Lo afirmaron en la oscuridad del cuarto, lo afirmaron en las urnas. Y tres veces, sí, porque sumó el mayor caudal de sufragios no solamente en 1989 y en 1995, cuando ganó, sino también en 2003, aunque al final perdió. También en 2003, aun después de la debacle ruinosa de Cavallo y la convertibilidad, su gran creación, una de las más potentes ficciones de Estado de la historia política argentina: el uno a uno, el peso que equivalía al dólar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No lo nombraban, pero lo votaban; decían no haberlo votado, pero lo votaban. Y acaso así se forjó una cierta entidad del menemismo en la memoria del pasado reciente: pasó, pero como si no hubiese pasado; pasó, pero como una alucinación o como un sueño. Pasó, o nos pasó, pero como pueden pasarnos tantas cosas que acontecen y se van: catástrofe natural, contingencia inevitable, algo que sencillamente se dio sin que nadie lo decidiera, sin que nadie lo avalara, lo hiciera posible, lo impulsara y además lo ratificara.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por eso, de ahí en más, Menem persistió como persistió: presente y a la vez ausente, ausente aun estando ahí; un fósil de sí mismo, una momia sin pirámide, la cita distorsionada de un texto original ya perdido. Estaba ahí, en su banca o en algún acto, tan sólo para testimoniar que ya no era, y así contribuir a esa sugestión colectiva de que en verdad nunca había sido. El salariazo, la revolución productiva, los indultos, la Ferrari, la incautación matrimonial del bastón de mando, el cohete estratosférico a Japón, el peloteo a un set con Bush, el traslado de Rosas por Facundo, los picos con Zulemita, el merodeo sinuoso de sinuosas odaliscas, ¿en qué tiempo, que no es este tiempo, pasaron todas estas cosas? ¿En qué dimensión de la realidad, que no es la nuestra, tuvieron lugar alguna vez? ¿Y con qué entidad? ¿Con qué entidad?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Fue Fogwill quien, en un momento dado, compitiendo, como solía, con Ricardo Piglia, declaró que se proponía escribir la gran novela del menemismo. Escribió <em>Vivir afuera</em> y atinó con precisión realista a plasmar algunas claves. Pero a mi entender el escritor que verdaderamente acertó a definir el menemismo no fue Fogwill sino Juan Filloy, y a través de este prodigioso palíndromo: “Allí, tápase Menem esa patilla”. Acertó, por empezar, al señalar un repliegue notorio de esa pilosidad que David Viñas antes había escrutado (en la línea de la barbarie temida en Facundo Quiroga); pero también, y sobre todo, en la forma, en el capicúa, en lo capicúa. Esa verdad, la de esa inmanencia, la de ese girar en sí mismo; esa verdad, la del fenómeno que podía recorrerse de izquierda a derecha o de derecha a izquierda, <em>y daba lo mismo</em>.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A Menem nada parecía inmutarlo (me impresionan las personas así), y eso que no faltaron desgracias mayores en su vida. En pocas circunstancias, que yo recuerde, lo vimos desencajado. Una fue cuando aparecieron en los medios ciertas fotos de Cecilia Bolocco tomando sol junto a un empresario europeo. Otra fue cuando le retiraron la Ferrari (no sin un detalle sádico: después de habérsela dejado manejar), y entonces él remedó, con otro objeto, al coronel de “Esa mujer” de Walsh. Y otra fue cuando se instaló en la sociedad que él era yeta, que era mufa, que traía mala suerte, y eso además se acompañó con una lista pormenorizada en la que constaban, entre otros, y siempre para la desgracia, el Checho Batista, Daniel Scioli, Hugo del Carril.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Entonces sí, Carlos Menem se sacó. Y es que no se trataba de una argumentación en su contra (ese paradigma en el que, por convicción y en contraste, se mantenía obstinadamente Raúl Alfonsín, a Menem le era indiferente); tampoco se trataba de un cuestionamiento ideológico (del “fin de los ideologismos” habló Menem pioneramente). Nada de eso podía hacerle mella. Pero la fama de mufa sí, y en alto grado. Porque la fama de mufa se inscribía fuertemente en esa clase de pensamiento mágico, en ese juego de creer porque sí, en los que Menem se consolidaba, de los que obtenía su capital político más sustancial; no era del orden de la fundamentación ni, por ende, de la refutación, sino del orden del creer por creer (no muy lejos de la paridad peso / dólar, no muy lejos del primermundismo argentino). ¿Qué podía hacer frente a eso? ¿Cómo podía contrarrestarlo?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La fama de mufa operaba sobre un salto mágico entre el supuesto sustento real (la lista de desgracias que se invocaba) y la creencia irreductible (causa y efecto, por descontados) en el poder fulmíneo del jettatore. El daño político era mayúsculo, porque tocaba las fibras sensibles de ese halo de irrealidad que fortalecía la realidad del menemismo. Pasado el poder, fue ahí donde se refugió: en el efecto de irrealidad, un poco como en la quinta de Gostanián (otro refugio) cuando se sentó a leer un libro (a dar a ver que lo leía). Efecto de irrealidad retroactivo, en la manera en que evocamos aquellos tiempos, “los 90”. Y efecto de irrealidad en el presente: la existencia en la inexistencia de ese remanente de Menem, que no deja de ser Menem, que vota como si fuera otro la reversión de las nefastas privatizaciones, que asiste como si fuera otro a las novedades judiciales sobre la voladura de Río Tercero.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La burbuja de irrealidad menemista alguna vez abarcó el país entero; ahora alcanza para que se guarezcan ahí el propio Menem, sus secuaces más próximos, el núcleo de sus seres queridos. ¿Qué hará la muerte con él, cuando le llegue, como a todos nos ha de llegar? ¿Lo devolverá, para nosotros, a la nitidez tangible de la realidad del mundo o profundizará la irrealidad y la asentará en él para siempre?</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 22 de diciembre de 2020.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Escritor.  Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.</em></span></p>
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		<title>Lilita y el relato del crimen &#8211; Por Martín Kohan</title>
		<link>https://lateclaenerevista.com/lilita-y-el-relato-del-crimen-por-martin-kohan/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 05 Feb 2021 23:35:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[denuncia a Alberto Fernández]]></category>
		<category><![CDATA[Elisa Carrió]]></category>
		<category><![CDATA[envenenamiento]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[vacuna Sputnik V]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La política erige ficciones desde algunas de sus voces, a falta de una verdad, y las pone a circular en la sociedad a través de los medios de comunicación. Elisa Carrió denunció al presidente Alberto Fernández por el intento de envenenar a la población argentina con la inoculación de la vacuna Sputnik V. Otra denuncia más que caerá, desestimada, ahí donde la justicia insista con ese obstinado requisito tan suyo: el de probar lo que se afirma.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>La política erige ficciones desde algunas de sus voces, a falta de una verdad, y las pone a circular en la sociedad a través de los medios de comunicación. Elisa Carrió denunció al presidente Alberto Fernández por el intento de envenenar a la población argentina con la inoculación de la vacuna Sputnik V. Otra denuncia más que caerá, desestimada, ahí donde la justicia insista con ese obstinado requisito tan suyo: el de probar lo que se afirma.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Martín Kohan*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se diría que funciona como aquel relato de Ricardo Piglia (el octavo del volumen <em>Prisión perpetua</em>). La posibilidad de hallar sentido en el sinsentido aparente. O la posibilidad de dar sentido al sinsentido cabal. Un asunto de palabras, palabras y figuraciones, en ese punto en el que se han ya desprendido por completo de las cosas, de las cosas y su realidad, de la realidad y su principio; para ponerse a girar sobre sí mismas en un vértigo descalabrado de colores y zumbidos. Visión de signos en las sombras. Escucha de voces.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En ese punto las ficciones parecen olvidar que lo son y traspasan a la política hasta llegar a descomponer engranajes. Porque el planteo general se suele formular en términos de “ficción y política”, asignando a la política el estatuto de las cosas reales; pero a menudo es la propia política la que se ocupa de producir ficciones, la que las pone a circular en la sociedad, la que recurre a la eficacia de sus efectos de verdad. Pero es distinto cuando la ficción se cree a sí misma verdad. Y pretende que las cosas, las cosas y su realidad, la realidad y su principio, encajan de veras en la deriva sin parpadeos de sus fabulaciones.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Entiendo que no prosperará en sede judicial la denuncia formulada por la doctora Elisa Carrió al presidente Alberto Fernández por el intento de envenenar a casi toda la población argentina (a todos menos a los antivacunas, por precavidos). Un delito de bastante gravedad, a tono con la gravedad de la voz que por televisión anunció semejante denuncia. Otra denuncia terrible más que caerá, desestimada, ahí donde la justicia insista con ese obstinado requisito tan suyo: el de probar lo que se afirma. Los abogados defensores habrían aguardado seguramente el turno para pronunciar su alegato con el último número de la revista The Lancet apretada en uno de esos cartapacios severos que gustan de llevar bajo el brazo los profesionales de la ley.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Yo no creo que Alberto Fernández traiga el comunismo a la Argentina; de hecho, no lo voté. Sabemos, en cualquier caso, que esa clase de conjunción o de combinación supuso en nuestra historia el anhelo de algunos y la entrada en pánico de otros; un sueño o una pesadilla según de quien se tratara, John William Cooke o López Rega. Pero, ¿qué puede significar todo eso hoy en día, más allá de las sonrisitas de encanto intercambiadas por Cristina y por Putin, con esa clase de especial entendimiento que puede darse entre dos que no cuentan con ningún idioma en común? ¿Y qué queda, más allá de eso, de la revolución comunista en Rusia, después de la caída del muro o después del ascenso de Stalin?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Queda un imaginario fuerte de películas de guerra fría, de novelas de John Le Carré. Y un pasado de KGB intuido en la sonrisa helada y en la mirada más helada aún de quien, mal o bien, no deja de llamarse Vladimir. En una calle de Londres, un día, hay un roce casual con un paraguas; pero el roce no fue casual y el rozado, más pinchado que rozado, cae al piso, se retuerce, amarillea, morirá poco después: envenenado. ¿Y qué es un paraguas, después de todo, sino una especie de jeringa grandota? ¿Y cómo no temblar de miedo, o hacer temblar de miedo a la población, cuando la jeringa camuflada del espía surgido del frío se convierte en jeringa real y se multiplica por varios millones para entrar una por una en los brazos argentinos e inocularle a cada uno de ellos el veneno comunista en la sangre (lo único rojo que tenemos)?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Los medios de comunicación se ocupan, cada vez más, de contar lo que no pasó, como si hubiese pasado, o de especular con lo que va a pasar, aunque al final nunca pasa. No se trata de posverdad, sino apenas de mentiras; o ficciones que la política erige desde algunas de sus voces, a falta de una verdad. ¿Tendrá algo que ver todo esto con el hecho de que las novelas de César Aira, incluso las más delirantes, quieran leerse como realistas? La política y la televisión de hecho ocupan, en varias novelas de Aira, un lugar fundamental.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 5 de febrero de 2021.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Escritor. Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.</em></span></p>
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