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	<title>Maquiavelo archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<title>Maquiavelo archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>Una biblioteca imaginaria para tiempos difíciles &#8211; Por Diego Sztulwark</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 13 Jan 2023 22:20:38 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>León Rozitchner y su imaginada biblioteca capaz de restablecer los contrapoderes y de sustituir la concepción erudita del saber por una apoyada en las posibilidades del cuerpo, quizá como un proceso de constitución de la potencia común.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/una-biblioteca-imaginaria-para-tiempos-dificiles-por-diego-sztulwark/">Una biblioteca imaginaria para tiempos difíciles &#8211; Por Diego Sztulwark</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong><em>León Rozitchner y su imaginada biblioteca capaz de restablecer los contrapoderes y de sustituir la concepción erudita del saber por una apoyada en las posibilidades del cuerpo, quizá como un proceso de constitución de la potencia común.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Por Diego Sztulwark*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">(<em>para La Tecl@ Eñe</em>)</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Hace ya casi medio siglo el filósofo León Rozitchner imaginaba una biblioteca capaz de reestablecer los contrapoderes aniquilados, lecturas para sujetos entrampados en derrotas, perplejidades y frustraciones. Habría en ciertos libros algo así como una memoria de la democracia. Un saber sobre aquello que en el presente resulta escamoteado: el fundamento popular de la ley. La biblioteca de Rozitchner no resulta inaccesible. Aunque el estilo de lectura que él imaginaba como clave de acceso es, sin dudas, severo (por inconformista). Abierta a cualquiera, la biblioteca sólo funciona ante el lector doblemente politizado. Es decir, dispuesto a investigar -antes que a aceptar- el peso de la impotencia pública. Sin esa disposición, la relación con el texto queda inhabilitada. Y a sustituir la concepción erudita del saber por una apoyada en las posibilidades del cuerpo (el cuerpo y no el poder es la categoría central de esta biblioteca).&nbsp; &nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En el primer anaquel imaginario se encuentra <em>El príncipe</em> de Maquiavelo. Libro de la fascinación política moderna, en cuya ambigüedad está su grandeza. Porque descubre, en el enigma mismo de la dominación, la subyacencia de los contrapoderes populares. La inyección de terror, temible sello de la tiranía, inhibe y repliega la trama del cuerpo ciudadano y sus posibles enlaces. El poder soberano del déspota actúa sobre esa relación entre potencia y saber sobre la que descansa la democracia política de la multitud. Ahí donde el agudo florentino es reconocido por la ciencia política convencional como el maestro de la técnica y la astucia, del dominio por el temor y el escepticismo, Rozitchner encuentra (en el revés de la trama del texto) la condición sufriente del pueblo y los saberes capaces de reagruparlo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En un segundo anaquel hallamos la <em>Ética</em> de Spinoza. El filósofo que, al decir de Toni Negri, lleva la política democrática a las alturas de la metafísica sistemática. El filósofo detrás de todos los filósofos nos ha legado un tratado de insurgencia moral. Su obra máxima aspira al saber como proceso de constitución de la potencia común. Partiendo de la experiencia de cada cuerpo singular. El pensamiento spinoziano se expande políticamente siguiendo la línea de composición de la multitud. De allí la insistente consigna de Rozitchner (que convierte los atributos de la substancia en conciencia histórica): “cuando el pueblo no lucha, la filosofía no piensa”. En Spinoza el punto de partida se juega en la corporeidad propia y apunta desde ahí a una concordancia más amplia. Su importancia es la de ligar los dos extremos del proceso constituyente: el descubriendo de la propia intimidad como recinto de un nuevo poder (“no se sabe lo que puede un cuerpo”) que se prolonga por la vía de una concatenación con otros cuerpos, revirtiendo en duro combate los mecanismos de encubrimiento histórico impuesto por el terror y la religión.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">El tercer anaquel nos lleva al libro <em>De la guerra</em>, de Carl Von Clausewitz. Este “general intelectual” importa por su capacidad para teorizar -precisamente- el enfrentamiento. ¿Qué habría que aprender de este pensador armado, leído por Lenin, Schmitt y Foucault? La naturaleza de las estrategias fundadas en el colectivo más amplio de la nación. Aquellas en las que, al contrario de lo que se sucede en el duelo entre jefes y en las guerras de conquista, la fuerza proviene de las pulsiones y de la moral, y se plantean como resistencia popular. Leer a Clausewitz más allá de Clausewitz, quiere decir para Rozitchner, ir más allá de la delimitación de la figura del general conductor, cuyo mando es jerárquico y centralizado, para reelaborar la guerra de modo íntegro desde el poder del pueblo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Los otros anaqueles nos son más familiares. Allí encontraremos inevitables, a Marx y Freud. La propia obra de Rozitchner se concentró muy particularmente en una enseñanza sobre cómo vincularse con estas fuentes de conocimiento sin hacer de ellas un conocimiento meramente categorial de procesos objetivos. Marx y Freud leídos siempre contra las lecturas que hacen de ellos doctrinarios que opacan la naturaleza subjetiva y rebelde del sujeto colectivo y singular. Marx y Freud en cuanto que disponen del arte capaz de decodificar el “velado secreto del poder social”. &nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Esta conformación de la biblioteca de León Rozitchner se encuentra enumerada en el comienzo del libro <em>Perón: entre la sangre y el tiempo</em>, un libro más leído de lo que se cree, si consideramos la asombrosa cantidad de ediciones y reediciones agotadas. Pero leído con un cierto pudor. Porque es un libro en el que -según una de las múltiples lecturas que hizo de él a lo largo del tiempo Horacio González- supuso una ardua terea de comprender a Perón y a la izquierda peronista (y por tanto también a la no peronista) desde lo que en ese nombre y esa experiencia subsistía como obstáculo. Incomprendido León, dice González: aún cuesta reconocer en su filosofía la “sombra doliente de lo popular”.</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Buenos Aires, 13 de enero de 2023.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">*El autor es Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.</p>
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		<title>Las lecciones de Aníbal para Argentina &#8211; Por Eric Calcagno</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 14 Aug 2025 20:25:57 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Política es lo que hacía Aníbal Barca en Cartago después de la segunda guerra púnica. Frecuentar la historia parece interesante, sobre todo cuando lo contemporáneo viste decepción. </p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1 wp-block-paragraph"><strong><em>Política es lo que hacía Aníbal Barca en Cartago después de la segunda guerra púnica. Frecuentar la historia parece interesante, sobre todo cuando lo contemporáneo viste decepción. </em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2 wp-block-paragraph"><strong>Por Eric Calcagno*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3 wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:65px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4 wp-block-paragraph">“Era en Mégara, suburbio de Cartago, en los jardines de Amílcar”. Así comienza “Salambó”, la aventura novelística que Gustave Flaubert decidió emprender en 1862 acerca de una civilización norafricana extinguida desde hacía dos milenios. La excelencia del texto amerita el esfuerzo del&nbsp;escritor en recrear -hasta en los detalles- la potencia cartaginesa durante la antigüedad.&nbsp; El padre de la bella e imaginaria Salambó fue Amílcar, un general y político cartaginés, que peleó y perdió la primera guerra púnica contra Roma (264-241 AC). Uno de los hermanos de la mítica Salambó se llamaba Aníbal, Barca de apellido. Y aquí nos encontramos con el mismo problema que tuvo Flaubert: las únicas fuentes que tenemos sobre Cartago son romanas. Al carecer del arte ejercido por el escritor francés -un orfebre de la palabra- nos remitiremos a lo existente y a lo comentado sobre quien peleó y perdió la segunda guerra púnica (218-201 AC).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-5 wp-block-paragraph">Por esa guerra conocemos a Aníbal Barca. En la primera contienda, Amílcar planteó una guerra naval contra Roma para conservar Sicilia. Hijos de Fenicia, los cartagineses sabían más de naves y navegación que los romanos, gente de tierra adentro. Hasta que un barco de Cartago encalló en territorio latino y entonces los de Roma lo copiaron, cansados de ser vencidos en mar, en lo que fue tal vez el primer caso de retroingenería. Así los cartagineses perdieron la batalla naval decisiva de las Islas Egides y perdieron Sicilia. Para la segunda guerra púnica, Aníbal desplegó todo el genio e ingenio militar. El genio inventó la aproximación indirecta, pues con el mar prohibido decidió atacar por tierra, donde los romanos no lo sospechaban. El ingenio fue el cruce de las montañas de Pirineos, Alpes y Apeninos, cruces de ríos como el Ródano y el Po, para llevar la guerra al corazón de Roma. De paso, derrotó a cuanto ejército que Roma le puso enfrente, ya sea en el Tesino, en Trebia, en el lago Trasimeno y sobre todo en Cannas. Allí, en inferioridad numérica de uno a dos, los cartagineses y aliados dejaron cerca de 50.000 a 70.000 romanos muertos en el campo de batalla, según se consulte a los historiadores posteriores como Polibio o Tito-Livio, que son las principales fuentes de información sobre la época. Cayeron Cónsules, Tribunos, Cuestores, ochenta Senadores, innumerables caballeros. Bueno, al menos los romanos fueron al combate con los dirigentes a la cabeza. Igual, Aníbal había inventado la batalla de aniquilación, que después teorizará Clausewitz. Como así también había practicado la guerra de guerrillas, el reconocimiento del terreno, el espionaje, de tal manera que los romanos no tuviesen nunca la iniciativa. Aparecía donde no lo esperaban, o lo atacaban donde no estaba. “Guerra de Zapa”, diría San Martin, que también cruzó montañas aún más elevadas. Aunque Aníbal logró que varios aliados romanos pasaran al bando cartaginés, nunca tuvo la capacidad operativa de tomar Roma. Faltaba la logística que el Senado de Cartago le negaba. Aníbal tuvo que volver a África cuando los mismos romanos amenazaron la ciudad de Cartago. Y así fue vencido en la batalla de Zama por un joven de 35 años llamado Escipión. Es que las legiones adoptaron las tácticas de Aníbal.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6 wp-block-paragraph">Quizás Barca aprendió de la experiencia militar pasada en Italia que la sociedad romana, con las particularidades del momento, había sido capaz de levantar legión tras legión, aunque después fueran derrotadas. De hecho, en ningún momento de la guerra, aún con “<a>Hannibal ad portas</a>” (Aníbal en las puertas), clamor que aterrorizaba a los romanos, éstos jamás aceptaron negociar una paz que no sea la victoria. Los líderes romanos, aún vencidos o muertos en los campos de batalla, eran reemplazados por otros. El ejército de Aníbal estaba compuesto por púnicos, es cierto, pero también por mercenarios y tropas aliadas, cada vez más importantes a medida que impactaba el desgaste de la campaña. Tal ejército se mantuvo unido por el ejemplo del general, que vivía como los demás soldados que condujo con rigor y justicia, según dicen. Por otra parte, Roma mandó ciudadanos, caballeros, Senadores y Cónsules, y también esclavos y criminales para completar las legiones diezmadas. Mientras tanto, Aníbal debía lidiar con el Senado de Cartago para conseguir refuerzos, pertrechos y terminar con los romanos. Pero los oligarcas de Cartago prefirieron reforzar frentes periféricos, como Hispania o Cerdeña, mientras le urgían a Aníbal que concluyese de una vez la paz con Roma. Que la guerra daña el comercio. Pareciera que ambos Senados libraban dos guerras distintas: para el cartaginés, era un conflicto económico; para el romano, era además una cuestión política.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-7 wp-block-paragraph">Y política es lo que hacía por entonces Aníbal Barca en Cartago después de la segunda guerra púnica. Por más brillante militar que fuera, también era una persona de vasta cultura, en la que primaban más las referencias a Grecia que a Fenicia -la Madre Patria de Cartago. Para ganar, hay que contar con una sociedad que quiera vencer. De allí las reformas instrumentadas a favor de los populares, lo que despertó la inquietud de la oligarquía cartaginesa. La Asamblea Popular de Cartago era la expresión de los ciudadanos cartagineses confirmados (los progenitores debían haber nacido en el lugar), y por supuesto no incluía extranjeros ni esclavos, como de costumbre en la época. Tampoco tenían el poder de los comicios romanos, que gozaban de bastante más latitud en la toma de decisiones. Sin embargo, esta Asamblea podía fallar en caso de controversia entre el Senado oligárquico, compuesto de ricos comerciantes y terratenientes, y los Sufetas, supuestos equivalentes de los Cónsules romanos. Aníbal construyó la base política desde los populares. En efecto, aún derrotado, el general gozaba de un inmenso prestigio, y los veteranos de las guerras lo idolatraban. Es así como Aníbal pudo realizar una reforma fiscal, ya no serían los privados quienes recaudasen el impuesto, sino el propio Estado. También prohibió los cargos de por vida atribuidos a los jueces, que ahora debían ser electos cada año. Mandó a los sobrevivientes del conflicto a plantar olivares en torno a la ciudad, no sólo por una cuestión económica, sino para mantenerlos activos y organizados. Del mismo modo combatió la corrupción, al sacar a la oligarquía del manejo del erario público. Eso le permitió a Cartago ofrecer el pago por adelantado de la plata debida como tributo de guerra a los romanos. Como vemos, la política de desendeudamiento es consustancial a la soberanía. Por supuesto, Roma no aceptó. De hecho, la aristocracia romana también consideraba que Aníbal era un enemigo irreductible que en cualquier momento podía empezar de nuevo la guerra. Para el Cartago rico también era un enemigo, que les quitaba poder e ingresos. Era percibido como un populista, según la biografía escrita por Goldsworthy. Y esos enemigos combinados eran demasiado, incluso para Aníbal. Peor que el romano que te compra, quizás pensó, es el cartaginés que te vende. El general partió al exilio, del cual no volvería más. Descabezado el partido popular, ricos mercaderes y grandes terratenientes pudieron expandir el emporio comercial de Cartago al Mediterráneo, ya romano. Sin gastos militares, pudieron florecer varios decenios hasta que Roma se alarmó por esa conquista comercial. Tanto que Catón el viejo, en discursos acerca de cualquier cosa, concluía siempre por “además considero que Cartago debe ser destruida”. Eso sucedió en la tercera guerra púnica (149-146 AC). Luego de tres años de asedio, las legiones vulneraron las defensas de la ciudad de Cartago, masacraron cerca de 150.000 a 400.000 habitantes, esclavizaron a otros 50.000 (estimación moderna) y redujeron la ciudad a ruinas y cenizas.&nbsp; Bueno, pero al menos no gobierna Aníbal Barca, pensaron, tal vez, alguno de los esclavos destinados a “moler grano en Suburra”. Es lo que puso Flaubert en boca de Amílcar al escribir “Salambó”, cuando evocaba las consecuencias de una derrota de Cartago a manos de Roma. Ya no habría Mégara ni jardines.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-8 wp-block-paragraph">Cuando las clases mercantiles anteponen los intereses propios por sobre la sobrevida de la Patria, entonces no queda ni mercado ni Estado. Polibio -que presenció la destrucción de Cartago- subraya las cualidades de conductor de Aníbal, en especial en cuanto al momento, la decisión y el compromiso, pero poco podía hacer frente a una Roma que gerenciaba el reclutamiento, las finanzas y los reemplazos. Lo mismo encontramos en Maquiavelo, que señala la “virtù” de Aníbal, esa cualidad que une la audacia y prudencia en la defensa de los intereses patrios, aunque de manera individual, de lo que carecía Cartago como conjunto, mientras que en la Roma republicana de entonces esa cualidad era institucional. Al menos eso dice, con la guerra púnica del lunes. Como sea, frecuentar la historia parece interesante, sobre todo cuando lo contemporáneo viste decepción. Las comparaciones con lo cotidiano de los argentinos son sin duda abusivas, aunque las fuentes y citas son exactas. Demasiado a nuestro gusto. Pero es lo que hay. Por cierto, el joven Escipión, llamado el Africano por ser el vencedor de Aníbal, fue acusado por el Senado romano tiempo después, sin demasiado fundamento, y prefirió el exilio. Parece que las últimas palabras fueron “Patria ingrata, no tendrás mis huesos”. Muchos años antes, cuando los ricos cartagineses lloraron por la cantidad de plata que se debía pagar a Roma después de la derrota de Zama, dicen que Aníbal largó a reír. ¿Qué valía ese dinero comparado con el proyecto, el esfuerzo realizado y las pérdidas humanas sufridas? <em>Hannibal ad portas</em>. ¿Pero de quiénes?</p>



<div style="height:64px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9 wp-block-paragraph">Jueves 14 de agosto de 2025.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-10 wp-block-paragraph">*Sociólogo. Ex Senador de la Nación, Diputado y Embajador en Francia.</p>



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		<title>Bosco político. Una fábula visual con moraleja maquiaveliana &#8211; Por Diego Tatián</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 06 Feb 2026 14:25:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Diego Tatián]]></category>
		<category><![CDATA[Despotismo]]></category>
		<category><![CDATA[El Bosco]]></category>
		<category><![CDATA[Maquiavelo]]></category>
		<category><![CDATA[poder]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Un apunte sobre el carácter emancipatorio del realismo, que sugiere el poder anacrónico del arte para revelar el engaño en el que se fundan los despotismos.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-13 wp-block-paragraph"><strong><em>Un apunte sobre el carácter emancipatorio del realismo, que sugiere el poder anacrónico del arte para revelar el engaño en el que se fundan los despotismos.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-14 wp-block-paragraph"><strong>Por Diego Tatián*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-15 wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:64px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-16 wp-block-paragraph">Indescifrable e inagotable, la obra de Hieronymus Bosch (murió en 1516 y nació, tal vez, en 1450), llamado por los españoles simplemente El Bosco, es una de las más extrañas aventuras de la historia del arte y se carga de sentidos con el paso del tiempo. Intensísima, la discusión sobre lo que debe atribuirse al Bosco ha sido -y continúa siendo- tan variable, que tal vez debamos adjudicar ese nombre a una obra imprecisa en sus límites y en constante movimiento: los nueve cuadros autógrafos que al parecer pueden ser atribuidos completamente al Bosco sin ninguna clase de dudas, además de pinturas salidas de su taller en ‘s-Hertogenbosch pero no necesariamente realizadas por Hieronymus; otros cuadros efectivamente pintados por él pero intervenidos en algunas figuras o modificados luego de su muerte; otros más realizados por discípulos o imitadores anónimos, que durante mucho tiempo fueron atribuidos al pintor flamenco y luego desatribuidos por pequeños detalles o por exámenes dendrocronológicos de los anillos de crecimiento de la madera (tal el caso de <em>La mesa de los pecados capitales</em> o <em>La extracción de la piedra de la locura</em>). La historia de esa controversia abierta es narrada por Henk Boom en un libro apasionante, <em>El Bosco al desnudo</em>. En mi opinión todo ese mundo incierto es lo que debe designarse bajo el nombre “Bosco”.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-17 wp-block-paragraph">Muchos creyeron ver en sus cuadros (en <em>El carro de heno</em>, por ejemplo, o en <em>La visión de Tondal</em>) una representación del fin del mundo -miles de personas, en efecto, estaban convencidos que tal cosa se produciría en el año nuevo entre 1499 y 1500- y es en mi opinión eso exactamente lo que puede verse allí, a condición de comprender con El Bosco que siempre estamos en el fin del mundo. Y en el origen del mundo al mismo tiempo -tal vez las tablas de <em>El jardín de las delicias</em> puedan ser interpretadas de ese modo. Acaso el sentido del arte sea el de recordarnos algo importante que desatendemos u olvidamos al vivir: estamos en el comienzo del mundo y estamos en el fin del mundo. Recordarlo es un modo de desmitologizar el poder, revelar su fragilidad y perder el miedo a quien manda -a quien quiere imponer una especie de eternidad de su dominio pero está, como cada uno de nosotros, en el fin del mundo, y también expuesto a ser despojado de él por la potencia creativa del comienzo. La gran liberación del <em>Apocalipsis</em> es la liberación de la ideología y la idolatría, que producen la crédula servidumbre voluntaria de las personas. Y aunque las obras no salvan y los seres humanos no somos dueños del porvenir ni controlamos lo que depara el tiempo, una confianza en lo que está siempre a punto de nacer mantiene vivo el deseo de libertad común e impulsa a la vida activa.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-18 wp-block-paragraph">Una vieja anotación del Padre Sigüenza -durante muchos años bibliotecario de El Escorial y uno de los primeros estudiosos bosquianos-, sostenía que el artista flamenco no pintaba nada fantástico ni alegórico, sino al ser humano tal y como “es por dentro”, el hombre interior. Según esta comprensión, su pintura no era -como ha sido sucesivamente interpretada- la de un moralista católico, tampoco la de un herético que atestaba sus cuadros de mensajes cifrados destinados a compañeros de secta, ni la de un precursor surrealista (fue mencionado por André Breton en el Manifiesto de 1924), sino la de un puro realista de la intimidad humana. El Bosco pintaba lo que veía. Y lo que veía en el interior de los seres humanos -quizás también en el suyo mismo- no era muy alentador. Pleno de simbología, su arte es también, en otro sentido, un realismo de algo que los seres humanos ocultan o portan sin saber<a href="#_ftn1" id="_ftnref1">[1]</a>.</p>



<div style="height:30px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="870" height="600" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/02/Bosco-33.jpg" alt="" class="wp-image-18520" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/02/Bosco-33.jpg?v=1770387318 870w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/02/Bosco-33-300x207.jpg?v=1770387318 300w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/02/Bosco-33-768x530.jpg?v=1770387318 768w" sizes="(max-width:767px) 480px, (max-width:870px) 100vw, 870px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>El fragmento pertenece a «El jardín de las delicias», de Hieronymus Bosch (El Bosco)</em></figcaption></figure>
</div>


<div style="height:30px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-19 wp-block-paragraph"><em><strong>Coda</strong></em>: Mil trescientos kilómetros al sur de ‘s-Hertogenbosch, en Florencia, otro realista de la vida en sociedad escribía en el mismo momento en que El Bosco pintaba en detalle el gran fresco de la vida que se extiende de la inocencia a la ferocidad y muestra a los seres humanos como somos en realidad. Lo hizo sin escandalizarse por cómo son las cosas (desalentando, por infecunda, cualquier queja por lo que él llamaba la “verdad efectiva de las cosas”), solo tomando nota de lo que sucede para saber lo que es necesario hacer: en el libro que llamó “El príncipe”, Maquiavelo no escribió un arte de la tiranía para uso de los poderosos, ni un alegre inmoralismo político, ni un manual para cínicos; se propuso en él algo muy distinto. Haciendo creer que le daba consejos al déspota, desentrañaba los mecanismos de funcionamiento del Poder y ponía ese saber a disposición de la causa popular. Como si hubiera querido decirnos: compañeros y compañeras que se propongan cambiar el mundo cualquiera sea la época en la que les haya tocado vivir, este es el secreto del despotismo: la inoculación de miedo, superstición, pasividad, impotencia, resentimiento, odio y la distorsión ideológica que atribuye la causa del infortunio a desobediencias, vicios y pecados. O a culpables de cualquier tipo que es necesario eliminar por ser portadores de los males.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-20 wp-block-paragraph">Que más de quinientos años después sea aún nombrado por los déspotas para darlo por muerto, es indicio de la actualidad de Maquiavelo -como actuales son las figuras de El Bosco para dejar ver lo que esconde tras lo que se muestra. La persistencia de esa obra política se extiende hasta donde se extienden la arrogancia, la prepotencia y el despotismo, para desenmascarar lo que los arrogantes, los prepotentes y los déspotas quisieran mantener oculto: que cuando hablan de libertad lo que dicen <em>en realidad</em> es dominación.</p>



<div style="height:35px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-21 wp-block-paragraph"><strong>Referencias:</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-22 wp-block-paragraph"><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> En un relato llamado “El maestro del juicio universal” -publicado hace muchos años en la revista cordobesa <em>Escrita</em>-, el escritor italiano Dino Buzzati pone esta tesis del realismo bosquiano en la historia de un viejo de ‘s-Hertognbosch que, en pleno siglo XX, ve la realidad como siglos atrás la había visto su misterioso conciudadano. “¡Pero si es tan sencillo, tan claro!¡Si no ha existido un pintor tan realista y diáfano como él!&#8230; Sólo que él era un genio que veía lo que nadie, ni antes ni después, ha sido capaz de ver. Ahí está su secreto: era alguien que ‘veía’ y pintó lo que veía… También a él le sucedía a menudo ver el mundo como lo veía el Bosco. Por ejemplo aquella misma tarde; muchas de esas amorosas mamás con sus pequeñuelos en los coches no eran otra cosa que feos pajarracos de pico curvo, lagartones negros hinchados de odio, ávidos cercopitecos desdentados, vejigas infames con patas de araña. Entre los mismos niños había visto un repelente ejemplar de ornitorrinco y de gnomo, armado de sanguinolentas garras…”.</p>



<div style="height:55px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-23 wp-block-paragraph">Viernes, 6 de febrero de 2026.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-24 wp-block-paragraph">*El autor es investigador del Conicet y docente de la UNSAM.</p>



<div style="height:15px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



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<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" width="271" height="68" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo.png" alt="" class="wp-image-16425" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo.png 271w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo-260x65.png 260w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo-50x13.png 50w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo-150x38.png 150w" sizes="(max-width:767px) 271px, 271px" /></figure>



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