<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>niños con capacidades diferentes archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
	<atom:link href="https://lateclaenerevista.com/tag/ninos-con-capacidades-diferentes/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://lateclaenerevista.com/tag/ninos-con-capacidades-diferentes/</link>
	<description>Una Revista de Opinión</description>
	<lastBuildDate>Fri, 17 Jan 2025 12:38:22 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	

<image>
	<url>https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2022/12/cropped-favicon-32x32.png</url>
	<title>niños con capacidades diferentes archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
	<link>https://lateclaenerevista.com/tag/ninos-con-capacidades-diferentes/</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>LOS GRITOS Y LOS MONSTRUOS &#8211; POR FLAVIO CRESCENZI</title>
		<link>https://lateclaenerevista.com/los-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi/</link>
					<comments>https://lateclaenerevista.com/los-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Jan 2025 12:38:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Flavio Crescenzi]]></category>
		<category><![CDATA[Desfinanciamiento salud pública]]></category>
		<category><![CDATA[Milei]]></category>
		<category><![CDATA[niños con capacidades diferentes]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://lateclaenerevista.com/?p=14587</guid>

					<description><![CDATA[<p>En esta nueva crónica de POSTALES DEL DERRUMBE, Flavio Crescenzi, con la mirada lírica que ya le es característica, intenta dar cuenta del conflicto que atraviesan los centros de atención a niños con capacidades diferentes. Un texto dividido en tres partes, donde la reflexión política enmarca limpiamente los elementos narrativos.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/los-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi/">LOS GRITOS Y LOS MONSTRUOS &#8211; POR FLAVIO CRESCENZI</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3d57859516cf880bea6fe9879fce0da3 wp-block-paragraph"><strong><em>En esta nueva crónica de POSTALES DEL DERRUMBE, Flavio Crescenzi, con la mirada lírica que ya le es característica, intenta dar cuenta del conflicto que atraviesan los centros de atención a niños con capacidades diferentes. Un texto dividido en tres partes, donde la reflexión política enmarca limpiamente los elementos narrativos.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9fb1767b6055bd8a39e2b5b4f122475f wp-block-paragraph"><strong>Por Flavio Crescenzi*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d5e18531e670bd10ca130847a62fe9c1 wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:41px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-346e01fc994c32b6016c94adb1d5eddd wp-block-paragraph"><strong>1. Entre mapas y almanaques</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-bfd364e5f0bde276f45385b939ca9986 wp-block-paragraph">Enero es un barco que ha encallado, proa adentro, en los quejumbrosos muelles de diciembre. Es curioso, pero la misma división que hay entre el mar y las orillas es la que advertimos entre el último mes del año y el primero del siguiente; en este sentido, la cartografía tiene puntos de contacto con la nunca bien ponderada confección de fastos y almanaques. En uno y otro mapa aparecemos, islas a la deriva de los días, tristes náufragos del calendario.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3b5063334079908d596f0540b9c45f25 wp-block-paragraph">El mes pasado, Milei cerró su primer año de mandato con una frase pretendidamente triunfalista: «Estamos cada día más cerca de que la inflación sea poco más que un mal recuerdo». Lo que esta frase no explicaba es que, para que haya bajado la inflación como lo hizo, fue necesario aplicar un <em>shock</em> económico que consiguió que otras cosas también estén a punto de ser solo «un mal recuerdo», como, por ejemplo, los derechos laborales, la movilidad jubilatoria, la salud y la educación públicas, y todo aquello que se encuentre dentro del sinuoso y difamado ámbito de la «justicia social». Sin embargo, los damnificados por esta batería de medidas siguen celebrando, con insano regocijo, que el pan que aún no pueden llevarse a la boca mantenga más o menos el mismo precio que hace meses.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-970b057d77015be27a8a3d2db79f9559 wp-block-paragraph">Tal como he intentado señalar en mis anteriores postales, 2024 fue el año del derrumbe, y confieso que yo tampoco pude escapar de su siniestra y brutal onda expansiva. Mientras me quitaba los escombros de encima (actividad que me llevó más de la cuenta), resolví vender el departamento que heredé de mi madre y comprar uno más chico, en un barrio cercano a los lugares a los que mi mujer y yo nos vemos obligados a frecuentar por cuestiones de trabajo. No es mucho lo que nos ahorraremos en viáticos, pero es el único ahorro al que personas como nosotros podemos aspirar en estos tiempos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a7de9391d6c8f2da2e75d4b8d34436d0 wp-block-paragraph">El departamento elegido, que es desde donde hoy escribo estas líneas desiguales, fue un amplio monoambiente en la calle Sarandí, a pocas cuadras de Av. Garay. Esto que relataré a continuación es lo que me ocurrió el día que fui a verlo por primera vez, una semana antes de hacer efectiva mi reserva, allá por los inicios de diciembre, mes que acabamos de dejar atrás como a un cadáver imposible de mover.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d6a36db349bd89279c1e6a038a9b1b7f wp-block-paragraph"><strong>2. Perros, niños y pájaros</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-0c2b47f360f72cd9befb2e4621ee9e5a wp-block-paragraph">Era diciembre, ya se ha dicho, comienzos de diciembre. El impulso navideño no había alcanzado todavía su altura más insoportable, aunque ya se veían algunos precoces arbolitos en las vidrieras de ciertos locales de la zona. Me dirigía al departamento que me tocaba visitar ese día (por fortuna, ya no quedaban muchos más por ver), en donde me esperaba, muy bien predispuesto, un joven asesor inmobiliario. Todo indicaba que estaba llegando con bastante antelación, así que decidí hacer tiempo recorriendo un poco el barrio. Entonces lo vi. Era un hombre de unos setenta años, casi colorado de tan rubio. Vestía como si recién se hubiera levantado de la cama y la calle fuera el <em>living </em>de su casa. Lucía algo consternado.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a6c6c2058abe6ce0cfbbb103b68d6a17 wp-block-paragraph">Lo saludé y le pregunté algunas nimiedades referidas al vecindario, enrostrándole así las preocupaciones propias de un futuro buen vecino. Al hombre solo parecía interesarle una cosa: los ruidos que provenían de un centro de atención a niños con capacidades diferentes, ubicado a una cuadra de donde nos hallábamos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-591e7c11e0cc2a6a64cd09cc5ac3735b wp-block-paragraph">«No paran de gritar. Gritan durante todo el día, a intervalos. Para ellos no hay estaciones, no hay treguas de verano. El centro está muy cerca, cien metros más abajo. Cumple las funciones de hospital o guardería, ahí se guardan los monstruos durante un máximo de horas. Claro que están bien atendidos. Claro que es mejor que estén juntos en vez de encerrados en una habitación. Claro que siguen terapias, guiadas por sonrientes celadoras. Pero los gritos…», prorrumpió enajenada y catárticamente.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3505a55ea92f3ba33bbb147d44ac6dec wp-block-paragraph">Me turbó que llamara <em>monstruos</em> a esos niños, más allá de que yo mismo había empezado a escuchar los gritos lastimeros ascendiendo por esa calle añeja y empedrada. No pude evitar que me viniera a la mente la situación financiera de esos centros, sobre todo cuando el Gobierno les había quitado los subsidios que en algún punto los ayudaban a seguir.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-623735111b7e6ef06d55188504fc4198 wp-block-paragraph">«No paran de gritar, desde la primera hora de la mañana, cuando bajan por la calle en filas rotas como dientes disparejos. Los acompañan dos mujeres de mediana edad, hermanas, gorditas, de rostro bondadoso; del micro a la escuela y de la escuela al micro, al atardecer, así uno y otro día. ¿Cómo será la vida de estas dos mujeres entre el atardecer y la mañana del día siguiente? ¿Hablarán de su trabajo, hablarán de los avances y retrocesos de sus monstruos?», retomó ese hombre extraño, cuya aspereza no parecía responder al simple desprecio a lo distinto, sino a un recelo tan antiguo como misterioso.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9d306090c2ba421f54afdbbd8cfab726 wp-block-paragraph">Era cierto, esos niños gritaban como pájaros. Alguien escribió que, al anochecer, los chillidos de los pájaros están dictados por el miedo ante la inminencia de la postrera oscuridad. Chillan porque creen que, con la noche, vendrá la muerte insobornable. Han vivido mil veces la llegada del crepúsculo y del clarear del nuevo día y, pese a ello, no pueden sacudirse de las alas aquel horror atávico. Quizá, ellos, los niños, gritaban por lo mismo: sin saberlo, estaban seguros de que iban a morir, y esa muerte que no conocían, pero que sí olían y abrazaban, les estrangulaba el corazón cada dos horas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-0ddc7cfbd60e3ce91b37f9d195e71416 wp-block-paragraph">«Es un hecho científicamente comprobado, los “subnormales” son como los perros: su vida es corta, pues están condenados, y nosotros, con ellos, a verlos morir. Los monstruos tienen una vida corta, y no la comprenden, solo la viven. No pueden engañarse con palabras. No conocen la mentira de creerse, como nosotros, a salvo», concluyó el hombre, más apesadumbrado que al comienzo de sus peregrinos arbitrajes.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a6fe8542281ccb2349671a332e212633 wp-block-paragraph">Viven poco esos niños, cómo negarlo. Y poco a poco también son requeridos, convocados por un reino de orfandad, para que cumplan su angustioso destino de rebaño. Por aquí baja, todas las mañanas, el río que lleva sus piedras, sus guijarros, pobres barquitos que nunca estarán al tanto del engaño de escribir estas palabras, perros que alargan sus patas en la sombra con el incomprensible rugido de la rueda en sus cabezas. Es así de sencillo, es así de obscena esta necesidad de amor desnudo. Por aquí baja, cada día, el collar enhebrado con el grito de la muerte, tenso y afilado como un alambre de púas. Esa es la verdad, la obscena y desnuda verdad: esos niños no piden otra cosa, y nosotros no sabemos cómo dársela. Perros, niños, torpes pájaros de la noche.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-5b76bcd6abd0d3825286325dd8e3c5b2 wp-block-paragraph">Unos segundos después, el hombre se metió en una de las viviendas de la cuadra. No se despidió. Tan solo se fue, alelado y temeroso, vaya uno a saber a qué secreto rincón de sus delirios. Recién en ese momento me di cuenta de que en la mano llevaba unos papeles arrugados, probablemente manuscritos, y un pequeño libro, cuyo título no pude ver con claridad.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-17fae4fbfe501788b744e949fff3ce64 wp-block-paragraph"><strong>3. Una frase de T. S. Eliot (y unas líneas más) para transitar tierras baldías</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e5ca075f2545b9967a072ce33994bf86 wp-block-paragraph">«Si dejáramos de creer en el futuro, el pasado dejaría de ser nuestro pasado: se convertiría en el pasado de una civilización ya fenecida», decía T. S. Eliot. Evidentemente, el pasado de Eliot era el pasado conservador de los ingleses, al que él quería encarecer para que lo aceptaran como a un inglés más, a pesar de ser estadounidense hasta la médula. Aun así, la frase nos concierne: nuestro futuro siempre ha tenido estampa de utopía, y nuestro pasado —es decir, aquel al que podemos remitirnos para ver dónde quedó la obra inconclusa y cuánto falta aún para acabarla— no es tan lejano como para que lo olvidemos por completo. Así que, puesto que ya no nos queda más remedio que avanzar, avancemos. Estos «monstruos» (que sabemos muy bien que no lo son, pues los verdaderos están en otra parte) nos lo agradecerán sobremanera.</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1984355d4675006fa8f35c4ea712eb5b wp-block-paragraph">Buenos Aires, 17 de enero de 2025.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-7b9a57b7f7988e95d8d9b0391d1013cb wp-block-paragraph"><em>*Escritor, docente, asesor lingüístico y literario</em></p>
<p><a class="a2a_button_facebook" href="https://www.addtoany.com/add_to/facebook?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Flos-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi%2F&amp;linkname=LOS%20GRITOS%20Y%20LOS%20MONSTRUOS%20%E2%80%93%20POR%20FLAVIO%20CRESCENZI" title="Facebook" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_twitter" href="https://www.addtoany.com/add_to/twitter?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Flos-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi%2F&amp;linkname=LOS%20GRITOS%20Y%20LOS%20MONSTRUOS%20%E2%80%93%20POR%20FLAVIO%20CRESCENZI" title="Twitter" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_whatsapp" href="https://www.addtoany.com/add_to/whatsapp?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Flos-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi%2F&amp;linkname=LOS%20GRITOS%20Y%20LOS%20MONSTRUOS%20%E2%80%93%20POR%20FLAVIO%20CRESCENZI" title="WhatsApp" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_telegram" href="https://www.addtoany.com/add_to/telegram?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Flos-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi%2F&amp;linkname=LOS%20GRITOS%20Y%20LOS%20MONSTRUOS%20%E2%80%93%20POR%20FLAVIO%20CRESCENZI" title="Telegram" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_email" href="https://www.addtoany.com/add_to/email?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Flos-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi%2F&amp;linkname=LOS%20GRITOS%20Y%20LOS%20MONSTRUOS%20%E2%80%93%20POR%20FLAVIO%20CRESCENZI" title="Email" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_print" href="https://www.addtoany.com/add_to/print?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Flos-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi%2F&amp;linkname=LOS%20GRITOS%20Y%20LOS%20MONSTRUOS%20%E2%80%93%20POR%20FLAVIO%20CRESCENZI" title="Print" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_dd a2a_counter addtoany_share_save addtoany_share" href="https://www.addtoany.com/share#url=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Flos-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi%2F&#038;title=LOS%20GRITOS%20Y%20LOS%20MONSTRUOS%20%E2%80%93%20POR%20FLAVIO%20CRESCENZI" data-a2a-url="https://lateclaenerevista.com/los-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi/" data-a2a-title="LOS GRITOS Y LOS MONSTRUOS – POR FLAVIO CRESCENZI"></a></p><p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/los-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi/">LOS GRITOS Y LOS MONSTRUOS &#8211; POR FLAVIO CRESCENZI</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://lateclaenerevista.com/los-gritos-y-los-monstruos-por-flavio-crescenzi/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>2</slash:comments>
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
