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	<title>esteban Rodríguez Alzueta archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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		<title>El tamaño de las preguntas &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Apr 2020 13:53:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
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		<category><![CDATA[Covid19]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esteban Rodríguez Alzueta nos envía este ensayo sobre la facultad de las palabras para nombrar una realidad que es cada vez más compleja, cruda y amenazante. Palabras que encierran preguntas que tienen la misma capacidad de multiplicarse exponencialmente como el Covid 19 que nos asola.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/el-tamano-de-las-preguntas-por-esteban-rodriguez-alzueta/">El tamaño de las preguntas &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Esteban Rodríguez Alzueta nos envía este ensayo sobre la facultad de las palabras para nombrar una realidad que es cada vez más compleja, cruda y amenazante. Palabras que encierran preguntas que tienen la misma capacidad de multiplicarse exponencialmente como el Covid 19 que nos asola.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Esteban Rodríguez Alzueta*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;">“No somos libres de evitar la catástrofe, pero en ella hay libertad. La catástrofe es una de las pruebas que nos toca soportar”.</span></p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;"><strong>Ernst Jünger</strong>, en <em>La emboscadura.</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em> </em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Voy a escribir en primera persona, no porque me crea importante, sino porque estoy perplejo, habitando la perplejidad. No quiero ceder a las redes sociales que me conminan a llevar en vivo y en directo mi intimidad. Pero me gustaría convidarles este momento de perplejidad. La perplejidad es un estado de asombro consciente. Y que conste que no digo anonadado o abrumado sino perplejo. Aquello que intuyo no lo puedo asir, se me escapa de las manos y, sin embargo, lo siento porque estoy atorado en sus hilos. Sé que no es la imagen que he estado dando en estas semanas que pasaron. De hecho fui el autor de unos cuantos artículos y algunas charlas donde me presentaba como alguien que sabía dónde estaba parado. Aquello que emergía no me sorprendía o no me podía sorprender o no me permitía estar asombrado. Pero lo cierto es que la perplejidad me ha puesto bajo la sombra, a tener que leer o escribir haciendo un esfuerzo porque las sombras me confunden.    </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No es fácil quedarse sin palabras cuando vivimos de ellas, cuando nos pagan para tallar las palabras más o menos precisas que tienen que tener la capacidad de nombrar la realidad con las que nos medimos todos los días. Una realidad, se ha visto, cada vez más compleja, cruda, amenazante. Escribo en primera persona cuando avanzo a tientas, sin horizontes, para no endosarle mis pesimismos a nadie, pero si con ganas de contagiarlo con otros interrogantes. Esa suele ser la manera en que llevo mi diario, pero ahora las palabras que tanteo tienen un destinatario o al menos lo buscan.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Porque acaso lo que escribo lo hago pensando siempre con los otros, poniéndome en el lugar de los otros. Hace unos días le respondía a un amigo que me preguntaba “cómo estaba”: “Escribiendo y leyendo, leyendo y escribiendo. Si mi  mundo fuera el mundo hasta te diría que soy feliz, pero como formo parte de aquellos que entienden que los problemas de los otros también son mi problema, llevo todo con mucha preocupación”. La respuesta no era impostada. Reconozco que formo parte de los privilegiados que saben que tienen un salario que aguardará a principio de cada mes en el cajero automático. Como decía otro amigo mío: “los trabajadores universitarios somos como los viejos trabajadores de YPF”. Privilegios que, está visto, tendrán fecha de vencimiento cuando el Estado imponga la distribución. Pero dejemos eso ahí, que no me gane el intelectual que llevo adentro.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Llevo la cuarentena en silencio, no solamente porque estoy aislado y solo, sino porque las respuestas aprendidas me quedaron cortas. Busco en lo que leo alguna punta para empezar a tirar, pero la madeja es tan grande que corro el riesgo de terminar más enredado todavía. Por eso leo y pienso, en silencio, siempre en silencio, sintiendo la respiración de las palabras que balbuceo y no salen todavía, como queriéndoles hacer un espacio para acoger las palabras que no tengo todavía.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hablo de palabras que tengan la capacidad de poner no sólo a la realidad en su lugar sino de correrla también. Pero intuyo que esas palabras no llegarán con tanto ruido alrededor. Las preguntas crecen en silencio. Y decir “silencio” quiere decir escuchando a los otros, pero también escuchando a la naturaleza. Tal vez haya llegado el momento de apagar el televisor y desconectarse un rato de las redes, por lo menos intentarlo varias veces al día. Ese es un ejercicio que practico en paralelo a otras prácticas ascéticas que me mantienen en estado de alerta. Por lo menos eso es lo que a mí me pasa. Me repito que tengo que dejar de distraerme con esa máquina de diversión que llamamos Netflix. Dejar de estar “en vivo y en directo” o pendientes del “último momento”. Dejar de reenviar los memes que nos llegan el loop. Es cierto, me hacen reír, pero también me distraen. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Recuerdo que mi abuela Mai siempre decía… “lo tengo en la punta de la lengua” y al decirlo me estaba invitando a hacer un esfuerzo con ella. Porque esas palabras que busco no caerán del cielo y tampoco serán el producto de una revelación divina o inspiración intelectual. Serán palabras animadas con las palabras de la amistad.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Dije que estaba solo y aislado, pero nunca en soledad. De hecho el lector se habrá percatado que este escrito tiene muchos aliados, o mejor dicho fue escrito con otros, pensando en otros, con los amigos siempre presentes con los que tuve diálogos reales e imaginarios también.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Le decía los otros días a otra amiga que no eran estos momentos para ponerse a aventurar programas. Porque los programas, se sabe, están hechos de respuestas anticipadas y lo que necesitamos son preguntas. Los programas nos proyectan hacia delante pero lo que necesitamos es habitar la espesura de las palabras, comprender el tamaño de las preguntas que vamos haciendo con aquellas palabras. Por lo menos lo que yo necesito ahora son preguntas, nuevas preguntas. Aunque tal vez no sean tan nuevas que digamos. Tal vez son las mismas preguntas de siempre. Pero son las cuestiones que ahora empiezan a encarrilarse, nos llegan en cadena, todas juntas. Preguntas que tienen la misma capacidad de multiplicarse exponencialmente como el Covid 19 que nos asola. Tal vez son las preguntas de siempre que finalmente adquirieron su vocación para interrogar, para con/moverme, para correrme y sacarme de mis zonas de confort ideológicas, allí donde me muevo como pez en el agua, donde sé cómo puedo hacerme trampa. No lo sé, tal vez.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No formo parte de aquellos que creen o piensan que será el fin del capitalismo, sus referentes presentarán batalla. De hecho nunca se rindieron que yo sepa. El capital tiende a apropiarse de todo aquello que lo pone en tela de juicio. Esta ha sido siempre su fortaleza: la capacidad para recrearse, reapropiándose de la potencia de los hombres y mujeres y de la energía de la tierra que ha puesto en jaque. Sin embargo, y parafraseando al Indio Solari, sospecho que esta vez les tocará a ellos, pero también a nosotros, pagar toda esta puta fiesta, o por lo menos gran parte de esa joda que llamamos siglo XX que se cargó no sólo a unos cuantos millones de personas sino a la mismísima Tierra. No creo entonces que estemos ante el umbral del capitalismo, sobre todo -también- porque nuestros puntos de apoyo cotidiano están enraizados a sus mercancías encantadas y a los modos de habitar que aquel impuso. Tal vez sea el límite del neoliberalismo, pero sospecho que habrá capitalismo para rato. El capital siempre ha encontrado un enemigo para distraernos y volver a estirarse.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por eso, las preguntas con las que nos vamos a medir como comunidad se volverán, y está visto y probado con esta pandemia global, cada vez más urgentes: el calentamiento del planeta y la contaminación ambiental, producto de la desforestación, los monocultivos, el exterminio de otras especies animales, la modificación de los ecosistemas, el extractivismo minero, el turismo frenético, el consumismo desaforado y la producción de chatarra como consecuencia de la obsolescencia programada y percibida; y, por supuesto, la desigualdad social y la segregación espacial; los desplazamientos poblacionales, etc. Son muchas las preguntas que tenemos que desagregar. Preguntas que nos llevarán a más preguntas. Y la pregunta del millón seguirá siendo ¿quiénes serán los que empuñen esas preguntas, los que tramiten esas respuestas?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las preguntas son difíciles de responder, porque las respuestas estarán llenas de desafíos. No será fácil pero tenemos que saber que el Planeta tiene fecha de vencimiento, y ya nos está empezando a pasar factura. No es el momento de ponerse apocalípticos, pero como están hoy las cosas estamos muy lejos de sentir seguridad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es evidente que empieza a manifestarse un cambio en el modo de hacer las preguntas. En este nuevo orden que llegará con el día después no existirá seguridad. Las preguntas arremeten contra nosotros con un rigor y una urgencia pocas veces visto. Por eso las respuestas a semejantes cuestiones se vuelven cada vez más urgentes. Y acaso sea esta otra cuestión que no se podrá desdeñar. Porque la urgencia introduce otras preguntas, con la urgencia llegan otros desafíos, nuevos problemas: el miedo al miedo, el resentimiento social; las políticas de la enemistad (y la cultura de la vigilancia, la delación y la degradación moral); las “trampas de la diversidad” o las competencias de las identidades; las habladurías de la televisión, la radio y las redes sociales; los punitivismos de arriba y abajo, el aplastamiento de las libertades individuales, la tentación autoritaria, la pasión linchadora y escrachadora. ¿Qué haremos con todo esto? Porque sabemos que las sociedades no se pueden resetear de un día para el otro, mucho menos los estados, que están hechos para durar en el tiempo. Acá también hay un montón de cuestiones que aguardan ser interrogadas. Como escribió alguna vez Ernst Jünger en <em>La emboscadura</em>: “Mientras nos dedicamos a meditar sobre rutas extremas descuidamos los caminos transitables. Tampoco aquí una cosa excluye la otra. (…) En nuestra situación actual estamos obligados a contar con la catástrofe; para que no nos sorprenda de improviso por la noche, debemos seguir pensando en ella también mientras dormimos.”</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se habrá dado cuenta el lector que cambie de persona y pase a la primera del plural. Sucede que a la hora de tantear aquellas cuestiones, las palabras que iba eligiendo me quedaban demasiado grandes. Pero… ¿acaso los cambios no son colectivos? ¿No se trata de averiguar cómo podemos vivir juntos?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hablo con palabras que tienen que servir para construir esas preguntas que fragilicen aún más a un sistema lleno de grietas. Sé que nadie se dispara nunca en el pie. Y tampoco pretendo que volemos por los aires el suelo que, me guste o no, sigo pisando todavía y continuare pisando un buen rato. Pero lo cierto es que este fango ya empieza a heder y cada vez más. Me muevo sobre arenas movedizas y sin embargo sé que no se puede construir nada en el aire. Necesito esas preguntas para seguir intentándolo otra vez, como siempre.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Escribí este ensayo, como todo lo que escribo, con música de fondo. Dio la casualidad que estaba sonando <em>After Bach</em> de Brad Mehldau, pensando mientras el disco daba vueltas. Después de un buen rato, cuando llego la última pieza, “prayer for healing” (oración para la curación), encontré no sólo el tono sino el ritmo para perseguir las palabras y sobre todo abarcar el tamaño de las preguntas que me quedan infinitamente grandes para responderlas solo y aislado.   </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos 16 de abril de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de <em>Temor y control</em>; <em>La máquina de la inseguridad</em> y <em>Vecinocracia: olfato social y linchamientos</em>.</span></p>
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		<title>Berni, el payaso ubuesco &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Jul 2020 14:42:08 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Esteban Rodríguez Alzueta aborda en esta nota la figura de Sergio Berni, y afirma que Berni es el engranaje grotesco de sectores de una dirigencia que sigue coqueteando con el punitivismo; un personaje inventado por la televisión, a la altura del peor periodismo televisivo que lo celebra todas las noches. </p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/berni-el-payaso-ubuesco-por-esteban-rodriguez-alzueta/">Berni, el payaso ubuesco &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Esteban Rodríguez Alzueta aborda en esta nota la figura de Sergio Berni, y afirma que Berni es el engranaje grotesco de sectores de una dirigencia que sigue coqueteando con el punitivismo; un personaje inventado por la televisión, a la altura del peor periodismo televisivo que lo celebra todas las noches. </em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Esteban Rodríguez Alzueta</strong>*</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Empiezo como terminé el último artículo que escribí para <a href="https://www.elcohetealaluna.com/el-hombre-fuerte/"><strong>El Cohete a la Luna</strong></a> sobre el actual Ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires. Dije, parafraseando a Marx: Berni es víctima de su propia concepción del mundo, el payaso serio que ya no toma a la realidad nacional por una comedia, sino a su comedia por la realidad  nacional.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El payaso es un personaje circense tributario del bufón del rey. El payaso que cada  gobernante tenía cerca para que le cantase las cuarenta, lo que pensaba y sentía el pueblo al que nunca veía. El bufón tenía el privilegio de la verdad, siempre y cuando esa verdad estuviese revestida de un aire burlesco. El bufón se movía con patente de corso, por eso todo lo que decía quedaba en el ámbito de la farsa, y si el rey no se tomaba la comedia en términos personales, no había revancha y el bufón podía seguir con su show.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A principio de siglo XX, el poeta y dramaturgo francés, Alfred Jarry, construyó un personaje grotesco pero absurdo: el rey Ubú. Jarry fue un personaje erudito y excéntrico, mentor de la <em>patafísica</em>, una suerte de pseudo-ciencia que competirá con el dadaísmo. Las obras que componen la serie Ubú (<em>Ubu Rey</em>, <em>Ubú cornudo, Ubu encarcelado</em> y <em>Ubú en la colina</em>) es el antecedente inmediato del teatro del absurdo. Ubú es un personaje que le costó muchos abucheos pero también muchos aplausos. <em>Ubú rey</em> es una reescritura de Shakespeare en clave comedia satírica. Ubú es el rey rechoncho vestido de cuero que se tragó el personaje del payaso y empieza a comportarse como un auténtico payaso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Para Jarry la comedia era el tono para pensar al poder contemporáneo, cada vez más grotesco, un poder excesivo y absurdo, donde la violencia se confunde con el goce. Lo había dicho Marx en el mismo artículo que citamos arriba: la historia se repite, primero como tragedia y después como parodia. Personajes que emulan a sus antepasados, que se visten y hablan como sus ancestros, que usan sus clichés y toman prestados sus consignas, para, con esos disfraces, representar la nueva escena de la comedia local.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Sobran ejemplos: Trump, Bolsonaro, Putin, Boris Johnson. Las versiones criollas y minusválidas hay que buscarlas en las figuras de Mauricio Macri y Alfredo Olmedo pero también en la de Sergio Berni. De hecho Berni compite y abreva en Macri y Olmedo, se hace eco de sus trayectorias, sus gestualidades, sus retóricas. Berni es un personaje excéntrico y patotero, una suerte de supermacho, siempre disfrazado para la ocasión.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El poder ubuesco –nos enseñó Foucault en <em>Los anormales</em>&#8211; es un poder que solo pueden ejercer caricaturizándose, al abrigo de un lenguaje aniñado, balbuceante o marcial pero que habla el idioma del miedo. Un poder que solo saben ejercer a través de la descalificación explícita de quien lo ejerce, escupiendo para arriba: Berni desautorizando al presidente Alberto Fernández, riéndose de la ministra Sabina Frederic, invalidando al gobernador Axel Kiciloff. De hecho Kiciloff es una suerte de chirolita de Berni, Berni es el político que tiene a upa al gobernador. Berni es el poder ridiculizado, abyecto y ridículo, un personaje que se presenta disfrazado, modelado como un payaso bufón.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Berni no es un accidente y tampoco una avería de la gobernabilidad sino su cara más grosera, sin correccionismos políticos; el engranaje grotesco de sectores de una dirigencia que sigue coqueteando con el punitivismo, jugando a la demagogia, que se excita y especula con el dolor ajeno, un personaje inventado por la televisión, a la altura del peor periodismo televisivo que lo celebra todas las noches.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se cuenta que en 1911 cuando se estrenó <em>Ubú </em>rey, asistió el poeta y dramaturgo irlandés, William Butler Yeats. Años después reviviría aquella noche en su autobiografía, en un par de líneas que se convertirían en una profecía: “Después de Mallarmé después de Paul Verlaine, después de Gustave Moreau, después de Puvis de Chavannes, después de nuestra propia poesía, después de todo ese color sutil y esos ritmos nerviosos, ¿qué más es posible? <em>Después de nosotros, el dios salvaje</em>”. Termino, y lo hago como comienza la primer obra que Allfred Jarry dedica a Ubú: <em>Mierda!</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La Plata, 2 de julio de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de <em>Temor y control</em>; <em>La máquina de la inseguridad</em> y <em>Vecinocracia: olfato social y linchamientos</em>.</span></p>
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		<title>Protesta policial: gremialización bizarra, fragmentada y operada &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Sep 2020 19:54:59 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Policía bonaerense]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esteban Rodríguez Alzueta analiza en este artículo los factores que confluyen para que dentro de las fuerzas policiales se viva un clima de desatención y necesidad económica que deriva en protesta. Alzueta sostiene que la policía ya no es la corporación autónoma de la década de los ‘90, una institución separada y separable de la sociedad, y que es necesario debatir profundamente algún tipo de representación de las policías que sirva de instrumento para canalizar sus problemas y demandas, y al mismo tiempo evite su fragmentación, como la sindicalización o la figura del ombudsman policial.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em><strong>Esteban Rodríguez Alzueta analiza en este artículo los factores que confluyen para que dentro de las fuerzas policiales se viva un clima de desatención y necesidad económica que deriva en protesta. Alzueta sostiene que la policía ya no es la corporación autónoma de la década de los ‘90, una institución separada y separable de la sociedad, y que es necesario debatir profundamente algún tipo de representación de las policías que sirva de instrumento para canalizar sus problemas y demandas, y al mismo tiempo evite su fragmentación, como la sindicalización o la figura del ombudsman policial.</strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Esteban Rodríguez Alzueta</strong>*</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es muy probable y entendible que la oposición esté fogoneando la protesta policial, de la misma manera que hay sectores del progresismo que se dedican a sobreactuarla para victimizarse, y por eso hablan de “acuartelamiento”, “sedición”, “levantamiento policial” o “desestabilización institucional”. Todos hacen política, no hay que poner el grito en el cielo por eso. Incluso el propio Berni hace política a costa de la Policía y lo hace con parte de la plata de la Policía, porque los spot publicitarios de la serie “Fuerza Buenos Aires” con los cuales se autopromociona en la interna del PJ, los financió con el presupuesto del Ministerio que conduce. Los policías tienen derecho a sentirse destratados por su Ministro. No basta con darles unas palmaditas en la espalda para remar el malestar salarial de largo aliento, o esas palmaditas –está visto- tenían fecha de vencimiento. Más aun en contexto de pandemia, cuando los policías tienen que exponer su salud trabajando en condiciones deplorables. Los policías no se conducen con arengas sino con escucha. Una escucha que no llegaba, que Berni desautorizaba porque para él, la función policial se organiza con la lógica de la obediencia debida. El policía está para obedecer, no tienen margen para cuestionar a sus jefes ni a las autoridades civiles que la conducen.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Berni sigue subestimando a los policías y sobreestimando su capacidad. A Berni se lo comió su propio personaje y, lo que es peor aún, también el gobernador compró semejante paquete. La cuestión es que Berni no solo le inventó un nuevo problema a su gobernador sino al resto de los gobernadores del país. Porque la protesta policial de los policías de la Bonaerense se vive en el interior como una ventana de oportunidades para que sus policías planteen los problemas laborales que también tenían y no encuentran un cauce institucional para tramitarse. Por eso la protesta está teniendo sus réplicas en Catamarca, Jujuy, Santa Fe, etc., generando climas que rápidamente se interpretan como desestabilizadores que alimentan un ciclo de descontento e insatisfacción. De allí que las palabras de Carlos Bianco, el jefe de gabinete de Kicillof, me parecen muy oportunas: “Se trata de un reclamo legítimo”. También las declaraciones de la ministra de Gobierno de la Provincia, Teresa García: “Es un reclamo netamente salarial que, en verdad, está justificado, porque venían con atraso en parches.” “El desacato no debería estar presente en esta situación.”   </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero el conflicto le saldrá muy caro a la Provincia, porque está visto que los conflictos se van a trasladar a las otras áreas del Estado. Si los policías logran un aumento, los penitenciarios querrán lo mismo, pero también los enfermeros, los médicos, los maestros y el resto de los estatales. En ese sentido, el conflicto con los policías hay que mirarlo al lado de los otros malestares laborales que surcan la administración provincial.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" src="https://www.elpucara.com/wp-content/uploads/2020/09/protesta-de-la-policia-bonaerense-en-puente-12-perfil-berni-696x392-1.jpg" alt="La protesta policial se concentra en el Puente 12 de La Matanza — El Pucará" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El propio ministro que estaba en todos lados, siempre hiperactivo, poniéndole el pecho a todas las protestas, no apareció, por lo menos no lo hizo hasta el miércoles a la mañana cuando estoy escribiendo este artículo. No se lo vio a Berni ni en Almirante Brown, ni en Lanús, Berazategui o Adrogué, no apareció por La Plata, no estuvo en La Matanza, Mar del Plata o Necochea. Berni eligió otra vez los set televisivos para responderles a los policías. Se acercaron algunos funcionarios menores, que no tienen capacidad de decisión. El único que puso la cara del ministerio fue su jefe, el Comisario Mayor Daniel García, que quedó superado por los manifestantes al no brindar ninguna respuesta concreta a los puntos que contenía el petitorio de los policías, situación que lo llevó a presentar su renuncia. Lo único que atinó a decir fue que no iban a ser sancionados los policías que estaban manifestándose, que no iban a tomar represalias, y se ganó otra vez el abucheo porque el Ministerio, a través de los distintos jefes departamentales, estaba mandando comunicaciones para que los policías que estaban de franco-servicio, sosteniendo la protesta junto a sus familiares y amigos, se presentasen a trabajar al día siguiente, bajo apercibimiento de ser objeto de un sumario interno.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Con estos desmanejos del ministro Berni, el peronismo le sigue regalando la policía a la oposición. Y Cambiemos lo sabe, porque de hecho gran parte de su electorado provino de estos sectores, y por eso se frota las manos otra vez.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Esta protesta policial no era una novedad, no cayó del cielo, era un reclamo de largo aliento que todavía puede chequearse en las redes sociales. Hace tiempo que en los foros de policías se venía hablando y denunciando estos problemas. Porque el problema proviene de la gobierno anterior, de la gestión de Ritondo, una gestión muy desprolija, que miraba sistemáticamente para otro lado, que delegó en los propios jefes de la policía el manejo de estos malestares. Entre paréntesis: no es casual que el malestar haya salido a la luz ahora, con este gobierno. Eso no habla mal del gobierno sino, en cierta manera,  muy bien: este gobierno deja margen para que incluso los policías puedan presentar en el espacio público sus problemas. De la misma manera que lo hacen otros sectores y nadie es reprimido. Esto con el macrismo no pasaba porque tenía claramente otra actitud, muy antidemocrática, para con las policías y el resto de la sociedad que tomaba la calle para protestar.   </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El detonante de la protesta policial no sólo fue el reclamo exitoso de la policía de Misiones de la semana pasada, sino la inyección de dinero a seguridad que el gobierno nacional anunció a través del Programa de Fortalecimiento de la Seguridad para el Gran Buenos Aires. Dinero que no recibirán directamente los policías bonaerenses a través del aumento de sus salarios, aunque se traducirá en mejores condiciones laborales: nuevos patrulleros, y reparación del parque existente, arreglo de comisarías, construcción de alcaidías que va a permitir que no haya personas detenidas en las comisarías. Que conste, entonces, que no estamos apuntando a la gestión nacional. Al contrario, desde el comienzo la Ministra Sabina Frederic, y sobran sus declaraciones en distintas entrevistas, dijo que una de las áreas prioritarias, claves para su gestión, iba a ser Bienestar, dedicada especialmente a abordar los problemas vinculados no solo al retraso salarial sino la mejora de las condiciones laborales, para hacer frente a todos los problemas que derivan de las condiciones en que prestan sus tareas. Está claro que los estilos de conducción diferentes tienen impactos distintos: mientras unos crean un área de Bienestar, el ministro de seguridad de la provincia apela a las arengas militares creyendo que basta con masajear la “vocación policial” para encuadrar a los policías. Eso es no entender a los policías, seguir creyendo que los policías experimentan la actividad policial de la misma manera que lo hacían hasta la década de los 90 incluida, perdiendo de vista que una gran mayoría la vive como una estrategia de sobrevivencia y ya no como una vocación o estrategia de pertenencia. Los policías quieren formar parte de los asalariados y reclaman algún tipo de representación para vehiculizar sus reclamos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Entre paréntesis también: he escuchado estos días a muchos periodistas oficialistas cuestionar en vivo y en directo la protesta policial, descalificando a sus protagonistas. No me parece mal, son opinadores como sus pares de TN, mal que les pese. Pero también los he visto destratar a los policías que entrevistaban, haciéndoles preguntas con una sonrisa en la boca, incluso, retándolos. Por momentos me daba la sensación de que les estaban tomando examen. En ese destrato se colaba el clasismo elitista que saben ocultar cuando hablan de economía. Quiero decir, es fácil pegarle a la policía porque la policía está integrada por “negros”. Cuando los negros no te hacen la venia, entonces merecen no solo la reprobación sino la burla, el desdén. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" src="https://beta.losandes.com.ar/resizer/a7MAxMigXfS0gBO_tVHw-xBrREI=/800x450/smart/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/grupoclarin/QEWGGZNXJBFMFF4FNLPBT5ADQ4.jpg" alt="Fernández, a la Policía bonaerense: “No es ético aprovechar la pandemia para reclamar”" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Dicho todo esto me gustaría volver ahora sobre el lugar que tiene la protesta en las policías. Hace rato que muchos sostenemos la necesidad de que los policías tengan alguna forma de tramitar sus problemas y demandas a través de canales institucionales democráticos. Y que conste también que no estoy pensando solamente en la sindicalización. Existen otras formas de representación en el mundo como por ejemplo la figura del ombudsman policial. Incluso, en algunos países donde se permiten los sindicatos existen algunas limitaciones: tienen limitado el derecho de huelga, tienen que manifestarse en el espacio público sin armas y uniformes, tienen que garantizar las guardias en las dependencias y el servicio de calle. Acá hay todo un abanico de posibilidades que se pueden debatir. Pero antes, me parece, hay que saldar otras discusiones.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por ejemplo, hay que entender que la policía ya no es la corporación autónoma de la década de los ‘90, una institución separada y separable de la sociedad -como le gustaría pensar a muchos dirigentes políticos que le cuidan sus espaldas. Y eso no significa que no haya sectores de esta policía que desarrollen sus propios intereses y actúen en función de ello, con la complacencia y participación de algunos operadores judiciales. La institución policial es un gran cachivache, una institución con cuadros cada vez más precarios, sobreocupados, que se ha ido fragmentado, con niveles de coordinación debilitados. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero los policías no son extraterrestres que viven en otro planeta y bajan todos los días a realizar sus tareas. El policía vive al lado de mi casa, nos encontramos todos los días en la feria comprando verduras, llevamos a nuestros hijos a la misma escuela, gritamos el mismo gol y los fines de semana lavamos nuestros coches juntos. Hay que reponer al ciudadano que hay en los policías y devolverle su estatus laboral. El policía, antes de ser un servidor público, como pueden serlo los enfermeros, los médicos o los recolectores de basura o barrenderos, son también trabajadores. No cuestiono que no exista la vocación policial, pero la vocación no es patrimonio de las policías, la podemos encontrar en otros trabajadores del Estado, por ejemplo, hay muchos maestros que siguen considerando a la enseñanza como una vocación. También los trabajadores camioneros o los obreros de la construcción, hicieron de Camioneros o la UOCRA una gran familia.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Si queremos una policía que no esté para cuidarles las espaldas a los funcionarios, que sea un mero garante del orden público; si queremos entonces una policía democrática que esté para cuidar a los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos, entonces hay que postular a los policías como ciudadanos y trabajadores. El derecho a la protesta es uno de los derechos que tienen todos los ciudadanos y trabajadores, tal vez uno de los más importantes, porque el derecho a la protesta es el derecho a tener derechos, es decir, la posibilidad de manifestar un problema, de hacer evidentes sus puntos de vistas contradictorios, de hacer palpable que una decisión del Estado la viven como problema. En ese sentido, la sindicalización, pero también la figura del ombudsman, son formas de agregarle previsibilidad a los conflictos y evitar que estos escalen hacia los extremos.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es lógico que si no existe una representación institucionalizada, cuando aflora el conflicto la representación se fragmente y se reparta, y con ello no solo no puede unificarse una negociación sino que, y a medida que se extiende el conflicto, van apareciendo nuevos grupos con otros intereses, algunos con “frondoso prontuario” o mano de obra desocupada, otros vinculados directamente a la oposición o dirigentes como Patricia Bullrich, como una de los voceros de los policías de Mar del Plata, que van corriendo el arco, impidiendo con ello la pronta solución con todos los riesgos que eso implica, a saber: la transformación de un conflicto gremial en un conflicto político.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero el malestar no solo es económico. El petitorio empieza con estas palabras: “Queremos trabajar para la ciudadanía y no para el jefe de turno”. Es decir, ¿de qué manera los policías tramitan el descontento cuando no quieren prenderse en la corrupción? Existen muchos policías que no se prenden y cuando eso sucede son acobachados en una oficina sin darles ninguna tarea. Son policías que están sentados en una oficina durante 8 horas sin hacer nada. Esto en el caso de ser policías con alta jerarquía, porque cuando no la tienen los sacan a la calle, a realizar sus tareas en los lugares con más riesgo o les niegan las horas CORE. En otras palabras: La imposibilidad de organizarse es la manera de blindar la corrupción policial, de evitar los cuestionamientos de sus trabajadores.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Salir a “bancar a Axel” contra los supuestos “golpistas policiales” no solo implica subirle el precio a la protesta sino tentar a los que fogonean la protesta, que quieren sacarle una tajada extra. Por suerte algunos comunicadores y funcionarios salieron a desmarcarse de las posiciones demagógicas, hechas de indignación y desconocimiento, y sostuvieron  que era un reclamo legítimo que hay que atender. De hecho el plan que se va anunciar en esta semana, que incluye un aumento del salario, para destrabar la protesta, va en esta dirección.   </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En definitiva, la representación es otro debate pendiente que la justicia tampoco ha sabido resolver, plegándose con sus votos mayoritarios a la posición mayoritaria de la clase política dirigente: negándoles la sindicalización, pensándolos a imagen y semejanza de las fuerzas militares. Hay que pensar la crisis policial sin contarse cuentos, dejando de lado las lecturas conspirativas, porque ponemos las cosas en un lugar donde no se encuentra. Los integrantes de la policía no empezaron su carrera en la última dictadura, en su gran mayoría son jóvenes que nacieron en democracia. Los policías vieron durante las últimas décadas cómo otros sectores de la sociedad ampliaban sus derechos, en cambio ellos se mantuvieron en el mismo lugar. Si los dirigentes políticos y los operadores judiciales no se ponen a la altura de la época, estas protestas policiales van a ser recurrentes.   </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">La Plata, 9 de septiembre de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de <em>Temor y control</em>; <em>La máquina de la inseguridad</em> y <em>Vecinocracia: olfato social y linchamientos</em>.</span></p>
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		<title>Guernika, con K &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 30 Oct 2020 23:46:11 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[toma de tierras]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esteban Rodríguez Alzueta sostiene en esta nota que las imágenes de Guernica, son imágenes de desolación y fracaso que los funcionarios deberán remar invirtiendo mucha militancia e imaginación si todavía quieren ser leales a las promesas que hicieron hace apenas un año.  </p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/guernika-con-k-por-esteban-rodriguez-alzueta/">Guernika, con K &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><em><span style="color: #000000;"><strong>Esteban Rodríguez Alzueta sostiene en esta nota que las imágenes de Guernica, son imágenes de desolación y fracaso que los funcionarios deberán remar invirtiendo mucha militancia e imaginación si todavía quieren ser leales a las promesas que hicieron hace apenas un año.   </strong></span></em></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Esteban Rodríguez Alzueta*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Voy a ser breve. El jueves no fue un día peronista. Hizo frío, mucho frío. Los múltiples y emotivos homenajes que la militancia dedicó el 27 de octubre para recordar la muerte de Néstor de repente quedaron muy lejos.   </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hannah Arendt decía que la rabia brota donde existen razones para sospechar que las condiciones podrían modificarse y no se modifican. Dice Arendt: “solo reaccionamos con rabia cuando es ofendido nuestro sentido de la justicia”. La rabia, entonces, es lo que uno siente cuando cree que las cosas podían ser de otra manera y sin embargo, está visto, no sólo no lo son sino que, dudamos puedan llegar a serlo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Eso es lo que sentí frente a las primeras imágenes que nos llegaron de Guernica en vivo y en directo. Imágenes, me atrevo a decir, que no están destinadas a convertirse en una anécdota perdida, no creo que a estas imágenes se las lleve el viento o las tapas de los próximos titulares. Tampoco son una metáfora o un indicio previo, la forma que asume el futuro en el presente. Y sin embargo, nos preguntamos con los amigos de la revista <em>Crisis</em> si no estamos ante otro punto de inflexión. El tiempo dirá.   </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pierre Bourdieu nos enseñó que los estados contemporáneos a la hora de administrar la miseria del mundo, lo hacen a través de dos tipos de agencias, aquellas encargadas de contener la exclusión (Desarrollo Social, Trabajo, Justicia y Derechos Humanos) y las otras abocadas a punirla (Ministerio de Seguridad, Policía Bonaerense, poder judicial). Asistir o controlar, esa es la cuestión. Un control que se averigua no solo en el encarcelamiento masivo sino en el policiamiento agresivo. Un estado esquizofrénico, entonces, que estará presente de manera contradictoria, jugando con dos manos distintas, sucesiva o simultáneamente.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Meses atrás sostuve que Sergio Berni era la mano derecha de Kicillof. Lo decía pero no perdiendo de vista que había otros funcionarios, con otra sensibilidad, jugando otro juego, que proponían otra agenda para la gestión. Una mano izquierda que en Guernica trabajó también incansablemente durante 90 días en el territorio con las organizaciones sociales para acordar y darle una salida pacífica al conflicto, mientras la mano derecha se paseaba por televisión coqueteando con la gran derecha nacional y global, extorsionando a la pobreza y estigmatizando a sus representantes, dispuestos a criminalizar la pobreza, pensando el problema de la vivienda con el código penal en la mano, en tándem con los operadores judiciales. Una pulseada donde, a juzgar por las imágenes a la que aludimos, nos damos cuenta que la mano derecha le ganó otra vez a la mano izquierda. Esa es la sensación que muchos tuvimos y expresamos por las redes sociales.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ahora bien, me atrevo a decir que en los tiempos urgentes que se viven hoy día y se aventuran para los próximos años, las cosas no serán muy diferentes. Al contrario, sospecho que la mano derecha se convertirá en la carta de presentación en las próximas elecciones. ¿Acaso por eso mismo no se apresura Berni a levantar la mano, pintando las paredes del conurbano, anunciando su candidatura? Una vez más el kirchnerismo se presta a hacer campaña con los temores y las ansiedades de la vecinocracia. No es para menos, sabe que gran parte del electorado que reclutó en las últimas elecciones en la provincia proviene de esos sectores de la sociedad. Con todo, está visto que algunos sectores del gobierno provincial y algunos intendentes no están dispuestos a dejarse correr por derecha, es decir, están dispuestos a levantar sus reivindicaciones punitivas ostentosas y emotivas.   </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://i1.wp.com/pulsonoticias.com.ar/wp-content/uploads/2020/10/guernica-tierras-para-vivir-paula-pulso-11-scaled.jpg?fit=2048%2C1365&amp;ssl=1" alt="Reunión clave por Guernica: cuarto intermedio con un desalojo inminente - Pulso noticias" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero las imágenes que tengo todavía frente a mis ojos me producen rabia. Lo digo no sólo por la policía desalojando a sus moradores, cumpliendo la sentencia judicial, y reprimiendo a los manifestantes que expresaban su bronca tirando piedras, sino también por las topadoras volteando las viviendas precarias después del desalojo. Y lo digo sobre todo por las imágenes del ministro Berni sacando pecho durante el operativo, pero también por las declaraciones que hizo los días previos, llenas de amenazas, y las indolentes frases que dedicó Berni para comunicar su puesta en acción a sus seguidores en Instagram: “al frente”. Parece que no hay nadie que pueda decirle al ministro que cierre el pico, que por lo menos por una cuestión de respeto hacia la gente que no sabía dónde iba a pasar la noche era conveniente guardar silencio. Pero una vez más el Ministro eligió la bullanguería, plegándose al coro de la oposición que hizo de la propiedad privada y la seguridad jurídica un nuevo estandarte moral, perdiendo no solo de vista que las tomas de tierra son una forma de acceso al suelo en el país, y que hay otras formas de expropiación que se producen a través de la especulación y los desarrolladores inmobiliarios.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hay otras imágenes que me producen rabia, por ejemplo los malabares que hicieron muchos periodistas comprometidos para justificar lo que resultaba injustificable. Releo los zócalos de C5N y me rio para no llorar: “Piedrazos contra la policía”, “rodean a la policía y le tiran piedrazos”, “Escudos precarios, piedras y botellas contra la policía”. Ya no hablan de la represión policial sino de la represión de los desalojados.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Después hay otras escenas que directamente me producen asco: la de los fiscales Juan Cruz Condomí Alcorta, Lisandro Damonte y Marcelo Romero sacándose una <em>selfie</em>, posando para las redes sociales. Pero estas imágenes de la familia judicial no me sorprenden, son muy esperables. Está claro que si por esta justicia fuera los ocupantes hubiesen durado 48 horas en el predio de Guernica. Pero la magnitud de la toma, y la dedicación que pusieron muchos funcionarios lograron demorar el desalojo que la gran derecha reclamaba a cuatro vientos.   </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hasta hace unos días pensaba que estábamos ante un gobierno de transición, hoy pienso que es un gobierno de emergencia. La cuestión es saber si el gobierno dejó de ser un gobierno de contención para transformarse en un gobierno de orden. Orden sin progreso, orden sin distribución. Orden sin peronismo básico. ¿Acaso no era esto lo que algunos interpretaban que se estaba reclamando en la correspondencia urgente del lunes pasado?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La <em>realpolitic</em> se ha convertido en este país en una manera de soslayar las discusiones. La apelación constante a la crisis se ha convertido en un mecanismo de extorsión. Se pierde de vista que las crisis –y con ello no queremos negar la magnitud de la misma- dejaron de ser coyunturales para volverse crónicas. Las crisis son una manera de valorización financiera pero también la mejor forma de desgastar a las democracias. De hecho el bacheo electoral es la prueba que tenemos para darnos cuenta que cada vez resulta más difícil ensayar políticas de largo aliento. Las crisis son una manera de ponerle freno de mano a las políticas de largo aliento, al tiempo que se sacan de encima los debates que necesita cualquier democracia para decidir entre todos y todas cómo queremos vivir juntos. De hecho cada vez que uno plantea cuestiones como estas que abordo en este artículo no faltan amigues que nos recuerdan que “le estamos haciendo el juego a la gran derecha” que, está visto, se frota las manos con las contradicciones y discusiones que acá se repasan muy por arriba. ¿Acaso hay que recordar todo el tiempo que ensayar una crítica, pensar en voz alta, no implica pegar un portazo, bajarse del bote, mandarse a mudar a Montevideo? Por nuestra parte conocemos las enormes limitaciones que tiene el gobierno y el tamaño de los problemas, pero no me parece que haya que tramitarlos en silencio, renunciando a poner de manifiesto nuestros desacuerdos. No hay democracia sin reserva de desconfianza que implica el ejercicio de la crítica. Como dijo Peter Sloterdijk: el cinismo es la paralización de la práctica crítica, adaptarse, volverse cómplices. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las imágenes de Guernika con K, son imágenes de desolación y fracaso, que los funcionarios deberán remar invirtiendo mucha militancia e imaginación si todavía quieren ser leales a las promesas que hicieron hace apenas un año.  </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La Plata, 30 de octubre de 2020.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de <em>Vecinocracia: olfato social y linchamientos</em> y <em>Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil.</em></span></p>
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		<title>Maradona, un infierno encantador &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Nov 2020 14:53:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Esteban Rodríguez Alzueta]]></category>
		<category><![CDATA[esteban Rodríguez Alzueta]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Esteban Rodríguez Alzueta* (para La Tecl@ Eñe) &#160; Una imagen vale más que mil palabras y la verdad que en estos días circularon cientos de<span class="excerpt-hellip"> […]</span></p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/maradona-un-infierno-encantador-por-esteban-rodriguez-alzueta/">Maradona, un infierno encantador &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por</strong> <strong>Esteban Rodríguez Alzueta*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una imagen vale más que mil palabras y la verdad que en estos días circularon cientos de imágenes cada una mejor que la otra, cada una iluminando lugares secretos que sostienen la devoción popular. Formo parte de la generación Maradona, que creció con los goles de Maradona, jugando a ser el Maradona que nos llegaba con la voz de Víctor Hugo mientras nos revolcábamos en algún potrero. La mía fue una generación que creció sin referencias políticas, pero había mucho rock y futbol dando vueltas. Y si encima Maradona se movía en distintas canchas, de manera indisciplinada, metiendo las palabras donde estaban reservadas a los expertos y los profesionales de la política, se comprende que Diego se ganase la atención, el respeto y el cariño de tanta gente, que encontrasen en él no solo su destreza sino aquellas palabras filosas para proyectar sus problemas, sus broncas, sus esperanzas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No quiero ser larguero, pero quiero decir un par de cosas, acaso para encontrar un poco de consuelo mientras escribo. En tiempos de ángeles y demonios, cuando el mundo se vuelve maniqueo, Diego nos enseña que eso no existe, que siempre somos ángeles y demonios, que se puede estar con el bien y hacer el mal, o estar con el mal y hacer el bien. Así de compleja y contradictoria es la vida. Más aún cuando la sociedad metió su cuchara. Porque Diego nos enseña también que siempre estamos en el error, por eso las palabras de Diego cuando llegaban con entrevistas largas y pausadas llegaban a veces con una mirada piadosa, reclamando comprensión, perspectiva. En esas entrevistas la figura de la madre siempre estaba presente, dando vueltas. La madre que lo rescataba, la madre que sabía siempre iba a estar ahí, pasara lo que pasara.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Diego es el exceso pero también la economía de la frase corta, al pie, bien calibrada. Es derroche pero también precisión, dinamita. Cuando Diego hablaba todos nos deteníamos a escuchar sus palabras. Y aquello que decía iba a parar al arcón de la memoria. Maradona es una colección de frases iluminadas que fueron madurando con  el paso del tiempo, que crecieron con nosotros. Porque Diego, con la misma destreza, nos pasaba sus palabras para que nosotros siguiéramos avanzando en nuestro derrotero. Las palabras de Diego nunca fueron inocentes. Diego tomaba riesgos cuando abría la boca. Como dijo alguna vez el viejo Viñas: a mayor exposición crítica mayor es el riesgo de sanción. Y la verdad que no fueron pocos los que hicieron colas durante estas cuatro largas décadas para pegarle a Maradona.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Dije que Maradona es el derroche, el gasto inútil. Maradona empezó varias veces de abajo, porque siempre se patinó lo que tenía. El dinero no se dispone para hacer ahorrado, especulado, fugado, sino gastado, festejado. El gasto inútil que llega con el despilfarro, con la joda, es la manera de motorizar y celebrar la amistad, de construir vínculos, afectos. Supongo que la vida le pasó finalmente la cuenta, pero quién te quita lo bailado adentro y fuera de la cancha.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No debe haber sido fácil ser Maradona, estar en el pellejo de Maradona. Cuando a Diego le tocó ser Maradona no había un entorno que blindase al futbolista, que preservase su intimidad, separando la vida pública de la privada. Hoy hay muchos futbolistas que tienen entornos seguros que le aseguran que su vida se juzgue a través de lo que sucede en la cancha. Maradona es un invento de la sociedad y la sociedad, o gran parte de ella es una mierda. Maradona solo puso en palabras las contradicciones que nos definen, fue un espejo donde mirarse de frente, inevitablemente.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Todavía hay gente que le sigue levantando la banderita de posición adelantada, que tiene la necesidad de desmarcarse de sus trayectorias sinuosas en la vida privada y pública. Que se mueve por las redes sociales como patrullas morales perdidas. En tiempos tomados por lo políticamente correcto, Maradona nos devuelve la incorrección, siempre jugo en orsai. Maradona siempre o casi siempre fue incorrecto. Esto nos desconcierta también, porque el ídolo se corre del canon que debe seguirse para estar en el panteón. Diego es el bien y el mal, y encima, como reza una canción del Indio Solari, que sabe de estas cosas… “el infierno está encantador”.    </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La Plata, 27 de noviembre de 2020.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de <em>Vecinocracia: olfato social y linchamientos</em> y <em>Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil.</em></span></p>
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		<title>La imbecilidad y el racismo de La Nación &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 17 Jan 2021 18:55:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Esteban Rodríguez Alzueta]]></category>
		<category><![CDATA[Conurbano africanizado]]></category>
		<category><![CDATA[esteban Rodríguez Alzueta]]></category>
		<category><![CDATA[La Nación]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sirvén]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La imbecilidad es una marca registrada de los editorialistas del diario La Nación, en el sentido de la imposibilidad de pensar fuera de sus cánones y de ponerse en el lugar del otro, sostiene Esteban Rodríguez Alzueta; prueba de ello es la nota escrita por Pablo Sirvén del domingo 17 de enero de 2021, sonde el autor dice: “Una vez más, este año la madre de todas las batallas será la provincia de Buenos Aires, ese territorio inviable en cuyo africanizado conurbano se deciden electoralmente los destinos de la patria.”</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/la-imbecilidad-y-el-racismo-de-la-nacion-por-esteban-rodriguez-alzueta/">La imbecilidad y el racismo de La Nación &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>La imbecilidad es una marca registrada de los editorialistas del diario La Nación, en el sentido de la imposibilidad de pensar fuera de sus cánones y de ponerse en el lugar del otro, sostiene Esteban Rodríguez Alzueta; prueba de ello es la nota escrita por Pablo Sirvén del domingo 17 de enero de 2021, donde el autor dice: “Una vez más, este año la madre de todas las batallas será la provincia de Buenos Aires, ese territorio inviable en cuyo africanizado conurbano se deciden electoralmente los destinos de la patria.” </em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>Por</em> <strong>Esteban Rodríguez Alzueta</strong>*</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Dios los cría y <em>La Nación</em> los recluta. La imbecilidad es una marca registrada de los editorialistas del diario <em>La Nación</em>. No es nuestra intención ofenderlos, solo queremos describir uno de los gestos tilingos que saben disimular apelando a los buenos modales. Los conservadores tienen su propio canon para ejercer el correccionismo. Imaginamos que estamos hablando de “gente como uno”, buenos padres de familia y además personas muy inteligentes. Pero tienen un problemita: no saben pensar, es decir, no pueden ponerse en el lugar del otro. Acostumbrados a mirar el mundo desde su burbuja se dedican a practicar tiro al blanco o, mejor dicho, tiro al negro. Todos aquellos que se corren de sus expectativas, que no comulgan sus ideas, sus valores, merece ser degradado, apuntado, gaseado, gatillado, linchado, ajusticiado. <em>La Nación</em> es un diario que celebra la violencia vecinal y policial. Un diario que se dedica a echar leña al fuego, a enloquecer a sus lectores. No sólo pone las cosas en lugares donde no se encuentra, sino que sus pánicas editoriales, buscan interpelar la idiotez de su hinchada. <em>La Nación</em> escribe editoriales que estén a la altura de los fantasmas que asedian a los lectores. Los programa y sincroniza. Por supuesto que <em>La Nación</em> no está sola en esta empresa. Pero <em>La Nación</em> se arroga la batuta. <em>La Nación</em> es la reserva moral del fascismo disimulado con palabras que usan sin comprender. Por ejemplo, la república.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Prueba de ello es la nota escrita por Pablo Sirvén del domingo 17 de enero de 2021. Dice Sirvén: “Una vez más, este año la madre de todas las batallas será la provincia de Buenos Aires, ese territorio inviable en cuyo africanizado conurbano se deciden electoralmente los destinos de la patria.”</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una párrafo repleto de clises. Los clises son la lengua franca de los idiotas morales. No lo digo yo sino Hannah Arendt: Palabras aladas pero sin vuelo, escritas sin vocación para comprender nada. Palabras fuera de contexto, sin historia pero llenas de lugares comunes donde suele ir a pastar el resto de los idiotas que interpela. Sirvén se autopostula como defensor de la patria. Una patria que imagina en estado de guerra, una patria que postula en la vereda de enfrente del conurbano, de la negrada. Un conurbano animalizado, racializado, que merece ser batallado o eliminado del mapa. La inviabilidad del conurbano no sólo nos habla de la falta de imaginación política y la pereza teórica sino del racismo que comulgan más o menos secretamente. <em>La Nación</em> es un diario no solamente clasista sino racista. Sus trabajadores deberían empezar a tomar nota que están arriba de un tanque de guerra que dispara frases que tienen la misma capacidad de herir que una bala. Con el odio que destilan llegan los linchamientos, la justicia por mano propia, los casos de gatillo fácil. El odio alimenta el resentimiento de la vecinocracia, esos sectores de la sociedad que hicieron de la afinidad una forma de vida, de hacer política o, mejor dicho, de continuar la política por otros medios. Todo lo que no sea blanco, no tenga clase, merece ser desconfiado y descalificado. <em>La Nación</em> empuja todos los días al país hacia la guerra civil. Son militantes de la violencia, una violencia avivada hasta que escala hacia los extremos. Saben que los muertos siempre los ponen los negros, saben que ellos viven fortificados, rodeados de seguridad privada, de prejuicios que los blindan y mantienen a varios metros de la realidad, de la violencia que saben agitar. Pablo Sirvén es otro “asesino de escritorio”, escribe sin darse cuenta porque la imbecilidad se ha naturalizado en su entorno. Una imbecilidad festejada en patota. Sirvén pega duro porque sabe que sus palabras serán acompañadas con otros golpes bajos propalados por Leuco, Lanata, Feinmann, Echecopar, Canosa, Majul y tantos otres. Gente que habla con espuma en la boca, que escupe cuando habla y se ríen también, porque saben o desean que la historia les dará otros cuatro años para ejercer la revancha. Una revancha que imaginan, esta vez, tendrá que ser otra vez más implacable, certera.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Conviene no subestimar estas frases hechas. La idiotez o estupidez envenena de a poco, infecta la política, implosiona los debates. Son gente que no tienen vocación de debatir entre todos y todas cómo queremos vivir juntos. Hace rato que le bajaron la persiana a la democracia. Para ellos es una idea perimida y militan todos los días hasta encontrar otro títere que le baje el pulgar. Una persona estúpida es una persona que renegó de la política. La pérdida de la capacidad para dialogar coincide con la pérdida de la capacidad de acción política. Donde no hay política hay violencia, es decir, donde no se puede dialogar, cuando se cierran los diálogos se abre la puerta a la violencia. La política descansa en los diálogos interminables, diálogos o debates que son desautorizados o ninguneados por los estúpidos o seres banales.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No tenemos dudas que Sirvén es una persona inteligente pero irreflexiva, muy superficial, que tiene este gran problemita: no sabe pensar y tampoco es juiciosa. Las personas que no pueden ponerse en el lugar del otro no sólo se vuelven indolentes (no pueden sentir al otro). No entienden que hay otros actores que tienen otros puntos de vista, con otras percepciones, otros problemas. Son incapaces de ver las cosas desde un punto de vista distinto al propio y por eso se refugian en el sentimentalismo y la indignación. Pero además, si no hay pensamiento tampoco hay juicio, son personas prejuiciosas, entrenadas para odiar, que invierten mucho tiempo en el odio. Están rodeadas de prejuicios y confunden la ideología con la realidad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Termino y lo hago con Kant. Arendt, haciéndose eco de Kant, quién llamó a la ausencia de juicio, estupidez, se vale de este concepto para comprender la banalidad del mal: “La estupidez en el sentido kantiano se ha convertido en la enfermedad de todas las personas (…). La estupidez se ha convertido en algo tan habitual como antes lo era el sentido común, y eso significa no que sea un síntoma de la sociedad de masas o que las personas ‘inteligentes’ estén a salvo de ella. La única diferencia es que la estupidez sigue siendo felizmente ignorada por los intelectuales y es, en cambio, intolerablemente ofensiva entre personas ‘inteligentes’. Dentro de la <em>intelligensia</em>, puede incluso decirse que, cuanto más inteligente resulta ser un individuo, más irritante es la estupidez que tienen en común con todos.”</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La Plata, 17 de enero de 2021.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de <em>Vecinocracia: olfato social y linchamientos,</em> <em>Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil </em>y <em>Prudencialismo: el gobierno de la prevención. </em></span></p>
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		<title>La palabra perro muerde: Cultura de la cancelación, correccionismo y comisariados morales &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta y Leandro de Martinelli</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 Jan 2021 18:44:11 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Los autores de este artículo sostienen que la cultura de la cancelación se organiza en función de cánones morales políticamente correctos. Cada uno de esos gestos cancelatorios son cristalizaciones apologéticas de lo “políticamente correcto” que constituye una forma sutil de ejercer la censura y evitar las querellas. Afirman que esa censura está basada en el correccionismo que es, también, una manera de balizar los debates ajustándolos a patrones morales que erosionan o debilitan los intercambios. La cultura de la cancelación, entonces, está hecha de exclusiones. Es una manera de anular al otro, descalificarlo hasta la neutralización, y deportarlo si es necesario. Las cancelaciones no están hechas de derecho de réplica. Una persona cancelada es una persona proscripta hasta que el olvido, si tiene suerte, haga su trabajo paciente o vengan otros vientos.  </p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/la-palabra-perro-muerde-cultura-de-la-cancelacion-correccionismo-y-comisariados-morales-por-esteban-rodriguez-alzueta-y-leandro-de-martinelli/">La palabra perro muerde: Cultura de la cancelación, correccionismo y comisariados morales &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta y Leandro de Martinelli</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em><strong>Los autores de este artículo sostienen que la cultura de la cancelación se organiza en función de cánones morales políticamente correctos. Cada uno de esos gestos cancelatorios son cristalizaciones apologéticas de lo “políticamente correcto” que constituye una forma sutil de ejercer la censura y evitar las querellas. Afirman que esa censura está basada en el correccionismo que es, también, una manera de balizar los debates ajustándolos a patrones morales que erosionan o debilitan los intercambios. La cultura de la cancelación, entonces, está hecha de exclusiones. Es una manera de anular al otro, descalificarlo hasta la neutralización, y deportarlo si es necesario. Las cancelaciones no están hechas de derecho de réplica. Una persona cancelada es una persona proscripta hasta que el olvido, si tiene suerte, haga su trabajo paciente o vengan otros vientos.  </strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Esteban Rodríguez Alzueta* y Leandro de Martinelli**</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>1.  Clausuras</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Mucha gente no entiende lo que es una discusión, quiere siempre la verdad, busca coincidir, que le digamos lo que sabe de antemano. Por eso, cuando no le decimos lo que quiere escuchar y frustramos sus expectativas, se enoja y agrede. Se enoja y escribe rápido un posteo anónimo lleno de insultos que subirá a los comentarios de los lectores o a veces en su propio muro. Se sabe, las redes sociales se disponen también para ejercer la puntería y el escrache. Y cuando eso hacen, no se dan cuenta que están clausurando los debates, que vuelven a bajarle la persiana, arrojando agua, mucha agua sucia, a la arena pública hasta que el suelo donde estábamos queriendo hacer pie se vuelve fangoso y todos empezamos a resbalar y ensuciar lo que tocamos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En segundo lugar, otra forma de cancelar la cultura es a través del archivo. El archivo te condena. Después de tanta TVR, tanto 678, tantos años entrenados frente al televisor, nos acostumbramos a mirar las cosas desde el archivo. No hay política sin archivo y tampoco hay periodismo. El archivo nos hace reír o nos indigna. Hay una tendencia a mirar el presente desde el pasado, a buscar en el Twitter o el posteo de Facebook que escribimos hace 10 años atrás, una clave para saldar las discusiones y clausurar el presente. Porque el pasado mirado desde el archivo es un pasado moralizado. Se trata de un modo de conocimiento tributario de las policías. Hacemos del archivo un prontuario que nos permita enfocar y deconstruir a una persona. En efecto, los usuarios de las redes se la pasan haciendo ciberpatrullaje, espiando a las personas a través de sus fotos, posteos y amistades. Tienen otras palabras para disimular esa conducta voyeurista y parapolicial: por ejemplo dicen que están stalkeando a una persona. Una gimnasia que encuentra en la cultura de la vigilancia y la delación un punto de apoyo para explayarse y ejercerse naturalizadamente, sin escandalizar a su entorno.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Estas formas de conocimiento, bastante ingenuas por cierto, olvidan otras dos cosas. Primero, pierden de vista que gran parte de lo que se escribe en las redes es literatura, muchas veces de la peor. Pero este es otro tema. Las opiniones son contingentes, solemos volcarlas al espacio público tomando una serie de riesgos porque nunca sabemos si estamos convencidos con lo que acabamos de decir. Pensamos en voz alta con el otro, al fragor de discusiones muchas veces apasionadas. Las opiniones que manifestamos son una manera de averiguar lo que pensamos y sentimos, una forma de ir componiendo nuestro punto de vista que no será inamovible. Segundo, presuponen que las personas son siempre las mismas personas, confundiendo de paso las opiniones con su identidad. Dime lo que dijiste y te diré quién eres. Se sospecha que las personas tienen que ser coherentes, y la verdad es que somos itinerantes, vamos mudando las opiniones, criterios y devociones. A veces porque las opiniones se nutren de una experiencia más compleja, otras porque las personas se van cerrando y tienden a simplificar sus puntos de vista hasta la banalidad. Las personas van corriéndose de lugar, algunas más rápido que otras, se desplazan en zigzag y, a veces, esas oscilaciones suelen ser más pronunciadas o evidentes que otras.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Les pasó hace unos meses a los jugadores de Los Pumas. Más allá de que estemos o no de acuerdo con las opiniones que vertieron los rugbiers hace ocho años, alguien decidió ir hacia atrás en busca de palabras que pudieran dejarlos en orsai y condenarlos moral y socialmente, sacarlos de la cancha y cancelarlos culturalmente. Pero lo que les pasó a estos jugadores no fue un caso aislado. Sucede todo el tiempo en la política, pero también en nuestra vida anónima, en el mundo de la música, las artes visuales, la literatura, la universidad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En noviembre de 2017 el empresario Daniel Grinbank publicó un tuit donde se jactaba de declinar la oferta que le realizara a Morrissey para un recital en Argentina. ¿Los motivos? Las declaraciones que el cantante y compositor hizo acerca de las denuncias de pedofilia contra el actor Kevin Spacey. Morrissey había lanzado algunas preguntas contra los denunciantes. “No nos interesa producir este tipo de artistas con estos valores”, sentenció Grinbank. Por supuesto, muchos mordieron el anzuelo sin acusar recibo que se trataba de un empresario. Es más fácil pensar que no le interesaba el negocio y que, además, quería dinamitarlo para cualquier otro empresario que se atreviera a traerlo. Para la moral de Grinbank producir a Morrissey era lo mismo que  avalar sus dichos. Correccinonismo mata billetera. Grinbank sabe que se puede ganar algo allí donde no hay nada para ganar y de paso levantar su reputación moral. El debate en las redes no se hizo esperar. Ese año, recordemos, fue cuando el punitivismo desembarcó con toda su fuerza en el mundo académico. Hubo juicios sumarios y linchamientos simbólicos en los pasillos de las facultades y colegios secundarios más prestigiosos del país. Y muchas  agrupaciones estudiantiles abrazaron las herramientas de la derecha como si el contrato social no existiera. El derecho a legítima defensa y la presunción de inocencia quedaron sepultados por la agenda internacional que le marcaba el camino a la política universitaria y al empresariado nacional. Morrissey estaba cancelado, había quedado cancelado literal y metafóricamente hablando. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La mecha se encendió otra vez en las redes sociales con Cacho Castaña. De Morrissey a Castaña hay dos segundos; ni el DJ más aturdido hubiera hecho semejante mezcla para que resonara en loop. Un periodista alarmado contra los que defendían a Castaña se preguntaba “¿cuántas muertes vale una canción?” Es la teoría del dominó aplicada a la cultura: se empieza con una canción, tarareando una canción, y se termina festejando la violencia o ejerciéndola por mano propia. La teoría parece refinada: no hace falta cancelar artistas sino algunas canciones que incitaban a la violencia. Ya sabemos que Marilyn Manson fue el culpable de la Masacre de Columbine, así que también se podía pensar que Cacho Castaña, o muchas cumbias y todo el reggaetón, bien podrían ser los partícipes necesarios de unos cuantos actos de violencia de género. Los canceladores no necesitan más pruebas que el testimonio de la víctima. La víctima siempre tiene razón y, además, mucha pasión. La víctima no tiene la verdad, está en la verdad. De pronto todo ese sector de la clase media ilustrada encontró una solución rápida a problemas centenarios: censurar artistas y renegar del debido proceso. Puritanismo y sociología falopa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Les sucedió también a unas cuantas bandas indie en Argentina que fueron apuntadas como impostoras, detrás de su cancionero había mucha violencia disimulada. De hecho hace poco nos enteramos también que una vieja canción de Lou Reed, Walk on the wild side, hoy escrachado por machirulo, había sido censurada post morten en una fiesta universitaria en Ohio. O a Ariel Pink que por participar de una marcha pro Trump el sello discográfico canceló su contrato mientras era escrachado en las redes sociales por sus despechados seguidores. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://www.infobae.com/new-resizer/VKwvQjxCwbmseImEgj2fqEciWNY=/1200x628/filters:format(jpg):quality(85)//cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/ASYOENHFQ5GXJKJUQSYNZNUO2I.jpg" alt="Cultura de la cancelación: ¿pueden los sheriff culturales afectar a la producción artística? - Infobae" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>2. Comisariados</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Mucha militancia se subió entusiasta al punitivismo sin darse cuenta que estaba reproduciendo prácticas que maduraron en la vereda de enfrente. La micropolítica hoy día se organiza en función de las afinidades: todos leen más o menos los mismos libros, escuchan más o menos las mismas bandas, van a los mismos lugares, las mismas librerías, las mismas fiestas, las mismas marchas y, por su puesto, tienen que tener los mismos valores, las mismas opiniones, las mismas estéticas, el mismo corte de pelo, y deben indignarlos las mismas cosas. Y el que se corra del circuito será amonestado, cancelado, expulsado. El que no está de acuerdo se va o lo expulsamos nosotros.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El nombre de esta solución tampoco tardó en llegar: cancel culture. Es un nombre importado que quiere presentar como novedoso algo viejo. Como cuando le dicen “colchón de hojas verdes” a una ensalada de lechuga. Que las puebladas y linchamientos se hagan por otros medios no quiere decir que sean otra cosa. Que a veces sean a golpe de billetera, o con Netflix como animal espiritual, tampoco cambia mucho. El mercado encontró una dirección nueva.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No es casual, entonces, que la difamación haya proliferado en los cenáculos universitarios y en el mundillo de las militancias de izquierda y progresistas. Cuando no se sabe cómo hacer política se hará justicia. Cuando las agrupaciones son impotentes en la política, encuentran en la justicia difamatoria una manera de llenar el tiempo, de completar su grilla de reuniones, de reemplazar la disputa electoral con la clausura cultural. A lo mejor no podrán ganar una elección pero se llevarán puesto a unos cuantos compañeres; saldrán a cazar al diferente, sea la persona que acosa a las compañeras, al profesor que armó una bibliografía sin cupo femenino, al machirulo, al que no usa lenguaje inclusivo, al facho. Una justicia banal, que borra las escalas, que está hecha, por otro lado, de la misma superioridad moral que siempre se arrogó. Porque de la misma manera que antes fue clasista y luego pobrerista, ahora es feminista. Hablamos de un purismo del yo militante: yo soy humanamente superior asique no necesito revisarme. Hablamos de militantes enclaustrados en un frasquito de formol, preservados de cualquier contaminación. Patrullas morales que se dedican a levantar la banderita de posición adelantada a todos aquellos que se corran de la línea correcta, del correccionismo moral de turno. Una militancia armonizada que confundió la indignación con el compromiso; una militancia iracunda que se dedica a hacer justicia por boca propia. Por supuesto que estamos generalizando pero solo lo hacemos para ser gráficos, de modo que antes que nos salten a la yugular y nos cancelen les decimos: al que no le calce el sayo que no se lo ponga. De más está decir que las militancias de izquierda no son un bloque unidimensional y mucho menos el movimiento de derechos humanos o el movimiento feminista. Las militancias son complejas y contradictorias, pero a veces esas apuestas simplistas y sensacionalistas, tributarias de televisión, son las que más prensa ganan, las que más chances tienen de viralizarse por las redes sociales, de cuestionar y extorsionar nuestras amistades. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hablamos de la imposibilidad de construir un escenario común. Al otro se lo anula. Esto es a matar o morir, simbólicamente hablando, claro está. No importan sus explicaciones, siempre serán entendidas como meras excusas, justificaciones fuera del tiempo. Nosotros sabemos quién es el otro, sabemos cómo piensa y sabemos lo que siente y qué tiene que decir y, sobre todo, cómo decirlo. Sabemos que el otro no es la patria, la patria es uno mismo y todes los que se parecen a uno. “La patria es el otro” funciona como slogan progre hasta que el otro se cae de la cornisa de la moral bienpensante y tachamos la letra “t” para que sea simplemente un paria. Acá lo importante es lanzar la frase más contundente para que la hinchada grite a favor y reclutar likes por todas las redes sociales. Y, en última instancia, interpelar al cardumen o la muta de zaca para que salga a picotear al otro, al paria.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://484714.smushcdn.com/974887/wp-content/uploads/2020/09/censura-pensador.jpg?lossy=1&amp;strip=1&amp;webp=1" alt="Las ¿nuevas? formas de censura: la cultura de la cancelación : Ethic" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>3. Correccionismos</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La cultura de la cancelación se organiza en función de cánones morales políticamente correctos. Cada uno de esos gestos cancelatorios son cristalizaciones apologéticas de lo “políticamente correcto” que, dicho sea de paso, constituye una forma sutil de ejercer la censura y evitar las querellas. Somos partidarios de que los debates en democracia tienen que ser abiertos, desinhibidos y vigorosos. Y no se nos escapa que a veces pueden volverse demasiados desinhibidos y demasiados vigorosos. Pero el correccionismo es también una manera de balizar los debates ajustándolos a patrones morales que erosionan o debilitan los intercambios. Se cree que el correccionismo es una manera de poner en caja al discurso del odio, pero lo único que se logra con ello, es continuar restringiendo el debate por otros medios, otra forma de cultivar la censura, de ejercer una presión para que nos adecuemos a determinados valores, creencias, o modos de pensar y actuar. Y el que se corra de la línea correcta corre riesgos de ser boicoteado, cancelado, excluido. Por su puesto que el odio es una forma de practicar la censura previa y con ello no estamos equiparando las experiencias, pero a juzgar por sus efectos tienden a ser experiencias parecidas: ambas buscan dejarte afuera, sacarte del juego, ponerte una mordaza.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No es fácil escribir en una época neopuritana como la que estamos viviendo hoy día, cuando la palabra perro muerde, cuando la literatura o la música se confunden con el periodismo y el periodismo debe practicarse según el correccionismo de turno. Porque hay que agregar que en la era de las correcciones las personas no pueden tener deseos oscuros ni abyectos, pero tampoco opiniones que se aparten del canon de la tribu por donde suelen moverse. El correccionismo ha puesto a la literatura, la música, las artes plásticas, las clases y a la política en general contra la pared. El correccionismo es una manera de policializar la vida cotidiana, de vigilar la conversación y las aulas, de implosionar las amistades, de reglamentar aún más los espacios de trabajo. Estamos cada vez más sitiados por comisarios morales que hicieron del arte o la militancia una cruzada moral.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La cultura de la cancelación, entonces, está hecha de exclusiones. Es una manera de anular al otro, descalificarlo hasta la neutralización, y deportarlo si en necesario. Las cancelaciones no están hechas de derecho de réplica. Las correlaciones de fuerza organizan las cancelaciones. Se lo cancela porque la corriente de opinión es tan fuerte que resulta imposible hacerle frente, contradecirles. Los influencer o periodistas estrellas reclutan adhesiones y se lanzan en manada a la caza del otro. La cancelación llega con el cardumen y forman mutas de acoso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ahora bien, como dijo hace poco Ileana Arduino: “No toda reacción crítica es cancelar. Dejemos de uniformar experiencias y situaciones. Cancelar es exactamente lo contrario a discutir una posición política, cancelar es impedirle a otrx hablar, reducirlx a una dimensión, expulsar y negar toda posibilidad de interacción con todxs. Discutir es lo contrario a cancelar.” La cancelación está hecha sustracciones y rupturas. Es una manera de evitar la discusión, de romper los vínculos y componer unanimatos, de certificar identidades cerradas: El que saque los pies del plato se los cortamos. Y la carnicería moral se hará en nombre de la libertad de expresión sin darse cuenta que están ejerciendo la censura. Porque una persona cancelada y, por añadidura, estigmatizada por lo que sea, será una persona que no existe más. No solo fue restringida o anulada de las redes sociales y denunciada a las autoridades del mercado, sino que quedará en el ostracismo. No existe más en las redes, en los diarios, en los bares, en los centros culturales, te cancelan. Se transforma en una persona non grata que tendrá prohibido el derecho de acceso so pena de ser escrachada a viva voz. Una persona cancelada es una persona ninguneada, tachada, proscripta hasta que el olvido, si tiene suerte, haga su trabajo paciente o vengan otros vientos.  </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La Plata, 30 de enero de 2021.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">**Editor de FIRPO CASA EDITORA, autor de Plagar.</span></p>
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		<title>Horacio en una parrafada &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 28 Jun 2021 20:23:18 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Esteban Rodríguez Alzueta]]></category>
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		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esteban Rodríguez Alzueta escribe esta semblanza sobre Horacio González y lo despide con un deseo y un brindis: “No sé si el siglo será delezeano, pero muchos soñamos que sea gonzaleano. Motivo de orgullo para seguir trabajando y levantar una copa en tu memoria Horacio querido.”</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/horacio-en-una-parrafada-por-esteban-rodriguez-alzueta/">Horacio en una parrafada &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Esteban Rodríguez Alzueta escribe esta semblanza sobre Horacio González y lo despide con un deseo y un brindis: “No sé si el siglo será delezeano, pero muchos soñamos que sea gonzaleano. Motivo de orgullo para seguir trabajando y levantar una copa en tu memoria Horacio querido.”</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Esteban Rodríguez Alzueta*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><span style="color: #000080;"><strong>J</strong></span>ugábamos a ser su guardia pretoriana en La Plata. Era un chiste entre-nos, como le gustaba decir a Mansilla que a Horacio le gustaba citar con más cuidado que al viejo Viñas. Horacio no necesitaba nadie que le cubriese las espaldas. Hablaba sin dobleces, pero con muchas subordinadas, al mejor estilo <em>bebop</em>. No había telón de fondo en sus reflexiones, ni chicanas. Y si hacía concesiones, estaban al servicio de la conversación, para estirar el diálogo, para averiguar dónde nos llevaba. Pensaba en voz alta a la velocidad de la luz, dejándose llevar por asociaciones que iba tramando en vivo y en directo. Horacio entraba en trance, parecía que estaba en trance y nosotros con él. Lo hacía impulsado por la pregunta de un alumno, la tapa de los diarios con los que llegaba a cada clase, el cartel de una organización pegado en la pared del aula o los libros repletos de servilletas que nunca terminaba de desembalar. Cada servilleta era un mojón, el resto de alguna clase que podía o no reciclarse según la ocasión. Todo iba a parar al asador, nada debía subestimarse. Todo merecía la misma atención y respeto, la mayor dedicación. Pero la mayoría de las veces Horacio llegaba con el país a cuestas. Las clases dependían de su contingencia, y las contingencias, en el país, nunca eran las mejores. La clase no podía darle la espalda a la vida cotidiana, había que abrirle la puerta a la calle, dejarla entrar para que nos interrogue y nosotros a ella. Para aquellos que no participaban del juego era un caos, muchos se sentían perdidos. No había programa, contenidos mínimos, bibliografía que controlara el azar al que estábamos expuestos. Horacio vivía con mucha angustia la deserción de sus alumnos. Cada alumno que abandonaba el aula era otro motivo de interrogación. Una pregunta que Horacio se dirigía a sí mismo, a modo de reproche, sin hacerse concesiones. “¿Estuve mal?” nos preguntaba. No importaba si en el aula había cuarenta alumnos o solo quedaban cinco. La clase debía continuar con la misma energía, pasión. No hay clase sin pasión y sin risa, y en la clase de Horacio se reía y mucho. A veces más que otras, porque en algunas ocasiones la clase cedía al silencio que se demoraba varios minutos, un silencio que estaba ahí, pare seguir interpelándonos, hasta que Horacio decía, con cierta incomodidad, “me parece que podemos dejar acá, no?” Porque las clases no terminaban, seguían creciendo en nuestra cabeza. Mientras tanto había que seguir traspirando la camiseta, porque Horacio hablaba y transpiraba, hablaba y miraba el techo, como persiguiendo el hilo de una argumentación que iba más rápido que las palabras que salían de su boca. Los que asistieron a sus clases recordarán sus vacilaciones. Horacio titubeaba cuando hablaba. Iba tanteando las frases, abriéndolas. No era inseguridad sino su método. Cada vacilación era una nueva subordinada que estaba para matizar lo recién dicho. Porque Horacio avanzaba en zigzag. Sus clases estaban hechas de marchas y contramarchas. Abría ventanitas que después no cerraba nunca. Cada una de esas subordinadas era una invitación a seguir pensando. Su barroquismo no era una pretensión de ilegibilidad, de sacar chapa de raro. Horacio no hablaba raro, pensaba con muchas subordinadas, rodeando su objeto, orbitando alrededor de él, hasta marearlo y a todos nosotros con él. Sus clases estaban hechas de muchos libros, de diálogos inventados, ponía un libro al lado de otro libro. Porque Horacio hacía dialogar a Foucault y Sarmiento, a Walter Benjamin con Mauro Viale, a Anzoátegui con Beti Sarlo, Fogwill con Alberdi, Adorno o Gramsci con el diario Crónica, a Chandler con Verbitsky, a Rorty con Perón, a los desocupados con Derrida. Y lo hacía sin culpa y sin ánimo de provocar o herir a nadie, mucho menos sin hacerse el gracioso, con seriedad pero sabiendo que la sonrisa era inevitable y que tampoco debíamos reprimirla, era parte de la clase, aportaba ligereza, descontracturaba los dogmas. González era un gran polemista pero lo hacía con cordialidad y mucha picaresca. Pero siempre estaba dispuesto a asumir el error. Hizo del diálogo y la duda la manera de estar en el campo de la cultura. A la duda la llamaba “sospecha” y al diálogo “conversación”. Porque, en última instancia, después de cada trifulca, cada lucubración colectiva, el destino de cualquier conversación era su conversión. La metamorfosis llegaba con la imaginación. Horacio titubeaba porque era la manera de pedir permiso, de darle la voz a los que no tenían voz en un aula de la Universidad, o que ya no podían tenerla, o porque no era políticamente correcto, o habían pasado de moda y no estaban en el canon, habían sido cancelados o, sencillamente, olvidados. Porque –y dicho sea de paso- la cancelación no es nueva, es un deporte universitario que lleva varias generaciones ejerciéndose. Allí donde se le bajaba el pulgar a un autor, Horacio pasaba con su valija y lo refugiaba. Nada podía perderse de ese archivo nacional y global, elitista y popular, donde <em>La comunidad organizada</em> estaba junto a Borges y Clarín. Cuando Horacio llegó a la Biblioteca Nacional la pensó a imagen y semejanza de su valija de profesor. Que nadie se equivoque, Horacio no tenía una mochila, una cartera de profesor, sino una valija que le había regalado su amigo Pino Solanas donde tenían asilo todos. Y venir a La Plata o viajar a Rosario, Córdoba o Venado Tuerto era la oportunidad de llevar su regalo y convidar parte de su biblioteca personal. Horacio nos enseñó a pensar y nos alentó a escribir según el estilo de cada uno. No era fácil inventarse un estilo al lado de la fascinación que despertaba Horacio. Todavía recuerdo cuando lo conocí en su departamento en la avenida Santa Fe, si mal no recuerdo, muy cerquita donde vivía el viejo Leónidas Lamborghini. Christian Ferrer me había pasado su teléfono, lo llamé y pregunté si quería escribir para <em>La Grieta</em> y se mostró agradecido por la invitación. “Pasate el viernes de la semana próxima”, me dijo. El viernes a la tarde estaba tocándole timbre. Subí y sucedió lo que más había temido. No había escrito nada, se había olvidado por completo. No de nosotros, sino del artículo para la revista. “¿Estas muy apurado?”, me pregunto. Me ofreció una silla y un vaso de agua, mientras él tomaba la máquina de escribir y ponía una hoja en blanco. Mientras escribía preguntaba quiénes éramos, qué hacíamos, qué estudiábamos. No era un interrogatorio, sino curiosidad. Con el tiempo entendí que su curiosidad era un pretexto para tantear los bordes de una amistad, de apostar a ella. Cuando terminó sacó la hoja, la releyó, le hizo un par de correcciones de puño y letra: “Tomá, leelo con piedad”. No iba a ser la primera y única vez que escucharía esa frase de su boca. Al despedirnos me dijo: “saludos a los muchachos”. El ensayo lo llamó “Pensando la grieta” y empezaba así: “Hay movimientos sísmicos en la palabra grieta, movimientos secretos. Movimientos que nos llevan a un terreno de obscenidad, de descubrimiento y de promesa. Promesa, porque no hay nada que no pueda situarse en términos de promesa, de un imaginario tiempo futuro en donde nos proyectamos como pagadores de una deuda. Esa asombrosa invención del pensamiento, la promesa, no podría existir al margen de la grieta. La promesa dialoga con la grieta. (…) Una lucha entre la imaginación y la burla del tiempo. La grieta es justamente el poro imposible pero real de las cosas. Prometemos, pero cuando medimos el alcance de nuestras palabras de promesante, conforme van rodando hacia su tiempo de cumplimiento ellas caminan por grietas. El lenguaje está agrietado. Se hacen promesas adecuadas sólo cuando sabemos que el lenguaje con el que hablamos no es enviado a ningún futuro sino que pertenece a la grieta que quiebra la relación del presente en el futuro”. Al año siguiente vino a dar clases a La Plata y de ahí en más se fue armando la <em>troup</em> <em>horaciana</em> platense que se iba haciendo cada vez más grande con el paso de los años: Fernando Alfón, Lisandro Kahan, Matías Manuele, Jerónimo Pinedo, Fito Iuliano, Emanuel Kahan, Gabriela Pesclevi, Alejandra Varela, Damián del Valle, Néstor Fernández… Éramos oyentes estables pero también dueños de un tiempo para dar nuestra clase dentro de su clase. Horacio estaba siempre presente y seguía nuestras lecturas comiéndose las uñas, con atención, como un alumno más. Luego con Horacio conocimos a Liliana y organizamos unos cuantos recitales y talleres de música en la casa de Madres. Con Horacio además participamos de otros seminarios, a veces arriba del tren Roca que nos llevaba hasta la estación Constitución, o deambulando por los pasillos de la Facultad. Escribimos para <em>El Ojo Mocho</em> y algunos libros que Horacio siempre estaba compilando o editaba, participábamos de las maratones de fin de año donde cada uno de nosotros leía un ensayo hasta que venía la gente de limpieza a decirnos que tenía que cerrar la Facultad. Son cientos las anécdotas que tengo de aquellos años, sobre todo de aquellos momentos que llegaban después de la clase de los viernes. Porque cada clase tenía su tertulia que no podíamos dejar pasar. De modo que después de clase todos nos íbamos al bar. Horacio estaba fundido, pero había que relajarse y ceder la palabra, afinar otra vez el oído. “¿Y ustedes como la ven?” nos preguntaba González. Nosotros nos pisábamos por hablar, mientras Horacio se comía todas las aceitunas y los quesitos, mientras pedía otra ronda de cerveza. Al final siempre nos devolvía una sonrisa, todos terminábamos riendo en voz alta. Esa risa piadosa, nos enseñaba –decía Horacio- a estar en el error, porque al fin y al cabo “siempre estamos en el error”. Recuerdo que cuando le di mi libro <em>Estética cruda</em> leyó la contratapa, el índice, y con una risa en la boca me dijo: “¿Qué es la estética cruda? ¿Escribo, no corrijo; escribo, no corrijo; escribo no corrijo? ¡Así escribe cualquiera!!” No podíamos parar de reír. Estaba en lo cierto. Tampoco me voy a olvidar cuando nos dijo, para sorpresa de la clase entera, “que leer mal es una forma de conocimiento”. No solo escribimos mal, sino que además leemos mal. Eso nos daba una gran ventaja, por lo menos en la Universidad. Y ahora que lo pienso, una gran ventaja para la vida en este país, echa de tumbos y contratiempos, y mucha obsecuencia. Hay que seguir ensayando. Termino, ahora sí: en estos días se ha escrito mucho sobre Horacio. Cada una de estas semblanzas es la mejor prueba del amor que nos convidó Horacio. No estoy de acuerdo que Horacio nos haya dejado solos, y mucho menos, que haya terminado con él una manera de escribir, leer, dar clases. Horacio no tenía discípulos, pero lo consideramos nuestro maestro. No creo que haya dejado un vacío, al contrario, supo multiplicar las voces, poblarnos de presencias: una comunidad de amigos desperdigados por muchas ciudades, cada uno o una de los cuales con su propia biblioteca, sus temas, rayes, obsesiones. Pero todos nosotros con la dedicación y el entusiasmo que supo transmitirnos Horacio. No sé si el siglo será delezeano, pero muchos soñamos que sea gonzaleano. Motivo de orgullo para seguir trabajando y levantar una copa en tu memoria Horacio querido.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La Plata, 28 de junio de 2021.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.</span></p>
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		<title>“Si hay violencia que no se note” &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 26 Aug 2021 14:35:55 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Esteban Rodríguez Alzueta sostiene en este artículo que prevenir el delito es esconder la pobreza y la desigualdad social debajo de la alfombra. Si hay delito que no se vea. Si hay violencia habrá que compartimentarla, acorralarla, no dejarla salir del barrio. Pero también, en las sociedades preventivas se oculta el dolor, que se troca por indiferencia o egoísmo, y los fantasmas del doliente se alejan con el mercado del consumo.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph" style="color:#0608e5"><strong>Algunas reflexiones sobre la inmunidad, la indiferencia y la felicidad en las sociedades preventivas.<br></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong><em>Esteban Rodríguez Alzueta sostiene en este artículo que prevenir el delito es esconder la pobreza y la desigualdad social debajo de la alfombra. Si hay delito que no se vea. Si hay violencia habrá que compartimentarla, acorralarla, no dejarla salir del barrio. Pero también, en las sociedades preventivas se oculta el dolor, que se troca por indiferencia o egoísmo, y los fantasmas del doliente se alejan con el mercado del consumo.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Por Esteban Rodríguez Alzueta*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:20px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color wp-block-paragraph"><strong>1.</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong><span class="has-inline-color has-black-color">L</span></strong>a prevención está hecha de anticipaciones, como dice el refrán, <em>mejor prevenir que curar</em>, conviene ser prudentes a tener que lamentarse después. La prevención modificó las maneras de recorrer la ciudad; transformó muchos hábitos, impuso otra sociabilidad, una nueva moralidad para mapear la vida cotidiana. La cultura de prevención no solo constriñe el universo de relaciones, sino que impone la autosegregación: hay que mudarse a lugares agradables, rodeado de verde y sin ruido. Y acá “ruido” quiere decir no solo lejos de la contaminación sonora sino también de la presencia de gente que no sea como Uno. La prevención fomenta una sociabilidad por afinidad, nos encierra no solo en casa sino en barrios privados, pero también en las zonas gentrificadas, en las escuelas privadas, en entornos culturales comunes, en los grandes centros comerciales rigurosamente vigilados. Cada uno en su propia burbuja social. Una forma de vincularse en función de las afinidades, como sucede en las redes sociales. ¿Acaso nuestros amigos o amigas no son aquellos que visten más o menos la misma pilcha, escuchamos más o menos la misma música, frecuentamos los mismos lugares, leemos los mismos libros, nos gustan las mismas series, tenemos las mismas opiniones, votamos a los mismos candidatos? Y si se corre del canon o los algoritmos que nos nuclea, será eliminado de nuestra lista, cancelado. El otro será cacheado, su afinidad será testeada periódicamente, y si se corre de nuestra comunidad afín, habrá que denunciar o rumoriarlo para luego evitar o excluirlo según el caso. El precio de la seguridad, organizada a través de la prevención, es el paulatino aislamiento, un aislamiento que solemos confundir con la identidad.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Eso no significa que no existan espacios donde la gente se junte, incluso masivamente. Un lugar está bueno cuando explota de gente. Pero no es lo mismo encontrarse que amontonarse. Estoy pensando en los recitales o festivales, o en los partidos de futbol, en los actos políticos, pero también en las fiestas y salidas nocturnas. Pero aquí no hay oportunidad de practicar la discusión, solo hay lugar para el aplauso, la ovación y la risa. La gente está feliz tomando birra. No puede escuchar al otro porque la música está muy alta, pero chequea sus redes sociales, mientras pide otra cerveza. Tampoco eso es lo que importa. Entra y sale de la conversación porque sabe que nunca se pierda nada. Nadie llegó ahí para conversar sino para chusmear un rato, intercambiar información sobre el entorno que comparten. La gente grita y se ríe, grita porque si no el que tiene a menos de un metro no lo escucha y porque la cosa se va poniendo cada vez más eufórica, por eso se levanta y va al baño y pide otra pinta. Mientras dure la cerveza le llamarán felicidad, mañana se llamará resaca. Pero eso tampoco es lo que importa, siempre habrá un ibuprofeno o un sertal para aliviar los dolores. Y si no pueden dormir, si la joda los dejó muy arriba o muy abajo, y la angustia los sorprende demasiado pronto, también habrá un rivotril en el botiquín para pasar la noche.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">La seguridad preventiva es muy paradójica, se quiere prevenir la violencia, pero está hecha de violencia también, de agresiones de distinto tipo y calibre, hecha con palabras filosas, balas o patadas voladoras. La prevención no solo implica cámaras de vigilancia, rejas, alarmas perimetrales, botones antipánico o puertas blindadas, también de serpentinas aceradas, alambres electrocutados, vidrios o pinches en las medianeras, perros malos, armas letales, técnicas de autodefensa personal, patovicas y otras restricciones. Se sabe: la casa se reserva el derecho de admisión. Un lugar seguro es un lugar inexpugnable, una trinchera donde parapetarse, resguardar a los idénticos. El mejor entorno seguro es la comunidad afín. El santuario que habitamos cada uno es una fortaleza blindada, una casamata para la comunidad afectiva.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>2.</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Prevenir el delito es esconder la pobreza y la desigualdad social debajo de la alfombra. Si hay delito que no se vea. Si hay violencia habrá que compartimentarla, acorralarla, no dejarla salir del barrio.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Una sociedad preventiva es una sociedad que no solo quiere evitar el dolor o, como señala Byung-Chul Han, que disimula o niega el dolor (propio y ajeno), sino entrenada para esconder las violencias (propias, sobre todo las propias). Las violencias que la rodean y practica, la gran mayoría de las veces, sin darse cuenta. Si hay pobreza que no se note y, sobre todo, que no me toque. Hay una palabra para nombrar esta forma de prudencia, <em>aporofobia</em>: repugnancia y temor obsesivo a la pobreza, a todo aquello que tiene cara de pobre, que se parece a un pobre. Porque, en última instancia, prevenir el delito y sus violencias, es prevenir la pobreza, evitar ser tomados por la pobreza. Vivimos en sociedades cada vez más tolerantes con la diversidad (cultural), pero que son cada vez más intolerantes con la dificultad (social). Aunque como se dijo arriba, cuando la diversidad se encapsula, y se encorsetan y programan los flujos afectivos, sus umbrales de intolerancia se modifican también. &nbsp;&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">El delito y las violencias deberán juzgarse, pero ya no pueden ser pensados, se volvieron cada vez más impensables. Son objeto de indignación, pero nunca de reflexión. Por eso, cada vez que abrimos la boca será para despotricar un insulto, manifestar nuestra molestia. Hablamos de sociedades cada vez más indolentes, entrenadas no solo para no pensar al otro, sino para no sentirlo. Cuando la gente no puede ponerse en el lugar del otro, difícilmente podrá compadecerse. Y si de repente lo vemos frente a nosotros, habrá que acelerar el auto o apresurar el tranco, llamar al 911 o pulsar el botón antipánico. Siempre tenemos una cara fruncida bien entrenada para dedicar a la persona que nos rozó caminado en la calle, o para dedicar a las personas que se corren del canon políticamente correcto. El temor a ser tocado, o escuchar opiniones contrarias a nuestra burbuja, expresa nuestra aversión a la diferencia y la diversidad.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Más aún, cuando la conflictividad social es abordada a través del delito estamos diciendo que aquellos conflictos son un problema policial y judicial. La criminalización, que aventura un juicio negativo sobre los actores apresados con sus categorías, nos impide pensar, embota y detiene el pensamiento. Pero no solo se criminaliza la dificultad social, también se amonestará la diversidad cultural, a veces, a través de la justicia ordinaria y otras veces a través de múltiples formas de justicia que han proliferado en las instituciones y la comunidad. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>3.</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">No hay solidaridad sin dolor. Dejamos de ejercitar la solidaridad porque bloqueamos el dolor, pero también porque nos fuimos volviendo más prudentes, insensibles, porque ya no podemos ponernos en el lugar del otro. La incapacidad para compadecernos es la oportunidad de tomar distancia, aferrarse a la identidad. Insisto: hay una relación de continuidad entre la prudencia y la indolencia, entre la prevención y la afinidad. Actuamos preventivamente no solo para impedir o minimizar los riesgos, sino para evitar ser asaltados por las diferencias. Por eso siempre conviene no salir a la calle sin prejuicios. Siempre andaremos munidos de estereotipos para rellenar lo que no nos interesa conocer. Los prejuicios nos orientan en las interacciones, pero también nos ayudan a evitar al otro y, si es preciso, a delatarlo. Basta reconocer la facha de una persona, ver su color de piel, la edad, o cruzar todos esos datos en nuestra cabeza, para elegir las frases hechas que nos ayuden a despacharlo rápidamente. No quiero ningún contacto, no me interesa nada de lo que está ofreciendo. No alcanzamos a escuchar lo que nos está diciendo para despacharlo con un “no gracias, ya tengo” o unos devaluados billetes que siempre mantenemos cerca o separados para evitar sacar la billetera. Porque la comodidad tiene un precio también y, por suerte, sale demasiado barato. El problema es cuando a los diez minutos cae otra persona con “otro cuento” y nos sorprendemos diciendo “Ya di recién”. Tenemos muchas estrategias para evitar al otro, para prevenir ser tomados por la pobreza.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Salir a la calle se ha vuelto una fatalidad, no solo porque hay que esquivar a la “gente de la calle” sino a los manteros, a los malabaristas, y porque sabemos que nos vamos a convertir en el centro de atención de los mendicantes, vendedores ambulantes, niños y niñas vendiendo pañuelitos, ofreciendo estampitas, pidiendo algunas monedas, todas cosas horribles. Encima, cuando estamos a punto de estacionar el auto llega un trapito. No nos quedará más remedio que darle unos billetes para prevenir que se desquite con el auto. Más vale pagar el estacionamiento que tener que llevarlo al chapista. Y si llegamos a pie, conviene bajar la mirada y acelerar el tranco hasta llegar a destino. Nunca usar el teléfono mientras esperamos el bondi o un taxi. Las distracciones pueden costarnos caro.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">La vida delivery es una alternativa y un consuelo. Mejor seguir el mundo por las redes sociales o el espejito retrovisor. Quedarse en casa viendo alguna serie en Netflix o masajearnos un rato con nuestro presentador de noticias favorito.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">El aislamiento social que se impuso con la pandemia, no es una novedad. Expuso las prácticas aprendidas durante todos estos años. La pandemia refuerza lo que sabíamos antes: Que la gente está llena de virus, que nos pueden contagiar, sobre todo si son pobres; que conviene quedarse en casa viendo la tele; que hay que ser previsores, tomar distancia del otro, hablar poco, acatar sin chistar, no pensar pero estar informados, no discutir pero ser prejuiciosos.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">El precio de la inmunidad no solo es el aislamiento preventivo sino el devenir egoísta, personas que giran sobre sí mismo, sobre la gente como Uno.</p>



<div style="height:27px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-image is-style-rounded"><figure class="aligncenter size-large is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/08/Miedos2-1024x768.jpg" alt="" class="wp-image-8288" width="768" height="576" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/08/Miedos2-1024x768.jpg 1024w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/08/Miedos2-300x225.jpg 300w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/08/Miedos2-768x576.jpg 768w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/08/Miedos2-1536x1152.jpg 1536w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/08/Miedos2-195x146.jpg 195w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/08/Miedos2-50x38.jpg 50w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/08/Miedos2-100x75.jpg 100w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/08/Miedos2.jpg 2048w" sizes="(max-width:767px) 480px, (max-width:768px) 100vw, 768px" /><figcaption><em>Imagen: Miguel Ángel Benjumea</em></figcaption></figure></div>



<div style="height:19px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>4.</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Prevenir es ocultar, no se trata de resolver un problema sino esconderlo, camuflarlo, es decir, evitar que esa situación problemática moleste, joda, perturbe, nos saque de nuestra zona de confort, nos prive de la felicidad enlatada, cuestione nuestro consumo encantado. Sencillamente, el otro desaparece de nuestro radar cuando nos volvemos prudentes. La indiferencia es el resultado de la prevención. La prevención nos vuelve indiferentes cuando nos encierra en casa, cuando nos acorrala en los entornos seguros y gentrificados donde podemos tomar un café o una cerveza artesanal sin ser molestado por nadie. “Nadie” acá, son las personas que no comparten nuestros estilos. Los mozos del lugar tienen órdenes expresas de correr a la gente que mendiga o se dedica a la venta ambulante. Esa tienda, bar o restaurante, son lugares inmunes. No solo se nos vende la campera más piola, el mejor café o la cerveza artesanal, sino la comodidad de no ser molestados por nadie cuando tomamos esa cerveza con la gente como Uno. La sensación de sentirse seguros, alrededor de la gente que comparte nuestras pautas de consumo, no sale gratis.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">El consuelo de llevar una vida prudente, la ansiedad que genera la prevención, es la <em>felicidad</em>. En las sociedades de prevención se nos impone también la felicidad. La felicidad es la otra cara de la indiferencia. Somos felices porque escondemos los problemas debajo de la alfombra, porque lo que nos rodea ya no nos incumbe ni preocupa. Una sociedad entrenada para no ver al otro es una sociedad que hará pivote en torno a la felicidad individual. La felicidad se vuelve un imperativo moral: hay que ser felices, y si no hay felicidad que no se note. Caso contrario corremos el riesgo de ser tachados como gente deprimida, triste, bajonera, es decir, que anda con las defensas bajas y, por tanto, lleno de amenazas. Una persona infeliz será una persona ninguneada, que hay que sortear. No solo debemos ser prudentes, actuar de manera preventiva para evitar los riesgos que asedian, sino ser felices. Como dice otro refrán: <em>“a mal tiempo, buena cara”. </em>Las comunidades afectivas donde se celebra la identidad, son comunidades felices. No solo deben cuidarse entre sí, sino dedicarle una sonrisa. Siempre y cuando comulguen los mismos valores, tengan las mismas creencias, algo que se averigua enseguida por los estilos que tiene, la ropa que viste, el corte de pelo o los clises que utiliza.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Por eso en las redes sociales siempre se ve siempre gente sonriendo, entusiasta, emprendedora, exitosa. Eso no quiere decir que no haya lugar para la indignación. Todos y todas pueden despacharse gratuitamente allí, convertirse en periodistas, sacerdotes, especialistas de cualquier cosa. Pero nadie hará carrera llevando malas noticias al prójimo. Para marcar tendencia basta decir dos boludeces y sonreír siempre en las selfies. En última instancia, todos sabemos que detrás de cada historia quejosa, de cada posteo lleno de indignación, de cada escrache, viene una publicidad o posteo con gente canchera o una foto del amigo o amiga, toda gente bella y sonriente.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>5.</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">No estamos dispuestos a exponer el dolor frente a los otros, por eso hay que prevenirlo con farmacopea o terapias clásicas o alternativas. Pero también disimularlo con el consumo encantado. Consumimos para ser, pero también para estar felices. Cuando la identidad que vamos tallando está asociada a las imágenes que prometen las mercancías radiantes, en el consumo se juega gran parte de nuestra felicidad. No seremos libres, pero estaremos rodeados de electrodomésticos, tendremos el placar lleno de ropa canchera. Si no consumimos quedamos afuera, nadie nos dará pelota, estaremos out, fuera de temporada. Pero lo peor de todo, si no consumimos nos sentiremos mal, corremos riesgos que el aislamiento se viva con desencantamiento y nos gane otra vez la inseguridad. Hay que prevenir el delito pero también la depresión. Por eso el consumo no puede detenerse. Por suerte siempre podemos endeudarnos y pagar en cómodas cuotas esta felicidad con fecha de vencimiento. Porque ya sabemos que estamos rodeados de objetos con obsolescencia programada y percibida. &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Pero salir a consumir, implica ser prudentes. El mundo de sensaciones que rodea a cada una de las mercancías está envuelto en riesgos que hay que aprender a prevenir. Llegamos otra vez a nuestro punto de partida: No hay que regalarse. Aquello que consumimos hay que defenderlo. Salir a consumir es estar dispuesto a defender lo que se ha comprado. &nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">¿Acaso no ha sido esta la lógica utilizada para abordar otros conflictos sociales? Si hay desocupación que no haga piquete, que me deje llegar tranquilo a mi casa; él tiene derecho a expresarse, pero yo tengo derecho a circular tranquilo. Bienvenidos al círculo vicioso donde todas las personas giran sobre sí mismo sin importarles qué le sucede al otro, qué piensa, que dificultades tiene. Para eso pago mis impuestos, para que haya un funcionario que esconda los problemas debajo de la alfombra, para que haya un policía que reprima y mantenga fluido el tránsito, para que se multipliquen los paquetes de fideos en los comederos barriales. Prevenir es contener la pobreza, asistirla con bolsones de comida, facilitar incluso el acceso al dinero con sistemas financieros plebeyos a la altura de su capacidad de consumo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Al fin de cuentas, el mercado es un lenguaje universal. La política o el fútbol nos desencuentran, pero el mercado nos junta. Claro que es un mercado con muchos nichos. Pero lo más importante es que son proveedores de felicidad. Una felicidad que hay que salir a comprar antes de que se acabe. Conviene ser prudentes y evitar que la próxima moda nos encuentre distraídos, porque corremos el riesgo de quedarnos con las manos vacías, desnudos, desprotegidos. Por suerte la temporada de verano la tenemos en vidriera en cada invierno y todavía tenemos cinco meses por delante para ponernos en forma.&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<div style="height:21px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">La Plata, 26 de agosto de 2021.</p>



<div style="height:21px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><br>**La imagen que acompaña el ensayo pertenece al artista español, Miguel Ángel Benjumea, y forma parte de Envases del miedo. Thinking outside the box, un proyecto de intervención en el espacio público.</p>
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		<title>Esa Piedra, de Esteban Rodrígez Alzueta &#8211; Por Fernando Alfón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 05 Dec 2021 17:47:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fernando Alfón]]></category>
		<category><![CDATA[Esa Piedra]]></category>
		<category><![CDATA[esteban Rodríguez Alzueta]]></category>
		<category><![CDATA[Fernado Alfón]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[libro]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://lateclaenerevista.com/?p=8939</guid>

					<description><![CDATA[<p>Fernando Alfón reseña el último libro publicado por Esteban Rodríguez Alzueta, "Esa Piedra. Fiebre de memoria y monumentos decapitados", su libro más vasto, a pesar de su volumen, donde Alzueta indaga sobre sus obsesiones, sus autores preferidos y las citas que más lo han acompañado a lo largo de la vida. Allí la vastedad de este libro: Alzueta volcó lo medular de cada cosa.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Fernando Alfón reseña el último libro publicado por Esteban Rodríguez Alzueta, «<em>Esa Piedra</em>. <em>Fiebre de memoria y monumentos decapitados»</em>, su libro más vasto, a pesar de su volumen, el más pequeño de todos, donde Alzueta indaga sobre sus obsesiones, sus autores preferidos y las citas que más lo han acompañado a lo largo de la vida. Allí la vastedad de este libro: Alzueta volcó lo medular de cada cosa.</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Por Fernando Alfón*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Esteban Rodríguez acaba de publicar su libro más vasto, a pesar de su volumen, el más pequeño de todos. Las ideas ya las bosquejaba en sus primeros ensayos, allá por los albores de los años noventa: los usos de la memoria, las alternativas del olvido, la violencia simbólica. Son sus temas, pero aquí aparecen sin aditamentos ni decorados. Ha indagado tanto en ellos que pudo prescindir de todo lo que les sobra. Leídos entre líneas, están sus obsesiones, sus autores preferidos, las citas que más lo han acompañado a lo largo de la vida. De aquí la vastedad: volcó lo medular de cada cosa.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Schopenhauer anotó que erigir un monumento a quien acaba de morir es como declarar que no nos fiamos de que la posteridad lo recuerde. Rodríguez se pregunta la razón por la que se destruye un monumento, y la respuesta la busca indagando a la vez en la razón que lo levantó. Todo monumento lleva en ciernes el pico de su demolición.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Este libro postula una visión nietzscheana de la memoria: no concederle nada al pasado, si eso implica quitarle algo de potencia el presente. Es indispensable renunciar a cualquier política de la memoria que nos pida, a cambio, mudarnos al pasado. Pero además recoge la ley de las estatuas que proclamó Zaratustra, al advertirle a los iconoclastas que toda estatua caída renacerá aún más viva, para convertir el desprecio en belleza y agradecer que se la haya intentado sepultar en el fango.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Hay una imagen que Rodríguez usa muy a menudo —en este y en otros de sus libros—: el pasaje inicial de <em>El dieciocho brumario de Luis Bonaparte</em>, donde Marx advirtió que «la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla la conciencia de los vivos». Marx citó el <em>Evangelio según San Mateo </em>para curarse de esa opresión: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos»; pero la frase era algo hamletiana, pues los muertos en los que Marx estaba pensando reaparecían en forma de espectros, y no eran muy locuaces: hablaban lento y de forma enigmática. No es fácil saber lo que nos quieren decir. Más bien nos llenan de interrogantes; «los vivos se empeñan en silenciar a los muertos, pero el rumor que brota de una tumba aterroriza a una ciudad entera» (<em>Moby Dick</em>, 1851)</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En la página 70 de <em>Esa piedra</em> encontramos la reproducción de un decreto de Lenin de 1918, en cuyo primer artículo leemos: «Los monumentos erigidos en honor de los reyes y de sus servidores y que no ofrezcan interés histórico ni artístico deberán ser retirados de las plazas y calles [&#8230;]». He aquí una cuestión tangencial del libro, que si ponemos en el centro, quizá, podamos terminar de comprender la dinámica de las estatuas. Esa cuestión es la pregunta por su valor artístico. La suerte última de una estatua, ¿no está librada a ese valor? ¿Qué sucede con aquellas que, ya sea la de un jefe político o de una divinidad pagana, ostentan <em>una forma</em>? La cuestión ya ha sido pensada. Intentaré evocarla.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">A principios del siglo XIX, en Londres, en una de las salas del Museo Británico, el poeta John Keats quedó atónito ante la escultura del arte griego y luego de ver una urna, concibió aquellos célebres versos que dicen:</p>



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<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">«Beauty is truth, truth beauty» —that is all</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Ye know on earth, and all ye need to know.</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">«La belleza es verdad; y verdad, la belleza» —eso es todo</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">lo que sabemos de este mundo, y no hace falta saber más.</p>



<div style="height:30px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-full"><img decoding="async" width="776" height="776" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra.jpg" alt="" class="wp-image-8941" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra.jpg 776w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra-300x300.jpg 300w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra-150x150.jpg 150w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra-768x768.jpg 768w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra-146x146.jpg 146w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra-50x50.jpg 50w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra-75x75.jpg 75w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra-85x85.jpg 85w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2021/12/piedra-80x80.jpg 80w" sizes="(max-width:767px) 480px, (max-width:776px) 100vw, 776px" /></figure></div>



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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">La urna de Keats fue imaginada, pero a partir de las urnas concretas en las que vio leyendas ancestrales, dioses, héroes, mujeres hermosas, raptos delirantes, fugas y éxtasis salvajes. ¿Qué eran todas aquellas representaciones que, no obstante haber sido hace tiempo, seguirían eternamente siéndolo?</p>



<div style="height:20px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Thou silent form dost tease us out of thought</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">As doth eternity! Cold Pastoral,</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">When old age shall this generation waste,</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Thou wilt remain&#8230;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">¡Tú, silenciosa forma, excedes nuestro pensamiento</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">como la eternidad! ¡Oh, fría Pastoral,</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">cuando el tiempo destruya a nuestra generación</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">tú permanecerás&#8230;</p>



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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En otra sala del Museo Británico, pero algunos años más tarde (1857), Karl Marx también se encontró con esta <em>atemporalidad del arte griego</em>, pero no quedó atónito, pues creyó que, a diferencia de Keats, aquello no era eterno por razones inherentes a las obras, de las que sí se podía saber algo más. Todo eso que creyó saber lo anotó en un cuaderno. Murió en 1883 y su manuscrito hubiera quedado en silencio si más tarde, durante los primeros años de la segunda Gran Guerra, no se hubiera publicado junto a otras tantas notas inéditas, en Moscú, bajo el título de <em>Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie (Rohentwurf) 1857-1858</em>. Esa edición moscovita es algo inhallable, pero la recoge el volumen 42 de las <em>Marx-Engels Werke</em>, editado en Berlín. Marx se preguntó por qué aún hoy, en plena vigencia de un modo de producción moderno, el arte griego nos seguía gustando y sirviendo de modelo. El tema le era muy caro a su doctrina, pues la teoría de la correspondencia —cada época comprende y aprecia solo lo que la época produce— ahora tenía, en el arte griego, una extraordinaria excepción. Puesto que no era posible la existencia de Aquiles, con la pólvora y las balas; ni la <em>Ilíada</em>, con la prensa o la mera impresora; ¿por qué, no obstante, Aquiles nos seguía hechizando; por qué seguíamos leyendo la <em>Ilíada</em>? Marx tuvo ante sus ojos estas preguntas, pero amenazaban de tal modo su doctrina que prefirió desbaratarla. He aquí su respuesta: el arte griego no sobrevivió sino como anhelo de una época gloriosa, pero irremediablemente perdida. Un hombre no puede volver a su infancia, pero suele ponerse infantil. Cada vez que volvemos a Homero, a Sófocles, a Safo, visitamos el parque de diversiones donde fuimos niños.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En esos mismos años en que Marx tomaba en Inglaterra sus notas sobre el arte griego; en Francia, Théophile Gautier escribía «L’art» (1858), donde reaparece el problema que se proyecta ante todo aquel que quiera derribar una estatua, ¿qué se demuele junto con la piedra? Esa obra ya no es solo la representación de un caudillo, de una batalla emblemática, de un dios antiguo. No podemos saber <em>qué</em> significa, pues sus sentidos se han expandido.</p>



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<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Tout passe. — L’art robuste</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Seul a l’éternité.</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Le buste</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Survit à la cité.</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Todo pasa.</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Solo el robusto arte perdura.</p>



<p class="has-text-align-center has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">El busto sobrevive a la ciudad.</p>



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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Sobrevive, entonces, porque se disipó el sentido con que los creadores del busto lo emplazaron. Si es de Napoleón o el enemigo de Napoleón, y recordamos la polémica que los aquejaban, es probable que queramos derribarlo. Muchos querrán hacerlo, incluso, para recobrar la paz. «¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso!» (<em>Quijote</em>).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Veamos, para terminar, el ensayo más emblemático del libro, «Roca», donde Rodríguez suspende la distancia del retratista y adopta el pulso energético del aguafuerte. «Por eso quisiera discutir estas propuestas desmonumentalizadoras. [&#8230;]. Si lo que tanto preocupa es la reserva de racismo social, dudamos que se deconstruya retirando esos monumentos». Rodríguez sugiere algo mejor; sugiere que dejar en pie una estatua, también es una forma de olvidarla. Al fin y al cabo, la estatua no es tanto la piedra, sino la voluntad colectiva de sostenerla. Veámoslo de esta otra manera. Si en una serie donde están todos los mandatarios de la Argentina, retiramos a uno —por la razón que fuere—, esa ausencia intensifica su presencia. La mirada se detendrá ahí y preguntará, ¿qué había en ese lugar? Es raro que la izquierda no lo haya advertido, teniendo en «Esa mujer» de Rodolfo Walsh una demostración eficaz del recurso. Evitar el nombre de Eva, en este caso, es una forma de agigantarlo. «No hay nada que imprima algo tan vívidamente en nuestra memoria como el deseo de olvidarlo», leemos en uno de los ensayos de Montaigne. Querer olvidar a alguien es pensar en él.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Rodríguez no incita a levantar ni a destruir ningún monumento; tampoco se ofende con la construcción de alguno nuevo o la profanación de los viejos. Exhorta, aunque desenfadado, a incrementar los sentidos del monumento, a participar de las capas de sentido que se le van sumando; desplazándolo de lugar, adosándole un contra-monumento a su lado o corrigiendo alguna palabra en la lápida. «A fin de cuentas, no hay verdad, sino voluntad de verdad». En este tipo de frases, lector, podrá dar con la vastedad de <em>Esa piedra</em>.</p>



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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">La Plata, 5 de diciembre de 2021.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>*Escritor y ensayista.</em></p>
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