
La piel del Otro
Esta entrevista fue realizada en diciembre de 2001. Vicente Zito Lema desarrolla en ella, y en el contexto de un diciembre que preanunciaba el corolario trágico del poder neoliberal destrozándolo todo, la idea de una normalidad histórica mediante la cual siempre han existido impedimentos reales que condicionan la posibilidad de desarrollar conciencia crítica en un ámbito de libertad. Zito Lema reflexiona sobre los nexos que vinculan la función del intelectual al concepto de poder, el cual se origina en las formas de producción económica, descansa sobre concretas condiciones de esclavitud y se articula mediante la utilización de los grandes medios masivos de comunicación.
Así mismo, Zito Lema afirma que la construcción de una sociedad con destino solidario, basada en ideales como ética, justicia, verdad y belleza, puede ser, aún hoy y a pesar de su carácter utópico, un horizonte con maravillosas posibilidades de reinvención.
Por Conrado Yasenza*
(para La Tecl@ Eñe)
Intelectuales: una paradoja con aroma a rebelión
– ¿Qué es lo que esencialmente define y caracteriza a un intelectual?
– Habría que hacer una aclaración previa: La función intelectual, la posibilidad de tener una visión crítica de la realidad, es propia de la condición humana, pero también es algo ideal, teórico, ya que la historia enseña que las distintas divisiones que existen en las sociedades, y las formas en que se ejerce el poder, ya sea desde lo político, lo económico o lo social-educacional, han marcado lo que es ideal en el ser humano y lo que realmente lo constituye como ser total.
La conciencia crítica no preexiste, se hace; y para realizarla hay que contar con todas las posibilidades concretas. Uno debe mirar la historia no por las excepciones, sino por lo que podría considerarse la normalidad histórica. Y la normalidad histórica nos habla de impedimentos bien reales que hacen al orden del privilegio y al ejercicio del poder, los cuales conducen a la marginación de una gran mayoría en beneficio de unos pocos. Estas desigualdades son las que, a mi criterio, determinan la función intelectual y el acceso a la conciencia crítica.
Observando la historia de Grecia uno no puede negar que así como por un lado surge allí la filosofía, por otro existe una gran masa social que vive en condiciones concretas de esclavitud. Entonces, esa gran mayoría está impedida de desarrollar la capacidad intelectual que idealmente se encuentra en todo ser humano. Es decir, ese esclavo está obligado, por acción de un poder, a vivir en lo que podemos llamar la naturaleza o la animalidad. La condición de esclavos remite directamente a la animalidad, y priva a esos seres humanos de cumplir esa función intelectual con la mayor amplitud. La plena función intelectual demanda, entre otras cosas, vivir en libertad. Es imposible entender al hombre moderno de Occidente si no lo vemos como un ser filosófico; y la filosofía es una conquista de la humanidad que tiene su origen en Grecia, pero insisto, en una Grecia en la cual una minoría tiene el privilegio de pensar a partir de un sistema de producción económico, mientras que el trabajo y lo más terrible de la lucha por la subsistencia queda, en rigor, sobre las espaldas de los esclavos.
– ¿Cuál es, entonces, el proceso mediante el cual se adquiere la conciencia crítica, y cómo interviene el intelectual en el mismo, pero no ya visto desde la perspectiva de unión entre una concepción de mundo y la sociedad, sino como ejercicio liberador?
– El intelectual, en principio, lo que desarrolla es sacralizarse en ese rol, y en la medida en que las sociedades se van dividiendo, es decir, que se implanta la división del trabajo, se empiezan a estructurar o repartir los roles. Podríamos, entonces, hablar de una primera etapa de la humanidad: Como la llamaría Levi Strauss, “la etapa de la inocencia”, donde todos los seres humanos cumplen con todas las funciones: todos trabajan, piensan, luchan contra enemigos circunstanciales, y luchan también contra los animales que los atacan. Es decir, existe un fuerte sentimiento de solidaridad, una fraternidad fundada en el hecho de que son comunidades pequeñas. En la medida en que comienzan a estratificarse los roles – el rol del guerrero, por ejemplo, que va a enfrentar los peligros de la rivalidad con otras comunidades -, la propia comunidad selecciona, poco a poco, a los más capaces para cumplir diferentes roles. Surge, en este momento, el rol del artista, el del sacerdote, el del mercader y el del brujo. En este último caso, ya se halla bien determinada la función intelectual, se encuentra el propio privilegio de ese rol. No es el brujo la figura de la que emanan las órdenes en un estricto sentido político, pero, de hecho, posee la función del ejercicio del pensamiento, y esta función se va asentando diferenciándolo del resto de la comunidad. Ahora bien, el rol del intelectual está ligado, históricamente, a los avances de la humanidad. Por ejemplo, con el advenimiento de la escritura, aunque, en un primer momento, es una pequeña minoría la que accede a ella. Pero cuando nace la imprenta, con Guttemberg, se instaura una posibilidad social de mayor amplitud para acceder al conocimiento, más allá de que este conocimiento es transmitido a partir de textos o documentos prácticamente sagrados y privados. Por ello pocos acceden al saber social.
Tampoco podemos olvidar que, en la actualidad, en América Latina, más del setenta por ciento de la población no lee ni escribe, no accede a la función intelectual primaria. Y es desde ahí que, entonces, nace el privilegio. Del conocimiento es de donde viene el poder, pero también la posibilidad de generar más conocimiento. Por eso, se da cada vez con mayor fuerza una selección impuesta por los mecanismos del poder, para que la posibilidad de pensar críticamente esté en la menor cantidad de personas. De esto surge la siguiente situación: una gran mayoría social sigue cumpliendo el rol de espectador, que de alguna manera sigue siendo el rol de esclavo, en la medida en que no puede acceder al cumplimiento de todas las funciones humanas – no tiene libertad -, y llegar a alcanzar la posibilidad de una conciencia crítica. En la sociedad de hoy existe una gran masa de esclavos, definidos a partir de las condiciones en que viven – la parte de la realidad más dolorosa que está ligada a la mala comida, la mala vivienda y al morirse a causa de enfermedades vinculadas a la miseria concreta -, y otro grupo, que podríamos definir en condiciones de semi-esclavitud, a partir de que están imposibilitados de llegar a las situaciones más complejas del pensamiento, hecho que se relaciona con la exclusión social impuesta por los sistemas de producción que imperan en el mundo.
De esto se desprende que la posibilidad de desarrollar la función intelectual, que tienen todos los hombres, es siempre ejercida, históricamente, por una minoría.
– Usted es un escritor, un intelectual y un hombre del periodismo. ¿Cómo asume el rol de intelectual y cómo se posiciona, desde ese lugar, frente al poder?
-Desde mi criterio, hay que entender que la posibilidad de ejercer la tarea intelectual parte de una muy profunda contradicción. El hecho de que exista la exclusión, la marginación y la esclavitud – como la describí anteriormente-, plantea esta profunda contradicción en la tarea, en el hacer de un intelectual. En mi caso, exige una demanda ética muy fuerte ligada al conocimiento del privilegio que emana del rol del intelectual. Ejercer esta función establece una paradoja con relación al poder, la cual se manifiesta como contradicción, como traición que uno le plantea al poder. Qué quiero decir con esto, bien, lo siguiente: El asumir socialmente el rol del intelectual descansa en un privilegio, que a su vez descansa en un orden de producción. Desde mi concepción ética, tener conciencia de ese privilegio, y a la vez conocer el dolor que produce la exclusión de grandes mayorías sociales, deriva en que me convierta en un ser que quiere abolir el propio orden social que me convierte en intelectual; y por ello, soy un traidor del sistema, o para el sistema. Creo que esta es la única forma en que un intelectual puede vivir en la contradicción: Cuando tiene conciencia del privilegio del que goza, y cuando tiene plena conciencia de que ese privilegio se funda en el dolor del otro. Desde ese momento, asumo mi rol de intelectual, y trabajo poniendo todo mi conocimiento para abolir el orden del sistema, con la idea utópica para estos tiempos de que esa función vuelva a ser ejercida por el conjunto de la sociedad. Esto, sí o sí, implica riesgos que deben asumirse también.

– Creo que hay como un clima de ausencia de asombro, de ausencia de indignación que caracteriza a la sociedad de nuestro tiempo. Frente a este panorama ¿cómo crear lazos entre el plano teórico y la intervención directa, es decir, acciones que movilicen directamente a la gente, y en ella, la promoción de una conciencia crítica?
– El tema es muy complejo. Este siglo XX ha dado muestras de una capacidad de destrucción inigualable y que hace como imposible imaginar un destino solidario, con valores como ética, belleza, amor, que reinen en este mundo. Desde ese espacio uno ve como que no queda nada por hacer, pero ahí yo vuelvo a la función del intelectual, quien es precisamente como la conciencia crítica de la sociedad; es él quién tiene que mantener su posibilidad de fe en la construcción de una nueva sociedad, y tiene que seguir impugnando al poder instalado en esta sociedad, al poder que ha ocasionado la destrucción de la que estamos hablando. Entonces, el intelectual tiene que superar el desánimo, se trata de seguir peleando. Desde ese lugar es de dónde me instalo y resisto, y trato de contagiar en la medida de mis posibilidades a otros intelectuales, especialmente a los más jóvenes, para que sigan desde la resistencia construyendo la utopía, que dejará de ser utopía el día en que se cambie realmente la forma de producir, porque con esta forma de producción no hay posibilidad de construir una sociedad mejor en lo ético, en lo moral, en lo artístico, en lo amoroso. Tengo claro que la gente está abatida, está cansada, pero también tengo conciencia que hubo muchos períodos en la humanidad en que se han dado las mismas condiciones. Después de una gran derrota, las sociedades quedan aletargadas; los efectos de la derrota no se terminan el día que muere el último combatiente. La derrota argentina, para los intelectuales, no es sólo la muerte de Paco Urondo, de Miguel Ángel Bustos, de Haroldo Conti o de Rodolfo Walsh; es todo esto, es este espíritu de derrota que siguió vigente y se ha extendido entre muchos jóvenes intelectuales, y entre muchos intelectuales que combatieron en su momento y que ahora son cómplices del poder, o que ya directamente, quieren figurar en una situación de neutrales. Creo que esto es casi imposible; no hay neutrales, es lo que dice La Biblia: “la lucha es eterna entre la luz y la tiniebla”. La lucha es eterna entre los dueños del poder y quienes sufren la situación de opresión.
– En la actualidad, ¿sobre qué bases intelectuales se articula, desde el poder, la cosmovisión del mundo con la sociedad?
– Retomo el comienzo de la entrevista: sobre la base de una producción económica que descansa sobre la existencia de la esclavitud.
Medios y comunicación
– Observando que uno de los canales mediante el cual un intelectual puede ejercer su tarea lo constituyen los medios de comunicación, ¿cuál es su visión sobre los mismos?
– La importancia de los medios de comunicación es tan grande que genera como hecho la conversión de los mismos en un fuerte instrumento de dominación y de lucha entre quienes quieren cambiar el rumbo del mundo y los que bregan por mantenerlo tal como está. Quiero decir con esto que el poder tiene conciencia de la importancia que los medios tienen en su proyecto de mantenimiento del status quo, y por ello hacen de ese espacio un coto de caza cerrado.
La televisión es el medio de mayor influencia en el campo de la comunicación, y entonces, mirando televisión y analizándola, uno se da cuenta de que las reglas de juego están dadas de un modo tan claro que la posibilidad de introducir un discurso transgresor es casi imposible.
Cuanto más fuerte es la influencia de un medio, más fuerte es la exclusividad con que el poder marca la utilización de ese medio. Es casi imposible ver en un canal de aire programas de impugnación al sistema porque es allí donde se da el más alto grado de eficacia. El poder no puede tener un grado de cohesión absoluto en todos los órdenes, por eso se concentra donde la eficacia es mayor. En el lugar en el cual se concentra el poder, se vuelve más difícil enfrentarlo.

– ¿Es aplicable esta idea a los grandes diarios?
– En los grandes diarios también se da la misma situación. Aquí, como la prensa siempre tuvo una historia de mayor libertad, es muy difícil que el poder pueda excluir todas las voces que le molesten y por eso siempre hay algo de impugnación.
Pero si uno se toma la molestia de leer los grandes diarios (en el sentido de magnitud económica y de tirada), se da cuenta que más allá de las pequeñas excepciones existentes, la mayoría de los discursos están por la mantención, por la vigencia del sistema, del orden instituido. En la medida en que nos vamos alejando del núcleo del poder, se pueden hallar otros discursos.
En el medio radial sucede lo mismo. En las grandes radios se cuida más que el discurso sea homogéneo al servicio del poder, y cuando digo esto hablo también de las contradicciones que legitiman al poder.
El poder necesita siempre una oposición, pero busca que esa oposición esté dentro del sistema. Uno puede decir: ¡Y no, pero hay libertad!, pero es una libertad dada para un mismo discurso hegemónico final.
Cuanto más cerca se esté de la influencia sobre la sociedad, más dura es la posibilidad de poner un palo en la rueda o de encontrar un atisbo para introducir un discurso impugnatorio del poder. Si uno tiene una radio poderosa que enfrenta al sistema, esa radio no puede existir porque la ahogan económica, legal y judicialmente; es decir, siempre van a encontrar una manera en que la puedan destruir.
Con esto quiero decir que los intelectuales si bien pueden acceder a los intersticios, que siempre existen (no hay un poder absolutamente homogéneo), tienen que tener conciencia que, por un lado, pueden estar legitimando poder, porque desde lo que se llama “democracia política” se reconoce la necesidad de la existencia de varias voces.
Cuanto más dócil sea el intelectual, más posibilidades tiene de acceder a los espacios de los grandes medios, y por el contrario, cuánto más dura sea su oposición, más alejado de esa posibilidad va a estar.
Yo, por ejemplo, tengo conciencia que estoy prohibido en los grandes medios de comunicación, pero se me permite e invita a medios más chicos o del interior del país.
-En su caso, el poder ha sido bastante coherente, lo ha forzado a un exilio externo y también a un exilio interno.
– Ha sido bastante coherente y no me quejo. Tengo conciencia de que tengo voz más fuerte en el interior del país, donde se está más lejos de esa hegemonía del poder, que en la Capital Federal. Hablo de mí porque es más fácil, pero esto sucede igual con cualquier otro intelectual que tenga un grado de enfrentamiento con el poder tan directo como el que tengo yo. Porque no se trata sólo de denunciar; los intelectuales tienen la posibilidad, junto con la denuncia, de contribuir a que se entienda lo que está por detrás del hecho denunciado.
-Si no serían mitos.
– Sí, si no sólo se ve lo externo, la maldad del hecho, pero no las causas profundas y reales por las que se producen esos hechos. De esa manera se llega al convencimiento falso de que, si se cambia un funcionario denunciado de haber cometido un hecho ilícito, la situación puede mejorar, cuando lo que está por detrás no es un funcionario sino una estructura de poder.
Si un intelectual denuncia lo que está detrás del hecho, es ahí donde cumple su rol y es cuando se convierte en peligroso para el sistema.
Cualquiera puede denunciar el hecho; por ejemplo, se puede hablar de la detención de Videla o del robo de bebes nacidos en los campos de concentración en un canal de aire, pero en los mismos no se deja ejercer la verdadera función intelectual, que es explicar todos los mecanismos que determinaron la existencia de ese hecho.
La denuncia, en último caso, la admiten porque si no se caería todo el sistema “pseudo-democrático” con que funciona el poder hoy. Pero el poder va a tratar que no se sacuda la verdadera estructura de terror en que descansa esa pseudo-democracia , y, por lo tanto, cuando un intelectual contribuye a clarificar la verdad profunda de los hechos, es un enemigo al que hay que anular. Como en estos tiempos no se lo puede matar o encarcelar u obligar al exilio, se lo trata de marginar, de ahogar, de limitar en su capacidad operativa frente al poder, a partir de todos los medios que la legalidad del sistema presta, entre otros tratando de restarle eficacia desde su alejamiento de los medios de comunicación. Por eso mismo, yo creo que los intelectuales deben tener conciencia de la realidad y apostar, a largo plazo, a la coherencia, a formar gente, a usar los espacios, pero siempre teniendo claro la correlación de fuerzas, sabiendo que los cinco minutos que uno usa por un canal de televisión van a chocar con el resto de los minutos, horas, días, meses, años en que el poder los utiliza para su propio discurso. Entonces, hay que pensar en cada momento histórico, en cada oportunidad, si vale la pena legitimar el modelo con la presencia o si se piensa que con la presencia, en ese momento, se es útil para tener la posibilidad de decir cosas profundas, no circunstanciales.
Yo pido que cada intelectual, como me pido a mí mismo, sea capaz en cada momento concreto (si es que los grandes medios le ofrecen esa posibilidad), de saber cómo lo hace, en que contexto, y que está cediendo y qué está ganando más allá de su narcisismo, al usar en ese momento la libertad de expresión. De ahí, creo también, que en forma más sostenida la función del intelectual en estas etapas de resistencia es la de formar gente, la de participar en espacios donde la correlación de fuerzas sea más favorable, y me estoy refiriendo a las radios FM, a las emisoras barriales, a las revistas de menor tiraje, pero que en su conjunto tienen una gran eficacia. Pienso, también, en el interior de nuestro país, y en tratar de inscribir el discurso de uno en la necesidad de un proyecto alternativo al poder.
Las cosas no están vencidas, la única batalla que se pierde es aquella que se abandona.
Entrevista realizada por Conrado Yasenza en diciembre de 2001.
*Periodista. Docente en la Universidad Nacional de Avellaneda.

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