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	<title>palabras archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>palabras archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>El tamaño de las preguntas &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Apr 2020 13:53:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
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		<category><![CDATA[Covid19]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esteban Rodríguez Alzueta nos envía este ensayo sobre la facultad de las palabras para nombrar una realidad que es cada vez más compleja, cruda y amenazante. Palabras que encierran preguntas que tienen la misma capacidad de multiplicarse exponencialmente como el Covid 19 que nos asola.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/el-tamano-de-las-preguntas-por-esteban-rodriguez-alzueta/">El tamaño de las preguntas &#8211; Por Esteban Rodríguez Alzueta</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Esteban Rodríguez Alzueta nos envía este ensayo sobre la facultad de las palabras para nombrar una realidad que es cada vez más compleja, cruda y amenazante. Palabras que encierran preguntas que tienen la misma capacidad de multiplicarse exponencialmente como el Covid 19 que nos asola.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Esteban Rodríguez Alzueta*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;">“No somos libres de evitar la catástrofe, pero en ella hay libertad. La catástrofe es una de las pruebas que nos toca soportar”.</span></p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;"><strong>Ernst Jünger</strong>, en <em>La emboscadura.</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em> </em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Voy a escribir en primera persona, no porque me crea importante, sino porque estoy perplejo, habitando la perplejidad. No quiero ceder a las redes sociales que me conminan a llevar en vivo y en directo mi intimidad. Pero me gustaría convidarles este momento de perplejidad. La perplejidad es un estado de asombro consciente. Y que conste que no digo anonadado o abrumado sino perplejo. Aquello que intuyo no lo puedo asir, se me escapa de las manos y, sin embargo, lo siento porque estoy atorado en sus hilos. Sé que no es la imagen que he estado dando en estas semanas que pasaron. De hecho fui el autor de unos cuantos artículos y algunas charlas donde me presentaba como alguien que sabía dónde estaba parado. Aquello que emergía no me sorprendía o no me podía sorprender o no me permitía estar asombrado. Pero lo cierto es que la perplejidad me ha puesto bajo la sombra, a tener que leer o escribir haciendo un esfuerzo porque las sombras me confunden.    </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No es fácil quedarse sin palabras cuando vivimos de ellas, cuando nos pagan para tallar las palabras más o menos precisas que tienen que tener la capacidad de nombrar la realidad con las que nos medimos todos los días. Una realidad, se ha visto, cada vez más compleja, cruda, amenazante. Escribo en primera persona cuando avanzo a tientas, sin horizontes, para no endosarle mis pesimismos a nadie, pero si con ganas de contagiarlo con otros interrogantes. Esa suele ser la manera en que llevo mi diario, pero ahora las palabras que tanteo tienen un destinatario o al menos lo buscan.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Porque acaso lo que escribo lo hago pensando siempre con los otros, poniéndome en el lugar de los otros. Hace unos días le respondía a un amigo que me preguntaba “cómo estaba”: “Escribiendo y leyendo, leyendo y escribiendo. Si mi  mundo fuera el mundo hasta te diría que soy feliz, pero como formo parte de aquellos que entienden que los problemas de los otros también son mi problema, llevo todo con mucha preocupación”. La respuesta no era impostada. Reconozco que formo parte de los privilegiados que saben que tienen un salario que aguardará a principio de cada mes en el cajero automático. Como decía otro amigo mío: “los trabajadores universitarios somos como los viejos trabajadores de YPF”. Privilegios que, está visto, tendrán fecha de vencimiento cuando el Estado imponga la distribución. Pero dejemos eso ahí, que no me gane el intelectual que llevo adentro.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Llevo la cuarentena en silencio, no solamente porque estoy aislado y solo, sino porque las respuestas aprendidas me quedaron cortas. Busco en lo que leo alguna punta para empezar a tirar, pero la madeja es tan grande que corro el riesgo de terminar más enredado todavía. Por eso leo y pienso, en silencio, siempre en silencio, sintiendo la respiración de las palabras que balbuceo y no salen todavía, como queriéndoles hacer un espacio para acoger las palabras que no tengo todavía.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hablo de palabras que tengan la capacidad de poner no sólo a la realidad en su lugar sino de correrla también. Pero intuyo que esas palabras no llegarán con tanto ruido alrededor. Las preguntas crecen en silencio. Y decir “silencio” quiere decir escuchando a los otros, pero también escuchando a la naturaleza. Tal vez haya llegado el momento de apagar el televisor y desconectarse un rato de las redes, por lo menos intentarlo varias veces al día. Ese es un ejercicio que practico en paralelo a otras prácticas ascéticas que me mantienen en estado de alerta. Por lo menos eso es lo que a mí me pasa. Me repito que tengo que dejar de distraerme con esa máquina de diversión que llamamos Netflix. Dejar de estar “en vivo y en directo” o pendientes del “último momento”. Dejar de reenviar los memes que nos llegan el loop. Es cierto, me hacen reír, pero también me distraen. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Recuerdo que mi abuela Mai siempre decía… “lo tengo en la punta de la lengua” y al decirlo me estaba invitando a hacer un esfuerzo con ella. Porque esas palabras que busco no caerán del cielo y tampoco serán el producto de una revelación divina o inspiración intelectual. Serán palabras animadas con las palabras de la amistad.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Dije que estaba solo y aislado, pero nunca en soledad. De hecho el lector se habrá percatado que este escrito tiene muchos aliados, o mejor dicho fue escrito con otros, pensando en otros, con los amigos siempre presentes con los que tuve diálogos reales e imaginarios también.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Le decía los otros días a otra amiga que no eran estos momentos para ponerse a aventurar programas. Porque los programas, se sabe, están hechos de respuestas anticipadas y lo que necesitamos son preguntas. Los programas nos proyectan hacia delante pero lo que necesitamos es habitar la espesura de las palabras, comprender el tamaño de las preguntas que vamos haciendo con aquellas palabras. Por lo menos lo que yo necesito ahora son preguntas, nuevas preguntas. Aunque tal vez no sean tan nuevas que digamos. Tal vez son las mismas preguntas de siempre. Pero son las cuestiones que ahora empiezan a encarrilarse, nos llegan en cadena, todas juntas. Preguntas que tienen la misma capacidad de multiplicarse exponencialmente como el Covid 19 que nos asola. Tal vez son las preguntas de siempre que finalmente adquirieron su vocación para interrogar, para con/moverme, para correrme y sacarme de mis zonas de confort ideológicas, allí donde me muevo como pez en el agua, donde sé cómo puedo hacerme trampa. No lo sé, tal vez.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No formo parte de aquellos que creen o piensan que será el fin del capitalismo, sus referentes presentarán batalla. De hecho nunca se rindieron que yo sepa. El capital tiende a apropiarse de todo aquello que lo pone en tela de juicio. Esta ha sido siempre su fortaleza: la capacidad para recrearse, reapropiándose de la potencia de los hombres y mujeres y de la energía de la tierra que ha puesto en jaque. Sin embargo, y parafraseando al Indio Solari, sospecho que esta vez les tocará a ellos, pero también a nosotros, pagar toda esta puta fiesta, o por lo menos gran parte de esa joda que llamamos siglo XX que se cargó no sólo a unos cuantos millones de personas sino a la mismísima Tierra. No creo entonces que estemos ante el umbral del capitalismo, sobre todo -también- porque nuestros puntos de apoyo cotidiano están enraizados a sus mercancías encantadas y a los modos de habitar que aquel impuso. Tal vez sea el límite del neoliberalismo, pero sospecho que habrá capitalismo para rato. El capital siempre ha encontrado un enemigo para distraernos y volver a estirarse.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por eso, las preguntas con las que nos vamos a medir como comunidad se volverán, y está visto y probado con esta pandemia global, cada vez más urgentes: el calentamiento del planeta y la contaminación ambiental, producto de la desforestación, los monocultivos, el exterminio de otras especies animales, la modificación de los ecosistemas, el extractivismo minero, el turismo frenético, el consumismo desaforado y la producción de chatarra como consecuencia de la obsolescencia programada y percibida; y, por supuesto, la desigualdad social y la segregación espacial; los desplazamientos poblacionales, etc. Son muchas las preguntas que tenemos que desagregar. Preguntas que nos llevarán a más preguntas. Y la pregunta del millón seguirá siendo ¿quiénes serán los que empuñen esas preguntas, los que tramiten esas respuestas?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las preguntas son difíciles de responder, porque las respuestas estarán llenas de desafíos. No será fácil pero tenemos que saber que el Planeta tiene fecha de vencimiento, y ya nos está empezando a pasar factura. No es el momento de ponerse apocalípticos, pero como están hoy las cosas estamos muy lejos de sentir seguridad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es evidente que empieza a manifestarse un cambio en el modo de hacer las preguntas. En este nuevo orden que llegará con el día después no existirá seguridad. Las preguntas arremeten contra nosotros con un rigor y una urgencia pocas veces visto. Por eso las respuestas a semejantes cuestiones se vuelven cada vez más urgentes. Y acaso sea esta otra cuestión que no se podrá desdeñar. Porque la urgencia introduce otras preguntas, con la urgencia llegan otros desafíos, nuevos problemas: el miedo al miedo, el resentimiento social; las políticas de la enemistad (y la cultura de la vigilancia, la delación y la degradación moral); las “trampas de la diversidad” o las competencias de las identidades; las habladurías de la televisión, la radio y las redes sociales; los punitivismos de arriba y abajo, el aplastamiento de las libertades individuales, la tentación autoritaria, la pasión linchadora y escrachadora. ¿Qué haremos con todo esto? Porque sabemos que las sociedades no se pueden resetear de un día para el otro, mucho menos los estados, que están hechos para durar en el tiempo. Acá también hay un montón de cuestiones que aguardan ser interrogadas. Como escribió alguna vez Ernst Jünger en <em>La emboscadura</em>: “Mientras nos dedicamos a meditar sobre rutas extremas descuidamos los caminos transitables. Tampoco aquí una cosa excluye la otra. (…) En nuestra situación actual estamos obligados a contar con la catástrofe; para que no nos sorprenda de improviso por la noche, debemos seguir pensando en ella también mientras dormimos.”</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se habrá dado cuenta el lector que cambie de persona y pase a la primera del plural. Sucede que a la hora de tantear aquellas cuestiones, las palabras que iba eligiendo me quedaban demasiado grandes. Pero… ¿acaso los cambios no son colectivos? ¿No se trata de averiguar cómo podemos vivir juntos?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hablo con palabras que tienen que servir para construir esas preguntas que fragilicen aún más a un sistema lleno de grietas. Sé que nadie se dispara nunca en el pie. Y tampoco pretendo que volemos por los aires el suelo que, me guste o no, sigo pisando todavía y continuare pisando un buen rato. Pero lo cierto es que este fango ya empieza a heder y cada vez más. Me muevo sobre arenas movedizas y sin embargo sé que no se puede construir nada en el aire. Necesito esas preguntas para seguir intentándolo otra vez, como siempre.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Escribí este ensayo, como todo lo que escribo, con música de fondo. Dio la casualidad que estaba sonando <em>After Bach</em> de Brad Mehldau, pensando mientras el disco daba vueltas. Después de un buen rato, cuando llego la última pieza, “prayer for healing” (oración para la curación), encontré no sólo el tono sino el ritmo para perseguir las palabras y sobre todo abarcar el tamaño de las preguntas que me quedan infinitamente grandes para responderlas solo y aislado.   </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos 16 de abril de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de <em>Temor y control</em>; <em>La máquina de la inseguridad</em> y <em>Vecinocracia: olfato social y linchamientos</em>.</span></p>
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		<title>Adiós al lenguaje &#8211; Por Hernán Sassi</title>
		<link>https://lateclaenerevista.com/adios-al-lenguaje-por-hernan-sassi/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 19 Jul 2026 04:31:09 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Técnica]]></category>
		<category><![CDATA[Walter Benjamin]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Un día el bicho humano dejó de hablar a instancias de la Técnica, menos aliada que sepulturera. El autor cree que, de cambiar, la escuela ayudará a recuperar lo perdido.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/adios-al-lenguaje-por-hernan-sassi/">Adiós al lenguaje &#8211; Por Hernán Sassi</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-7ac2a3732b4d5d0f4919277c6b7ec0ae wp-block-paragraph"><em><strong>Un día el bicho humano dejó de hablar a instancias de la Técnica, menos aliada que sepulturera. El autor cree que, de cambiar, la escuela ayudará a recuperar lo perdido.</strong></em></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-93033f356e31dd00b115f0e5fc822a97 wp-block-paragraph"><strong>Por Hernán Sassi*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d5e18531e670bd10ca130847a62fe9c1 wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:70px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-268da7f20dbac74ed1ee038d33ea5cd0 wp-block-paragraph"><strong>I.</strong></p>



<div style="height:38px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-05380d1069d0b22b44a395ccc7c05c8f wp-block-paragraph"><em>Quieta es el agua de la desgracia:</em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-0b1068000e8204dc55e58e35a2d4f8a9 wp-block-paragraph"><em>ayer mi madre murió de pronto,</em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-755f87d7883f11a9adc08f51d00c18a6 wp-block-paragraph"><em>sin que en el aire de las orillas</em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-17c2d859259585172cdb8615b3ee89ca wp-block-paragraph"><em>o en la resaca de cada ola</em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-833fb526c1ac24ff17926dfa9cc62411 wp-block-paragraph"><em>hubiera señas de que venía,</em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-451027d4e4198f006484970cd2e36916 wp-block-paragraph"><em>como una trucha cortando el tiempo,</em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-986973b707a090ffc1694540501b5b91 wp-block-paragraph"><em>el viento norte de las parquitas</em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-fb42eee201416b08591caf440969db1b wp-block-paragraph"><em>para llevarse de un manotazo</em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6fadc941c7ea6f0bba67a9ee70f0bcc6 wp-block-paragraph"><em>su cuerpo vivo, mientras comía.</em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c2fc435e384c5134f4207e39d93ead64 wp-block-paragraph">«El velador»<em>, </em>Guillermo Saavedra</p>



<div style="height:35px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f7c159115859e7c5aa99436d8f7ded31 wp-block-paragraph">Un día mamá dejó de hablar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3598a7b50e0f77568073148237d6eea9 wp-block-paragraph">Venía de comprar en lo de Vittorio, el almacenero de toda la vida. Venía lo más campante, contenta como cuando la vida te sonríe. Y eso que la vida no le había sonreído o, más bien, ella no supo qué hacer para que así fuera.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-56af139746a4f6a4adbcc96de8095456 wp-block-paragraph">Acomodó lo que trajo, parte en la heladera, parte en la mesada, me saludó al pasar y fue a recostarse en la catrera, como le gustaba llamarla.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9c9b6e2a870963902dad38bd4e9acccf wp-block-paragraph">Pasado un rato, le hablé de habitación a habitación como hablaban dos cajeros del peaje, de habitáculo a habitáculo, antes de haber sido reemplazados por máquinas. Le pregunté cómo andaba y qué era de Vittorio, preguntas que hacemos los humanos, no las máquinas, que repiten preguntas de humanos que ya no hacen preguntas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-543a5bbc9bab3146372195c9230da1d0 wp-block-paragraph">Se hizo un silencio, y antes de que yo repreguntara, se hizo otro más denso. Porque a veces a un silencio le sigue otro, que siempre es más denso.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-908ff914228e02ef4fd8412ec88676cb wp-block-paragraph">Fui al borde de su cama y le hablé. Estaba con los ojos abiertos, pero muda, como estuvo por días interminables en que debió hacer algo con lo que de ella quedó tras el accidente cerebro-vascular. Ella, que había sacado al bebé que fui del balbuceo para meterlo en la lengua, y con ella en la cultura, había perdido el habla.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b23a411a824f96fa5252fd61bd0cb790 wp-block-paragraph">En su estadía en el hospital municipal, le leía lo que estaba leyendo, «Los papeles salvajes» de Marosa di Giorgio, textos de una vitalidad que desentonaba con el limbo entre la vida y la muerte en el que ella estaba.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1682e2a83dd54b8a0a88ce35b6ad3e97 wp-block-paragraph">No sabía si me entendía, pero yo leía, un poco por costumbre de profesor de literatura, pero mucho más, con ganas locas de devolverle la lengua que ella me había dado.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4021793401a55ff5030ee35df554b048 wp-block-paragraph">Mamá estaba reducida a <em>«la vida mínima, la de un animal capturado, sin acceso al lenguaje, pero con la desgracia de comprenderlo</em>«.<a href="#_ftn1" id="_ftnref1">[1]</a> Con gestos y silencios, que no esperaban otros, aprendimos a comunicarnos como dos extraños que recién se conocen y no comparten el idioma.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9acca9e5669e896b64cc51f711498cd2 wp-block-paragraph">Veo una rima entre esa tragedia personal y la que vivimos desde hace un tiempo, la de la pérdida de la lengua, la de una nueva barbarie a manos de la Técnica.</p>



<div style="height:16px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e37d60b823acb3bc0e1025d58dfed3c6 wp-block-paragraph"><strong>II.</strong></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-8176d6384020f9e3ed9f097e18ce4423 wp-block-paragraph"><em>¿Cómo asumir las cosas –la sociedad, yo, el arte, la vida misma y la muerte– en este mundo que tiende a la desaparición del signo?</em><em></em></p>



<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3fcf02b648a26c7a44751156ba8917b6 wp-block-paragraph">Winfred Hassler, epígrafe a «El árbol de Saussure» de Héctor Libertella</p>



<div style="height:34px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-49f91063d616e101658b1f62589adf6b wp-block-paragraph">Los humanos somos seres simbólicos y no delfines o perritos. La palabra es algo más que una herramienta de comunicación, mucho más que un señuelo. Da sentido al sinsentido de la vida con un plus de sentido, con eso que Walter Benjamin vio como resto de soplo divino. Ese misterio, ese «<em>fondo maternal</em>» como también lo llamó, no está <em>en</em> las palabras, sino en relatos que alguien nos cuenta. Que tengan forma de mitos y leyendas o se cuenten como anécdotas en la mesa de un bar o en la de cualquier casa, es lo de menos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-89757c3825b8c1ab15be617050b462f4 wp-block-paragraph">Para este pensador, así como un día apareció la palabra, hubo otro que marcó su destierro. Benjamin notó que los soldados volvían de la Gran Guerra mudos, sin capacidad de narrar. «<em>Volvieron más pobres en experiencias comunicables</em>«, escribió. No era para menos. Quienes habían sobrevivido a la guerra que contabilizó más muertos que ninguna, volvían a otro mundo. «<em>Una generación que había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos, se encontró indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes había cambiado y, en cuyo centro, en un campo de fuerzas de explosiones y corrientes destructoras, estaba el mínimo, quebradizo cuerpo humano</em>«, dice.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-dca2bda5cdb148a6cb8d978b3e0d6710 wp-block-paragraph">Como a Heidegger, a Benjamin le llama la atención el choque entre «<em>ese enorme desarrollo de la técnica</em>» y «<em>una pobreza del todo nueva</em>«, la del lenguaje. En los años que siguieron a tamaña conflagración hay una «<em>avalancha de libros sobre la guerra</em>«, pero en ninguno, cree Benjamin, hay trasmisión de experiencia, de esas que una generación transmite a la siguiente «<em>con la autoridad de la edad y en proverbios; prolijamente, con locuacidad, en historias; a veces como narración de países extraños, junto a la chimenea, ante hijos y nietos</em>«.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-892152ae93304a8000250ecf2ae00f00 wp-block-paragraph">Benjamin nota que la humanidad, al tiempo que rebajaba la lengua a medio de comunicación, se olvidaba de que es también vía de conocimiento y de trascendencia. Por entonces, al saber y a la experiencia trasmitida en relatos los reemplaza la moneda de cambio de los medios masivos, la información. La noticia empezaba a hacer añicos el misterio de un relato como hoy las redes sociales y <em>Tic Toc</em> reemplazan una buena novela y una película inolvidable. «<em>Nos hicimos pobres</em>«, advierte, «<em>la cotización de la experiencia bajó</em>«, se queja, «<em>entregamos la herencia de la humanidad a favor de `lo actual</em>´», confirma el autor de «Infancia en Berlín».</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-cf3f4300c2d9ada18f684ed18f1f8371 wp-block-paragraph">La experiencia se adquiere andando, dicen, ya transformando la materia con nuestras propias manos, ya adueñándonos de una percepción o mirada atesorada en la memoria de un relato, que es uno de los modos de continuidad de la cultura. Benjamin llama «<em>bárbaros</em>» a quienes no se comprometen con la experiencia ni con su transmisión en el arte de narrar, que según ve, se está perdiendo. Confirma la barbarie con el auge del periódico, con la aparición de nombres deshumanizados (se refiere a nombres rusos, que no tengo modo de saber cuán deshumanizados son, pero le creo) y con una arquitectura fría en la que predomina el vidrio y el acero –como en la Bauhaus–, indicios de que se hace cada vez más difícil dejar una huella personal, que siempre es eco de la cultura. Lo asusta la pobreza en la lengua y en el mundo que lo rodea. Le da miedo –¿a él solo? – «<em>el primitivismo y el confort</em>«.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f488548083d39d7b8bea8da1713c0971 wp-block-paragraph">Pasó un siglo desde que Benjamin escribió «Experiencia y pobreza» y «El narrador». Desde el fin del Siglo XX, con la invención de Internet y al auge de la inteligencia artificial que corona la «cuarta revolución industrial», el desarrollo tecnológico crece exponencialmente y el bicho humano vuelve a quedarse -¿ahora definitivamente?– sin lengua, más aún, en días en que habla hasta por los codos en audios de <em>Whatsapp</em> y escribe sin parar en redes sociales. La lengua se escurre en palabras abreviadas, se desvanece con <em>emojis</em>, <em>stickers</em>, «impresiones», modos de comunicarse del chimpancé hiper-tecnológico. Como los soldados que volvían de la guerra, otra vez gracias a la Técnica nos volvimos más pobres.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-af73c9de0e8cfd0082a5eb5657035449 wp-block-paragraph">No solo ya no compartimos la misma lengua –el algoritmo contribuye y cómo–, incluso la rebajamos, según advertía Benjamin, sólo a medio de comunicación. Una alumna me cuenta que un muchacho quiso seducirla con un texto tomado de la inteligencia artificial. El flaco renunció al misterio del lenguaje, un misterio que podía haberla seducido –sin que él ni ella supieran bien por qué– y reduce la lengua a un medio. La palabra eficaz en las charlas TED y en otras monerías, como clases inocuas, por ejemplo, no va en sentido opuesto: es sólo un medio de comunicación.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-15d9f4d361267ab2fe6afbf9eadbd915 wp-block-paragraph">Al parecer, no queremos que la palabra diga más de lo que dice. Morimos de literalidad. Es el fin de la metáfora y de la posibilidad de la trascendencia, esto es, que la palabra diga algo sobre nosotros y nos transforme.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b08524ba3c149ec1a4d937cb8e8cf88b wp-block-paragraph">Hay pibes y pibas deslenguados, en parte, porque nadie les cuenta un cuento o una anécdota, una que vaya más allá del «<em>el primitivismo y el confort</em>«; nadie más que una máquina a la que recurren en ausencia de seres humanos con disposición de contarles y escucharlos. Hay padres y madres, docentes y políticos que sólo usan la palabra como moneda de cambio y no para que los cambie.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d1265fb9c2954d1bfa60076138a14d16 wp-block-paragraph">Está en cada quien frenar <em>«la desaparición del signo</em>» y volver a percibir, como insta Godard en <em>Adiós al lenguaje</em>, «<em>la fuerza revolucionaria de los signos</em>«. De no hacerlo, es muy probable que desaparezca la especie.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-5e6cdbc2b56f20972bf9c77fa50212da wp-block-paragraph">En la Modernidad lo aprendido en el aula servía para el ascenso social. Valía como moneda de cambio que se contaba en metálico. Si ya no sirve tan siquiera para eso, ¿no será hora de que sirva para preguntarnos para qué vivimos, hacia dónde vamos y qué hacer cuando perdimos el sentido de la vida?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3a6e0a9950f40d89d4ea83d3e3b1611c wp-block-paragraph">Benjamin se pregunta: «¿<em>Para qué valen los medios de educación si no nos une a ellos la experiencia?».</em> La escuela no está unida a una experiencia: ni existencial, ni laboral, ni lúdica. Para transformarnos, debería ser un lugar para tener y transmitir experiencias, aprender un oficio y a tocar un instrumento, para recuperar la palabra y aprender una nueva lengua, y para preguntarnos, entre otras cosas, qué hacemos en este mundo a través de una leyenda mapuche o de <em>Hamlet</em>, de un tango, una copla o un tema de Cazzu o Wos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c0cac4cc60e110d9552e49b10c3c4eb4 wp-block-paragraph">Hay modos de recuperar la capacidad simbólica de la lengua. Solo hay que tener ganas. La escuela, si es que queremos, será un espacio en el que volveremos a ponerle nombre a nuestros miedos y a nuestros sueños. Pero hay que tener unos y otros. Y eso es lo que está faltando.<a href="#_ftn2" id="_ftnref2">[2]</a></p>



<div style="height:29px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-79f8a0b8dff0df3dca9b3ce3be5d4fe9 wp-block-paragraph"><strong>Referencias</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-cbf68ce55fbcc047a7525ee86027eceb wp-block-paragraph"><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> Moreno, M. <em>La merma</em>, Bs. As, Random House, 20025.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6f324acbc6e8dd148e1eac700ddf8e16 wp-block-paragraph"><a href="#_ftnref2" id="_ftn2">[2]</a> El texto es parte del próximo libro del autor, <em>Pasar el fuego. Educar en el Apocalipsis zombie.</em></p>



<div style="height:44px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-098d8840212dfc5b0e6a1f51b97feca9 wp-block-paragraph">19 de julio de 2026.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized is-style-rounded"><img decoding="async" src="https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcTBymNAjk1ZEJJ33EvpCxB1Xg14jnCuT2ARbHkZdOsFrHc3Da6lSJk7zoXb&amp;s=10" alt="" style="width:159px;height:auto"/></figure>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4f66db5e90b0caeb71eb00327f5aef4a wp-block-paragraph">*Profesor y Dr. en Letras, y Mag. en Comunición y Cultura, es docente en profesorados del Conurbano, ensayista y crítico de cine. Publicó <em>Hoteles. Estudio crítico</em> (2007), <em>Cambiemos o la banalidad del bien</em> (2019), <em>La invención de la literatura. Una historia del cine</em> (2021). Estuvo a cargo de <em>El Nuevo Cine murió </em>(2021) y prologó <em>Escritos corsarios</em> de P. P. Pasolini (2022). Su último libro esditado es «P3RRON3. El Corsario».</p>



<div style="height:31px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" src="https://ci3.googleusercontent.com/meips/ADKq_Nb7bo8O-KWKglhFy6cdS6CtnsWzA57Pq87oGcw6j4Fm2hIO2u7eKHYUHwQKEk9RgtWD5OThdsMYH2S_5bO6S7-JzKMPtl3UxBTpTxhV-K-BRk7n6aH9ew=s0-d-e1-ft#https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo.png" alt=""/></figure>



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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-8b4ec334684b75c8ab19351859cd590c wp-block-paragraph"><em><strong>La Tecl@ Eñe</strong></em>&nbsp;viene sosteniendo,&nbsp;<strong>desde su creación en 2001</strong>, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas.&nbsp;Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero&nbsp;<strong>para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con&nbsp;<em>La Tecl@ Eñe</em></strong>. Pueden colaborar con&nbsp;<strong>$5.000</strong>&nbsp;ó&nbsp;<strong>$10.000</strong>. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3f060961c6692e0b62f54118679cd5af wp-block-paragraph">Tu aporte es importante para seguir adelante.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-faa506705ff6731baed46d69a2cd0bf5 wp-block-paragraph">Muchas gracias.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-711ecc639830526b07951d8466ee2026 wp-block-paragraph"><strong>Alias de CBU: Lateclaenerevista</strong></p>



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<p class="wp-block-paragraph"></p>
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