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	<title>Diego Conno archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>Diego Conno archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>La orquesta de Alberto &#8211; Por Diego Conno</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Jul 2020 23:47:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Diego Conno]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto Fernández]]></category>
		<category><![CDATA[CFK]]></category>
		<category><![CDATA[críticas]]></category>
		<category><![CDATA[Frente de Todos]]></category>
		<category><![CDATA[Hebe]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Zaiat]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Diego Conno sostiene en este artículo que la nota de Alfredo Zaiat, el tuit de Cristina Fernández y la carta de Hebe de Bonafini, fueron intervenciones necesarias para hacer que el presidente dé cuenta del proyecto político del gobierno en relación a las fuerzas que representa. Conno afirma que entre la crítica abstracta desvinculada de las condiciones materiales de existencia de los pueblos y el llamado al silencio para "no hacerle el juego a la derecha", hay un mundo a descubrir para impulsar y fortalecer las fuerzas y los elementos más democráticos del Frente de Todxs.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/la-orquesta-de-alberto-por-diego-conno/">La orquesta de Alberto &#8211; Por Diego Conno</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em><strong>Diego Conno sostiene en este artículo que la nota de Alfredo Zaiat, el tuit de Cristina Fernández y la carta de Hebe de Bonafini, fueron intervenciones necesarias para hacer que el presidente dé cuenta del proyecto político del gobierno en relación a las fuerzas que representa. Conno afirma que entre la crítica abstracta desvinculada de las condiciones materiales de existencia de los pueblos y el llamado al silencio para «no hacerle el juego a la derecha», hay un mundo a descubrir para impulsar y fortalecer las fuerzas y los elementos más democráticos del Frente de Todxs.</strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Diego Conno*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;"><em>Se escribe por amistad</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Interesa aquí la entrevista que le hicieran Nora Veiras y Victoria Ginzberg al presidente Alberto Fernández y que salió publicada el domingo pasado en <em>Página 12</em>. Hay allí un gran texto que debe ser leído en el marco de una importante conversación pública. Se vislumbran cosas interesantes, ideas y palabras que entusiasman, otras que merecen una mayor atención, o que exigen precisiones y demandan capacidad de reflexión. Lo que pareciera quedar claro -aunque quizá aún se deberán discutir los modos y los tonos que nunca son cuestiones menores-, es que la nota de Zaiat, el tuit de Cristina y la carta de Hebe, fueron intervenciones necesarias para hacer que el presidente dé cuenta del proyecto político del gobierno en relación a las fuerzas que representa y que son, a su vez, las que verdaderamente lo sostienen. Siempre es un acto político de gran magnitud que un presidente o un gobierno pueda “dar cuenta de sí”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El debate que ha surgido en torno a la foto del 9 de julio con el llamado G-6, que es la representación del «gran capital” en la Argentina, debiera poder pensarse en su justa medida. El problema no es la foto sino la imagen y su representación, porque sabemos que de imágenes y metáforas está hecho el mundo de la política. No se trata aquí simplemente del carácter simbólico de dicha imagen -aun cuando sepamos reconocer la importancia de toda una simbología del poder de la que alguna vez habrá que hacer su historia- sino de la pregunta que dicha imagen puede dejar abierta acerca de la naturaleza del gobierno y de los modos de salir de la crisis.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Desde luego, la pregunta por la naturaleza de un gobierno siempre es una cuestión compleja, nunca reducible a los liderazgos personales; se deberá dar cuenta de las fuerzas que movilizan las acciones políticas, de las condiciones en que se desarrollan las relaciones de fuerzas, de las políticas públicas que producen, las alianzas que articulan, las ideas que promueven, los antagonismos que generan. La política no es sólo una cuestión relativa al poder o al gobierno, es creación y configuración de nuevos mundos, y disputa agonista por las palabras que los nombran.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Creemos ver en la coyuntura actual, claros y oscuros. El gobierno viene haciendo mucho por los sectores que han sido sistemáticamente precarizados y vulnerabilizados por parte de los sectores dominantes, pero puede que eso tenga sus límites. Nos referimos a lo que Diego Sztulwark ha definido en un gran libro sobre <em>La ofensiva sensible</em> como los límites de la “voluntad de inclusión”. Una política verdaderamente democrática es irreductible al par inclusión-exclusión, debe poder transformar los marcos ontológicos, epistemológicos e institucionales que hacen posible que alguien pueda aparecer como parte del pueblo. En este contexto, la discusión sobre el impuesto a las grandes fortunas junto a la posibilidad de establecer una renta básica universal son dos grandes iniciativas que de ser permanentes podrían dar como resultado una imagen mucho más democrática de futuro.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por otro lado, la idea de volver a activar la economía en lugar de «otra economía» que corre en paralelo a la discusión entre la vuelta a la normalidad y la idea de una “nueva normalidad” es todo un problema. ¿Qué duda cabe que es precisamente la normalidad la que se ha interrumpido por la pandemia, esa normalidad regida por la economía capitalista, la que nos ha venido conduciendo, cada vez más, a una nueva situación de peligro? También la idea de un Estado o un gobierno que se ocupa de otrxs, que sin dudas es un gran paso frente al modo de gobierno neoliberal que hace de la des-responsabilización colectiva y la responsabilización individual el principio de acción de toda su gramática, también encuentra límites infranqueables. Desde una perspectiva que entienda la democracia como forma de vida no solo necesitamos distribuir riqueza sino también distribuir poder. O mejor: <em>necesitamos distribuir o transformar poder establecido precisamente para para avanzar en una distribución más justa y equitativa de la riqueza y de los bienes sociales que toda sociedad produce y de la que toda sociedad depende. </em>Allí es donde emerge la relevancia de la unidad y la organización como el poder de los sin-poder: en la acumulación de potencia plebeya.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Todo esto, entre otras cosas, es lo que necesitamos discutir quienes formamos parte del campo nacional-popular y que apoyamos (in)condicionalmente al gobierno. Porque entre la crítica abstracta desvinculada de las condiciones materiales de existencia de los pueblos y el llamado al silencio para «no hacerle el juego a la derecha», hay un mundo. Ese mundo es el que tenemos que descubrir para impulsar y fortalecer las fuerzas y los elementos más democráticos del <em>Frente de Todxs</em>. La política argentina no es un plano, nunca lo ha sido, es un campo minado que hay que saber desactivar a cada paso sin dejar de avanzar. Tomando la vieja metáfora musical que ha utilizado el presidente en la entrevista que mencionamos al comienzo para caracterizar el modo de gobernar, que a diferencia de su antecesor sí sabe de metáforas y de los problemas que atañen a la lengua, es de suponer que si queremos tocar otra partitura, tenemos que redefinir los lugares y las funciones de la orquesta.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 20 de julio de 2020.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">* <em>Politólogo. Investigador y profesor de teoría política en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional Arturo Jauretche y la Universidad Nacional de José C. Paz. Director de la Revista Bordes. Integrante de Comuna Argentina.</em></span></p>
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		<title>Nosotros, kirchneristas &#8211; Por Diego Conno</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 24 Aug 2020 19:59:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Diego Conno]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[León Rozitchner]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El politólogo Diego Conno sostiene en este artículo que ante las formas más obtusas de la obediencia política y las formas trascendentales de la crítica, quienes se han reconocido en alguno de los sentidos que la palabra kirchnerismo aloja -igualdad, libertad, derechos, democratización, emancipación, justicia social- deben constituir un pensamiento común que pueda componer una militancia social activa desde la pertenencia al kirchnerismo.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>El politólogo Diego Conno sostiene en este artículo que ante las formas más obtusas de la obediencia política y las formas trascendentales de la crítica, quienes se han reconocido en alguno de los sentidos que la palabra kirchnerismo aloja -igualdad, libertad, derechos, democratización, emancipación, justicia social- deben constituir un pensamiento común que pueda componer una militancia social activa desde la pertenencia al kirchnerismo.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Diego Conno*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La política siempre implica una disputa por los nombres, por el tiempo y el espacio, que es una disputa por el lugar y la ocasión en que ciertos nombres pueden ser pronunciados por una lengua política. Nos importan aquí dos palabras intensas y complejas del lenguaje político argentino: kirchnerismo y revolución.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En su libro de 1967 <em>Futuro Pasado. Para una semántica de los tiempos históricos</em>, Reinhart Koselleck, luego de reconstruir el largo desarrollo de los usos de la <em>historia magistra vitae</em> de Cicerón, marca su agotamiento a fines del siglo XVIII. Este agotamiento se debe a una transformación del concepto de historia. La vieja visión cíclica de la historia fue reemplazada por la idea moderna de progreso. El pasado dejaba de ser un reservorio de experiencias que permitía a los seres humanos extraer lecciones políticas y morales. A partir de la Revolución Francesa el futuro tenía que inventarse y dejaba de deducirse de acontecimientos pasados. De alguna manera, esta idea de la historia como progreso atraviesa buena parte del siglo XX que, al decir de Arendt, fue un siglo de guerras y revoluciones. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En un libro de hace un par de años titulado <em>Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria</em>, Enzo Traverso vuelve sobre la fórmula de Cicerón para marcar una nueva mutación del tiempo histórico hacia finales del siglo XX. Según el historiador italiano, el final del siglo XX pareció rehabilitar la vieja fórmula de Cicerón: la democracia liberal -dice Traverso- asumió la forma de una teodicea secular que incorporaba las lecciones del totalitarismo. Pero a diferencia de la <em>historia magistra vitae</em> el pasado desapareció como campo de experiencia y se fundió en un eterno presente sin pasado ni futuro. De este modo, la idea de progreso ha sido reemplazada por un nuevo régimen de historicidad que algunos autores como Francois Hartog llaman <em>presentismo</em>: un presente diluido y expandido que absorbe y disuelve en sí mismo tanto al pasado como al futuro. Esto trajo como consecuencia el surgimiento de la cuestión de la memoria en paralelo con un problema crucial para nuestros modos actuales de pensar la política: el fin de la idea de revolución.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se dirá que el kirchnerismo no hizo la revolución. Y sin embargo, como muchos de los gobiernos populares de América Latina, ha removido los parantes que sostenían una sociedad injusta y desigual, y ha sido capaz de volver a abrir un horizonte de esperanza y emancipación. En un viejo e importante artículo cuyo título evoca de manera muy sugestiva algunos rasgos de nuestro presente, <em>Un nuevo modelo de pareja política</em>, el filósofo León Rozitchner decía que el kirchnerismo había inaugurado una “nueva genealogía de la historia popular argentina”. Una nueva genealogía popular que se expresa de manera paradigmática en la famosa frase pronunciada por Néstor Kirchner en la ESMA y que muchos seguramente recordaremos como una marca indeleble de nuestra identidad política: “Somos hijos de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo”, como intentando recomponer, dice Rozitchner, una especie de fraternidad perdida. Con este gesto se “abrió el lugar a una justicia que no venía solo del derecho: venía desde ese “otro derecho” que es un orden previo a la ley que la violencia sostiene, engendrado desde el cuerpo amoroso de las Madres, no del cuerpo de Estado y del Padre Terrible. Esa es, desde entonces, nuestra ascendencia política.”</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Horacio González recuperó ese importante texto de Rozitchner en su libro <em>Kirchnerismo. Una controversia cultural, </em>en relación a su forma de escritura y de la filosofía como modo de vida. Un modo de vida que, según González, siempre ha sido la de una obra sobre las conciencias emancipadas y las escrituras complejas. Horacio ve en León una especie de modelo de la escritura y la crítica política, una crítica inmanente que se piensa al interior de aquello que critica “mirándolo como habiendo perdido la sensualidad emancipadora al dejarse abarcar por escrituras de sumisión.” Dice Horacio:</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>“Dentro” de Scheler, discute con Scheler, “dentro” de San Agustín discute, con San Agustín. Todos sus contrincantes -también Perón- son citas injeridas en su propia conciencia de sí textual. Su escrito sobre Cristina Fernández, del mismo modo, es el punto alto de una reflexión sobre la persona dramática del sujeto político. En este caso, como parte de la reconstrucción política a partir de una antropología filosófica del orden afectivo, originado en la sensibilidad femenil política como uno de los tantos focos de ataque a las formas de sumisión social.</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Y continúa:</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>“León tiene que aclarar que no es “kirchnerista”, aclaración que no sería necesaria en otros momentos, porque siente, como sentimos todos, que la filosofía realmente hecha al calor de los nombres de la hora, corre el riesgo de ser una parte menuda de los combates en vez de ser el combate más sutil en condiciones de explicar los demás combates.”  </em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Creemos nosotros hoy aquí, que ante las formas más obtusas de la obediencia política y las formas trascendentales de la crítica, se deberá constituir una inteligencia colectiva, un pensamiento común o una intelectualidad de masa que pueda componer una militancia social activa. Podríamos llamar a esto con el viejo nombre de filosofía de la praxis. Quizá, por eso mismo, quienes nos hemos reconocido en alguno de los sentidos que la palabra kirchnerismo aloja -igualdad, libertad, derechos, democratización, emancipación, justicia social- el carácter dramático de la coyuntura actual exige de nosotros reconocernos kirchneristas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Kirchnerismo se vuelve así una especie de cuidado de sí y de otros, un cuidado individual y colectivo, que es un modo de cuidar un nombre propio para volverlo legado común. <em>“Una filosofía hecha al calor de los nombres de la hora”</em>, como decía González, quizá deba ahora sí tomar la ineludible tarea de asumir el riesgo de pronunciar los nombres propios como nombres comunes, porque quizá sea allí, en esa especie de tierra sin promesas donde hoy se despliegan todos los combates.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 24 de agosto de 2020.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">* <em>Politólogo. Investigador y profesor de teoría política en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional Arturo Jauretche y la Universidad Nacional de José C. Paz. Director de la Revista Bordes. Integrante de Comuna Argentina.</em></span></p>
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		<title>La épica &#8211; Por Diego Conno</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 09 Jul 2021 17:49:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Diego Conno]]></category>
		<category><![CDATA[Épica]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Diego Conno sostiene en este texto la necesidad de constitución de una épica para devolverle vitalidad a la política. Épica no solo como narración de un pasado mítico sino como un discurso poético que pueda abrir en el presente un nuevo tiempo histórico por venir.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/la-epica-por-diego-conno/">La épica &#8211; Por Diego Conno</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Diego Conno sostiene en este texto la necesidad de constitución de una épica para devolverle vitalidad a la política. Épica no solo como narración de un pasado mítico sino como un discurso poético que pueda abrir en el presente un nuevo tiempo histórico por venir. </em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Diego Conno*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong> </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><span style="color: #003366;">N</span></strong>o sería del todo equivocado acordar con quienes anuncian el fin de una época. Incluso por momentos pareciera que asistimos en masa, no sin cierta melancolía, a su repetitiva consumación. Este gesto resulta cómodo. Pero <em>¿qué es una época?</em> O mejor, ¿qué es aquello que constituye una época? ¿Una misma cosmovisión? ¿Un conjunto de experiencias compartidas? ¿Un horizonte en común? La pregunta acerca de cómo pensar una época no es un tema menor y ha sido motivo de interés para el pensamiento a lo largo de la historia.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Acaso hemos dicho época cuando de lo que aquí se trata es de la épica? Solo una letra las separa. De pronto resulta que un soplo del lenguaje puede borrar 3000 años de historia. Pero esto no es así. Época y épica se entrelazan como los hilos de una gran tela de araña. Y aún se mantienen a distancia. Las palabras suelen mezclarse en la memoria de los pueblos como ocurre en la memoria de las personas. Pueden perderse, borrarse u olvidarse en el trascurso de la historia. Pero a su vez ella las reclama. Hemos escuchado en otro tiempo la expresión “hacer época”. Bien podría ser ese el destino de una épica. O que sin épica no hay época. Quizás sea ésta nuestra actual paradoja: vivimos en una época sin épica. Dispuestos a una época del abandono.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ahora bien, ¿es deseable abandonar la épica? No lo creo. Si del abandono se trata este puede ser un modo equivocado de abandonarse a una época. Difícil sería pensar una política sin épica, tanto como una vida sin política. Es que sin un discurso cargado de experiencias pasadas y expectativas vitales sobre el porvenir la política corre el riesgo de volverse mera técnica. Entendemos por épica no solo su sentido clásico, es decir, la narración de hechos del pasado muchas veces de origen mítico. Sino la posibilidad de un discurso poético que ofrezca un horizonte por venir. Naturalmente no se trata aquí de hacer un llamamiento a la construcción de un discurso, un relato o una narración <em>ex nihilo</em>. Toda épica se ancla siempre en un tiempo presente, que se concibe como un campo de batalla entre un pasado que reclama justicia y la proyección de un futuro que lo intenta clausurar. De esta lucha en medio de la historia depende el tiempo que viene como redención.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Desde luego no creemos que todo deba hacerse con épica. Si así fuera la vida sería un permanente peligro, una indeseada excepción permanente. Vivir en la incertidumbre es la vida neoliberal. No todo es épico. Existen determinadas rutinas de lo cotidiano, ciertas formas de la cultura, modos de la administración burocrática que son imprescindibles para el funcionamiento social. Para decirlo de otro modo, hay una normalidad que es necesaria para estabilizar los asuntos humanos y otorgar previsibilidad a las acciones y duración a las palabras. La normalidad de la vida normal ofrece un marco para llevar adelante los sinuosos e intempestivos caminos de una vida. Allí no hay ninguna épica. Quizás en el arte y en el amor, como en la política, la épica sea necesaria para introducir en la continuidad del tiempo histórico un mojón que “haga época” en la Historia (dicha así en mayúscula), y en nuestras pequeñas, pero no por ello menos importantes, <em>historias</em>.     </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Recientemente un importante historiador de la cultura al que valoramos -nos referimos al profesor José Emilio Burucúa- ha escrito en el diario <em>La Nación</em> un texto que pretende ser un llamado a “Una épica para la oposición, una épica para la Argentina”. No dejamos de reconocer en él un interés compartido por la cultura y por la vida pública, por el <em>vivere civile</em>. No nos complace, sin embargo, no tanto sus opciones partidarias, por cierto, siempre respetables, como los fundamentos de sus posiciones políticas. “Juntos por el cambio”, el partido por el que se manifiesta a favor nuestro historiador, no solo ha estado muy lejos de lo que podría entenderse como una “épica republicana”, más bien ha hecho todo lo contrario. Ha llevado adelante una política sacrificial de la vida colectiva haciendo de la forma empresa el modelo de todas las formas de la vida social. Esto poco o nada tiene que ver con la gran tradición republicana. ¿Significa entonces que no ha habido épica? En absoluto. “Juntos por el cambio” ha tenido una épica mercadológica mucho más virulenta que la del menemismo. Ha sido la república convertida en una empresa. “República S.A.” podría ser su slogan.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No hace falta volver a Homero -aunque siempre es necesario volver una y otra vez a la lectura de los grandes textos- para comprender que hay una épica en el origen de toda cultura y de toda nación. No hubo tristeza ni melancolía en las luchas independentistas de América Latina que desplegaron los San Martín, los Bolívar, los Artigas, las Juana Azurduy o los Túpac Amaru. Allí hubo épica. También hubo épica durante el siglo XX en las conquistas de los grandes movimientos populares. La hubo en el peronismo, sin dudas. Pero también en el radicalismo y desde luego en el socialismo, en el comunismo y en el anarquismo. Más cerca nuestro la podemos reconocer en Alfonsín, el único presidente de indudable legitimidad democrática que es nombrado en el texto al que nos hemos referido. Aquí sí es posible observar una épica de corte cívico. El consenso de los derechos humanos es un piso que hemos sabido construir. Éste debiera ser el puntapié inicial para profundizar las dimensiones republicanas y democráticas, no para limitarlas. Sin desmerecer las virtudes enunciadas por José Burucúa, de muy difícil encarnación en la derecha vernácula (“probidad en el ejercicio de la función pública, respeto hacia los adversarios, equilibrio y serenidad en sus juicios, claridad y limpidez de propósitos, compromiso con una lucha genuina y duradera contra la pobreza y en favor de la dignidad del pueblo argentino”), creemos, sin embargo, que deberíamos considerar más profundamente, de una manera más extensa y más intensa, lo que entendemos bajo el importante nombre de <em>res</em>pública: gobierno de la ley, cuidado de la cosa pública, libertad como autonomía o no-dominación de poderes particulares, participación activa de la ciudadanía, comunidad como pluralidad, reivindicación del espacio público como un escenario agonal, autogobierno o soberanía política, justicia social, economía pública al servicio de la sociedad en su conjunto y no sólo de una parte. Pero he aquí lo más importante: la constitución del pueblo como el sujeto fundamental de la política.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El kirchnerismo ha sabido construir una épica no solo desde el gobierno, que ha contribuido a un segundo momento de civismo, incluso mucho más radical que el anterior, sino que también ha construido una especie de “épica de la resistencia” que ha permitido que las fuerzas populares recuperen el poder. Nuestra situación actual es bien distinta, pareciera primar un discurso que reniega de las grandes hazañas y los grandes logros. Que apela a que “hay que hacer lo que hay que hacer”. Que piensa la política bajo su tamiz más burocrático y de gestión, administrando “lo que hay” bajo la lógica del consenso y la moderación. Desde luego no desconocemos la importancia del trabajo sobre “lo que hay”, una política materialista a diferencia de una idealista siempre trabaja con “lo que hay”, que es mucho, y no con lo que no hay que es infinito. Ni tampoco desdeñamos del consenso ni de la moderación, pero las sabemos tácticas políticas más no estrategia de gobierno, medios y no fin. Por eso celebramos cuando se dijo que “entre la vida y la economía los argentinos elegimos la vida”. Aun cuando no se hayan sacado todas las consecuencias de esta frase, aquí sí hubo épica. Quisiéramos ser claros. Hemos dicho que no todo se hace con épica, pero sin ella nuestra vida política sería mucho más pobre, acaso correría el riesgo de perder sentido. En tiempos de pandemia se dirá que no es tiempo para la épica. Tal vez no a pesar sino justamente por ello lo sea en momentos donde está en juego el fin de una época. Quizás sea momento de recuperar para nosotros lo que aloja y lo que alumbra la palabra vida, en sus formas más radicales de politización como “vida en común”. Lo que en ella aún vibra.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 9 de julio de 2021</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Profesor de Teoría Política de la Universidad Nacional Arturo Jauretche, la Universidad Nacional de José C. Paz y la Universidad de Buenos Aires.</span></p>
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