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	<title>Eduardo Grüner archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>Eduardo Grüner archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>Lo que resiste en el síntoma &#8211; Por Diego Sztulwark</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 18 May 2022 16:49:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Diego Sztulwark]]></category>
		<category><![CDATA[derecha]]></category>
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		<category><![CDATA[Lo sólido en el aire. El retorno de la crítica marxista]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El politólogo Diego Sztulwark reflexiona en este artículo sobre la actual decepción de la política. A partir de una lectura de "Lo sólido en el aire" (último libro de Eduardo Grüner), plantea que  mientras las izquierdas no repiensen a fondo lo político la insatisfacción neoliberal será capturada por la derecha más reaccionaria.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-color has-medium-font-size" style="color:#1006e5"><strong>Una lectura sobre <em>Lo sólido en el aire. El retorno de la crítica marxista</em>, de Eduardo Grüner.</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong><em>El politólogo Diego Sztulwark reflexiona en este artículo sobre la actual decepción de la política. A partir de una lectura de «Lo sólido en el aire» (último libro de Eduardo Grüner), plantea que&nbsp; mientras las izquierdas no repiensen a fondo lo político, la insatisfacción neoliberal será capturada por la derecha más reaccionaria.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Por Diego Sztulwark*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">00. <strong>Parte y Todo</strong>. La publicación del libro <em>Lo sólido en el aire</em>, de Eduardo Grüner (Clacos: 2021), es una oportunidad para agradecer, estudiar y -hasta donde se pueda- discutir la obra de este profesor -de quien fui alumno- y ensayista -de quien me confieso lector- cuyo discurso produce una mezcla de placer intelectual, (des)acuerdos políticos y sobre todo un aprendizaje -siempre incompleto- sobre eso que el autor llama la “crítica marxista” (y freudiana) como proceso en constante actualización. Alcanza con leer una Parte -sin alcanzar el Todo- de este volumen de 820 páginas para adentrarse en el característico lenguaje “grüneriano”, cuya dialéctica del síntoma se empeña en descubrir en la Parte una <em>materialidad histórica</em> resistente una y otra vez <em>escamoteada</em> por el fetichismo del Todo, que se alza como la única realidad. La crítica Grüner -gran lector de Adorno- apunta a poner en crisis ese Todo como falsedad de lo real, para transformarlo en un Todo Abierto o Todo en proceso. Hay en el trabajo de Grüner una dirección inspiradora que apunta a hacer de la crítica una práctica teórica orientada a desentrañar el proceso de expropiación política subyacente a la trasmutación mercantil del <em>lazo social</em>.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">01. <strong>La politización de la Izquierda</strong>. Puede leerse en <em>Lo sólido en el aire</em> que Jean Paul Sartre llega a identificarse muy tardíamente como “intelectual realmente politizado”. Lo hace recién durante los acontecimientos del llamado mayo francés, en el ‘68, cuando ya era reconocido mundialmente como ejemplo de intelectual “comprometido”. Antes del 68, Sartre se consideraba sólo un hombre de izquierda, posición ética de rebeldía que rechazaba la explotación y la injusticia, pero no un revolucionario. La politización se da para él como un pasaje de ese rechazo ético a la praxis transformadora efectiva de las estructuras -capitalistas- dominantes. Ser de izquierda -concluye Grüner- sería, por tanto, situarse en ese pasaje que para Sartre supone un “alza de masas”. La politización del intelectual crítico contempla entonces una dialéctica doble: la del individuo ético tomado en una radicalización colectiva, pero también la del intelectual cuyo pensamiento es desbordado por una praxis que lo sostiene. Esta doble síntesis de la politización de izquierda se conecta en el libro de Grüner con una cita de León Rozitchner: “cuando el pueblo no lucha la filosofía no piensa”. El llamado “intelectual crítico” sería aquel que busca anticipar ese tránsito -hoy más bien empantanado- cuya eficacia lo desbordaría en su doble aspecto de proceso colectivo y de pasaje nunca del todo resuelto.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">02. <strong>Placer de la crítica</strong>. Desbordada -y aún empantanada-, aquella figura del “intelectual crítico” de la que se ocupa Grüner, es ante todo, irónica y no triste. Transcribo una frase sorprendente de <em>Lo sólido</em>: “hay que desconfiar de los intelectuales que sufren”. El pensamiento crítico no es pesimista. Es cierto que él no puede por sí mismo transformar la realidad, pero no por eso deja de “apostar” a la “la movilización de los conflictos” existentes. El pensador crítico no experimenta “amargura” (Christian Ferrer, autor de un notable libro sobre Ezequiel Martínez Estrada llamado <em>La amargura metódica,</em> no tiene porqué diferir con Grüner sobre esto: la amargura como “método” no supone necesariamente la amargura del ensayista) sino una “una cierta alegría hedonista” consistente en “hacer jugar la realidad contra sí misma”. Hay que desconfiar de los intelectuales desprovistos del goce de la enemistad, porque su sufrimiento no sería sino un modo lamentoso de la aceptación.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">03. <strong>Tesis 11</strong>. El “intelectual crítico” hace la “mímica” de la praxis, puesto que criticar implica para él convocar las fuerzas capaces de “poner en crisis” la realidad y sus esquemas. Para derrumbar lo que el pensamiento pretende derrumbar, su lenguaje debe asumir la forma politizada de una plaza pública. No se trata de la lucha contra una mentira que encubre una realidad, sino contra la realidad misma en tanto que ella tiene la forma real de una mentira. En tanto que político en el pensamiento, el crítico “anticipa”, “apuesta” y “hace la mímesis”, pero carece de los recursos necesarios para alcanzar una eficacia transformadora. Su tránsito político último consiste en indagar los vestigios de aquella <em>materialidad histórica escamoteada.</em> Tarea en la que Marx y Freud sobresalen como los grandes creadores de dispositivos prácticos en torno al síntoma. ¿Qué hizo Marx estudiando la economía política burguesa sino descubrir en ella la ausencia de una Parte real que el Todo sólo podía incluir invisibilizándola? La lectura sintomática, que Althusser nos enseñó a comprender como la practica teórica de Marx, alcanzaba así el concepto crítico de “plusvalía”, cuyo principal efecto consistía en percibir la existencia de una <em>materialidad histórica escamoteada</em> en la conversión del trabajo humano en mercancía (lo cual, dicho sea de paso, le permitía a Marx postular una política, dado que el descubrimiento <em>teórico</em> de la plusvalía hacía posible postular un <em>sujeto</em> proletario como condición resistente de aquella <em>materialidad históricamente escamoteada</em>). La célebre formula de Marx según la cual no se trata de “interpretar” sino de “transformar” el mundo, debe ser leída entonces -siguiendo a Grüner- en toda su importancia epistemológica: ya no es posible interpretar el mundo sino sobre la base de su transformación.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">04. <strong>El olvido del elemento trágico</strong>. Desconectada de la transformación, la interpretación se torna ideología dominante: adecuada percepción del estado actual del mundo. Imposibilidad de “(re)pensar lo político” como capacidad -o <em>posibilidad</em> efectiva- de revisar el lazo social. Si <em>lo político </em>remite a una instancia “antropológicamente originaria y socialmente fundadora”, la necesidad de (re)pensarlo sugiere que esa capacidad ha caído en un largo olvido. Pero entonces es necesario aclarar que en Grüner <em>lo político</em> se opone casi punto por punto a <em>la política</em>. Ahí donde <em>lo político</em>,<em> “</em>ontología práctica del conjunto de los ciudadanos”, elemento irreductiblemente conflictivo (y por tanto “trágico”), <em>la política</em> moderna aparece como una técnica específica de gobierno de lo social o autonomía de lo político. Si la tentativa revolucionaria del siglo XX se planteó la coincidencia entre <em>lo político</em> y <em>la política</em> -de modo tal que la toma del poder político implicaría la capacidad de transformar la realidad-, nuestro presente neoliberal se caracteriza por un borramiento casi perfecto de <em>lo político</em> (hiper mercantilización del lazo social) sumado a una escandalosa&nbsp; impotencia de <em>la política</em> (incapaz de una gestión técnica de la reproducción social). Doble o triple crisis de la democracia, entonces. Para decirlo con un razonamiento de István Mészáros: la crisis irremediable de la gestión capitalista del “socio-metaboslismo” hace del capital una fuerza autodestructiva y de la “autonomía política” una instancia formal, incapaz de producir efectos inclusivos o simplemente reparatorios. La incapacidad de “(re)pensar lo político” revierte entonces en un problema actual de primera magnitud, porque la previsible decepción política, al ser capturada por la derecha reaccionaria, supone la apropiación “antipolítica” de la crítica por izquierda al propio neoliberalismo. Por lo que es preciso entender que la naturaleza de esta antipolítica reaccionaria no se agota en lo más mínimo en su impugnación de tal o cual políticx, sino que apunta a una represión completa del carácter revisable de las actuales relaciones sociales. En textos recientes, el psicoanalista Jorge Alemán ha escrito que no se constata una correlación causal estricta entre crecimiento de estas derechas extremas y las defecciones de los gobiernos llamados progresistas. Comparando situaciones no tan equivalentes como la de Argentina y España, llega a la conclusión de la existencia de un tipo de subjetivación reaccionaria global relativamente autónoma de las coyunturas locales. Esta hipótesis, cuyo mérito se localiza en admitir la impotencia actual de la política (incluso de la llamada progresista), requiere ser leída a la luz del problema mayor señalado por Grüner sobre la incapacidad de las izquierdas de “(re)pensar lo político”: ahí donde <em>la política</em> se presenta como garantía de inclusión, sin transformación del lazo social, sólo crece la desconfianza y el resentimiento respecto de toda retórica no mercantil -es decir, meramente formal- de la igualdad.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://i.ytimg.com/vi/5uhga1ZcVJc/sddefault.jpg" alt=""/></figure></div>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">05.<strong> Inconsciente político</strong>. La cuestión de la impotencia de la política (y el correlato de la antipolítica reaccionaria) extrema la urgencia de (re)pensar lo político. La idea de este (re)pensar que&nbsp; Grüner nos propone es la de un Marx pensado desde un Freud. Del mismo modo que la práctica analítica puede captar el trabajo del inconsciente a partir de un lapsus, <em>lo político</em> puede resultar visibilizado en ciertas crisis, como sucedió, por ejemplo, durante el 2001 argentino. Las formaciones del inconsciente político constituyen el material fundamental para el grüneriano (re)pensar de <em>lo político</em>. Es por relación a esos síntomas que es posible agujerear el funcionamiento de la ideología (puesto que la ideología es para Grüner la percepción adecuada de los sujetos de la realidad tal y como funciona a partir de las relaciones dominantes de producción). Por lo que el (re)pensar de lo político requiere de un análisis de las emergencias del inconsciente político, de esa lucha de clases habitualmente disimulada o desplazada del saber consciente, relegada a una zona propiamente inconsciente desde la que no deja de retornar. Bajo el nombre de “movimientos sociales” (“piqueterxs”, “feminismos”, etc) se juega, entonces, una partida decisiva en torno a la capacidad de revisión del lazo social. Pero entonces, si coincidimos en que es en este reverso de la política que persiste una conflictividad irresoluble que permite al pensamiento “crítico” (re)pensar lo político, no creo que sea conveniente excluir bajo la imprecisa etiqueta del “postestructuralismo” la obra de pensadores que como Gilles Deleuze, Félix Guattari, Toni Negri, John Holloway o Paolo Virno,</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">han aportado una valiosa comprensión en torno a lo político en torno a cuestiones tan importantes como:</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">* las modalidades del mando del capital sobre el proceso de trabajo en el espacio global (en crisis):</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">* la pluralidad y heterogeneidad de sujetos que participan de lucha de clases tomada en su innegable pluralidad y heterogeneidad;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">* la crítica al partido de vanguardia en su conexión interna con la crítica al socialismo burocrático, incapaz de percibir que la forma estado es ya un momento del capital;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">*el rescatar del horizonte de lo común en épocas de bancarrota de los partidos comunistas y socialistas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">06. <strong>La periferia como método (y la revolución en el aire)</strong>. En plena (crisis de la) globalización capitalista, que para «nosotrxs latinoamericanos» -y también para los africanos- comenzó en 1492, lo “crítico” en el pensamiento -leemos en Grüner- consiste en colocar la periferia como método para recorrer la “paradoja bien conocida tanto para los marxistas -a través de la cuestión de la plusvalía- como para los psicoanalistas -a través de la cuestión de la castración-, según la cual “solo puede algo -llámese mercado mundial o identidad sexual- parecer completo, precisamente porque “algo le falta”: solo puede parecer que el comercio internacional, el capital financiero, las comunicaciones y las unidades productivas están «globalizadas», porque la fuerza de trabajo no lo está, ni podría estarlo, dado que el capital necesita imperiosamente mantener niveles territorialmente diferenciados de extracción de plusvalía y excedentes, so pena de caída catastrófica de la tasa de ganancia». Si leo adecuadamente lo que aquí propone Grüner, se trataría de asumir que los conceptos críticos de «plusvalía» y «castración» -Particulares resistentes a la universalización abstracta- equivalen a una cierta asunción de lo periférico en tanto que Parte resistente al Todo como falsificación de lo real. Y por tanto la <em>posición </em>periférica haría constelación con el inconsciente político en la cartografía <em>grüneriana</em> de aquello que ya no puede ser la revolución, pero tampoco puede dejar de serlo puesto que como escribe Alejandro Horowicz en su admirable libro <em>El huracán rojo</em>, la revolución (de la francesa a la rusa) ha sido la forma moderna de inscribir nuevas igualdades en el orden de la economía y las instituciones. Renunciar a ella sin inventar nuevos modos de (re)pensar la política equivaldría no sólo a resignar futuras igualdades sino a declinar la defensa de las que aún sobreviven. Intuyo que esta fractura en el corazón mismo del mundo de las izquierdas -la misma que hace decir que el único “sujeto” transformador que podemos concebir hoy es uno que anda en la “cuerda floja”- es lo que anima el gesto substractivo en el título del libro. Ahí donde la frase de Marx y Engels decía que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, Grüner logra retener lo sólido en el aire poniendo en suspenso su desvanecimiento, como apuesta al eterno retorno de la crítica marxista. &nbsp;&nbsp;</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Buenos Aires, 18 de mayo de 2022.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">*Investigador y escritor.&nbsp;Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.</p>
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		<title>LAS SOCIEDADES, A VECES, SE SUICIDAN &#8211; POR EDUARDO GRÜNER</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Oct 2023 15:54:14 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Eduardo Grüner sostiene, recurriendo a Freud, que las sociedades están tan construidas sobre la agresión, el odio y el “instinto de muerte” como sobre la solidaridad y la cooperación, y afirma que no puede surgir ningún loco de la motosierra sino allí donde no se ha indagado sobre el proceso de fascistización social cotidiana, pero muy violenta, que ha venido creciendo en los últimos años.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong><em>Eduardo Grüner sostiene, recurriendo a Freud, que las sociedades están tan construidas sobre la agresión, el odio y el “instinto de muerte” como sobre la solidaridad y la cooperación, y afirma que no puede surgir ningún loco de la motosierra sino allí donde no se ha indagado sobre el proceso de fascistización social cotidiana, pero muy violenta, que ha venido creciendo en los últimos años.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Por Eduardo Grüner*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></strong></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Es interesante comprobar cómo, en situaciones de intensa crisis como la actual, inevitablemente se produce un <em>ritornello</em> de frases “optimistas”, destinadas a tranquilizar las conciencias biempensantes del progresismo <em>cool</em>. Por ejemplo, la que afirma que no hay que desesperar porque, a fin de cuentas, ninguna sociedad se suicida. ¿De dónde sacaron, quienes afirman tal cosa, esa peregrina idea? Basta leer rápidamente algún texto de Sigmund Freud – <em>El Malestar en la cultura</em> o <em>Más allá del principio del placer</em>, pongamos- para que una ventisca mínimamente realista barra con esa ilusión sin porvenir (para aludir a otro ensayo del mismo autor), y nos enteremos de que las sociedades están tan construidas sobre la agresión, el odio y el “instinto de muerte” -incluyendo la propia- como sobre la solidaridad, la cooperación, etcétera.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Ahora bien, si no se le quiere creer al insigne profesor vienés, no hay más que echar una sucinta ojeada a la historia. ¿O no se “suicidó” la muy culta y racional sociedad alemana en 1933? ¿O no se “suicidó” nada menos que el imperio romano hace cerca de 2000 años? ¿O acaso hoy mismo no se está “suicidando” -con todos nosotros adentro, claro- el capitalismo mundializado entero, que sabe muy bien que está destruyendo la naturaleza de la que dependemos para la vida, y sin embargo le importa un bledo? ¿O, a escala por ahora más acotada pero no menos dramática y más urgente, Rusia / Ucrania o Israel / Palestina? ¿Entonces, por qué los orgullosos argentinos habríamos de ser menos que esos ilustres ejemplos? ¿Invocaremos, una vez más, nuestra famosa “excepcionalidad”? No, señores, sepan que somos tan capaces de suicidarnos como cualquier otro país, sociedad, cultura o civilización. Faltaba más.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">El problema es que no nos gusta mucho indagar críticamente las razones del suicidio. Preferimos adjudicarlas a no se sabe qué fatalidad del “país de mierda”. Que el próximo 22 de octubre, o quizá en noviembre, exista la posibilidad de un suicidio colectivo de magnitud descomunal, ¿es un azar, una contingencia fortuita, una maldición bíblica? Por supuesto que no: hay una historia. Y va de suyo que no todos/as tenemos la misma responsabilidad en el entramado de esa historia. Pero, al mismo tiempo, todos formamos parte de ella, y mejor que nos pongamos a pensar seriamente qué es lo que esa historia ha hecho con / de nosotros. Y más aún, como hubiera dicho Sartre, qué es lo que somos capaces de hacer con eso que nos han hecho y que hemos hecho -o dejado de hacer-.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Sí, también “dejado de hacer”. Entre tantas otras cosas, hemos dejado de ejercer, en el campo de lo político, una imaginación, una audacia, una resolución crítica que nos permitiera construir una alternativa popular autónoma que nos sustrajera a la dependencia respecto de las variantes repetitivas que el sistema se digna ofrecernos. Variantes que obviamente no son todas iguales &#8211; ¿hasta cuándo se nos obligará a repetir esta perogrullada? -, pero <em>ninguna</em> de las cuales, según los casos, pudo o quiso sustraerse a ser rehén de los verdaderos “poderes fácticos”, como se usa llamar ahora a la buena y vieja clase dominante.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Y es así que llegamos a esta instancia donde <em>todas</em> las variantes potencialmente ganadoras en las próximas elecciones, no por no ser iguales (¡ufa!) dejan de ser <em>todas</em> “de derechas”. Es decir que, como diría Alejandro Horowicz, el verdadero ganador de las próximas elecciones va a ser el PNA (Partido Nacional del Ajuste)<a href="#_ftn1" id="_ftnref1">[1]</a>. Hasta ese punto hemos perdido la batalla: estamos presos de una extorsión <em>de facto</em>, por la cual se nos conmina a que votemos a la derecha “aceptable” para impedir que gane la derecha insoportable, según el ya clásico y afrancesado modelo “Macron, para que no Le Pen”. Es obvio que necesitamos que gane lo menos peor; pero es una “ganancia” puramente negativa:&nbsp; no se nos puede exigir que nos enamoremos de una necesidad, o siquiera que la convalidemos con un voto <em>deseante</em>, cuando -si es que lo cometemos- ese voto sería apenas crasamente instrumental, o patéticamente resignado.&nbsp; Y si alguien se resiste a olvidar sus principios para tragarse semejante gigantesco sapo, se lo acusará de hacerle el juego… a la derecha.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">O sea: con el viejo truco del chivo emisario, se lo hará responsable de que gane el “malpeorismo” sobre el “malmenorismo”, como si el verdadero responsable no fuera un gobierno pusilánime -por no decir cómplice- que fue el que (después del puntapié inicial de Macri, de acuerdo) terminó de hacer posible la aparición del monstruo y del enojado hartazgo de “la gente”, que es su alimento. Y así estamos ante la posibilidad del mayor triunfo que el “sistema” podría pedir: que ante la inoperancia de las políticas “progres” retornaran Menem y Macri disfrazados de ¡¡lo “nuevo”!!, bajo la hoja dentada de una motosierra (aún) sin estrenar. Como decía el genial Kierkegaard, una auténtica repetición siempre aparece como una novedad.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Y sin embargo, la cosa tiene su lógica, que no es <em>solamente</em> culpa de los gobiernos: a través de las últimas décadas, el poder del capital mundializado, con la inestimable ayuda de los grandes medios y las redes antisociales (sus nuevos aparatos ideológicos), produjo un profundo proceso de <em>des-ciudadanización y des-politización</em>, un barrial de indiferencia y / o desconfianza hacia la política -esa política que sigue siendo “la de arriba”, puesto que no supimos imponer “la de abajo”-, en el que pescan a sus anchas las neoderechas que fingen ser “off-casta”. Que ellas sean o no “fascistas” es una discusión más complicada. Tal vez también aquí estemos pecando de falta de imaginación, recurriendo a categorías histórico-generales que tenemos a mano, y absolviéndonos de pensar la singularidad de ciertos fenómenos. Puede ser que después de un detallado análisis crítico lleguemos a la conclusión de que, efectivamente, tal o cual candidato melenudo y gritón es fascista (o su candidata a vice, que en ese terreno parece más consistente). Pero todavía falta ese análisis. Y, además, no se trata simplemente de las <em>personas</em>. No nos hagamos la vida tan fácil.</p>



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<figure class="aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://calamoliteratura.files.wordpress.com/2016/10/sacrificio-tarkovski-offret.png" alt=""/><figcaption class="wp-element-caption"><em>Fotografía: Sacrificio – Andréi&nbsp;Tarkovski.</em></figcaption></figure></div>


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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Mientras tanto, de todos modos, y como todavía no hemos descubierto la manera de pensar sin conceptos (aunque sabemos bien que jamás podrán ser totalmente reducidos a ellos los objetos concretos), propongamos, para tratar de empezar a pensar la “novedad”, los siguientes: primero, el de <em>Nihilismo</em>. Entendemos por tal cosa -en un sentido amplio que puede vincularse a la antigua categoría sociológica de <em>anomia</em>&#8211; el dramático hundimiento de valores, principios, códigos simbólicos, etcétera, que caracteriza al estado actual de muchas sociedades occidentales, no solo la nuestra. Ya a principios de la década del 60 Theodor W. Adorno comenzaba a detectar este síntoma, que él llamaba <em>neutralización</em>. Y advertía que no se trataba de un simple ánimo de pesimismo inofensivo, sino que su “está todo mal”, en lugar de convocar a una transformación positiva de la realidad, es un llamamiento abstracto a la destrucción de lo humano, como ya lo había demostrado lo que taquigráficamente se llama “Auschwitz”<a href="#_ftn2" id="_ftnref2">[2]</a>.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">El segundo concepto a proponer es el de <em>Ridículo</em>, o mejor, <em>ridículo político</em>, idea acuñada hace algunos años por la filósofa Marcia Tiburi<a href="#_ftn3" id="_ftnref3">[3]</a>. Esta noción da cuenta de una sustitución “estética” (en el sentido de la “estetización de lo político” de la que hablaba Walter Benjamin): si en los fascismos clásicos operaba el registro de lo <em>trágico</em>, en las “nuevas” neoderechas es reemplazado por el de lo <em>cómico-ridículo</em> (que es el semblante de personajes como Trump, Bolsonaro, y no digamos Milei). Pero, que no se nos malentienda: este rasgo de ridiculez no quita un ápice de peligrosidad a la situación. En el contexto nihilista / neutralizador / destructor del “que se vaya todo al carajo”, la enorme seducción de la comicidad es que se puede hacer el peor de los males sin culpa, como si fuera un gran chiste. Para que todos nos <em>matemos</em>, literalmente, de risa.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">En fin, ya sabemos que en la política que realmente importa la instancia electoral es solo un momento. Pero sería necio negar que hay “momentos” que condensan de forma catastrófica, en la superficie, todas las corrientes subterráneas que atraviesan cotidianamente a la sociedad. Es eso lo que tendríamos que haber aprendido a observar con más cuidado, para no vernos tan sorprendidos. No puede surgir ningún loco de la motosierra sino allí donde de alguna forma se ha creado un consenso sobre la conveniencia de talar el bosque. El loco es un <em>efecto</em>, no la causa. Y eso va mucho más lejos, y más profundamente, y más atrás en el tiempo, que el anecdotario de las ridiculeces de un candidato. No se trata tanto de discernir si tal o cual candidato es “fascista”, sino de indagar en la fascistización social, “microfísica”, cotidiana, pero muy violenta, que ha venido creciendo en los últimos años, y que ha transformado en verosímiles cosas que hace no mucho tiempo hubieran sido impensables.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Y algo más. Tendremos que hacernos a la idea de que la política, tal como la conocimos en los últimos 40 años, no existe más. La motosierra es un síntoma y un símbolo -lástima que de contornos siniestros-: el sistema de partidos, la lógica representativa, la idea misma de “representación”, han volado por los aires. El Estado como árbitro más o menos “bonapartista” tiene muy debilitado su prestigio. El Mercado (ese del que en los ´90 se decía, muy sabiamente, que “vota todos los días”) organiza hasta lo que podemos o no concebir en nuestras cabezas, con el comando a distancia del Imperio y del “sociometabolismo del capital”<a href="#_ftn4" id="_ftnref4">[4]</a>. Y nuestro lenguaje político -del cual ya decía Aristóteles que era lo que nos hacía propiamente humanos- se ha degradado hasta el punto en que ya no sabemos bien cómo hablar, ni qué decir.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Ya estamos pues en un período de barajar y dar de nuevo, o bien de esfumarnos como “lo sólido que se desvanece en el aire” que citaba Marx. El destructivo <em>ridículo nihilista</em> que parece ser el estado dominante en nuestro mundo solamente puede ser contenido y combatido -perdón por la insistencia- “desde abajo” y multitudinariamente. Porque, como solía decir nuestro amigo y maestro León Rozitchner, “cuando la sociedad no sabe qué hacer, la filosofía no sabe qué pensar”.</p>



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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Referencias:</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> Horowicz, Alejandro: <em>El kirchnerismo desarmado</em>, Buenos Aires, Ariel, 2023</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><a href="#_ftnref2" id="_ftn2">[2]</a> Adorno, Theodor W.: <em>Sobre la teoría de la historia y de la libertad</em>, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2019</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><a href="#_ftnref3" id="_ftn3">[3]</a> Tiburi, Marcia: <em>Ridículo Político</em>, Ed. Record, 2017</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><a id="_ftn4" href="#_ftnref4">[4]</a> Noción ya canónica que le debemos a Istvan Meszárós, para indicar que “capital” no es solo una categoría estrechamente económica, sino el ordenamiento mismo de la vida, incluyendo la “psicofísica”. Sin duda, tiene un parentesco con el <em>biopoder</em> de Foucault o la <em>biopolítica</em> de Agamben o Esposito, pero a nuestro juicio cala más hondo. Cfr. <em>Beyond Capital</em>, Londres, Merlin Press, 1995.</p>



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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Buenos Aires, 16 de octubre de 2023.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">*Sociólogo, ensayista y crítico cultural. Doctor en Ciencias Sociales de la UBA. </p>
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