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	<title>Yo el Supremo archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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		<title>Augusto Roa Bastos en el naranjal ardiente &#8211; Por Mario Goloboff</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Jan 2023 15:11:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Mario Goloboff]]></category>
		<category><![CDATA[Augusto Roa Bastos]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mario Goloboff escribe esta semblanza sobre el autor de Yo el Supremo, obra mayor que respira muy profundamente la atmósfera de la Argentina a principios de la década del ’70; la Argentina lo marcó, y su texto, sostiene Goloboff, está contagiado de este país, de Buenos Aires, de sus reuniones de café, sus discusiones políticas, culturales y de sus mitos.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/augusto-roa-bastos-en-el-naranjal-ardiente-por-mario-goloboff/">Augusto Roa Bastos en el naranjal ardiente &#8211; Por Mario Goloboff</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong><em>Mario Goloboff escribe esta semblanza sobre el autor de </em>Yo el Supremo<em>, obra mayor que respira muy profundamente la atmósfera de la Argentina a principios de la década del ’70; la Argentina lo marcó, y su texto, sostiene Goloboff, está contagiado de este país, de Buenos Aires, de sus reuniones de café, sus discusiones políticas, culturales y de sus mitos</em></strong>.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Por Mario Goloboff *</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em><em></em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-medium-font-size">En la biblioteca del tío religioso (el obispo Hermenegildo Roa, en realidad tío de su padre, Lucio), había ido creciendo a lo largo de los años la envidiable sabiduría que Augusto Roa Bastos paseaba por el mundo, bajo una apariencia infinitamente modesta. A aquéllos, siguieron la frecuentación de poetas y de narradores escritos y, sobre todo, orales, en español y guaraní, el ejercicio del periodismo, el estudio de la historia y la práctica de la política, el largo exilio que a partir de 1947 (a los treinta años, había nacido en junio de 1917) le tocó vivir en la Argentina, su prolongada estadía en Francia. Hasta el definitivo y tan ansiado retorno a su añorada tierra paraguaya, brújula y horizonte incanjeable de todos sus esfuerzos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Esa sabiduría se prodigó en campos muy diversos de la vida, orientada siempre a la defensa de los pueblos americanos y amerindios, de nuestras lenguas y culturas, de nuestros derechos, de nuestro espacio y de nuestro futuro. En todos esos aspectos, su comportamiento fue ejemplar, sin gestos altisonantes ni lucimientos personales, como quien hace lo que debe, obedeciendo a un mandato interno, no porque esté pensando en sí mismo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Pero donde ella se condensó (tal vez también por mandatos internos, aunque&nbsp; más desconocidos, más ignotos), allí donde se concentró, fue en el ejercicio de la literatura que, entre todas sus pasiones, era su pasión más absorbente y principal: la práctica poética, la ficción, la creación de mundos novelescos, a los que probablemente se proyectó en tempranas lecturas de Don<em> Quijote de la Mancha</em>, de Michel de Montaigne, de Blaise Pascal, de los autores norteamericanos, rusos, italianos y alemanes contemporáneos, de nuestro Jorge Luis Borges, cuyos textos conocía de memoria.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Todo ello le permitió escribir (en la mayor parte de los casos, aquí, en la&nbsp; Argentina), excelentes cuentos, atractivos relatos y novelas y, muy especialmente, una de las mayores obras literarias que ha dado el siglo XX, no sólo, claro está, en lo que hace a América latina sino, por lo que conozco, al menos de Occidente. Me refiero a <em>Yo el Supremo</em>, publicada por primera vez en Buenos Aires, en 1974, y traducida ahora a numerosas lenguas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><em>Yo el Supremo</em> toma un tramo fundamental de la historia del Paraguay, el de la Dictadura Perpetua de don José Gaspar Rodríguez de Francia entre 1814 y 1840, y sus intentos, discutidos y polemizados, por construir una nación próspera e independiente. Es, pues, una novela esencialmente paraguaya, que da cuenta de su pasado y que también se remonta al presente del autor. Escrita en una lengua española deslumbrante, trabajada, descompuesta, recompuesta y enriquecida por la lengua guaraní, pero que, como toda gran creación artística, no deja de transparentar el momento y el lugar en que la misma se realiza, aunque esté referida, en apariencia, a otro lugar y a otro tiempo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Por eso, esta obra mayor respira muy profundamente la atmósfera que vivíamos en la Argentina a principios de la década del ’70, época en la cual imperaba la discusión sobre el destino de América latina y sobre la política nacional y, acompañándolas, abundaban la circulación de los saberes, la discusión teórica, la polémica sociológica, histórica, psicoanalítica y aún semiótica y literaria, hasta sobre las formas mismas de narrar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Augusto Roa Bastos captó como pocos ese clima cultural, y lo infundió a su novela, en la que hay innumerables trazas y huellas del presente y del pasado argentinos, de sus aspiraciones y de sus mitos. Fue, acaso, por esa vía, indirecta, simbólica, poética, que unió en muy alto grado, a través de su persona y de su obra, a nuestras culturas, a nuestros pueblos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Los ‘70 eran entonces el caldo de cultivo de todas nuestras ensoñaciones: el peronismo, creciente y reivindicativo, imperaba por un lado; las izquierdas, por el mismo lado y también por otros; los intelectuales y la fabulación teórica local, por lo común pendientes de qué sucedía en Europa, pero también fértiles, activos, altivos, desparramaban textos y saberes con generosidad inédita. El catálogo de la propia editorial que publicó <em>Yo el Supremo</em>, con dibujos especiales de Carlos Alonso, era una demostración del clima en que vivíamos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Todo ello está presente y actuante en esta novela mayor: don José Gaspar Rodríguez de Francia se dice un león herbívoro, como nuestro conocido General en tiempos de su retorno, pero arenga “conducción” y “verticalidad”; por su boca o la del “compilador” hablan Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, William Shakespeare, Blaise Pascal, Raymond Roussel, los autores del “<em>Nouveau roman</em>” francés, Robert Musil (el de “El hombre sin atributos” o “sin cualidades”); el Supremo imparte a su amanuense Patiño una soberbia “lección de escritura” a la que no son ajenas las lecturas argentinas, atentas y anticipadas de Claude Lévi-Strauss, Roland Barthes, Jacques Derrida; Roa crea un personaje importante de la novela, totalmente construido, “antiguo prisionero de la Bastilla”, Charles Andreu-Legard (anagrama poco oculto del verdadero nombre del profesor cátalo-francés que nos llevó a ambos a Toulouse, Jean L. Andreu, y de nuestro mítico cantor nacional): la Argentina lo había marcado, y su texto estaba contagiado de este país, de Buenos Aires, de sus reuniones de café, sus discusiones políticas, culturales, de sus mitos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">En el 11 de la <em>rue</em> Van Gogh, en el <em>quartier</em> Le Mirail, de Toulouse, moró durante todos los años que van desde 1976 hasta que se volvió al Paraguay. Vivíamos a unos quinientos metros. Le encantaba venir a ver y oír a mi hija menor, Sofía, cuando trabajaba, de chiquita y denodadamente, el violín. Estaba todavía allí cuando nos fuimos, diez años después, lamentando perder su compañía, perder los diálogos siempre enriquecedores con que me había honrado en mi casa o en la oficina de la Universidad que compartíamos, sus proyectos novelísticos que me costaba ciertamente comprender, sus enseñanzas y hasta sus silencios.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Porque también en estos se transmitía la sensibilidad a flor de piel, la preocupación humana, la reflexión ágil, profunda, la acertada inventiva, el humor fino, hiriente, veloz, que nunca le faltaba para burlarse de los demás y en especial de sí mismo. Y el constante acecho del poeta a todos los fenómenos del alma y del mundo, no para “convertir lo real en palabras” sino, como él escribió, acertada, sabiamente, para “hacer que la palabra sea real”.</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Buenos Aires, 24 de enero de 2023.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">*El autor es Mario es escritor y docente universitario.</p>
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