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	<title>asesinato archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>asesinato archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>Crimen Clasista &#8211; Por Osvaldo Fernández Santos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 07 Feb 2020 20:29:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Osvaldo Fernández Santos]]></category>
		<category><![CDATA[asesinato]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Báez Sosa]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Rugbiers]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El asesinato de Fernando Báez Sosa ha despertado un abanico de reacciones e intentos de explicación en procura de poder comprender la crueldad, buscar cómo prevenirla y ligar lo traumático. Este artículo se inscribe dentro de dichos intentos afirmando que el contexto histórico de afirmación de ideales de los rugbiers que asesinaron a Fernando es el del macrismo, en el cual desde el Estado y los medios hegemónicos de comunicación se promovió la meritocracia, la aporofobia y la impunidad de los poderosos.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>El asesinato de Fernando Báez Sosa ha despertado un abanico de reacciones e intentos de explicación en procura de poder comprender la crueldad, buscar cómo prevenirla y ligar lo traumático. Este artículo se inscribe dentro de dichos intentos sosteniendo que el contexto histórico de afirmación de ideales de los rugbiers que asesinaron a Fernando es el del macrismo, en el cual desde el Estado y los medios hegemónicos de comunicación se promovió la meritocracia, la aporofobia y la impunidad de los poderosos.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Osvaldo Fernández Santos*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Los modos de la crueldad en cada momento histórico son regulados por la(s) cultura(s) vigente(s) en la sociedad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El asesinato de Fernando Báez Sosa, ha conmovido la sensibilidad social, despertando un abanico de reacciones desde aquellas que asumiendo el dolor inconmensurable de la muerte brutal de un joven claman por justicia, las que en una posición en espejo con la de los criminales exigen venganza carcelaria, y las justificadoras que remiten al azar de las cosas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A su vez, el crimen ha despertado diversos intentos de explicación en procura de poder comprender la crueldad, buscar cómo prevenirla, y ligar lo traumático. Este artículo se inscribe dentro de dichos intentos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Entre los análisis, -en forma concordante con el vital, democrático, y revolucionario movimiento feminista- han primado los centrados en las consecuencias del patriarcado sobre las masculinidades. Resultando insoslayable la apreciación de Rita Segato circunscribiendo el crimen dentro de dicha lógica: “Los muchachos tuvieron que probarse a sí mismos mediante una víctima sacrificial que son hombres”.   </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Compartiendo la lectura general del mandato patriarcal de violencia sobre la masculinidad, deben sin embargo, cercarse las determinaciones específicas del crimen. En última instancia, el patriarcado se expresa en forma afín al sistema político/económico en el cual se inscribe y en las representaciones que éste habilita.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La presentificación de lo siniestro, en tanto lo familiar que se torna repentinamente terrorífico, atraviesa el asesinato en dos dimensiones reiterativas en nuestra cultura: por un lado, el de la muerte prematura de un joven, y por el otro, la del ataque grupal (hoy en día significado como manada) de rugbiers a un sujeto.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Al ser el determinante central del homicidio, el ataque en patota de rugbiers contra una persona, contra Fernando, debemos analizarlo diacrónica y sincrónicamente, buscando elucidar en lo posible tanto los componentes históricos-estructurales, como los singulares y particulares.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La serie histórica de ataques grupales de rugbiers contra sujetos sin posibilidad de defensa, se halla vinculada al componente elitista del deporte y no a la esencia del juego de violencia reglada y superflua caballerosidad entre pares.  En la pertenencia simbólica, imaginaria y material del rugby a las clases dominantes, con la inclusión aspiracional ilusoria de componentes de clase media alta y en ocasiones media a secas, amerita rastrearse la violencia social-brutal de numerosos practicantes del deporte. La impunidad histórica, las justificaciones “naturales”, el odio clasista de los sectores dominantes (Marx equivocó el sujeto histórico que lo ejercería) son los “valores” imperantes detrás de los ataques, cuando la correlación de fuerzas lo permite. En tal sentido, la liga patriótica representa mejor como metáfora la crueldad de las patotas elitistas que la idea de manada.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Los jóvenes que asesinaron a Fernando, formaron sus ideales adolescentes en un contexto histórico social, el del macrismo, en el cual desde el Estado y los medios hegemónicos de comunicación se promovió la meritocracia como ideal supremo, la aporofobia y la impunidad social, política y legal de los poderosos. Instituyendo desde lo discursivo un modo de ordenamiento de la realidad, sintónico con una ideología de odio al otro, al otro del poder, y justificadora de las políticas regresivas de redistribución del ingreso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Ideales que produjeron una bipartición social entre el meritócrata que tiene por su (supuesto) propio mérito y el excluido, el fracasado, culpable de su decadencia por no haberse esforzado lo suficiente. Esta bipartición, por añadidura y despliegue discursivo  complementarios, incentivó el odio del “meritócrata” que es ciudadano porque tiene, y debe mantener al pobre porque es un/a grasa militante, no trabaja porque no quiere, es un/a negro/a de mierda o un/a chorro/a, que no tiene y por lo tanto no es. O por lo menos no es como uno, no es un semejante. Ideología inmoral disfrazada de ideales, que expuesta sin el barniz de la corrección política, se condensa en el enunciado-grito: “a estos negros de mierda hay que matarlos a todos”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Estos valores constitutivos de la producción de subjetividad, apuntalaron y extendieron la destitución entre las clases pudientes de la categoría de semejante al pobre y al trabajador/a. Destruyendo los lazos amorosos, el reconocimiento ontológico, y facilitando la caída de la ética y la ternura hacia el otro, como diques y moderadores de la potencialidad de la crueldad que portamos como agresividad narcisística o sadismo pulsional.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">                                                                                 </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 7 de febrero de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>*Psicólogo-Psicoanalista. </em></span></p>
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		<title>“¡Mamá, mamá!&#8230;  No puedo respirar…” &#8211; Por Fernando L. Márquez</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 09 Jun 2020 13:36:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fernando L. Márquez]]></category>
		<category><![CDATA[asesinato]]></category>
		<category><![CDATA[George Floyd]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[racismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“No puedo respirar” se multiplica en las calles; es el eco recogido por el pueblo americano, resonancia de la súplica de George Floyd, devenido símbolo de lucha. Es grito que denuncia la administración de la violencia como solución al racismo y la segregación.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>“No puedo respirar” se multiplica en las calles; es el eco recogido por el pueblo americano, resonancia de la súplica de George Floyd, devenido símbolo de lucha. Es grito que denuncia la administración de la violencia como solución al racismo y la segregación.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Fernando L. Márquez*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong> </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se le oyó implorar a George Floyd, el “gigante amable”, durante los ocho minutos  de su eterna agonía. En los confines de la existencia, esa misma existencia que minutos antes lo encontraba distraído entre amigos, ignorante de que le iba a ser estúpida pero metódicamente arrancada, en ese límite, el gigante pide que lo dejen respirar, que lo dejen vivir y, ante la falta de respuesta, inerme ante sus captores, alcanza el registro del llamado más radical que conoce lo humano: la apelación a la madre. Súplica que equivocaríamos en plantear no escuchada, ya que en realidad fue ignorada en forma deliberada por Derek Chauvin, quien impertérritamente cumplió su papel de verdugo. ¿Porqué se detendría?, habían denunciado a dos hombres de color que entregaron moneda falsa &#8211; U$S 20-, como quien pone la ficha que echa a andar la maquinaria, y la maquinaria tiene su programa, sus protocolos explicitados o no que se deben cumplir.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Como en una visión de Goya, completan la escena los tres cómplices uniformados que custodiaban (y aseguraban) el ritual de ejecución. El cuerpo del gigante afrodescendiente inmovilizado, la cabeza gacha como corresponde, forzado a besar el pavimento, con la rodilla de 400 años de supremacía blanca doblegándole el cuello, el cepo del racismo como pesadilla a repetición que impide descansar en las versiones pasadas y presentes del “sueño americano”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Conscientes de ser filmados por testigos del crimen, los policías no se ocultaron ni trataron de impedir el registro; solo les preocupaba asegurar el cumplimiento de la ceremonia, y a ojos vista para aleccionar al pueblo. Interpelados por la vida de George, les pidieron que le tomen el pulso; al hacerlo, uno de ellos respondió, como quien cumple un trámite, como si le hubieran consultado la hora, “no se lo encuentro”, y continuó con su gestión, desacoplando en su acto la vida del registro de lo humano.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Muerto el gigante, tres minutos siguieron matándolo, matando la muerte, más allá de la muerte… ¿Qué guión ordena sus actos? ¿De qué trama siniestra son instrumentos? Evidentemente, matar la muerte es indicio de que las acciones de los ejecutores exceden el papel de verdugos; denuncian la aspiración a arrancarle a la vida todo vestigio de vida, de erradicar los “signos vitales” justamente en su dimensión de signos…</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Mal haríamos en limitar la responsabilidad a éstos actores de reparto de la tragedia contemporánea, sin acceder al registro del síntoma, del síntoma social donde se entrecruzan las determinaciones del neoliberalismo con su producción de segregación, y su tratamiento por la incentivación de la violencia, negación de la política que propone la muerte como remedio a la enfermedad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">“No puedo respirar” se multiplica en las calles; es el eco recogido por el pueblo americano, resonancia de la súplica de George Floyd, devenido símbolo de lucha. Es grito que denuncia el ahogo, la asfixia, la dirección de la muerte que señala la administración de la violencia como solución al racismo, la segregación, la exclusión de cada vez más sujetos. Es la respuesta política en defensa de la vida que ofrece sabiamente el  pueblo, ese gigante amable.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 9 de junio de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">* Psicoanalista</span></p>
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		<title>Ochenta años después: ¿quién mató a Trotsky? &#8211; Por E. Raúl Zaffaroni</title>
		<link>https://lateclaenerevista.com/ochenta-anos-despues-quien-mato-a-trotsky-por-e-raul-zaffaroni/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Aug 2020 00:04:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[E. Raúl Zaffaroni]]></category>
		<category><![CDATA[asesinato]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Raúl Zaffaroni luego de husmear un viejo expediente, producto del empeño por tratar de recuperar un documento histórico sobre el asesinato de León Trotsky, nos sumerge en una inquietante impresión, que es a la vez interrogación: si bien lo que todos sabemos sobre el asesinato de Trotsky es indiscutible, ese todo no es todo.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/ochenta-anos-despues-quien-mato-a-trotsky-por-e-raul-zaffaroni/">Ochenta años después: ¿quién mató a Trotsky? &#8211; Por E. Raúl Zaffaroni</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Raúl Zaffaroni luego de husmear un viejo expediente, producto del empeño por tratar de recuperar un documento histórico sobre el asesinato de León Trotsky, nos sumerge en una inquietante impresión, que es a la vez interrogación: si bien lo que todos sabemos sobre el asesinato de Trotsky es indiscutible, ese todo no es todo.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por E. Raúl Zaffaroni*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong> </strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El 20 de agosto de 1940, Ramón Mercader del Río Hernández, mientras Trotsky le daba la espalda, le clavó una piqueta en el cráneo y, aunque no lo mató de inmediato, porque le dio tiempo a morderle la mano y a ordenar que no lo matasen, le provocó la muerte. Mucho se ha escrito sobre esto, a veces con muy buena información y hasta vuelo literario, por lo que no volveremos sobre lo que es por todos conocido.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">También se sabe que tres meses antes, el 24 de mayo del mismo año, Trotsky había sufrido otro atentado del que salió ileso por milagro, pero mataron a uno de sus asistentes. Cualquiera que visite hoy la casa de la calle Viena en Coyoacán, podrá ver en una pared la marca de las balas de ese atentado. Todos sabemos también que Mercader era un agente del estalinismo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La pregunta que me formulo ahora es producto del empeño por tratar de recuperar un documento histórico y, a la vez, rendir un justo homenaje, lo que no conseguí, pero mucho después y por curiosidad, me puse husmear un viejo expediente y –sinceramente- creo que si bien lo que todos sabemos es indiscutible, tengo la fuerte impresión de que ese <em>todo no es todo.</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La historia comenzó hace mucho, cuando daba mis primeros pasos en criminología con Alfonso Quiroz Cuarón (1910-1978) en la Universidad Autónoma de México. A través del maestro Quiroz conocí también a otro personaje de la intelectualidad mexicana de esos años, José Gómez Robleda (1904-1987) y, aunque tuve menos trato, en las reuniones de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, a Raúl Carrancá y Trujillo (1897-1968), distinguido penalista y profesor de la UNAM. Los tres nombres están vinculados al asesinato de Trotsky: Carrancá y Trujillo fue el juez de Coyoacán que investigó el hecho, Quiroz y Gómez Robleda fueron los peritos a los que el juez encargó un estudio criminológico sobre la personalidad de Mercader, que le elevaron seis meses después con una extensión de 1332 páginas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En las sentencias se citan párrafos de ese estudio y el propio maestro Quiroz dio cuenta de algo de su contenido en un libro publicado en 1965 (Alfonso Quiróz y Samuel Maynez Puente, “Psicoanálisis del magnicidio, Editorial Jurídica Mexicana).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hay datos interesantes en la síntesis que aparece en ese libro, que está lejos de presentar a Mercader como un enfermo psiquiátrico. Fue la primera vez que se llevó a cabo en México un estudio electroencefalográfico de un delincuente, para descartar epilepsia y lesiones cerebrales, y también en que se usó el polígrafo, verificando que Mercader sabía ruso, lo que negaba rotundamente. Es curioso señalar que también se hicieron estudios histológicos de la corteza cerebral de Trotsky por parte del Dr. Isaac Ochoterena, que mostraron que estaba en pleno vigor intelectual, sin mácula de aterosclerosis.  </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En cuanto a Mercader, del estudio resulta que se trataba de un neurótico, eximio fabulador, ocultador. Lo diagnostican como un sujeto no ordinario, que considera que logra un fin elevado matando y conservando la categoría de un hombre moral que, después de lo que llama “el hecho”, no se considera un asesino, no manifiesta arrepentimiento y se cree poseedor de habilidades excepcionales. El peritaje abunda en consideraciones psicoanalíticas freudianas y, todo indica que dio en la tecla, con datos que el tiempo confirmaría: atribuyen el hecho a un fuerte complejo de Edipo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Se destaca que la mayor satisfacción psicológica de Mercader fue ocultarse bajo un nombre prestado. Había ingresado a México con un pasaporte canadiense a nombre Frank Jacson, adulterado sobre el original de un tal Babich, estalinista desaparecido en la guerra española, pero decía llamarse Jacques Monard y ser belga. En su indagatoria inventa una supuesta autobiografía que es un verdadero delirio: hijo de un conde diplomático belga, con carrera militar, etc.  </span></p>
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<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://r2.abcimg.es/resizer/resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fstatic3.abc.es%2Fmedia%2Fpeliculas%2F000%2F023%2F514%2Fasaltar-los-cielos-1.jpg&amp;nuevoancho=620&amp;medio=abc" alt="Asaltar los cielos (1996) Película - PLAY Cine" /></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En 1950, el maestro Quiroz asistió al primer congreso internacional de criminología de la posguerra en París, presidido por Dannedieu de Vabres, juez francés de Nürnberg, y de allí se fue a España, llevando las fichas dactiloscópicas de Mercader. México no tenía relaciones con el régimen franquista –pues siempre siguió reconociendo al gobierno republicano en el exilio-, pero Quiróz hizo contactos policiales en privado y la policía catalana de inmediato identificó a Mercader. Así se pudo saber quién realmente era e incluso quién era la terrible Yocasta que confirmaba el Edipo del peritaje de diez años antes. A todo esto, Mercader estaba cumpliendo su condena de veinte años en Lecumberri y recibía la comida del restaurante “Prendes”, uno de los más lujosos de México en ese tiempo, sin que nunca se supiese quién la pagaba.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">El peritaje famoso no está publicado. Pensé que era necesario hacerlo y me empeñé en lograr una copia, que lamentablemente no conseguí, pues en la fundación a la que donó su biblioteca el maestro Quiroz no aparece. Nadie me supo dar cuenta y la tarea queda pendiente hasta ahora a los mexicanos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No obstante, con motivo de esa búsqueda, me proveyeron de algunas fotocopias del expediente y otros materiales, entre ellos el “Testimonio de constancias complementario al incidente de libertad por desvanecimiento de datos promovido a favor de la procesada Sylvia Ageloff Maslow”, o sea, de 200 fojas de declaraciones y providencias que se tomaron en cuenta para confirmar en segunda instancia el sobreseimiento de esta mujer.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por mera curiosidad, porque era algo que no buscaba y que guardé casi con desgano, me dediqué una tarde a leer esas fotocopias con la experiencia de unas décadas de juez penal. La tradición dice que Sylvia, concubina de Mercader, hija de rusos pero norteamericana y que declaraba en inglés mediante traductor, fue un instrumento de Mercader. Incluso declara a su favor la propia viuda de Trotsky, como también otras personas cercanas y Mercader insistentemente recalca que ignoraba todo acerca de su plan criminal, “haciéndose cargo”, como se dice en la jerga más o menos marginal.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La mujer no era realmente muy cercana al matrimonio, pero le dispensaban confianza. Tampoco era la secretaria, sino una colaboradora ocasional. Era una graduada (“Master of Arts”) en psicología en Columbia. Su relación con Mercader era anterior, habían andado juntos por Europa y New York, vivían en el mismo hotel en México. No tenía claro de qué vivía su concubino, incluso le había dado una dirección aparentemente falsa de su trabajo, pero por curiosa coincidencia, era un edificio en que alquilaba una oficina alguien que había participado en el primer atentado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Carrancá la procesó, estuvo en prisión preventiva y, después de cambiar de defensor -porque los primeros renunciaron- fue sobreseída en diciembre de 1940. El agente del ministerio público apeló el sobreseimiento y no parecía estar nada convencido de la inocencia de la mujer.</span></p>
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<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://farhamptonmag.files.wordpress.com/2017/04/blog_fernando_mires_muerte_de_trotsky_26082015_6401.jpg?w=1200" alt="Qué lugar le reservamos a Sylvia Ageloff? – Farhampton Mag" /></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La verdad es que, leyendo las declaraciones, tampoco lo estoy. Me parece increíble que una psicóloga de Columbia conviva con un sujeto, crea que su madre le envía sumas enormes de dinero (algo así como 10.000 dólares en la época, lo que era una suma suficiente para comprar un respetable inmueble) en medio de la guerra, no sepa de qué negocios se ocupa su concubino, observe que no repara en gastos y frecuenta lugares lujosos, que le pase por alto que éste se está granjeando la confianza de los custodios de la casa para entrar y salir sin ser molestado, que no caiga en la cuenta de su condición de fabulador, que no le haya preguntado con más detalle sobre su delirante biografía, que no le alarme que entre al país con un pasaporte falsificado, que luego del primer atentado Mercader hubiese hecho un viaje a New York, del que regresó muy desmejorado, más nervioso y sin dar razón de eso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Todo indica que ese nerviosismo provenía de que le habían reclamado por su ineficacia; la viuda de Trotsky sospechaba que había participado en el primer atentado. Tengamos en cuenta que Yocasta permanecía en la URSS. El agente les costaba muy caro y no era efectivo; a Yocasta la desilusionaba y la ponía en aprietos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Sylvia –la inocente- a la hora del atentado estaba en el centro de la ciudad, el hecho fue en Coyoacán y ella estaba en San Juan de Letrán (hoy Lázaro Cárdenas) y Madero, con un matrimonio de la confianza de los Trotsky, mostrando nerviosismo y buscando aparentemente a Mercader en forma desesperada ante testigos insospechados; sería una inmejorable coartada, sin duda.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">A lo largo de todas esas actuaciones el empeñoso fiscal, Lic. Francisco Cabeza de Vaca, formula preguntas muy precisas y apela el sobreseimiento, parece estar empeñado en que se la investigue más. Con estos elementos, sinceramente, de haber sido el juez, no la hubiese sobreseído, coincidiendo con el fiscal, pero no se trata únicamente de mi impresión debida a la lectura curiosa del expediente, sino que hay algo más. Sabiendo que estaba en la búsqueda del peritaje y andaba revolviendo con ese motivo los papeles del caso, un nieto del fiscal me invitó a tomar un café y me contó una leyenda familiar. Se cuenta en la tradición familiar que, un buen día de esos meses, el abuelo llegó a su casa, entró, dijo “me mataron”, cayó en un sillón y murió.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No cabe duda acerca de que Mercader era un agente de Stalin, pero después de leer las 200 fojas y de escuchar la leyenda familiar, lo que no me queda claro es si era sólo Stalin quien tenía interés en eliminar a Trotsky, o si también éste molestaba a otros, o si otros estaban por convenir algo con Stalin y le prestaron alguna ayuda.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No soy historiador, sólo un curioso que leyó demasiados expedientes, pero que se puso a husmear uno que no era precisamente lo que estaba buscando.          </span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 27 de agosto de 2020</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Profesor Emérito de la UBA</span></p>
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