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	<title>Semiocapitalismo archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>Semiocapitalismo archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>El mundo no existe… son los signos &#8211; Por Claudio Véliz</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Jun 2020 14:34:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Claudio Veliz]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
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		<category><![CDATA[Neoliberalismo]]></category>
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		<category><![CDATA[tecnologías digitales]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Claudio Véliz afirma en este artículo que nos hallamos ante el inédito desafío de producir una nueva forma de hibridación entre la técnica y la vida humana que, en las antípodas de la actual colonización de la psiquis y la cultura, logre poner a las tecnologías al servicio de los vínculos comunitarios, las pasiones democráticas, las políticas de la reparación y el cuidado.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/el-mundo-no-existe-son-los-signos-por-claudio-veliz/">El mundo no existe… son los signos &#8211; Por Claudio Véliz</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Claudio Véliz afirma en este artículo que nos hallamos ante el inédito desafío de producir una nueva forma de hibridación entre la técnica y la vida humana que, en las antípodas de la actual colonización de la psiquis y la cultura, logre poner a las tecnologías al servicio de los vínculos comunitarios, las pasiones democráticas, las políticas de la reparación y el cuidado.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Claudio Véliz*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>El <em>semiocapitalismo</em> o la era de la abstracción generalizada</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las tecnologías digitales del siglo XXI en su conjunción explosiva con las exigencias disgregantes del neoliberalismo, lograron instaurar un nuevo (¿y definitivo?) aniquilamiento de la referencialidad, que extrema y radicaliza los planteos de sus tímidos antecesores: el sistema <em>diferencialista</em> saussureano, la semiosis infinita peirceana, las emisiones realizativas-performativas de Austin y Searle y la <em>con-fusión</em> entre lenguaje y mundo que enarbolaba el <em>giro</em> lingüístico. En un libro tan riguroso y erudito como desolador (1), el escritor italiano Franco Berardi sostiene –siguiendo al crítico francés Jean Baudrillard– que en tiempos de extrema financiarización de la economía y circulación virtual del dinero, todo es considerado según su valor de intercambio y ya no de su utilidad concreta. De un modo similar a lo que ocurre en la esfera del mercado, en el universo de la comunicación, el lenguaje solo es valorado y comercializado como <em>performance</em>. Así, lo que se pone en juego en los lenguajes comunicacionales no es su valor de verdad sino su <em>efectividad</em>, no su <em>hermenéutica</em> sino su <em>pragmática</em>. En esta etapa de la (pos)modernidad capitalista –que Berardi designa como <em>semiocapitalismo</em>–, el signo pierde toda referencialidad y se desplaza en una espacialidad abstracta, en la absoluta virtualidad. Los significantes se autonomizan de todo anclaje (de toda <em>producción</em> significativa sustentada en representaciones, designaciones, alusiones, etc.) para producir artificialmente contenidos inmateriales, fluctuantes, frágiles, al igual que los flujos siempre inestables del capital financiero. Al evaporarse por completo “la cosa” (señalada por esa imagen que “se pone en su lugar”), ya no es necesaria ni deseable una argumentación que dé cuenta (interprete, critique, valore) los desplazamientos sígnicos. De este modo, tal como sugiere Ricardo Forster (2), los sujetos se sienten impulsados por fórmulas vacías y abstractas que impactan en su sensibilidad y en su dimensión afectiva; se vinculan con el “mundo real” a través de signos liberados de su función representativa. Esta circunstancia inédita (cuya novedad obedece al <em>encuentro</em> entre los aparatos de captura del neoliberalismo y la digitalización de la vida) habilita no solo la posibilidad de que todo pueda ser dicho, sino también la eventualidad de que cualquier delirio inverosímil pueda convertirse en verdad irrefutable en virtud de la potencia repetitiva de la que disponen las usinas mediáticas. Lo más peligroso de esta pesadilla (que irrumpe en nuestra vigilia) –continúa diciendo Forster– es que tanto “la dimensión real como imaginaria de este trastocamiento de la materialidad en abstracción, acabe por ser aceptada como efectiva ‘realidad’ sin chances de sustraerse a una colonización cada vez más profunda” (Ibíd.: 160). En ausencia absoluta de ese “algo” al que los signos se refieren (hacen <em>referencia</em>), la ficción semiótica se instaura como la única materialidad existente. En el siglo XXI, se han consumado –dice Berardi– las tres modalidades de la abstracción: la primera corresponde a la subsunción del trabajo en la mercancía; la segunda, a la absorción de las cosas y los cuerpos por la acción de los <em>bites</em> informativos; y la tercera, al proceso mediante el cual la valorización financiera del capital se desvincula de toda necesidad productiva (física o semiótica de bienes). En estas coordenadas nos hallamos hoy, en este “instante de peligro” a partir del cual se abren (solo) dos posibilidades: una resignación complaciente (e incluso placentera) o una resistencia activa, creativa y transformadora en todas las esferas de la vida.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong> </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>La revolución neurolingüística</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El <em>semiocapitalismo</em> es el punto máximo de virtualización del capital impactando de un modo directo y fulminante sobre individuos que viven al interior de realidades artificiales (la “sociedad-pantalla”), atravesados por la descorporeización de los vínculos intersubjetivos. Para Berardi, la aniquilación del “mundo” fue posible en el preciso momento en que el capital pudo prescindir de la producción de cosas útiles, para concentrarse (casi exclusivamente) en la dimensión virtual de la circulación monetaria cuyo soporte técnico es la velocidad y la desmaterialización de la información. Así, el capitalismo en la era neoliberal no se contenta con devastar lo “real” (los cuerpos, las cosas, los argumentos, etc.) sino que también despoja a los sujetos de una reflexividad crítica que les permita comprender los mecanismos de dicha dinámica; los priva de cualquier posibilidad de intervención ética y política capaz de transformar un orden invisibilizado por la trama no-referencial. Este devenir a-significativo de un capitalismo sin-mundo (quizá deberíamos decir <em>in-mundo</em>), esta asfixia de la comprensión por parte de sujetos inermes e indefensos, es directamente proporcional –me valgo, una vez más del texto de Forster– a la complejidad tecnológica que posibilita el desplazamiento del capital financiero por el éter informacional. La digitalización de los aparatos comunicacionales inhibe la crítica y la reflexividad, habilitando la pasividad de sujetos digeridos por la trama ficcional-artificial. Las tecnologías digitales insertan expresiones neurolingüísticas en la esfera de la cognición, en la psiquis colectiva y en las formas amorosas de vida. El “cerebro social” de este tiempo está mediado por dispositivos electrónicos y protocolos lingüísticos inmateriales. Así, a medida que los algoritmos se internan en el cuerpo social, la construcción de poder societario se desplaza desde el dominio de la política, la voluntad o la consciencia hacia el nivel técnico de los automatismos que rigen la generación del intercambio lingüístico y la formación orgánica y psíquica de los cuerpos. Por su parte, los medios de comunicación no hacen más que reproducir la misma lógica de los <em>memes</em> cognitivos, logrando adormecer (saltear) la capacidad reflexiva de los telespectadores, y direccionando su sensibilidad hacia los gestos irritados, las emociones o las respuestas furibundas. De este modo, cualquier acción argumentativa permanece bloqueada.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://cdna.artstation.com/p/assets/images/images/008/001/076/large/arnald-andujar-virtual-reality-final-comp-01.jpg?1509835860" alt="ArtStation - Virtual Reality, Arnald Andujar" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Tal como lo define Berardi, el <em>semiocapitalismo</em> es una particular configuración de la relación entre lenguaje y economía según la cual, la producción de cualquier bien (material o inmaterial) puede ser traducida como una combinación y recombinación de información (guarismos, figuras, álgebras digitales). Esta semiotización de la producción y el intercambio transforma el entero proceso de subjetivación: la esfera informativa (infoesfera) opera sobre el sistema nervioso de la sociedad afectando a la psiquis y a la sensibilidad (psicoesfera). Las <em>relaciones conjuntivas</em> (corpóreas, materiales, directas) dejan paso a las <em>relaciones conectivas</em> (mediadas por las tecnologías). Este proceso de informatización del mundo produce una estética de despreocupados consumidores, se corresponde con la despolitización de la vida, y excede ampliamente la “cultura de la imagen” para penetrar en los laberintos del lenguaje hasta atrapar su núcleo más profundo e inconsciente. Así, los sujetos <em>son hablados</em> (ya no por la lengua <em>fascista</em>, tal como la definía Roland Barthes sino) por una trama de procedimientos, tecnicismos, artilugios digitales. Si en los entresijos gramaticales de la lengua aún era posible –tal como afirmaba el semiólogo francés– “tenderle trampas” para escapar de su sesgo autoritario y de su confinamiento binario, en la esfera de la conectividad total y de las convulsiones neurolingüísticas, solo nos quedaría recurrir a las “pastillas de la felicidad” para restablecer el equilibrio de los circuitos neurotransmisores. Si nuestra psiquis pudiera ser reducida a contactos neuronales, conexiones químicas, polaridades eléctricas o a un mero proceso de sinapsis (una pretensión que consagraría el triunfo de la utopía neoliberal), solo nos quedaría refugiarnos en las neurociencias y abrazar la consecuente expansión del mercado (psico)farmacológico.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero las tecnologías del vértigo digital –tal como lo expresamos en otro artículo publicado en este sitio (3)– tampoco se detienen ante el <em>bios</em>. Lejos de contentarse con aniquilar la dimensión simbólica y sus conflictivos sedimentos psíquicos, se lanzan a la captura de “la organicidad”, interviniendo en sus procesos biológicos y en sus modalidades productivas hasta reducirla a un mero artefacto: conexiones previsibles y “modelizaciones” digitales expresadas en <em>bites</em> informacionales. Por consiguiente, aun si pudiéramos afirmar (con Peirce) que “solo hay signos en el mundo”, ahora deberíamos agregar que dichos signos reniegan de sus desplazamientos significativos para devenir <em>matemas</em>, cálculos, ecuaciones, sin dejar de acudir a la iconicidad audiovisual indispensable para consolidar un entramado afectivo atravesado por las “pasiones tristes” y señalizado por <em>memes</em>, <em>stickers</em>, <em>emojis</em>, <em>gifs</em>.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>La persistencia de la ideología en un mundo ¿<em>postideológico</em>?</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Si aún nos interesa defender (con absoluta convicción) la pertinencia del criticismo filosófico, de la teoría psicoanalítica y de la sabiduría popular persistente en Nuestra América es, precisamente, porque todos estos saberes (y <em>sabores</em>) han demostrado acabadamente que tanto en las constelaciones cognitivas, como en los laberintos del aparato psíquico, como en los hedores, memorias y “estructuras de sentimiento” de nuestros pueblos, late una <em>exigencia</em> rebelde que no cesa de resistir a su captura. Pero también porque creemos necesario advertir y denunciar el sesgo <em>socialdarwinista</em> y la impronta depredadora y autodestructiva de una “lógica” (neoliberal) pretendidamente <em>postideológica</em> que se escuda en la falsa neutralidad tanto de las tecnologías digitales como de las racionalidades mercantiles.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Tal como sostenía el filósofo francés Louis Althusser, la (tan denostada) <em>ideología</em> no consiste en un simple hechizo, en un velo que debiéramos descorrer o en una falsa conciencia respecto del “lo real”; por el contrario, debiéramos advertirla en las prácticas, en los rituales, en las retóricas discursivas, en las prescripciones normativas, e incluso en los gestos, los afectos y las percepciones. Por lo tanto, más que intentar deshacer la fantasmagoría para acceder al “mundo verdadero” (como si, por otra parte, el entramado conectivo de las pantallas y las tecnologías digitales fuera una mera ficción ilusoria), debemos emprender un combate contra todas esas prácticas, esas rutinas, esos automatismos y esos circuitos afectivos que <em>producen</em> aquellos sentidos no-referenciales, aquellas reacciones trémulas, aquellas adhesiones irracionales y acríticas, como el único <em>mundo visible-posible</em>; al mismo tiempo que obturan la capacidad reflexiva, la riqueza cognitiva, las pasiones alegres, los contactos corporales, los saberes y solidaridades que habitan las barriadas populares.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Al menos por ahora, no creemos oportuno abandonar el “terreno enemigo”: ese escenario delimitado por la cloaca reticular (jerarquizada y asimétrica) que diseñan los gigantes tecnológicos, y también por las operaciones mediáticas pergeñadas desde posiciones oligopólicas. Aun en ese campo minado que nos toca transitar, es preciso cavar una trinchera para darles batalla. Si la lengua se redujo a la brevedad y la fugacidad del <em>meme</em> y el algoritmo, habremos de imaginar otros modos de “tenderle trampas”: suspender el vértigo, detener el bombardeo, complejizar la banalidad, callar el ruido, oponerle un argumento a la convulsión, una reflexión a la fórmula sin contenido, una crítica al estereotipo y a la oquedad militante. Nos hallamos ante el inédito desafío de producir <em>una nueva forma de hibridación</em> entre la técnica y la vida humana que, en las antípodas de la actual colonización de la psiquis y la cultura, logre poner a las tecnologías al servicio de los vínculos comunitarios, las pasiones democráticas, las políticas de la reparación y el cuidado. Habremos de resistir a la insoportable volatilidad del artificio y a la astucia demoledora de los circuitos integrados, persistiendo en todas aquellas prácticas y disposiciones que resultan inasimilables para las arquitecturas cibernéticas de los artefactos digitales y mediáticos: los diferimientos, los sentires duraderos, las construcciones colectivas, los lenguajes políticos, los devaneos filosóficos, la irrenunciable predisposición a dejarnos invadir por la alteridad.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Referencias: </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">(1) Berardi, F. (2017): <em>Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva</em>, Caja negra, Bs. As.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">(2) Forster, R. (2019): <em>La sociedad invernadero</em>, Akal. Bs. As.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">(3) Véliz, C. (2020): “De las ‘muertes del hombre’ al mundo posthumano”: <a style="color: #000000;" href="https://lateclaenerevista.com/de-las-muertes-del-hombre-al-mundo-posthumano-por-claudio-veliz/">https://lateclaenerevista.com/de-las-muertes-del-hombre-al-mundo-posthumano-por-claudio-veliz/</a></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 22 de junio de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">* Sociólogo, docente / <a style="color: #000000;" href="mailto:claudioveliz65@gmail.com">claudioveliz65@gmail.com</a></span></p>
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		<title>Verdades posverdaderas. Entre el barro, la sangre y el disparate &#8211; Por Claudio Véliz</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Jul 2020 21:03:52 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Claudio Véliz afirma en este artículo que durante los últimos cuatro años de saqueo, nuestro país se convirtió en un gran laboratorio de las prácticas, eslóganes, retóricas y estereotipos posverdaderos, dispositivos eficaces del semiocapitalismo  que se ha valido de un nuevo y original régimen de veridicción sostenido por las violencias del poder, la legitimidad que les brinda la normalización del no-saber y la inédita, en virtud de su eficacia invasiva, artillería mediática.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/verdades-posverdaderas-entre-el-barro-la-sangre-y-el-disparate-por-claudio-veliz/">Verdades posverdaderas. Entre el barro, la sangre y el disparate &#8211; Por Claudio Véliz</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Claudio Véliz afirma en este artículo que durante los últimos cuatro años de saqueo, nuestro país se convirtió en un gran laboratorio de las prácticas, eslóganes, retóricas y estereotipos posverdaderos, dispositivos eficaces del semiocapitalismo  que</em></strong><strong><em> se ha valido </em></strong><strong><em>de un nuevo y original régimen de veridicción </em></strong><strong><em>sostenido por las violencias del poder, la legitimidad que les brinda la normalización del no-saber y la inédita, en virtud de su eficacia invasiva, artillería mediática</em></strong><strong><em>.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Claudio Véliz*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong> </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Pereza, cobardía y régimen</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Creemos pertinente aclarar que el objeto de este artículo no es ensayar una reflexión sobre el problema (científico y filosófico) de la <em>verdad</em>, un concepto que ha sido abordado de los modos más diversos: como fundamento, origen, meta, correspondencia, adecuación, acontecimiento, corolario del poder, coherencia, utilidad, chispa, roce, relámpago que “hace justicia”, <em>fantasía exacta</em>. Muchísimo menos quisiéramos realizar un recorrido por la inabarcable multiplicidad de tradiciones que han teorizado infatigablemente al respecto. Sin duda alguna, dichas polémicas han constituido la gran obsesión del pensamiento filosófico desde la emergencia de nuestro lenguaje verbal-simbólico. Lo que aquí sí nos interesa es detenernos en dos hallazgos teóricos que, según nuestro criterio, nos permiten una muy interesante aproximación a eso que consentimos en designar como <em>posverdad</em> y que coincide con la actualidad del <em>semiocapitalismo</em> en tanto consagración de la virtualización financiera y de la radical autonomización de los signos (es decir, que se corresponde con la absoluta aniquilación de la referencialidad). Nos estamos refiriendo a las consideraciones kantianas sobre la “ilustración” y a la idea foucaultiana de “régimen de veridicción”. Ambos instrumentos conceptuales contribuyen notablemente –es lo que venimos a sugerir aquí– a desentrañar (quizá debiéramos decir: a <em>deconstruir</em>) la inédita trama de (sin)sentido que nos habita, organiza nuestros afectos y orienta los deseos y decisiones de los frágiles espectadores.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En uno de sus textos más recordados (1), el filósofo alemán Immanuel Kant afirma que la ilustración consiste en “la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad”, de su inmadurez, de su incapacidad para valerse por sí mismo. E inmediatamente nos recuerda que dicho estado de minoridad no está vinculado con la carencia de entendimiento (tal como solían aseverar varios de sus discípulos iluministas) sino con la falta de valor y decisión para “atreverse a saber” (he aquí el lema de la ilustración kantiana); por consiguiente, la tutela está relacionada con la pereza y la cobardía y no con la tosquedad o la vulgaridad. Los maestros y sacerdotes que guiaban el pensamiento en tiempos de Kant (un ejercicio que en la actualidad está reservado a la compulsión repetitiva de las instalaciones mediáticas y de sus impunes opinólogos) siempre han procurado, obsesivamente, convertir a sus interlocutores en perezosos subalternos, en seres incapaces de “caminar solos”, de asumir una posición crítica frente al mundo que les toca habitar. Si al pueblo se lo dejara en libertad –afirma Kant–, si se relajaran los controles tutoriales, su “deseo de saber” resultaría indetenible. Si no se utilizaran los más diversos instrumentos para mantener a los hombres en la minoría de edad –continúa–, ellos saldrían, gradualmente, de dicho estado de ignorancia inducida. No es en absoluto casual que el “último” Foucault haya recuperado este texto kantiano para repensar su <em>ontología del presente</em> a propósito de los dos últimos cursos dictados en el <em>Collège de France</em>. Fue entonces cuando introdujo el término “régimen de veridicción” para analizar la injerencia de la verdad en el <em>gobierno de la vida</em>, tanto en lo que respecta a los liberalismos de los siglos XVIII y XIX como a los neoliberalismos del siglo XX. A Foucault le interesaba entender sus <em>efectos políticos</em> en los procesos de <em>sujeción</em> y en los de <em>subjetivación</em>; abrevar en la construcción de una “política de la verdad” en un tiempo signado por la conversión del mercado en “matriz de inteligibilidad” de toda acción humana. Así, el régimen de verdad aludía, por un lado, al conjunto de regulaciones, discursos, normativas y prácticas institucionales en los que se inscribe una determinada forma de manifestación “verdadera”, pero también a la coerción que ella misma (consagrada por dichas instituciones) es capaz de ejercer en tanto se la reconoce como tal. Por consiguiente, para que un discurso sea considerado verdadero debe asentarse <em>en</em> y adecuarse <em>a</em> ese régimen de veridicción que lo instituye de ese modo y que lo inviste de un poder de coacción, sugestión y/o fascinación.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://i1.wp.com/revistabordes.unpaz.edu.ar/wp-content/uploads/2020/05/TAPA-2.jpg?fit=1000%2C500&amp;ssl=1" alt="Foucault en medio de la pandemia | Revista Bordes" /></span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Algunas “verdades” de lesa humanidad</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Desde comienzos del presente siglo, venimos asistiendo –para decirlo con Foucault– a un tan original como inquietante “régimen de veridicción” (sin antecedentes históricos) cuyas novedosas herramientas de validación y legitimación del saber son: la repetición sistemática; el vértigo (des)informativo; la posición dominante (de las usinas mediáticas); la sugestiva penetración de las tecnologías digitales; la recurrente desestimación de cualquier modalidad del cotejo, la constatación o la demostración; y, fundamentalmente, el (kantiano) “deseo de no saber”. Aunque en la actualidad, además de la cobardía y la pereza a las que se refería Kant, debamos añadirle el odio y el temor, indispensables para fusionar la argamasa de los “sentidos comunes” que han superado la prueba de esta novedosa modalidad de la verificación. Solo así podríamos comprender que expresiones como las que siguen se hayan constituido en verdades <em>de facto</em> (compartidas, reiteradas, difundidas y amplificadas) para una buena parte de nuestra sociedad: <em>TN puede desaparecer</em>, <em>la Presidenta asesinó al fiscal, su hijo tiene cuentas en el exterior, los comandos iraníes-venezolanos operan desde Cuba, el ministro de Economía cobra un sobresueldo de YPF, se robaron un PBI, van por todo, los derechos humanos son un curro, las mujeres se embarazan para cobrar un plan, el candidato a gobernador es el responsable del triple crimen, se creyeron la ficción del bienestar, La Cámpora está armada, los indigentes de la ciudad cobran por dormir a la intemperie, los vendedores ambulantes nos quitan el trabajo, las cárceles están abarrotadas de paraguayos y bolivianos, no fueron 30.000, los mapuches son asesinos peligrosos, los patriotas estaban angustiados, el kirchnerismo dejó una pesada herencia, el canciller le pidió a Interpol que levantara las “alertas rojas” para proteger a los iraníes, desde hace 70 años que la Argentina está mal gobernada, los argentinos no saben votar, los pobres no llegan a la universidad, la presión impositiva en nuestro país es la más alta del mundo…</em> o más recientemente (y desde un lugar más cercano al éxtasis del delirio): <em>el gobierno quiere liberar asesinos y violadores, el virus no existe, la tierra es plana, esto es una dictadura, la democracia está en peligro, nos gobiernan los infectólogos, los hisopados están adulterados, Ramón Carrillo era nazi, Pedro Cahn actúa como un terrorista, inventan cifras para mantenernos encerrados, Alberto quiere matar gente, Villa Azul es nuestro guetto de Varsovia, somos Venezuela, vivimos bajo un gobierno comunista, vienen por nuestras propiedades y autos de alta gama, si tenés dos departamentos, el gobierno se va a quedar con uno, la emisión monetaria provocará más inflación, las escuchas eran legales, Vicentín se va a convertir en un aguantadero de ñoquis camporistas, militantes K rompieron silobolsas, están prendiendo fuego campos y matando gente, los montoneros/terroristas están autorizados a fugar divisas, vienen por nuestra sangre, Cristina mandó a matar a su exsecretario que estaba buscando los tesoros K… </em>y podríamos ocupar miles de páginas con bravuconadas por el estilo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">De ninguna manera quisiéramos desestimar las complejidades de la <em>relación</em> entre el lenguaje, el pensamiento y eso que nos permitimos definir como “lo real”. No adscribimos a la postulación de una absurda “transparencia” entre dichas instancias ni a las exigencias de un pretendido “positivismo objetivista”. Pero tampoco estamos dispuestos a celebrar el reduccionismo de los relativismos filosóficos ni la prisa (posmoderna) de quienes se obstinan por traducir dicho vínculo intrincado como un mero conflicto de poder (como un liso y llano combate de interpretaciones). Aun en el marco de las dificultades que nos plantea la imposibilidad de <em>decir (y pensar) lo real</em>, podemos afirmar que (exceptuando los casos de <em>lesa opinología</em> futurista) ninguna de las aseveraciones que consignamos en el párrafo anterior guarda <em>relación</em> con eso que (de un modo provisional e impreciso) podríamos designar como el “acontecer histórico”: una construcción significativa cuyo registro (siempre impreciso y distorsionante) se constituye a partir de documentos, expedientes, informes, índices estadísticos, fuentes, etc. Ni una sola de todas aquellas fórmulas vacías de sentido resistiría una mínima verificación empírica/histórica/contextual, un breve cotejo respecto de datos, observaciones, experimentaciones, etc.; o para decirlo con un léxico periodístico: ninguna resistiría un simple “chequeo”. Pero además, dichos disparates no descansan en un razonamiento previo, en una trama argumental, en una reflexión detenida sobre el devenir sociocultural. Su fortaleza reside exclusivamente, por el contrario –lo hemos afirmado–, en la repetición sostenida y sincronizada, lanzada desde un sitial de privilegio, y sutilmente direccionada hacia sensibilidades irritables talladas en la fragua de la ignorancia, el temor y el odio administrados.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">He aquí el nuevo “régimen de veridicción” del siglo XXI (la <em>posverdad</em>) que se halla en la encrucijada entre las violencias del poder, la legitimidad que les brinda la normalización del <em>no-</em>saber y la inédita (en virtud de su eficacia invasiva) artillería mediática. El prefijo <em>post</em> (aunque ha generado cierto rechazo en los círculos académicos por su notoria ambigüedad) alude, en este caso, a dos sentidos complementarios: una <em>ruptura</em> (con la verdad en cualquiera de sus expresiones) y la <em>superación</em> de todo intento por alcanzar un saber verdadero. No se trata de una moda ni de la nueva fase de una problemática histórica, ni de una vuelta de tuerca sobre las relaciones entre verdad y poder. La <em>posverdad</em> es la vocación <em>por</em> (y la decisión <em>de</em>) eludir la <em>data</em> que habíamos logrado arrebatarle (trabajosamente) al mundo “efectivo”, para así con-formarnos con el prejuicio que brota de la <em>sujeción</em>: siempre podremos hallar un resquicio en la “realidad” que nos permita corroborar/ratificar lo que sabíamos/creíamos previamente. Nos hallamos, de este modo, frente a un <em>autoengaño</em> absolutamente consciente, deliberado, orgulloso y cobarde. Quizá debiéramos remontarnos a los combates entre Sócrates y los sofistas para hallar, en occidente, una trama análoga a la que nos atraviesa en la actualidad. De todas maneras, cabe recordar que mientras los sofistas fueron refinados expertos en persuasión retórica, nuestros parlanchines odiadores (y he aquí la novedad radical) suelen hacer gala de una terquedad militante, reticente tanto a la erudición como a la “elegancia” discursiva. Ciertamente, este “deseo de no saber”, esta “ignorancia voluntaria” (que nada tiene que ver con la vulgaridad o la rusticidad pretendidamente plebeyas) no es un invento argentino sino uno de los dispositivos más eficaces del <em>semiocapitalismo</em>. No obstante, al igual que como ocurriera con las recetas neoliberales en los 90 o durante los últimos cuatro años de saqueo, nuestro país se convirtió en un gran laboratorio de las prácticas, eslóganes, retóricas y estereotipos <em>posverdaderos</em>.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://1.bp.blogspot.com/-3eAyccsbAi0/XqWGWWqXNVI/AAAAAAAAFYs/m85Y4IypGKA4yhxwQLEds1y9Y7JBfuLgQCLcBGAsYHQ/w600/filosofia_moderna.jpg" alt="Filosofía moderna temprana : De Aquino (1225) a Kant (1804)" /></span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Entre el barro y el deber moral</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Lo que estamos tratando de sugerir es que el neoliberalismo, en su estadio <em>semiótico,</em> se ha valido de un nuevo y original régimen de veridicción (<em>posverdadero</em>) que muy lejos de constituirse a partir de metodologías cognitivas, legalidades cientificistas, modalidades argumentativas e instrumentos de verificación (que en ningún caso vendrían a negar su <em>politicidad</em>), constituye sus <em>verdades</em> a partir de herramientas harto diferentes: la reproducción infatigable y ensordecedora, la fugacidad, la emotividad, el frenesí enloquecedor de los bits informativos, las retóricas pasteurizadas (desembarazadas de memoria histórica y pasiones políticas) la “naturalización” del disparate, el extraño “deseo de no saber”. Un régimen que descansa, al mismo tiempo, en un <em>temor</em> (absurdo e injustificado) frente a la posibilidad (anacrónica e inexistente) de que se instaure una “dictadura comunista” en Argentina (de que el Estado se apropie de mi casa, de mi auto y hasta de mi teléfono celular) (2); en un <em>odio</em> sin concesiones hacia todos sus pretendidos promotores y simpatizantes; y en una pulsión <em>masoquista</em> que nos conmina a preferir el sacrificio más elevado con tal de no ceder a las tentaciones populistas. De este modo, el resentimiento producido por cuatro años de desfalco e inequidad, lejos de “hacer blanco” en los responsables del saqueo (evasores, especuladores, fugadores, endeudadores, formadores de precios, grandes beneficiarios de la timba, etc.), se orienta hacia quienes han procurado ponerles freno (acusados, paradójicamente, por las más atroces calamidades). Sin embargo, ni siquiera este cóctel explosivo de temor, odio, masoquismo e ignorancia voluntaria alcanza para explicar, de una forma acabada, la defensa militante de los victimarios estafadores por parte de sus víctimas estafadas. En un artículo reciente (3), el sociólogo Eduardo Grüner definió como “enigmática perversión” a esa manía que lleva a ciertos sectores sociales (una verdadera <em>seudoclase</em> oscilante de “extremo centro”) a esgrimir una defensa activa del núcleo más concentrado del <em>establishment</em> económico. En virtud de dicha maniobra perversa, quienes más indiferentes se han mostrado frente a la miseria de millones de personas vulnerables (en tanto <em>vulneradas</em>), sienten (y sufren) como una ofensa imperdonable que un gobierno ose controlar los negociados de unas pocas firmas multimillonarias (responsables absolutas por dicha vulnerabilidad pero también por la suerte adversa de sus oficiosos auspiciantes). Para colmo, esta orgullosa defensa masoquista es vivida –continúa diciendo el autor– como un <em>sublime</em> acto de libertad. “Barro mental y moral de esclavos” titula Grüner a su nota. Y quizá (aunque sí necesitemos seguir pensándola y combatiéndola), no haga falta que continuemos pergeñando rigurosos devaneos conceptuales para definir a dicha “enigmática perversión”.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Referencias: </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">(1) Nos referimos al que lleva por título: “Respuesta a la pregunta: ¿qué es la ilustración?” (1784).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">(2) Una circunstancia, que, además, trasunta una extrema ignorancia respecto de las experiencias comunistas “reales” del siglo XX.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">(3) Grüner, E. (2020): “Barro mental y moral de esclavos”, en Revista <em>Ignorantes</em>: <a style="color: #000000;" href="http://rededitorial.com.ar/revistaignorantes/barro-mental-y-moral-de-esclavos/">http://rededitorial.com.ar/revistaignorantes/barro-mental-y-moral-de-esclavos/</a></span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 22 de julio de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Sociólogo, docente / <a style="color: #000000;" href="mailto:claudioveliz65@gmail.com"><em>claudioveliz65</em><em>@</em><em>gmail.com</em></a></span></p>
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		<title>La ley de la ferocidad &#8211; Por Claudio Véliz</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Dec 2022 12:54:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Claudio Veliz]]></category>
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		<category><![CDATA[fútbol y política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En esta nota Claudio Véliz problematiza los vínculos entre fútbol y política con el telón de fondo de la ferocidad extrema desplegada por el neofascismo en la actualidad. Más allá de sus muchas similitudes, las apasionadas adhesiones futboleras no pueden compararse con las decisiones políticas en un mundo en que las relaciones humanas se hallan atravesadas por un sinfín de mediaciones y de dispositivos digitales. </p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/la-ley-de-la-ferocidad-por-claudio-veliz/">La ley de la ferocidad &#8211; Por Claudio Véliz</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-color has-medium-font-size" style="color:#2a07e3"><strong>Jugar con la camiseta equivocada</strong>.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong><em>En esta nota Claudio Véliz problematiza los vínculos entre fútbol y política con el telón de fondo de la ferocidad extrema desplegada por el neofascismo en la actualidad. Más allá de sus muchas similitudes, las apasionadas adhesiones futboleras no pueden compararse con las decisiones políticas en un mundo en que las relaciones humanas se hallan atravesadas por un sinfín de mediaciones y de dispositivos digitales. </em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Por Claudio Véliz*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>La triple alianza del siglo XXI</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">En los últimos años, hemos asistido a una avanzada descomunal por parte de grupos corporativos que han logrado articular, con una eficacia sin precedentes, los flujos del capital concentrado, la intervención de las mafias judiciales y el bombardeo persistente de los monopolios mediáticos. Esta verdadera asociación ilícita desató, sin previo aviso, la nueva guerra de la triple alianza contra un enemigo no solo desarmado sino también vulnerado. Y en un escenario en que el huracán neoliberal allanó el terreno para la desolación, la muy coordinada artillería del bando “aliado” arrasó hasta con el mínimo atisbo de institucionalidad democrática. La paradoja de la Argentina actual es que el <em>estado de excepción</em> (que algunos prefieren considerar un Estado paralelo mafioso) no ha sido decidido por el gobierno de turno sino por el acuerdo espurio de los poderes fácticos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Los integrantes de esta mafia impune organizan sus innumerables operaciones del siguiente modo: espían, persiguen, hostigan, arman mesas judiciales, instauran el <em>lawfare</em>, animan una Gestapo nativa, persiguen a los sindicalistas, proscriben, encarcelan, practican el terrorismo financiero, se sientan sobre los<em> silobolsas</em>, extorsionan, evaden, fugan, exhiben con obscenidad su pertenencia de clase, adoran los gestos cortesanos, bloquean cualquier intento de regulación democrática, remarcan precios, empobrecen, hambrean, se enriquecen con nuestra miseria, horadan la imagen de los líderes populares, desprecian a las mayorías, encienden el odio, prometen ajustes y sacrificios, aborrecen las expresiones plebeyas, las manifestaciones populares, los invencibles lazos solidarios tendidos entre las muchedumbres urbanas. Pero lo más grave y preocupante de todo este despropósito es que, por primera vez en toda nuestra historia democrática, estos miserables han logrado una representación parlamentaria muy sólida y firmemente decidida a defender los intereses concentrados a cualquier costo: una coalición integrada por liberales, radicales, conservadores, neofascistas y progresistas (verdadera reedición de la “unión antidemocrática”) dispuesta a la complicidad, al silencio, al servilismo, a la humillación, a la justificación de las violencias, los delitos, los intentos de homicidio y el saqueo. Pierden inútilmente su tiempo quienes, aun con las mejores intenciones, continúan esperando que los radicales reflexionen o que la izquierda ultraortodoxa exhiba algún gesto de “pragmatismo popular”. El año que viene se cumplirán veinte años desde la asunción de Néstor Kirchner, un tiempo más que suficiente como para que evitemos persistir en los errores de cálculo y en las absurdas ingenuidades.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Los dispositivos de este nuevo fascismo ultraliberal se han empeñado en producir subjetividades capaces de conjugar: resignación, complicidad, ensimismamiento, disposición emprendedora, culpabilidad, autoexigencia, rendimiento ilimitado, pasión por la ignorancia, espíritu sacrificial, desprecio por las construcciones colectivas. Pero, por sobre todas las cosas, dichas usinas se dedicaron a reproducir un sentido común punitivista, a motorizar el deseo de aniquilación, a excitar las pulsiones destructivas. Cuando se logra proyectar, en un otro demoníaco, la absoluta responsabilidad por la impotencia, los fracasos, las dificultades, los obstáculos que nos impiden acceder a los frutos del rendimiento, la exigencia y el sacrificio; solo resta instrumentar el modo de poner “fuera de juego” al agente del mal. Los más osados lugartenientes mediáticos de esta era tanática no han cesado de blandir la exigencia de un país sin kirchneristas, sin sindicatos, sin conflictos sociales, sin pasiones alegres. Y para ello, en una democracia de baja o nula intensidad como la que estamos transitando, todas las violencias (físicas y/o simbólicas) se tornan “válidas”, incluso las prácticas consistentes en apretar el gatillo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Vallar la irreverencia</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Militantes de la tristeza colectiva que agitan insistentemente la reiterada cantinela del “país de mierda” que no han dudado, incluso, en vallar el obelisco para transformar los fervores plebeyos en impotente desesperación por acceder a los abrazos reparadores. En realidad, tiene una larguísima historia la relación de la derecha con el fracaso, la culpa y la inferioridad: fracasamos como nación por no intentar parecernos a nuestros colonizadores ante quienes los vernáculos conservadores se sienten inferiores y, como consecuencia, intentan inocularnos la culpa “por no haber sido”. La pretendida superioridad estética de esa derecha rubia y pálida es la triste contracara de la fortaleza que le asignan a la raza aria. Tal como había demostrado el lingüista ruso Mijail Bajtin hacia mediados del siglo XX, las celebraciones populares pueden operar como inquietante desafío de las jerarquías y de los poderes corporativos. Quizá por ello, los patéticos adalides del punitivismo extremo eligieron abandonar la consabida estrategia de utilizar el mundial como pantalla distractiva para apostar por una maniobra más acorde con las pasiones tristes que promueven hasta el hartazgo. Han llegado a desatar una campaña mediática para convertir al seleccionado argentino de fútbol en una banda de vulgares insolentes, reticentes a respetar el honor de los siempre distinguidos rivales europeos. Nuestros sumisos muchachos se habrían “maradonizado” al transformarse en rebeldes e irreverentes frente a las potencias coloniales y monárquicas, desechando el apacible destino del servilismo y la genuflexión.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Los vínculos entre fútbol y política siempre han sido tan intensos como tumultuosos. De todos modos, es un error equiparar ambas realidades y asumirlas como instancias que nos exigen conductas y actitudes similares. Quizá, el amor por ciertos colores futboleros resulte comparable con las pasiones que movilizan algunos líderes políticos. Sin embargo, no ocurre lo mismo cuando se trata de “inmolarse” a favor de determinadas políticas públicas que benefician a las mayorías al mismo tiempo que recortan los privilegios de un puñado de multimillonarios. En este último caso, lo que (des)orienta nuestras percepciones y voluntades es el sutil y eficaz dispositivo ideológico tendiente a la reproducción de lo establecido, una siniestra maquinaria que hoy se nutre, como nunca antes, de la crueldad, el odio y la furia punitiva. Después de todo, tal como afirmaba el filósofo francés Louis Althusser, la ideología es la <em>representación</em> de una relación imaginaria de los sujetos con sus condiciones de existencia, y su efectividad no reside en la configuración de un “mundo de las ideas” que ocultaría dichas condiciones, sino en cada uno de los rituales y de las prácticas materiales que ordenan y organizan la vida social; por otra parte, gracias a los aportes del psicoanálisis, sabemos que no siempre ni necesariamente, los sujetos desean su emancipación (he aquí la “mala noticia” que vino a espetarnos), e incluso llegan a amar su servidumbre.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Cambio de camisetas</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Si bien los laberintos del inconsciente resultan insondables y no debiéramos confundir su complejísima estructura transhistórica con los vaivenes (históricos) del control social, tampoco convendría subestimar la potencia irrefrenable de la intrincada trama de las mediaciones que atraviesan nuestro presente y que aspiran a la captura plena de aquello que nos instituye como sujetos a partir de la falla, la carencia, la incompletud; una intervención que, si llegara a cumplir su objetivo, nos hallaríamos ante eso que Jorge Alemán suele denominar “el crimen perfecto”. Debemos estar muy atentos a esta distinción entre las pasiones del fútbol y las de la política. En el primer caso, nuestra adhesión nunca será desacertada ya que ningún dato de la realidad podría perturbar los motivos de la apasionada elección futbolera. En cuanto al terreno de la política, el problema surge a la hora de tomar decisiones que redundarán o bien en el bienestar o bien en el desamparo. En una sociedad hipermediatizada, en un mundo virtualizado hasta la frontera misma de la posthumanidad, en el marco de un <em>semiocapitalismo</em> en que los signos se emancipan de sus referentes, en que las ficciones posverdaderas coinciden con el extraño y cruel deseo de no saber, podríamos estar jugando con la camiseta equivocada.</p>



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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Avellaneda, 21 de diciembre de 2022.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">*El autor es sociólogo, docente e investigador (UBA-UNDAV), director general de cultura y extensión universitaria (UTN) /claudioveliz65@gmail.com</p>
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