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	<title>Burguesía archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>Burguesía archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>La Independencia que nos falta. Tercera y última entrega &#8211; Por Mario de Casas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 14 Mar 2018 21:42:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Mario de Casas]]></category>
		<category><![CDATA[Burguesía]]></category>
		<category><![CDATA[Estado]]></category>
		<category><![CDATA[Independencia]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Ugarte]]></category>
		<category><![CDATA[Patria Grande]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>No hay industrialización sin energía y sin petróleo, y no hay desarrollo ni transformación para una Nación sin el Estado como motor, conducido por los sectores populares y sus aliados con una amplia participación del capital nacional.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/la-independencia-nos-falta-tercera-ultima-entrega-mario-casas/">La Independencia que nos falta. Tercera y última entrega &#8211; Por Mario de Casas</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><em><strong><span style="color: #000000;">No hay industrialización sin energía y sin petróleo, y no hay desarrollo ni transformación para una Nación sin el Estado como motor, conducido por los sectores populares y sus aliados con una amplia participación del capital nacional.</span></strong></em></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="color: #000000;"> Por Mario de Casas*</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><em><span style="color: #000000;">(para La Tecl@ Eñe)</span></em></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;"><em>Hay que realizar la segunda independencia, renovando el continente.</em></span></p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;">Manuel Ugarte, en el Manifiesto a la juventud latinoamericana.</span></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Habíamos dicho que el proceso de industrialización iniciado en los años 30 del siglo pasado en nuestro país vino impuesto por las circunstancias, y que no fue de inspiración nacional.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El centro imperial descargó la crisis sobre la periferia, como puso en evidencia Scalabrini Ortiz en <em>“Política Británica en el Río de la Plata”.</em> Con el Estado en sus manos desde el golpe del ’30, la oligarquía implementó medidas como el control de cambios y la retracción de importaciones que configuraron un proteccionismo tendiente a equilibrar la balanza de pagos; así se generó un desenvolvimiento industrial que modificó la estructura socio-económica del país. Pero ese incipiente desarrollo de la industria no era consecuencia del proyecto de una clase burguesa que pretendiera hacer la revolución industrial.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Había, sí, la participación de industriales cuya conciencia por el interés nacional y su propio interés de clase eran y siguen siendo sumamente precarios, reflejo de la enorme debilidad orgánica de la burguesía como clase, que era y es material pero también ideológica; su subordinación al pensamiento dominante de la oligarquía se materializa en la aplicación de excedentes a la compra de valiosas tierras, la forma de propiedad de la clase dominante, socialmente la más jerarquizada. Esos campos no son fábricas de vacas o de soja, suponen en cambio un cuasi monopolio sobre un bien natural: la característica sobresaliente de sus propietarios es el parasitismo, no la reinversión de las ganancias o las rentas que surgen de la gran diferencia entre los precios internacionales de los productos agropecuarios y los costos locales.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En ese régimen de propiedad de la tierra hay que buscar el fundamento de esta lógica de funcionamiento y de la naturaleza del poder político en períodos como el actual. Todos factores convergentes en el desvío del excedente nacional fuera del circuito interno de la reinversión, del desarrollo de la ciencia y la tecnología y de la redistribución progresiva del ingreso; en parte absorbido por las metrópolis imperialistas y en parte por el consumo suntuario, la valorización financiera del capital y la fuga de divisas de los sectores dominantes domésticos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es esta cualidad fundamental la que distingue a la clase dominante autóctona de la burguesía que, ya en su rol hegemónico, impulsó la unificación o la independencia nacional en Europa y los Estados Unidos en el siglo XIX; determinante además de la condición dependiente de nuestro país y, por lo tanto, de la cuestión nacional y la inalcanzada independencia real. Causa que determina el desplazamiento de la tarea central de la liberación nacional a otros sectores sociales, que para llevarla a cabo están obligados a conformar un frente nacional.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La historia enseña que en países dependientes como el nuestro, tal transformación tendrá por motor al Estado, conducido por los sectores populares y sus aliados con una amplia participación del capital nacional, o no será; y que consiste en consolidar un patrón de acumulación que desarrolle el mercado interno y promueva la industrialización como orden socio-económico dominante, para lo cual es fundamental la apropiación social de las extraordinarias rentas agropecuarias. Se generan así las condiciones necesarias para un adelanto tecnológico propio y un elevado nivel de empleo, tanto general como calificado, que equivale a decir mejores salarios y redistribución progresiva del ingreso. En tal situación, el Estado puede garantizar la ampliación continua del régimen de acumulación reteniendo el excedente dentro de las fronteras nacionales; y evitar la depredación de los recursos naturales, muchos de los cuales son no renovables, escasos y revisten un valor estratégico: no hay industrialización sin energía y sin petróleo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Éste es el gran desafío pendiente y no son pocos los requisitos que la hora nos exige para realizarlo. Uno de ellos es la recuperación de nuestras palabras y nuestros símbolos, como proponía Gramsci.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La madre de esas palabras es <em>patria</em>. Ya nuestros escritores del siglo XVIII invocaban la patria, y la palabra aparecía en el discurso colonial, sobre todo en protestas contra la situación de marginación con que la Metrópoli mantenía a sus colonos; se trataba de una patria invocada desde una voluntad de autonomismo e implicaba una crítica al poder metropolitano. Más tarde la patria adquirió un sentido distinto en el discurso revolucionario, claramente separatista; tal el uso de la palabra en Simón Bolívar, en San Martín y en todos los libertadores de ayer y de hoy.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pero la semántica de las palabras que tienen connotaciones políticas ofrece distintos significados, que suelen corresponderse con la ideología de quien las emplea. Si los autonomistas del siglo XVIII y los independentistas del XIX le dieron los usos señalados, en el siglo XX la oligarquía autóctona hizo de la palabra una pieza ideológica de su propio discurso, que fue más “patriótico” cuanto más reaccionario y antipopular. Basta con tener una idea de lo que fue la llamada “Liga Patriótica Argentina” para saber de ese “nacionalismo”. Y fue por eso, porque fue arma de la oligarquía, que los obreros de fines del siglo XIX, en particular los anarquistas y socialistas pero en general todos modestos inmigrantes, rechazaron el uso del término; y tenían razón, había sido infectado y no servía a la causa de la integración social.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La patria en manos de la oligarquía que disponía de toda la fuerza del Estado, que controlaba la historia nacional como algo de su exclusiva incumbencia, que se subordinaba y sometía el país a los intereses imperialistas, era una patria que excluía calificando a los sectores sociales: frente a la “patria” estaba la “antipatria”, los anarquistas, socialistas y comunistas; y los obreros en general en tanto luchaban por su inserción social y formas plenas de reconocimiento.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Marx había dicho que los proletarios no tienen patria, y esta afirmación fue usada para justificar y fundar el rechazo del término. Pero las palabras del autor de <em>El Capital </em>debieron tener otra interpretación: simplemente quiso decir que los proletarios no tenían patria porque los burgueses se la habían apropiado. Se trataba pues de rescatarla. El internacionalismo unía patrias, no las negaba, pretendía integrarlas sobre otras bases. Frente a él, los nacionalismos de derecha, de los amos de la tierra, atomizaron las patrias y las prepararon para su recolonización, porque si hay una tradición de independencia inconclusa es porque hay otra de recolonización que intenta convertirnos para siempre en neocolonia.    </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las invocaciones a la patria y sus símbolos estuvieron ausentes durante años en algunos sectores sociales pertenecientes al campo popular, tal vez por temor a incurrir en patrioterismo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Es importante nombrarla y ver en esta patria real, tal como la sufrimos en nuestros días, la patria de la exclusión; en la que el neoliberalismo disfrazado de democracia repite las políticas que antes se sustentaron con la muerte de una generación en los campos de concentración de la última dictadura, y años después con el desempleo masivo que impide construir a cada uno su identidad y apaga la protesta social, que ahora es ahogada en sangre. Es necesario nombrarla y reconocerla para redimirla.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Para finalizar, considero oportuno transcribir partes del Manifiesto de Ugarte, olvidado mensaje cuya principal convocatoria elegí como epígrafe de esta nota:</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong> </strong></span><span style="color: #000000;"><strong>Manifiesto a la juventud latinoamericana</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">“Tres nombres han resonado estos últimos meses en el corazón de América latina: México, Nicaragua, Panamá. En México, el imperialismo se afana por doblar la resistencia de un pueblo indómito que defiende su porvenir. En Nicaragua, el mismo imperialismo desembarca legiones conquistadoras. En Panamá, impone un tratado que compromete la independencia de la pequeña nación. Y como corolario lógico cunde entre la juventud, desde el río Bravo hasta el Estrecho de Magallanes, una crispación de solidaridad, traducida en la fórmula que lanzamos en 1912: <em>´La América Latina para los latinoamericanos´</em>. Es indispensable que la juventud intervenga en el gobierno de nuestras repúblicas, rodeando a hombres que comprendan el momento en que viven, a hombres que tengan la resolución suficiente para encararse con las realidades. [&#8230;]. <em>Y es contra todo un orden de cosas que debemos levantarnos. Contra la plutocracia que, en más de una ocasión, entrelazó intereses con los del invasor. Contra la politiquería que hizo reverencias ante Washington para alcanzar el poder. Contra la descomposición que, en nuestra propia casa, facilita los planes del imperialismo</em>. <em>Nuestras patrias se desangran por todos los poros en beneficio de capitalistas extranjeros o de algunos privilegiados del terruño, sin dejar a la inmensa mayoría más que el sacrificio y la incertidumbre</em>. […]. Si no renunciamos a nuestros antecedentes y a nuestro porvenir, si no aceptamos el vasallaje, hay que proceder sin demora a una renovación dentro de cada república, a un acercamiento entre todas ellas. Entramos en una época francamente revolucionaria por las ideas. <em>Hay que realizar la segunda independencia</em>, renovando el continente. Basta de concesiones abusivas, de empréstitos aventurados, de contratos dolorosos, de desórdenes endémicos y de pueriles pleitos fronterizos. Remontémonos hasta el origen de la común historia. Volvamos a encender los ideales de Bolívar, de San Martín, de Hidalgo, de Morazán….” (Las cursivas son mías).  </span></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Mendoza, 14 de marzo de 2018</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em style="font-weight: inherit;"><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;"> </span></em></span><span style="color: #000000;"><em>*Ingeniero civil. Diplomado en Economía Política, con Mención en Economía Regional, FLACSO Argentina – UNCuyo</em><em>. </em></span></p>
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		<title>El discreto encanto de la pequeña burguesía progresista &#8211; Por Mariano Dubin</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Dec 2018 23:29:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Mariano Dubin]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Burguesía]]></category>
		<category><![CDATA[Capitalismo]]></category>
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		<category><![CDATA[lucha de clases]]></category>
		<category><![CDATA[progresismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Frente a derrotas ideológicas, políticas de larga duración y procesos de fragmentación social crecientes, la pequeña burguesía progresista se ha tornado endogámica en sus obsesiones y frustraciones y su discurso político se ahoga en la supremacía moral.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/el-discreto-encanto-de-la-pequena-burguesia-progresista-mariano-dubin/">El discreto encanto de la pequeña burguesía progresista &#8211; Por Mariano Dubin</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em><strong>Frente a derrotas ideológicas, políticas de larga duración y procesos de fragmentación social crecientes, la pequeña burguesía progresista se ha tornado endogámica en sus obsesiones y frustraciones y su discurso político se ahoga en la supremacía moral.</strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Mariano Dubin*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las clases medias que hacen de su progresismo un bien cultural legitimado que luego traducen en mejorar sus posiciones objetivas (beca, cargo, cátedra, posición jerárquica, etc.) y reproducen, por tanto, su clase son las mismas que dicen: «los otros se aprovechan de los pobres».</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El progresismo, sabemos, es el monopolio de la sensibilidad social.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Todo camino a las subsecretarías del Estado, las becas, las mejores condiciones laborales, los privilegios sociales está asfaltado con buenas intenciones. Eso sí el trabajo material de ese camino lo hacen siempre los mismos negros de mierda. Porque la pregunta es clave para un programa popular: ¿cuántos negros y negras ocupan voces relevantes de los espacios públicos y políticos? De ese privilegio, bueno, mejor no hablar de ciertas cosas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Pero por qué esta recurrencia tópica de “perder los privilegios”? Los verdaderos privilegios, en realidad, no pueden perderse (“deconstruirse”, como dice la retórica de moda) porque básicamente son estructurales, es decir, no se pueden desarmar en una cifra de 280 caracteres. Lo estructural no es subjetivamente reversible; si lo es, no es estructural.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Nadie podría deconstruir, por caso, la propiedad privada. No porque la propiedad privada no fuera un sentido históricamente construido (de hecho hace poco más de 100 años había poblaciones en el actual territorio argentino que la desconocía: como el pueblo Selknam que fue exterminado por los Braun Menéndez). Los Selknam que cazaban guanacos no encontraron en esas mansas ovejas traídas por la extensión de la frontera ganadera propiedad privada: ¿hoy qué sentido más originario se produce en cualquier intercambio cotidiano –hasta pidiendo prestado un encendedor para prender un pucho- que el de la propiedad privada?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Porque la propiedad privada no puede ser arrojada en la esquina a la primera alcantarilla de nuestras frustraciones personales sino que estamos enajenados a ella por las relaciones materiales de producción contemporáneas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>La supremacía moral de las clases medias progresistas</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Existe un proceso de secularización de larga duración donde una clase que ya no puede legitimarse por orden divino troca su justificación de ser en una “razón cultural superior”. Los modos de legitimación actuales imposibilitan decir: el sistema nos permitió estar donde estamos y ustedes se pudrirán donde nacieron.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Este proceso de secularización no elimina, por cierto, dos elementos centrales de la tradición occidental (al menos, en sus inflexiones oficiales): la idea de liberación postrera y la idea de que la acción social esconde una verdad que los sentidos ocultan.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Quienes asumen la potestad de indicar cuál es esa liberación y cuál es esa estructura oculta del mundo son los mismos y hacen de ese supuesto saber una soberbia epistemológica que corresponde relativamente a su posición objetiva en la sociedad. En el siglo XIX el gran tópico fue la raza, en el siglo XX la clase y en este siglo XXI, aparentemente, el género. Sobre este tópico, claro, hay apropiaciones diversas y derivas muy particulares. Sólo nos referimos a sus modos legítimos, aquellos necesarios para la reproducción social, que exigen hablar de un otro popular indefinido, monstruoso, oscuro.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En este marco, el discurso fantasmal sobre la pobreza y los réditos civilizatorios de la cultura para constituirse como clase son perfectos para establecer una clase social media (que en términos identitarios no ha parado de crecer en la historia argentina: cada vez hay más personas que se perciben “clase media”): la pérdida de una identidad proletaria, obrera, trabajadora, popular (o cualquier otra identidad marcada por el trabajo y que unificara mayorías) no es algo local sino global y parte del triunfo postrero del capitalismo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por si fuera necesario aclarar: no nos referimos a <em>las</em> izquierdas, <em>los</em> feminismos, <em>los</em> peronismos, <em>los</em> marxismos. El progresismo es una matriz ideológica que puede operar dentro de esos campos y otros porque lo que determina no es una retórica o una adscripción partidaria sino una perspectiva pequeño burguesa de supremacía moral. Hay izquierdas, feminismos, peronismos, marxismos que no aplican a esta definición.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Nunca los discursos se construyen por su contenido o solamente por él. Por ejemplo, decir todos, todas o todes no significa –a priori- ningún cambio que no sea retórico. Esto se sabe: no es el dictum, lo dicho, lo que determina a una ideología sino, principalmente, su enunciación, sus relaciones de posibilidad, su estructura de poder, su acumulación social. Y si uno deja de lado el balbuceo de los discursos modernizadores (donde unos siempre se presentan más allá del determinante social y se asumen a sí mismo libres, autónomos, deconstruidos y a los otros siempre se los presenta como la resaca social, el caso total de la no agencia, la decadencia) hay una continuidad de siglos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Fuera de las neurosis de las clases medias progresistas, hay un sistema que en su irracionalidad extrema, en su destrucción inmediata, en su colonización de Marte y la Luna al compás de millones que beben agua de zanjas podridas como perros, hace que estalle la crisis (que además de ser material se vive en términos de zozobra, tristeza, odio, rabia, locura). Todo es posible. La destrucción del mundo, por ejemplo. En este contexto, hay tres elementos a señalar: 1) la agudización de la lucha interimperialista (principalmente, Estados Unidos y China pero en un mapa de aliados y enemigos más complejo); 2) el alza creciente de la lucha de clases en términos mundiales (sin síntesis programáticas); 3) la pérdida del “consenso democrático” entre las clases populares (que hoy está siendo vehiculizado, principalmente, por las derechas occidentales).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Momento urgente para articular una política nacional, popular, revolucionaria. No para dejarse zozobrar en esa radicalidad ideológica con nula extensión social a las que nos quieren condenar las clases medias progresistas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>El imperialismo: un tigre de neurosis </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Estamos discutiendo política? ¿O estamos discutiendo performáticas del yo, laboratorios posibles de un lenguaje cada vez más barroco y dispositivos de autoafirmación de clase?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Frente a derrotas ideológicas y políticas de larga duración y procesos de fragmentación social crecientes, la pequeña burguesía progresista se ha tornado endogámica en sus obsesiones y frustraciones (y, a veces, intolerante en su incapacidad de entender la complejidad de las relaciones humanas y sociales). A su vez, los niveles relativamente bajos, en los últimos años, de la lucha de clases y ciertos niveles de vida que le producían un excedente de tiempo dedicado al ocio (al menos hasta el año 2016) le han facilitado vivir, provisoriamente, en sus precarios paraísos artificiales; en un desmadre social generalizado, esos paraísos se hubieran destruido en mil pedazos de manera inmediata porque sus propias condiciones de existencia desaparecerían. No es el caso. Tal vez, pronto.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hay una disociación general en estas clases medias progresistas entre su discurso de radicalidad ideológica total y su nula extensión social. Hay un contexto de producción discursiva evidente e inmediato: la fragmentación social. Es lógico, en este marco, que las clases o las subclases -cada vez más pronunciadas en sus sociabilidades intramuros- se comporten ajenas a un patrón cultural general, y más dependientes de sus propios patrones, sistemas de legitimidad, prácticas, lecturas, valores y creencias, etc. Al mismo tiempo como cada subclase tiene a su interior cantidad importante de actores y, asimismo, circuitos y jergas y guiños de autolegitimación constante, pueden vivir en la ilusión de ser una mayoría.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las clases medias progresistas no poseen como objetivo de representación a las clases populares. Son centro y fin de todas sus proyecciones ideológicas. Se autoperciben como “territorios libres” en una lucha imaginaria donde el imperialismo ha desaparecido como enemigo y se ha convertido en figuras cada vez más fantasmales, imprecisas, neuróticas. El imperialismo hacia el interior de este sector opera básicamente como enajenación completa. El enemigo ya no es el imperialismo sino las leyes culturales opresivas que nos conformaron como sujeto: la autoincriminación.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El capital, hoy, produce atomización radical. Toda ideología que apele al fraccionamiento, en términos objetivos, no hace ningún movimiento disruptivo. Sólo reproduce la lógica del capital. De hecho, mientras el capital se sigue reproduciendo y concentrando y saqueando al mundo, y la guerra interimperialista agudiza todas las contradicciones, y en la Argentina el hambre crece día a día, las clases medias progresistas hacen de su indignación moral un capital cultural que no deja de ser altamente rentable y enmarcado en los modos de producción material contemporáneos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El imperialismo es un tigre de neurosis que hace ver enemigos en todos lados y en ningún lado.  En este fantasmal escenario, las clases medias progresistas poseen el monopolio de la sensibilidad social. Y su discurso político se ahoga en la supremacía moral. Son el enemigo ideal (grotesco e inofensivo) de las nuevas derechas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Berisso, 18 de diciembre de 2018</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>* Docente, escritor y poeta. Universidad Nacional de La Plata.</em></span></p>
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