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	<title>Ciudad archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
	<lastBuildDate>Sat, 05 Sep 2026 13:36:06 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Ciudad archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>Divagación sobre la casa &#8211; Por Diego Tatián</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 05 Sep 2026 11:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Diego Tatián]]></category>
		<category><![CDATA[Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[filosofía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A partir de la experiencia de vaciar la casa familiar, este texto indaga sobre la vida y la muerte de los objetos que el tiempo acumula en una vivienda, e insinúa que el Arca de Noé puede ser una metáfora política.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/divagacion-sobre-la-casa-por-diego-tatian/">Divagación sobre la casa &#8211; Por Diego Tatián</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-0353f4cc854c9c21f1a3a10ddf7694d6 wp-block-paragraph"><strong><em>A partir de la experiencia de vaciar la casa familiar, este texto indaga sobre la vida y la muerte de los objetos que el tiempo acumula en una vivienda, e insinúa que el Arca de Noé puede ser una metáfora política</em></strong>.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a3fadab3a01e2871e4d77d33437f797d wp-block-paragraph"><strong>Por Diego Tatián*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d5e18531e670bd10ca130847a62fe9c1 wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:71px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-dc4d1b3c2fb9e92c7eefdc47717f402a wp-block-paragraph">En un libro reciente llamado «Filosofía de la casa. Espacio doméstico y felicidad», Emanuele Coccia recuerda que hay una muy antigua filosofía de la ciudad -la filosofía política, en efecto, es casi tan antigua como la filosofía misma- aunque, sin embargo, muy rara vez ha pensado la casa (no existe un campo de estudios llamado filosofía de la casa). Alejandría, Atenas, Jerusalén o Roma -aunque no Bagdad o Teherán, tan fundamentales también- han sido objeto y sujetos de una filosofía, pero estrictamente, en cuanto tales, las ciudades son inhabitables. Solo es posible habitar lo que llamamos casas -en rigor, únicamente los <em>clochards</em>, los «sin techo», habitan las ciudades en sentido pleno. Y al hacerlo, testimonian con sus días y -sobre todo- con sus noches la hipocresía de las sociedades en las que viven, según la conocida ironía de Anatole France: «La&nbsp;<em>Ley</em>, en su magnífica <em>ecuanimidad</em>,&nbsp;<em>prohíbe</em>,&nbsp;<em>tanto</em>&nbsp;a ricos como a <em>pobres</em>,&nbsp;<em>dormir bajo</em>&nbsp;los&nbsp;<em>puentes</em>, mendigar por las calles y robar pan».</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9d379d5f126cb4da280cfe5042ef68de wp-block-paragraph">La llamada vida doméstica, en tanto, supone un espacio restringido en el que conviven unos pocos seres humanos (a veces vive solo uno), animales, plantas y una diversidad heteróclita de objetos que forman parte de ella y configuran un ámbito que no admite ser desestimado como algo simplemente «privado» y sin importancia para el «reino de la libertad». Ni concebido apenas como «resto» de lo que Aristóteles llamaba «vida buena» -que sería siempre pública y sucedería fuera de casa: en la plaza, el mercado, la iglesia, el sindicato, la universidad o el cuartel.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3dff9d710eb72a3f506ca319d0fed75f wp-block-paragraph">La invención de la televisión primero, y de las redes sociales luego, han producido una invasión del <em>oikos</em> por la <em>pólis</em> (y al revés), y los ha vuelto realidades homogéneas, o al menos permeadas una por la otra. Sin embargo, en momentos en los que la violencia arrecia y daña las vidas, a veces en modo irremediable, las personas sienten que la casa en la que viven (aunque sean hogares humildes, aunque no puedan pagar la luz, aunque prevalezca el hacinamiento) son lugares de resguardo. Incluso para quienes en tiempos despóticos no abandonan el espacio público y sostienen la lucha democrática exponiéndose a toda clase de riesgos, la casa es un lugar al que volver, un lugar de secreto y de cuidado. Debido a ello, o precisamente por ello, es que una teoría de la casa pone en obra, dice Coccia, «un conjunto dispar de saberes e historias que nos permiten comprender cómo ser felices aquí y ahora».</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f6723b82a7e4f68b404a498d24d2e7d7 wp-block-paragraph">Pensada bajo ese aspecto se sugiere que, más que la localización de una identidad, una casa -cualquier casa- es un agujero negro hacia lo imprevisto, una interrupción del tiempo por anacronías aleatorias, un hueco en la continuidad social, una conversión del espacio en lugar, un sitio de restos migrantes, que podría nombrarse con la expresión que los geógrafos antiguos escribían en los mapas como advertencia de lugares desconocidos e inciertos: <em>Hic sunt leones</em> (aquí hay leones).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-01f30249cee3c6f1b994a7bc3f3c25db wp-block-paragraph">Las casas y las cosas de las casas son muchas veces efectos de migraciones antiguas o recientes: transmiten historias de despojo, de peligro, de expulsiones, de exilios forzados por el hambre, la persecución política o la guerra. Quien debe irse, casi siempre llega con nada, o muy poco, a la tierra de destino. «El trabajador emigrante lleva consigo su propia decisión, los alimentos que le prepararon en casa y que consumirá a lo largo de los dos o tres días siguientes, su orgullo, las fotografías que guarda en un bolsillo, sus paquetes y su maleta», escribe John Berger en «Un séptimo hombre», libro al que pareciera no pasarle el tiempo y que, si bien trata de los trabajadores emigrantes en Europa, permite comprender otras migraciones -incluso las que son simbólicas y sin desplazamiento físico. Algunos de esos objetos siguen su curso y trascienden en el tiempo a sus dueños primitivos, para quienes eran tan sentidos o importantes. Tal vez llegan a las manos de los que nacen después, quienes los reciben con extrañeza o con desinterés (después de todo estuvieron siempre ahí), a veces con gratitud. O como oportunidad para que liberen algo que llevan encerrado desde hace mucho tiempo, un antiguo encantamiento a la manera de los cuentos de <em>Las mil y una noches</em>.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-412647b6d90cb48184cccba68ced9128 wp-block-paragraph">Desde hace algún tiempo, mis hermanos y yo estamos vaciando la casa que había sido de mis padres, y en la que vivimos también nosotros en períodos más cortos o más largos. Una casa grande, pensada para recibir amigos, abierta, que albergó muchos días de fiesta y muchas conversaciones. Hoy está finalmente ya casi vacía: solo quedan dos o tres muebles de estilo, difícil de encontrarles un destino, demasiado grandes para la manera actual de disponer del espacio. El resto, pinturas, libros, cosas, mesas, sillas, vajilla, fotografías, lo repartimos entre nosotros, lo regalamos o lo ofrecimos, en una feria de objetos en el patio de la casa, a quienes muchas veces antes habían ido a ella. Todo llevó demasiado tiempo. La escritora belga Lydia Flem escribió un libro muy bello llamado «Cómo vacié la casa de mis padres», en el que considera las implicancias materiales, emocionales y simbólicas de esa tarea, que agradezco compartir con mis hermanos (no imagino haberla podido llevar a cabo en soledad) y en la que estamos ya llegando al final.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-288098c84ef0046c983e7fa14498d1fc wp-block-paragraph">Alguien que la frecuentaba dijo que la casa de mis padres había sido un museo (en efecto, a mi madre le gustaban las antigüedades), pero yo creo que no era eso sino otra cosa: era un Arca de Noé. La metáfora que con ese nombre consta en el Génesis tiene equivalentes en casi todas las culturas: los libros sagrados sumerios, la mitología caldea, la tradición gnóstica o el Corán refieren a alguna variante de ella. El mandato de Dios a Noé concernía a los animales (e imaginamos que, aunque la narración no lo diga, también las plantas, al menos la vid), que debían ser resguardados de la destrucción para repoblar la Tierra tras el diluvio y continuar así la vida. Sin embargo, aunque aquí no hablamos de seres vivos sino de objetos, creo que esa historia es más adecuada para describir lo que la casa de mis padres atesoraba que la idea de museo. Porque se trata de objetos que, sin perder el aura de los mundos extintos de donde provienen, seguirán su curso para abonar algo que no sabemos, para propiciar otras palabras quizá nunca escuchadas hasta ahora, y para mantener abierto lo imprevisto en las vidas a las que se integran de ahora en más. Una casa es un Arca de Noé que intenta salvar los seres y las cosas que atesora del naufragio del tiempo. No como museo sino como promesa.</p>



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<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="296" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-03-at-10.46.22-1-1024x296.jpg" alt="" class="wp-image-21598" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-03-at-10.46.22-1-1024x296.jpg?v=1788454356 1024w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-03-at-10.46.22-1-300x87.jpg?v=1788454356 300w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-03-at-10.46.22-1-768x222.jpg?v=1788454356 768w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-03-at-10.46.22-1-1536x444.jpg?v=1788454356 1536w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-03-at-10.46.22-1-150x43.jpg?v=1788454356 150w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-03-at-10.46.22-1-480x139.jpg?v=1788454356 480w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-03-at-10.46.22-1.jpg?v=1788454356 1600w" sizes="(max-width:767px) 480px, (max-width:1024px) 100vw, 1024px" /></figure>
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<div style="height:30px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-0c3bf25be2f4c8179b7b41481f369aea wp-block-paragraph">También la que acabamos de vaciar: todo lo que había en ella sigue su curso en otra parte, a excepción de esos dos o tres muebles antiguos que no entran en ningún lado. Y a excepción de algo más, que a mí me resulta muy conmovedor: las enciclopedias. Tantas. Emblema de ese entusiasmo que lleva el elocuente nombre de Ilustración. Como tantas personas desde hace al menos tres siglos, mis padres depositaban en ellas una idea de saber y una confianza en esa idea que ha dejado casi de existir -no únicamente por razones de espacio. Pienso en tantas mujeres y hombres, de tantas generaciones, que en el mundo abrevaron en ellas para desconfigurar un destino de ignorancia y de sometimiento.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-bef3d3feb2ccf2bdfe9fd46b2d6ebc89 wp-block-paragraph">Ahí están, aún, en la casa ya casi vacía, los veintitantos tomos de una edición de la Enciclopedia Británica de los años &#8217;60, doce gruesos tomos del Diccionario Enciclopédico Ilustrado Gran Omeba, una Enciclopedia de Arte Latinoamericano, una Enciclopedia Mundial de la Mujer, la Enciclopedia Monitor, otra llamada Gran Enciclopedia de Latinoamérica, y también fascículos de historia y de literatura editados por el Centro Editor de América Latina, que mi madre encuadernaba para que tuvieran forma de enciclopedias y fueran de fácil consulta. &nbsp;Allí están, mudas, sin encontrar cómo seguir su curso: no es posible conservarlas ni venderlas; ninguna biblioteca pública las acepta, ningún amigo quiere llevarlas. Objetos arrumbados con los que no es posible hacer nada, ya completamente fuera de lugar y de tiempo, que abjuran de cualquier destino posible, como animales que no quieren bajar del arca (también esta hermosa palabra, advierte el diccionario, antes significaba «especie de nave o embarcación» pero ahora está en desuso). Presencias extrañas que se niegan a seguir y que reclaman su mundo, el mundo antes del diluvio, un mundo desvanecido para siempre.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f92a0e2ea203cdc9c2a26aad83e69aaf wp-block-paragraph">Alguien me dice que lo único posible es regalar todos esos volúmenes a quienes los reciclan como papel; quizá ellos, aunque no es seguro, acepten llevárselos. Ninguna otra cosa. No podrían ya dar lugar a nada que no sea su destrucción. Luego de escribirla me detengo en la expresión «dar lugar» y lo que lleva implícito: ocupan mucho lugar, deben dar lugar -a su destrucción y a cosas útiles más pequeñas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e8304b47406ca739e6fa59f10a127955 wp-block-paragraph">Me atrae esa resistencia obcecada, ese rechazo a formar parte de un mundo sin lugar, sin tiempo, sin deseo de saber, sin confianza en lo que las letras hacen <em>en</em> y <em>con</em> las personas, que envuelve a las enciclopedias. Se niegan a seguir pero tampoco les será posible quedarse. Por ahora, simplemente echadas en algún rincón de la casa como bestias exangües que no son necesarias para el mundo que se impone, pero tampoco podrán permanecer mucho tiempo abandonadas donde están. &nbsp;Quizá lleguen a ser la variedad de un Odradek, es decir el resto de algo desaparecido, un objeto cotidiano y familiar sin ningún significado preciso -o cuyo significado ha caído en el olvido-; algo inofensivo e inútil que está junto a nosotros, en la casa donde vivimos, sin que sepamos desde cuándo ni para qué. Por un momento más.</p>



<div style="height:29px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ec2f93f371c350354cfba25d5ee54c5a wp-block-paragraph"><em>[Para María Julia]</em></p>



<div style="height:49px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-bdab48cadec381ee13e0def2e254dc74 wp-block-paragraph">5 de septiembre de 2026.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized is-style-rounded"><img decoding="async" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/01/Tatian-1024x624.jpg?v=1768771801" alt="" style="aspect-ratio:1;object-fit:cover;width:166px;height:auto"/></figure>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-86997aadc3dd5f97c08c35d29319c36c wp-block-paragraph">*El autor es investigador del Conicet y docente de la UNSAM.</p>



<div style="height:30px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" src="https://ci3.googleusercontent.com/meips/ADKq_Nb7bo8O-KWKglhFy6cdS6CtnsWzA57Pq87oGcw6j4Fm2hIO2u7eKHYUHwQKEk9RgtWD5OThdsMYH2S_5bO6S7-JzKMPtl3UxBTpTxhV-K-BRk7n6aH9ew=s0-d-e1-ft#https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo.png" alt=""/></figure>



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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a17f0c610d1b6c643abe513f0e7bf908 wp-block-paragraph"><em><strong>La Tecl@ Eñe</strong></em>&nbsp;viene sosteniendo,&nbsp;<strong>desde su creación en 2001</strong>, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas.&nbsp;Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero&nbsp;<strong>para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con&nbsp;<em>La Tecl@ Eñe</em></strong>. Pueden colaborar con&nbsp;<strong>$5.000</strong>,&nbsp;<strong>$10.000</strong>&nbsp;ó&nbsp;<strong>$15.000</strong>. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3f060961c6692e0b62f54118679cd5af wp-block-paragraph">Tu aporte es importante para seguir adelante.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-faa506705ff6731baed46d69a2cd0bf5 wp-block-paragraph">Muchas gracias.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-711ecc639830526b07951d8466ee2026 wp-block-paragraph"><strong>Alias de CBU: Lateclaenerevista</strong></p>



<div style="height:29px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>
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