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	<title>Literatura archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<title>Literatura archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>La literatura como trinchera política &#8211; Por Hugo Presman</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 26 Mar 2019 18:45:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Hugo Presman]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el escenario de la profunda crisis que azota a nuestro país bajo el gobierno de Cambiemos-PRO, la literatura, como escribió César Pavese, es una defensa contra las ofensas de la vida. </p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/la-literatura-como-trinchera-politica-por-hugo-presman/">La literatura como trinchera política &#8211; Por Hugo Presman</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em><strong>En el escenario de la profunda crisis que azota a nuestro país bajo el gobierno de Cambiemos-PRO, la literatura, como escribió César Pavese, es una defensa contra las ofensas de la vida. </strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Hugo Presman*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El escritor y poeta italiano Cesare Pavese, autor entre otros libros de <em>“La luna y las fogatas”</em>, hace muchos años acuñó una frase que sin saberlo puede ser aplicada a aquel 17 de octubre de 1945, partida de nacimiento de la Argentina moderna. Sostenía: “Hay momentos en la historia en que los que tienen algo que decir no saben escribir y los que saben escribir no tienen nada que decir.” Los obreros, los sectores populares, no escribían sus aspiraciones sino que las corporizaban en una esperanza que se sintetizaba en un nombre de cinco letras. Los que habían cursado los tres ciclos de enseñanza habían alimentado prejuicios, trasplantaban mecánicamente la contienda inter imperialista, repetían esquemas escritos para otras realidades; y aquellos que soñaban con revoluciones obreras lejanas desconocían a los obreros de carne y hueso que protagonizaban un hecho histórico y que no se parecían a los estereotipos de las postales impolutas. Y horror de horrores, metían las patas en la fuente.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En el escenario de la profunda crisis que azota a nuestro país, otra frase del autor de <em>“El bello verano”</em> permite darle sentido al título de esta nota cuando escribió: <strong>“La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida” </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Al mismo tiempo, en la gran literatura están anticipados la mayoría de los problemas actuales: la vida, la muerte, el amor, la pobreza, la miseria, las injusticias, el poder, son los temas que atraviesan la literatura, el teatro, la pintura. Una obra adquiere la dimensión de clásica cuando perdura en el tiempo como si fuera contemporánea. Un autor clásico como Shakespeare escribió sus obras teatrales en el siglo XVI y en el siglo XXI se siguen representando, manteniendo su vigor y lozanía. Si tomamos <em>“El Mercader de Venecia”</em>, se cuenta que un veneciano que pertenece a la nobleza pero es pobre, de nombre Bassanio le pide a su mejor amigo, Antonio, un rico mercader, que le preste 3000 <a style="color: #000000;" href="https://es.wikipedia.org/wiki/Ducado_(moneda)">ducados</a> que le permitan enamorar a la rica heredera Porcia. Antonio, que tiene todo su dinero empleado en sus barcos en el extranjero, acude a <a style="color: #000000;" href="https://es.wikipedia.org/wiki/Shylock">Shylock</a>, un <a style="color: #000000;" href="https://es.wikipedia.org/wiki/Usurero">usurero</a>. Este acepta prestar el dinero con la condición de que, si la suma no es devuelta en la fecha indicada, Antonio tendrá que dar una <a style="color: #000000;" href="https://es.wikipedia.org/wiki/Libra_(unidad_de_masa)">libra</a> de su propia carne de la parte del cuerpo que Shylock dispusiera. Los barcos de Antonio se hunden y la deuda no se paga. Shylock reclama su libra de carne, exigiendo que sea de la parte más próxima al corazón. Tal situación desemboca en un juicio presidido por el <a style="color: #000000;" href="https://es.wikipedia.org/wiki/Dux_de_Venecia">duque de Venecia</a>, al que asiste Porcia disfrazada de abogado. La sentencia favorece a Shylock y admite que éste, por ley, puede cobrarse la libra de carne. Pasaron cinco siglos, la justicia como siempre se inclina a favor de los poderosos, los Shylock se han multiplicado y tienen un sindicato extraordinario que es el FMI, y ya no exigen meramente una libra de carne sino que saquean a los países endeudados, y arrojan a millones a la desocupación, el hambre, a la indigencia. Esa situación la podemos encontrar en <em>“Los Miserables”</em> de Víctor Hugo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ahí un desesperado Jean Valjean es condenado por robar un pan. Logra escaparse, es capturado y condenado a trabajos forzados. Una escena y una temática contemporánea.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Un clásico popular nuestro es <em>Mafalda</em> que dejó de publicarse en 1973. En una de las tiras Mafalda se enfrenta a su madre y le dice “¡No tengo que obedecer a nadie mamá! ¡Yo soy el presidente!” La madre responde con ironía: ¡Y yo soy el Banco Mundial, el Club de París y el Fondo Monetario Internacional! El silencio de Mafalda como única respuesta, es el mismo que exhiben Mauricio Macri y su subordinado Nicolás Dujovne.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Y no es porque no haya bibliotecas enteras con autores nacionales y populares que hayan escrito sobre el tema. Arturo Jauretche advertía: <strong>“Asesorarse con los técnicos del FMI, es lo mismo que ir al almacén con el manual del comprador, escrito por el almacenero”  </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>El desgobierno de Mauricio Macri no es la dictadura establishment -militar pero sí tiene su misma matriz económica.</strong> La reiteración del proyecto (pero ahora con apoyo en las urnas) vuelve actual el acierto de Perón: <strong>“La experiencia cuesta caro y siempre llega tarde.”</strong> Es el mismo Perón que sostenía: <strong>“La economía y el libre mercado son sólo afirmaciones para el consumo de los tontos e ignorantes. La economía nunca es libre: o la controla el Estado en beneficio del pueblo, o la controlan las grandes corporaciones en perjuicio de éste”. </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">CAMBIEMOS, que ha sido construido y gobierna sobre un Everest de mentiras afirma que el retroceso de la Argentina proviene de los últimos 70 años que los identifica con el peronismo. Mario Vargas Llosa en su mejor libro <em>“Conversación en la Catedral”,</em> pone en boca de Santiago Zabala, Zabalita, la pregunta: ¿En qué momento se había jodido el Perú? Si Zabalita se hiciera la pregunta sobre la Argentina, la respuesta, salteando los claroscuros, es la consecuencia de todos los gobiernos antipopulares, con charreteras o sin ellas, que pretenden modelar un país para pocos. Nuestro país padece el síndrome de Penélope, descripto en la Odisea, que desteje en los gobiernos neoliberales lo que tejió en los gobiernos populares.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El poder económico que está detrás de esta concepción, se apropia de la historia, la falsifica, como lo hizo Bartolomé Mitre, y sabe desde siempre lo que George Orwell, el autor de <em>“1984”,</em> de <em>“Rebelión en la Granja”</em>, sintetizó: «Quien controla el pasado controla el futuro: quien controla el presente controla el pasado»</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es el mismo Orwell el que parece haber escrito hace 70 años refiriéndose al gobierno de Macri: “El poder radica en infringir dolor y humillación”</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Más cerca en el tiempo y en la geografía, Rodolfo Walsh escribió: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas”</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hay momentos que la realidad es tan asfixiante que cuesta no bajar los brazos. Otro autor, el escritor, filósofo, ensayista francés Jean Paul Sartre, desde sus obras nos alienta para mantener el espíritu de lucha: <strong>“Hubo tiempos más bellos, este es el nuestro y no lo queremos malgastar” </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Y por eso, porque el hombre, los pueblos, hacen la historia pero no en las condiciones que hubieran elegido, un cuento de Eduardo Galeano llamado <em>“La Música</em>, conserva en iguales proporciones el saber y el optimismo para guardar y enarbolar en estos tiempos gélidos: “Era un mago del arpa. En los llanos de Colombia, no había fiesta sin él. Para que la fiesta fuera fiesta, Mesé Figueredo tenía que estar allí, con sus dedos bailanteros que alegraban los aires y alborotaban las piernas. Una noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. Iba Mesé Figueredo camino de una boda, a lomo de mula, en una mula él, en la otra el arpa, cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes. Al día siguiente, alguien lo encontró. Estaba tirado en el camino, un trapo sucio de barro y sangre, más muerto que vivo. Y entonces aquella piltrafa dijo, con un resto de voz: – Se llevaron las mulas. Y dijo: – Y se llevaron el arpa. Y tomó aliento y se rió: &#8211; Pero no se llevaron la música.”</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se están llevando todo. Y nos dejan una deuda dura y penosa. Un país destruido. Pero si la música la conservamos y la mayoría canta la letra, esa es la garantía que sí se puede cambiar esta escenografía, este cuadro de situación, que cada vez se asemeja más al Guernica de Picasso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong> </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 26 de marzo de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Coconductor del programa radial EL TREN, con más de 14 años en el aire. Contador Público recibido en UBA. Fue profesor de Economía Política en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma Universidad. Es Periodista. Sus trabajos son publicados en diversos medios nacionales e internacionales. Es autor del trabajo de investigación “25 años de ausencia” y participó con trabajos en los libros “Damián Carlos Álvarez Pasión por el libro” e “Insignificancia y autonomía”. Debates a partir de Cornelius Castoriadis.</em></span><br />
<span style="color: #000000;"><em><span style="color: #000000;">Además es coautor del libro “Bicentenario de la Revolución de Mayo y de la Emancipación Americana”</span> </em></span></p>
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		<title>El arte de la novela y el encierro &#8211; Por Juan Terranova</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 18 Apr 2020 00:02:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Terranova]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El novelista Juan Terranova nos envía este texto donde reflexiona sobre los desafíos de escribir en tiempos de pandemia, encierro y cuarentena.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/el-arte-de-la-novela-y-el-encierro-por-juan-terranova/">El arte de la novela y el encierro &#8211; Por Juan Terranova</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em><strong>El novelista Juan Terranova nos envía este texto donde reflexiona sobre los desafíos de escribir en tiempos de pandemia, encierro y cuarentena.</strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Juan Terranova*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>1</strong>. Martin Amis decía que, para un escritor, el periodismo se trataba de salir de casa, y el arte de la novela, de quedarse. La definición, precaria, parte de una verdad y son muchos los que ven en esa simple dicotomía un sistema que puede alimentar la realidad del encierro. Siguiendo al bueno de Martin, el encierro obligatorio y voluntario sería productivo para el novelista. Sin embargo, y como suele pasar, las cosas no son tan simples.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>2</strong>. El aislamiento del novelista <em>también </em>es voluntario y cuanto más tiempo pase sobre el escritorio y la computadora, más crecerá su proyecto. Escribir textos de largo aliento se parece a labrar una tierra dura y extensa. A veces el arado funciona, corre y fluye, otras veces el recorrido está lleno de piedras. A veces el labrador se cansa. Pero mientras trabaja tiene una certeza, el mundo sigue funcionando a su alrededor. Día y noche se alternan, el mercado espera su fruto, la tierra impulsará lo que en ella se siembre y vendrá el tiempo de la cosecha. El buen novelista, y quizás el malo también, sabe que el mundo no se detiene cuando él escribe. Más bien al contrario. Una vez terminado el día de trabajo, puede ir a tomar una cerveza, ver otros novelistas, encontrarse con una mujer, jugar al tenis. Hemingway recomendaba hacerlo. Después de esas páginas ganadas a la nada, se impone la distensión volviendo a la vida, a la experiencia. Este momento de esparcimiento tiene dos funciones. Primero, asear la mente, descomprimir la neurosis obsesiva, y, al mismo tiempo, oxigenar y relajar el cuerpo. Pero también funciona en un segundo plano. El novelista sale para saber que el mundo sigue ahí y que entonces sus refinados mecanismos narrativos, sus elucubraciones sobre la existencia, en definitiva, sus ideas y su arte, van a ser recibidos por una sociedad que, si bien no lo espera, porque nadie espera una novela más, sigue tal cual la dejó. Esta constatación, la afinidad entre el retrato y el modelo, le permite escribir y no perderse en su propia selva de signos. En una tercera instancia, el novelista puede alimentarse de eso que pasa mientras no escribe. Si se enamora en ese momento, su novela tendrá más melancolía o pasión. Si tiene un accidente doméstico, puede incorporarlo a su trama. Si se traba, un poco de felicidad externa puede ayudar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>3</strong>. Frente a un aislamiento forzado y colectivo esta situación cambia. Ya no nos sustraemos del mundo buscando la soledad para armar universos privados en los que somos el dios miserable o genial que domina a los personajes. El mundo se esconde con nosotros. De golpe hay demasiada gente encerrada y aislada. Ya no somos los únicos excéntricos que se separan de la civilización para narrar. Corremos a escondernos para escribir, y todos corren con nosotros. Y luego, esto resulta clave, los escondidos que conocemos, apiñados en sus huecos, cubiertos de sombra, quieren empezar a hablar de su escondite, del acto de esconderse y de cuántos son los que se esconden y cómo. Proliferan así especulaciones de todo tipo, sociológicas y antropológicas, incluso psicoanalíticas y estéticas, se citan libros sobre pestes y pandemias, se hacen documentales, expertos y artistas hablan incansablemente sobre lo que conocen y no conocen, y ese hastío que destruye toda rutina hace que el novelista pierda los parámetros de su oficio.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>4</strong>. Es muy difícil escribir si todo el mundo sabe que estás ahí y quiere contactarte por cada uno de los medios tecnológicos de los que dispone. Al mismo tiempo, resulta muy difícil <em>imaginar</em> dentro de esos medios continuos y su abrasivo poder de mitologización. La televisión es una máquina de sorpresas en medio de su propio tedio. Internet nos baña en miles de datos que van entretejiendo una saga planetaria con millones de personajes y situaciones. Los ataúdes de cartón en Guayaquil, los muertos en la calle o convertidos en una cifra deportiva, las fosas comunes de Hart Island y su millón de fantasmas, los conventos zombificados de Italia, el hombre lobo suelto en Chiapas, Alberto como un personaje firme de la serie <em>Law &amp; Order</em>, el papa Francisco mostrando la épica de la resistencia católica, Brasil probando una vacuna y matando diez personas… ¿Cuál es la salida? La paranoia, uno de los mejores insumos del novelista, nos ha sido arrebatada. Por mi parte, yo escribo una novela de viajes. Esa es mi salida. A ir contra la hiperrealidad, a ser destruido por el insuperable caudal de relatos que giran hoy en el mundo, prefiero la fuga interior a lugares externos. A eso le agrego YouTube, un buen aliado para generar la basculación necesaria entre dispersión y concentración.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>5</strong>. Escribir una novela, o intentar escribir una novela, es un acto de egoísmo narcisista. Nada nos lleva a escribir novelas y no hay por qué escribirlas. No dan dinero, no dan prestigio, solo las leen nuestros amigos y algunas almas piadosas que nos confían su tiempo, un tiempo que nosotros desperdiciamos en nombre de nuestros deseo más tontos o esa vaporosa institución conocida como “literatura argentina.” Pero quizás en medio de una epidemia mundial que hace que todos se quedan en casa, el novelista, si logra concentrarse, pueda ser el más libre, el más cuerdo, el que pueda emerger más fresco, cuando todos alrededor estén definitivamente hastiados y mustios. Nuestra caja de herramientas, que incluyen la paciencia, la soledad y la emoción, no es la peor para afrontar esta situación. El desafío está planteado. ¿Quién de nosotros escribirá en cuarentena? Las cosas parecen más simple para el lector, el otro héroe, el verdadero comandante, al que, después de las quejas, le llegó ese tiempo que tanto deseaba para volver, una vez más, a su biblioteca.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 18 de abril de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Escritor y periodista</span></p>
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		<title>La retórica de la pandemia &#8211; Por Fernando Alfón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 18 Apr 2020 22:50:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Alfón]]></category>
		<category><![CDATA[encierro]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[pandemia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Todo está en peligro, pero nosotros nos mantenemos erguidos replegándonos en la intimidad. La situación mundial, esta vez, nos concede ese punto de vista: todo colapsa, pero si uno narra ese colapso es porque aún no nos alcanza.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;"><strong><em>Todo está en peligro, pero nosotros nos mantenemos erguidos replegándonos en la intimidad. La situación mundial, esta vez, nos concede ese punto de vista: todo colapsa, pero si uno narra ese colapso es porque aún no nos alcanza.</em></strong></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><strong> Por Fernando Alfón*</strong></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecla Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La pandemia me agarró leyendo la <em>Retórica </em>de Aristóteles, para qué negarlo. No lo aclaro porque me avergüence esa predilección, sino porque todo lo que no fuera el virus, los infectados y China, todo lo que no remitiera al aquí y ahora del mundo parecía lujo o indolencia. Luego vino la cuarentena, la parálisis, la suba del dólar. Aferrado a la idea de que todo eso acabaría en algún momento, no quise soltar a Aristóteles y aún me fui más atrás, a la vida de Gorgias, de Tisias, de Córax. Toda la doctrina clásica sobre la retórica descansa en el principio de lograr ser natural. Un buen orador, un buen texto, no tiene que ser afectado. Qué extraña coincidencia, porque la pandemia nos puso en un lugar extraordinario. Todos actuamos de manera desacostumbrada. Usar barbijo antes de marzo era una exageración, una sobreactuación del riesgo; ahora es un lugar común. Hay gente que sale con carpetas transparentes abrochadas en la frente, con envases de Coca-Cola recortados a la cara, con corpiños en la boca. ¿Cómo ser natural en un mundo que se ha vuelto extravagante? Saludamos con los codos, esperamos ansiosos las cifras mortuorias, miramos de a ratos por la ventana, para no ver nada. ¿Cómo parecer más reales? Hay quienes creen lograrlo haciendo como si no sucediera nada. Otros, en cambio, acentúan el desconcierto, representan el papel de recienvenidos y dicen que todo es una gran pregunta, que el mundo es todo fugaz, etcétera. Simular ingenuidad: qué forma tan enfática de la afectación. Lo cierto es que no nos sentimos absolutamente desconcertados. Nuestra robusta conciencia no nos permite que la desdeñemos, justo ahora. Ya imaginamos el mundo que está por venir y en esa imagen que nos llega del futuro estamos contemplados. Tendemos a proyectarnos como sobrevivientes.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Si ese futuro irrumpiera ahora mismo, a mí me cogería —como dicen en España— estudiando la retórica clásica. Isócrates, Cicerón, Quintiliano. ¿Hay algún saber más lejano e inaplicable que ese, para atravesar esta pandemia? No obstante, la peste es un ligero corrimiento de lo natural. Qué curioso, especialmente de eso versa la retórica.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Nos hemos desplazado. El tema más evidente, cuya obviedad nos exime de nombrar, es la anomalía repentina de todos nuestros comportamientos, también los retóricos. He notado que muchos recurrimos a la primera persona para dar testimonio de la pandemia. Este que ahora estás leyendo, lector, recurre a esa persona. Como si ante semejante desconcierto fuéramos al lugar donde nos sentimos más seguros. Todo está en peligro, pero nosotros nos mantenemos erguidos replegándonos en la intimidad. La situación mundial, esta vez, nos concede ese punto de vista: todo colapsa, pero si uno narra ese colapso es porque aún no nos alcanza. La primera persona es más verosímil durante una cuarentena, pero también es más patética. Y a menudo la creemos más verosímil, simplemente porque es más patética. ¿Quién no tiene un amigo eminente, o un conocido muy respetado que aparezca filmándose, en gym, comiéndose un kilo de tortas fritas? El punto de vista personal nos resulta oportuno para contar una catástrofe mundial. Es más frágil, también, pero sin cuya fragilidad se desintegra.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Imaginemos que el mundo comienza a temblar, y vemos derrumbarse los edificios, y escuchamos que las montañas se desmiembran, y todo al compás de un ruido atronador de fondo, que son los vientos arrasando lo último que queda. Imaginemos, también, que nosotros estamos en una isla que, por alguna extraña razón, no es alcanzada por esa catástrofe. En esa situación, describir en tercera persona lo que vemos podría resultar literario. Alguien podría pensar que no es real, que no estamos en el lugar de los hechos. Si describimos lo que nos pasa, en cambio, contando que nuestra isla está a salvo, aunque sentimos que la tierra se mueve un poco, y tenemos amigos muy queridos que quedaron del otro lado, el relato de la catástrofe se materializa. Lo podemos ver y hasta tocar. Todo eso requiere de un yo, de alguien que soporte en su propio cuerpo las señales del desastre.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pues bien, en mi caso, cuando les doy un respiro a los sofistas griegos y me abandono a la lectura de las crónicas contemporáneas, noto una preeminencia del yo. Podría decir también, «una vuelta del yo», porque en algún momento se creyó que ya no era necesario. En las ciencias sociales, por ejemplo, está proscripto. Alguna vez creíamos que éramos más objetivos escondiéndonos detrás de la impersonalidad; luego se nos hizo costumbre.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El aislamiento nos quitó la sociabilidad, pero nos devolvió la voz de la intimidad. Ahora solo somos creíbles si contamos lo que pasa en nuestro barrio, en nuestra propia casa. Es inevitable, por otro lado; sabemos que aquellos que testimonian la pandemia están en sus casas. Todos esos testimonios suelen comenzar diciendo: «Estoy aquí, en mi cuarto, donde paso largas horas&#8230;». La cuarentena creó una escena de enunciación muy similar en muchas partes del mundo. Ese hogar —como a algunos le dicen para hacerlo más acogedor—, puede ser un infierno. He aquí otro de los imprevistos del virus: matar por efectos colaterales. El tema del yo es inmediatamente la casa. No ignoro los que, de todos modos, siguen viajando, los que trabajan afuera todo el día, o los que directamente duermen a la intemperie. Hasta ahora, los que están narrando la pandemia, están en una casa. Podemos deducir, incluso, las condiciones que tiene esa casa, a partir de las comodidades básicas como para tener ganas de testimoniar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Recurrimos al yo, pero ahora más despojado. Nos dejamos de bibliografías específicas, de citas extensas o de autoridad y vamos directamente a las cosas, a lo que nos está pasando, porque entendemos que aquel que nos escucha quiere saber solo eso. Lo deduce del contexto, pero quiere escucharlo o leerlo desde nuestro yo. Tan indispensables como los barbijos, resultan los testimonios personales del aislamiento. Todos encerrados, necesitamos saber cómo es el encerramiento del otro. Mientras tanto, aguardamos la primavera o la vacuna que nos devuelva a la normalidad. Digamos, ahora, a la otra normalidad, a la que ya habíamos juzgado de excepcional, pero visto que se puede vivir una situación aún más excepcional que la anterior, anhelamos alguna que nos permita, al menos, salir a caminar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Todos estamos confesándonos. Principalmente por video llamadas, y lo más común es decir que todo esto es como el canto del cisne: el último testimonio de una humanidad ante la cornisa. De todas las formas que la intimidad encontró para expresarse, esta que evoca el Apocalipsis —para la izquierda, el fin del capitalismo— quizá sea la peor y la menos auténtica. Decir que la humanidad avizoró su límite no es más que la revelación de una absoluta falta de imaginación. ¿Hace falta enumerar el historial de pandemias pasadas? No es necesario impostar desconcierto para que nuestro testimonio sea creíble; basta con contar lo que realmente estamos viviendo. En mi caso, como ya dije, paso los días leyendo el tema que la humanidad decretó obsoleto. Sé que la pandemia pasará, como lo presiente usted, lector, cuya certeza de ese porvenir le permite estos pasatiempos. Escribir o hablar, en estos días, es como decir «aquí estoy», «sigo vivo». Mientras tanto, mientras dure la conmoción, dar testimonio es un signo de vida.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 18 de abril de 2020</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>*Ensayista</em></span></p>
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		<title>El cuento de la oficina &#8211; Por Claudio Zeiger</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Sep 2020 03:36:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Claudio Zeiger]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Oficina]]></category>
		<category><![CDATA[pandemia]]></category>
		<category><![CDATA[Roberto Arlt]]></category>
		<category><![CDATA[Roberto Mariani]]></category>
		<category><![CDATA[teletrabajo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La literatura argentina ha abordado el tema de la oficina, la rutina y el encierro a través de escritores como Arlt, Mariani, Saccomanno y Fogwill, entre otros. Claudio Zeiger reflexiona en este artículo sobre la situación paradójica y probablemente incierta acerca del lugar de la oficina en el mundo laboral y la vida cotidiana de nuestro presente.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em><strong>La literatura argentina ha abordado el tema de la oficina, la rutina y el encierro a través de escritores como Arlt, Mariani, Saccomanno y Fogwill, entre otros. Claudio Zeiger reflexiona en este artículo sobre la situación paradójica y probablemente incierta acerca del lugar de la oficina en el mundo laboral y la vida cotidiana de nuestro presente.</strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Claudio Zeiger*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una de las grandes novelas argentinas, <em>Los siete locos</em>, comienza con una escena magistral donde el corazón de la oficina -la gerencia- se convierte en el lugar supremo de la Ley, donde se emite el castigo. “Al abrir la puerta de la gerencia, encristalada de vidrios japoneses, Erdosain quiso retroceder; comprendió que estaba perdido pero ya era tarde”. A pesar de todo, después de esa primera escena, la vida de Erdosain se abrirá angustiosamente a la aventura, aquello que unos capítulos más adelante Roberto Arlt dará en llamar “el terror en la calle”.  Fuera de la ley, fuera de la oficina, se abren los espacios de la angustia y de la calle. Es, a pesar de todo, una angustia liberadora de la opresión del trabajo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hoy nos encontramos ante una situación paradójica y probablemente incierta acerca del lugar de la oficina en el mundo laboral y la vida cotidiana.  La mayoría de las oficinas se han dispersado en cientos y miles de hogares, departamentos, salas, comedores y dormitorios. La oficina sufrió un extraordinario efecto de diseminación: en cualquier rincón palpita una oficina. Llevarse el trabajo a casa, quedarse después de hora en la oficina, son sintagmas tan certeros como irreales. El futuro probablemente sea más parecido a este presente que estamos transcurriendo que a un regreso cien por ciento a las oficinas del pasado. Quizás, estamos a las puertas de una formidable nueva esclavitud disfrazada de un manejo emprendedorista del propio tiempo. Hipótesis moderada: quizás estamos a las puertas de un mix de teletrabajo y horas de oficina presenciales.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En la literatura argentina, el espacio de la oficina siempre fue asimilado al lugar donde reina la esclavitud, la servidumbre, la falta de libertad. La oficina no es un lugar creativo sino de rutina y burocracia, rencillas minúsculas y administrativas, mediocridades, chismes, resentimientos. <em>Mad Men</em>, uno de los hits de la cuarentena, nos trajo otra versión más maleable, de las relaciones entre oficina y creatividad. Y, sin embargo, en el fondo lo único que quiere Don Draper es dejar la oficina, asumir plenamente su verdadera identidad lejos de la recargada Nueva York.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Volviendo a la literatura argentina: Saccomanno, Fogwill, José María Gómez entre otros, han tomado este tópico tan interesante de la oficina como <em>locus </em>de la servidumbre y la humillación humanas. El imaginario de la oficina amasado en nuestra literatura tiene su origen en uno de los grandes libros que no han encontrado un lugar estable en el canon: los <em>Cuentos de la oficina</em> de Roberto Mariani, publicado en 1925, apenas un año antes de <em>El juguete rabioso</em> y <em>Don Segundo Sombra</em>.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>Cuentos de la oficina</em> abreva con maestría en ese ámbito de la oficina que NO es la calle ni el hogar. Eso es la oficina en el fondo: un no lugar. No calle. No hogar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es un libro moderno en una década identificada con la modernización, los años veinte. Sin embargo, hoy, casi cien años después, se puede leer como una versión de la modernidad que parece totalmente trastocada, en suspenso, en veremos. Y siempre será inolvidable su mirada sobre la oficina como encierro, cárcel cotidiana. Ese lugar donde nunca da el sol y reinan las luces artificiales.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Cómo será el futuro? ¿Cómo será el encierro del futuro? ¿Cómo serán las oficinas del futuro? ¿Habrá creatividad en esa nueva oficina de la nueva normalidad?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Cerremos entonces, a modo de réquiem por la oficina de Roberto Mariani, con unas palabras del texto que abre este libro magistral, “Balada de la oficina”:</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">“Entra. No repares en el sol que dejas en la calle.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Deja en la calle sol, viento, movimiento loco; tú, entra.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Entra, penetra en mi vientre, que no es oscuro, porque ¡mira cuántos OSRAM flechan sus luminosos ojos de azufre encendidos como pupilas de gato! Penetra en mi carne y estarás resguardado contra el sol que quema, el viento que golpea, la lluvia que moja y el frío que enferma.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ahora vete contento. Has cumplido con tu deber. No te detengas en el camino. Hay que ser serio, honesto, sin vicios. Y vuelve mañana y todos los días durante 25 años, durante los 9125 días que llegues aquí, yo te abriré mi seno de madre. Después, si no te has muerto tísico, te daré la jubilación.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Entonces, gozarás del sol, y al día siguiente te morirás ¡Pero habrás cumplido con tu deber!”</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 11 de septiembre de 2020.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Escritor y periodista. Editor de los suplementos Radar y Radar Libros del diario <em>Página/12</em>.    </span></p>
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		<title>SILBIDOS DE UN VAGO 13 – Declaracionismo y descontento &#8211; Por Noé Jitrik</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 24 Jul 2021 19:38:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Noé Jitrik]]></category>
		<category><![CDATA[descontento]]></category>
		<category><![CDATA[izquierda]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Pedro Castillo. declaracionismo]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Castillo ante los desafíos de gobernar frente a una derecha primitiva, el declaracionismo de izquierda y el descontento de las clases medias.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Pedro Castillo ante los desafíos de gobernar frente a una derecha primitiva, el declaracionismo de izquierda y el descontento de las clases medias.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Noé Jitrik*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><span style="color: #000080;">I</span></strong>ncreíble la imagen de Pedro Castillo, elegido presidente del Perú. Arduo camino le espera por otra situación igualmente increíble, la cantidad de votos que consiguió la Fujimori: ¿qué les pasa a sus votantes? Ella va a patalear un tiempito pero pronto comprenderá que el único camino que le queda es actuar en adelante como Patricia Bullrich, no porque sea mujer, como ella, aunque ninguna de las dos lo parecen; Bullrich tiene como meta impedir, corroer, destruir, lo demás no importa, para la Fujimori será lo mismo, peor porque no podrá sacar de la cárcel a su papá y porque, si Castillo no afloja, ella misma puede ir a acompañar a su progenitor en la lóbrega soledad de una mazmorra peruana.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero esa perspectiva desencadena una pregunta más importante: ¿cómo hará Castillo para enfrentar, y derrotar, a esa derecha primitiva y salvaje y numéricamente importante, eso que calificaba como increíble? Si un “esclarecido” Vargas Llosa, que ya no puede pensar, apoyó a la Keiko ¿qué se puede esperar de los que no piensan pero actúan cuando apunta un político popular, salido de la gleba, impoluto e instruido? No es difícil imaginar que la oligarquía peruana empiece a prepararse para socavar su escaso poder, otro presidente sustituido o suicidado mucho no le afecta, semejante a lo que hacen todas las oligarquías, la que hizo la alemana cuando el payaso de Hitler apuntaba y la débil socialdemocracia intentaba sobrevivir. Terrible amenaza que, ciertamente, Castillo tendrá que enfrentar. ¿Podrá solo? ¿Quiénes lo están respaldando, apoyando, ayudando? Lo veremos, pero si algo se puede desearle es que se cuide, que mida cada paso y, sobre todo, que se cuide del mal que aqueja a los políticos que se atreven, o sea, las excesivas declaraciones.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No es decir algo en el aire: no hay que esforzarse demasiado para considerar que el declaracionismo ha sido una constante en América Latina, no sé desde cuándo: Yrigoyen casi no hablaba, irrumpía, Vargas era contenido, Perón contundente, pero otra cosa inauguró Fidel Castro, sus tres o cuatro horas de micrófono casi todos los días al principio eran sorprendentes y hasta seductoras, sobre todo porque explicaba, era docente, pero luego volvía sobre sí mismo y ya no era lo mismo, sus enemigos aprovechaban la facundia para hacer olvidar la revolución. Chávez siguió por ese sendero pero era diferente, el poder de la palabra desaparecía en la sobreabundancia, el desafío y la presencia, para quienes lo odiaban era ruido, sólo oían eso y no que hacia girar la estructura. El hecho es que cada político de izquierda que gana un espacio, cuanto más importante es, más notorio es el deseo de declarar, propósitos, intenciones, propuestas, desafiantes los tonos o lo que venga. López Obrador declara la “Cuarta transformación” y como lo hace constantemente la derecha mexicana se agrupa, no se convence y quienes lo escuchan ya estaban convencidos, no necesitaban que se les repitiera tantas veces. Morales no era ni es lo mismo, su parquedad es ejemplar y si lo voltearon no fue porque hablara demasiado sino porque hacía mucho. Y por casa ¿cómo andamos? Los voceros de la izquierda, fuera del poder, invocan infatigablemente a los “trabajadores” que, quizás rumiando el futuro del socialismo, callan. Fernández, por su lado, es tranquilo, no promete sangre, sudor y lágrimas, como lo hacía el mitológico, y bombardeado, Churchill, sino algo razonable, se detiene al borde del precipicio de la exasperación y vaya si tiene motivos para estar exasperado, yo lo estoy y agradezco que él no. Quisiera que se apreciara esa economía discursiva, para los enemigos es letal mientras que el declaracionismo es pasto para las fieras.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La derecha no es declaracionista, es simplemente gruñona, in–argumentativa, repetitiva y criticona, no sabe lo que es la crítica en ninguno de sus aspectos, sobre todo respecto de sí misma y en eso reside en ocasiones su éxito: ser de derecha es devolver en el espejo del discurso ese no-lenguaje, muchos lo compran como quien adquiere dos televisores al precio de uno en Miami; no le dura demasiado ese éxito pero el fracaso no la destruye, regresa, se asemeja, pero al revés, al eterno regreso del lenguaje poético. Ni siquiera necesita creer en sus sonsonetes, le basta con excretarlos y tan felices y contentos cuando verifican que hay quienes los reproducen, desde legisladores hasta filósofos pasando por abundantes mediócratas. Pero no producen reacciones como las que producen las de los declaracionistas de izquierda o más o menos: es como si se aceptara que la vaciedad es un requisito para tener un lugar en el mundo y un elemento componente de lo humano. ¿Qué hacer con eso?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Encontrábame, como se dice en las novelas, hace unos años en un banco esperando meter mi tarjeta de débito en la ranura –no como González Tuñón que escribió que si uno ponía una moneda en una ranura/ vería la vida color de rosa- cuando un señor algo mayor, no sé si que yo, pero mucho mejor vestido, empezó a emitir ardientes invectivas contra Cristina Fernández de Kirchner, a la sazón presidente de este país. Le parecía una burla el aumento que había percibido en su jubilación, que no parecía, por su pinta, que fuera tan magra: le parecía poco. Pensé, en ese momento, que no pensaba en sus compañeros de infortunio, millones de jubilados a quienes ese aumento, algo inesperado, les venía bien, era un respiro. Pensé que el ser humano es un insatisfecho, no sabe recibir, nunca es suficiente lo que le toca y, por consecuencia, siempre está con bronca; si hasta el amor de que es objeto le parece poco, como le va a parecer bastante lo que venga del gobierno, en  el caso de la Presidente. Pensé que se me estaba ocurriendo algo original, una explicación de vastos comportamientos políticos: en el Brasil Lula logró mediante algunas leyes sacar de la pobreza a cuarenta millones de personas. ¿No era algo? ¿Cómo reconocieron este cambio de situación, de indigencia a pobreza quizás o de pobreza a algo más? No hice la cuenta pero la respuesta ahí está, votando a Bolsonaro y abandonando a Lula a su suerte.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Vaya con la naturaleza humana, nunca es suficiente lo que me dan. Descubro, verificando que todo está ya pensado y escrito, que Kant, el mismísimo Kant, se refirió a este asunto: “El hombre (¡pobre! no sabía que debía haber dicho, y la mujer) no está nunca contento con lo que posee, y ambiciona siempre otra cosa”, le contó a un remoto Nikolai Karamsian, en junio de 1789 (tampoco se imaginó que un mes después, ese descontento cambiaría muchísimas cosas en el mundo, la revolución llamada francesa, de los puros descontentos, con justa razón). Añado: esa “otra cosa”, nadie que aspira a ella sabe qué es, burros que persiguen ilusorias zanahorias, siempre falta, nadie puede decir que está satisfecho con lo que le toca porque a muchos no les toca casi nada. “El descontento y la promesa” escribió Pedro Henriquez Ureña refiriéndose a la literatura del continente: sigue resonando la expresión, ese descontento, que es malestar en los bien alimentados de las clases medias y altas, produce, en literatura. ¿No producirá igualmente en lo político y lo social? ¿No será que el descontento es el punto de partida de la idea de la lucha de clases?   </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 24 de julio de 2021.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Crítico literario, ensayista, poeta y narrador.</em></span></p>
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		<title>POSTEMILLAS &#8211; “¡Estudien o van a acabar de periodistas!” &#8211; Por Vicente Muleiro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Aug 2021 22:44:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Vicente Muleiro]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[periodismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Convertir a las redacciones en una central de información canallesca les permitió a las empresas líderes reclutar a los más desalmados periodistas, y el batallón corporativo se dejó llover por el dinero, la mentira, el autoritarismo para destripar el oficio que decían amar.</p>
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<div class="wp-block-group"><div class="wp-block-group__inner-container is-layout-flow wp-block-group-is-layout-flow">
<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong><em>Convertir a las redacciones en una central de información canallesca les permitió a las empresas líderes reclutar a los más desalmados periodistas, y el batallón corporativo se dejó llover por el dinero, la mentira, el autoritarismo para destripar el oficio que decían amar.</em></strong><strong><em></em></strong></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Por Vicente Muleiro*</strong></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:20px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-left wp-block-paragraph"><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Postemilla. 1. Absceso que supura. 2. Punta visible de un tumor.</em></p>



<div style="height:20px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Mandobles con rima. </strong>El periodismo recibe mandobles desde siempre. Por ejemplo, el poeta español Francisco Villaespesa (1877-1936) dejó escritas estas cuartetas:</p>



<div style="height:20px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>El buen Juan, que de estudiante,</em></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>no supo ser abogado,</em></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>nunca fue buen comerciante</em></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>pero tampoco empleado.</em></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>Pasó a las artes revista</em></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>y al final de la jornada,</em></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>no sirviendo para nada,</em></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>se ha metido a periodista.</em></p>



<div style="height:20px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>El consejo del profe.</strong> Ese gran narrador mexicano y afilado cronista que es Juan Villoro se formó como sociólogo con la certeza de que, para ser escritor, esa disciplina le iba a servir más que estudiar letras. Contó que un profesor los aleccionaba con esta frase: “¡Estudien muchachos o van a acabar de periodistas!”. Lo recuerda cada vez que, con frecuencia, escribe para los diarios.</p>



<div style="height:15px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>No hagas literatura, maricón.</strong> Tenía que ser algún culposo integrante de la propia&nbsp; tribu quien diera el latigazo. Y lo dio el checo Karl Krauss (1874-1936): “No tener una idea y saber expresarla: eso hace al periodista”. Es una frase representativa de la chantada y los chantas que circulan en los medios. Pero es injusta. Hay millares de textos fundamentados en todo el mundo y en todas las épocas. Y refulgentes brillos literarios encendidos por prosa de prensa en todos los idiomas. Sin embargo, gran parte de los periodistas (el gremio con más anti-intelectuales por metro cuadrado) se sienten humillados si se les recuerda que el oficio tuvo su gran salto formal como vertiente de la literatura que reinaba en la segunda mitad del siglo XIX a través de su&nbsp; género más popular: la narrativa realista. “No hagas literatura”, ordenan los mediocres capos de redacción cuando se enteran que un subordinado escribe cuentos, poesía, ensayo. Claro que tienen un problema: los que transitan la doble vía suelen estar entre los mejores.</p>



<div style="height:15px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Lo peor de cada casa.</strong> Convertir a las redacciones en una central de información canallesca les permitió a las empresas líderes reclutar a los más desalmados de la cuadra: el que se hace amigo del service y comparte el negocio con él (con el visto bueno de la corporación, si no, no podría hacerlo y no lo defenderían). El ex militante de izquierda que hoy curte macartismo. El que escribía novelas de crítica social y ahora escupe sobre las etnias originarias. Profes que daban clases clandestinas durante la dictadura militar y hoy se aplican al peor terrorismo verbal. El filósofo humanista que celebra la pos verdad. El que habla desde la ética y fue captado pidiendo coima a un empresario para hacerle una nota en su diario. (La escena está en un video imborrable).</p>



<div style="height:14px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Punto de inflexión</strong>. Winston Churchill escribió: “Infeliz del joven que a los 19 años no fue comunista”. Frase puntiaguda, muy descriptiva de las &nbsp;juventudes occidentales de clase media a partir de la segunda posguerra del siglo XX. También del deseo conservador de que el humo rebelde no ascendiera como ascendió hacia las barricadas de los ’60-‘70. Acordamos: el cambio de ideas políticas, aún brusco, está en el repertorio de lo humano. Pero las conversiones de la Armada Brancaleone de la tele, la radio y los diarios de las corpos abochorna en un punto: casi todos respiraron el aire criminal y padecieron la mordaza dictatorial videlista, algunos padecieron el exilio. También está el que sonrió con los genocidas en los mismísimos centros de desaparición, es verdad. Pero muchos de los que hoy sienten devoción por funcionarios que se disfrazan con uniforme de fajina, caminaron con las Madres y acompañaron las marchas de Derechos Humanos.</p>



<div style="height:14px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Los años de formación</strong>. Todos estos amarillistas –en lo político y en lo periodístico, aun los que tienen cucardas de posgrado y se animan a escribir con esdrújulas- hicieron sus primeros pasos en el periodismo político con los valores que despuntaron en la posdictadura, con el clima del alfonsinismo con epicentro en el Juicio a las Juntas, con la trunca renovación peronista que intentó encabezar Antonio Cafiero. En esa atmósfera también se apunta la presencia del Partido Intransigente como ámbito de reciclaje del setentismo, y aún la izquierda débil en votos y fuerte en las calles. El paraguas que pretendía combinar reparación social y democracia parecía amplio.</p>



<div style="height:14px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Cambio y fuera</strong>. Pero el batallón corporativo se dejó llover por el dinero, la mentira, el autoritarismo y destripó el oficio que decían amar. Peor aún: hay quienes, a fuerza de repetir sus falsedades teatrales, se encarnaron en ellas con la vehemencia de los convencidos. No pueden cuestionarse nada porque una sola fisura los derrumbaría. Y hacer periodismo, hoy más que nunca, es vivir en estado de tensión y cuestionamiento con su práctica.</p>



<div style="height:15px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph">Buenos Aires, 30 de agosto de 2021.</p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph">*Escritor, dramaturgo, poeta y periodista.</p>
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		<title>Las formas de la violencia &#8211; Por Martín Kohan</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Feb 2022 03:31:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Martín Kohan aborda en este texto un tema común a la ficción y la realidad: el de la violencia y su administración social.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/las-formas-de-la-violencia-por-martin-kohan/">Las formas de la violencia &#8211; Por Martín Kohan</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong><em>Martín Kohan aborda en este texto un tema común a la ficción y la realidad: el de la violencia y su administración social.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Por Martín Kohan*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Es por asco, por asco ante su cobardía, es decir por puro desprecio, que en “Hombre de la esquina rosada” Francisco Real prescinde de matar a Rosendo Juárez. Lo desafió a pelear y el otro se negó. Ahora ya no quiere matarlo. No quiere, pero en verdad tampoco puede. Rosendo desistió tirando su cuchillo (el cuchillo que la Lujanera le había puesto en las manos, para que peleara) al arroyo Maldonado. En los códigos de coraje de este mundo tan admirado por Borges, no hay ningún valor (en ninguno de los sentidos de la palabra) en matar a un hombre desarmado. Y Rosendo Juárez está ahora desarmado, aunque por propia voluntad. Real entonces simplemente lo deja (y se lleva a la Lujanera). No se ataca a quien no puede defenderse.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Borges retoma conocidamente esta clave en el tramo final de “El sur”. A Dahlmann lo desafían a pelear en un almacén de campo. Pero él no puede aceptar ese desafío, y el otro además no puede sostenerlo, porque no lleva un arma consigo. Es el momento en el que, estremecedoramente, un viejo gaucho del sur que se acurrucaba en ese sitio le alcanza una daga. Se la alcanza para que pueda pelear. Pero también, en realidad, para que <em>tenga</em> que pelear. Porque el otro, una vez más, no iba a poder atacar a un hombre que estaba indefenso. Ahora que Dahlmann recibe la daga, ahora que la sostiene en su mano, sí puede hacerlo. Y va a hacerlo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En el boxeo, que es la continuación del duelo por otros medios (o la continuación del duelo con <em>menos</em> medios; sin pistolas, sin cuchillos), rige una regla semejante: no se le puede pegar al que ha caído. Incluso antes de que existiesen medidas de protección como el rincón neutral y la cuenta de ocho segundos, había que esperar a que el otro se levantara para poder reanudar la pelea. Había que esperar a que se levantara y a que levantara a su vez la guardia. No se golpea a quien no está en condiciones de defenderse.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En la ficción y en la realidad, en la literatura y en el mundo, se trata de variaciones en torno de un mismo tema: el de la violencia y su administración social. Entre los asesinatos en riña que ahora vemos (los vemos porque alguna cámara de seguridad los registra o porque alguien, uno de los testigos o uno de los agresores, se ocupa de filmarlos con su teléfono), aparece con frecuencia esta circunstancia: al que matan lo matan porque le pegan cuando ya quedó tirado en el piso, incluso cuando yace inerte y sin reflejos defensivos. Le pegan a mansalva, una vez que ha caído, o bien lo hacen caer para poder pegarle a mansalva. A veces golpea uno solo (como en el reciente crimen cometido para robar una botella de sidra) y más a menudo golpean entre varios (como en las frecuentes grescas a la salida de los boliches, donde hay varios que se suman a la paliza solamente cuando la víctima queda a merced: en el suelo o desvanecido).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">¿Será un signo de los tiempos? No lo sé. ¿Algo que, más relegado o inadvertido, cobra hoy preponderancia, se vuelve más ostensible? No lo sé. En la violencia cobarde del todos contra uno (la de “La fiesta del monstruo” de Borges y Bioy Casares, la de la versión opuesta de “El niño proletario” de Osvaldo Lamborghini, la de la partida policial contra Martín Fierro, la de los federales contra el unitario en “El matadero”), ese uno no dejaba pese a todo de defenderse o de resistirse así fuera malamente (aun el unitario de “El matadero”, al que maniatan para tenerlo inmóvil, se resiste moviéndose por dentro, incluso hasta reventar). El tenor del asunto cambia cuando la violencia se descarga (se descarga y se goza) sobre aquel que ya no puede guarecerse o responder (y el goce radica precisamente en esa condición inerme). ¿Golpear hasta que ya no se defienda? No: golpear desde que no se defiende. ¿Golpear para que no se defienda más? No: golpear <em>porque</em> no se defiende más.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Se produce en cierta manera una inversión del gag del boxeador que cae noqueado por la bolsa de entrenamiento (y ya deja de ser un gag). El gag consiste en que el objeto inerte sólo está ahí para recibir los golpes, pero parece cobrar vida y de pronto los devuelve. Hoy parece derivar hacia la situación opuesta, el contrincante deja de devolver los golpes y está ahí solamente para recibirlos. ¿Será por eso que, para un paradigma perceptivo moldeado en el boxeo clásico, hay un momento de sorpresa y consternación, un trance de alarma y respingo, ante las cruentas peleas de UFC, en las que al caer a la lona un peleador. la golpiza del otro no sólo no se detiene sino que, por el contrario, se encarniza, recrudece, arrecia?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">La violencia de las palabras no es igual que la de los cuerpos, pero es violencia también. ¿No se está verificando últimamente, también ahí, cierta tendencia análoga, un cambio en cierto modo semejante? Se ataca al que se ataca si no es interlocutor, si el agravio va a ser unidireccional; es decir, en resumen, si se supone que no va a contestar. Y si llega a contestar, por eso mismo, ¡es un escándalo! Algo, en fin, tan inaudito, como el caso de la bolsa-objeto que de pronto devuelve el golpe. Si contesta, si reacciona, si ya no queda a merced del agresor, el goce de esa violencia se acaba. Se prolonga como violencia, incluso se perpetúa, pero ya despojada de goce: cargada tan sólo de frustración y rencor.</p>



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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Buenos Aires, 21 de febrero de 2022.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">*Escritor. Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.</p>
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		<title>Augusto Roa Bastos en el naranjal ardiente &#8211; Por Mario Goloboff</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Jan 2023 15:11:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Mario Goloboff]]></category>
		<category><![CDATA[Augusto Roa Bastos]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Yo el Supremo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mario Goloboff escribe esta semblanza sobre el autor de Yo el Supremo, obra mayor que respira muy profundamente la atmósfera de la Argentina a principios de la década del ’70; la Argentina lo marcó, y su texto, sostiene Goloboff, está contagiado de este país, de Buenos Aires, de sus reuniones de café, sus discusiones políticas, culturales y de sus mitos.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong><em>Mario Goloboff escribe esta semblanza sobre el autor de </em>Yo el Supremo<em>, obra mayor que respira muy profundamente la atmósfera de la Argentina a principios de la década del ’70; la Argentina lo marcó, y su texto, sostiene Goloboff, está contagiado de este país, de Buenos Aires, de sus reuniones de café, sus discusiones políticas, culturales y de sus mitos</em></strong>.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Por Mario Goloboff *</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em><em></em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En la biblioteca del tío religioso (el obispo Hermenegildo Roa, en realidad tío de su padre, Lucio), había ido creciendo a lo largo de los años la envidiable sabiduría que Augusto Roa Bastos paseaba por el mundo, bajo una apariencia infinitamente modesta. A aquéllos, siguieron la frecuentación de poetas y de narradores escritos y, sobre todo, orales, en español y guaraní, el ejercicio del periodismo, el estudio de la historia y la práctica de la política, el largo exilio que a partir de 1947 (a los treinta años, había nacido en junio de 1917) le tocó vivir en la Argentina, su prolongada estadía en Francia. Hasta el definitivo y tan ansiado retorno a su añorada tierra paraguaya, brújula y horizonte incanjeable de todos sus esfuerzos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Esa sabiduría se prodigó en campos muy diversos de la vida, orientada siempre a la defensa de los pueblos americanos y amerindios, de nuestras lenguas y culturas, de nuestros derechos, de nuestro espacio y de nuestro futuro. En todos esos aspectos, su comportamiento fue ejemplar, sin gestos altisonantes ni lucimientos personales, como quien hace lo que debe, obedeciendo a un mandato interno, no porque esté pensando en sí mismo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Pero donde ella se condensó (tal vez también por mandatos internos, aunque&nbsp; más desconocidos, más ignotos), allí donde se concentró, fue en el ejercicio de la literatura que, entre todas sus pasiones, era su pasión más absorbente y principal: la práctica poética, la ficción, la creación de mundos novelescos, a los que probablemente se proyectó en tempranas lecturas de Don<em> Quijote de la Mancha</em>, de Michel de Montaigne, de Blaise Pascal, de los autores norteamericanos, rusos, italianos y alemanes contemporáneos, de nuestro Jorge Luis Borges, cuyos textos conocía de memoria.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Todo ello le permitió escribir (en la mayor parte de los casos, aquí, en la&nbsp; Argentina), excelentes cuentos, atractivos relatos y novelas y, muy especialmente, una de las mayores obras literarias que ha dado el siglo XX, no sólo, claro está, en lo que hace a América latina sino, por lo que conozco, al menos de Occidente. Me refiero a <em>Yo el Supremo</em>, publicada por primera vez en Buenos Aires, en 1974, y traducida ahora a numerosas lenguas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>Yo el Supremo</em> toma un tramo fundamental de la historia del Paraguay, el de la Dictadura Perpetua de don José Gaspar Rodríguez de Francia entre 1814 y 1840, y sus intentos, discutidos y polemizados, por construir una nación próspera e independiente. Es, pues, una novela esencialmente paraguaya, que da cuenta de su pasado y que también se remonta al presente del autor. Escrita en una lengua española deslumbrante, trabajada, descompuesta, recompuesta y enriquecida por la lengua guaraní, pero que, como toda gran creación artística, no deja de transparentar el momento y el lugar en que la misma se realiza, aunque esté referida, en apariencia, a otro lugar y a otro tiempo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Por eso, esta obra mayor respira muy profundamente la atmósfera que vivíamos en la Argentina a principios de la década del ’70, época en la cual imperaba la discusión sobre el destino de América latina y sobre la política nacional y, acompañándolas, abundaban la circulación de los saberes, la discusión teórica, la polémica sociológica, histórica, psicoanalítica y aún semiótica y literaria, hasta sobre las formas mismas de narrar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Augusto Roa Bastos captó como pocos ese clima cultural, y lo infundió a su novela, en la que hay innumerables trazas y huellas del presente y del pasado argentinos, de sus aspiraciones y de sus mitos. Fue, acaso, por esa vía, indirecta, simbólica, poética, que unió en muy alto grado, a través de su persona y de su obra, a nuestras culturas, a nuestros pueblos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Los ‘70 eran entonces el caldo de cultivo de todas nuestras ensoñaciones: el peronismo, creciente y reivindicativo, imperaba por un lado; las izquierdas, por el mismo lado y también por otros; los intelectuales y la fabulación teórica local, por lo común pendientes de qué sucedía en Europa, pero también fértiles, activos, altivos, desparramaban textos y saberes con generosidad inédita. El catálogo de la propia editorial que publicó <em>Yo el Supremo</em>, con dibujos especiales de Carlos Alonso, era una demostración del clima en que vivíamos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Todo ello está presente y actuante en esta novela mayor: don José Gaspar Rodríguez de Francia se dice un león herbívoro, como nuestro conocido General en tiempos de su retorno, pero arenga “conducción” y “verticalidad”; por su boca o la del “compilador” hablan Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, William Shakespeare, Blaise Pascal, Raymond Roussel, los autores del “<em>Nouveau roman</em>” francés, Robert Musil (el de “El hombre sin atributos” o “sin cualidades”); el Supremo imparte a su amanuense Patiño una soberbia “lección de escritura” a la que no son ajenas las lecturas argentinas, atentas y anticipadas de Claude Lévi-Strauss, Roland Barthes, Jacques Derrida; Roa crea un personaje importante de la novela, totalmente construido, “antiguo prisionero de la Bastilla”, Charles Andreu-Legard (anagrama poco oculto del verdadero nombre del profesor cátalo-francés que nos llevó a ambos a Toulouse, Jean L. Andreu, y de nuestro mítico cantor nacional): la Argentina lo había marcado, y su texto estaba contagiado de este país, de Buenos Aires, de sus reuniones de café, sus discusiones políticas, culturales, de sus mitos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En el 11 de la <em>rue</em> Van Gogh, en el <em>quartier</em> Le Mirail, de Toulouse, moró durante todos los años que van desde 1976 hasta que se volvió al Paraguay. Vivíamos a unos quinientos metros. Le encantaba venir a ver y oír a mi hija menor, Sofía, cuando trabajaba, de chiquita y denodadamente, el violín. Estaba todavía allí cuando nos fuimos, diez años después, lamentando perder su compañía, perder los diálogos siempre enriquecedores con que me había honrado en mi casa o en la oficina de la Universidad que compartíamos, sus proyectos novelísticos que me costaba ciertamente comprender, sus enseñanzas y hasta sus silencios.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Porque también en estos se transmitía la sensibilidad a flor de piel, la preocupación humana, la reflexión ágil, profunda, la acertada inventiva, el humor fino, hiriente, veloz, que nunca le faltaba para burlarse de los demás y en especial de sí mismo. Y el constante acecho del poeta a todos los fenómenos del alma y del mundo, no para “convertir lo real en palabras” sino, como él escribió, acertada, sabiamente, para “hacer que la palabra sea real”.</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Buenos Aires, 24 de enero de 2023.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">*El autor es Mario es escritor y docente universitario.</p>
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		<title>El más grande profeta argentino &#8211; Por Mario Goloboff</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Apr 2023 15:01:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Mario Goloboff]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Macedonio Fernández]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mario Goloboff realiza una semblanza de Macedonio Fernández y plantea un interrogante en torno a Macedonio: la relación implícita que se fue constituyendo entre aquel escritor y pensador, y los aires de época de los años setenta.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/el-mas-grande-profeta-argentino-por-mario-goloboff/">El más grande profeta argentino &#8211; Por Mario Goloboff</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong><em>Mario Goloboff realiza una semblanza de Macedonio Fernández y plantea un interrogante en torno a Macedonio: la relación implícita que se fue constituyendo entre aquel escritor y pensador, y los aires de época de los años setenta.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Por Mario Goloboff *</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">La calificación es de Raúl Scalabrini Ortiz, quien lo admiraba hasta la devoción. Y Macedonio la llevó todo lo que pudo, con orgullo. Fallecido en febrero de 1952, en el umbral de sus ochenta, Macedonio Fernández fue abogado y doctor en Jurisprudencia, aunque en realidad ejerció poco la profesión y terminó dejándola por la literatura. Si bien en su caso, hasta estos mínimos datos biográficos son muy relativos. Él mismo nos desconcierta: “El Universo o Realidad y yo nacimos en 1 de junio de 1874, y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en una ciudad de Buenos Aires”, o bien: “Nací tempranamente: en una sola orilla (aún no me he secado del todo) del Plata. Me encontraba en Buenos Aires, a la sazón; era en 1875: fue el año de la revolución del 74, como después tuvimos un año de la revolución del 90”, o aún: “Nací el 1 de octubre de 1875 y desde este desarreglo empezó para mí un continuo vivir”. Otra cosa que le inquieta, pronto, es la muerte, presentida como pérdida de amor, no de vida física, concepción que se delinea en uno de sus poemas: “No es Muerte la libadora de mejillas, / Esto es Muerte: el Olvido de ojos mirantes” (“Hay un morir”, 1912).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Entre estas dos circunstancias (tan imprecisa la primera como la segunda: baste recordar que en una carta de 1905 habla de trabajos a realizar en 1906, “si vivo”), puede recortarse una imagen retrospectiva, siempre indirecta, tanto de su biografía como de sus quehaceres literarios. Publicó pocos libros en vida; un enorme trabajo de busca y ordenamiento seguido por el hijo, Adolfo de Obieta, rescató su obra copiosa y profunda. De aquéllos, se conocieron <em>No toda es vigilia la de los ojos abiertos</em> (1928), <em>Papeles de recienvenido</em> (1929), <em>Una novela que comienza</em> (1941). El texto que por muchos motivos se considera mayor, <em>Museo de la Novela de la Eterna</em> (1967), se debe también a la generosa tarea de su hijo. Viene de una elaboración teórico-práctica admirable (y anticipada en varias décadas a las búsquedas y reflexiones del <em>Nouveau Roman</em>,que revolucionaron la escritura de la novela) sobre el arte de escribir, el tema en la narración, sus personajes, su autor. Macedonio pensaba publicarla junto a <em>Adriana Buenos Aires</em>; esta llevaría como subtítulo “última novela mala” y <em>Museo…</em> “primera novela buena”, con un prólogo en común titulado “Lo que nace y lo que muere”. No sabemos qué impedimentos frustraron la edición; acaso para la época fuera algo descabellada.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En “Para una teoría del arte”, artículo de 1927, ya Macedonio predisponía contra Calderón, Shakespeare, Dante, Quevedo, Goethe&#8230; Salvaba, sí, a Cervantes, el único que habría tenido presente la situación del lector, su realidad frente a la irrealidad del arte. Los otros no contenían más que “pueriles catálogos de asuntos”. Para Macedonio, el arte realista es falaz, verosimilista, extra-artístico. Lo intra-artístico, afirmaba, es consciente, se trata de un procedimiento, de una técnica; él intenta operar sobre un lector no engañado, salteado, para que “se pierda del ser, se libre de la realidad”. Hasta aquí, Macedonio dirige el ataque contra “el asunto”, los “sucesos”. Luego vendrá, en<em> Museo de la novela de la Eterna</em>, la embestida total: contra la copia de la realidad, contra los estados alucinatorios que se imponen al lector. Para ello, propone la participación activa de los personajes en su más límpida función, la de ser personajes, contraídos al “soñar ser”, actividad completamente “inasequible a vivientes”. Los vivos son; los únicos que pueden, pues, soñar ser, son los personajes. Este es el material genuino del Arte.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Macedonio, como ninguno en el Río de la Plata y muy pocos en Occidente, señala así, precozmente, el camino para alcanzar la soberanía de lo ficticio. Concepto que, para él, cubre la única literatura posible: “Fantasía constante quise para mis páginas, y ante lo difícil que es evitar la alucinación de realidad, mácula del arte, he creado el único personaje hasta hoy nacido cuya consistente fantasía es garantía de firme irrealidad en esta novela indegradable a real&#8230;”. No confunde los planos: “Yo quiero que el lector sepa siempre que está leyendo una novela y no viendo un vivir, no presenciando &lt;vida&gt;”.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">¿Qué nos llevó, en los magníficos y vilipendiados setentas, a prendarnos de este escritor, a hacer de él una suerte de adalid de subversiones culturales y literarias en época de tanto anhelo de otras transformaciones, de otros cambios queridos? Jóvenes, leíamos sus versos, algunos de sus “papeles”, sabíamos de sus dichos o frases humorísticas (gracias a menciones de Borges, enaltecedoras de su talento, poco de su escritura), pero nada de eso tenía todavía un peso en nuestros devenires ni, creo, en nuestros incipientes escritos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Es realmente extraordinario, entonces, que se haya dado tal conjunción entre nuestro descubrimiento de Macedonio, todo lo que sus ideas y su obra implicaban de remoción, de desnudamiento y de desestructuración, y aquello que, para decirlo sin demasiado dramatismo, “estaba pasando” en nuestro país, en nuestra sociedad y en nuestras cabezas en lo que respecta a la crítica del sistema tradicional de poder, a la lucha por nuevos modos de ejercerlo para distribuir de otra manera la enorme riqueza que aquí se genera, y por el ejercicio de la libertad de pensamiento.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">¿Qué extraños mecanismos juntaban, en un mismo espacio y en un mismo tiempo, dos fenómenos aparentemente tan distantes: los que acontecían en el campo de la política, de la economía y de la sociedad, y la revisión hasta el hueso de las formas de narrar? ¿O tales fenómenos y tales campos no eran tan distantes y, casi como si tuviera que ser necesariamente en Macedonio, se juntaban en su reflexión y en su práctica textual? ¿Por qué justamente él? ¿Por su pensamiento anarquista, por su vanguardismo, por su yrigoyenismo posterior, por haber simpatizado con FORJA, uno de cuyos fundadores, Raúl Scalabrini Ortiz, admirándolo hasta la devoción lo declaró “el primer metafísico de Buenos Aires y el único filósofo auténtico” y consagró “el primero y más grande en la secuela de profetas porteños”? Y, en otras instancias: ¿Porque la revelación de la materialidad de la literatura descubría otras materialidades? ¿Porque el cambio que él preconizaba en la textualidad implicaba, suponía, exigía, el cambio en otras relaciones de producción y en la elaboración de otras “textualidades”? ¿Porque desnudar la trama de una producción simbólica supone desnudar la de otras? ¿Por el carácter material de la literatura? ¿Por el carácter material de la historia? ¿Por el carácter material de la materia?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">No lo sé, pero hasta hoy encuentro enigmática esa relación implícita que se fue plasmando, que se fue constituyendo entre aquel escritor y pensador y los aires de la época, y creo que tamaño interrogante justifica con creces que sea exactamente a Macedonio Fernández a quien se dediquen estas líneas.</p>



<div style="height:41px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Buenos Aires, 3 de abril de 2023.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">*El autor es escritor y docente universitario.</p>
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		<title>UN AJUSTE DE TÉRMINOS &#8211; Por Martín Kohan</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 May 2023 13:30:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Kohan]]></category>
		<category><![CDATA[David Viñas]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>David Viñas: el polemista como duelista, o como el esgrimista que discute, tira estocadas y se arriesga a la respuesta del otro, a la estocada que regresa.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong><em>David Viñas: el polemista como duelista, o como el esgrimista que discute, tira estocadas y se arriesga a la respuesta del otro, a la estocada que regresa.</em></strong><strong></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Por Martín Kohan*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Tratándose de David Viñas, no habría habido homenaje en una jornada de homenaje formulada bajo un carácter de tal. Fue una jornada de lecturas críticas, revisiones y discusiones, en las que la admiración en todo caso se expresó sin suscitar eso que el propio Viñas habría recelado bajo la fórmula de “la comunión de los santos” a la que solía recurrir. Esa jornada se llevó a cabo en la Biblioteca Nacional en octubre de 2012, y la propia Biblioteca edita ahora las intervenciones que la integraron en un volumen titulado <em>David Viñas, el último argentino del siglo XX</em>.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">En el último tramo del volumen, se reproduce el intercambio generado en una mesa redonda que integraron Darío Capelli, María Pía López, Eduardo Grüner, Américo Cristófalo. En un momento dado de ese intercambio, que en su momento presencié y ahora leo, Cristófalo propone un ajuste de términos (de términos y de conceptos) que encuentro (que reencuentro) fundamental: “El modo en el que Viñas piensa lo histórico tiene más que ver con la idea de un movimiento perpetuo, de un choque perpetuo y un conflicto perpetuo. Así piensa la política y así piensa lo histórico. Es en ese contexto donde parece que hay que situar la figura del francotirador. Voy a hacer una corrección viñesca: la figura, a mi modo de ver, es más del esgrimista que del francotirador, figura que a David le impresionaba mucho a partir del precedente de su lectura de Mansilla. Mansilla como esgrimista”.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">El ajuste de términos, propuesto para ubicar a Viñas, puede caberle al propio Viñas, y resulta revelador para cualquier consideración sobre los imaginarios de la figura del intelectual. Porque esa metáfora, la del francotirador, es recurrente; remite a lo certero y remite a lo implacable. Pero involucra también, si uno se fija (Américo Cristófalo se fijó), la actividad de quien se oculta, la actividad de quien se embosca y va a lanzar un disparo (uno solo, con puntería infalible) sobre alguien que no lo advierte, que no recibe aviso previo, que queda por así decir a su merced y que por ende no podrá defenderse (puede tratarse para el caso del intelectual como un francotirador con fusil o bien de esos monos con ametralladoras que cunden últimamente en las redes, sin matiz intelectual alguno; el punto es esa impronta de ocultamiento artero y ese rasgo unidireccional que define enteramente la escena).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">De ahí la importancia del corrimiento que, en clave siempre viñesca, propone Américo Cristófalo: en vez del francotirador, el esgrimista. Es decir, el polemista, el polemista como duelista, el que sale a discutir y se expone, el que incluso cuando parece monologar, en verdad se está trabando en una lucha con otro, en lucha con las palabras de otro; el que en vez de encaramarse y sermonear desde algún púlpito oficioso, discute, siempre discute, tira estocadas y ensaya fintas, y eso porque al tirarlas se arriesga necesariamente a que el otro se las pueda tirar también.</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Buenos Aires, 11 de mayo de 2023.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">*Escritor. Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.</p>
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