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	<title>Covid archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<title>Covid archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>Geolocalización: ¿combatir la pandemia o controlar a la sociedad? &#8211; Por Ricardo Forster</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 24 May 2020 20:04:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Forster]]></category>
		<category><![CDATA[Covid]]></category>
		<category><![CDATA[Geolocalización]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
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		<category><![CDATA[pandemia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En nombre de la salud y del cuidado se pondrá en funcionamiento un dispositivo de alcances fenomenales que acabará por auscultar cada milésima de nuestros movimientos, adentro y afuera de nuestras casas, haciendo añicos cualquier resto de privacidad o intimidad que nos queda en una sociedad dominada por las pantallas, los geolocalizadores y el sanitarismo elevado a religión de Estado por los mismos que hicieron lo posible por desarmar los sistemas de salud en nombre de la rentabilidad, el equilibrio fiscal y los protocolos inviolables del gasto público</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/geolocalizacion-combatir-la-pandemia-o-controlar-a-la-sociedad-por-ricardo-forster/">Geolocalización: ¿combatir la pandemia o controlar a la sociedad? &#8211; Por Ricardo Forster</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>En nombre de la salud y del cuidado se pondrá en funcionamiento un dispositivo de alcances fenomenales que acabará por auscultar cada milésima de nuestros movimientos, adentro y afuera de nuestras casas, haciendo añicos cualquier resto de privacidad o intimidad que nos queda en una sociedad dominada por las pantallas, los geolocalizadores y el sanitarismo elevado a religión de Estado por los mismos que hicieron lo posible por desarmar los sistemas de salud en nombre de la rentabilidad, el equilibrio fiscal y los protocolos inviolables del gasto público.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Ricardo Forster*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">PoHay un enunciado que comienza a escucharse con sospechosa insistencia: “la nueva normalidad” que va unida, cada vez que alguien la pronuncia, a otras palabras algo más alambicadas como “geolocalización”, “big data” y “digitalización algorítmica”. La pronuncian desde las altas esferas de la política en diversos países, se la escucha en los medios de comunicación como si fuera un mantra que afirma la inexorabilidad de prácticas individuales y colectivas asociadas a tecnologías virtuales que delinearán nuestras vidas desde el fin de la pandemia, la multiplican desde las redes sociales ciudadanos que imaginan que estamos entrando a un tiempo nuevo en el que nada será igual al pasado, la deslizan por sus infinitos canales las grandes corporaciones tecno-digitales –y sus ceos estrellas de un mundo de fantasía que ha pasado a ser “nuestra realidad”– que saben que ellas son las ganadoras de esta época y las que delinearán no sólo nuestro aquí y ahora pandémico sino la dinámica y las formas del futuro inmediato. Lo cierto es que pocos explicitan qué significa esa “nueva normalidad” aunque muchos intuyen que traerá aparejados cambios exponenciales en nuestro modo de vincularnos socialmente, en las formas del trabajo, en las prácticas educativas, en la manera de expresar nuestros afectos y hasta nuestra sexualidad, en los entramados públicos que dejarán de ser cajas de resonancia para que las multitudes manifiesten sus acuerdos y sus disensos con gobiernos y políticas económicas, sociales y culturales dejando que eso lo hagan las plataformas digitales que reemplazarán a los cuerpos en las calles y plazas por chats masivos, polifacéticos, multiformes, tribales donde lo virtual reemplace a lo material, donde el flujo constante de información sea el núcleo de toda forma posible de participación y donde un algoritmo me encierre especularmente –en tanto individuo–  haciéndome creer que viajo por una geografía abierta y plural mientras, en verdad, no salgo de mi habitación forrada de espejos en los que sólo veo replicadas imágenes de mis obsesiones, mis deseos, mis prejuicios, mis fantasías y de aquellos que las comparten (¡bienvenidos a los guetos virtuales!). Nada más alejado de la realidad que un microcosmos confundido con el universo que replicará mis fronteras intelectuales y mis limitaciones éticas y culturales haciéndome creer que mis posibilidades son ilimitadas y mis alcances cognitivos cada día mayores. “Si todo esto suena familiar –escribió Naomí Klein– es porque, antes del Covid, este preciso futuro impulsado por aplicaciones y lleno de conciertos nos fue vendido en nombre de la conveniencia, la falta de fricción y la personalización. Pero muchos de nosotros teníamos preocupaciones. Sobre la seguridad, la calidad y la inequidad de la telesalud y las aulas en línea. Sobre autos sin conductor que derriban peatones y aviones no tripulados que destrozan paquetes (y personas). Sobre el rastreo de ubicación y el comercio sin efectivo que borra nuestra privacidad y afianza la discriminación racial y de género. Sobre plataformas de redes sociales sin escrúpulos que envenenan nuestra ecología de la información y la salud mental de nuestros hijos. Sobre «ciudades inteligentes» llenas de sensores que suplantan al gobierno local. Sobre los buenos trabajos que estas tecnologías eliminaron. Sobre los malos trabajos que producían en masa.”<a style="color: #000000;" href="#_ftn1" name="_ftnref1">[1]</a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La “normalidad” anterior a la pandemia nos prometía –bajo la forma de una fábula que el virus se encargó de hacer trizas para evidenciar lo que efectivamente sucedía con las mayorías populares– ese escenario acogedor y sin fricciones en el que cada uno se sintiera personalmente interpelado y reconocido en sus gustos y sus necesidades. Todavía imaginábamos un mundo complementario donde lo virtual y lo corporal pudieran convivir en armonía. Y llegó el Covid-19 que nos dejó estupefactos. Los gobiernos entraron en pánico o fueron incapaces de enfrentar la pandemia más avisada de la historia simplemente porque habían desactivado en gran medida sus sistemas públicos de salud en nombre de la eficiencia, el control del gasto fiscal y la “salud” de la economía que no podía seguir despilfarrando recursos en nombre de una Estado de bienestar arcaico y reaccionario que impedía la realización de las “grandes transformaciones” que harían mejores nuestras vidas. La angustia, el miedo y la demanda de seguridad se multiplicaron. Y ahí estaban, listas y disponibles, las tecnologías digitales que harían más amable la noche de la cuarentena que lejos de retrotraernos a la Edad Media, como decían algunos, nos conduciría directamente al futuro que nos esperaba a la vuelta de la esquina pero que todavía no alcanzábamos a disfrutar en plenitud. Tecnologías que no sólo nos permitirían sortear el aislamiento social poniéndonos en contacto virtual con parientes y amigos, sino que también habilitarían otras formas de trabajo, de educación y de control del virus, ofreciéndonos la posibilidad no sólo de protegernos del contagio y de los peligros del afuera, sino que harían más acogedor y seductor el adentro de nuestros hogares. El ideal, hasta ahora utópico, de una vida “completamente segura” se vuelve cada vez más próximo allí donde aceptemos que serán las tecnologías digitales las encargadas de reducir al máximo la peligrosidad de existencias corporales que conviven con amenazas que provienen de un mundo materialmente inseguro. Para nuestra tranquilidad –eso también se repite como un mantra desde las usinas mediáticas que replican a los Bill Gates y Benzos de la nueva aldea global–, la geolocalización, nos permitirá, entre otras cosas <em>fascinantes</em>, que podamos seguir –y por qué no desactivar con la ayuda de las fuerzas de seguridad– cada una de las amenazas o de lo que produce algún ruido o disturbio en nuestra cotidianidad –sea un virus, un terrorista, un afiebrado que no lo sabe e igual sale de su casa, un indocumentado, un supuesto ladrón y un largo etcétera que incluye seguimientos múltiples por parte del “gran ojo”–. En nombre de la salud y del cuidado se pondrá en funcionamiento un dispositivo de alcances fenomenales que acabará por auscultar cada milésima de nuestros movimientos, adentro y afuera de nuestras casas haciendo añicos cualquier resto de privacidad o intimidad que nos queda en una sociedad dominada por las pantallas, los geolocalizadores y el sanitarismo elevado a religión de Estado por los mismos que hicieron lo posible por desarmar los sistemas de salud en nombre de la rentabilidad, el equilibrio fiscal y los protocolos inviolables del gasto público. La ya delgadísima línea que separa lo íntimo de lo público simplemente desaparecerá. Bancarizados e insertos en el éter de internet, cada una de nuestras acciones –comprar un libro, salir a cenar, ver una película, encontrarnos con un amigo o amiga, planificar un viaje, fumar marihuana mientras escuchamos música, sacar un crédito, tomar el tren o el auto bus, escribir un panfleto contra las injusticias del mundo– serán registradas e irán a esas nubes virtuales –y absolutamente fantasmagóricas– desde las que toda la información de nuestras vidas estará a disposición para ser usada a nuestro favor o en nuestra contra dependiendo de una coma o un punto mal o bien puestos en el discurso del poder. ¿Eso es lo que deseamos como corolario de una pandemia que le abre las puertas a la vigilancia generalizada? ¿Será la nuestra una sociedad organizada a partir de los algoritmos capaces de adelantarse a nuestros deseos más ocultos y reguladores de nuestra transformación en sujetos automatizados que no harán otra cosa que responder a los incentivos pregonados por la googlenización del mundo? ¿Seremos capaces de sustraernos a la geolocalización universal rebelándonos contra la captura de cada uno de nuestros movimientos? Preguntas que no quieren prefigurar un futuro distópico.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://lh3.googleusercontent.com/proxy/-jmXV02MN5N0Oo5D_4-wrrjs_mshNHwp_eBiL5Qzgr6lG_RviblJs6zoYDhnRh20ODd-zNSdEMUcIPz5aWIe8Pr8Tqk4aO734T3kXXEt6eoG_jS9zLD26ue8E4xMno_FE5RR6-uClk_vWxvyuDIwAxWEuxCT" alt="Las ventanas virtuales con Kinect llegan como la última tecnología ..." /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Nuestras casas se convirtieron en mónadas que, a través de sus “ventanas” virtuales, nos abrieron el universo en su diversidad supuestamente polifónica e inacabable. Horas y horas de pantalla se transformaron en nuestras actuales formas de socialización y de información. Se multiplicaron de modo exponencial los flujos virtuales que alimentan infinitamente, y como nunca antes, los algoritmos que le permiten a las grandes corporaciones tecno-digitales con sedes californianas, construir una gigantesca malla de información, conocimiento y vigilancia como jamás existió respecto a nuestros gustos, nuestros movimientos, nuestros deseos inconscientes, nuestras angustias, nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestros códigos genéticos, nuestra salud, nuestra actividad física y sexual, nuestros saberes, nuestras inclinaciones políticas e ideológicas, nuestras transgresiones, nuestras ignorancias y nuestros errores que ni siquiera sabemos que los estamos cometiendo. Como un gigantesco <em>Aleph</em> borgeano en el que se condensa la totalidad de nuestras vidas sin que seamos del todo conscientes de lo que significa este flujo incesante que se alimenta de nosotros ya no sólo para transformar en mercancías nuestros gustos, inclinaciones y deseos sino para desplegar, como nunca antes en la historia de la humanidad, una red de control y vigilancia que hace del panóptico diseñado por Jeremy Bentham un rudimentario instrumento arquitectónico para vigilantes improvisados. Quizás con un cierto apresuramiento Giorgio Agamben, cuando todo recién estaba comenzando, alertó sobre la relación entre la pandemia y el “estado de excepción”, anticipó una expansión ilimitada de los controles y de la vigilancia bajo la modalidad de tecnologías del seguimiento que encuentran en la geolocalización un instrumento formidable como nunca antes se tuvo en la secular existencia de las estrategias biopolíticas de la modernidad burguesa. Tal vez se adelantó al rostro cadavérico del virus y su impacto en los cuerpos reales, pero no por ello su alerta careció de verosimilitud ni mucho menos mereció el rápido rechazo y hasta desprecio de un sinfín de voces que se levantaron para lapidarlo en la plaza pública como si hubiera cometido un pecado inexcusable. El estado de excepción está entre nosotros, se ha colado junto al Covid-19 acelerando su expansión a través de las tecnologías digitales que amenazan con transformar nuestras vidas reales en simulacros, nuestra intimidad en una quimera inalcanzable y nuestra libertad en una acción subversiva. Pero también es cierto, y acá me permito distanciarme de Agamben, que necesitamos un Estado que, en momentos únicos, deba actuar con una lógica que proviene de esa excepcionalidad que después debería abandonar en nombre de la democracia, la igualdad y la libertad. Es fácil decirlo y mucho más difícil sortear las consecuencias performativas que esas acciones despliegan en la vida de las sociedades. El peligro está allí y, tal vez precisamente por eso, no podemos comprar, sin beneficio de inventario, el paquete entero que buscan vendernos las corporaciones de Silicon Valley.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Álvaro García Linera lo ha dicho con claridad y contundencia: “Los seres humanos somos seres globales por naturaleza y nos merecemos un tipo de globalización que vaya más allá de los mercados y los flujos financieros. Necesitamos una globalización de los conocimientos, del cuidado médico, del tránsito de las personas, de los salarios de los trabajadores, del cuidado de la naturaleza, de la igualdad entre mujeres y hombres, de los derechos de los pueblos indígenas, es decir, una globalización de la igualdad social en todos los terrenos de la vida, que es lo único que enriquece humanamente a todos. Mientras no acontezca eso, como tránsito a una globalización de los derechos sociales, es imprescindible un Estado social plebeyo que no solo proteja a la población más débil, que amplíe la sanidad pública, los derechos laborales y reconstruya metabolismos mutuamente vivificantes con la naturaleza; sino que además democratice crecientemente la riqueza material y el poder sobre ella, por tanto, también la política, el modo de tomar decisiones que deberán ir cada vez más de abajo hacia arriba y cada vez menos de arriba hacia abajo, en un tipo de Estado integral que permita ir irradiando la democrática asociatividad molecular de la sociedad sobre el propio Estado.”<a style="color: #000000;" href="#_ftn2" name="_ftnref2">[2]</a> Asumiendo esa perspectiva emancipadora permítasenos sospechar de las bondades de las tecnologías de la geolocalización y de los algoritmos que se articulan como ingenieros de la vida social a partir de las plataformas digitales. Hay un resto de incompletud, de ambigüedad, de lógica asimétrica, de azar y de misterio que hacen de la vida en general, y de la de los humanos en particular, una experiencia laberíntica e imprevista incluso para los que suponen que tienen, al fin, las tecnologías todopoderosas capaces de alcanzar la más pura transparencia. Siempre quedará una mancha, un resto de opacidad, una migaja de suciedad capaz de impedir que hagan su trabajo final las máquinas de la limpieza totalitaria.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Referencias:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><a style="color: #000000;" href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> Naomí Klein, “Distopía de alta tecnología: la receta que se gesta en Nueva York para el post-coronavirus”, The intercept, en <em>Lavaca</em>, 13/05/20.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><a style="color: #000000;" href="#_ftnref2" name="_ftn2">[2]</a> Álvaro García Linera, <strong>“</strong>Pánico global y horizonte aleatorio”, conferencia inaugural en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, 30/3/2020.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 24 de mayo de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Filósofo, profesor y ensayista argentino. Es doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba. Forma parte del equipo de académicos e intelectuales que fue nombrado por el Gobierno nacional como asesores del presidente Alberto Fernández.</span></p>
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		<title>Un dios ausente &#8211; Por Hugo Presman</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 16 Jun 2020 23:59:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Hugo Presman]]></category>
		<category><![CDATA[Covid]]></category>
		<category><![CDATA[Dios]]></category>
		<category><![CDATA[George Floyd]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La existencia de Dios es uno de los grandes misterios que acosan al hombre desde el origen de los tiempos. En esta nota, Hugo Presman parte de un libro del psicoanalista argentino Emilio Rodrigué, que considera que Dios, después de crear al mundo en los primeros seis días, al séptimo, habiendo completado su obra descansó y al día siguiente, ya descansado, se fue. A partir de ahí la nota va desde la crucifixión de Jesús a George Floyd, pasando por el presidente del Banco Santander en Portugal, todos muertos sin poder respirar.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/un-dios-ausente-por-hugo-presman/">Un dios ausente &#8211; Por Hugo Presman</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;"><strong><em>La existencia de Dios es uno de los grandes misterios que acosan al hombre desde el origen de los tiempos. En esta nota, Hugo Presman parte de un libro del psicoanalista argentino Emilio Rodrigué, que considera que Dios, después de crear al mundo en los primeros seis días, al séptimo, habiendo completado su obra descansó y al día siguiente, ya descansado, se fue. A partir de ahí la nota va desde la crucifixión de Jesús a George Floyd, pasando por el presidente del Banco Santander en Portugal, todos muertos sin poder respirar.</em></strong></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><strong>Por Hugo Presman*</strong></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><strong> </strong></span></p>
<p><span style="color: #000000;">En su último libro, “La respuesta de Heráclito”, publicado en el 2006, el prestigioso psicoanalista argentino Emilio Rodrigué, que murió poco después, en febrero del 2008, escribió en un capítulo titulado “El octavo día”: “Nada en un principio. En el primer día Dios hizo la luz y vio que era buena, dándole el nombre de Día.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En el segundo día, se separó el agua y la tierra seca.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En el tercer día, Dios hizo el Sol, la Luna y las estrellas.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En el cuarto día, Dios hizo la hierba verde y el árbol de fruto y vio que eran buenos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En el quinto día, Dios hizo a los reptiles grandes y pequeños, las ballenas y los otros mamíferos, los cefalópodos y los peces. También hizo las aves y los insectos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En el sexto día Dios hizo al hombre.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En el séptimo día, habiendo completado su obra, descansó.</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><strong>Y al día siguiente, ya descansado, Dios se fue.”  </strong></span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ese Dios, cualquiera fuera su nombre, venerado por las religiones monoteístas, estuvo ausente en Auschwitz y en la ESMA; en África, en Ruanda, en 1994, con los Hutus asesinando a machetazos a los Tutsis, ochocientos mil en cuatro meses; en el Mar Mediterráneo donde los migrantes mueren ahogados; en los gulags stalinistas, en Guantánamo, un campo de concentración norteamericano en territorio usurpado, en Palestina, donde su población es sometida y hacinada; o en las salas de pediatría oncológica de los hospitales. No estuvo en Hiroshima ni en Chernobyl; ni en las trincheras de la Primera Guerra Mundial o en los horrores de la Segunda. Sólo algunos ejemplos de una lista infinita.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En cada lugar donde la pobreza convierte a sus perjudicados en sobrevivientes, en un mundo crecientemente desigual con concentración de la riqueza y potenciación de la pobreza, Dios seguirá en su reposera espacial, descansando eternamente. El sábado o domingo, según las religiones son días no laborables, donde Dios parece haberse quedado. Tal vez por eso no escuchó cuando su propio hijo le susurró en la cruz: “Padre ¿por qué me has abandonado?”. Mucho menos a George Floyd cuando el agente Derek Chauvin con la rodilla en su cuello le impidió respirar hasta matarlo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La crucifixión provoca también la muerte por asfixia. Como muchas veces produce el Covid-19 que es democrático por su generalización, pero que finalmente resulta diferencial en la probabilidad de resistir de acuerdo a la ubicación social y en las posibilidades de tratamiento hasta que el sistema sanitario implosiona. En esa generalización alcanzó y se llevó al presidente del banco Santander en Portugal, Veira Monteiro. Su hija angustiada escribió: “Somos una familia millonaria, pero mi papá murió solo y sofocado, buscando algo gratis: el aire. El dinero se quedó en casa”. Con una diferencia de 2020 años de Jesús, George Floyd y Veira Monteiro también murieron buscando desesperadamente respirar. Los dos primeros pobres y el tercero millonario, aunque por motivos diferentes: Jesús por una propuesta revolucionaria para su época, cosa que el poder y los imperios nunca toleraron; George Floyd, pobre, negro desocupado y con Covid-19 por las tres primeras sinrazones; y Veira Monteiro exclusivamente por la pandemia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ese mismo problema respiratorio lo tiene el planeta a través de la contaminación y el calentamiento global. La vida en su sentido más amplio, es un juego de equilibrios insólitos. La cuarentena planetaria ha dado tiempo para que la tierra mejore sus condiciones de hábitat. Hace varios siglos que crucificamos al planeta, maltratamos la tierra y el aire con la misma desconsideración e ignorancia como los grupos medievales atacan a la cuarentena, son antivacunas, desconocen las cifras de muertos que provoca el Covid-19  y consideran que la tierra es plana. En el extremo de la colonización cultural, franjas sociales que viven bien y han accedido a todos los niveles de educación, consideran a la empresa privada como propia y al Estado como ajeno.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El Dios ausentado, en los diez mandamientos cristianos es ególatra: “Amarás a Dios sobre todas las cosas” y demandante: “No tomarás el nombre del Señor en vano”. Además no era, o no es muy divertido considerando el sexto mandamiento: “No fornicarás”</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En función de nuestro comportamiento nos prometen, después de muertos, un paraíso o el infierno. Difícil que éste sea peor que algunos de los horrores que los humanos diseñamos a través de los siglos, en el maltratado planeta.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando el miedo se propaga en el mundo, ausente Dios, la ciencia es la última apuesta para encontrar el antídoto o la vacuna que nos devuelva un poco de la tranquilidad en un escenario de incertidumbre superlativo. Esa incertidumbre que nos sugería disfrutar el ex ministro de educación y actual senador por “Juntos por el cambio” Esteban Bullrich.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El conocimiento acumulado y la política, imprescindiblemente la política instrumentando las medidas necesarias, sustituyen a ese Dios que según Emilio Rodrigué en el séptimo día, descansado, se fue hace ya un tiempo prolongado.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 16 de junio de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Coconductor del programa radial EL TREN, con más de 16 años en el aire. Contador Público recibido en UBA. Fue profesor de Economía Política en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma Universidad. Es Periodista. Sus trabajos son publicados en diversos medios nacionales e internacionales. Es autor del trabajo de investigación <em>“25 años de ausencia” </em>y participó con trabajos en los libros <em>“Damián Carlos Álvarez Pasión por el libro”</em> e <em>“Insignificancia y autonomía”.</em> Debates a partir de Cornelius Castoriadis.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Además es coautor del libro <em>“Bicentenario de la Revolución de Mayo y de la Emancipación Americana».</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Bailando desnudos sobre la playa &#8211; Por Jorge Giles</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Jan 2021 22:55:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Giles]]></category>
		<category><![CDATA[aglomeraciones en playas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los casos de contagio crecen día a día, semana a semana. Los casos de desacato a las normas de cuidado, también. El Estado, en tanto, recomienda, aconseja, opina, diagnostica, pronostica, pero deja hacer, deja pasar, sostiene Jorge Giles en esta nota, y afirma que para seguir vivos tenemos que tener un Estado que, además de diagnosticar, aplique sin pérdida de tiempo el toque de queda sanitario que deba aplicar sin estigmatizar a la juventud y dar la lucha por el sentido común dominante y por una visión justa de la realidad.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/bailando-desnudos-sobre-la-playa-por-jorge-giles/">Bailando desnudos sobre la playa &#8211; Por Jorge Giles</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Los casos de contagio crecen día a día, semana a semana. Los casos de desacato a las normas de cuidado, también. El Estado, en tanto, recomienda, aconseja, opina, diagnostica, pronostica, pero deja hacer, deja pasar, sostiene Jorge Giles en esta nota, y afirma que para seguir vivos tenemos que tener un Estado que, además de diagnosticar, aplique sin pérdida de tiempo el toque de queda sanitario que deba aplicar sin estigmatizar a la juventud y dar la lucha por el sentido común dominante y por una visión justa de la realidad.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Jorge Giles*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El virus sigue avanzando a upa nuestra. Vigila noche y día nuestro comportamiento humano y allí donde detecta una fiesta clandestina, una aglomeración sin barbijos, una vía propicia para reproducirse, allí se instala y contagia. Si encuentra alguna resistencia, muta su formato y sigue su marcha triunfal hacia la muerte; la nuestra, obviamente.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El capitalismo, en tanto, demuestra también y una vez más, su eficiencia letal sobre la sociedad entera. Como el virus, no para de reproducirse. Le interesa solamente salvar sus estructuras, sus cimientos de explotación financiera, su propio ropaje cultural, y por qué no, su reserva estratégica de dosis de vacunas. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Observemos el mundo un instante. Los países centrales están comprando vacunas a cuatro manos, mientras las naciones en vías de desarrollo corren el riesgo de atravesar el desierto sin una gota de agua. El rigor de la lógica capitalista, que es el egoísmo, indica que la misma ecuación que se da entre países poderosos y países vulnerables, aplica hacia el interior de esos países, y por tanto, es legítimo pensar que si esta correlación de fuerzas no se modifica de raíz, la humanidad corre peligro de extinción. Y la humanidad somos nosotros. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Qué puede trastocar esta ecuación? La presencia activa del Estado en defensa de la salud pública. Ese es, a medias, el caso argentino. Y decimos a medias porque el 2020 cruza la satisfacción de haber contado con un Estado activo que nos permitió evitar el colapso temprano del sistema sanitario y social, con la tristeza de perder más de 43.000 compatriotas muertos por Covid. Por dolor, por vergüenza y por pudor, nadie puede celebrar nada en un estadio así. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El 2021 se despereza con factores variados: la esperanza de la vacuna; el ametrallamiento mediático contra el gobierno que trajo la vacuna; algunos funcionarios que sólo diagnostican y pronostican sobre la pandemia como si fueran panelistas de un programa de TV; los opositores que destilan un odio capaz de desenchufar el “frízer” donde se guardan las vacunas y los jóvenes que inauguran la temporada de verano, bailando desnudos y amuchados sobre la playa. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Los casos de contagio crecen día a día, semana a semana. Los casos de desacato a las normas de cuidado, también. El Estado, en tanto, recomienda, aconseja, opina, diagnostica, pronostica. Pero deja hacer, deja pasar. Sólo hay que recorrer los centros comerciales urbanos más concurridos para darse cuenta del desastre que asoma en un horizonte muy cercano. Seguimos caminando por el borde del precipicio. Y el Estado tiene la obligación de impedir drásticamente que el desacato siga sucediendo. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Y aquí nos detenemos para reafirmar tres cuestiones que nos parecen centrales a la hora de reflexionar sobre el presente: </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*El Estado, en todos sus niveles, debería aplicar con todo rigor las normas necesarias para desalentar las conductas antisociales que atenten contra la salud. Al frente de las autoridades de aplicación de estas normas deberían estar presentes los funcionarios civiles gubernamentales para evitar cualquier desmadre represivo en el uso de las fuerzas. Pero es absolutamente ingenuo e irresponsable descansar la responsabilidad de los cuidados en “la gente”. El Estado, con un gobierno peronista, existe justamente para velar por nuestra seguridad, nuestra salud, nuestra educación, nuestro trabajo, nuestra jubilación, entre otras responsabilidades. Además, es injusto preocuparse sólo por asegurar el merecido descanso de los veraneantes a costa del agotamiento total del personal médico y para-médico de nuestros hospitales. Todo el personal de salud está exhausto, estresado, mal pagado y para ellos no hay vacaciones ni bailes ni salarios dignos.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*La juventud que baila en las playas no es la culpable del crecimiento de casos. Esos pibes y pibas bailan porque las autoridades le permitieron una pista para salir a bailar. Es muy peligrosa la tendencia que se observa por parte de comunicadores y algunos funcionarios en cargar toda la culpa en los jóvenes, en estigmatizarlos nuevamente. Hay una larga historia de horror atrás de esas estigmatizaciones. Es en épocas de crisis, tan profundas como la que afrontamos, donde los monstruos de la humanidad desenvainan sus cuchillos. Entonces, cuidado que por este punto de fuga se nos vuelva a colar la condena social y fascistoide contra los jóvenes.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A esos jóvenes que bailan en la playa hay que alentarlos para que se sumen a los miles de jóvenes que militan en los barrios para aliviar el hambre de la población y valoren a los otros miles de jóvenes profesionales que están en los hospitales asistiendo a los enfermos por Covid. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*La verdadera batalla que se debe librar, a la par de la vacunación, es dar la lucha por el sentido común dominante y por una visión justa de la realidad. No hay que esperar contar con la totalidad de la representación política de la sociedad para dar esa batalla cultural. Hay que darla ahora o ganará por goleada el pensamiento de la derecha. Para eso habría que contar, por ejemplo, con un plantel de jóvenes comunicadores capaces de transmitir con objetividad los datos de la pandemia y al mismo tiempo despertar credibilidad y entusiasmo en la población para cumplir con las normas. Hay que impulsar la presencia mediática de las Universidades, el CONICET, el Malbrán  y agentes de la cultura en esta batalla. En pocas palabras, hay que disputarle el territorio al virus y a sus voceros publicitarios. Hoy nada de esto existe.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Confiamos en este gobierno, creemos en las vacunas, creemos en los logros conseguidos en este primer año de pandemia y creemos en nosotros como comunidad. Pero mientras el poder real siga estando en el campo enemigo, necesitamos de más presencia del Estado; al menos para empardar la disputa cultural. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La derecha de este país fue capaz de desaparecer 30.000 compatriotas y bombardear Plaza de Mayo en 1955 con el triste saldo de 400 muertos. ¿Cómo no esperar de esa derecha que ataque como viene atacando la salud de los argentinos y argentinas? La libertad de expresión es sagrada mientras defienda la vida y la democracia; pero cuando tras la fachada de esa libertad se proclama la muerte, el Estado debería poner barreras normativas en defensa de la vida. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Para poder seguir bailando en libertad tenemos que estar vivos y para seguir vivos tenemos que tener un Estado que, además de diagnosticar, aplique sin pérdida de tiempo el toque de queda sanitario que deba aplicar. Porque entre las vacaciones y la salud, elegimos la salud.  </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 5 de enero de 2021.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Periodista y escritor. Su último libro publicado es<em> «Mocasines, una memoria peronista»</em>, editado por la cooperativa Grupo Editorial del Sur (GES)</span></p>
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		<title>Opinión/Cuando esto termine &#8211; Por Jorge Elbaum</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Sep 2025 12:29:51 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Cuando esto termine –porque va a terminar–, vamos a festejar con el alivio de sabernos fuertes, de haber atravesado este desquiciado laberinto de crueldades sin haber perdido la brújula del amor a nuestra Patria.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/opinion-cuando-esto-termine-por-jorge-elbaum/">Opinión/Cuando esto termine &#8211; Por Jorge Elbaum</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c95301b87744ab0a66139c49b3d4a41c wp-block-paragraph"><em><strong>Cuando esto termine –porque va a terminar–, vamos a festejar con el alivio de sabernos fuertes, de haber atravesado este desquiciado laberinto de crueldades sin haber perdido la brújula del amor a nuestra Patria.</strong></em></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e98c5c03784495a820f84e7b73a9fa92 wp-block-paragraph"><strong>Por Jorge Elbaum*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d5e18531e670bd10ca130847a62fe9c1 wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:65px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ed1a5eac399ff5a5c31d9d27184d6c2e wp-block-paragraph">A veces vemos el inicio del fin de una pesadilla en la rendija de una noche. Nos despertamos al día siguiente y empezamos a sentir que estamos, por fin, sacudiéndonos los residuos de una confusión vaporosa. Después de que el daño colectivo nos hirió con insistencia durante más de setecientos días, tenemos la sensación de que estamos respirando un poco mejor. Siempre supimos que la angustia trabaja contra el aire. Hace piruetas en la sombra para quitarnos calma. La zozobra es refractaria a la dilatación pulmonar. Esa sensación de ventilación emocional, de apertura al ingreso suave de oxígeno, es lo que experimentamos la noche del domingo cuando escuchamos el audio de Cristina y las palabras de Axel.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-bd0ff37f13f59bfc8ad8937fd9fe5deb wp-block-paragraph">Algo se estaba reacomodando. Se exhibía, en el escenario de La Plata, una combinación de sensatez, racionalidad y templanza. Muchos –mientras celebrábamos el límite impuesto a la derecha– nos preguntábamos sobre la temporalidad del aguante. Sobre el registro de aquello que se entiende como soportable. No sabemos con certeza qué tipo de irritación habilitó la flagrancia de ese desvarío de gritos, insultos y prepotencia acobardada. Qué impotencia permitió que un desquiciado mental se convirtiera en la pesadilla diaria de una sociedad entrenada en sobrevivir a diferentes crisis económicas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-28eb59d49e0550fd5869e8f467bde2fa wp-block-paragraph">Probablemente, uno de sus orígenes se vinculó con el trauma producido por el aislamiento del COVID. Los jóvenes–especialmente los adolescentes– sufrieron de forma particular el encierro y fueron la infantería electoral del triunfo liberticida. Un segundo elemento se relacionó, seguramente, con la frustración de un gobierno que abandonó los compromisos asumidos, traicionando el mandato otorgado por Cristina a Alberto Fernández. Una tercera quedó explicitada por altercados recurrentes entre la vice y el presidente. Una cuarta estuvo ligada a la ética apócrifa del máximo referente del Poder Ejecutivo, que se encargaba de celebrar cumpleaños en plena cerrazón pandémica. Una quinta, sin duda, estuvo anudada a la incertidumbre inflacionaria.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-deb0866216702adc44844205b2b0229e wp-block-paragraph">Milei aseguró que iba a superar las tres últimas, con una combinación de una transparencia burocrática, desaliento de los debates institucionales y –sobre todo– con solucionar el problema de la inflación. Todos esos objetivos fueron explotados por las usinas comunicacionales de las corporaciones que venían testeando la frustración y el cansancio: su apuesta fue apuntalar las opciones de radicalidad fascista que expresaba el liberticida para superar al PRO y a la medianía de Alberto Fernández. Bingo: encontraron un <em>outsider</em> a quien empoderar, un frenético a quien arropar, un títere con quien jugar –aparentemente– por fuera del <em>establishment,</em> que se diferenciaba de los dos últimos gobiernos a través de gritos e insultos. La jugada duró poco. Primero, porque el PRO se sumó a la cruzada criminal del ajuste, y después, porque la inflación se redujo artificialmente a costa de «pisar» las paritarias, incrementar los despidos, aumentar la defunción de las PYMES, generar una recesión ritual incrementando un endeudamiento gigantesco.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d8328fd7e85ba4f91c459dc047c4baa3 wp-block-paragraph">El malentendido se extendió durante 23 meses gracias a la insistente protección mediática que ubicó las bravuconadas de Milei en el lugar de una cruzada contra la corrupción estatalista. Endiosaron a un muñeco de torta que adora el dinero, que cree rugir como un león y que presume de ser la reencarnación de Moisés. Un profeta que sus acólitos –con micrófono, o con perfiles violentos de redes sociales– eludieron recomendar su urgente internación psiquiátrica. Nunca un oxímoron fue más categórico: un neoliberal adicto al egoísmo extremo que defiende la venta de órganos y de niños, que –de la noche a la mañana– es rebautizado como un sujeto que renuncia a la ambición dineraria en nombre del bien común, al tiempo que se pavonea como economista experto en «hacer dinero sin dinero».&nbsp; Un zorro en el gallinero motivado por el triple objetivo profano de (a) manotear todo billete disponible, (b) seducir a los grandes capitales financieros, y (c) ganarse la confianza de varios capitostes corporativos que le aseguren algún conchabo para cuando la crisis política lo destituya.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c9f19fb77f7b8db7dfcb840952509c9d wp-block-paragraph">Este sujeto desaforado sigue contando con la autorización de los jefes del FMI. Sigue teniendo el apoyo –cada vez más minoritario– de sectores que lo habilitan a reproducir un desquicio gestual y productivo. Que le otorgan un aval a quien posee una sensibilidad clausurada para sentir empatía por otra criatura que no sea un perro o su hermana. A diferencia de lo que sucedió en la dictadura genocida, la perversión macri-mileísta no apeló a los lenguajes fantasmagóricos, al ocultamiento. No dijo: «no son, no están, están desaparecidos». La truculencia del actual gobierno alardeó de las víctimas de forma explícita y desaforada. Festejó su desposesión e intentó pedagogizar acerca de la necesidad de pisar a los lastimados para disfrute de quienes podían sentirse a salvo de sufrir esa trituradora de carne.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-27c571308bde6571ffd8b5445ae8439c wp-block-paragraph">Cuando esto termine –porque va a terminar–, Milei será recordado como un brote psiquiátrico de la argentinidad. Su imagen se convertirá en una evocación vergonzante: ¿Cómo fuimos capaces de ungir a este espécimen grotesco, opuesto a toda humanidad, en la representación política? Cuando esto termine, uno de nuestros primeros gestos asumirá la forma de un homenaje íntimo, a quienes mantuvieron la llama. A los que señalaban la debilidad intrínseca de un personaje desechable, cobarde y desquiciado.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c90f0883345c9b968450c15eb21ad288 wp-block-paragraph">Cuando esto termine –porque va a terminar–, vamos a homenajear a las luces que nos impidieron creer que esto era el fin de los días. Vamos a mirar a los ojos a quienes sufrieron, pensaron y sintieron que ya no habría recuperación posible frente a tanta intimidación legitimada por medios, jueces y mercenarios de los votos legislativos. Vamos a volver a recordarles, a los alicaídos, que la vida siempre resurge como una profecía de esperanza, incluso cuando el viaje transcurre por los reinos de una ultratumba infernal, y no está Virgilio para guiarnos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-56cac6460d6571871a2ac487eb3a86f6 wp-block-paragraph">Cuando esto termine –porque va a terminar–, vamos a memorizar el sufrimiento de los abuelos, los universitarios, los científicos, los pacientes oncológicos, los discapacitados. Las sensaciones tristes de quienes atravesaron este desierto de espinas con dolores cotidianos, con broncas acumuladas, con angustias indescifrables. Vamos a pasar la película –cerrando los ojos– de los laburantes que perdieron su trabajo, del desprecio soportado por los sectores más desvalidos. Vamos a escribir en las paredes el nombre del pibe con autismo que fue humillado por un crápula. El domingo fue un parteaguas que nos permite replantear algunas cosas. Tenemos más cerca el fin de esta demencia.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-dddd59cc77125e660d64facc665199cc wp-block-paragraph">Cuando esto termine –porque va a terminar–, vamos a festejar con el alivio de sabernos fuertes, de haber atravesado este desquiciado laberinto de crueldades sin haber perdido la brújula del amor a nuestra Patria.</p>



<div style="height:65px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e56e564aebd81b54501bb2a8ec58d360 wp-block-paragraph">Miércoles, 10 de septiembre de 2025.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3595d9843bcdded2c638c6823791c07e wp-block-paragraph">*Sociólogo, Periodista, Escritor, Dr. en Ciencias Económicas.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="271" height="68" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo.png" alt="" class="wp-image-16425" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo.png 271w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo-260x65.png 260w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo-50x13.png 50w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo-150x38.png 150w" sizes="(max-width:767px) 271px, 271px" /></figure>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Seguimos con la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».</strong></h2>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-21abc5bc0f08f267f12a0c3265631bbc wp-block-paragraph">La Tecl@ Eñe viene sosteniendo desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe.Pueden colaborar con&nbsp;<strong>$5.000</strong>,&nbsp;<strong>$10.000</strong>. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-711ecc639830526b07951d8466ee2026 wp-block-paragraph"><strong>Alias de CBU: Lateclaenerevista</strong></p>



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		<title>El elefante y el virus. Notas autobiográficas sobre la pandemia &#8211; Por Bruno Carpinetti</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 Jul 2026 11:39:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Bruno Carpinetti]]></category>
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		<category><![CDATA[Covid]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cinco años después de la pandemia, Bruno Carpinetti vuelve sobre una experiencia atravesada desde un lugar singular: la gestión de la emergencia, la ecología y la pérdida personal. En estas notas autobiográficas, el COVID-19 deja de ser únicamente un episodio sanitario para convertirse en una reflexión sobre la incertidumbre, los límites del conocimiento, la confianza en la ciencia y la dificultad de construir una realidad compartida en sociedades cada vez más fragmentadas.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/el-elefante-y-el-virus-notas-autobiograficas-sobre-la-pandemia-por-bruno-carpinetti/">El elefante y el virus. Notas autobiográficas sobre la pandemia &#8211; Por Bruno Carpinetti</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2d3156e43cb6a2bc10b98db04daa32dc wp-block-paragraph"><strong><em>Cinco años después de la pandemia, Bruno Carpinetti vuelve sobre una experiencia atravesada desde un lugar singular: la gestión de la emergencia, la ecología y la pérdida personal. En estas notas autobiográficas, el COVID-19 deja de ser únicamente un episodio sanitario para convertirse en una reflexión sobre la incertidumbre, los límites del conocimiento, la confianza en la ciencia y la dificultad de construir una realidad compartida en sociedades cada vez más fragmentadas.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-efc0a880bb4a438b020997e6c3afdbac wp-block-paragraph"><strong>Por Bruno Carpinetti</strong>*</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d5e18531e670bd10ca130847a62fe9c1 wp-block-paragraph"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:72px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f9a35ee10016815b72da990e73e98ca3 wp-block-paragraph">La primera vez que manejé por la autopista Buenos Aires–La Plata completamente vacía tuve la impresión de que el mundo se había corrido apenas unos centímetros de su eje. Todo seguía ahí — el asfalto, los carteles, los peajes, las estaciones de servicio —, pero la escena ya no coincidía con la memoria del mundo. Las autopistas no están vacías. Las ciudades no se detienen. Las personas no desaparecen de un día para el otro.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4d07fdb85861b0c0c798f257fc17f62c wp-block-paragraph">Sin embargo, allí estaba yo, avanzando por una imagen que parecía más una escena de «El Eternauta» que la realidad que atravesaba.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="621" height="466" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-8.png?v=1783375624" alt="" class="wp-image-20555" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-8.png?v=1783375624 621w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-8-300x225.png?v=1783375624 300w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-8-100x75.png?v=1783375624 100w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-8-480x360.png?v=1783375624 480w" sizes="(max-width:767px) 480px, 621px" /></figure>
</div>


<div style="height:24px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-54fc57609251706b938c63214f075999 wp-block-paragraph">Hasta pocas semanas antes, mi preocupación era otra. Había asumido como director provincial de Riesgos y Emergencias del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires. Venía del universo de la conservación de la naturaleza, de los incendios forestales, de los rescates en áreas protegidas. Un mundo donde las emergencias tienen una materialidad casi brutal: el fuego está o no está; el río crece o no crece; alguien está perdido o ya fue encontrado.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1da29ffb625f030aee8d3a9814e26106 wp-block-paragraph">La pandemia desarmó esa certeza sin pedir permiso.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e1c636b768320feb4df74aaacc832e71 wp-block-paragraph">Lo que apareció no fue sólo una crisis sanitaria. Fue otra cosa: una emergencia sin contornos estables, donde el problema no era únicamente lo que ocurría, sino también cómo se lo entendía. Descubrí, casi de golpe, que podía faltar un respirador, pero también podía faltar algo más decisivo: una realidad compartida.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c22e9c758ac3897feedc6901ae5a547b wp-block-paragraph">No fue la primera lección. La primera fue más elemental, casi incómoda en su simpleza: no sabíamos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ac276805a717e6bd1a8dcba47c543ed5 wp-block-paragraph">Uno imagina que las emergencias se resuelven con protocolos. Pero los protocolos son apenas la sedimentación de crisis anteriores. La pandemia no entraba en ninguna de esas formas. Cada día abría un escenario nuevo, y lo que a la mañana parecía una certeza, a la noche ya era una versión provisoria.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-0428b3b7856c5f899c15cd275bbc0da2 wp-block-paragraph">Había que decidir igual.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-40d10759f1d5bb685aaa67ab29bb32ff wp-block-paragraph">En ese punto se vuelve visible una diferencia que rara vez se dice en voz alta: la ciencia puede esperar. Puede demorar su juicio, ajustar hipótesis, pedir más evidencia. La gestión no. La gestión decide en el borde del conocimiento, cuando lo único disponible es una mezcla inestable de datos, intuiciones y urgencias.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b438512b6dd270f9d34d46e5e689281d wp-block-paragraph">Gobernar una crisis es eso: actuar sin mapa completo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-130fdcb404926aa276eb473c401dd63a wp-block-paragraph">Y aceptar que no habrá mapa completo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9b9747daa17739eb61cee75b10967318 wp-block-paragraph">La incertidumbre no era un obstáculo. Era el material mismo del trabajo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-64ce0c5e7fc3fc5add3da60b479028fe wp-block-paragraph">Mi oficina se transformó en una sala de coordinación permanente. El teléfono no dejaba terminar una llamada antes de abrir otra. Hospitales pidiendo respiradores. Municipios ofreciendo clubes para montar centros de aislamiento. Camiones entrando y saliendo de depósitos. Equipos que trabajaban sin reloj, sin horizonte, sin una idea clara de cuándo terminaría todo eso.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img decoding="async" width="465" height="620" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-9.png?v=1783375658" alt="" class="wp-image-20556" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-9.png?v=1783375658 465w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-9-225x300.png?v=1783375658 225w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-9-56x75.png?v=1783375658 56w" sizes="(max-width:767px) 465px, 465px" /></figure>
</div>


<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e4aaea6e1a0a5b729ebf3ca5c2242eb0 wp-block-paragraph">Hay algo casi reconfortante en un depósito ordenado. Estanterías numeradas, inventarios precisos, la ilusión de que cada cosa ocupa su lugar. La pandemia desmontó esa gramática. Los insumos circulaban tan rápido que las planillas envejecían antes de existir. El problema nunca era sólo <em>cuánto había</em>, sino <em>dónde hacía falta</em> en ese momento exacto.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e12a53224e7206edf90625b4a115fcc6 wp-block-paragraph">Todo ocurría en presente continuo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9f31b7fb5f3ac607efeafcecbb7ef9c7 wp-block-paragraph">No había futuro operativo. Apenas un ahora que se desplazaba todo el tiempo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-603c55d4eccb4923fab79ca987ed154e wp-block-paragraph">En el mundo de los incendios forestales esa lógica no es del todo extraña. El fuego también se mueve en incertidumbre: cambia el viento, cambia la humedad, cambia el terreno. Pero incluso allí hay algo estable: todos reconocen el fuego como fuego. Nadie discute su existencia.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="462" height="346" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-3.png?v=1783375246" alt="" class="wp-image-20550" style="width:542px;height:auto" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-3.png?v=1783375246 462w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-3-300x225.png?v=1783375246 300w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-3-100x75.png?v=1783375246 100w" sizes="auto, (max-width:767px) 462px, 462px" /></figure>
</div>


<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e8d340a5bf3c7205f4b40686d57c868e wp-block-paragraph">Con el virus ocurrió otra cosa.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-789588bc1a614d59afabc3327f93eb53 wp-block-paragraph">Mientras intentábamos comprender la enfermedad, la sociedad intentaba comprender su sentido.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-184d5673996821c9ada52754dd44f84c wp-block-paragraph">Y ese sentido nunca fue uno solo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e6a77aae7651444db86e49905200dcb1 wp-block-paragraph">Un intensivista veía camas ocupadas. Un comerciante veía persianas cerradas. Un docente veía aulas vacías. Un adolescente veía su mundo suspendido. Un economista veía empresas quebradas. Un epidemiólogo veía curvas. Un policía veía controles.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2a482eb795be3691b4edd2d5980846c9 wp-block-paragraph">No eran versiones de una misma escena. Eran mundos superpuestos que no terminaban de coincidir.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-5cb5c36339171a3a01b5ee3297fd7fb9 wp-block-paragraph">Años después, encontré una imagen que ordenó esa experiencia: la parábola del elefante retomada por Guadalupe Nogués en «Entender a un elefante». Cada quien toca una parte distinta del animal y cree estar describiendo el todo. Nadie miente. Nadie ve completo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4a0763a2b76bf263ef9f9a83160bb3a3 wp-block-paragraph">Durante mucho tiempo pensé que esa historia hablaba del conocimiento. Hoy me resulta imposible no leerla también como una escena política.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4cd460225265050973ec0c740345795e wp-block-paragraph">Porque gobernar una emergencia es administrar decisiones sobre un mundo que nunca se deja ver entero.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-557ded35316139246f693960f0491446 wp-block-paragraph">La pandemia no mostró falta de información. Mostró otra cosa: la información no alcanza para producir un mundo común.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9844c6b7596d37cc22709e48fb78857f wp-block-paragraph">Nunca hubo tantos datos circulando al mismo tiempo. Informes científicos, modelos, gráficos, conferencias, especialistas, estadísticas en tiempo real. Y, sin embargo, cuanto más crecía la información, más frágil parecía el acuerdo sobre lo que estaba pasando.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-902802d60df6806f4fc5154686ec12c5 wp-block-paragraph">Los datos no ordenan el mundo. Lo fragmentan si no hay algo que los articule.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-7bcb610f8e0594991466df0f42e52e93 wp-block-paragraph">Y ese algo no es técnico. Es interpretativo. Es cultural. Es político.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3d6c495042f4c00c47529c37a90b04a9 wp-block-paragraph">En la conservación de la naturaleza había aprendido esa lección antes. Un mismo puma puede ser amenaza, símbolo, indicador ecológico o conflicto productivo según quién lo mire. Ninguna mirada agota el fenómeno. El problema aparece cuando una de ellas pretende reemplazar a las demás.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3a107eeab792870ac910a2e0cb877e12 wp-block-paragraph">La pandemia llevó ese mecanismo al límite.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-afa9c54019b21ac536f27c379042ec0b wp-block-paragraph">El intensivista no veía lo mismo que el economista. El docente no veía lo mismo que el epidemiólogo. El funcionario no veía lo mismo que el comerciante. Y todos, al mismo tiempo, hablaban del mismo acontecimiento.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-8d8bfb2ca28ead94d68cafdccaf6ff05 wp-block-paragraph">La pregunta no era quién tenía razón.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="638" height="358" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-15.png?v=1783424561" alt="" class="wp-image-20574" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-15.png?v=1783424561 638w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-15-300x168.png?v=1783424561 300w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-15-134x75.png?v=1783424561 134w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-15-480x269.png?v=1783424561 480w" sizes="auto, (max-width:767px) 480px, 638px" /></figure>
</div>


<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9b921d59a79fbc9fc0676f1098c35da7 wp-block-paragraph">La pregunta era qué hacer con esa multiplicidad de razones incompletas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-18094ebc312550fdd1c71512471e9041 wp-block-paragraph">En ese punto aparece una diferencia clave entre lo complicado y lo complejo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f59e4e49319536e4a432676f76b01889 wp-block-paragraph">Un motor es complicado: se desarma, se repara, se vuelve a armar. Un bosque es otra cosa. Es complejo. No tiene piezas aisladas. Tiene relaciones. Y las relaciones cambian todo el tiempo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e53e471917e2d97faea2783aa0bc28ff wp-block-paragraph">Las sociedades no funcionan como motores. Funcionan como bosques.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-5533633172907ff20f658f00df22b423 wp-block-paragraph">Y una pandemia también.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e37e86f1d094fb429866fcd6282c1889 wp-block-paragraph">Por eso ninguna medida era simplemente correcta o incorrecta. Cerrar escuelas reducía contagios, pero alteraba vínculos, aprendizajes, rutinas. Restringir la circulación protegía al sistema sanitario, pero desarmaba economías cotidianas. Cada intervención resolvía algo y desplazaba el problema hacia otro lado.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d640f064e7023983b28ef2bbb24b7d2a wp-block-paragraph">No había soluciones. Había equilibrios inestables.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-18f2cebcb6fb0232f97d0685d88759f7 wp-block-paragraph">Y eso es difícil de aceptar en una cultura que busca causas únicas y respuestas limpias.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="581" height="421" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-13.png?v=1783376655" alt="" class="wp-image-20564" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-13.png?v=1783376655 581w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-13-300x217.png?v=1783376655 300w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-13-104x75.png?v=1783376655 104w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-13-480x348.png?v=1783376655 480w" sizes="auto, (max-width:767px) 480px, 581px" /></figure>
</div>


<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f92c4a6d79db6f07c46401d26287010b wp-block-paragraph">La metáfora de la guerra ocupó ese vacío. Se habló de un enemigo invisible, de una batalla, de un frente sanitario. La imagen ordena. Simplifica. Organiza voluntades.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e016fcf9e7472427fe00bee38c331e8b wp-block-paragraph">Pero también borra matices.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-5fb1e6b2269dce3ba494d6bb1be4f628 wp-block-paragraph">Porque los virus no atacan. No deciden. No tienen intención. No son enemigos en sentido alguno. Son agentes infecciosos que hacen lo que siempre hicieron: replicarse cuando encuentran condiciones favorables.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-108c4daf0fc68d828a8a9b02aede1b14 wp-block-paragraph">La guerra tranquiliza porque convierte un sistema en un adversario.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2529c7a3b9c4393cd2177808241236f1 wp-block-paragraph">Pero la pandemia no era eso.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-efe2348ac43946129f81fba02c6a2276 wp-block-paragraph">Era una red de procesos entrelazados: movilidad global, urbanización, desigualdad, circulación de información, transformación ambiental. Nada de eso se deja reducir a un enemigo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c2f281a4ab8a81da794ebe6fbffdb28f wp-block-paragraph">Mirado desde la ecología, el virus no era una excepción moral. Era un evento biológico dentro de un sistema mayor.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9e74df5818be5aaf30739a858da3193b wp-block-paragraph">La naturaleza no actúa contra nosotros. Actúa.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1de4aa5c52edef913493007884d7ec04 wp-block-paragraph">Somos nosotros quienes interpretamos sus procesos como si tuvieran intención.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b46d08194b4b298bc73cd684fb1282f6 wp-block-paragraph">Con el tiempo entendí que esa confusión no era un error puntual. Era una forma de pensamiento.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-18a11d67319e20e5c9e2e4efdfe87323 wp-block-paragraph">Nos cuesta habitar sistemas complejos. Preferimos causas simples, responsables claros, soluciones definitivas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-5d6ef11f19755abb0932a8307820d899 wp-block-paragraph">Pero los sistemas complejos no funcionan así.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-bdb2ff16d7a5ba6c5ca68be04c0b0998 wp-block-paragraph">Pequeñas perturbaciones pueden producir grandes cambios. Grandes intervenciones pueden no producir ninguno. Y casi nada ocurre por una sola causa.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f86933efebfceb569ec013422708f4ff wp-block-paragraph">La pandemia fue un ejemplo extremo de eso.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f575552c157938e9f60105c4e5471298 wp-block-paragraph">El virus fue el inicio. Pero no explica por sí solo lo que siguió: la hiperconectividad, la desconfianza institucional, la polarización política, el agotamiento económico, el encierro prolongado, la circulación acelerada de información.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2638ec59f601b4ee3da7b78b62cbdaa0 wp-block-paragraph">Todo eso interactuaba al mismo tiempo, sin jerarquías claras.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e0639775e9788c2bda0825ccaf5c92fa wp-block-paragraph">Y en ese entramado apareció una evidencia incómoda: lo más escaso no eran los recursos materiales.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4511a5906d08589b6659bedf35863341 wp-block-paragraph">Era la confianza.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-cad39641991dcd9288698917778258dd wp-block-paragraph">No la confianza en una institución específica. Sino algo más básico: la posibilidad de aceptar que otro sabe algo que uno todavía no sabe; de seguir una indicación sin exigir control total de la evidencia; de sostener decisiones colectivas sin certeza absoluta.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d908ac023fb226eedf78315532d84edd wp-block-paragraph">Esa infraestructura invisible se volvió frágil.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ce8545d0241bd1c81ac60ea11ed62d97 wp-block-paragraph">Y cuando se rompe, no hay insumo que la reemplace.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-0cf47cf1ff60dc4370a9d406df4cda27 wp-block-paragraph">En medio de ese proceso, el conocimiento dejó de ser una idea abstracta. Se volvió visible en su construcción. Protocolos que cambiaban. Recomendaciones que se ajustaban. Debates entre expertos. Hipótesis que se descartaban. Resultados que aparecían y reordenaban lo anterior.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ba7ae3263c1d789b75286069df5ab59f wp-block-paragraph">No era desorden. Era ciencia funcionando.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b06d4195b6a6a38dfb200b26ddd7beca wp-block-paragraph">Hasta entonces había conocido la ciencia como producto terminado. La pandemia mostró otra cosa: la ciencia como proceso en tiempo real.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-21cb7326b89e6037173843a753e210be wp-block-paragraph">Y ese proceso no es lineal. Es una conversación que corrige sus propios errores.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3d7daf7151428afe7815004ad36a8359 wp-block-paragraph">Confiar en la ciencia no es creer que siempre acierta. Es aceptar que su fuerza está en poder equivocarse sin dejar de avanzar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2505eaf6fb8ee84c298ac6e4e58b3b9a wp-block-paragraph">Pero esa dinámica chocó con otra expectativa social: la de certezas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c9773856bc43af67c96f121251b41a08 wp-block-paragraph">Se esperaba una voz única, respuestas cerradas, estabilidad inmediata. En su lugar apareció lo que la ciencia siempre fue: un conocimiento que se revisa a sí mismo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6f45ee37df9a34fc2309d7744d3ef905 wp-block-paragraph">La incertidumbre dejó de estar oculta en los laboratorios. Se volvió pública.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f6aba82246d337a2717c7c2ebb1ac532 wp-block-paragraph">Y eso fue incómodo, pero también revelador: casi todas las decisiones importantes del mundo se toman con conocimiento incompleto.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-0da29c07b70a6b1ba19d0dcd8e3c62ba wp-block-paragraph">Un médico opera sin saberlo todo. Un juez sentencia sin reconstruir todos los hechos. Un piloto aterriza sin control total del entorno o la meteorología. Un gestor público decide sin un mapa completo de la realidad.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-79f6e4c8c35e9308f0b2c302611c7808 wp-block-paragraph">Decidir no es el final del conocimiento. Es su límite visible.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="458" height="610" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-10.png?v=1783375738" alt="" class="wp-image-20557" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-10.png?v=1783375738 458w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-10-225x300.png?v=1783375738 225w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-10-56x75.png?v=1783375738 56w" sizes="auto, (max-width:767px) 458px, 458px" /></figure>
</div>


<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-df4b7cbf56480cff3b6455b6435fd56a wp-block-paragraph">Años después, la lectura de «Entender a un elefante» dio forma a esa intuición. Conocer no es reproducir la realidad, sino construir modelos parciales para orientarse en ella. Ningún mapa contiene el territorio.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ea00ff7c22d1b21910e4647d27936d50 wp-block-paragraph">Mi formación en ecología me había acostumbrado a esa incomodidad. Quienes estudiamos ecosistemas nunca trabajamos sobre la realidad completa, sino sobre modelos que intentan capturar una parte de ella. No porque los modelos sean insuficientes, sino porque los sistemas vivos siempre resultan más complejos que cualquier descripción posible.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-82fc86086a7f6cb4940514331cbc9c1d wp-block-paragraph">Tal vez el problema nunca fue la pandemia en sí, sino nuestra dificultad para aceptar que la realidad excede siempre nuestras descripciones.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4741e07b2c767cf9b0aab8ed4f94b69e wp-block-paragraph">A fines de 2020 murió mi padre por COVID.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-602454a74898509852b80c70558bf404 wp-block-paragraph">Durante meses había observado la pandemia desde la perspectiva que exigía la gestión: la del sistema en su conjunto. La muerte de mi padre no desmintió esa mirada, pero reveló, con una claridad insoportable, sus límites. Ninguna curva de contagios, ningún porcentaje de ocupación, ningún indicador sanitario puede contener la experiencia de una pérdida concreta.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-339c08350e89aaf2f90bd52f239c1cc1 wp-block-paragraph">No cambió lo que entendía de la pandemia. Cambió el lugar desde donde la comprendía.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-21476614ea88a3e689544b93076aed5d wp-block-paragraph">Cuando las restricciones terminaron, volví a recorrer las mismas rutas. La autopista había recuperado su ritmo habitual. El mundo parecía el mismo. Pero ya no lo era. Y yo tampoco.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b28016e47f711a2fb3903644a0af87eb wp-block-paragraph">Creí que el fin de la pandemia sería un regreso. Hoy pienso que fue otra cosa: una reorganización.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d85fa77264a21dec3a4ca2f859aa977a wp-block-paragraph">Los ecosistemas no vuelven a su estado anterior después de una perturbación. Se reconfiguran. Pierden y ganan formas. Encuentran nuevos equilibrios.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c6efc32d902207ab58c4fff93e5e36ae wp-block-paragraph">Las sociedades también.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d00ebd87c25c26173384db9ec39a40cd wp-block-paragraph">No volvimos. Nos reorganizamos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b4cdf3555290e0332f2c05b53dcf2033 wp-block-paragraph">Y seguimos en ese proceso.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c8543b95d3b3e3dc49a5112a1bdbd28a wp-block-paragraph">Quizás por eso la pandemia no terminó del todo en el debate público. Porque lo que sigue en discusión no es sólo lo que ocurrió, sino cómo entendemos lo que ocurrió.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e342608f7bb3a920d212ab2f7b1f0796 wp-block-paragraph">El elefante sigue ahí.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3b36d5024f7c5bfb209a2ed779216258 wp-block-paragraph">Y seguimos rodeándolo, tocando partes distintas, convencidos de estar viendo el todo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a1b2e4ce31fab16a958e344e7fd98d46 wp-block-paragraph">Tal vez la escena final no sea la revelación de una totalidad inexistente, sino la aceptación de su ausencia.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d939b3088b983c8102b71da8d7441be7 wp-block-paragraph">No como fracaso del conocimiento, sino como su condición.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4215ce2977ec4bf9c80b0795eb0d97a1 wp-block-paragraph">Durante la pandemia aprendí que gestionar una emergencia no es resolver un problema, sino actuar dentro de un mundo que nunca cabe en ninguna explicación única.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-7db5c849c3baca7373c827cfbc9482f3 wp-block-paragraph">Eso no debilitó mi confianza en la ciencia. La afinó.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e4266dde33dd2bf59f489db04864f312 wp-block-paragraph">Porque su valor no está en clausurar preguntas, sino en sostenerlas con rigor mientras el mundo cambia.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-378aad2cd09963d967a0bd21427ef71f wp-block-paragraph">Los mapas cambian porque el territorio cambia.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a34765beb7892ba1be1152e36130fedc wp-block-paragraph">Y cuando el territorio cambia, insistir en el mapa viejo no es coherencia: es extravío.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="653" height="419" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-11.png?v=1783375775" alt="" class="wp-image-20558" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-11.png?v=1783375775 653w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-11-300x192.png?v=1783375775 300w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-11-117x75.png?v=1783375775 117w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-11-480x308.png?v=1783375775 480w" sizes="auto, (max-width:767px) 480px, 653px" /></figure>
</div>


<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-beda61e9721a8b41071c75f0aa8414a4 wp-block-paragraph">Quizás la inteligencia colectiva consista en algo más simple y más difícil: aceptar esa inestabilidad sin convertirla en angustia.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c6daa596158bb1b5540a47b545099036 wp-block-paragraph">Cinco años después no tengo respuestas definitivas. Y desconfío de las que se presentan como tales.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-98336c3890403846002699b163ba986a wp-block-paragraph">Lo único que permanece es una certeza modesta, casi obvia y, sin embargo, difícil de sostener: cada vez que creemos haber entendido por completo el elefante, probablemente sea el momento de volver a mirarlo.</p>



<div style="height:35px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2d42cc533491284427f92efe69e90f03 wp-block-paragraph"><em>Fotos: gentileza del autor.</em></p>



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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-9d527ee523574451849f79d97020ae6d wp-block-paragraph">Martes, 7 de julio de 2026.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="120" height="120" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-14.png?v=1783424250" alt="" class="wp-image-20571" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-14.png?v=1783424250 120w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2026/07/image-14-75x75.png?v=1783424250 75w" sizes="auto, (max-width:767px) 120px, 120px" /></figure>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e33585fc41c3aedbed2b70457f9578c2 wp-block-paragraph">*Bruno Carpinetti es Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública. Actualmente es Profesor Titular de Ecología General y Recursos Naturales en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y Profesor Titular del área de Gestión de Riesgos en la Universidad Nacional de La Plata.</p>



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<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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