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	<title>Horacio González archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>Horacio González archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>El Ensayo y la Universidad &#8211; Por Fernando Alfón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 15 Apr 2018 14:51:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fernando Alfón]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
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		<category><![CDATA[Universidad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A propósito de Saberes de pasillos, de Horacio González</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/ensayo-la-universidad/">El Ensayo y la Universidad &#8211; Por Fernando Alfón</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(A propósito de Saberes de pasillos, de Horacio González)</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em> </em>Fernando Alfón*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Si por <em>ensayo </em>se entiende escribir algo sin énfasis de que sea definitorio, ni absoluto, ni divino; algo que admite ser corregido, mejorado o refutado; o bien algo que uno cree y defiende, pero no de manera dogmática: entonces ensayistas somos todos. Independientemente del género que adopte nuestro texto —diálogo, manifiesto, tesis, tratado— el carácter ensayístico subyace a todo tipo de texto orientado a la argumentación y el conocimiento. Ahora bien, no es este sentido tan general de ensayo el que campea por las universidades, sino algo cercano a la literatura, cuyas marcas más características serían la brevedad, el estilo, la subjetividad: el ensayo tal cual lo ejerció Montaigne y cuya popularidad terminó por devenir en un género literario. Este <em>ensayo montaigneano </em>—ámbito del boceto y lo diverso— se lo contrapone al <em>ensayo académico</em> —ámbito de lo acabado, lo riguroso y sistemático—.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Esta contraposición nos interesa, porque reconstruir el modo en que el ensayo se fue bifurcando en dos tendencias opuestas es también trazar una nueva historia de los avatares de la escritura argumentativa. Al ensayo montaigneano, efectivamente, hoy día lo vemos distanciado del tratado, ocupa un lugar periférico y se percibe como una desviación; pero para comprender esta bifurcación, deberíamos recordar que fue el tratado quien comenzó siendo un discurso periférico del ensayo y creció hasta convertirse en el género preferido por las instituciones del conocimiento. No son los <em>Essais </em>(1580) los que pretenden refutar al racionalismo cartesiano —como sugirió Adorno—, sino que es el <em>Discours de la méthode</em> (1637), más de medio siglo después, el que intentó refutar el escepticismo montaigneano. El ensayo no se define en contraposición al método cartesiano, sino que, a partir de Descartes, se presume que la inquisición constante del ensayismo podía ser fijada y convertida en regla. Los géneros que hoy colonizaron la universidad se perciben hijos lejanos de este cartesianismo, cuando en verdad son nietos díscolos de Montaigne, o cuanto menos de lo que este representa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La universidad ha atravesado distintos momentos y han resonado en sus aulas escrituras, voces y gobiernos muy diversos. Pensamientos vanguardistas, religiosos, revolucionarios y artísticos la han dotado de una vitalidad cultural cuyos frutos no son equiparables a los de ninguna otra institución. Esa diversidad ha honrado su misión primigenia, que fue, fiel a su nombre, tender a la universalidad, entendida como anhelo de alojar los saberes más diversos de la humanidad, estudiarlos, sugerir y gestar otros tantos nuevos. Esos tiempos de politeísmo proteico se han apagado. La universidad, hoy día —intimidada por la exigencia del lucro y rendida ante el embrujo de cada innovación tecnológica— parece no tolerar sino el discurso sistemático, utilitario y comercial. A eso se llama ciencia y a todo lo demás —un <em>todo lo demás </em>que llega hasta los saberes esotéricos—, llama ensayo. La universidad se ha puesto imperativa y suspendió su antigua vocación dialoguista. De la universidad como el universo vasto de los saberes, se fue hacia la universidad del Uni-Verso, cuyo género escritural acorde es la Mono-grafía. Este Verso Único, al monologar, se retroalimenta y engorda a costa de olvidar sus lenguas más añejas; pero al contrastarse solo con sus propios textos se empobrece. Engorda y a la vez se desnutre. Crece en tamaño y se debilita. El aspecto de la universidad es inexpugnable, pero basta con recorrer sus pasillos para comprobar que, como quejidos de su más remota memoria, sus cimientos aún recuerdan sus fuentes renacentistas y, mucho más en lo profundo, sus antiguas escuelas clásicas, auténticamente ensayísticas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El ensayo es uno de esos saberes que se ha retirado de la ciudadela universitaria, aunque aún mantiene misiva con algún jefe de familia o visita algún pariente que quedó del otro lado. Este tema no remite tanto al ensayo como a los dilemas de la universidad. Lo menciono por el vínculo que aún mantienen, y para decir que el ámbito público del ensayo no radica en la institucionalización. Quizá sea irremediable que el ensayo montaigneano no alcance la ciudadanía plena en la universidad, y quizá sea lo que a ambos mejor le convenga. La fuerza de uno y de la otra radica en su equidistancia. No en una mutua indiferencia, sino en una subrepticia relación epistolar. Esas misivas son las que se mandan a través de las revistas culturales, las editoriales pequeñas, las ferias de publicaciones, las querellas en la prensa, los grupos de estudio privados.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><img decoding="async" class="aligncenter" src="http://leviatan.mx/wp-content/uploads/2018/02/montaigne.jpg" alt="Resultado de imagen para El ensayo ensayo montaigne" /></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La universidad se ha abroquelado, pero nunca al punto de sellarse por completo, porque vive de sus desajustes, respira en esas hendijas por donde se cuela aquello que llama «espontaneidad», «improvisación» y «espiritualismo». Combate sus desórdenes, pero nunca al punto de extinguirlos, como si sospechara que acallar ese ruido molesto equivaldría a silenciarse por completo. A menudo es desde la misma universidad de donde proviene el elogio al ensayismo, como forma de interpelarse a sí misma o como estrategia de legitimación de los docentes e investigadores que encuentran en el ensayo la fuerza y la efectividad que no hallan en los <em>papers</em> confinados a revistas departamentales.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No hay que temer la extinción del ensayo en la universidad, ni debemos esperar un futuro promisorio del mismo en esos claustros. No sucederá ni una cosa ni la otra. La una, porque la universidad no dejará de ser el lugar donde los pensamientos se manualizan y se replican abrumados por la pesadez del estilo. La otra, porque de aspirar a la hegemonía, el costo sería convertir el ensayo en una escritura estatal, muy poco ensayística. El ensayo se proyecta, en este panorama, como la posibilidad de un pensamiento más libre, mejor planteado y de mayor vocación persuasiva.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ni extinción ni futuro deslumbrante, y acaso ambos se legitimen, en sus respectivos tribunales, como defensa ante la amenaza que representa el otro. No obstante puede que, por alguna desgracia, suceda más una cosa que otra. Lo único a lo que los ensayistas podemos aspirar es a que el ensayo no sea censurado. De esa pervivencia, siempre a manera de fuga, depende su buena salud, pero a la vez la buena salud de la universidad. Pues una universidad sin ensayismo en sus horizontes pedagógicos es como una democracia sin movilización callejera.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El ensayista —al menos en las universidades argentinas— no es solo el que escribe bajo el influjo anhelado de la buena literatura, como si su única distinción fuera un amaneramiento o un romanticismo anacrónico. Escribe distinto porque es aquel que aún lee de manera transversal el conocimiento y se embebe de las mejores tradiciones prosísticas; no es un especialista, porque se reúsa a convertirse en un instrumento del conocimiento. Su vocación temática abraza por igual esa dilatada región del conocimiento que aún conserva el nombre de humanismo. El ensayista comprende de manera oblicua. Es aquel que atesora en su casa una biblioteca —por modesta que sea— celosamente ordenada; es aquel que aún establece un diálogo vital con la tradición del libro, con el legado de la cultura escrita; que vislumbra atento el siglo XXI, pero hunde sus inquisiciones en las más recónditas escuelas de pensamiento. El ensayo en la universidad es la presencia de ese tipo de intelectual que, de extinguirse, la universidad perdería sus reflejos y avanzaría como un gigante de papel humedecido, ilegible y a la vez impotente. Puede que los ensayistas no ocupen los cargos de mayor relevancia o graviten alejados de las decisiones de gobierno, pero son los que sugieren una bibliografía espinosa, los que cada tanto publican un libro sorprendente o entusiasman al alumno recién venido. A través de ellos la universidad asume riesgos. Ese tipo de intelectual no es el que acrecienta los recursos económicos de la universidad; pero si aún hoy debemos defender que se sigan invirtiendo recursos públicos en ella es porque, permeable aún a esos mismos intelectuales, egresan vocaciones, no solo profesionales; humanistas, no solo técnicos; políticos, no solo gestores.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 15 de abril de 2018</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>*Ensayista</em></span></p>
<p style="text-align: justify;">
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		<title>La crisis del macrismo y la convivencia democrática &#8211; Por Pedro Karczmarczyk</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 20 Sep 2018 16:39:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pedro Karczmarczyk]]></category>
		<category><![CDATA[Alfonsín]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Estado]]></category>
		<category><![CDATA[Estado de excepción]]></category>
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		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Karczmarczyk analiza en esta nota cómo el agravamiento de la crisis del macrismo, que viola procedimientos democráticos establecidos para la gestión de gobierno, pone en juego la convivencia democrática y el Estado de derecho en nuestro país.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/la-crisis-del-macrismo-y-la-convivencia-democratica-por-pedro-karczmarczyk/">La crisis del macrismo y la convivencia democrática &#8211; Por Pedro Karczmarczyk</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Pedro Karczmarczyk analiza en esta nota cómo el agravamiento de la crisis del macrismo, que viola procedimientos democráticos establecidos para la gestión de gobierno, pone en juego la convivencia democrática y el Estado de derecho en nuestro país.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Pedro Karczmarczyk*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El agravamiento de la crisis del macrismo ha impuesto un cambio en el tenor de los análisis políticos. La certidumbre de que se abre un nuevo tiempo convive con la incertidumbre acerca de su naturaleza. Aunque es muy difícil encontrar en el presente los trazos del futuro, algunas cosas parecen seguras, como por ejemplo que ya no resulta plausible caracterizar a “Cambiemos” como una derecha institucional, como una “derecha moderna” o como una “derecha democrática”. Hace cosa de un año atrás la <em>melange</em> de lo crudo y lo cocido de “Cambiemos” permitían que esta caracterización se sostuviera con no poca plausibilidad.  “Cambiemos” apela cada vez más a mecanismos de excepción, se saltea los procedimientos establecidos en diversos ámbitos de la gestión del gobierno y acaba desplegando un poder de fuego, tanto judicial como literal, inusitado. El camino iniciado con el encarcelamiento de Milagro Sala, que aparecía como un fenómeno marginal, excepcional en la lectura que hacía de los primeros dos años de gobierno del Pro una nueva derecha, acaba revelándose como la ejemplificación simple y directa de una lógica de gobierno.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Horacio González, en una nota aparecida en <em>Página/12</em> el 24 de agosto, luego del discurso de Cristina Fernández de Kirchner en el Senado de la Nación, constató: “Están en peligro las fuentes primordiales del soporte convivencial de la Argentina” Me gustaría detenerme en este enunciado para reflexionar sobre el mismo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El enunciado está motivado por lo que González denomina el “Bonadío-Prinzip”, es decir, por decisiones judiciales que no se ajustan a derecho, coordinadas para que su amplificación por los grandes medios de comunicación produzca un efecto inmediato, que no puede revocarse en sede judicial. En otros términos, “Bonadío-Prinzip” busca y usualmente logra un efecto de escarnio público que hay que calificar de “extrajurídico”. Pero que no se agota en este nivel simbólico o ideológico, sino que también interviene a nivel represivo, ya que priva de su libertad a los opositores políticos con procedimientos judiciales dudosos, apoyándose aquí en lo que se denomina, acaso con amargo sarcasmo “<em>doctrina</em> Irurzun”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Evidentemente estas intervenciones trastocan la convivencia política, Mauricio Macri, quien asumió el gobierno procesado por la larga causa de las escuchas ilegales, o los grandes medios de comunicación, que se valieron de una retahíla de medidas cautelares para postergar la aplicación de la “ley de medios”, entran ahora en una lucha que parece ser a todo o nada. El ministro de educación se atrevió a designar al contrincante, apelando a una entidad que no existe más que el reino de la ficción: una alianza “kirchnerotroskista”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Inexistente como es, este ser ficcional revela algo de la gobernabilidad macrista, acerca de lo que entra y lo que no entra en la misma. El “kirchnerotroskismo” designa simplemente a todo aquel sector político que no se aviene a sostener mansamente la gobernabilidad macrista, como lo hace un amplio espectro del conglomerado opositor, ya sea por convicción ideológica (como es el caso de grupos importantes del peronismo territorial), por necesidad económica (otros grupos del peronismo territorial), por temor a algunas de las formas del “Bonadío Prinzip” (donde podríamos contar, tal vez, a los sectores que abandonaron la bancada kirchnerista para facilitar el acuerdo con los fondos buitres y que han sido luego sostenes parlamentarios del macrismo) o por alguna combinación de estos factores.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" src="https://4.bp.blogspot.com/-QlG3Y-m5yA0/WbjOsHE0ttI/AAAAAAAA4PI/90q1yJhmfIAewhZhUELbnmUBeRvJlRv1wCLcBGAs/s1600/santiago3.jpg" alt="Resultado de imagen para macrismo Â¡Â¿derecha moderna y democrÃ¡tica?" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A esta altura podemos ya circunscribir el alcance de las “fuentes primordiales del soporte convivencial de la Argentina”, se trata de un conjunto de reglas que caracterizan a la democracia política que nunca han sido tan fuertemente cuestionadas como hoy día desde la recuperación democrática en octubre de 1983. Se trata nada menos que de las reglas de juego de la política. Ahora bien, si decimos que uno de los contendientes juega “a todo o nada”, o, para decirlo con más dramatismo, a “matar o morir”, es porque, por ahora, nos da una pauta de lo que está dispuesto a hacer, que es siempre mucho mayor que lo que ya ha hecho. Como lo decía Hobbes, el estado de guerra no es la batalla, ni la lucha misma, sino el lapso de tiempo en el que reina la voluntad de resolver las diferencias mediante la batalla. Y si no nos equivocamos, la ruptura de las fuentes primordiales del soporte convivencial de la Argentina tiene ese sentido. Ese fue el sentido de los bombardeos a la población civil en Plaza de Mayo en 1955 y ese es el sentido de los encarcelamientos políticos que comenzaron apenas asumido Macri con el encierro ilegal de Milagro Sala, la cárcel para Facundo Jones Huala, y luego la prisión del ex vicepresidente Boudou en un proceso plagado de irregularidades, y finalmente el embate de Bonadío sobre Cristina Kirchner, pasando por las muertes de Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, y las frecuentes represiones a la protesta social, en muchos casos a partir de incidentes orquestados desde las fuerzas de seguridad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Sin ningún ánimo de minimizar lo que implica la ruptura de las reglas convivenciales de la política, conviene tener en claro tanto la naturaleza como la magnitud y el alcance de este fenómeno. En efecto, las reglas convivenciales de la política no alcanzan para darle el tono a la vida social del país en general. Ese es tal vez el gran mito de la democracia recuperada en 1983. Cuando Alfonsín declamaba, con la incuestionable fuerza de apelación con la que lo hacía, que con la democracia se come, se educa o se cura, realizaba una operación ideológica de importancia: colocaba a las reglas de juego de la política en el lugar de las causas eficaces de la dinámica social, cuando en 1983 resultaba a todas luces evidente, que la política, las reglas de la política queremos decir, eran la continuación de la guerra por otros medios, que las reglas de la política no constituyen una ruptura, como quería Alfonsín, sino una continuación de las reglas de la guerra. Dicho de otra manera, que las reglas de la política son un efecto de las maneras en que se come, se educa y se cura en mayor medida de lo que lo es al revés. Ello era evidente, al menos para quien quisiera entenderlo, aunque esta voluntad de entender escaseara entonces, por motivos que también hay que tener presentes. Las reglas de política no translucían entonces a las reglas de la guerra, porque la lógica de la guerra de la dinámica social no tenía necesidad de insinuarse, de tan demoledora que había sido su última batalla.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Digamos algo más para circunscribir el alcance de las reglas de la política en cuanto “soporte convivencial” de la nación. En efecto, uno de los ejes sobre los que giraron los debates sobre la caracterización del gobierno de Macri a los que aludimos al comienzo es la continuidad durante el mismo de los planes sociales del kirchnerismo. Ahora bien, un mínimo análisis nos permite apreciar que las políticas de los planes sociales son una intervención del Estado que, en tanto que garante de los intereses de clase de la clase dominante, vela por sus intereses de conjunto, intervención que es tanto más eficaz cuanto es vivida como una ayuda del Estado hacia los más necesitados, como una intervención del Estado para la construcción de una sociedad más justa. Los “planes sociales” contribuyen a la reproducción de la clase trabajadora ante el hecho de que más de un tercio de la misma realiza su trabajo de manera informal y percibe salarios por debajo del nivel de subsistencia. La intervención estatal de los planes sociales hace juego con la reproducción de la sociedad bajo determinado modelo de acumulación del capital. Ello no implica desconocer su necesidad y la validez de los reclamos de planes sociales, sino simplemente señalar que son la respuesta a un problema que no pueden solucionar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se nos permitirá un párrafo acerca de la cuestión del Estado. Para la tradición liberal, que hoy domina en nuestras universidades y en nuestras pantallas de televisión, el Estado se presenta como una instancia que debería estar más allá de la sociedad civil, la instancia aquella en la que intervienen los ciudadanos, con sus intereses particulares y los conflictos que se derivan de ellos, es decir, como aquella instancia que debería velar por el mantenimiento del “orden público”, concebido, en última instancia, como el libre juego de los intereses particulares, o dicho de otra manera, con el funcionamiento normal del mercado. En su versión progresista el Estado se propone como tarea igualar las oportunidades iniciales en la carrera de los talentos. En consecuencia, el Estado no puede admitir representar a intereses particulares, aunque siempre lo hace, porque eso implicaría renunciar al carácter público del Estado, que es casi como decir, al carácter estatal del estado. El paso de lo público a los intereses particulares lo franquean los individuos calificados como ciudadanos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Entiendo que es importante rescatar estos “ideologemas”, del pensamiento liberal, porque forman parte de nuestro sentido común, y porque el bombardeo mediático incesante no debería eximirnos de reconocer que el mismo tiene lugar sobre algunas concepciones de fondo, que se producen en otra parte (en la escuela, en la familia, en las relaciones laborales, etc.). El bombardeo mediático activa, despierta, orienta o reorienta eventualmente, pero no produce por sí mismo estas concepciones de fondo. En la producción ideológica hay tiempos y eficacias diversas. Para comprobarlo bastaría que se pusiera a funcionar el aparato mediático en un sentido ideológico inverso, dejando incambiados el funcionamiento de la escuela, la familia y las relaciones laborales. El resultado no sería una sinfonía con disonancias eventuales, como lo es actualmente, sino una disonancia constante.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://i2.wp.com/www.noticiasbrown.com/wp-content/uploads/2016/06/desesperacion-macrista.jpg?fit=700%2C430" alt="Resultado de imagen para macrismo Â¡Â¿derecha moderna y democrÃ¡tica?" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El estado árbitro de la tradición liberal, concebido como una condición que supera el ruinoso conflicto interindividual, supone la constitución de los individuos como sujetos de derechos y de obligaciones, e impone esa condición como la condición por excelencia para la participación política dentro de las reglas de la política de las que venimos hablando. Participar en la política es participar como ciudadanos, es decir, como individuos, de manera que se vuelve inaccesible a la mirada, para sí mismos y para otros, la <em>condición de clase</em> en la que consiste la existencia social de los individuos, que tendría un carácter social, pero no político. Pensemos por ejemplo en la situación en la cual un sindicato intervenga en la discusión con su patronal reclamando acceder a los balances de la empresa y participar en los planes de inversión a futuro de la misma. Ello resultaría coherente desde una concepción que reconoce que los individuos existen en condiciones sociales determinadas, que son condiciones de clase, (siendo un efecto de clase, por ejemplo, que los hijos de la clase trabajadora sean masivamente de clase trabajadora). Pero no lo sería en términos de derechos individuales. No hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar el talante airado de reacciones que esta pretensión suscitaría (¿con qué derecho un conjunto de individuos, no propietarios, podrían inmiscuirse en los asuntos de otro individuo, este si propietario de un medio de producción?). Se trataría de una situación que pondría en jaque, de otra manera, a las reglas de juego de la política establecidas desde 1983.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se podría pensar, sin duda, que a lo largo de nuestro análisis hemos corrido el eje. A fin de cuentas, nuestra lectura del enunciado de González nos pone frente al hecho de que parecen romperse algunos acuerdos tácitos de la política desde 1983, sobre todo la tendencia a dirimir las diferencias mediante contiendas electorales. Esto todavía no se ha concretado, pero la beligerancia del grupo en el gobierno nos obliga a considerar esta hipótesis. ¿Están dispuestos Macri y su grupo de CEOs a recibir un tratamiento análogo al que reciben ahora Milagro Sala, Boudou, De Vido o Cristina Kirchner? Ello podría ocurrir si un futuro gobierno recogiera los muchos cabos sueltos que deja el macrismo y abriera causas por el blanqueo de capitales, por las cuentas de los Panamá Papers, por la toma irregular de deuda, por el financiamiento espurio de la campaña, por el manejo de la pauta publicitara estatal, el naufragio del submarino, etc. Siguiendo con nuestro análisis, ello sería tanto más sorprendente puesto que, de acuerdo a una caracterización usual, el macrismo es el país gobernado por sus dueños, reducidas al extremo las mediaciones políticas, lo que pone una vez más en primer plano las cuestiones de clase.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Quien me haya seguido hasta aquí comprenderá que estas consideraciones implican una revisión, es decir una crítica a la crítica que la transición democrática hizo de la crítica de izquierda a la democracia burguesa. No se trata, a mi juicio, simplemente de recuperar esta crítica, para no ver en la democracia formal más que un disfraz de la dictadura de clase que constituye su base social, sino de reconocer en la democracia formal la manera y el medio efectivo del poder de la clase burguesa en condiciones históricas determinadas. Como tal, esta forma de ejercicio del poder realiza una suerte de “convivencia” o “entendimiento” entre las clases sociales que sólo funciona si no es vivido como tal (ya hemos  señalado los efectos disruptivos de las clases sociales en el discurso político), es decir, que sólo funciona como un medio real, si este entendimiento entre clases es vivido como un “entendimiento” o una “convivencia” entre individuos, ciudadanxs, hombres, mujeres, etc., es decir, que sólo es eficaz en virtud de su carácter imaginario.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Si la democracia formal no es un mero disfraz, sino una <em>forma imaginaria eficaz</em> de ejercer la dominación de clase, ello significa, naturalmente, que hay otras formas de desarrollar esta dominación de clase, que exceden lo que podemos analizar aquí. Significa también que es posible y necesario un trabajo de cuestionamiento de su carácter imaginario, ya que el mismo puede acarrear efectos en el interior de la misma.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El deterioro del Estado de derecho en nuestro país, concretamente el hostigamiento judicial a la principal fuerza política opositora sugiere como un desenlace posible la proscripción del populismo, lo que implicaría el escamoteo real de la ciudadanía política (una figura ideológica y consecuentemente imaginaria, pero, insistimos, no por ello menos real) para amplios sectores. Ello demanda la construcción de una fuerza popular en condiciones no sólo de enfrentar el ajuste mediante un programa alternativo, sino también de enarbolar un conjunto de demandas democráticas consistentes con los intereses de las masas trabajadoras y populares. Discutir el sentido de la convivencia democrática nos parece entonces, una tarea teórico política a la orden del día.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La Plata, 20 de septiembre de 2018</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Doctor en filosofía, Inv. En CONICET, Prof. de Filosofía contemporánea, UNLP.</span></p>
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		<title>No intenso agora. El otro lado de la épica &#8211; Por Horacio González</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 15 Dec 2018 19:22:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[João Moreira Salles]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[No intenso ahora]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A partir de la nota escrita por Diego Tatián, La vida breve de los rebeldes, y publicada en esta revista, Horacio González reflexiona sobre el lado épico del film y la fragilidad vital de la humanidad como precondición de un nuevo intento de lo insumiso.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/no-intenso-agora-el-otro-lado-de-la-epica-por-horacio-gonzalez/">No intenso agora. El otro lado de la épica &#8211; Por Horacio González</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><em><strong><span style="color: #000000;">A partir de la nota escrita por Diego Tatián,</span></strong></em><strong><span style="color: #000000;"> La vida breve de los rebeldes</span></strong><em><strong><span style="color: #000000;">, y publicada en esta revista, Horacio González reflexiona sobre el lado épico del film y la fragilidad vital de la humanidad como precondición de un nuevo intento de lo insumiso.</span></strong></em></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">Por Horacio González*</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">I</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Los idiomas, cuando casualmente se sitúan uno frente a otro, contienen equívocos fundamentales. La frase en portugués “no intenso agora” puede resonar en castellano como un enunciado anfractuoso. Ese “no” es una postulación de tiempo y lugar en portugués, y una negación en castellano. También una negación intensa del agora. Pues si acentuamos la “a” de esta misma palabra, resulta negación de la intensidad del <em>ágora</em>. ¿Rechazo profundo de la discusión en el fórum público? Pero si la hacemos parpadear hacia su traducción encontramos un raro significado: <em>en el intenso ahora.</em> Resulta entonces lo contrario. Desaparece ese “no” engañoso y la plaza se transforma en una ahora intenso. En el goce de esa plenitud del instante, que no sabe de sí que gracias a esa saciedad, estará condenado a apagarse. La imagen que puede haber quedado de ese momento único solo puede significar una cosa, el testimonio de una presencia ahora inhallable. Se la mirará así en otro <em>ahora</em>, cuya misión es producir un sentimiento de irreversible desamparo ante ese precedente temporal que nunca podrá desairar su inevitable caducidad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es así que podemos evaluar si es necesario que a una burbuja absoluta de tiempo le agreguemos la redundancia de la intensidad. Evidentemente se querría decir, con un tanto de ironía, que de ese pico de potencia extremada podrá permanecer muy poco. Que el usufructo del puro presente puede tocarnos como el breve roce de la pluma que toca un rostro que se exalta, pero vuelve rápido a la distracción habitual. Ese roce nos arroja a un grato sentimiento abrupto, pero enseguida desaparece. Ese presente penetrante posee una ilusión; es intenso solo para deshacerse enseguida, su duración es la del instante. Todo éxtasis eclipsará. El film <em>No intenso agora</em> de Joao Moreira Salles podría significar la amargura del hombre mesiánico que sintió la raspadura de una centella que parecía destinarse a él, aunque se desvanecería esquiva.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Y en verdad, nos quiere decir que es siempre así nuestra vida, que todo imprescindible momento perecerá. Sus rastros pueden identificarse, sin embargo, en las imágenes que en su momento los registraron, solo en ellas. Pero ocurre que esas imágenes son sobrevivientes. Tiene un qué de la vida humana. Se han separado de ella porque es así que nacen, separadas de lo que representan y a esa separación no la podemos llamarla representación. Es otra cosa. Parecen lo contrario, un aviso, una advertencia luctuosa, una anti representación.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Desde el punto de vista de la historia del cine, las experiencias documentalistas de Moreira Salles pertenecen al más fino sentimiento aristocrático en torno a lo que significan las imágenes. Equivalen a conversaciones perdidas, briznas fragmentarias, de las que recordamos apenas un momento vivaz que afecta nuestra emoción profunda o nuestro indeclarado orgullo. Si se las rescatase por el medio que fuere, aun suponiendo que no fueron grabadas, se levantarían acusatorias contra nosotros. ¿Por qué nos permitiste volver a hablar, por qué dejaste que surgieran nuevamente de tu boca? Tocarlas otra vez tiene algo de lo sagrado que se profana. Moreira Salles, en el texto que el mismo lee para acompañar sus imágenes redimidas (las que toma su madre en un viaje por la China de los guardias rojos, las de París 68, las del mismo año en Praga, y las contemporáneas correspondientes a Brasil) muestra ese “ahora” fugitivo, en el que perdidas las referencias históricas, éstas quedan estampadas como una sombra en las imágenes salvaguardadas o encontradas por casualidad. En ellas quedan escondidos los signos extintos de la historia, pero de otra manera.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se trata de que las imágenes mismas hablan, en tanto lo que ellas mismas son en su ser inmanente. Hablan de cómo se las filmó, si con una cámara que estaba asentada públicamente entre las multitudes -como en París-, o si detrás de cortinados, burlando desde ángulos sigilosos la prohibición de las autoridades checas contra las cuales otras multitudes marchaban -como en Checoslovaquia-. Hablan de cómo cada imagen que parecía reproducir un acto habitual de toda movilización estudiantil, filmando por tanto a estudiantes que arrojan piedras a la policía, puede ser vista a la luz de un cuerpo que emplea sus facultades de plasticidad (estirando el brazo con el proyectil, avanzando con largos pasos, retrocediendo rápidamente), tal como los escultores de la antigua Grecia plasmaron similares escorzos para sus modelos corporales. Y aquí la fugacidad se torna eternidad; el juego de Moreira Salles es el de inscribir lo transitorio de un gesto, en lo que la historia de las imágenes ya tenía calculado de antemano. Desde los siglos más remotos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Y por último, de qué manera cada escena de los viejos noticiosos deja un residuo inagotable de textos invisibles y no escritos. Entonces la voz de Moreira Salles, en un tono de extrañeza y desazón, quizás una monotonía metafísica, se dedica a analizar las jerarquías internas del cuadro, el arriba, el abajo, lo falso, lo dramatúrgico o lo desapercibido, siguiendo los movimientos de una lente con la otra lente de su dicción reflexiva, indicando cómo la imagen selecciona, descarta, impone. Ella tiene su propia noción de la lucha -de clases, de calles, de pasiones, de imágenes-, que arroja un resultado amargo, diferente a lo que esas mismas luchas expresaban de sí mismas. Finalmente, solo hay lucha en el interior de las imágenes, lucha de naturaleza perceptiva y óptica, no porque nos embarcamos en un idealismo cinematográfico sin historia real, sino porque ésta ha desaparecido ante las imágenes que había generado. Y ellas ya no solo dicen que el pasado puede recuperarse a través de ellas mismas, sino que el pasado que contienen no es el mismo que parecía haber sucedido. Esas imágenes arcaicas pueden revivir si puede extraerse de ellas una contraimagen, que son ellas mismas dialectizadas con una voz en off o con un montaje que contenían en forma latente, pero no estaba a la vista.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">II</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ahora, <em>ahora</em> que había otro momento donde aquel originario ahora, sinónimo de intensidades había expirado, recién en este otro momento de melancolía irredenta, podría hablarse realmente de lo que pasó. Viendo ese residuo de figuras visuales que luchaban por lo que denominaríamos sumariamente una hegemonía, reflexionamos en medio de un cauto dolor sobre cómo esa tensión ha sentido su insólita caducidad. ¿Y ahora? Ese intenso ahora se ha desplazado, y hay otra hegemonía que retrata las luchas. Solo que ya en el interior del cuadro fílmico y a través de detalles que solo un ojo que escruta minucias inadvertidas, podría rescatar. Así como la madre del director del film observa diferencias entre las manos de los habitantes de China y los habitantes de Japón, este observa como la cámara -en la delicadeza de sus movimientos negligentes-, pasa del estudiante fogoso al dirigente sindical que recomienda con calma el regreso a las fábricas y oficinas. La imagen había detectado un paso fundamental de la historia. Del estudiante revolucionario, el imán que atraía las acciones había pasado al burócrata sindical. El camarógrafo no lo sabía, pero se había dejado llevar por una fuerza superior. Estaba de por medio lo que alguien, con agudeza, había llamado antes que todo esto ocurriera, el “inconsciente óptico”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La intensidad derrocada podría entonces resguardase en un nuevo brío, pero ahora regido por el ensamble entre imágenes rescatadas de los archivos erráticos, y a partir de un relato que insiste en intranquilizarnos con descripciones que no se atienen a esos hechos que ya son fantasmales, sino a lo que segregaron ellos en tanto filmaciones que eternizan a los muertos, o a los que ahora podrían decir que esos que allí se ven no son ellos. O sí, son ellos, tienen el mismo nombre y algunas decenas de años menos, pero la distancia en el tiempo que sienten respecto a lo esas capturas de cámara -llamémoslas así-, no puede salvarse con ningún razonamiento, ninguna nostalgia, ninguna explicación complaciente. ¿Sólo les queda rendirse al concepto de que fue un “intenso ahora”? ¿Con lo que el pasado siempre estaría condenado a refutarse por la característica inherente de su brevedad?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><a href="https://lateclaenerevista.com/la-vida-breve-de-los-rebeldes-por-diego-tatian/">Diego Tatián ha escrito en esta misma publicación una página esencial y de exquisita emotividad, que dice lo profundo sin necesidad de aguijonear conceptos</a>. Ve <em>En el intenso </em>ahora no solo la vida breve de los rebeldes, no solo el intento de comprender una filmación hecha por la madre del director en China, sino la cuestión filosófica fundante de porqué puede perderse un momento de felicidad<em>. </em>Solo se comprendería el sacrificio mirando imágenes, o tratando de comprender lo que a su vez comprendió otro con su pequeña cámara en mano. Por eso, Moreira Salles toma en sus manos las imágenes de otros, camarógrafos anónimos, o de su propia madre filmando en feliz arremetida turística su viaje por la China de Mao, en plena revolución cultural. Comprender sobre otra comprensión no mejora la primera ni le agrega la porción de futuro que necesariamente toda imagen del presente no tiene. Al contrario, el presente lo tiene todo a condición que en sí mismo se desvanezca y que en su imagen perdure lo no interpretado. ¿Hay que interpretarlo? Moreira Salles -de ahí su aristocratismo icónico- no lo hace. Deja abandonado junto a las imágenes un texto que lee con una voz casi neutra, meditativa, que se transforma en un texto terrible.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Nos pone ante una reflexión que por medio de imágenes épicas -las muertes sacrificiales de los militantes-, podría privarnos enteramente de un componente épico. Si se nos despoja del cantar de gesta en una tarea de desmontaje de lo que en un primer momento fue presentado como torrente revolucionario, no hay necesidad de pensar que Moreira Salles -un hombre de cincuenta años, discípulo de Eduardo Coutinho-, se dedica a mostrarnos la necesaria liviandad contemporánea de lo que en otro tiempo fue heroico. No es así, no solo porque en la rebelión ya se ven los signos que la profanan (multitudes revolucionares y publicidad capitalista se nutren mutuamente) sino porque también presupone que lo que el documental cinematográfico recupera de esa épica, son las precondiciones ocultas pero vitales de una humanidad envuelta en su entera fragilidad. Pero lo frágil será lo que haga posible un nuevo intento de lo insumiso. Sería muy cómodo aceptar que se quiere abatir la noción de un mundo épico.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">III</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En el film <em>Cabra marcado para morir</em>, de Eduardo Coutinho, conocido en los años 80, este antecedente directo de lo que ahora hace Moreira Salles rondaba sobre una idea de un tiempo épico sin densidad interna, al que había que volver para desacoplarlo de su energía repleta de rigidez, y derramar el arquetipo corroído por el tiempo en una serie de vidas que se perdían en su escueta cotidianeidad. En el film de Coutinho, este cineasta vuelve dos décadas después a un área de nordeste brasileño donde se producían las luchas de las ligas campesinas. Como dirigente estudiantil, se hallaba filmando un documental épico protagonizado por los mismos campesinos que eran los que habían impulsado esas célebres contiendas con los fazendeiros. Viene el golpe del 64 y el cineasta abandona las latas ya filmadas. Los campesinos las habían guardado y Coutinho las recobra mucho después. Entonces, filma la propia filmación ante los campesinos; veinte años habían pasado. Esos pobladores rurales son ahora gentes ya arraigadas a pequeñas producciones rurales, una época había quedado atrás. Ríen de verse ellos mismos en poses heroicas, que el joven cineasta les había hechos asumir, imbuido de sus modelos de militancia estudiantil. Las imágenes congeladas eran un “intenso ahora” que, al ser visto desde un tiempo posterior descarnado, originaba un hórrido vacío que solo podía ser rellenado por una jocosidad incrédula.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">“Nosotros somos producidos por esa misma distancia”. Ya no somos intensos y quizás tampoco podíamos hacer otra cosa que burlarnos de esa intensidad antepasada, que incluso se quiso recrear para que fuéramos cine, es decir, la forma apócrifa de nosotros mismos. Es así que el otro tiempo, el de la vuelta al lugar de las pasadas luchas, Coutinho busca redimir un cine militante y épico que él practicaba, haciendo chocar dos tiempos. Aquel de la lucha que los estudiantes acompañaban, y el de un ahora posterior totalmente “desintensificado”, donde los mismos protagonistas de esas confrontaciones sociales -en las que se habían filmado a sí mismos-, se habían transformado en pequeños agricultores que en su trivialidad inocente miraban complacidos e indulgentes lo que habían pretendido ser en aquel otro presente absoluto y revolucionario.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"> Luego, en <em>Cabra marcado para morrer</em>&#8211; Coutinho persigue los rastros del pasado que todo presente deshilacha. Va siguiéndole el rastro del líder campesino que había sido asesinado por los patrones agrarios. Quedaban dispersos en otras tierras sus hijos, uno era médico en Cuba, otro barrendero en san Pablo, otra prostituta en Belén de Pará. En fin, no recuerdo bien esos detalles, puedo haber alterado los nombres, pero en lo esencial, este film se construye así, con todos estos pasos. Primero, la lucha campesina apoyada por la UNE, unión estudiantil nacional. Luego uno de los dirigentes estudiantiles, el propio Coutinho, urde un guion de cine para filmar esa lucha con los mismos protagonistas. En el 64 debe interrumpir la filmación y las cintas quedan abandonadas en las casas de los campesinos, que se las resguardan. El nuevo film de 1982 filma la proyección de las viejas imágenes reencontradas. Los campesinos, que ya habían progresado en su vida, se ríen con tolerancia y ternura de lo que habían sido. Y luego el destino, como rosa de los vientos, que esparce los hijos del dirigente rural muerto en esos años sesenta en sus más diversas figuraciones. Todas las posibilidades de la existencia ruda y ramificada por esas guirnaldas inexplorables de la dispersión de las vidas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">IV</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Lo que había sido no podía volver a ser. Pero si aun poseía un resguardo de su ser, era porque esas imágenes podían ser contrastadas con su propia inmortalidad no deseada. No representaban linealmente un momento de la sociedad, sino lo que no podía saberse del tiempo futuro que las iba a carcomer produciendo una laguna irreversible con los sucesivos presentes que se medirían con ella. Nunca se debe excluir el poderío de una burbuja de tiempo, ni hay porque declararla una felicidad transitoria. Pero cuando el tránsito acontece recién ahí se prueba una conciencia. Ella mira como extraño lo ocurrido y al mismo tiempo siente una puntada interior que es la de una ajenidad que al haber sido tan familiar en otro momento, hará que considere a las imágenes como la única forma sensible del mundo ante las cuales es digno llorar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ese llanto contenido revestido de una meditación trascendental le da un resplandor fugaz, que es lo vivo que permanece de lo muerto del pasado. Allí reside el gran arte de Moreira Salles, ofrenda cabal de lo hecho por su maestro Eduardo Coutinho. Quizás se trate de una teoría de las imágenes donde estas deben ser despojadas de su carácter fortuito por un ojo de otro espectador, que las recombina nuevamente y suspendiendo de ellas toda la historicidad evidente que contengan, las muestras con el zumo más escueto para que lo histórico reaparezca. Victoria de la imagen-tiempo. Solo que para ello se precisan las imágenes reelaboradas, redescubiertas gracias a detalles que ellas mismas contenían como fútiles, pero ahora pasados a primer plano de la reflexión. Entonces la historia puede permitirse resurgir a partir de lo que lo las imágenes deciden liberar de sus propios secretos.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 15 de diciembre de 2018</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional</em></span></p>
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		<title>Hablar de política &#8211; Por Horacio González</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Jul 2019 14:16:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[elecciones 2019]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En este artículo Horacio González afirma que es posible comprobar que la estratificación de las conversaciones cotidianas pueden ocupar el espacio de una preocupación universalista, de una advertencia geopolítica, o bien la más tranquilizadora de trazar un perímetro específicamente nacional, donde al ocurrir un acto electoral decisivo, se conversa sobre candidaturas evaluando las contingencias del presente o los peligros del futuro. </p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/hablar-de-politica-por-horacio-gonzalez/">Hablar de política &#8211; Por Horacio González</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>En este artículo Horacio González afirma que es posible comprobar que la estratificación de las conversaciones cotidianas pueden ocupar el espacio de una preocupación universalista, de una advertencia geopolítica, o bien la más tranquilizadora de trazar un perímetro específicamente nacional, donde al ocurrir un acto electoral decisivo, se conversa sobre candidaturas evaluando las contingencias del presente o los peligros del futuro. </em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Horacio González*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<ol style="text-align: justify;">
<li><span style="color: #000000;"><em>Pensamientos planetarios</em></span></li>
</ol>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Algo que se hace evidente, es que hablar sobre un futuro catastrófico no es aludir necesariamente a una actualidad apabullante. Esa charla tiene una historia. La historia del pensar humano siempre contó con ese cálculo, esa premonición. Por supuesto, a primera vista el que enuncia unos tiempos de peste, guerra y disolución planetaria, parece que está hablando por primera vez. Y desde luego lo tenemos en cuenta. Mientras, para algunos es más fácil pensar que todo es para siempre, otros insisten sin necesidad de ser pesimistas, en una inevitable finitud de lo existente. Aunque por más que los lenguajes mesiánicos pueden a veces perturbarnos, siempre hay un estilo de advertencia sobre un porvenir de estrechamiento de las condiciones de vida universales (el comercio como guerra, el clima como amenaza a la vida humana).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Sentimos que en este tipo de conversación, se juega algo más que el simple intercambio de ideas, sino un sentimiento indefinible de impotencia sobre algo que sucederá si no se actúa rápido y de un modo original, nunca utilizado antes. El calentamiento del planeta hará desaparecer, se dice, las ciudades costeras -Buenos Aires, de algún modo lo es-, lo que introduce una cuota de alarma que resiste a su definición más clara. Nos lleva a un sentimiento difuso de miedo e incertidumbre, pues no se trata del “fin del mundo” sino de la desaparición de lo que conocemos como parte de un entorno cotidiano. La costanera, los colectivos que la surcan, el paciente pescador con su carnada y los viajes en taxi hasta el aeroparque. Que son formas de vida tan arraigadas en nuestra conciencia indeterminada y visual, que el hecho de que no estén más, provoca un vacío asombroso, que prontamente tratamos de apartar de nuestro foco inmediato de atención.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Pero si ahora fueran ciertas, estas visiones sobre la superación de los límites de tolerancia del espacio habitacional humano respecto a cómo vulneramos irremediablemente ese acogimiento tan amplio que por milenos esperamos de la naturaleza? Es evidente que siendo así debería cambiar el tono o el nivel de nuestras conversaciones políticas. El tema ya lo ensayan desde hace tiempo los <em>aceleracionistas</em>, que retoman un viejo tema -de Marx, de Lenin, de tantos otros-, respecto de que la infinitud del progreso técnico, ahora tecno-digital-, por el cual las tecnologías que operan sobre el lenguaje y el conocimiento originarán un nuevo “cognitariado” (trabajadores de una ciencia reticular de datos post capitalistas) que será un ámbito de nuevas libertades al margen de la reproducción del capital. Éste es el enemigo de las tecnologías, y en cuanto éstas se desarrollen aún más, cumplirán el vaticinio de que no pueden quedar encerradas en la malla de combinación financiera patronal, quedando así en manos de la humanidad, que se tornará en una sociedad de conocimiento emancipados, cuyo sostén sería la libre circulación y acumulación diversificada de datos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No está claro porqué un cauce tecnológico con capacidad de generar una ética social sustitutiva de los anteriores humanismos, podrá autorregular sus acciones retomando precisamente los temas del sujeto racional valorativo, que desde a Descartes a Max Weber, fue privilegiado como un centro de convivencia y atracción de los vigorosos residuos arcaicos, simbólicos y carismáticos que se alojaban en planos más sigilosos de la acción humana. Si nadie que estudió el rumbo destructivo supuestamente racional del capitalismo lo quiso despojar de sus causas y consecuencias teológicas, tampoco dejaron de abundar los que querían extraer debajo de la túnica capitalista sus maquinarias encantadas para hacerlas servir a propósitos sociales de interés colectivo, “izquierdas más locomotoras”, “socialismo más electricidad”. Pero ninguna de estas perspectivas sospechó el evento prometeico -que sucedía al revés, la razón instrumental robando el fuego subjetivo de la conciencia del homo sapiens-, por el cual la sociedad se convertía en un humanoide que pasaba a desplegar conocimientos sostenidos por oscuras técnicas de información (“la sociedad de la información”), y de allí la crisis fundamental de las vetas del humanismo en la filosofía occidental.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No fue un racionalismo de dominación y desprecio a los pueblos de tecnología inferior -a los que se les imputó barbarie- lo que caracterizó exclusivamente el pensamiento del mundo moderno donde se expandían maquinarias movidas por nuevos combustibles y armas de fuego de largo alcance (también sostenidas en la racionalidad de la balística o del telescopio). Siempre hubo el contrapeso, hoy efectivamente desaparecido, de que los eventos que acontecen en el ámbito de lo humano colectivo, son históricos, tienen sentido y al mismo tiempo rechazan los recorridos lineales y las formas de presencia basadas en el absolutismo de la transparencia, esto es, en la visualización absoluta de sus apariciones por parte de los pueblos o multitudes. Resumimos esta postura, no sin recelo, en la expresión humanismo crítico y autorreflexivo, que mucho le debe a las tradiciones dialécticas, a los rodeos críticos sobre la noción de mito desprovisto de estereotipos y a los métodos de indagar y apelar al lenguaje que revise imaginativamente los estantes clásicos de saber retórico. Desde los más arcaicos a los que proceden de los actuales medios de comunicación.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se le debe a la filosofía de la llamada dialéctica negativa o “en suspenso”, la crítica ocurrida hacia mediados del 40, de las industrias culturales y la reproducción de la obra artística bajo los mismos criterios de las producciones de creencias fundadas en criterios de plusvalía. Esta crítica recorrió mucho camino. No puede ser desechada ni aprobada en el estado original en que fue planteada. Pero tampoco puede ser abandonado el sentido de unicidad y goce intransferible de la obra, a los modos con que los medios de comunicación ejercen la facultad de juzgar y establecer criterios sobre espacio, tiempo, goce y inteligibilidad. Sin despreciar los esfuerzos que se han desarrollado bajo el nombre de epistemologías del sur, cultural sutudies o filosofía de la liberación, neofeminismos o cristianismo de liberación, no podemos menos que prever una grave extinción de la tradición clásica y de la obra de arte, pero una extinción que aparenta ser su salvación, al pasar a la revisión y  actualización que hacen de ella los medios masivos y las redes invisiblemente interconectadas, sobre la base de un operador individual que es confirmado como tal por aceptar su lugar de inclusión en una sistema que previamente lo determina. Es cierto que desde el video art en adelante se quiso salvar al arte, al hacerlo con la materia reversible y criticada de las tecnologías visuales de masa. Pero los últimos que practicaron una contaminación creativa con el poder mecánico, al exaltarlo para en verdad mostrar sus ocultas reservas hacia él, fueron los futuristas.</span></p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://www.vuenosairez.com/images/eventos/buenos-air-95806.jpg" alt="Resultado de imagen para arte y politica argentina 2019" /></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El arte realmente crítico trata de borrar su culpa (ser objetivo en medio de la barbarie) y su resistencia puede mostrarse solo por la huellas secretas de ese borramiento. Así lo decía Adorno, por lo cual todo arte que pueda combinarse con una razón crítica y desligada de opresión y autoinhibición, puede actuar con su dimensión conservadora y su mundo implícito cuya interpretación crítica convierta la culpa conservadora del arte, en una pieza fuera de lugar. Por lo tanto ajena a la reproducción de las imágenes de felicidad teledirigida, como las propagandas de Uber, de las Bancos o de los usos de los desodorantes para el cuerpo o el hogar. Nada de esto difiere a lo que son las modalidades dominantes de la conversación política. Hay un plano superior pero no operativo, que es el del ecosistema planetario, donde sobresale la idea de peligro global, y con ella el llamado a una nueva clase política y científica que obre en nombre de la humanidad. Se trataría de bajar a niveles mínimos el uso de la energía convencional, tomar al sol nuevamente como factor originario del movimiento de las máquinas y no depredar más la naturaleza con perforaciones que destrozan rocas milenarias a tres mil metros de profundidad. La justificación para ello es clásica: dotar de combustible a la red energética universal, controlada por las grandes corporaciones financieras y petrolíferas. No es fácil hacerlo por lo menos sin determinar en qué lugar quedarían las otras conversaciones, que por lo visto tampoco cesan, a pesar de que parecerían revestir menor interés que el sesgo catastrófico que tienen las necesarias consideraciones sobre la gran mutación climática.</span></p>
<ol style="text-align: justify;" start="2">
<li><span style="color: #000000;"><em>Pensamientos sobre el Estado Nación</em></span></li>
</ol>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No ha desaparecido el concepto de soberanía de los Estados-Nación, aunque todos marchan a ser eventos conmemorativos, cuasi vacíos, que cada vez significan un lazo más débil de identidad comunitaria, medidos ante otras conmemoraciones de identidad más fuertes, las del fútbol global o el de las guerras comerciales, que lógicamente tienen su arduo sentido en proyecciones fantasmales del viejo estado nación. Pero ahora ceñidos por bloques cuyo pensamiento épico se refiere casi únicamente a lograr mejores ensambles para las tecnologías del “individuo en la red” y consiguientemente las acciones sobre tarifas, impuestos, tasas, cotizaciones a futuro, todo el implemento financiero capitalista recubriendo el viejo estatuto de las “economías con ventajas comparativas”, tal como se decía, vino por herramientas, o soja por software.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Cambió la situación respecto a los imperios del siglo XIX, donde las guerras eran también por territorios y materias primas? Decirlo así es simplificar un poco, pues siempre hubo una literatura que promovió la superioridad cultural o racial como horizonte de legitimidad para dominar, y de ahí, tendía un sórdido pretexto en dirección a la educación. La dominación creaba una pedagogía para nativos iletrados y los hacía entrar en el mundo de los símbolos, como episódicamente podía mostrarse con algún esclavo negro que educado por sus patrones terratenientes, terminaba escribiendo poemas a la manera de Baudelaire. El Inca Garcilaso, de todos modos, es el mayor y el más complejo de los ejemplos donde el conquistado se pone en igualdad de condiciones ante símbolos del conquistador, para refrendarlo y demuestra que éste fue eficaz, de persona a persona. En estos momentos, al igual que durante todo el siglo XIX, las guerras utilizan instrumentos financieros, comerciales, políticos, ideológicos, por lo que el concepto de guerra, sin excluir a los ejércitos y los armamentos conocidos, pasa a situarse más lejos de los acorazados que de la tecnología de la imagen, más cerca de la manipulación de las reglas aduaneras que de los misiles. Claro que éstos son la moneda en última instancia. No llama la atención que siempre exista un Fort Knox (escuela de tanquistas y acumulación de oro), pero la mundialización en curso, con su filosofías antiesencialistas y antisustancialistas (muy pobres si no se las justifica con más recursos conceptuales que los que hoy disponen las academias universitarias), crean sus propios artefactos de balance de poder, a través de tecnologías de usos múltiples, que tanto guían armas teledirigidas como controlan orientaciones del mercado y calculan el itinerario futuro de las tasa de interés.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El antiguo Estado Nación es el principal perjudicado, en los nudos clásicos de su existencia, por este modo de circulación de mercancías, dinero, informaciones y simulacros icónicos de vigilancia y entretenimiento, circulación que rodea el planeta como un anillo de custodia de comportamientos y consumos, mientras el efecto invernadero actúa en paralelo produciendo otro cerco planetario que actúa como las finanzas del cosmos, cobrando un fuerte interés a la naturaleza. ¿Pero hay una naturaleza transhistórica? Por cierto, queda un resto de ella, a su manera vengativo, que podemos considerar la naturaleza no hollada por la piqueta de Bulgheroni, de Exxon, Chevron o Gazprom. En todo lo demás, se cumple la profecía de que la sociedad no es otra cosa que el trabajo aplicado a transformar la naturaleza en bienes de producción y consumo, con la consiguiente invención de conciencias, según las edades de relación hombre-ambiente, desde la natura naturata de los teólogos medievales hasta la naturaleza marxista modificada necesariamente por el trabajo humano. El hombre, entonces, producido por la naturaleza a la que su vez le reclama los elementos para su subsistencia. Pero ese equilibro entre los hombres y la naturaleza habría sido quebrado. Solo quedaría acelerar el desarrollo de las economías materiales e inmateriales para superar por fin al capitalismo (o en su defecto hacerlo un “capitalismo serio”), o plantear el problema del colapso de la vida terrestre.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Esto último tiene refugio solo en las lenguas proféticas, mesiánicas, cosmogónicas. Su transferencia a la política es el resultado de grupos bienintencionados de personas que advierten sobre el descongelamiento de los hielos y el cese de la habitabilidad conocida en las grandes ciudades, con temperaturas a futuro nunca menores a los 100 grados centígrados. Como Trump cree que este es un mito chino o de los amantes de los atardeceres sobre la campiña, acusa en términos geopolíticos a China o a los partidarios recientes o antiguos de desarrollo cero. Estos, mostrando que la “huella ecológica” señala que ya no hay chances de sobrecargar el planeta con más población, más industrialismo y más desechos industriales, son por ahora escuchados por minorías.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No cabe duda de que mientras hay Estados naciones, y conocimientos del tipo de la geopolítica, que es un conocimiento plano, un juego de fuerzas mundiales todas siempre en un corte sobre el presente, habrá una humanidad que no saldrá, ni querrá salir y acaso no deberá salir del espacio cultural, intelectual y socio-sentimental de las naciones. Por más acuerdos de bloques y formación de conglomerados ocasionales o no (Mercado Común Europeo, Mercosur, Pacto de Pacífico, Alca, etc. -las naciones no solo parecen subsumirse en la gigantografía de esos marcos comerciales, sino que a veces estallan guerras para establecer reconocimientos de etnias que antes habían sido sumadas indiscriminadamente a imperios o países construidos luego de los acuerdos de guerra, como el Imperio Austrohúngaro o Yugoeslavia. De modo que tensiones sobre el Estado nación que amenazan con disgregarlo (Argentina es un ejemplo que nos toca de cerca) junto al resurgimiento de unidades nuevas centradas en el rescate de una fuerza étnica segregada, son las polaridades extremas del proyecto de partición del mundo en términos corporativos-económicos, mucho más que en términos histórico-culturales.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El macrismo es un ejemplo de  la conversión de un país en una unidad de negocios con cambiantes y fláccidas fronteras, que son las que proporciona una nueva repartición territorial por parte de grandes conglomerados financieros, atentos a las riquezas naturales -agua o litio-, con lo que se interpreta que hay cierta libertad de negociación con los grandes paneles territoriales con unidad de mercado y fuertes tendencias expansionistas, China y EEUU, con los cuales puede otorgárseles una porción territorial a uno, Vaca Muerta, o a otro, un sistema de seguridad a través de cámaras especiales en Jujuy. El fin de las soberanías nacionales es visto con indiferencias por unos, y con angustia por otros.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://s3-sa-east-1.amazonaws.com/malba/wp-content/uploads/2019/03/2019-03-11-134146-750x564.jpg" alt="Resultado de imagen para arte y politica argentina 2019" /></p>
<ol style="text-align: justify;" start="3">
<li><span style="color: #000000;"><em>Pensamientos sobre la política nacional</em></span></li>
</ol>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Todo esto ocurre mientras sobrevive otro plano de la conversación. A los que tratamos hasta ahora, el profético y la reparación corporativa del suelo y subsuelo y atmósfera del planeta, se le suma el de la política nacional. Efectivamente, puede seguir haciéndose política nacional pues no deja de ser una singularidad afectada por todas las tendencias mundiales, aunque una fuerte convención escolar, pedagógica y sentimental, se atiene -por lo menos en una porción mayoritaria de la población-, a una identidad nacional. Es notorio que el macrismo la ignora, pero no la abandona del todo, por considerarla sub-sede de negocios que trazan otros perímetros territoriales de actuación. Se considera un gobierno que operaría haciendo de su propia historia, una subsección de la naturaleza, por eso no les molesta llamar Falkland a las Malvinas, pues esa es solo una temática mercantil o de exploración de minerales y pesca, y no un asunto de soberanías y meditación sobre los núcleos problemáticos de una nación.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una gran porción de conciudadanos se ha lanzado a formar listas electorales, y otra porción no menor se halla envuelta en diversas especulaciones, cuyo tenor, para algunos es la absoluta necesidad de que se ponga fin a un sistema de degradaciones. Deterioro de la esfera pública, anexión del país de forma inerme a la reproducción de su deuda externa como palanca multiplicadora de su extinción como nación y su conversión en un hangar de minerales a ser extraídos, no como una colonia del siglo XIX sino como un departamento agro minero de los polos ordenadores de los flujos capitalistas, estos a su vez en pugna de tarifas de intercambio con modelos mundiales remozados de combate clausewitziano. Para otros, en cambio, tiene vigencia ese declarado colapso de la vida nacional, pasando a primer término un interés de corte biopolítico. Es decir, obtener mejor conectividad, más comodidad en los viajes en tren, lo que sea, todo lo cual un gobierno podría satisfacer bajo la consigna “transformamos tu forma de moverte”. El movimiento por las redes de la ciudad, controlados por un gobierno que actúan como un ojo repartido en miles de filmadoras. O mejor aún, un gobierno, que no sería otra cosa que esa forma de control que centellea displicente pero amenazante en casa esquina.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Para estas últimas personas, no sería cierto que se proponen deliberadamente abandonar el ámbito de su inscripción en un cuerpo nacional (con sus blasones e himnos, que al cantarse en partidos de fútbol internacionales, obliga a pensar en esa ligazón entre deporte y nación, un vínculo dramático aunque con intermitencias, pues no siempre se juegan partidos de esa índole), pero a pesar que no abandonan su pertenencia nacional (con excepción de los entusiasmos generados por momentos de identidad publicitaria ante el “otro”, que nos hace enorgullecer como inventores del asado, del buen uso del bandoneón, etc.) prodigan una evidente indiferencia a estas conceptos cuando se trata de una elección de autoridades. Este es un logro de la ciudad neoliberal, ciudad de bicisendas, peatonales y especulación encubierta en “ecosistemas”, que anulan el proceso social colectivo en nombre del transporte colectivo. Cuando este sucede, son individuos contados de uno en uno por los molinetes de acceso, prolongación animada de la tarjeta Sube, el modo neoliberal de transportar, donde luego la propaganda del gobierno afirma que en la ciudad fueron transportadas un millón y medio de personas. No se sabe a qué tipo de logro pertenece este hecho, “nunca ocurrido antes”. ¿Reírse es algo útil? No, todo esto puede hacerse de otra forma, no concibiendo a hombres y mujeres como continuidad de las tecno- maquinarias y tarjetas de crédito.</span></p>
<ol style="text-align: justify;" start="4">
<li><span style="color: #000000;"><em>Conversaciones sin territorio</em></span></li>
</ol>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Compartimos que la fórmula electoral compuesta por un único nombre repartido en dos personas. Una súbita unicidad del nombre Fernández desdoblado en funciones diversas no asignadas a priori sino como ensayo original de gobierno, es lo que puede sacarnos de este pantano, que ha liquidado la institución política con un instrumental que no es nuevo pero que tuvo particular éxito, la creación de una sospecha de orden maléfico, dónde algunos stalkers han entrado burlando prohibiciones, y llegan a la zona interdicta buscando lo sagrado pero también la destrucción de la ilusión. Son los kirchneristas corruptos, cuerpos falsificados cuya perversión reside en su propio nombre. El capitalismo y el neoliberalismo desterritorializan y luego -al decir de Deleuze-, decodifican también el deseo, cuyos flujos se han vuelto abstractos, al punto que el capitalismo los ha liberado. Pero luego hace de su tarea secreta el poder ponerle límites (Anti Edipo). En verdad, hay que preguntarse por todas las zonas de exclusión del lenguaje -recordando a Tarkovsky y sus stalkers-, que han producido a las púas envenenadas de los medios de comunicación. Están los que el inusitado arbitrio de algunos jueces de Como Moro Py han hecho entrar; están los que temen entrar, y los que saben que esa vil maquinaria existe y no puede enfrentársela.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Estos son muros de gran fortaleza, los muros del Moro, aunque operen en lo imaginario. Es posible comprobar -lo que intentamos en esta nota-, que la estratificación de las conversaciones cotidianas pueden ocupar el espacio de una preocupación universalista (hacer de la política una lucha por la sobrevivencia humana en un suelo común universal), de una advertencia geopolítica (hay naciones expansivas ya sea en territorios que ocupan otras naciones, o en dimensiones que tienen otra característica, como la circulación mundial de bancos de datos por parte de sistemas administrados de gestión específica del conocimiento), o bien la más tranquilizadora, aunque un poco inocente, de trazar un perímetro específicamente nacional, donde al ocurrir un acto electoral decisivo, se conversa sobre candidaturas evaluando las contingencias del presente o los peligros del futuro.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No esperemos que no haya contradicciones entre todos estos sedimentos del habla política, ética o social. Es evidente que estas elecciones cruciales no solo no aconsejan, sino que no pueden (por falta de aprestos críticos más avanzados) hablar de todos estos temas, conjugándolos en una conceptualización armoniosa. Por ejemplo, recrear un humanismo crítico que supere no con el desconocimiento sino con la observación aguda, los pasos que ha dado la filosofía acontecimientista o estructuralista -de la cual la primera es consecuencia de la segunda-, para retomar los hilos de una “humaniora” sostenida en filosofías sin contornos rígidos, no necesariamente eclécticos, pero sustentada en un tipo de fundamentación “ocupada en preocuparse”. Aunque esto, sin borrar los diferentes planos del problema de lo que está en extinción y de lo que debe recobrarse de las memorias que aun machucadas al extremo, pugnan por resistir. Con ello -diré para no hacer tan largo este escrito-, se podría lograr en las tan difíciles circunstancias que atravesamos, algo que supere las negaciones autoimpuestas que evitan rozar la “zona” que trazaron con alambre electrificado las fuerzas políticas dominatrices que ya tienen codificados los accesos al Infierno según las palabras que se pronuncien.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Todos sabemos lo que está ocurriendo. Han creado una zona contaminada donde el ingreso no es posible ni con máscaras antigases. La profanación crea el contagio, nos llena de pestilencias. El tenor realista de una campaña cuida de no pronunciar esas palabras contaminantes, fruto de una explosión radiactiva que hace años infecta cuerpos y palabras. Como en la Peste, de Defoe, o de Camus, o la que asoló a Buenos Aires en 1871, las habladurías de los locutores que trabajan con los detritus más sórdidos de lo humano, nos anuncian a diario, sin saberlo, el atributo pestífero que tiene todo aquello que se parece a Macri. Es la fatídica invención de los que carecen de cualquier virtud. En cambio, los que no nos empeñamos en aplicar ningún método para serlo, y que por eso quizás lo somos, y que también por eso recorremos, con errores reconocibles, porqué no, las zonas interdictas por el poder de silenciamiento que tienen las máquinas ideológicas del poder financiero mundial, debemos reflexionar sobre cómo correr el límite sellado a lacre que han legislado los <em>missi dominici</em> togados del macrismo. Sean los furiosos diáconos televisivos. Sean los arciprestes judiciales. Que con sus bufidos asustadizos ya imaginan un fin de época.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 15 de julio de 2019</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional. Director de la filial argentina del Fondo de Cultura Económica.</em></span></p>
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		<title>Ser peronista &#8211; Por Horacio González</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Aug 2019 21:02:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Es momento de preguntar si el peronismo está ahora en la situación de pensarse como un absorbente social de posibilidades de antemano no incluidas en sus yacimientos ya probados, o si es un disperso refugio que la circunstancia electoral ha armonizado, de manera fortuita. Sin embargo, prueban que esto no es así las nuevas interpretaciones que saben que se enfrentan con un mito, y lo hacen viendo esta conjunción mítica desde su lado de inspiración a la novedad política y a la creación artística.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/ser-peronista-por-horacio-gonzalez/">Ser peronista &#8211; Por Horacio González</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Es momento de preguntar si el peronismo está ahora en la situación de pensarse como un absorbente social de posibilidades de antemano no incluidas en sus yacimientos ya probados, o si es un disperso refugio que la circunstancia electoral ha armonizado, de manera fortuita. Sin embargo, prueban que esto no es así las nuevas interpretaciones que saben que se enfrentan con un mito, y lo hacen viendo esta conjunción mítica desde su lado de inspiración a la novedad política y a la creación artística.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Horacio González</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>1</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es evidente que se ha producido un temblor en las plaquetas ideológicas de la sociedad argentina, y lo hemos percibido en estas agitadas semanas. Y esto, también, en relación al peronismo. Nombre sin centro ni contornos, que se muestra ahora con la facultad de interesar a una nueva legión de militantes, esto es, a una fracción importante de la juventud universitaria y popular movilizada. Si no retuve mal la frase, cuando le preguntaron a Kicillof si era peronista su respuesta fue que es peronista todo aquel que se considera peronista. Y si no perturbo demasiado el sesgo de su respuesta, estaríamos llegando entonces a un estadio absolutamente nominalista en cuanto a la cuestión de las identidades políticas. En lugar del precedente enfoque sobre contenidos, programas y legados, la identidad se ubicaría en el punto determinante en que cada individuo elige una carátula electiva para nombrarse. Es por supuesto un acto de inscripción, que pertenece a las más notorias teorías de la época respecto a lo que consideramos el acto definitivo de considerar al yo público bajo una insignia reconocible. Se “entra” así al peronismo o se reconoce que “siempre se lo había sido”, a pesar de haber sido en algún momento anterior indiferentes a sus marchas y blasones, o incluso nombrándose de otras maneras vecinas a la que ahora está en danza, por ejemplo, de centro izquierda, progresista de izquierda, demócrata social o kirchnerista. Néstor Kirchner, en su momento, imaginó un “centro izquierda”, intentando darle un rostro frentista al peronismo, con una terminología que pesaba notoriamente en esa hora inaugural.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El problema es antiguo y me propongo tratarlo, si bien rápidamente, sin eximirme de algunos ejemplos que no cesan en la rememoración que, de tanto en tanto, aparece en la conciencia como una sigilosa llamada. Carlos Olmedo, que era un filósofo dotado, en un famoso reportaje en los años 70, había afirmado que la fuerza insurgente en la que estaba enrolado, no comenzó definiéndose como peronista, pues actuaba en el ámbito de urgencia de las izquierdas que en el momento poseían las formas más drásticas de la movilización. Pero llegó el momento en que afirmó que “siempre habíamos sido peronistas”, es decir, sin antes pronunciar esa palabra y sin saberlo, incluso creyendo lo contrario, había una razón retrospectiva que habilitaba un peronismo antedatado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Era comprensible esta acción retrospectiva, porque se ponía en marcha un recurso dialéctico de la conciencia de izquierda, donde se había pasado por alto la “certeza sensible”, y se la recuperaba en un movimiento retráctil. Entonces, cada pasado de alguien que había sido otra cosa, queda sometido al veredicto del presente. Es la decisión del presente crear antecesores a su semejanza, ese ser peronista, lo que arrojaba una luz fenomenológica hacia atrás, siempre lo habíamos sido. Eso decía el filósofo Carlos Olmedo -que titila en lo que suele llamarse ahora “melancolía de izquierdeas”-, inspirado de alguna manera en Cooke. Este, por su parte, no lanzaba su mirada hacia un pasado que tenía que rehacer, pues su destino comenzó en el nacionalismo económico y concluyó en la izquierda latinoamericanista, siempre desde el pliegue más interior del peronismo, pues siempre lo había sido. Existencialista, llamó destino o anatema al peronismo, y lo vio “imposible pero necesario”, para usar la fórmula ya no existencialista, sino derrideana, que empleó Ernesto Laclau para decir lo mismo. Laclau se movió entre ingredientes gramscianos y derrridianos. Pero su manera de exposición, sumamente atrevida y elegante, lo convertía prácticamente en un retórico nominalista y en un hombre amigo de los grandes debates, entre los que se destacan los que mantiene con Toni Negri y Zizek. Se interesó por el lacanismo, los místicos medievales, el pensamiento de Trostsky y Sorel, los procesos latinoamericanos, y a todas estas realidades históricas las sometió al agudo examen de un estilo de interpelación política, que llamó, tomado de la lingüística del siglo XX, “significante vacío”. Con ello se lanzó a interpretar al peronismo bajo la máscara del populismo, de la que retiraba su habitual sentido peyorativo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No correspondía este concepto de significante, proveniente de la lingüística estructuralista, a la idea de conducción política del peronismo, que era un significante que admitía toda clase de reinterpretación, pero de otra manera. La interpretación correspondía a un tiempo demorado, hasta el momento en que se escuchara el veredicto definitorio, siempre implícito e incierto, del portador del nombre. Podríamos decir que Perón dejó durante 18 años su nombre en suspenso, y fue en el exilio que la conducción política tuvo su máximo acercamiento al significante vacío, pues vivió quizás su momento de mayores satisfacciones porque exilio y significación vacía se entretejen mutuamente. Realmente había una izquierda y una derecha que eran portadoras del mismo nombre, cantaban las mismas marchas y devocionaban igualmente a Evita, pero a ese rumor de fondo que solo transmitía elocuentes fórmulas contrapuestas, Perón lo tradujo a su propio nombre unívoco, con una elección que a su retorno sabemos cuál fue. Al recuperar su propio nombre, decidió dejar sin posibilidad material de usarlo a su ala izquierda, aunque ésta seguirá usándolo. Se puede seguir usando una marca, un sello, una identidad, pero es palpable cuando el derecho a su uso queda perdido, entre brumas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"> </span></p>
<p><strong>2</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Se podría decir que este fue un fracaso de la conducción política? De algún modo sí, pues ella precisaba la latencia de un conflicto, para comprobar que si ese conflicto era entre sistemas de ideas, siempre podría ser atraído a ese “más allá de las ideologías”, donde habitan los hombres con sus actos reales, sus economías existenciales, por decirlo así, donde bastando decir un nombre, la diferencias se ponían en una pausa que podía ser tan duradera, que concluyera con la fusión definitoria del “ideólogo” en la trama del conductor. Acciones conceptuales como la de Carlos Olmedo, por no hablar de la de Cooke, navegaban en esa incertidumbre, pues no deseaban agotar el ciclo moderno de las ideologías, pero para ello interpretaban su adhesión o condescendencia con Perón con los conocidos fundamentos de que en esa urdimbre por él representada, estaba la clase obrera, insignia y precinto de la revolución. En ese sentido eran también nominalistas, pero con tintes historicistas y en la época en que el sector obrero de la sociedad todavía se reconocía a sí mismo como una conciencia que en el momento que correspondía, podía volverse colectiva. Es difícil ahora definir la conciencia del conductor (lo que León Bloy llamó “el alma de Napoleón”) primero porque Perón cuidó de que hubiera un legado diseminado al infinito, tanto cuando dijo que su heredero era el pueblo, como cuando le confió a Cooke la totalidad del mando, “su palabra será mi palabra”. En ambos extremos cabía una idea de la muerte del Pontificex Máximum, cuya prosecución en la historia podía encarnarla un individuo concreto o todos los individuos que habían seleccionado ese nombre, que provenía de la única fuente posible que podía darle un sentido final, permitiendo un ramillete de significaciones, de las más variadas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En los años 60 se llamó “nacionalización de la clase media”, al amparo de las lecturas de Jauretche, Ramos y Hernández Arregui, entre otros, al tránsito de las juventudes de izquierda hacia el peronismo. Se presuponía que los trabajadores sostenían sin restos anómalos los enunciados del peronismo y que la clase media, al revés de los estilos cognoscitivos del marxismo, era la que estaba alienada. Pero se producía una fisura que rompía el cuadro unánime que la había llevado a un izquierdismo abstracto o a un gorilismo obstinado, y sus hijos desenrollaban a la inversa que sus padres, el hilo de la historia. Muchos se encontraban con otro nombre, Montoneros, que también provenía de los textos del revisionismo histórico que devastaba la tabla de valores canónica de liberalismo, para explicar el siglo XIX argentino. Hace cuatro décadas, esa “nacionalización” era un tránsito social, por el cual se explicaba una torsión colectiva de conciencia tal como en la centuria anterior el marxismo había explicado que sectores de la burguesía “asumían la ideología obrera”</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ricardo Piglia, entre las tantas ironías suaves que cultivaba, pero de sentido profundo, bien lo recordamos, solía lanzar una humorada de severo trasfondo. En países donde reina una violencia irracional, tanto basada en el odio Inter clase como en la presencia del último goce del perverso, el tirador especializado que entra a colegios y shoppings para matar en una atmósfera de sentido trágico y suprema gratuidad del crimen, Piglia colegía que allí, en ese síntoma profundo de disgregación de la vida colectiva, “no había existido peronismo”. Era poner al peronismo no tanto en la tercera posición, la comunidad organizada o las veinte verdades -sus lingotes conceptuales-, sino como amortiguador social en primera instancia. No es que la historia efectiva que vivimos certificara enteramente esto, pero esta reposición de un peronismo que se anudaba con una afectividad interna en la sociedad, superior a una superestructura de agresiones políticas, todo ello era coincidente con al ascenso de las tesis comunitaristas en las ciencias políticas, los multiculturalismos antropológicos y las filosofías del deseo como ligamen primero de los vínculos sociales. Por cierto, el enigmático texto denominado <em>La comunidad organizada</em> de Perón, o atribuido a Perón (lo que lleva a un tema que no modifica en nada el tratamiento de la argumentación de ese escrito) es una postulación humanista espiritualista, que incluye una política de fines prácticos, materialmente subordinados a una ética del común.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://www.lanuevaverdadderauch.com.ar/wp-content/uploads/2018/10/peron.jpg" alt="Resultado de imagen para peron" /></p>
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<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">3</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En las propias palabras de Perón dichas en el congreso realizado en Mendoza en 1949: “Los rencores y los odios que hoy soplan en el mundo, desatados entre los pueblos y entre los hermanos, son el resultado lógico, no de un itinerario cósmico de carácter fatal, sino de una larga prédica contra el amor. Ese amor que procede del conocimiento de sí mismo e, inmediatamente, de la comprensión y la aceptación de los motivos ajenos”. Había terminado la guerra, convenía el amor comunitario y no la angustia como síntoma de autenticidad. Se crítica allí a la “náusea” -Sartre había publicado dos años antes esta novela existencialista-, pero el albur histórico haría que fueran los existencialistas argentinos los primeros en salir a criticar el golpe del 55, por lo menos en el mundo intelectual. Se comenzaba a ver el peronismo caído, por parte de la crítica cultural de izquierda, como una manifestación de una rebelión donde los mártires proletarios asumen su comedia de salvación, eligen una libertad a la que están condenados, e incluso hay una palabra de absolución para el “malditismo” y la “bastardía” de los exponentes máximos de ese movimiento, el propio Perón y desde luego, Evita. A su vez, Cooke pertenece a esa misma torsión del pensamiento, donde el peronismo aparece no tanto como un vitalismo -situación que sucede ahora, en especial a través de los argumentos actuales de María Pía López-, sino como una experiencia de crítica a la razón instrumental. Por lo tanto, debería oponérsele una razón dialéctica que primero reconociera en la identidad peronista una antítesis general del capitalismo, y luego una necesidad de retirarle sus rasgos de burocratización que serían la negación de ese sentimiento adverso al mundo de dominio del capital. El cookismo se transforma así en la negación de la negación, conocida también como hecho maldito, lo que Oscar Masotta había refrendado también con la frase dirigida a las muchedumbres peronistas: “tenían razón en su manera de estar equivocados”. Se refería así las acciones de violencia del peronismo contra los símbolos religiosos, que no impartían catecismos cristianos sino cuartillas golpistas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La cuestión de la burocratización siempre fue un asunto proteico en el peronismo. Durante los gobiernos del peronismo clásico se trataba de una capa dirigencial de extracción popular que conservaba ese signo, pero transmutado a un nuevo sistema de jerarquías. Puede verse la foto del sepelio de Eva Perón, con su cadáver en una cureña militar empujada por personas con impecable camisa blanca. Son los descamisados vestidos de gala, imbuidos del grave ceremonial. El peronismo en el Estado fue en verdad una burocracia ceremonial, que convivió con toda clase de tumultos internos, cruzados de luchas intestinas que impedían cristalizaciones definitivas. El renunciamiento fue un inexorable episodio donde el poder de las multitudes choca con los endurecimientos ceremoniales. Las dos cosas eran intolerables para los representantes literarios -es decir, de clase, como aceptaba Marx en el 18 Brumario-, del ideario liberal. La pieza titulada <em>La fiesta del monstruo</em> de Borges y Bioy, construye una lengua artificial macarrónica para señalar la invasión que estaba sufriendo lo que David Viñas llamó la “ciudad liberal”. El propio Viñas, Walsh, Perlongher, Lamborghini, responden a esos ataques de la aristocracia intelectual en lengua emancipada y no partidaria, señalan esa burla tan oscura como formidable de los dos escritores que serían los perseverantes adalides de la revolución que -por uno de los tantos equívocos a los que se resiste a abandonar el país-, se llamó libertadora.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">              </span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">4</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En los últimos años se escucharon varias tesis sobre la llamada “vigencia del movimiento nacional”. Este sería, como lo hubiera querido Marechal, un organismo que, como una inalterable serpiente, cambiara sus peladuras cíclicamente sin dejar de acatar su invariante constitutiva. Así, se podría establecer una genealogía que iba desde los caudillos federales del siglo XIX, el informe Bialet Massé, la obra de Ernesto Quesada, el Yrigoyenismo, el 17 de octubre del 45 (con el retruécano que adosaba Ramos, “Octubre del 17”), la resistencia, el retorno de Perón en su <em>Nostos</em> (el retorno a casa del navegante, paladín en desgracia), el sacrificio de la guerrilla (un único panteón que se enclavaba en la imaginación histórica, entre las dos ramas de la insurgencia armada, la peronista y a guevarista), el interregno alfonsinista, el menemismo como algazara neoliberal carnavalizada con las patillas de los jefes territoriales del siglo XIX, embrionarios representantes de un capitalismo que no sin cierto esfuerzo, podría calificarse de nacional. Y luego el kirchnerismo como una nueva fase del “movimiento nacional”, que trae a la consideración pública los derechos humanos, temas antagónicos al neoliberalismo, pero la enunciación de un capitalismo serio, y junto a ello una inusitada apertura a un temario que, de ese modo, nunca había figurado en la lengua clásica del peronismo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Antes de esto, se erguía un movimiento social que postulaba no tener límites para su totalización, y que de por sí creaba fuertes antagonismos a causa de su pretensión de unidad, entendida como hegemonía y completud. Surgieron terminologías alusivas a los problemas que surgían de ese logro totalista en los años 60. El “entrismo”, que desde el trotskismo dejó en el peronismo rastros reconocibles en los avanzados programas de La Falda y Huerta Grande. Y la contrapartida, luego, de los “infiltrados” o “anticuerpos”, expresiones que exhibían un espíritu depurador en contraposición a las amplitudes de los tiempos inmediatamente anteriores.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La tesis de que hay un movimiento nacional con diversos rostros y una viga maestra que asegura su continuidad invariante, trae consigo los componentes de un “esencialismo” que precisamente con ese nombre, desde hace varias décadas es condenado por los círculos académicos de todo el mundo. También llamada <em>sustancialismo</em>, esta acción condenatoria se hace en nombre del reconocimiento de la singularidad, la diseminación y la ruptura necesaria de las continuidades históricas, que luego podrán estudiarse recomponiendo series o genealogías. No se puede decir que estos movimientos masivos de la academia mundial de las ciencias sociales, no hayan influido en la consideración del kirchnerismo como una fase enraizada en el peronismo, pero de carácter autónomo desde el punto de vista de su condición genealógica. El kirchnerismo, innegablemente, avanzó en temas que se dieron en llamar “emancipatorios”, gracias a que vio en su pasado peronista no el síntoma de lo que había que continuar literalmente, sino de lo que había que hacer parte de una memoria fértil y abierta, rozando alegóricamente temas antiburocráticos y no pocas veces, como señaló Eduardo Rinesi, jacobinos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Al kirchnerismo se le dirigieron las acusaciones de corrupción, que provenían menos de hechos realmente ocurridos, que del modus operandi del nuevo poder comunicacional que en las últimas décadas se había configurado como decisor en última instancia de todo juicio de orden moral, y sobre todo, de orden económico, en vista de que se llama también corrupción a la disminución de los alcances del poder financiero, cuando el kirchnerismo pasó los fondos de pensión a la administración del Estado, entre otros hechos de este tenor.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">5</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es larga la historia del concepto bíblico de corrupción, diferenciado entre hechos realmente ocurrido en las entrañas del Estado en conjunción con las grandes corporaciones, y su empleo como ariete simbólico y conceptual para derribar gobiernos populares. Hubo en escena mucho más de esto último, pasado por pseudo investigaciones que como hoy está claro, revelaban en primer término la complicidad judicial con los altos mandos comunicacionales. El kirchnerismo fue víctima privilegiada de estos ataques destinados a derribar el auto sustento ético de toda una movilización social, para lo cual violaron procedimientos judiciales y rompieron las ya deterioradas modalidades de actuación del aparato legal. El castigo fue sistemático, día a día, encabezado por un grupo de fiscales trogloditas a la manera de Sergio Moro, portadores o no de armamento en el sobaco, jóvenes ambiciosos o viejos carcamanes de los tribunales con prontuario propio, auto eximidos de sus manipulaciones por su conocimiento de la infinita reticulación de excepciones sobre sí mismo, que permite el conocimiento de la ley solo a través de intenciones tortuosas. El macrismo comenzó su carrera también con personajes que actuaban en su momento en el peronismo. Ocuparon cargos importantes, y a último momento, el mismo jefe de la bancada de senadores peronistas fue vicepresidente de Macri en la última a elección. Por un lado, había peronistas en el macrismo y ciertos antecedentes neoliberales en el peronismo. De modo que el entrecruzamiento de identidades revelaba hasta qué punto el complejo identitario de la sociedad estaba alcanzado por un silencioso pero gigantesco estallido interior.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A este debe agregarse que el  fuego graneado con cañones de 105 milímetros de la red comunicacional global, en torno a la “corrupción kirchnerista”, provocó que el peronismo y su proclama de unidad, por más problemática que fuera dado su dispersión espectral, se convirtiera en un refugio que permitía una provisoria inmunidad ante la insaciable carnicería de los Leuco o los Majul, emisarios del giro portentoso de una porción de la sociedad hacia el acatamiento a esos ávidos sermoneadores, que como el búho de minerva comenzaban a volar desde el atardecer con sus prédicas moralizantes, como latigazos de monjes extraviados. Kirchner y Cristina venían de los climas de los setenta, pero, aunque hoy parezca lejano ese drama, era un momento en que había que elegir entre proseguir una política por la vía de las armas o retirarse en nombre de un indicio de realidad, ante lo que aparecía como desmesurado, sino imposible de ese intento (en el que se embarcaron los que hoy son nuestros mártires). Hubo pues, visto de esa manera, la decisión de cuestionar la vía armada sabiendo que la fidelidad a los que transitaron hacia el abismo, quedaría a cargo de los que con sensatez y no sin dolor escogían la espera de que reaparecieran los clásicos instrumentos de la política. Al término de esa espera comenzó el gobierno de los Kirchner, con ese mandato a cuestas, y no es ajeno su cumplimiento al modo que procedió ese gobierno, llamando la atención de viejos y nuevos militantes. La decisión de nombrar como “Cámpora” a la agrupación juvenil que surgía es sugestivo, nombre que recordaba un debate sordo con Perón, menos por la propia voluntad de Cámpora, que por su inclinación a poner una historia más convencional, la suya, al servicio de una escucha de nuevas voces que no eran convencionales.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="http://www.telam.com.ar/advf/imagenes/2019/05/5ce3ef07b148e_1004x565.jpg" alt="Resultado de imagen para peron nestor y cristina" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">6</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por razones comprensibles -y digamos: también incomprensibles, porque ningún acto político puede ser comprendido en su totalidad-, Cristina produjo un hecho que podríamos situar en la categoría del don. Este don parte de una situación entre el ser y la nada, es el ser que se traslada a la nada. Da sin pedir, y se recluye en un papel de menor significancia al adquirido muy notoriamente. Esto tiene consecuencias diversas, por un lado, de entrega de bienes materiales y simbólicos sin contrapartida exigida. Por el otro lado, el efecto de anonadamiento del que da, que se convierte en otra forma de poder. El poder de la que ha dado sin reclamar. Y que, por ese hecho, se ubica en un vacío de retribuciones. No es fácil este movimiento de signos, a diferencia de los que creen, como el <em>Financial Times</em> y compañía, de que gobernará ella en vez de alguien que ella puso de fachada. Siempre estuvo claro que no era así y al mismo tiempo no está claro cómo será. Esto último es interesante. Un don generó un hueco que debe ser correspondido sutilmente, porque quien lo otorga dejando en otras manos la materia que posee, no la pierde, sino que comienza a tenerla en otra forma y en otro estado de la realidad simbólica. No es posible saber de antemano cómo funcionará este pase entre un poder y un meta poder, que si se insuflan mutuamente, pueden generar novedades políticas de las más interesantes, por lo que hay que cuidar que aparezcan. Es una difícil trama, que se podría considerar del tipo de una contingencia radical, que quizás pueda renovar todo el aparato político argentino, y por consiguiente su economía y sus estructuras de intercambio de toda índole.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En una situación de estas, además de ser parte de una campaña electoral, todos cambian por efecto de las circunstancias, que consisten en que se está delante de una variedad inusitada de interlocutores, de carácter heterogéneo en cantidad y calidad. Se siente a diario el abismo del yo. Esa es la campaña, derroche de símbolos y funcionamiento del don. Hay entonces un tipo de cambio que no es el que malversó como palabra el actual gobierno cadente, pues se trataba para ellos, los macristas, simplemente, de trabajar sobre los hartazgos automáticos de cualquier sociedad emplazada sobre sus propias ruinas e imposibilidades. Hay otro cambio, llamémoslo mejor mutación.  Es la mutación del militarismo utópico social de los insurgentes del 70 y de la parte minúscula de estos mismos que forman en las filas del “cambio” dirigido precisamente a masacrar metafóricamente esas identidades anteriores con la contraposición actual. Llegando incluso al ejemplo extraordinario de una notoria ministra de vestir uniforme de las fuerzas armadas, que son la conclusión absoluta de un periplo circular en la que quedó cabeza para abajo. Representa un motivo esencial. ¿Cambia la época porque cambian los personajes o a la inversa? ¿Y si aceptamos el concepto de que los tiempos cambian, debemos cambiar con ellos o convertirnos en trastos anacrónicos que tienen solo un rezongo a su disposición? Este cambio es un cambio avieso. Se desea oscuramente ser lo otro de lo que se fue, si es que se lo fue. El cambio efectivo sucede no bajo explicaciones racionalizadas sino porque se dialoga siempre con los obstáculos que otros producen y que producimos sobre nosotros mismos. Ambos obstáculos confluyen y somos finalmente lo que hacemos con ellos, llamando a ese hacer, el módulo de transiciones coherentes que tenemos a nuestra disposición.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">7</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En suma, es momento de preguntar si el peronismo ahora está en la situación de pensarse como un absorbente social de posibilidades de antemano no incluidas en sus yacimientos ya probados, o si es un disperso refugio que la circunstancia electoral ha armonizado, de manera fortuita. Sin embargo, prueban que esto no es así las nuevas interpretaciones que saben que se enfrentan con un mito, y lo hacen viendo esta conjunción mítica desde su lado de inspiración a la novedad política y a la creación artística; no desde su otra cara de inhibición de la acción devorada por un rito disecado, pues también los ritos segmentan el vínculo vital. Pero, a veces lo resguardan para que en otras jornadas se revivan.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El descubrimiento de formas nominalistas o vitalistas en los rocallosos rituales es parte de todo esto. La comprensión de que sobre un mito pueden establecerse nuevas ondas conceptuales y no sucumbir en su interior. Un discurso de Cristina en Tucumán, que compila una comisión de Tafí Viejo, cuyo tema es “no soy yo el problema”. Esta declaración encarna de una forma íntima y a la vez testimonial, este dilema. Hay un legado peronista, hay una historia. “Ese es el problema al que se enfrenta el orden conservador”. Y su cordón umbilical es la historia del movimiento social argentino. El discurso es de 2015, pone al peronismo en una larga lista hereditaria y lo hace en términos de aquel Otro que caracterizó los discursos de aquel momento, haya ya casi cuatro años que parecieron un siglo. A punto de concluir esta trama de pobres aventureros de la política que se basaron en sus trapisondas empresariales para calcinar mentes y corazones, esperamos que los nombres que ha pronunciado la historia social argentina sirvan para una nueva disponibilidad, fieles a sí mismos en la medida que se abren hacia sus fisonomías desconocidas de lo que ellos mismos encarnan. En eso. Antes que sobre protocolos de admisión a nuevos estamentos que aquel mencionado Orden conservador, que puede estar configurado para administrar esta nueva aparición de lo popular que yacía disgregada. Hay muchos indicios de que esto no podrá ser así y que no será así. Si tenemos en cuenta esto, no podemos sorprendernos de que ser peronista sea, en una medida muy evidente, preguntarse qué es ser peronista. Ese estado de pregunta, traducido a un estado de cuestionamiento sobre sí y sobre el mundo histórico, puede ser el linaje que estos nuevos tiempos recojan, de este recorrido tan singular.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 20 de agosto de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional. Director de la filial argentina del Fondo de Cultura Económica.</em></span></p>
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		<title>Borges en González &#8211; Por Jorge Alemán</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 25 Aug 2019 19:58:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Jorge Alemán]]></category>
		<category><![CDATA[Borges]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Jorge Alemán nos envía este texto en el cual transmite la emoción intelectual que le produjo la lectura del extraordinario “Borges, Los Pueblos Bárbaros” escrito por Horacio González. Alemán afirma que González, en esta generosa cartografía borgeana, piensa una vez más a la Argentina.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/borges-en-gonzalez-por-jorge-aleman/">Borges en González &#8211; Por Jorge Alemán</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Jorge Alemán nos envía este texto en el cual transmite la emoción intelectual que le produjo la lectura del extraordinario </em></strong><strong>“Borges, Los Pueblos Bárbaros”<em> escrito por Horacio González. Alemán afirma que González, en esta generosa cartografía borgeana, piensa una vez más a la Argentina.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Jorge Alemán*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe) </em>         </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">                         </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Desde una gran admiración redacto estas breves líneas. Más que glosar o analizar el extraordinario <em>«Borges, Los Pueblos Bárbaros»</em> apuesto por transmitir una emoción intelectual. Será difícil después de éste ensayo de Horacio González, asumir un nuevo libro sobre Borges. Nunca como antes había sido analizado en sus diversas dimensiones lo que me permito nombrar como el «cogito borgeano». La primera decisión de González para realizar su operación es analizar la materialidad pura del texto borgeano anudado siempre al aparato crítico que lo acompañó a lo largo de la historia. Como si el método borgeano, su procedimiento general, no pudiera ser captado en sus diversos alcances sin los ecos críticos, políticos, históricos que dicha obra fue capaz de suscitar. Por ello, a González no le basta con recorrer los arquetipos constitutivos del discurrir borgeano, lo que hace con una exhaustividad impresionante. Igualmente no le alcanza con desmontar solamente el mecanismo por el cual las oposiciones binarias se repliegan constantemente desde una otredad o suplemento que las socava.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A González se le impone transformar a Borges en el prisma exacto que muestra la lógica de un pueblo bárbaro que excede al nominalismo y al realismo, a la Civilización y a la Barbarie, a la filosofía y su reverso ficcional, al universalismo y a  la nostalgia de la Patria perdida, al algoritmo y a la falla estructural de la pasión amorosa. Esa lógica del pueblo bárbaro es la que siempre remite a una cuestión ética de gran calado, a saber, una Nación es siempre una fisura en la eternidad, algo que permanece de un modo inminente frente a la asunción definitiva de una ética. Y  por ello Borges mismo se pierde en el propio torbellino que fue capaz de inventar. De este modo, también su propia vida debe ser interrogada en sus detalles más remotos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">González no trata a Borges desde ninguna teoría literaria o filosófica explícita. Se introduce en  Borges desde su propia escritura, como el Otro escritor, con todas las palabras de la Lengua que González sabe encarnar como nadie. Al propio Borges lo hubiera desconcertado el modo en que González se prodiga. Su vocabulario es tan deliberadamente extenso que permite presentir el vacío inasible como ninguna otra escritura. Porque Horacio piensa, escriba lo que escriba, en un solo tema, y esa es definitivamente su grandeza.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Cómo puede existir la Argentina más allá de las metáforas y estructuras que la intentan volver inteligible? ¿Cómo se puede ser un argentino que no zozobra frente a sus encrucijadas políticas e históricas? Podría afirmar, una vez más, que González en esta generosa cartografía borgeana piensa a la Argentina. Pero me atrevo a dar un paso más, es Argentina la que se piensa a través de González. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Madrid, 25 de agosto de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Psicoanalista, escritor y poeta. Su último libro publicado es «Capitalismo. Crimen perfecto o Emancipación».</em></span></p>
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		<title>Ciudad y conocimiento &#8211; Por Horacio González</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Sep 2019 23:56:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[Ciudad del Conocimiento]]></category>
		<category><![CDATA[Economía del conocimiento]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hablar de Economía del Conocimiento o de Ciudad del Conocimiento pasa por alto las que parecen cuestiones muy estratégicas de  la vida social como lo es la creación de un nuevo equilibrio entre las investigaciones científicas y las artes humanísticas. Horacio González escribe este artículo para adentrarnos en un debate de gran interés, donde el próximo gobierno argentino deberá decir su palabra sobre estos temas, como forma cautelosa y crítica de afrontar los tiempos que vienen.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/ciudad-y-conocimiento-por-horacio-gonzalez/">Ciudad y conocimiento &#8211; Por Horacio González</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Hablar de Economía del Conocimiento o de Ciudad del Conocimiento pasa por alto las que parecen cuestiones muy estratégicas de  la vida social como lo es la creación de un nuevo equilibrio entre las investigaciones científicas y las artes humanísticas. Horacio González escribe este artículo para adentrarnos en un debate de gran interés, donde el próximo gobierno argentino deberá decir su palabra sobre estos temas, como forma cautelosa y crítica de afrontar los tiempos que vienen.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Horacio González*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>I</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Desde hace varias décadas se percibe un cambio en la antiquísima noción de conocimiento, la vieja gnosis de los latinos y también de los griegos. Imposible pensar o escribir nada sin su auxilio y lo prueba nuestro primer párrafo, la palabra noción es también otro modo de aludir al conocimiento, en su misma raíz en la lengua. De estas palabras que conocieron -valga la reiteración-, los pueblos más antiguos, provienen también términos como noción, notar, noble o ignorante. Un vocablo, en su fondo último, es todos los vocablos. Pero ahora veamos la expresión “economía del conocimiento”. Hay incluso una ley nacional con ese nombre; se promueve la ciencia a la luz de las tecnologías digitales. Expresiones con valor similar a esta tienen ya varias décadas y pueden resumirse en dos, que se usan de forma indistinta, “sociedad del conocimiento” o “sociedad de la información”. Un capítulo posterior nos da “economía del conocimiento”. ¿Esto quiere decir que son los costos y financiamientos de un tipo especial de acción de conocimiento? Por ejemplo, el de promoción de la ciencia -que no es imposible ligar a arte o a técnica vía el griego tekné, y obviamente ligada a la carrera del vocablo gnosis- y de sostenerla con financiamientos adecuados, sobre todo por parte del Estado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No obstante, la expresión <em>economía del conocimiento</em>, heredera de la “sociedad del conocimiento”, es habitual escucharla en las jergas de los ejecutivos de multinacionales de la informática, esa enorme experiencia de traslado de signos en grandes mazos de datos que en infinitas combinatorias se convierten en algoritmos y en una fusión de textos e imágenes, donde cada término es intercambiable, un “transistor” convierte la voz en un conjunto de datos, un texto en íconos o símbolos lógico-matemáticos. La imagen acepta convertirse en códigos numéricos o en píxeles, buscando unidades mínimas de carácter matemático a partir de las cuales respetar el color u otras sustancias que en una fase anterior del mundo representacional se obtenían con recursos analógicos. La representación analógica no pretende llamar realidad a lo que representa, no necesita reconocer el problema de cómo se desestabiliza la relación entre lo representado y la representación. Así se conocieron las grandes reflexiones sobre la mímesis y sobre la teoría del lenguaje en tanto signos significantes.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">          <img decoding="async" class="aligncenter" src="https://decanus.mx/wp-content/uploads/2019/03/Captura-de-pantalla-2019-03-04-a-las-9.11.33.png" alt="Resultado de imagen para economÃ­a del conocimiento" />     </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>II</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En muchos libros y sitios de Internet puede leerse la historia de Silicón Valley como órgano territorial desértico donde se instalan fábricas que emiten un nuevo conocimiento, basado en invenciones como el transistor, que daría forma a una nueva ciudad, una Tecnópolis, donde las tecnologías de la conversión de un tipo de signo en otro meta-signo basado en fórmulas binarias y combinatorias, acuden al modo de la identidad en la diferencia, la primera como “soporte” y la segunda como “contenido”. Nos es imposible, claro, definir en tan pocas e improvisadas líneas, el carácter y las proyecciones de estos importantísimos movimientos de la referencialidad de lo real, que hace temblar los cimientos milenarios que sostuvieron las convenciones sobre el significado de la verdad, las creencias y los modos discursivos. Pero interesa considerar, en primer lugar, cómo el mundo aparentemente autónomo de la política se sintió obligado a seguir estos desplazamientos con una actitud de admiración y de cautelosa incorporación.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Este seguimiento entusiasta de los grandes tópicos científicos se hizo sin resistencia, aunque variaron los modos de adaptación ante el avance arrollador con el cual, y ante el cual, se readecuaban desde las finanzas hasta la vida diaria, desde el arte a la enseñanza universitaria, desde las diversas poéticas literarias hasta la escolaridad básica. Recuerdo un ejemplo muy lejano y al parecer insignificante, pero algo dice: en uno de sus mensajes desde Madrid, a fines de los años sesenta, el exilado general Perón decía con gracia la palabra “transistor”, con el gracejo de indicar que él estaba atento a los lenguajes artificiales que fabrica la tecnología aplicada del capitalismo, y sabe usarla como político, entre la ironía y el asentimiento. Le era un lenguaje extraño, pero necesitaba incorporarlo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El peronismo se caracterizaba por la idea de “la estrella del conductor”, “el saber conquistar” a los pueblos con el plan estatal, económico y tecnológico. Las investigaciones sobre el transistor, que comienzan en Estados Unidos y Alemania en la década del 30, ya están maduras hacia fines de los sesenta. Las personas iban a las canchas de futbol con susurrados “transistores”, y miraban el partido al mismo tiempo que escuchaban el partido con la radio en la oreja. Eso mutó la forma de ver el fútbol por parte de las muchedumbres urbanas. A Perón no se le pasaba por alto este fenómeno, el peronismo había nacido basado en los poderes de la radio (además de los que ya conocemos) y pronunció la palabra transistor para decir, quizás, que peronismo y tecnología no eran sinónimos, pero había significativos paralelismos, que entenderá muy bien todo el que recuerde la gran frase “socialismo más electricidad”. En ambos casos, la tecnología se incorpora como acompañante exógena al núcleo esencial de las ideas sociales, pues tiene exterioridad respecto del ser político.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Nos parece posible afirmar que lo que llamamos tecnología nunca deja de intentar la sustracción de lo político y atraerlo enteramente hacia sí. Esto no siempre se nota: los grupos de científicos y técnicos que se agrupan en torno a ciertos ideales políticos piensan específicamente en cuestiones, sea de financiación estatal o privada, o sea en asuntos éticos respecto a si los rumbos de la invención científica sirven para trazar formas liberadas de vida o para impedirlas. Pero es inevitable que de la realidad del poder que genera la institución científica se desprenden también ideas concluyentes sobre la política. Si muchos científicos revestidos de la ética del beneficio a la humanidad y las pasiones democráticas, piensan en que la política es una institución diferente a las de la ciencia (aunque ésta no sea neutral), otros a veces sin percibirlo hacen desprender de sus ideogramas y lenguajes científicos una teoría del Estado y de la Vida.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">               </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>III</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es que, entre las ciencias de mayor estatuto, renombre y realizaciones universales, están las ciencias físicas, biológicas o matemáticas, de donde salen las biotecnologías, los experimentos con nanopartículas e inteligencia artificial o los microcontroladores de memoria, que están en los múltiples desplazamientos de las industrias farmacéuticas, de fertilizantes o electrónicas. Estos horizontes científicos y tecnológicos que caracterizan la segunda mitad del siglo XX, en algunos casos basados en conocimientos que la humanidad ancestral ya poseía como, por ejemplo, el tratamiento de la cerámica, suelen reagruparse ahora en conceptos como “sociedad del conocimiento” o “economía del conocimiento”. Son conceptos dudosos, visiones que tienen sobre sí mismas las industrias de software, de imaginerías en principio utópicas, pero luego partes de una teoría del control de los impulsos vitales, que inspiran a las redes, a los almacenamientos de memorias, a los cálculos de lógica matemática en términos de bits o cualquier otra medida que se enclava en el exacto lugar en que el proceso de conocimiento se reduce a la economía, y ésta ya no es keynesiana o marxista, o lo que sea, sino un acto de clasificación de micropartículas, sea la voz, los gustos, los deseos humanos, todo establecido por las pulsaciones sobre pantallas táctiles. Todo sujeto social en ese sentido es un data-entry.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Todo ello paralelo a los movimientos en la lingüística, hasta llegar a lo que contemporáneamente tiene el deconstruccionismo como protagonista de una perspectiva de lectura que interfiere en el sustento aparentemente liso y homogéneo del lenguaje. En todos los tiempos se consideró que las ciencias físico matemáticas y la teoría del arte, incluyendo sus efectos (u orígenes positivos), como la novela, la poesía o la pintura, guardan una relación semejante a los ecos que genera cualquier cadena paralela de reconocimiento para, entre ellas, retroalimentarse mutuamente. Es célebre el ejemplo de las teorías del color de Newton y Goethe, en el siglo XVIII, contrastantes en todo. Para uno el color es una refracción física y para o el otro un módulo de la sensibilidad. Pero un físico y un poeta podían hablar de lo mismo con sus respectivos lenguajes. Este tema perdurará en la imaginación crítica del mundo moderno, porque había sido el legado de los antiguos. ¿Cómo vincular o relacionar las ciencias de la naturaleza con las ciencias del espíritu? ¿O el mundo físico con el mundo humano?</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><img decoding="async" class="aligncenter" src="http://www.posgrado.unam.mx/filosofiadelaciencia/media/uploaded_files/vignettes/rinoceronte.jpg" alt="Resultado de imagen para Ciudad conocimiento y nuevas tecnologÃ­as filosofÃ­a" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>IV</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Con este tipo de denominaciones circuló el debate a fines del siglo XIX en los ambientes filosóficos, tratando de diferenciar las competencias de cada núcleo de saberes, el saber de leyes, las ciencias naturales, y el saber de singularidades, las ciencias del hombre. También llamadas ciencias morales, o ciencias humanas, o simplemente humanidades. Podría darse que la lingüística cambiara esta armoniosa perspectiva de los filósofos de aquella época, y luego de la publicación del <em>Curso de lingüística general</em> de Saussure, en 1911, medio siglo después un núcleo de ideas que se llamó a sí mismo como estructuralismo, postulaba que había una unidad científica homogénea y no dos ramas de la ciencia, una humanística y otra de la naturaleza. Ahora, en ambas, debía regir una única modalidad metodológica, para estirar los diferentes niveles y luego articularlos. La <em>estructura</em> era una figura del conocimiento que tanto les daba sentido a las ciencias físicas como a las ciencias sociales. Pero esto no alcanzaba, pues tanto la publicación de Kuhn (<em>La estructura de las revoluciones científicas</em>) como la de Foucault (<em>Las palabras y las cosas</em>), las dos a comienzos de los años 60, desestabilizaron estos intentos científicos que incluso alcanzaban al marxismo, retomando de otra manera la asociación que Engels había hecho de Darwin con Marx, en su célebre discurso fúnebre en el cementerio de Highgate.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En verdad, no funcionaba el viejo intento de embutir una manera científica en la otra -la naturaleza en la conciencia humana-, y la dificultad se reveló en el marxismo con el concepto de <em>dialéctica de la naturaleza</em>, que Engels propone, pero luego es rechazada por Lukács, y aunque Gramsci es más prudente en este caso, la simple apelación a un materialismo le parece un mero efecto de la metafísica, palabra dicha condenatoriamente. Por supuesto, no podemos resumir tan arbitrariamente un problema acuciante, pero podemos decir que en todo momento una imagen de las ciencias que procuran ser paradigmáticas (lo que tan burdamente se designa como ciencias duras) siempre intervino y no necesariamente como el otro lado de la balanza, sino como modelo orientador, sobre las ciencias humanas (llamadas a veces toscamente de ciencias blandas, en contraposición a la anterior denominación), nombres que revelan la incapacidad de tomar el problema, huyendo por el lado de la trivialidad de un nomenclador, como si se clasificara una pasta dentífrica según el grado de consistencia.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La fenomenología, escapando de su propio creador, que la consideraba una ciencia estricta, culminó en las diversas variantes del existencialismo (también en contra de la dialéctica de la naturaleza) o del “orden anterior a los predicados” o del “cuerpo como un conjunto de significaciones vividas”. Nunca hubo un momento en la historia conceptual del significado del pensar humano, en el cual no se tratase de discernir qué cosa le correspondía a lo humano y qué a la técnica. Cuando se intentó integrar los dos aspectos, se llegó al punto máximo con la idea de <em>crítica a la razón instrumental</em>, que a su vez llevó a la crítica a la industria-cultural, eso a mediados de nos años 40. Pero en general siguió predominando el modelo de doble entrada, las ciencias exactas que construyen leyes y las ciencias en torno de lo humano, que buscan la singularidad irrepetible de los fenómenos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Esto no pudo evitar que las ciencias que procedían por acumulación y se basaban en paradigmas de larga duración, influyeran sobre las más volátiles ciencias humanas. De ahí la absurda clasificación entre ciencias duras y blandas, que solo habla del desconcierto y la perdonable tontería que reina en esas esferas. En la Argentina especialmente, el positivismo, que fue un intento de unificar el espíritu científico en un único modelo de investigación, dependió de la paleontología, aunque también se sintió atraído do por el estudio del lenguaje, como lo revela la obra de Ingenieros. Habría que discutir bastante para concluir si el estructuralismo, o su hijo putativo, el “acontecimientismo”, y luego el deconstruccionismo, tiraron la toalla ante las “economías del conocimiento”, sin que ello significara que como en un eco, esas grandes filosofías mostraran que los mismos problemas que planteaban esas ciencias más institucionales o ministeriales (o con toda razón, vinculadas a la soberanía científica del país), fueran equivalentes a la otra dimensión del pensamiento. ¿Cuál? La meditación filosófica que las podía acompañar como un fantasma no inocente ni minusválido, incluso con una promesa explicativa mayor respecto al tumultuoso mundo en que vivimos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">               </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>V</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hoy estamos en medio de esta disyuntiva. El ascenso en un corto tiempo de tres o cuatro  décadas de la “economía de la información”, con sus metáforas desafiantes, la big data, la expresión  “redes” usada de manera antropológica, como mercado, como el símil de un antropoide, las “aplicaciones”, el “manager knowledge”, “the  power of know”, etcétera, se dirá que son caricaturas de la ciencia, y es cierto, son las consignas que recorren el planeta categorizando campañas o bloques colosales de consumidores. Llaman libertad a esta coacción, pero no puede negarse que surgen de laboratorios universitarios, centros de experimentaciones de empresas como Oracle, Microsoft, Amazon, Mercado Libre, que son la fusión entre las finanzas, las comunicaciones y las políticas de circulación urbana. Esto no quiere decir que el par ciencia-tecnología, que se Interpenetra continuamente por causa de su necesariamente incierta relación epistemológica, deban ser condenados en nombre de un ataque repentino de irracionalismo de un conjunto de monjes intelectuales, irritados porque no tienen ningún Arsat que les sea equivalente en materia de conceptos filosóficos, y tiene que conformarse con la “epojé” de Husserl o el “esquizoanálisis” de Deleuze y Guattari. Sabemos bien que no se trata de eso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se trata del conocimiento, del mismo concepto de conocimiento, pues sin tener de él un conocimiento reconstituido -o sea un conocimiento del conocimiento, esa forja de todos los horizontes culturales y científicos posibles-, no podríamos sino repetir y calcar los slogans sobre el papel dominante que juegan hoy las tecnologías, y el propio concepto de tecnología. Hablar de economía del conocimiento o de ciudad del conocimiento pasa por alto las que parecen cuestiones de vida social muy estratégicas. Y éstas son la creación de un nuevo equilibrio entre las investigaciones científicas y las artes humanísticas, cada una con su lenguaje y cada una con su capacidad de integrarse a las prolongaciones más audaces de la otra.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por eso escribo estas líneas, para adentrarnos en un debate de gran interés, donde el próximo gobierno argentino deberá decir su palabra interesada en estos temas. Hasta el momento he leído definiciones favorables a la economía del conocimiento y a la ciudad del conocimiento. Todo bien, son expresiones de la hora, redacciones para atraer votantes, consignas que son necesarias. Pero es necesario advertir que también están impulsadas por grandes corporaciones, al mismo tiempo que son parte de la lengua popular. Las acepto entonces por el hecho que son del dominio común y se las pronuncia con ansiedad de participar de los frutos de una modernidad más democrática. No obstante, los problemas que ambas acarrean, en primer lugar, cierto apagamiento de los problemas críticos ensayados por las humanidades, aconsejan retornar a las consecuencias de estos conceptos.  Las leo como puntos relevantes de la campaña electoral, usadas por nuestros candidatos. Está claro que no restan, sino que suman votos, y se suma también el mío, como es obvio. Pero no me parece innecesario, sino más bien indispensable, que un nuevo gobierno popular proponga este debate en el horizonte, porque nunca la ciencia se privó de él, ni nunca las humanidades dejaron de ser tan necesarias como ahora. Si se dice que Buenos Aires va a ser una Ciudad del Conocimiento, no será un mal camino tomar estas y otras preguntas como forma cautelosa y crítica de afrontar los tiempos que vienen.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 24 de septiembre de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional. Director de la filial argentina del Fondo de Cultura Económica.</em></span></p>
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		<title>Sin permiso &#8211; Por Diego Tatián</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 26 Sep 2019 22:05:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Diego Tatián]]></category>
		<category><![CDATA[entrevista Agencia Paco Urondo]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A raíz de las reacciones que produjo la entrevista que Horacio González dio a la Agencia Paco Urondo, Diego Tatián escribe este artículo donde sostiene que en el contexto de un correctismo cultural insoportable que se arroga la pretensión de  marcar el límite de lo que puede ser dicho y por quién, Horacio González habla, escribe y piensa sin pedir permiso.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/sin-permiso-por-diego-tatian/">Sin permiso &#8211; Por Diego Tatián</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;"><em>A raíz de las reacciones que produjo la entrevista que Horacio González dio a la Agencia Paco Urondo, Diego Tatián escribe este artículo donde sostiene que en el contexto de un correctismo cultural insoportable que se arroga la pretensión de  marcar el límite de lo que puede ser dicho y por quién, Horacio González habla, escribe y piensa sin pedir permiso.</em></span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Diego Tatián*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><em><span style="color: #000000;">(para La Tecl@ Eñe)</span></em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><a href="http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/horacio-gonzalez">La reciente entrevista a Horacio González en el sitio de la Agencia Paco Urondo</a> es un gran documento sobre todos los temas relevantes por pensar, en un momento tenebroso del que la Argentina afortunadamente ha comenzado a salir. El estilo de conversación que propone González es discutible, en el más alto sentido de la palabra. Motiva discusiones, las eleva, las encuentra donde no se las advertía, no sucumbe a la sordidez del griterío. Un estilo intelectual que nunca pierde la gentileza, el argumento del interlocutor, el arte de escuchar. Un punto de partida para orientarse hacia el país en el que nos gustaría vivir.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El odio al pensamiento es tan antiguo como el pensamiento. Lo acompaña como su sombra. Lo acecha. Un devaluado candidato a vicepresidente reacciona (en el sentido reaccionario del término) con una ironía que oculta mal la entraña inquisitorial que nos tiene reservada, si llegara a encontrar las condiciones -que el pueblo argentino le denegó el 11 de agosto- para hacer prosperar su tristeza. La oculta mal, en efecto, porque no basta ser sordo para ser Beethoven, ni ser tartamudo para ser Demóstenes, como escribió alguna vez un gran intelectual reformista que conocía bien el odio contra las ideas y no hizo otra cosa que pensar contra Córdoba –donde la admonición hacia quienes se atreven a decir algo por fuera de lo establecido campea con particular intensidad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una palabra de Horacio González referida a la historia y la cultura es capaz de conmover a la Argentina. Desperezarla, cuidarla en su tradición más entrañable bajo amenaza, renovarla en su vitalidad, reponerla de una asfixia, sin sucumbir a los mecanismos de intimidación (¡tantos!) con los que se procura inhibir el pensamiento libre. El pensamiento libre al modo gonzaliano es potencia que, precisamente por la sobreactuación de escándalo que reacciona contra él, no se logra conjurar sino más bien al contrario: le es así proporcionado un marco de violencia que resalta aún más la nobleza que aloja. Que esa violencia irrumpa con tanta nitidez evidencia la necesidad de que las palabras sean dichas con la libertad y lucidez que la entrevista en la APU se permite.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No hay permiso para pensar. Un correctismo insoportable se extiende en todas direcciones (no solo en los medios) y se complementa con el “discurso competente” que se arroga la pretensión de  marcar el límite de lo que puede ser dicho, y por quién. Más precisamente se lee en un viejo ensayo de la gran filósofa brasileña Marilena Chaui: “El discurso competente es el discurso instituido. Es aquel en el cual el lenguaje sufre una restricción que podría ser resumida así: no cualquiera puede decir a cualquier otro cualquier cosa en cualquier lugar y en cualquier circunstancia. El discurso competente se confunde con el lenguaje institucionalmente permitido o autorizado, esto es, con un discurso en el cual los interlocutores ya fueron previamente reconocidos como poseedores del derecho de hablar y escuchar, en el cual los lugares y las circunstancias ya fueron predeterminados para que esté permitido hablar y escuchar y, en fin, en el cual el contenido y la forma ya fueron autorizados según los cánones de la esfera de su propia competencia”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La tenaza censora que forman la chabacanería mediática y la indignación a la que suele ser afecta parte de la academia (“sobre esto nosotros ya lo hemos dicho todo, y quien quiera decir algo deberá pedirnos permiso…”), no logran su propósito. El tiempo que viene deberá sin embargo afrontar esto –proteger lo que favorezca el retorno de las ideas políticas y la discusión libre- con urgencia y con seriedad. El neoliberalismo produce, además de una insoportabilidad social, una asfixia cultural, un régimen de afectos tanáticos y finalmente una sociedad inhabitable (entre otras cosas porque destruye las mejores tradiciones liberales), para salir de la cual será preciso mucho más que reactivar la economía.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En tanto, hay quienes como Horacio González hablan, escriben y piensan sin pedir permiso. Y miles tan agradecidos de que ello ocurra.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Córdoba, 26 de septiembre de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba y doctor en ciencias de la cultura (Scuola di Alti Studi Fondazione Collegio San Carlo di Modena, Italia), es investigador del Conicet y profesor de filosofía política en la Universidad Nacional de Córdoba.</em></span></p>
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		<title>Variaciones sobre cuál es el momento oportuno &#8211; Por Horacio González</title>
		<link>https://lateclaenerevista.com/variaciones-sobre-cual-es-el-momento-oportuno-por-horacio-gonzalez/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 Oct 2019 23:08:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Medios de Comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[Operadores políticos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En este artículo Horacio González propone además de una discusión historiográfica, un intento de analizar cómo se produce una gran operación mediático-política a partir de un conjunto de recursos, todos incluidos en la retórica de la infamación gratuita, pero que no por eso dejan de pertenecer al rostro oscuro del alguna vez llamado “orden del discurso”.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/variaciones-sobre-cual-es-el-momento-oportuno-por-horacio-gonzalez/">Variaciones sobre cuál es el momento oportuno &#8211; Por Horacio González</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>En este artículo Horacio González propone además de una discusión historiográfica, un intento de analizar cómo se produce una gran operación mediático-política a partir de un conjunto de recursos, todos incluidos en la retórica de la infamación gratuita, pero que no por eso dejan de pertenecer al rostro oscuro del alguna vez llamado “orden del discurso”.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Horacio González*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
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<li><span style="color: #000000;"><em>La quiebra de lo habitual</em></span></li>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es habitual -o sea, algo que se da en forma permanente-, decir que la política consiste en el arte de adecuarse a un tiempo específico y ocasional. Todos pueden hablar, sentirse incluidos, pero repentinamente aparece un elemento indescifrable que, por tocar quizás una tecla delicada y que parecía un simple desecho sin importancia, el que habla puede seguir haciéndolo… pero ya su voz no será atendida. Quedó como un sobrante que puede seguir hablando, pero será un cuerpo vacío de significados. Cree que las tiene todas consigo, pero ya es un “hombre muerto”, alguien del que todos saben que puede seguir diciendo lo que quiera, pero él ya es un despojo sin verdadera voz ni vida. Para tomar la expresión de Claude Lefort, se produce la situación del “hombre que sobra”, aquel que en su existencia fue llevado a desencajar, a estar demás, a exceder demasiado el límite de lo posible. Hace unos días, Eduardo Rinesi publicó su libro <em>Restos y desechos</em>. Ve todo el juego social a través del sentido que le otorga precisamente todo lo que se expulsa. Se trata una situación parecida, pero aquí lo que sobra -la basura, el desecho, lo residual-, son libras de carne que por cualquier razón que pertenece a la oscura lógica del sistema, vuelven para señalar que todo pasado es una napa de despojos que acompaña al presente. Hace todo esto, además, de forma desvelada y como parte desconocida -quizás un poco vengativa, del propio presente.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Para prevenir de esta catástrofe tan inmensa como que ocurre demasiado frecuentemente, está el olfato de adecuación. Es decir, lo que nos permite suponer que los tiempos presentan diferentes mutaciones y no es aconsejable apartarse de lo que ellas reclaman para la sobrevivencia. Es cierto que a primera vista resulta difícil definir la política como una permanente adecuación a una “época”, sobre todo por lo volátil o gelatinoso que resulta fijar los contornos en que tal época puede expresarse. ¿Qué engloba? ¿Cuáles son sus sellos de lacre que determinan tal o cual estilo? ¿Qué sale de su panza llena, para determinar qué y cómo debe actuarse a ella o representársela, en caso de haber sobrepasado sus líneas de sentido o saberse engañosamente instalado dentro de ellas? Todo político, si lo es cabalmente, sabe que hay una época, pero que si la hay, no es posible definirla a satisfacción, si de lo que se trata es, precisamente, del ser político. Aparentemente, todo consiste en definirse como interior a él, pero siempre sospechar que hay sobrantes, y una de esas sobras podemos ser nosotros, sin que lo percibamos. Esa sabiduría, desde luego, no todos la tienen. Pero lo que sí es cierto es que hay coyunturas marcadas a fuego. Puntos de inflexión donde hay que taladrar, como alguna vez se dijo, gruesas vigas de hierro o de madera. Entonces, aparece el sentimiento férreo, totalmente justificable, de que debe extremarse hasta las últimas consecuencias el cuidado para no ser una “sobra”, evitar el acecho peligroso de quedar como un sobrante, encima sin que nada permita advertirlo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"> No obstante, todos sabemos que hay otros planos, en que lo habitual suele quebrarse en algún punto indeterminado, y ese punto -si bien algo misterioso-, hace girar imperceptiblemente todo el resto de las cosas a su alrededor. De repente algo se quiebra y nadie lo había pronosticado. La sorpresa abarca inclusive a los partidarios insumisos de toda clase de astucias. La astucia es principalmente una actitud de reserva que exige una personalidad sutil que guarde para adentro toda la socarronería y ponga un velo a las acciones imaginariamente completas, mostrando solo una parte, incluso una parte insustancial o insignificante. Por eso la astucia es inmortal; desde Ulises al Viejo Vizcacha, la astucia es la forma de convertir a la desconfianza en una forma secreta del ataque. Finalmente, el astuto es el personaje central de la teoría adaptativa a los tiempos. No le preocupa el enigma de porqué los tiempos “giran”, como le decía Maquiavelo a su príncipe. Sino que la cuestión es cómo adosarse, parecerse o asimilarse a ellos. La versión de esta manera de adaptarse a los tiempos, la que requiere de astucia, actúa en un doble plano del pensamiento, donde triunfa la parte más escondida y reservada frente a lo que realmente se dice, que será una porción muy regulada y controlada de lo que se piensa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ni el astuto debe serlo permanentemente -a la larga, adquiere la fama de ser alguien que nunca expone claramente lo que piensa y luego pasa directamente a anular su ser pensante-, ni tampoco suelen ser aceptables en los mundos políticos los que se despachan sin tabiques de cautela sobre todo lo que de raro perciben en su propio entorno. Hablan “sin filtro”, según el modismo que se impuso en los últimos tiempos para caracterizarlos. Las personas “sin filtro” son difíciles de interpretar. Algunos confunden ese rasgo con la sinceridad o la hombría, la repentina transparencia para decir todo lo que se piensa a modo de una verdad indetenible, como los antiguos cínicos o el personaje foucaltiano alguna vez puesto de moda, el que usa la <em>parrhesía</em>, la actitud de nunca callarse ante los poderosos, o en su defecto, decir lo primero que se le ocurre ante lo que considera una arbitrariedad, con el riesgo de convertirse en un aguafiestas. El “sin filtro”, en el extremo de la procacidad, muchas veces cree que se halla al servicio del bienestar público. Pero entre el sin filtro y el astuto hay variadas conexiones, y ambos son manifestaciones de cómo lo “habitual” pesa tanto en la conciencia colectiva, que estaríamos tentados a acatarlo en todo como también a probar su consistencia lanzando un elemento que lo desacomoda. En este último caso, con la esperanza, quizás, de que se nos considere un transgresor permitido, necesario.</span></p>
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<li><span style="color: #000000;"><em>Lo oportuno</em></span></li>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Un viejo general argentino, que todos conocen, no es otro, claro, que el general Perón- quien se había educado con ciertas lecturas de los clásicos, pues en aquellos años 20 estaban contenidas en los programas de las escuelas miliares-, decía lo siguiente: <em>“la oportunidad pasa queda”.</em> Entre los tantos significados que tiene esta palabra, lo <em>quedo</em>, uno nos lleva a la inmovilidad, al sigilo, la permanencia sutil, el pasaje imperceptible. Pero si la oportunidad pasa de modo tan impalpable, y si además estamos en el mundo político, no sería justo someter a cada uno de los partícipes a un ejercicio tan exigente de detectar cuándo es el momento adecuado para accionar. Sobre todo, si es algo que pasa ante nosotros de modo tan indistinto. Sin duda, actuar así implica saberes heredados de las tantas cosas que se escribieron sobre el Kairós, un dios griego menor que recoge los dones del tiempo y la fortuna, pero lo hace de una manera excéntrica, dueño del momento ignoto en que alguien que lo atrape puede poner el desorden del mundo en su quicio. Kairós es la figura máxima del tiempo fuera de lugar, pero a diferencia de Hamlet, conoce el secreto de colocarlo en su propia comarca, a condición de que a esa fugacidad irreductible se la capture… ¿pero eso sería posible? Por lo menos, no es posible tan fácilmente. Porque puede pasar rápida, desapercibida, disfrazada, resbalosa, inatrapable -Kairós no tiene una pelambre por la cual pueda ser agarrado o retenido-, y sobre todo… pasa quedo. Pasa quedamente, según la antedicha frase que ya mentamos. La frase es formidable. <em>Pasar quedo</em>. Si tenemos en cuenta el inaprensible nudo de lo que al pasar queda y al quedar pasa -por más que quedo aquí signifique diferido o callado-, <em>nadie podrá decir que tiene el don de la oportunidad</em>.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Desde luego, existe la prudencia, la cautela, el cincel permanente con el que medimos nuestras palabras y no hay siquiera estallido verbal que no tenga una cuota de medición. Después del exabrupto puede venir un llanto disimulado que ponga suavidad a la secuencia de ofuscación. Lo cierto es que la búsqueda del momento justo desvela a las filosofías del tiempo. Es el secreto mismo de la temporalidad. ¿Cuándo decir o no decir? El vivillo de Kairós, ya que tenía facultades divinas, aunque menores en el panteón griego, nos decía que siempre hay un momento, un solo momento, un instante donde pasaba la centella mesiánica que hay que capturar, pero ese instante es un secreto que solo él sabe. A los demás nos toca apostar, jugar a tientas, tirar los dados para abolir el azar, pero lo azaroso nos persigue de tal modo que se disfraza de tiempo normal, sin cortes ni acontecimientos notables o extraordinarios.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por eso, cuando esos acontecimientos ocurren, y no fueron previstos, nos dedicamos a buscar en episodios pasados algunos síntomas que nos hubieran sido familiares y acaso poder decir “vieron, yo lo anticipé”. El general Perón, decidor de la frase que mencioné, “la oportunidad pasa queda”, la contradecía numerosas veces cuando afirmaba que “al éxito se lo prevé, se lo prepara, se lo ejecuta y luego se lo explota”. Percibimos aquí la extrema dificultad de esta cuestión. Hay una concepción sobre la contingencia y otra sobre la conducción como un arte previsible. El órgano completo versus el Kairós. La oportunidad es la memoria del sistema y éste es el vaticinio de la próxima oportunidad.</span></p>
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<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="http://www.lablancoencalada.org/media/PICT2685.jpg" alt="Resultado de imagen para mauricio nizzero" /></p>
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<li><span style="color: #000000;"><em>La lógica de las operaciones</em></span></li>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Al parecer, se llama “operaciones” -esto es, operación política- a una acción que rompe el flujo aparentemente natural o espontáneo en que transcurre una acción. Pero no es fácil identificarlas, pues ninguna acción podría ser enteramente espontánea ni completamente inducida. No obstante, las operaciones existen, pues siempre un flujo librado a sus propias fuerzas puede ser interrumpido de manera planificada, aunque pareciendo parte de esa pureza o naturalidad. Debido a eso las operaciones no son detectables con mucha facilidad pues una facticidad inmediata, siempre puede ser objeto de una captura que al sacarla de cuajo, la hace participar en un casillero previamente fraguado, donde la esperaba… ¡la operación política! </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es frecuente escuchar de tal o cual manifestación política que es una “operación”. Al calificársela así se desea desautorizarla, declararla falaz o dañina. Sin embargo, se trata de una acusación que los contrincantes pueden hacerse mutuamente, en la medida en que ambos suponen que lo que se hace contra ellos, tiene el sello de los engañosos recursos del “operador” y el “contra operador, su opuesto complementario. En el caso en que cada operador insiste en que es un militante entre tantos, ¿cómo señalar la existencia de la operación? El operador político es tolerado por necesario. En ciertos momentos cenitales de las democracias corroídas por las grandes maniobras financiero-comunicacionales y jurídicas, el operador público es el nexo necesario entre los diversos puntos de contacto de cada maquinaria que debe entrecruzar sus datos entre sí. Pero no nos referimos a esa clase de operador de agenda, figura pública con un pasado que acaso fue militante, y que luego cristalizó en la disponibilidad de lo que suele denominarse “tener llegada”. “Tengo llegada a tal o a cual”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Cosa etérea, la “llegada”, esa esquiva confianza creada en conversaciones no menos intangibles. No me extenderé en este tema, pues merecería exámenes más detenidos este modo de recubrir de una media luz auspiciosa, los Inter vínculos excepcionales entre protagonistas que asimismo están sentados en la misma mesa sigilosa. O en la misma arena -como se la llamaba hace muy poco-, en que se circunscriben las piezas que pronto forjarán sus alianzas o enemistades, que se sabe que no necesariamente serán perdurables. La fugacidad de cada acuerdo es la escéptica o quizás amarga expectativa del operador público, al que se lo nombra sin problemas de ese modo y actúa a la luz. Su lujo es no tener bases sociales aunque puede haberlas tenido. Responde solo a su acumulación verosímil de “llegadas” o teléfonos que pudiendo marcar apagado o fuera de servicio, se levantan dadivosamente para atenderlo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero intentemos ver más de cerca lo que se conoce como operación política. Cuando se acusa a alguien de hacerla, un ente, un grupo, una institución, los medios de comunicación, se quiere señalar un propósito no declarado, pero superficialmente investido de la apariencia de una investigación periodística (concepto hoy problemático, tanto como lo fue propicio cuando estaba ligado al nombre de Walsh y actualmente a lo que se manifiesta perfilado dentro de su estirpe), pero la finalidad no declarada será la conjura sobre un nombre. Y por esa vía, contra una situación que bajo una mirada de objetividad vitalista, se halla ajena a las imputaciones surgidas de los prejuicios previamente armados. Desde estos prejuicios o preconceptos se ataca, porque entrañan modos de valoración sobre el bien y el mal que el “operador mediático” -mentemos aquí esta real catadura, el personaje del cual queremos hablar-, sabe que son los detritus afectivos no ostensibles que, en vez de ser parte de una ética pública, son los componentes clandestinos del diccionario de simbolismos y metáforas que fabrica la “sociedad de la información” en su contracara sigilosa, su verdadero núcleo de significados. Con ellos procesa, ataca, destruye, levanta, baja el pulgar, opera.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se trata de suscitar símbolos de detracción o apócrifo porque el operador mediático, a diferencia del operador político, tiene ya ciertos conocimientos sobre lo que llama -ha estudiado- “pulsiones de audiencia”, esto es, el pensamiento público reducido ya casi enteramente a la idealización de las amenazas, la protección contra enemigos impalpables, la renuncia a la reflexión sobre los pasos que solían darse para crear escenas de estructuración compleja. Y todo esto ocurre por la derrota de las tradiciones dialécticas. Fruto de esa derrota, aunque no son semejantes, el operador mediático y el operador político se parecen en el ideal de poner siempre entre paréntesis la vida social colectiva, que en su sustancia última es incontrolable, con tecnologías de enjuiciamiento que parecen inocuas. Puede ser el modo en que un entrevistador corporativo, un último orejón del tarro, levanta la cejas para establecer una duda sobre lo que dice un entrevistado. Con esa minucia ya puede estar destinado al cadalso. La sentencia ya está dada en ese casi imperceptible gesto emanado de esa Corte Suprema encapsulada en un simple rostro que juzga desde la tarima de su capilaridad cosmética.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En la “operación” no se trata de la sorpresa del que se anoticia sobre los conflictos verdaderamente existentes, sino el que los genera, cosechando fragmentos del basural que contribuirá para alimentar la galería de los infames, o a la inversa, el encumbramiento provisorio de una figura que luego podrá ser desplazada por un tribunal invisible -el rating como juicio penal en primera instancia-, hasta que aparezca un reemplazante en la infinita serie. Todo puede hacerse porque la operación es el reino de la inmediatez. O tomando un sinónimo, el reino de la trituradora que manda al castigo, al olvido o a la efímera fama a sus pobres criaturas. Todo lo que en verdad es y debe ser un objeto de múltiples planos, en la operación aparece develado de un saque, de un garrotazo sonriente y feliz, implicando un nuevo susto para aquellos hombres y mujeres apretujados -por ejemplo, en las Barrancas de Belgrano-, que tienen así un motivo más para salir a la caza de espantajos, que existen en este caso tan solo en sus propias pesadillas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En la operación -término que se entiende más literalmente en el mundo militar o en la medicina, quirófanos de por medio-, se trata entonces de la creación arbitraria de la contigüidad absoluta. Dos personas anónimas se cruzan en el subterráneo y una exclamación burda proferida por una de ellas, horas después, puede ser atribuida también a aquella con la que se cruzó casualmente. ¿No hubo de alguna manera un punto de contacto? Una voz aleatoria puede comprometer a un candidato cuidadoso de sus palabras, extrayendo una frase encajada en secuencias que la hacen más explicable, lo que puede derivar en un juicio sumarísimo, convertido así en la antología de lo despreciable, de la amenaza siniestra. Entonces, al paredón. Así, se piensa por contaminación, se usa una bacteriología ocasional. Si alguien al que se le atribuyen reales o imaginarias ligazones con un candidato y dice algo que de antemano es enviado al gabinete de las predestinadas herejías, sería el propio candidato el que estaría hablando. ¡Qué trabajo hacer todo eso, cuántas conexiones, cablerío, inferencias, conectividades y alegorías!</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Muchas cosas pueden ser reflexionadas, evaluadas o lamentadas respecto al procedimiento de extraer frases de su habitáculo natural para convertirlas en muñones grasientos, en las bocas mediáticas que chorrean improperios en toda clase de comentaristas matutinos, vespertinos, togados y en camisolín. El tema es conocido y no fácil de resolver. Quien saca de contexto la frase <em>To Be or not To Be</em>, no puede ser reprochado de incriminar a Shakespeare de propagar una filosofía nihilista y binaria sobre las opciones personales de un raro ciudadano que se paseaba por las murallas de un castillo. Pero la intención aquí es la de insertar en el habla cotidiana una frase comprometedora, que señalaría que estamos ante la apología del mal.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una operación política parece consistir, entonces, en la acción de tener preparados una serie de significantes vacíos para, por la vía de la descontextualización o del cambio abrupto de escala de ciertos dichos, suscitar los prejuicios condenatorios e infamantes que -los operadores lo saben- recorren como napas subterráneas todo conjunto social. Lo saben porque ellos mismos han hecho lo necesario para el sembrado de ese semillero transgénico para el cual la operación mediática es su glifosato, que decide cuáles hierbas malditas debe aplastar. Una operación es un plan, y su uso político actual, suele estar asociado a la preparación sigilosa, a una acción comunicacional en red y a un objetivo infamante. La operación es una señal de partida para los conjurados. Una zona de conjura y conspiración que no solo oculta su condición facciosa, sino que la hace pasar por una forma neutral, una mera estructura de la realidad, un hilo fáctico normal que ocurre para denunciar un escándalo que no existe -o que no importa si existe o no-, con pruebas que ya están previamente moldeadas y para destruir personas, incluso cuando dicen que es para salvarlas del error o criticar válidamente sus demasías.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Error y demasía es en cambio lo que puede hallarse en la cotidianeidad artificiosa en la que ellos viven, donde solo se pueden tolerar a sí mismos por la ignorancia ya precintada de lo que realmente hacen. Prisioneros del trending topic, la operación política es su hija pródiga, que multiplica ahora los alcances de lo que antes hacían los servicios de inteligencia, y que sin duda lo siguen haciendo. En todos los casos, la política como flujo vital y autonomía del sujeto, es truncada en favor de una aparato que mutila lo que lo político tiene de espontáneo, pero también lo que tiene de legítima preparación, no solo dentro de lo que le es previsible a todo sujeto político, sino a lo que también lo caracteriza -como ya decíamos-, que es su disposición no solo a escuchar lo inesperado, sino la de ser él mismo eso inesperado, la expresión genuina de lo que hasta el momento no conocía de sí mismo.</span></p>
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<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="http://www.lablancoencalada.org/media/PICT2683.jpg" /></p>
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<li><span style="color: #000000;"><em>El índice trágico</em></span></li>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una frase significa todo y nada, es la propia angustia del conversar, que siempre existe aunque la disfracemos de cargada, chanza ingeniosa o ironía al paso. El operador que estamos describiendo busca culpables o busca tolerar su propia ilegalidad culpable. Para él todos son culpables, algunos más que otros, cada actor vistió sus galas para acumular en forma creciente su parte de violencia -según el pensamiento del operador- mientras los coreutas de los periódicos corporativos azuzaban con sus clasificaciones binarias. Siempre hubo editorialismo pontificante y periodismo de combate. La operación mediática es un grado superior de esas órdenes dictadas al mundo social, pero le agregan el empleo de la construcción de secretos sobre bases hipotéticas, que después se lanzan como primicias que parecerían producidas por el juego social, cuando en verdad son atribuidas a él, pero emanan del arabesco diagramado en los gabinetes clandestinos de los operadores.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Esto contribuye decisivamente a quitar el índice trágico de toda historia y por consiguiente debilitar la valoración positiva de las formas de habitar el mundo histórico si se las priva de su   componente trágico. Este índice trágico, el saber de lo irresoluble, es un antídoto contra la operación que siempre creen saber dónde empieza y donde termina. Es decir, eliminan el parpadeo que de repente parece cerrar el mundo por un instante de sueño sin que nada haya dejado de existir. Pero no era así. Eso que se ponía entre paréntesis tenía incluso la posibilidad de irrumpir destruyendo no solo el frágil pestañeo y el sueño que cargaba, sino también empujaba las cosas a que rechacen para siempre ser suspendidas por ese guiño. La operación mediática está para impedir que el parpadeo reparador ocurra. Nunca pone en querella a la supuesta potestad del investigador, porque es él el que da la última palabra y enjuicia con una habilitación secreta que obtiene del reino corporativo, sin parpadear. Aunque si saliese mal la operación, tal piratería puede ser desconocida por quienes la avalaron desde las penumbras. El oficio del operador es riesgoso, y la actualidad argentina lo demuestra. La base de datos que posee, proveniente de miles y miles de conversaciones donde la información es una plusvalía sigilosa y la noticia no una crónica fresca sino un diseño premoldeado para producir efectos de pánico, le impide ver en lo grave de la historia otra cosa que el efecto de sus propias, pobres maniobras.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Lo que llamamos mundo histórico es una tensión que siempre excede los elementos disponibles para comprenderla en su todo. Por eso son decisivos los puntos de vista que se fueron forjando en el cuadro de cada cambiante situación. Primero en quienes fueron protagonistas, sufriendo luego diversas transfiguraciones. Esas transfiguraciones de la conciencia personal no fueron las mismas en cada caso, pero la crónica de la mutación de época -por lo ambigua y confusa que es la noción de época-, no solo fue quedando en manos de los juegos en última instancia de la operación mediática, sino que esos operadores mismos provenían en muchos casos de aquella transfiguración que ahora rechazaba su propia introspección, la reflexión sobre su sí mismo transfigurado. Cada operador, que no desea tener pasado, tiene una disponibilidad asombrosa para cancelar consigo mismo, en su propia operación interna, las épocas anteriores que deben aniquilarse en su propio drama interior.  Solo le queda hacer excepciones sobre sí mismo y vivir el eterno presente de la recolección de datos, tratados a la manera de granadas de mano para las que busca la oportunidad exacta en que deben ser lanzadas. Aquí el operador es el que cree ilusoriamente que puede gobernar las oportunidades y que la época -en vez de ser un cúmulo de acciones que borran continuamente un contorno que parecía establecido-, se transforma en el sueño del fabricante de datos sin historia, solo con sus jabalinas envenenadas que arrojará cuando lo disponga la Orden.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero hay un momento fatal donde parecen abrirse los cortinados donde están escritas las justificaciones de esos actos, estas operaciones mediáticas que venimos comentando. Se trata siempre de búsquedas de legitimidad sustituta, pues si la operación no solo desvitaliza la política, sino que la falsifica, la única legitimidad que reconoce es la que elabora para sí misma. Si la operación política se ejerce para la reprobación de los que no concuerdan con los poderes que se dieron su propia ley (financieros, comunicacionales, judiciales), se verá enseguida que la operación se revestirá de ley, para actuar incluso en contra de los ordenamientos legales conocidos. No se está con la operación simplemente fuera de la ley, sino que se elabora otra forma de la ley. Todo acontecimiento operativo tendrá su propia ley, de ahí su relación con el agente secreto o el provocador remunerado, que se basa en una ley que anula las leyes visiblemente promulgadas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es en esos puntos donde medra la operación, pero en verdad siempre tropieza con algo. Con las vitalidades de intrincado dramatismo, de las que se puede decir que hay “más historia” en ellas, que en una larga serie de estructuras del sentimiento examinadas por los mejores historiadores de la cultura. Lógicamente, tenemos el concepto halperiniano de “larga agonía”, que no desdeño. El ser agónico conduce al tiempo histórico de manera más quebradiza, permite tanto la opinión del prudente que mide todos los factores y presiones en juego, como la del descabellado que pierde por un segundo los estribos.  Pero la duración debilita la fuerza narrativa de la agonía. Conviene entonces invocar con más provecho el concepto de tragedia. Incluso para esgrimirlo contra la presencia dominante de las operaciones surgidas de las áreas donde pervive y se reproduce el poder, entendiendo por perder, ahora, una suerte de capitalismo no solo trenzado en la circulación financiera, sino en la acumulación de operaciones sigilosas, que forman otro capitalismo, el de la acumulación indefinida de vidas perfiladas por los quirófanos que operan biografías ficticias sobre las existencias reales de la población.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Además de una discusión historiográfica, estas líneas querrían ser un intento de analizar cómo se produce una gran operación mediático-política a partir de un conjunto de recursos, todos incluidos en la retórica de la infamación gratuita, pero que no por eso dejan de pertenecer al rostro oscuro de las tradiciones retóricas y al llamado alguna vez “orden del discurso”. Al control de la materia lingüística propiamente dicha por parte de los inquisidores que organizan módulos de servidumbres masivas. Se empleará entonces la pinza de la sinécdoque, la tenaza de la metonimia, el serrucho de la alegoría, todos conectivos de urgencia para transportar una palabra que surgía de una instancia débil de la enunciación, para convertirla en una llamarada que venía a incendiar a las buenas conciencias. En las operaciones mediáticas participan toda clase de emisarios y nuncios apostólicos de los grandes medios y la televisión corporativa. De alguna manera es la religión de nuestros tiempos. Hacer política, o mejor dicho, vivir en el interior de las tensiones de un mundo histórico -si llamamos a esto política-, es también un compromiso de rehacer el acto genuino que parte de creencias nunca fijadas de antemano, para impedir que sean reemplazadas por las operaciones políticas. O hay política, o hay -por más bellas novelas que haya inspirado-, conspiración.   </span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 1o de octubre de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional. Director de la filial argentina del Fondo de Cultura Económica.</em></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>Ilustraciones: Mauricio Nizzero y Jorge Argento</em></span></p>
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		<title>¿Qué es una fundación política? &#8211; Por Horacio González</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 13 Dec 2019 17:24:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto y Cristina]]></category>
		<category><![CDATA[humanismo]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[República]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Horacio González sostiene en este artículo que con la asunción de Alberto Fernández como presidente y de Cristina Fernández como vicepresidente, asistimos otra vez en la Argentina a un espíritu fundacional que llama a la unidad nacional al tiempo que sugiere tácitamente que esa unidad es tan necesaria como condicionada por el hecho de que su enunciación contiene su necesaria dificultad. González afirma que la experiencia política que se abre en la Argentina está relacionada con una de sus tradiciones, la más notoria pero la menos mencionada, la de un humanismo crítico a la espera de un nuevo nosotros activo, que sabrá criticar justamente las descaminadas opciones de lo humano que ofertó el mercado torpe del ideario neoliberal.	</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/que-es-una-fundacion-politica-por-horacio-gonzalez/">¿Qué es una fundación política? &#8211; Por Horacio González</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Horacio González sostiene en este artículo que con la asunción de Alberto Fernández como presidente y de Cristina Fernández como vicepresidente, asistimos otra vez en la Argentina a un espíritu fundacional que llama a la unidad nacional al tiempo que sugiere tácitamente que esa unidad es tan necesaria como condicionada por el hecho de que su enunciación contiene su necesaria dificultad. González afirma que la experiencia política que se abre en la Argentina está relacionada con una de sus tradiciones, la más notoria pero la menos mencionada, la de un humanismo crítico</em></strong><strong><em> a la espera de un nuevo nosotros activo, que sabrá criticar justamente las descaminadas opciones de lo humano que ofertó el mercado torpe del ideario neoliberal.  </em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por </strong><strong>Horacio González*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>1. Dos discursos</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Dos discursos ajenos al costumbrismo y a la trivialidad indulgente que domina la política nacional, han sacudido el cuerpo general de la razón crítica argentina. Uno, el discurso de Cristina Kirchner ante los jueces de Comodoro Py, pleno de recusaciones fundadas en el método argumentativo y la pasión por la restitución de una verdad quebrantada. Y el otro, el de Alberto Fernández en su asunción, que trazó un sugestivo panorama de la situación de la República, donde se postuló una reposición del campo político democrático -es decir, de una socialidad crítica y madura al mismo tiempo-, lo que con el gobierno anterior, destructivo y autodestructivo a la vez, casi había desaparecido. Ahora bien, cada discurso empalma con el otro, cada cual es la entrelínea del que lo antecede y lo sucede, al enérgico rechazo de Cristina a un sistema judicial obediente a pactos oscuros que lo ponen al borde de su extinción, le sigue la afirmación de Alberto sobre un “nunca más” a ese tipo de justicia en operaciones, que sigue la ruta y los objetivos de la gendarmería demolicionista de la historia, la sociedad y las personas, la cual ensayó el macrismo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Qué significa decir “entrelíneas”? Que un discurso se yuxtapone a otro como la institución penetra a la pasión y la pasión a la institución. El discurso del Presidente estuvo repleto de alusiones fundantes, que luego trataremos de explicitar mejor cuáles serían sus notas distintivas. En primer lugar, el nombre propio de Alfonsín, el primero que aparece en la lista de menciones que acaso han sido deliberadamente pensadas para que el discurso de Alberto flote en una atmósfera propiciatoria, puntuada de sutiles simbolismos. Luego la serie de “Nunca más”, casi todos ellos ligados a trazar una línea demarcatoria entre pasado y presente -cuestión a discutir, un sentido rectilíneo es consustancial a los grandes discursos, aunque la historia con sus flujos subterráneos suele burlarla-, junto a los recuerdos de Néstor Kirchner y Esteban Righi, el primero como maestro político, el segundo como fuente nutricia de sus estudios sobre el Estado de Derecho. Hacia el final, el agradecimiento a Cristina Kirchner, a la que le confiere las notas de generosidad y visión estratégica. Decir estratega, desde luego es decir conductor, según la larga descendencia griega de este concepto.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No se nombra, salvo lectura apresurada o desatenta de nuestra parte, al Perón y al peronismo, dando por sentado, desde luego, que es desde esos nombres implícitos que el orador enuncia lo que estamos escuchando. Pues bien, no se trata en este momento de hacer ningún análisis del discurso, ciencia infusa que no practico, sino de situar un discurso en el océano de la acción política. Quizás a la manera de Hannah Arendt, aunque no aseguro serle enteramente fiel, al decir que el pensamiento escrito discursivo se formula como una promesa, y anticipa en su capacidad enunciativa una suerte de contrato de lectura -uso libremente este dudoso concepto-, por el cual el horizonte de expectativas que se formula, son eso mismo, expectativas. Ellas podrían no cumplirse pues la voluntad que las explicita se deberá enfrentar a obstáculos no expresados o bien desconocidos, por los cual el concepto abstracto, pero necesario, de Argentina Unida, revelaría su imposibilidad por el tenor de las luchas no declaradas que contiene. Declaradas esas pugnas de intereses diferenciados, constitutivos de todo orden político, por sí inestable, el discurso puede quedar prendido solo a sus promesas, pero eso no quiere decir que no sean en sí mismas una revelación. Lo que revelan es precisamente lo que parece su contrario, una acción en la que se forja el sujeto, configurado entonces como una unidad frágil de pensamiento y acción, revelación de la novedad para el ser político que la recibe como efecto discursivo, que no es diferente a la vida activa, sino su <em>espera</em> como efecto demorado. Por eso cuando se produce, parecería un efecto sin causa, lo que Maquiavelo llamó <em>veritá effetuale</em>, esto es, lo que pasa en la dialéctica secreta de lo real, sin aparente textualidad, como si los hechos brutos dirigieran la decisión, pero la decisión, finalmente, es la potencialidad del texto, discurso u oración del político.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">               <img decoding="async" class="aligncenter" src="http://www.eltucumano.com/fotos/cache/notas/2019/12/10/818x460_191210163733_37270.jpg" alt="Resultado de imagen para discurso de alberto presidente en la asamblea legislativa" /></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>2. El dilema fundacional</em></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Dicho esto, divagación necesaria, volvamos a la importancia del discurso que consideramos fundacional, por todos sus reconocimientos y entronques con un pasado que estaba latente -pues no se adopta una idea de historia lineal, sino de un pasado que está a la espera, esperando no su repetición, sino su versión, en todo caso su penúltima versión-, y que retorna con una modalidad de retorno fundativa. Es decir, no interfiere en la historia efectiva, sino en uno de sus capítulos repudiables, que se manifestaron como todo aquello con lo que hay que cortar, más allá de cierto pesimismo del que impone un tajo al flujo historia, en el sentido de que elementos o corpúsculos preexistentes en la época que toca a su fin, siempre permanecen como vestigios que no dejan de ser nuevamente suscitados en la época que se desea fundacional. Alfonsín habló también de una fundación o una refundación y al mismo tiempo inauguró la idea de un pluralismo social, advirtiendo así que la sociedad que había imaginado el peronismo que lo antecedió se tornaba un comunitarismo reacio al vivir plural. Una revista oficial del alfonsinismo se llamaba precisamente así.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero el dilema era que el fundador -que no se llamaba jefe, ni caudillo, ni conductor-, no obstante, obstruía la cadena de pluralidades, esos eslabones equivalentes que años después Laclau explicaría que uno de ellos sería una sobrecarga vacía que explicaría a los demás. El fundador alfonsinista no lo sabía, y deseaba pasar por lo que no era, siendo verdaderamente un eslabón superior, un meta-eslabón respecto a una pluralidad no menos existente por el hecho de que también era interferidas por una figura que se hallaba por encima de ellos, por ser precisamente quien le daba su nombre, tal como ahora quedó registrado en el propio discurso de Alberto Fernández.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En este discurso de la asunción, como ya se ha dicho, la idea fundadora no sutura nada de lo abominable del período inmediatamente anterior, pero llama a la unidad nacional, y nunca deja de sugerir, tácitamente, que esa unidad es tan necesaria como condicionada por el solo hecho de que su enunciación contiene su necesaria dificultad. No es necesariamente la fórmula deconstructiva de Laclau, el ser “necesario pero imposible”, pero en algo se le acerca. Tal unidad contiene la permanente dialéctica del conflicto, de manera constituyente. No en vano se denuncia <em>también</em> la coalición mediático-judicial, hecha por Cristina en la misma sede en que ella se manifiesta, ese sórdido edificio de Comodoro Py, el viejo asiento de Vialidad Nacional, si mal no recuerdo. En los últimos tiempos fue la sede de una vialidad cuyas vías eran el secreto del procedimiento que había creado una ficticia pero letal superestructura judicial que intercambiaba su arbitrio juzgatorio con las corporaciones mediáticas, bien conocidas, en la oscura dialéctica de la ilegalidad dentro de la legalidad. Eso dejó en ruina a un sector mayúsculo del mundo judicial más elevado, y a buena parte del mundo periodístico que actuó en las tinieblas. La denuncia de Cristina, <em>in situ,</em> para empelar esta expresión judicial, se hizo en el propio<em> locus</em> donde estas tropelías eran ejecutadas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="http://www.nuestrasvoces.com.ar/wp-content/uploads/2019/12/2019120cfk.cristina.comodoro.py_.jpg" alt="Resultado de imagen para cristina alegato en juicio 2019" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Su discurso, como una sentencia maestra, imputó con veracidad a los que la imputaban inverídicamente. La verdad es inherente a las secuencias internas de un discurso, a su vehemencia, a su naturaleza efectual que en sí misma produce el efecto inmediato desestructurante en el estrado donde se sitúan los enjuiciadores que serán enjuiciados. Cristina produce una gran escena donde el único juicio lo producía la historia. Cuando se dice que ella es la única que absuelve, los jueces que no sirven a la verdad, sino que apelan a una justicia con desvíos intrínsecos provocados por ella misma -un para-sí corporativo que hace circular datos secretos sin verosimilitud, tal como ocurre con las finanzas que se arrogan su propia clandestinidad de circulación-, serán jueces que se verán ante una perentoria conminación de devolverle piezas esenciales a una nueva justicia realmente independiente.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;"><strong><em>3. Alberto y Cristina </em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El presidente no podía hacer un discurso que omitiera este “je acusse” de Cristina, pero si no debía pasarlo por alto, debía decirlo de otra forma, en el plano de la apelación a un consenso general, a lo que llamó un <em>contrato de ciudadanía social</em>, que al mismo tiempo que sugiere una tradición contractualista, al invocar al “ciudadano social” ya de por sí introducía en el cuadro del ciudadano  roussoniano, la ciudadanía social que corresponde a un mundo de las multitudes naufragas, donde la flexibilidad laboral y la precariedad general de la vida son las amenazas a conjurar. Esta consigna de ciudadanía social contractual se convierte entonces en una bandera contraria al neoliberalismo. Y de modo explícito.  El eco en el discurso de Alberto respecto a la definición de Cristina sobre el nudo trágico que protagonizan las corporaciones mediáticas, las jurídicas y los servicios de informaciones, fue el concepto novedosísimo de <em>Estado Secreto</em>, estrictamente lo contrario al ciudadano social contractual. Son conceptos de un abanico que sale de infinitas conversaciones, rescatadas por grandes escritos de la historia de la teoría política, que encuentran así su modo de convertirlas en <em>veritá effetuale</em>. En la voz, ahora, del presidente y la vicepresidenta de la Nación. Esta última, en un discurso posterior a la fiesta musical en Plaza de Mayo -donde, digo de paso, hay que afinar mejor los conceptos estético-políticos bajo los cuales un evento de esta naturaleza debe presentarse-, citó <em>La Cabeza de Goliat</em> para señalar la histórica malformación entre el núcleo metropolitano de Buenos Aires y Gran Buenos Aire respecto del “interior del país”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Este título corresponde a un libro de Ezequiel Martínez Estrada, escrito en 1940. Haber citado a este autor en horas muy plenas en las que se menta el retorno del peronismo, significa algo muy importante. Pues este autor fue siempre considerado un “gorila”, “gorila de izquierda” en todo caso. Pero en la historia de la escritura argentina es imposible pasarlo por alto, además de que su relación con el peronismo, es hora de reconocerlo, es mucho más compleja que lo que la lectura habitual suele considerar. Rasgos de apertura, entonces, que se corresponden con el modo en que reafloran identidades que se deben mirar a sí mismas en su propio tránsito hacia su alteridad constructiva, su otro provechoso, su adversario fructífero, que por ser considerado “enemigo”, impidió durante mucho tiempo observar realmente quienes eran los personajes que detentaban y detentan el obstáculo contra lo popular, no una abstracta oligarquía sino precisamente los núcleos móviles que bajo el sustrato de los nuevos poderes mundiales, emergen un día con máscara judicial, otro día financiera, otro día comunicacional y al día siguiente se colocan el nombre de “economías de la información“ y así esquivan la percepción unilineal -aunque históricamente es un real concreto-, de lo que en el pasado se llamó oligarquía.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El famoso autor del <em>18 Brumario</em> escribió que <em>Bonaparte III</em> “daba un golpe de estado todos los días”. Gobernaba con mentalidad golpista. Eso pasaba con el macrismo, y ahora se mostrarán con una cutícula republicana, pero ya maniobran con sus espasmos y taconeos. Comienzan a decir que hay un gobierno bicéfalo. Examinemos esta “acusación republicana”. Cristina, al decir de Alberto, es una estratega. Difícil definir tal cosa, pero ensayemos una frase. Lo es quien hace del tiempo que se abre ante sí no una inmediatez, lo hace quien hace de los discursos que escucha a menudo, no una interpretación literal. El estratega tiene la inmediatez en la mediatez y lo literal en lo no literal. Para decirlo más claro, así no me dicen que escribo en difícil, el o la estratega viven cada singularidad efectiva en medio de un cálculo incierto y de un sinfín de metáforas disponibles que dejan caer su intensión retórica, convirtiéndolas en objetos de la cotidianeidad hablada. Además, es estratega quien intuye que su plenitud de presencia también se compone de la percepción de que está demás. Se propone así una paradoja, ser más en cuanto se dispone a quedar en menos. Por eso, cuando se detalla como “generosidad” su indicación de Alberto Fernández -indicación que no es un dedazo, sino una facultad carismático-democrática, al decírselo así no está dicho todo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Generosidad hay, pero es una generosidad que inevitablemente ofrece un lugar y crea otro de mayor importancia. Hay sin duda un interés desinteresado, máxima moral de las más relevantes, pero esto debemos entenderlo como la invención de un campo de irradiación que no es posible describir con palabras del politólogo, sino con las intuiciones del apostador ante el abismo. Pienso en el jugador de Dostoievski, que me perdonen los que piensan que estoy exagerando. De tal modo que no solo no se resiente la institucionalidad republicana, sino que ahora sí comienza la república verdadera, la que se estuvo a punto de perderse en la boquita pintada de la Carrió, cuando esta venerable palabra salía de sus labios amamarrachados.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://img.lagaceta.com.ar/fotos/notas/2019/12/10/tmb1_en-la-plaza-alberto-cristina-cerraron-noche-hablandoles-multitud-reuters-828073-233940.jpg" alt="Resultado de imagen para alberto y cristina fiesta plaza de mayo" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;"><strong><em>4. </em></strong></span><span style="color: #000000;"><strong><em>No hay gobierno bicéfalo, hay república con densidad social </em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">De tal modo que hay ahora varias figuras que hacen al nuevo oropel decisivo del Estado. El presidente que ha dado suficientes muestras de su autonomía, de su crecimiento personal en la campaña, de sus sutileza y ubicuidad, que no se la debe a nadie más que a su propia sensibilidad que despierta ahora ante multitudes, y en recintos vibrantes y tensos, cuando antes era un parlamentario ducho en tenidas televisadas y de charlas entre cofrades que seguían con atención su arte de la moderación. Ahora está también ante el abismo sin perder su cantábile, el cantar moderado, libre y articulado. Ha ganado mucho con eso, y debe convivir como primer magistrado con la segunda magistrada de la república, que a su vez encarna la entrega de un don, hecho que la saca del papel secundario que cumple en la institución para ponerla también en una primacía de la extra-institución, allí donde está la ciudad abierta de los libres productores y los ciudadanos del contrato social. Es una forma compleja de la amistad política, como se vio en el palco musical de la Plaza de Mayo, con la vicepresidenta hablándole de usted al presidente, indicando suavemente algunos pasos a seguir y dificultades que conoce por experiencia propia. Y el Presidente, obligado a vigilar constantemente su voz autónoma, que todos también le reclamamos, y ella desde luego que también, respondiendo con la anécdota no intrascendente de cuando conoció a Néstor, o sea, al mismo tiempo que ahora fue indicado, desde antes él ya estaba allí. Su real autonomía es parte del rol de Cristina, cuyo inédito papel de vicepresidenta debe mantener la vigilia sobre los ecos de su nombre en la sociedad. Así como también debe cuidar que la tensión creativa con el presidente no se desbarranque. El republicanismo se intensifica y se hace democrático, radicalmente democrático, porque todos debemos cuidar esta configuración que es inobjetable institucionalmente e inobjetable en el corazón herido de una sociedad movilizada.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No hay un gobierno bicéfalo. Hay una institucionalidad cada vez más compleja, como corresponde a estas sociedades castigadas, que si no buscan el camino de estas formas de poder cuyo sentido plural se muestra en la convivencia de la sutileza política con el arte de afirmar una presencia en la donación de lugar, de crear disposición en lo que parece un retiro, caerían nuevamente en la falsía del gobierno anterior. En ese gobierno había un comando ubicado en movimientos secretos de las finanzas y los plexos comunicacionales reticulares que asfixian lo social, y un presidente que bailoteaba como un pájaro descoyuntado en un balcón que se sabe bien lo que significa. Alberto y Fernández no se mostraron juntos en ese balcón, en el que no iban justamente a danzar como un cuzco despatarrado, sino a agitar poderosos recuerdos del memorial argentino que acaso convenía mantener en sordina, amortiguando los efectos de una mímesis con un pasado en el que sin dudas hay piezas enmohecidas disponibles para su revisión.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La experiencia política que se abre en la Argentina está relacionada con una de sus tradiciones, la más notoria pero la menos mencionada, la del humanismo crítico. La <em>humanitas</em> de las nacionalidades, que cuidan de su inherencia a una identidad siempre en movimiento, pero tampoco descuidan a la patria universal, el destino de lo humano viviente que se encuentre donde sea, bajo los lazos territorios que sean, las religiones que sean, las razas, los sexos, los géneros que sean, los sistemas políticos que sean. A pesar del hilo de violencia que fundan todas las naciones y sociedades, hoy es posible tener una sensibilidad abierta hacia esa <em>humanitas</em>, que no deja de saber lo rudo de toda historia. Porque lo sabe, inclina la balanza de los lazos intergrupales y sociales, hacia esa <em>humanitas</em> crítica. Todo se reclina sobre la condición humana, como basamento último del llamado a una unidad en la dispersividad conflictiva de las existencias. ¿Quiénes lo vieron así? Echeverría en el <em>Dogma Socialista</em>, Alberdi en <em>El crimen de la guerra</em>, Hipólito Yrigoyen, con el krausismo, una doctrina de la “oración laica”, que compartió con Sandino, Martí, Rodó y el batllismo uruguayo, ahora degradado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No vale condenarla por idealista, porque era un conocimiento sobre la sacralidad de los pueblos, o sea, sobre su derecho a la autonomía y a la justicia social. Son mencionables asimismo las fuentes humanistas del peronismo, con sus dos alas, el humanismo nacionalista comunitarista de Perón y el humanismo de izquierda de Cooke, y en estos días, el humanismo del discurso de Alberto Fernández que habló de una “mirada de humanidad” en su alocución iniciática, y Cristina, en su recusación a los estrados de las operaciones jurídicas, que mostró que cada vez que se muestra que no hay justicia en la justicia, a esta hay que refundarla apelando al estrato anterior a todas las cosas, la voz humana articulando su autodefensa con la evidencia de lo que se quiere para sí mismo, es válido porque es lo que se desea convertir en ley universal. Por eso digo: hay otra vez en la Argentina un espíritu fundacional, que se demuestra aun los que no estaban preparados para encarnarlo, pues ahora hablan como si esas notas de emancipación colectiva los tocara sin que lo hubieran percibido. Actuar en consonancia con una nueva época sin percibirlo es la prueba máxima de que hay un humanismo crítico a la espera de un nuevo <em>nosotros</em> activo, que sabrá criticar justamente las descaminadas opciones de lo humano que ofertó el mercado torpe del ideario neoliberal. Sobre estas plataformas construiremos.              </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 13 de diciembre de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional. </em></span></p>
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