Martín Liut reflexiona sobre las declaraciones que Fito Páez realizó en torno a las mujeres, el feminismo y el perreo. Liut sostiene que fueron dichos que generan el mismo efecto que escuchar a un cantante desafinar, una tensión en el espectador que puede vivirlo como una falla o una falta del cantante.
Por Martín Liut*
(para La Tecl@ Eñe)
Você com a sua música esqueceu o principal
Que no peito dos desafinados
No fundo do peito bate calado
No peito dos desafinados também bate um coração
(Desafinado, Antonio Carlos Jobim)
“Fito Páez desafina” suena a título baitero o una provocación. Por el contrario, quiero tomarme en serio la frase y usarla para reflexionar sobre dos cuestiones diferentes alrededor de la música que lo tienen a Páez como protagonista. Primero, le presto atención a su sentido literal, porque todos -incluido el propio Fito- somos conscientes de que no es un cantante afinado. Sobre este hecho fáctico pretendo sumarme aquí a esa hermosa e infinita disputa musical entre la física y la cultura y que se puede expresar en una respuesta rápida: “Fito desafina ¿y qué?”. La segunda forma de utilizar la frase del título es como metáfora. Aquí hablamos entonces de la polémica que se inició a partir de sus declaraciones críticas respecto de las “mujeres, el feminismo y el perreo”, para decirlo muy sintéticamente. Fueron dichos que producen el mismo efecto que puede ocurrirnos ante la desafinación. En el caso de que para nosotros cantar afinado sea importante, cuando alguien desafina produce un efecto de tensión en el espectador que lo puede vivir como una falla o una falta del cantante. Un problema que puede incluso verse agravado si el sujeto desafinante no es consciente de su error. Algo de esto pasó con muchas personas respecto de la opinión de Páez. Se produjo un choque entre la admiración hacia un artista que con esta frase dio simplemente un paso en falso, cantó mal las notas de una melodía que desconoce.
Aquí convendría revisar qué se entiende por cantar desafinado. Para la RAE desafinar es:
intr. Dicho de la voz o de un instrumento: Desviarse algo del punto de la perfecta entonación,
desacordándose y causando desagrado al oído. U. t. c. prnl.
Desafinar sería entonces un desvío, salirse de la línea. El diccionario español le atribuye a la descripción una cualidad negativa. Desafinar es salirse de la “perfecta entonación” cuyo correlato es probar un “desagrado al oído”.
Efectivamente, cuando alguien canta desafinado, sobre todo de un modo muy ostensible para todo el público presente, provoca un chirrido cognitivo entre la nota que deberíamos estar escuchando respecto de la que efectivamente suena y que puede devenir en un abanico de respuestas entre el desagrado, la risa y hasta la burla.
Pero la música está repleta de cantantes que, en términos de la acústica y la psicoacústica, suenan “desafinadas” y sin embargo tienen centenares de miles de fieles seguidores a lo largo de los años y las décadas. Como el mismísimo Fito Páez.
Lo que pasa aquí es que lo que para unos públicos es relevantes para otros no. Porque, como recuerda el compositor Oscar Strasnoy, decir que la música es el único lenguaje universal es una “estafa… Nada es menos universal que la música, nada, ni siquiera las lenguas. Prueben de juntar en una confitería a una señora wagneriana con un muchacho heavy-metal, un ardoroso del gagaku, un cumbio-bolivariano, un sensiblo-sciarriniano, un gaitero con minifalda, un pimpinelo, un narcocorrido-tex-mex, un pigmeo, un tanguero, un nonista-utópico-new-age, un niño cantando en loop Manuelita la tortuga. Sería la guerra acústica”
Desafinar entonces, suele formar parte de las herramientas punitivas y descalificatorias de los contendientes de la guerra acústica. Si desafinás, eso quiere decir que tu música es mala o no vale. Pero el público convive desde hace décadas con la particular forma de cantar Fito Páez, en un pacto poético que hace que este asunto no afecte en lo más mínimo su comunión con el ídolo. Y es algo que Fito logró a fuerza de convicción, de convencer y enamorar en algo que es un valor para la cultura del rock: que el cantante cante sus propios temas.
Se trata de un valor que no necesariamente es relevante en otros grandes géneros musicales del país, como es evidente en los casos del folklore, el tango, o el pop. En 1982, cuando Juan Carlos Baglietto llenó Obras Sanitarias con las músicas de la Nueva Trova Rosarinas, que incluía canciones del en ese momento teenager Fito Paéz, Claudio Kleiman sacó a relucir, en una entrevista para «Expreso Imaginario», este dilema: Baglietto, enorme cantante sin repertorio propio. Baglietto, reivindicó la posibilidad de ser un intérprete y no un compositor. Buscando un ejemplo a la inversa Kleinman acotó:
-Kleiman: Además puede darse que el tipo que la compuso sea un compositor pero no un cantante
-Baglietto: Claro, con Fito (Páez) pasa eso. Considero que tengo cierto poder de abstracción y cuando le escuché “Puñal tras puñal” le vi la punta. Pero si la escuchás cantada por él no dice nada, porque Fito tiene mucha polenta, pero no es un cantante.
Por suerte para la cultura nacional, Fito no se amilanó ante es dictum. Lo cual no quita que haya sido consciente de sus limitaciones. Cuando en 1999 Carlos Polimeni le preguntó a Páez si Andrés Calamaro cantaba mejor que él, Fito respondió: “Puff, mucho mejor. Es un cantante en serio”.
Podríamos hacer una lista de cantantes que son “desafinados” técnicamente y por lo tanto quedarían invalidados para públicos ajenos al artista. Pero queda claro que ese disvalor no representa problema alguno para los fans.
Perrear, en las declaraciones de Fito Páez, se asemeja en ese sentido un poco a aquellos que critican al otro por desafinar. Perrear es un desvío del baile, porque se asocia, de un modo simplista, a la sexualización y cosificación.
Se trata de una admonición típica de quienes están fuera de una cultura de género, o práctica musical y en este caso bailada. La crítica de Páez hacia el perreo es la de un rockero hacia una música, una nueva cultura de género que por ahora parece estar agrupándose bajo el término de “música urbana”, de la que desconoce códigos prácticas y valores, y sobre la que realiza la misma operación superficial de estigmatizar de forma simplista.
De entre las muchas respuestas de estos días, me quedo con la de la musicóloga Mercedes Liska, que viene de publicar un extenso y documentado libro sobre la práctica del perreo de mujeres y disidencias con un título elocuente: “Mi culo es mío. Mujeres que bailan como se les canta”. Liska arrobó en su cuenta de IG a Fito y le escribió:
“Como tu fan, si querés entender pasame la dire que te mando un libro, para que nunca más digas algo tan absurdo como delicado”.
Todo parece indicar que Fito “desafinó” en una entrevista con Julia Mengolini, es decir, en esos espacios de diálogo que, de tan amables, llevan hasta los más acostumbrados a la vida mediática a lanzar frases sin una reflexión previa, más propias de una charla de café que de una conversación pública.
El problema no se encuentra en discutir sobre la cosificación de la mujer versus una posible politicidad de la relación entre cuerpos sexualizados, música y baile. La desafinación consiste en caer en la generalización abstracta de una práctica musical popular, que puede terminar en una estigmatización tout court.
En ese sentido, no proponemos aquí discutir los “valores” ni de la música urbana, el rock y otras grandes culturas de género. Para futuros debates, aclaro que no acuerdo con las ideas decadentistas de la cultura argentina en general y la musical en particular. A modo de ejemplo, para los nostálgicos de los 60 y aquel boom de los Beatles, les recuerdo que los músicos que más vendían discos no eran los Fab Four sino los participantes del Club del Clan. ¿Era aquella una cultura musical decadente o se trata, como casi siempre, de un océano sonoro que contiene una variedad inmensa y, por lo tanto, vital y fértil? Recordemos que en sus orígenes, el tango fue visto como chabacano, promiscuo e inmoral por nuestras élites criollas. Hoy es patrimonio de la humanidad.
Desafinado.
Domingo 20 de julio de 2025.
*Martín Liut es compositor, docente e investigador. Doctor en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Quilmes, y en Música, Historia y Sociedad por la Escuela en Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (EHESS). Es docente e investigador de la Universidad de Quilmes y de la Universidad de Buenos Aires. Su último libro publicado es «El país de la canciones. De Charly y Evita a María Becerra y Trueno», editado por Gourmet Musical.
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3 Comments
¡ bravo ¡
Interesante nota, cómo bien dice su autrr que,puede ser disonante para los que no son fans y no para sus seguidores
Ahora aclaro que, tengo muchos años y no sólo me gusta la música clásica, también el rock (entre otros).
Gracias, aprecio el escrito,es cultura.
creo dos cosas…q paez cada vez hace declaraciones mas desafortunadas ( calamaro es hiperbolicamente peor ) y en cuanto a lo musical empezo a cantar peor luego del crimen de las tias y los años tambien corren para el…a su favor puedo decir q es amigo de fernando la noy…