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	<title>Frente archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>Frente archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>Ganar y transformar &#8211; Por Carlos Raimundi</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 22 Feb 2018 20:56:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Carlos Raimundi]]></category>
		<category><![CDATA[elecciones]]></category>
		<category><![CDATA[Frente]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Macrismo]]></category>
		<category><![CDATA[Militancia política]]></category>
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		<category><![CDATA[Unidad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Carlos Raimundi afirma que en la construcción de un frente opositor la conducción debe ser ejercida por quien exprese un carácter transformador que en un nuevo ciclo de gobiernos populares deberá intervenir muy radicalmente sobre los núcleos del poder oligárquico. </p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/ganar-transformar-carlos-raimundi/">Ganar y transformar &#8211; Por Carlos Raimundi</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">Consideraciones sobre la Unidad</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><em><strong><span style="color: #000000;">Carlos Raimundi afirma que en la construcción de un frente opositor la conducción debe ser ejercida por quien exprese un carácter transformador que en un nuevo ciclo de gobiernos populares deberá intervenir muy radicalmente sobre los núcleos del poder oligárquico.</span></strong></em></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">Por Carlos Raimundi*</span></strong></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">1. Voluntad de Poder</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En política es fundamental la conquista de poder real. Poder de persuasión, poder de convocatoria, poder de ejecución, poder de transformación. Poder para que la históricamente desmesurada tasa de ganancia de algunos sectores se empareje con la ganancia promedio de la economía y fundamentalmente con los ingresos de las y los trabajadores y los sectores más humildes, de modo de propiciar mayor cohesión en la sociedad. Poder para redistribuir el poder y transferir los derechos a sus verdaderos destinatarios. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Para ello es necesario conducir el Estado, gobernar. Y eso requiere ganar elecciones, es decir, construir una base social y cultural, un activo militante, una organización política y una mayoría electoral. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Quiere decir que la necesidad de ampliar nuestro agrupamiento político con el fin de convocar a mayorías y ganar es un objetivo natural para nosotros. <em>Toda consideración que hagamos sobre el concepto unidad, no provendrá de ninguna concepción sectaria, sino desde una profunda vocación de poder real.</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>2. Desmontar algunos mitos</strong> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A esta altura del planteo cabe intervenir también sobre algunos slogans que, por reiterados, se tienden –equivocadamente- a naturalizar. Uno de ellos es suponer que la mentada unidad resulta de la suma matemática de dirigentes o sectores. Es decir, si tal sector -a los que generalmente se los denomina con el nombre de un dirigente y la terminación “ismo”- obtuvo tal porcentaje en las elecciones, sumado a otro “ismo” con su respectivo porcentaje y así sucesivamente, nos estaríamos aproximando a obtener esa ansiada mayoría electoral que todos reconocemos necesaria. Pero resulta que la realidad nos indica un grado de acatamiento cada vez más inestable a los referentes políticos y a los sellos que estos representan, lo cual habla de cierta labilidad o deslizamiento de la opinión pública. Es decir, los porcentajes no se replican mecánicamente. Ese débil apoyo se debe, además, al comportamiento cambiante e inconsistente de esos mismos referentes políticos, que, por priorizar conveniencias de corto plazo se tornan tan poco previsibles que hacen que sus votantes no se sientan comprometidos de manera estable. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por eso aquellos dirigentes que más allá de la nominación circunstancial de su frente electoral, sí han estado siempre en una misma posición frente a las grandes definiciones como los derechos del pueblo, de las mayorías, y especialmente de los trabajadores y de los más humildes, esos dirigentes sí mantienen márgenes altos y estables de adhesión popular. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En línea con esto, muchos de esos “ismos”, esas estructuras formales y endebles creadas en los últimos tiempos, no han sido más que inventos, en muchos casos por preponderancia mediática más que por una genuina aspiración popular. En la mayoría de los casos se trató de figuras promovidas y sostenidas durante un tiempo por los grandes medios de comunicación, que al no contar con una densidad personal, con un pensamiento voluminoso, con una mirada estratégica suficiente, terminaron no resistiendo a más de una o dos elecciones y tornaron efímeras aquellas expectativas creadas artificialmente.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Otra leyenda es seguir creyendo que si se cuenta con grandes aparatos o estructuras partidarias, eso constituye un factor concluyente. Está comprobado que ayudan al despliegue territorial, a distribuir boletas y a la fiscalización del comicio, lo que no es menor. Pero está claro que <em>sin proyecto político seductor no hay aparato capaz de garantizar el triunfo por sí solo</em>. La prueba está en que cuando hubo un clima, un humor social adverso en la Provincia de Buenos Aires, el aparato más aceitado de la política argentina como lo es el partido justicialista de esa provincia no pudo sostener el triunfo de sus candidatos, luego de haberla gobernado ininterrumpidamente durante siete períodos. Y fue una persona desconocida, promovida en tiempo récord por el sistema oficial de comunicación, quien usufructuó de ese cambio de clima social y, contando con muy poca estructura partidaria tradicional, le arrebató la elección. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">María Eugenia Vidal ganó en 2015 la gobernación de la Provincia de Buenos Aires luego de que su partido, el PRO, no presentara lista de legisladores nacionales en la elección de 2013. Paradójicamente, Massa sobrepasó los 40 puntos en 2013 y se redujo a la cuarta parte cuatro años después. Lo que había cambiado era el clima.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Sólo resta aclarar que me refiero al PJ como estructura político-electoral, no al Peronismo. Eje inapelable del movimiento nacional, el Peronismo es una cultura, un capital simbólico del Pueblo, una memoria histórica, un caudal arrollador que se encuadra en la soberanía política, la independencia económica y la justicia social, y, como tal me siento incluido en él.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">3. Construir un núcleo de irradiación</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Cuando cada vez más sectores de la población van acumulando grados crecientes de cansancio moral y político, o bien van construyendo niveles crecientes de esperanza, el proceso –sea en un sentido o en otro- se torna indetenible. Pasa por etapas de evolución más lenta que se intercalan con momentos de aceleración. Fase acumulativa-fase disruptiva: se acumula, pero a partir de un momento se irradia, se propaga, se precipita. Para acabar con un proceso, o para lanzar uno nuevo. Por ello, <em>lo central no es reunir el mayor número posible de dirigentes, sino cimentar ese núcleo de irradiación</em>. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El núcleo de irradiación no garantiza la perdurabilidad. Si es sólido perdura, si no lo es se desvanece. Pero ni los aparatos, ni la matemática son hoy día los pilares de las mayorías sociales y electorales.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;">4. Impronta transformadora </span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El debate sobre la tan mentada unidad de la oposición no está planteado entre generosos y sectarios. Todos queremos alcanzar la mayor unidad posible porque todos queremos ganar. Lo que sucede es que no pocos capítulos de la historia reciente nos condujeron a alianzas que a medida que enfatizaban su impronta ganadora, diluían proporcionalmente su impronta transformadora. En lugar de transformar, sólo administraron con algún matiz de diferenciación formal, el mismo modelo de sociedad al que retóricamente expresaban querer cambiar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Qué quiere decir esto? ¿Que existe necesariamente una contradicción entre capacidad para ganar y capacidad transformadora? Decididamente no existe tal contradicción. Si sostuviéramos eso caeríamos en un dilema en el que no creemos, y cuya superación está en el centro de nuestra militancia política. Me niego terminantemente a creer que quien gana se ha ampliado tanto que ha desdibujado su sesgo transformador, y que quien se propone transformar en profundidad está condenado a no ganar. La historia reciente de los gobiernos populares en América Latina desmiente categóricamente ese falso dilema. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero esa misma historia reciente también nos deja la enseñanza de que cuando no se construyeron alianzas –o “unidades”- hegemonizadas por quienes le imprimían el carácter profundamente transformador, ese fuego sagrado de los líderes, fueron precisamente los aliados dentro de esa misma “unidad”, quienes terminaron desplazando a los Presidentes. Federico Franco desplazó a Fernando Lugo en Paraguay, Michel Temer desplazó a Dilma Rousseff en Brasil, y Lenin Moreno hizo lo propio con Rafael Correa en Ecuador. Los tres, en distintas circunstancias, habían sido sus respectivos vicepresidentes. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La construcción de un gran frente opositor es muy importante, tanto para sus propios integrantes como para el macrismo. Es un signo de voluntad ganadora, y eso genera alerta en el gobierno, y mística en la fuerza propia. Por lo tanto tiene un gran efecto convocante. Mi observación no va dirigida a ponerle límites de nombres y apellidos, aunque a veces ello encierre un significado simbólico importante. Va dirigida a la necesidad de ser conducida por quien expresa su espíritu más intensamente transformador. Porque está claro que un nuevo ciclo de gobiernos populares deberá intervenir muy radicalmente sobre los núcleos del poder oligárquico. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No es por paladar negro ni por maximalismo ideológico, sino desde una perspectiva puramente analítica, que se debe evitar repetir experiencias frustrantes de nuestro propio pasado local y regional con alianzas tibias, y en cambio marchar hacia construcciones políticas guiadas por un temperamento altamente interpelador del poder real. Y conducidas por las y los líderes que expresen ese temperamento, ese carácter, ese punto de inflexión del clima colectivo, ese poder de irradiación de na nueva esperanza. Para no sólo ganar, sino también transformar.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 22 de febrero de 2018</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>Ex diputado FpV, secretario general del Partido Si</em></span></p>
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		<title>Sobre el concepto de Orden &#8211; Por Horacio González</title>
		<link>https://lateclaenerevista.com/sobre-el-concepto-de-orden-por-horacio-gonzalez/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 27 Feb 2019 22:49:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[Campaña electoral argentina 2019]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Horacio González propone en esta nota el debate en torno al concepto de Orden, utilizado de cara a la próxima campaña electoral. González afirma que el Orden, además de que siempre fue patrimonio de las derechas, supone también la vuelta a un paraíso perdido, que pone la apelación política en manos de un argumento bello pero riesgoso.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/sobre-el-concepto-de-orden-por-horacio-gonzalez/">Sobre el concepto de Orden &#8211; Por Horacio González</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Horacio González propone en esta nota el debate en torno al concepto de Orden, utilizado de cara a la próxima campaña electoral. González afirma que el Orden, además de que siempre fue patrimonio de las derechas, supone también la vuelta a un paraíso perdido, que pone la apelación política en manos de un argumento bello pero riesgoso.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Horacio González*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una gran cantidad de compañeros, de los más estimables, comenzaron a pronunciar la palabra<em> orden</em> en vistas de la próxima campaña electoral. Por cierto, esto implica un gran debate. Con profundo respeto, voy a intentarlo. En primer lugar, habría un error bastante notable, y finalmente muy grave, si por orden se entiende lo que este concepto significa habitualmente en las conversaciones públicas y en especial, en la conversación política. Teniendo en cuenta que es totalmente natural que los individuos y los colectivos sociales deseen vivir escenas de previsibilidad, todos nosotros empleamos la palabra orden en momentos en que se hace necesaria una cohesión que parece garantizar un estado de acuerdos y discusión argumental. Cuando amenaza con rasgarse, ¿porque no una voz de orden?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No veo nada extraño ni cuestionable en eso. Quien pide orden -el que dirige la asamblea, el que mantuvo más la calma, el que avizora con mayores ecuaciones de sensatez y coraje el porvenir-, se sitúa en la profunda verdad de una palabra. Orden para aceptar un fervor constitutivo de un grupo asentado en memorias y compromisos admitidos, lo cual implica un ímpetu fundador, del todo lícito, incluso más, como si fuéramos juramentados de una nueva legitimidad. En cambio, me cuidaría de la palabra “nuevo orden” por las indeseables connotaciones históricas que tiene, pero admito que se está aludiendo a un horizonte social novedoso, que recoja tradiciones y las reformule. Si es así ¿es necesaria la palabra orden, por lo menos en este sentido?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Si vamos a las insinuaciones ocultas que tiene el concepto de Orden en las tradiciones políticas, lanza una fuerte indicación, un destello contundente hacia los sectores más conservadores de la sociedad, que con esa palabra se sienten llamados a recolocarse en la forja de un ordenancismo rígido para los conjuntos humanos. No podemos disimular el modo que lo invocaron las derechas tradicionalistas o medievalistas. Claro que de eso estamos todos bien alertas. ¿Pero para que jugar con el borde extremo de las palabras que son riesgosas? ¿Aunque parezcan traducir un deseo profundo, comunitario, soteriológico? Apología de la tradición y la propiedad. Consultar con las elecciones recientes de Brasil.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por eso, una cosa es el Orden descriptivo y otro el Orden epistemológico, una cosa es el Orden como deseo de una vida donde predomina la persuasión sobre la violencia, y otra cosa es el Orden sin un mínimo implícito de sigiloso respaldo teórico. Lo que haría del orden un recurso ideológico para cuestionar una economía entendida como una fuerza natural que no puede sino distribuir en forma desigual los recursos colectivos. ¿Pero es necesaria esa palabra? ¿Es tan neutral que puede combinarse con cualquier otra? Una forma del orden es para garantizar la previsibilidad de los tratos cotidianos, otra para subvenir las necesidades de los grandes monopolios de la energía, la producción, las comunicaciones y la palabra. No es lo mismo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se dirá: basta con que las vidas regulares urbanas o suburbanas se hayan desorganizado por culpa del neoliberalismo, para que la voz de orden tenga efectos atractivos en la lid electoral. A pesar de la confusión y ambigüedad implícitos en el concepto de orden (y no niego que toda ambigüedad puede ser utilizada en términos de una autoprotección), hay muchas aperturas posibles para pronunciarlo sin que comprometa la pluralidad de niveles en que actúa la palabra orden. Pero en la historia de los movimientos que se dijeron a sí mismos revolucionarios, no recuerdo que se haya considerado este tema, más allá del esperable ataque al “orden burgués”. No obstante, se dejaba vacío el lugar del desorden, pues reclamar para sí un desorden, como es obvio, es suscitar esa múltiple fruición interpretativa, que llega malamente recibida hasta el microcosmos cotidiano. Donde allí, sí, la palabra orden tiene un lugar asentado. Es precisamente eso, lo que se asienta sobre una previsibilidad, incluso de una imaginación controlada. Es en la historia donde no hay orden, hay contingencia. En el <em>domus</em> familiar, puede regularse la contingencia, no dejar la pava entre las llamas pues nos olvidamos de apagar la llave de gas luego de hacernos el mate. A mí me pasa siempre y reniego de eso. Orden en las hornallas, sin metáfora intimista trasladada al conservatismo social que llama cambio al hundimiento del individuo singular en su caldo hirviente de frustraciones.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por otro lado. ¿es cierto que el neoliberalismo desorganiza la vida? El poder de masacre que tiene el neoliberalismo es muy alto. Es cierto que anula posibilidades vitales y creativas, ve la sociedad como un conjunto de átomos que compiten entre sí y talla un individuo que se mimetiza con un signo del mercado. Apunta así a una cosificación que definía de lo que en el siglo XIX fue la mercancía, en el XX el concepto de operación política y en el XXI el rapto masivo de la intimidad burguesa para sustituirla por otra, postiza, que es la del sujeto que se siente amenazado -por ejemplo-, por los subsidios estatales a la desocupación que el neoliberalismo auxilia a desgano, pues aun no entró en su última fase, que es el abandono masivo de personas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El mar Mediterráneo es el símbolo del pantano siniestro y muchos, aun los que recorren en crucero para recordar las mitologías de Creta o Corintio, saben que tienen que repudiar a los sumergidos de las barriadas de Quilmes o Florencio Varela, los <em>mare Nostrum</em> del conurbano, con sus movimientos sociales y sus tensas correas de transmisión con el Estado. El cartonero caído. El sobrante poblacional que está a cargo de un plan, sigue siendo una víctima, no está exento de odio si sabe que lo odian. Cada vez más nuestras ciudades se parecen a la Metrópolis de Fritz Lang. Y quizás pidan un salvador, muy probablemente un falso salvador. Incluso uno que prometa orden, más y más Orden.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El símbolo de la humanidad afligida es el Mediterráneo de nuestra época, no el de Felipe II. Por eso, palabras de régimen burgués anterior, el humanitarismo, los diversos humanismos, la felicidad familiar, la intimidad ampliada con nuevas formas familiares, la emancipación del yugo doméstico, las escrituras del goce y del deseo, legítimas como son en sí mismas, también pueden ser retomadas como fórmulas que el neoliberalismo acepta. Incluso los ecologismos y ambientalismos. Pero lo confiscan bajo un fuerte signo ficcional, son las grandes burocracias financieras las que no pueden chocar con “los buenos pensamientos” de la modernidad viralizada. La publicidad que nos indica y nos muestra que es feliz alguien con su tarjeta de crédito, ilustra sobre nuestra época como <em>La pietá</em> nos indica cual era la religiosidad en el siglo XV. El ideal financiero del ciudadano supone uno que es invitado a la libre elección luego de estar informado sobre el “riesgo país”. Cómo no vamos a vivir en catalogaciones fijas si así se catalogan países a fin de ser sometidos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La publicidad de Hoteles Trivago es un simple ejemplo, mínimo, pero minucioso, de qué se espera de las acciones vinculadas a la intimidad, y al consumidor informado, al que se le dice que es un bípedo implume racional que emplea un juicio sintético a priori para elegir el mejor cuarto de Hotel las Bahamas. No creo que “todo” sea político. Pero no puede el ser político pasar por alto estas poderosas defunciones de la libertad de elegir, en el fondo coactivas, que compiten diversamente con lo que lo político tiene la dimensión libertaria de la existencia.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La posesión sobre los medios de producción se traduce en los medios para reorientar los consumos de materiales simbólicos, regidos por trazados territoriales que son análogos a los estigmas sobre las herejías. Se consumen también fórmulas diarias de desprecio. Por ejemplo, el trabajo que se hizo sobre la letra K, que no se revierte con la M en términos de infamación, pues esta última letra está ligada a mamá, amamantamiento, mar. También a marasmo, ojo. Su misma forma de grafo ondulatorio indica que es más difícil ultrajarla de modo patibulario y “matarla”, como escucho que se dice en la jerga política cuando se decidió “no levantarle el teléfono” a tal o cual. Esta última expresión usa metáforas menos letales que la primera. Una cosa es la negación de persona y otra la incomunicación. Las metáforas políticas se hacen cada vez más cueles.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://cdn.hobbyconsolas.com/sites/navi.axelspringer.es/public/media/image/2014/06/337934-cine-ciencia-ficcion-critica-metropolis.jpeg" alt="Imagen relacionada" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Será una campaña hecha en condiciones desfavorables, con timadores profesionales, para decir lo mínimo, con un aparato judicial carcomido por dentro, que promueve la delación recompensada, rompiendo una cuerda última del consenso profundo en un grupo humano, con la pérdida de la noción de una comunidad como permanente imagen de pertenencia siempre reelaborada. No digo aquí comunidad organizada porque la respuesta al neoliberalismo es una comunidad que no pierda el ideal utópico de una mancomunión, pero que abra continuamente sus formas cohesivas para dar lugar a lo que se expresa súbitamente, inopinadamente. Fuera de sus ejes. Los momentos fugaces de un discurso colectivo que se recogen como oleajes heterogéneos, los deseos de trabajo en común de sectores contrapuestos de la sociedad, las fructíferas divergencias sobre el trabajo, sobre los cuadros de la creatividad social, el papel de los consumidores frente a los medios masivos que fabrican materiales consumibles, sean Microondas, Información o Netflix. La comunidad no está tranquila con eso. Por eso es sociedad más que comunidad, pues la sociedad es el modo crítico de esas construcciones aparentemente solidarias. La hechicera derretida en dulzuras, subyuga con una bondad que deja escuchar detrás un tenue zumbido ofídico. Esa comunidad no. Escucho esa voz melosa sobre la vuelta a clases. Es la melosidad amenazante.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Quedamos en que el Orden, además de que siempre fue patrimonio de las derechas, supone también la vuelta a un paraíso perdido, que pone la apelación política en manos de un argumento bello pero riesgoso. La comunidad organizada es ese paraíso perdido, pero se presta en su inmediatez a la cita por parte de los sectores más conservadores, astutos y manipuladores de la sociedad argentina, que están en el gobierno y en la parte de la oposición “complementaria”, que piensa como el gobierno -esto es, el FMI-, pero sin personajes que durmieron en la misma cama de Rabindranath Tagore, como el “impresentable” Macri. Ya que la dijimos, tomemos precisamente esa palabra, “impresentable”, que es de uso habitual en la política, como “no quedar pegado” y otras. Por supuesto, entonces hay que “despegarse”. ¿Qué quiere decir? Es una terminología que hay que abandonar. Son formas de un orden de batalla entre una capa de personas que forman la “clase política”. El imperativo es escaparse de ese lenguaje. Porque quiere decir que todo es un campo minado de deyecciones, de figuras contaminadas y venenosas que contagian, según las más célebres metáforas mefíticas para tratar la política. Lo que no asombra, pues la viralización es palabra corriente para designar la difusión de un acto, una noticia o una imagen. La palabra se hizo cotizable. ¿Se sabe lo que se está diciendo con ella? Al contrario, nos preocupamos si algo no se viraliza</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El tiempo pasado se usaba la expresión piantavotos, argentinismo de cuño itálico-lunfardo, que Perón usó muchas veces en relación a la intervención de los nacionalistas que apoyaban a su movimiento. Eran demasiado ideológicos. En 1973, en la elección de Capital fue el único lugar donde no ganó el peronismo. ¿Quiénes fueron los piantavotos? Los nacionalistas Marcelito Sánchez Soriondo y José María “Pepe” Rosa, éste último más peronista que el primero, pero ambos hicieron campaña contra Brasil, pues aún estaban pensando en la Batalla de Caseros de 1852, ganada por Urquiza gracias a las tropas del Duque de Caxias. Perón desde Madrid alerta: cuidado, con Brasil tenemos que hacer una alianza, un mercado común, el pueblo espera ese gesto de amistad y no recordar guerras del pasado. Menudo problema. Hoy el infierno son los otros. Cada uno es el pianatvotos del otro. ¿Qué se puede decir en una campaña?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Tenemos el tremendo ejemplo de Menem, al cual tomamos como una curiosidad argentina, como la falsa publicidad de Macri y de la bonaerense musaraña piadosa que toma la mano de los pobres, escena originaria del macrismo, que en la historia argentina significa retroceder de la comunidad organizada a los focus groups. Más fugaz agrupamiento humano que éste, que pretenda cargar sobre sí la representación del absoluto social, no hay.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se quiere ganar. Es justo, ¿quién no lo quiere? Estamos ante un momento de destrucción, personas de profunda irresponsabilidad desenraizadas de cualquier tejido ético-moral, que dicen que sin Macri “esto hubiera sido Venezuela”, y demás tópicos asociativos de la ponzoña. Menem dijo salariazo, en campaña. Luego explicó ante su giro neoliberal, o sea, contrario a sus patillas postizas que evocaban la espesura de un provincianismo redentor. “Si decía lo que iba a hacer nadie me votaba”. Desde allí la cosa empeoró. El mejor remedio contra este caradurismo que opera el desmonte profundo de las sociedades, es no hacer lo mismo. La campaña debe ser ingeniosa, no para abandonar luego la utopía relatada por la concreta realidad, ella con sus dominios de fuerza. No, mejor cuando más continuidad haya entre campaña y ánimos efectivos de realizar las cosas enunciadas, sabiendo los obstáculos, pues deben incluirse como previsión real en lo que se formula, pues es obvio que se lo hace sin tener la decisión en la mano. La promesa es lo más fácil de hacer y lo más delicado de la política. Siempre hay promesa y siempre hay duelo, no una cosa sin la otra, sino sería siempre el baile de máscaras de los sempiternos operadores.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por todo ello, pienso que decir que habrá orden donde hoy hay desorganización, no deja de ser una descripción posible, pero corre el riesgo de que quien lo diga, pague en el futuro el precio de la mímesis que produjo con el plano inferior de la palabra orden, que no es la forma estable que adquiere una construcción de sociedades liberadas. Estas son las que por sus propios medios reconocen el horizonte nuevo al que han llegado. Pero nos acecha ese plano inferior, el temor al piantavotos, la autocensura para hablar del estado real de coacción que la política y la economía mundial arrojan sobre nosotros.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Un Frente, se llame como se llame, no es mera sumatoria. O sea, no es peticiones de un orden inmediatista, que junta fracciones sueltas de agrupamientos pululantes. Si de reorganizar la vida se trata esto ocurrirá cuando se descubra qué viga significativa hay que nombrar, hasta ahora no tocada por nuestras formulaciones, que emerja superando los campos en que se está cristalizando la lengua social: réprobos y favoritos. Ganar se gana con un simulacro de macrismo, cambiando uno dos o tres nombres propios y haciendo lo mismo o casi lo mismo. ¿Ganar perdiendo, o perder ganando? Me expreso a favor de un triunfo amasado en la conciencia levantada de muchos argentinos, proletarios inspirados y ungidos por una gesta común, que rescate a la sociedad y a la vida nacional emancipada.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Mejor es definirse en nombre de una gesta común, que de un sistema político sin sobresaltos, de la “tranquila mansedumbre de nuestra buena gente” a la que devolveríamos el edicto, el precepto y la regla. Me recuerda que los teóricos de la democracia en la época de Alfonsín decían que mejor era el aburrimiento político, las “rutinas”, para que la sociedad se autoreconoza en sus valores de vitalidad. No creo que si queremos hacer algo trascendente debamos convocarnos al aburrimiento político. Por lo tanto, no debe haber tema sobre el que no podamos pronunciarnos, sin temor a quedar engomados al pegajoso “desorden”.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 27 de febrero de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional</em></span></p>
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		<title>Más conozco las respuestas, más quiero a las preguntas &#8211; Por Diego Sztulwark</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 16 Feb 2022 22:04:23 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Diego Sztulwark realiza en esta nota una serie de preguntas vinculadas a las relaciones internas entre modo de acumulación y régimen político, en el que deuda y coaliciones, dependencia y pasividad, se articulan bajo la forma de una condena bajo la cual el neoliberalismo, en términos de relaciones de explotación, neutraliza las posibilidades de un bloque político popular consistente capaz de ingresar de lleno en lo que se llama “la política”.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong><em>Diego Sztulwark realiza en esta nota una serie de preguntas vinculadas a las relaciones internas entre modo de acumulación y régimen político, en el que deuda y coaliciones, dependencia y pasividad, se articulan bajo la forma de una condena bajo la cual el neoliberalismo, en términos de relaciones de explotación, neutraliza las posibilidades de un bloque político popular consistente capaz de ingresar de lleno en lo que se llama “la política”.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Por Diego Sztulwark*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">00. <strong>¿Cómo piensan la política sus actores más visibles? </strong>¿Lo hacen con las mismas categorías de los politólogos, que nos hablan hoy de un centro devorado por una tendencia a los extremos, hacia derecha e izquierda, o lo hacen de otro modo, que conocemos menos? ¿Cómo piensan, pregunto, cuando “hacen” política (y no lo hacen traduciendo automáticamente la racionalidad del mercado): usan realmente nociones del tipo “izquierda y derecha”, “contradicción principal y secundaria”, “dominación y hegemonía”, “radicalización de la democracia” y “lucha de clases”, o son estas categorías meramente analíticas, propias de teóricos y periodistas, pero carentes de todo valor operativo en el campo práctico, en el que se consagran las divisiones y las articulaciones de las fuerzas? ¿Existe al menos una mínima conexión en la subjetividad del protagonista de la política convencional entre percepción inmediata e histórica, o mas bien, se ha consagrado una escisión dura entre discurso público estudiado e íntima impotencia en torno a la tarea de redistribuir el poder político? ¿Y dado que hacer política es afectar -en el sentido de modificar- los modos de comunicación a través de los cuales se constituye el campo político y sus sujetos: no es del todo verdadero que la propia subjetividad política se constituye en esos modos de comunicación y que las actuales políticas en curso se ha resignado desde el comienzo a las actuales estructuras de la comunicación?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">01. <strong>¿La política es conflicto?</strong> ¿Si pensamos que sí, y suponemos, además, que la política actúa ineludiblemente en relación a un conflicto que -sea para moderarlo hacia la estabilidad y el orden, sea para plantear antagonismos y rupturas- implica necesariamente una determinada jerarquización de prioridades y un cierto modo de enfatizar unos conflictos en detrimento de otros, no sentimos que los antagonismos postergados sobreviven como síntomas de aquello que sólo soporta ser dicho al borde mismo de la crisis? ¿Y no le falta por tanto a la política, una mayor conciencia de la crisis (digo: no la crisis como amenaza inminente, sino como productividad actual)?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">02. <strong>¿Es la deuda el principal problema de la coyuntura argentina? </strong>¿Y no es cierto que lo es en la medida en que la deuda se ha convertido en el modelo dominante de producción de obediencia entre países, pero también entre empresas, clases e individuos? ¿Y si es así, no debiera medirse el valor de toda política por su aptitud para construir un contrapoder capaz de investigar, denunciar y discutir los mecanismos específicos de este tipo generalizado de dominación? ¿No es la derecha la posición que asume con naturalidad la deuda y la izquierda la que cuestiona este modo de “hacer sociedad”? ¿Y si la deuda es una categoría que permite comprender a fondo la coyuntura (porque se vincula con el valor de la moneda, del salario, de los servicios públicos y de la soberanía política), la situación social (porque como lo han mostrado lxs feminismxs, la deuda es un dispositivo de explotación social que produce) y también la historia reciente (la política de la última dictadura, el papel de los bancos, el endeudamiento de clases populares, y hasta la entera geopolítica occidental y algunas cosas mas), no deberíamos discutirla en todas sus dimensiones cada vez que confrontamos las consignas del pago y del no pago, de modo tal que si la consigna del “no pago de la deuda” no fuera practicable en lo inmediato, no por ellos nos volveríamos defensores de la consigna irreflexiva de “Pagar la deuda”, sin considerar que dicho pago, además de inviable, es en sí mismo la condición absoluta del sometimiento que el capital global impone a todxs, incluso a la Argentina cuando desea proponer acuerdos con China o Rusia? ¿Y sí el pago de la deuda fuera la única opción, incluso para que China y Rusa nos acepten, no deberíamos evaluar desde ahora, y con todo rigor, las consecuencias que en términos de modelo de desarrollo tiene asistir pasivamente al papel que el mercado mundial nos asigna (y China y Rusia son parte relevante de ese mercado mundial) en términos de exportación de litio, soja y energía ?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">03. <strong>¿Es la pandemia un argumento en contra del pensamiento político?</strong> ¿No es pertinente preguntar por la pandemia en la medida en que el problema de toda política pasa por determinar -como punto de partida de su acción- la interacción específica entre conocimientos y pasiones, entre ideas y afectos que determinan lo social en cada coyuntura? ¿Pesa la pandemia como una objeción a la voluntad de movilización, retrae afectos y congregaciones, infecta de escepticismo todo horizonte de acción colectiva? ¿Se traduce esta percepción (sobre el repliegue social como apriete y falta de paciencia, desgano y disgusto capaz de nutrir la llamada “antipolítica”) en una exasperación de la excepción como forma de gobierno, mezcla de decisiones de corto plazo -el “ganar tiempo” como única brújula- y de deseo de “vuelta a la normalidad? ¿Y no son este tipo de situaciones, también, grandes oportunidades para organizar lo político-excepcional en función de nuevos rumbos?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">04. <strong>¿Y qué son, realmente, las alianzas y las coaliciones? </strong>¿Son realmente expresiones legítimas a la hora de dar cuenta de las contradicciones políticas actuales? ¿Si fuera así, habría que concluir que la contradicción principal se plantea entre un modelo de “crecimiento industrial” (expresada hoy en el Frente de Todos) versus uno de “valorización financiera” (expresada por Juntos para el Cambio), sin reparar en que una política así practicada redunda en un sentimiento creciente de impotencia y frustración con este tipo de formato que en nombre de la democracia, restringe las posibilidades de procesar de modo realmente democrático las satisfacciones materiales de casi la mitad de su población? ¿Y si aun así se aceptara a trazo grueso este esquema de coaliciones como lo real de lo político democrático en este momento, cómo pensaríamos el hecho de que el crecimiento actual de la economía &nbsp;-tras dos años de pandemia y la gestión previa del gobierno de Macri, nos dejan en un escenario horroroso, en donde se llega al 40% de pobreza- no provoque indignación moral, emocional e intelectual y por tanto fuertes convocatorias orientadas a cortar los mecanismos de empobrecimiento de las mayorías populares? ¿Por qué se acepta tanto? ¿Será que las coaliciones, en lugar de expresar antagonismos sociales, tienden a internalizar restricciones y a asumir el gobierno del conflicto al interior de una inercia paralizante, que neutraliza lo político, forzando a la aceptación antes que al cuestionamiento del estado de cosas? ¿Y entonces, las coaliciones, de cuyas virtudes nos hablan las ciencias sociales, no serían sino la gestión de una miseria de la política real destinada a esterilizar la democracia? ¿Será que estas coaliciones tienden a conformarse como instrumentos efectivos sólo en el plano electoral (y con serios límites incluso en este plano), siendo luego, a la hora de gobernar, funcionales al aplanamiento del conflicto social, reduciendo toda razón histórica a la satisfacción de los requerimientos de la acumulación de la propiedad y la riqueza?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">05. <strong>¿Puede la renuncia de Máximo Kirchner ser leída “políticamente”? </strong>¿O su valor de síntoma ha de ser irremediablemente reducido a (in)comprensible gesto “personal”, bloqueando toda posibilidad de intensificar efectos en la coyuntura? ¿Pero, cómo podría ser que lo político y lo personal no se mezclaran, permaneciendo dividida la acción en planos inconexos: una dimensión intelectual y otra emocional? ¿No sería más útil procurar comprender de qué forma se conecta en la acción política lo histórico y lo personal, de modo tal de poder leer cómo es que surgen ciertas decisiones y no otras? ¿Y en la medida en que este tipo de decisiones encierran un potencial de convocatoria (al menos dentro de su propia fuerza), no es preciso suponer que la lectura que de ese gesto se haga sea también política, ingresando con él en el campo de una convocatoria que lo acompañe y expanda (o bien para torcerlo o confrontarlo, si se lo considera errado), de modo de no permanecer en silencio en una coyuntura presentada como tan decisiva? ¿Y no es obvio, a su vez, que si el de Kirchner es un gesto presentado como individual, no es tanto porque su organización lo siga en silencio, o porque la política profesional se agote en códigos demasiado estudiados, sino también porque de principio a fin se trata aquí de una política que verticaliza y resta vitalidad autónoma al movimiento popular, sólo concebido (también por él) como&nbsp; militancia subordinada a la conducción? ¿No explicita sin embargo el gesto de Kirchner un síntoma y una necesidad de reflexión sobre la esterilidad de una política sin movilización y por tanto sobre los modos en que se procesa hoy la política en la subjetividad de dirigentes y militantes como imposibilidad de investigar y denunciar los mecanismos de la deuda (que todxs sabemos que es la obra central del gobierno de Macri) y sus consecuencias cuando, por el contrario, resulta imperiosa necesidad de hacerlo en condiciones adversas (puesto que como sabemos, los acuerdos con el Fondo -se presenten como se presenten- apuntan a expropiar ingresos populares)?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">06. <strong>¿Sigue siendo cierto que “a la izquierda” no hay nada, o más bien se ha activado una competencia por izquierda?</strong> ¿El kirchnerismo está a la izquierda del peronismo, y la unidad del Frente de izquierda está a su izquierda? ¿Y la palabra “izquierda”, sirve para pensar articulaciones virtuosas, o&nbsp; sólo será empleada para describir divisiones catastróficas? ¿En otras palabras, lo que se sitúa “a la izquierda” puede formularse y ser concebido como otro modo de pensar, o bien otra política, o será necesariamente utilizada para denostar diversas formas de la irresponsabilidad? ¿Y la idea de Frente, tal y como lo emplea hoy la izquierda, alcanza para reunir las fuerzas necesarias -que deben incrementarse notoriamente- en esta coyuntura? ¿Es el Frente de Izquierda, fuerza creciente -y tercera en el orden nacional- capaz de ampliar convocatorias, superar los sectarismos, recombinar alianzas y contener de un modo no paranoico tensiones en su interior, mas allá del momento electoral?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">07. <strong>¿Qué valor posee una unidad que no hace a la fuerza? </strong>¿O, lo que es lo mismo: qué hubiera sucedido si el Frente de Todos hubiera ganado las ultimas elecciones (lo que, como sabemos bien, hubiera presupuesto desde ya la implementación de otra política, quizás de difícil implementación en medio de la pandemia): habría entonces negociado la deuda en otras condiciones? ¿Habría habido entonces chances de otro tipo de acuerdos, en otras condiciones que las actuales -sin fuerza, sin movilización real, sin mayoría parlamentaria, sin reservas en el Banco Central, sin alianzas regionales-, o bien desde el comienzo el programa era pagar la deuda, y la crisis actual sólo obedece a cómo procesar la seria hipoteca que sentimos caer sobre nuestro futuro, y que los sectores mas sensibles de la política intuyen como un serio riesgo a toda chance de articulación entre demandas sociales y representación política? ¿Y por otra parte, y escuchando al gobierno, que plantea como premisa una recuperación actual de la economía en base a un pacto de re-inserción en el mercado mundial a partir de la exportación de energía, y que supone que apostando fuerte a la obra pública y al espacio de industrialización que tal modelo permitiría, podría eludirse el impacto que un modelo de este tipo -del que se habla como “crecimiento”- supone sobre una vida popular concebida desde abajo, en donde la preocupación por los derechos económicos y políticos efectivos resultan absolutamente impostergables? ¿No habría que revisar, en todo caso, si se quiere pensar políticamente, las relaciones internas entre modo de acumulación y régimen político -en el que deuda y coaliciones, dependencia y pasividad se articulan bajo la forma de una condena que conduce inevitablemente a empobrecer al país y a perder elecciones-, atendiendo a la evidente postergación de todos los saberes que hemos ido acumulando durante estas largas décadas, sobre lo que significa lo neoliberal en términos de relaciones de explotación, neutralizando las posibilidades de un bloque político popular consistente capaz de ingresar de lleno en lo que se llama “la política”?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">08. <strong>¿Y qué sucede si recordamos aquel discurso de Cristina Fernández de noviembre del 2019, en el micro estadio de Ferro, medular en cuanto al programa del frente antimacrista?</strong> ¿Era acertado o no aquel diagnóstico de la coyuntura según el cual el neoliberalismo era considerado como una construcción política del capitalismo para sustituir el Estado de Bienestar Social, a partir de una estrategia de división del pueblo y de la promoción de las pasiones de la desigualdad en base a los medios de comunicación, el poder judicial y la deuda? ¿Si era válido, lo era también la propuesta que sugería: <strong>1.</strong> Crear una alternativa progresista que no sea meramente “contra” y que no se planteara según las coordenadas de izquierda ni derecha o verdes y celestes (porque dividen al campo popular), sino en términos de un “pueblo” formado por los pobres, trabajadores y empresarios chicos y grandes; <strong>2.</strong> Articular una “nueva arquitectura institucional” que refleje una “nueva distribución de poder” en favor del pueblo? ¿Se puede seguir pensando que el neoliberalismo es sólo una política del capitalismo y no una imposición estructural del capital, que impide una y otra vez la formación de ese pueblo y la constitución de esa nueva arquitectura expresiva de una &nbsp;nueva distribución de poder?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">09. <strong>¿Precisa la acción política de creencias nobles?</strong> ¿Y es posible acaso separar creencias de preguntas? ¿No es, al contrario, evidente, que donde hay creencias hay preguntas (sugeridas o prohibidas) y que las preguntas buscan nuevas formas de creencias (o al menos examinan severamente las existentes)? ¿Y no resulta convincente -para seguir creyendo en la política- aquello que decía el sabio spinozista, para quien el comunismo no era posible como realización, pero sí como tendencia, razón por la que caía como ideal pero no como motivo profundo de luchas concretas? ¿Y será cierto, como quisiera creer, que incluso este modo de preguntar que nada afirma -aunque un modo de preguntar es ya siempre una confesión de parte- tiene más valor cuando se lo considera como insatisfacción respecto de las respuestas que hemos dado, antes que como impostura o simulación de una inocencia que a esta altura no podemos permitirnos?</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">Buenos Aires, 16 de febrero de 2022.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size wp-block-paragraph">*Investigador y escritor.&nbsp;Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.&nbsp;</p>
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