Con un texto a caballo entre la crónica y el artículo de opinión, Flavio Crescenzi se suma también al pedido de una vuelta al humanismo, pero aclarando que este deberá ser, además de crítico, esencialmente trascendente.
Por Flavio Crescenzi*
(para La Tecl@ Eñe)
La avenida Entre Ríos se convierte en Callao, no bien cruzamos Rivadavia. Esto no es magia, es solo un efecto más del urbanismo, de ese trazado imaginario de las calles que les otorga también historia, nombre y apellido. Sobre este amplísimo escenario de asfalto y pavimento, sobre este delirante magma de cordones y veredas, desfilan todos los miércoles —con su andar pesado y mustio— unos pobres y resignados jubilados. Se aglutinan frente al Congreso para reclamar un nimio aumento en sus haberes, acompañados de sus hijos y sus nietos (cuando hay hijos y nietos), y si no, de otros muchos ciudadanos indignados, que, solidariamente, comparten con los protagonistas de la marcha estupores, bastonazos y deliquios. Este cuadro, desde que Milei nos gobierna inspirado en fórmulas austríacas, se repite todas las semanas.
Un aumento a los jubilados fue aprobado en el Congreso hace unos días (días que pueden ser semanas, semanas que pueden ser un día), pero fue inmediatamente vetado por el poder ejecutivo, que argumentó que no aceptaría ninguna medida que afectara el de por sí poco creíble superávit fiscal, supuesta columna vertebral de esta administración también supuesta. El presidente Milei, en cadena nacional, se ocupó de explicar lo importante que es el superávit para su plan económico, y no dudó en recurrir a figuras de prestigio como Séneca (o Batman) para fortalecer sus argumentos. Por lo visto, no consiguió ser lo suficientemente persuasivo. Tampoco los jubilados, puesto que siguen reuniéndose los miércoles, a pesar de la bravuconería gubernamental y los golpes recibidos.
La crisis del Garrahan y el descalabro ocasionado por el veto a la Ley de Discapacidad (entre tantas otras cosas) han conseguido que la mencionada cita de los miércoles sea cada vez más concurrida o se replique otros días de la semana. Pronto, gran parte de la Argentina estará presente en el Congreso en alguna de las muchas jornadas disidentes para pedir que se modifique esta asfixiante realidad y recibir a cambio algunos cachiporrazos de las patotas uniformadas de la Bullrich.
¿Cómo llegamos a esto? Hay muchas teorías que pueden ayudarnos a responder la pregunta. Sin embargo, creo que ya no se trata de entender el origen del mal que nos ha tocado en suerte, sino de remediarlo. Todas las voces coinciden en un punto: la salida no puede ser solo política, pues está claro que aquí se rompió algo más profundo que algún que otro acuerdo partidario. La salida, como yo mismo insinuaba en otro artículo, y como Conrado Yasenza supo exponer en uno suyo, es regresar al humanismo, beber otra vez de la fresca y valiosa agua de sus fuentes y no abandonar nunca más lo que en esencia estas significan. Un humanismo que rescate al hombre de su burbuja digital, de su resentimiento, de sus peligrosas frustraciones. Un humanismo crítico, desde luego, pero que aspire también a darnos a cada uno de nosotros, no digo ya un épico horizonte, sino tan solo la sospecha de que hay algo más que crueldad en nuestras almas, algo más que sadismo en nuestros corazones.
La palabra que me viene a la mente es trascendencia, y convengamos que las sociedades modernas no fueron creadas para encarnarla con orgullo, sino más bien para que dejáramos de pensar en ella, para que la olvidáramos. Las sociedades modernas —con sus credos y sus leyes, con su avaricia y su miseria— no buscaron nunca el bien común, sino el bien individual, y en el individualismo (¿hace falta que lo diga?) no hay trascendencia posible.
El humanismo que nos salve, además de crítico, deberá aspirar entonces a cierta trascendencia, trascendencia que no se concretará nunca de manera individual, sino de la mano de un otro (de muchos otros), es decir, en comunidad. Bien mirado, esto podría rectificar los torcidos cimientos de las sociedades modernas, esas sociedades que, aunque nos cueste admitirlo, siempre albergaron en su seno la semilla —la incognoscible y equívoca semilla— de su propia destrucción.
Viernes, 29 de agosto de 2025.
*Escritor, docente, asesor lingüístico y literario
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